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jueves, 16 de abril de 2015

Antalya.

Aquí, en la costa, hace muy buen tiempo. El invierno ha quedado atrás. En mangas de camisa recorremos la zona de las playas –de arena fina con alguna zona pedregosa- que, como no es temporada, están sin limpiar. Las instalaciones son modernas, idénticas a cualquier otro sitio. Hay pasillos de madera en la arena, cobertizos abiertos con techos de fibras vegetales que sombrean  unos bancos, lugares en alto para los vigilantes de la playa, cabañas con aspecto de ser bares, pequeños muelles que se adentran en el agua para permitir el acceso a embarcaciones, zonas ajardinadas, etc. Los Montes Tauro, azules en la lejanía y medio envueltos en nubes, cierran el horizonte.


Paseamos tranquilamente –la mente vacía de todo lo que no sean las sensaciones del momento- por la arena disfrutando del cálido día, después del frío que hemos pasado. El olor salado inunda la calma de esta mañana. En dirección a la ciudad la playa se va poblando de edificios. Los bares y restaurantes ya no son cabañas. Aquí el horizonte se cierra por las cúpulas doradas de la zona llamada Düden Parki a donde nos dirigimos.

Es un complejo muy grande, que tampoco tiene nada de turco. Podría ser cualquier lugar. Tiene un aspecto muy bueno, lujoso. La zona es alta, acantilada, sin playa. En el borde hay una valla de madera que limita un gran espacio de césped muy cuidado. Más atrás los altos edificios, muy próximos entre sí, forman una barrera. Al lado hay una zona de tiendas como en cualquier lugar turístico.

A continuación hay una zona ligeramente más salvaje. Es un río escondido entre algo de cañaveral. Sus aguas azules bajan con fuerza, blanqueándose por la espuma en algunos lugares y formando una división longitudinal en toda esta zona. Cerca de su desembocadura hay una plataforma de madera que permite sentir la fuerza de las aguas y entrever la cascada en la que termina, con la que salva el desnivel del acantilado formando un bello arco iris, aunque para verla bien hay que retroceder hasta la esquina de la valla. Al otro lado del río, hay un gran edificio con ínfulas de palacio y siguen las grandes construcciones, pero más aisladas y más al interior. Después hay una zona boscosa, un pinar que casi llega al agua. Otros grandes edificios, un puerto deportivo y un trozo de playa cierran el horizonte.

Para la tarde queda la visita a la ciudad, al barrio viejo, al barrio Marina. A la entrada hay un largo paseo, recorrido también por un tranvía, con un monumento central, que rodea la parte amurallada. Se ven los altos minaretes de una mezquita –los únicos elementos prominentes en el plácido paseo- y parte de los baluartes defensivos, de la muralla, coronados por la bandera turca, como vimos en el castillo de Uçhisar o en Ortahisar. Las ruinas de la vieja torre –con un reloj- se recortan sobre el cielo azul y unos fragmentos de los viejos edificios están diseminados como actores de un drama antiguo que se ha convertido en piedra. Unas pronunciadas escaleras, que están llenas de tiendas, bajan hasta el puerto. Los vendedores regatean, como es normal en estas culturas, y se tarda algo en conseguir lo que se busca. Aprovechamos para hacer las últimas compras y llevar algún recuerdo a los familiares.


Cargados con alguna bolsa volvemos a subir las escaleras mientras la luz de la tarde empieza a declinar. Paramos en una maravillosa pastelería que verdaderamente entra por los ojos y por el olfato. Los colores y olores son indescriptibles. Y no digamos los sabores. Compramos algo y aprovechamos para merendar y terminar la visita a este encantador país llevándonos un buen sabor de boca. Volvemos al hotel para hacer la maleta. Mañana, avión a Madrid.


Esta ha sido la rápida visita a Turquía. Hemos visto solamente zonas turísticas, lo que no permite una absoluta generalización, pero nos parece un país más moderno que otros islámicos como, por ejemplo, Marruecos. El desarrollo económico se ve en la multitud de casas nuevas que hemos visto en todas las poblaciones, incluso pueblos pequeños, por los que hemos pasado, aunque falta la urbanización de este desarrollo. Es de desear que este país, manteniendo sus señas de identidad, no se aleje de Occidente y que su pequeña parte europea permita mantener el enganche, evitando una colisión de creencias originada por el desencadenamiento de fuerzas que hubiese sido preferible dejar tranquilas. La enemistad perdura; la amistad es menos segura y “la violencia es el miedo a los ideales de los demás” (Mahatma Gandhi). Hay que repensar las situaciones porque “cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas” (Mario Benedetti). 

Capadocia-Konya-Antalya.

Hoy, día de viaje. Desde Estambul hasta Capadocia, pasando por Ankara, fuimos al SE, pero hoy
vamos al SO, hacia nuestro último destino en Turquía, Antalya. El día sigue nublado, plomizo, y sigue haciendo frío. La primera parada es para ver un edificio que nos retrotrae hasta tiempos antiguos, a los viajes de las caravanas, a la ruta de la seda, etc. Se trata de un caravasar, el Aksaray – Sultanhani, cerca de Konya, que data de 1229 y es el más grande del país.

Un caravasar es un refugio, un albergue, para las caravanas comerciales o militares y está pensado para los viajeros y sus animales. Estaban situados a unos 30 km uno de otro y fueron piezas clave en el desarrollo de las rutas de comercio. Eran edificios rectangulares, con un solo acceso -grande como para permitir el paso de animales cargados-, que era el único elemento decorado. En el interior había un patio abierto, rodeado de establos, nichos y cámaras, y, en ocasiones, había baños y tiendas. Éste, en concreto,
sigue esas pautas: no tiene aberturas exteriores, lo rodea un muro alto de buena sillería con una especie de contrafuertes y torreones en las esquinas, tiene la portada exquisitamente labrada y se compone de dos secciones, una abierta para el verano y una cubierta para el invierno. En el patio hay una pequeña mezquita en el centro y, tras unas grandes arcadas, se accede a las salas abovedadas, con grandes columnas y arcos y una cúpula central. Es un edificio majestuoso.

La siguiente parada, naturalmente, es Konya, importante ciudad fundada por los romanos en el s. II a.C., la más importante de Anatolia Central después de Ankara, la capital y con un rico patrimonio
histórico, ejemplo de la arquitectura primitiva turco-islámica. El día ha ido despejando algo y hace menos frío, pero en el suelo todavía hay nieve. Pronto se ve el minarete de la pequeña mezquita de Selimiye, del Sultán Selim II, ejemplo de estilo otomano, s. XVI, que tiene una gran fuente central en el patio. Pero lo que más destaca el la cúpula cilíndrica de azulejos verdes, sobre la tumba de Yalal ad-Din Muhammad Rumi en el contiguo Museo de Mevlana, que significa “nuestro señor”. 

Este Museo es también un lugar sagrado y de peregrinación para los musulmanes porque Rumi –que significa originario de la Anatolia romana- es un santo. Fue un célebre poeta místico musulmán persa, del s. XIII, que murió aquí, pero su importancia trasciende lo nacional y étnico y ha tenido mucha influencia en los países vecinos porque la fe no se adapta a la
geografía. Fue un maestro de la tradición sufí, el aspecto místico del islam, interesado en las cuestiones del espíritu, la purificación del alma, la metafísica, etc. A través de la poesía, Rumí hablaba de la evolución de la conciencia del hombre: “Morí como mineral y fue una planta; / morí como planta y ascendí a animal; / morí como animal y fui hombre. / ¿Por qué tener miedo a la muerte? / Una vez más moriré como hombre / y ascenderé al mundo de los Ángeles. Señala que la muerte no significa destrucción, por lo que usa el verbo “emigrar” en vez de “morir”, para darle el sentido de abandonar el mundo, y no de dejar de existir.

Después de su muerte, sus seguidores fundaron la orden sufí Mevleví, aunque son más conocidos como los “Derviches Giróvagos”, ya que realizan una meditación en movimiento llamada “semá”, símbolo del baile de los planetas,  en la que los hombres
giran sobre sí mismos acompañados por flautas y tambores hasta alcanzar el éxtasis. Además de la tumba, realmente un cenotafio, pueden verse vitrinas con objetos personales, instrumentos personales derviches, alfombras, etc. En el convento se pueden visitar las celdas de los monjes y la sección dedicada a la etnografía.


Salimos de este santuario de paz, lleno de una serenidad que no se asocia comúnmente con el arte sino con lo sagrado, mientras en la calle la vida sigue su curso. Todavía queda atravesar los Montes Tauro, cubiertos de espesa nieve, para llegar a la costa, a la zona turística de Antalya, que equidista de Rodas y Chipre. Esta zona ya no es Turquía, es cualquier sitio. Como no es temporada, está todo abandonado en la playa, aunque en el estupendo complejo hotelero está todo muy cuidado, incluso los macizos de flores. 

Capadocia (II)

(Viene del artículo “Capadocia (I) “ ). Otro lugar parecido es Ortahisar, que significa “castillo mediano”, también muy cercano. Se sitúa al final de un pueblo nuevo donde aprovechamos para comprar frutos secos y dulces, todo exquisito. Con sus 90 m de altura es un hito visual importante. Es un laberinto de cuevas y túneles camuflados, aunque la erosión ha desmoronado alguna parte revelando el interior. El que algunos de los huecos se vean cerrados por puertas se debe a que son utilizados como despensas para guardar frutas (limones, naranjas, manzanas, membrillos, etc.) ya que tienen un aire acondicionado natural. Desde lo alto se ofrece un magnífico panorama, por ejemplo sobre las chimeneas de hadas de Hallacdere, pero no podemos subir.

De vuelta, el cielo se ha puesto plomizo y parece que vaya a nevar, aunque la pálida luz del sol todavía roza la cima de una montaña. Se ha parado el viento y hay una sensación de quietud. Los suelos están embarrados por la nieve. Cerca de Çavusin, una ciudad abandonada, se ven capas de tierra más amarillenta, no sólo la roca marrón, en las montañas circundantes. Parece que por aquí vivieron muchos descendientes de griegos, pero fueron deportados después de la guerra entre Turquía y Grecia, en 1923, quedando abandonadas varias ciudades y los cultivos de vid y olivo. Esta zona no es igual que las otras que hemos visto, aquí hay algo construido y no sólo excavado. En las zonas bajas hay unos arcos, de medio punto y apuntados, que sustentan las partes más altas. La parte rocosa está muy erosionada, se han caído trozos que dejan al descubierto los interiores. Se ven los típicos cuadrados pequeños, los palomares, donde recogían el guano. Le daban tanta importancia que se decía que un hombre que no tuviera  un palomar, difícilmente conseguiría una esposa.

El día siguiente amanece muy nuboso, con poca luz. Todo sigue nevado y ha aumentado la sensación de frío. Seguimos pisando la nieve para ver las chimeneas de las hadas, columnas de materiales blandos, generalmente sedimentarios, –tufa-, coronadas por un sedimento de materiales más fuertes –basalto, andesita- que las protegen haciendo un efecto de paraguas. Se han originado por la erosión diferencial del agua, del viento y del hielo sobre la roca. Muchas están excavadas y por fuera tienen aberturas de puertas y ventanas y por dentro habitaciones, escaleras, palomares, etc. Estas de Capadocia son muy famosas, pero hay en otros lugares. En América del Norte se llaman hoodoos, “mala suerte”, nombre que deriva del culto vudú que da poderes mágicos a ciertas formas naturales. Algunos amerindios los consideraban restos petrificados de seres antiguos que habían sido sancionados por mal comportamiento. También me acuerdo de las Señoritas de Arás, en Biescas, en la comarca oscense del Alto Gállego.

El valle de los camellos –valle de Devrent- es la siguiente parada la fría luz de febrero.  Es un valle lunar, extraterrestre. Es otro paraje sugerente, yermo y desolado, donde la erosión ha cincelado las rocas originando formas extraordinarias que abren las puertas de la imaginación. Algunas semejan animales (camello, foca, delfín, cobra, cabra), personas (baile, monjes, virgen), cosas (sombrero), etc. La imaginación pone los únicos límites. Cerca está el valle de las palomas, con los curiosos palomares a la vista en muchas casas en la roca. El sonido es tapado por el ruido que hace el viento que sopla entre los árboles. Nos quitamos el frío entrando en un negocio de alfombras donde nos enseñan el curioso tratamiento de los capullos de los gusanos de seda para conseguir la fibra y donde vemos a unas mujeres tejiendo alfombras de colores muy llamativos.

Para terminar nuestra visita a Capadocia vemos una de las ciudades subterráneas, cuevas trogloditas excavadas en tiempos de los hititas y ampliadas después. Hay muchas, 36, siendo la de Kaymakli –la que vemos- la más ancha y la de Derinkuyu la más profunda. La de kaymakli tiene ocho plantas por debajo del suelo, aunque sólo cuatro están abiertas al público. En el interior hay todo lo necesario para la vida de la gente, como lugares de almacenamiento, bodegas, cocina, iglesia, etc., incluyendo establos para los animales. Los pasillos son estrechos y están cerrados en algunos puntos por piedras de molino accionadas desde un solo lado para poder bloquear los corredores en caso de un ataque. Muy interesante es la tercera planta, la más completa, en la que hay un bloque de andesita que se utilizó como crisol para el cobre.  En el cuarto piso hay gran cantidad de lo que serían almacenes y lugares para poner vasijas de barro, lo que da idea de estabilidad. En este piso también es visible el conducto de ventilación, de unos 80 m, pozo vertical que atraviesa todos los pisos como si fuera un ascensor. Se piensa que pudo albergar hasta a 3.500 personas. En el interior se huele el moho de los siglos.


Nos despedimos de Capadocia con mal tiempo y bastante frío. Vuelta al hotel porque hay que hacer la maleta, ya que mañana de nuevo es día de viaje. 

CAPADOCIA (I)

En los dos días de que disponemos vamos a poder ver varios lugares debido a la cercanía entre todos ellos. Göreme, cerca de Nevsehir, es el primer punto que visitamos. Es el nombre de una serie de valles y de una población, cerca de la cual se encuentra el Parque Nacional, el paisaje más famoso de
Capadocia, Patrimonio de la Humanidad desde 1985. Todo el paisaje está nevado y sobre el blanco destacan los ocres y marrones de las curiosas formaciones. Paramos en un punto en alto, desde donde podemos ver bien toda la zona. Aunque la nieve tiende a igualar el paisaje, son visibles las escarpadas laderas, el laberinto de cicatrices de los valles y, sobre todo, la infinitud de rocas puntiagudas, todas parecidas y todas diferentes. Los pocos edificios que hay, hoteles en su mayoría, están pintados en un color ocre que hace que se mimeticen en el paisaje. Desviamos un momento la mirada porque estamos rodeados de puestos de venta con los inevitables ojos azules que vigilan bonitas lámparas de todos los colores. Una suave música turca de relajación, que suena en los altavoces de las tiendas, atraviesa el blancor del suelo.

Todo está excavado en la roca, son cuevas artificiales. Los asentamientos comenzaron en el periodo romano, cuando en los ss. I-IV los cristianos fundaron varios monasterios. Hay restos de capillas, almacenes, habitaciones e iglesias, decoradas con frescos de los ss. XI-XII. Entramos a este museo al
aire libre, complejo monástico de arquitectura rupestre compuesto por decenas de monasterios, colocados uno al lado de otro, cada uno con su propia iglesia. No se puede ver todo, pero siempre hay algo más destacado como las iglesias de la Sandalia (ss. XII-XIII, tres ábsides, cuatro cúpulas, abovedada, frescos bien conservados –traición de Judas-, Jesús Pantocrátor en la cúpula central), de la Serpiente (lineal, dos cámaras, bóveda de cañón delante, frescos –s. XI- de San Jorge y el dragón, el Emperador Constantino junto a Helena), de la Manzana (iglesia de bóveda ojival, cúpula central, tres ábsides, destacable por los vivos colores de sus frescos de los ss. XI-XII), el monasterio de Monjas (cuatro niveles, iglesia del tercer piso de planta cruciforme, con cúpula de cuatro columnas, ss. X-XII).

El acceso a algunas de las iglesias requiere un pago aparte, como la Oscura (entrada por un túnel sinuoso en pórtico con bóveda de cañón, planta de cruz, ábside destruido, s. XII. La falta de luz interior ayudó a preservar sus frescos). Otras iglesias importantes son la de Santa Bárbara (bóveda de cañón, tres ábsides, planta cruciforme, decoración geométrica y animales mitológicos, s. XI), la
Buckle (cuatro cámaras, iglesia nueva de planta rectangular, bóveda de cañón, pinturas de varios periodos, desde s. X), o la capilla de San Basilio.

Las pétreas agujas se elevan hacia el limpio cielo como centinelas estáticos presidiendo el silencio, mientras, pisando la nieve, vamos recorriendo este intrincado lugar, sus senderos zigzagueantes. La roca no es dura, pero aquí ha habido mucho trabajo. Todo estaba muy pensado. Las habitaciones con suelos muy lisos, alacenas, aberturas, escaleras para acceder a otros niveles, etc., y las iglesias tienen un grado mayor de refinamiento, no sólo constructivo sino decorativo, con los frescos. Al exterior se ve todo agujereado y alguna pared caída permite ver el interior, como en el caso de alguna iglesia. Fuera del parque había cuevas que continuaban habitadas hasta no hace mucho y algunas se han transformado en pequeños hoteles.

La siguiente parada es el museo al aire libre de Zelve, cerca de Göreme, otro laberinto de viviendas, cuevas, templos con pinturas –frescos-, etc., que tiene tres valles. En el primero hay una mezquita excavada con minarete, un complejo conventual a la derecha, accesible por una escalera de metal, que conecta por un largo túnel con el segundo valle. En el tercero hay un molino, también excavado,
medio derrumbado. Lo que parece más digno de verse es la iglesia con los ciervos (símbolos del cristianismo como la cruz, el venado y el pescado), la iglesia de las uvas y la de los peces.


Entre Nevsehir y Göreme esta Uçhisar, donde vamos a ver su “castillo”, destacando en altura sobre lo demás y sobre un telón de fondo lejano de montañas nevadas, con un globo –una de las actividades que pueden hacerse- suspendido en al aire a media distancia. Sigue nevado todo el paisaje en el que sobresale el marrón de la roca. Es un gran complejo de múltiples niveles totalmente excavado en la roca, con muchas escaleras, túneles y pasajes que conectan las distintas habitaciones. En algún caso la erosión ha destruido estos pasos y no se puede seguir. Algunos accesos a las habitaciones están cortados por piedras de molino que actúan de puerta, como en las ciudades subterráneas. Desde lejos tiene una estampa imponente, pero de cerca se ven los estragos del tiempo y del abandono, pero todavía se usan muchas habitaciones –pintadas de blanco para atraer a los animales- como palomares, puesto que sus excrementos se utilizan como fertilizante para el campo. Esto es bastante corriente y lo vemos en otros lugares. (Sigue en el artículo “Capadocia (II)” ).

Estambul-Ankara-Capadocia.

Hoy es día de viaje. Salimos temprano por la mañana, cuando todavía no ha amanecido. Pasamos por debajo de un acueducto y vamos por la carretera cercana al mar atravesando la ciudad que despierta. Vemos la bonita portada del Palacio de Dolmabahçe, en la costa europea del Bósforo, que fue centro administrativo del Imperio Otomano desde la mitad del s. XIX hasta 1922. Los sultanes trasladaron su residencia a este palacio porque el antiguo Topkapi carecía de los modernos lujos. Fue el primer palacio de estilo europeo, neobarroco, con una gran colección de cristal de Bohemia –araña y candelabros-. Aquí murió Mustafa Kemal Atatürk en 1938. Dejamos Estambul mientras un amanecer de color malva se levanta en el horizonte.

Cruzamos el Bósforo por un magnífico y elevado puente y recordamos de nuevo la Canción del Pirata de José de Espronceda: “… Asia a un lado, al otro Europa, / y allá a su frente Estambul; …”.
La costa se ve punteada de luces mientras algunos grandes barcos navegan con lentitud. Va amaneciendo. El cielo está despejado por el viento y sigue haciendo frío, pero conforme nos alejamos del mar y ascendemos a la meseta de Anatolia, aumenta el frío, el cielo se cubre de densos nubarrones muy bajos, como una espesa niebla, y poco más adelante empezamos a ver nieve al borde de la carretera. Finalmente todo el paisaje está muy nevado y hay que disminuir la velocidad. Paramos en un área de servicio totalmente nevada, con un gran espesor fuera de la calzada. El invierno empuña el cetro sobre las tierras montañosas, el mundo se ha cubierto con un manto de nieve que apaga todos los ruidos y un viento helado azota la ladera de la montaña.

Seguimos este paisaje blanco, kilómetros de vacío atormentado por el frío, con el oscuro color de los árboles medio cubiertos destacando. Vamos deprisa pero no le ganamos la carrera al invierno y se
sabe que un paisaje invernal de árboles cubiertos con mantos de nieve será irreconocible a la primavera siguiente. Así llegamos a Ankara, la capital del país. Paramos para comer en la zona vieja, al lado del castillo, en alto, desde donde vemos toda la ciudad nevada, inmensa. El restaurante es muy bonito pero está vacío. No sabemos qué pedir y nos arriesgamos con algunos platos, uno de los cuales va a resultar demasiado fuerte y picante. En las cercanías compramos algo de cerámica.

Seguimos viaje con el mismo frío, pero con el cielo despejando paulatinamente, y volvemos a parar en en Tuz Gölü, “lago salado”, -una gran extensión de agua de 80 x 50 km, unos 1.500 km2,  de tan poca profundidad que en verano se evapora el agua y queda la sal-, con las orillas llenas de nieve,
aunque menos que antes. Sigue el viento pero, al menos, hay algo de sol, el brillo tímido del sol de invierno que finalmente ha salido de detrás de las nubes. Ha sido la última parada.

Llegamos a nuestro cálido alojamiento en Nevsehir tras todo un día de viaje. Ya estamos en Capadocia -que quizá signifique “tierra de bellos caballos”-, nuestro segundo objetivo tras Estambul. Es una región histórica, donde floreció la civilización hitita, no una demarcación política y tiene unos 50 km de diámetro. Su paisaje se describe como “lunar”, lleno de cavernas naturales y artificiales, debido a las características geológicas de la tierra, toba calcárea, erosionada en formas caprichosas y excavada fácilmente para construir casas en lugar de erigir edificios.

El paisaje es el resultado de la acción de las fuerzas naturales a través del tiempo. La formación de
los Montes Tauro en Anatolia meridional, al mismo tiempo que la cadena alpina en Europa, cuando la Tierra era joven, provocó numerosos barrancos y depresiones en Anatolia central que fueron rellenadas por magma y otros elementos volcánicos, transformando la región en un altiplano. La acción de vientos, lluvias, ríos, etc., la erosión, esculpió los nuevos valles en los que hay lugares que sobresalen como el museo al aire libre de Göreme, Peribacalar vadisi (valle de las chimeneas de hada), etc. Su situación geográfica la hizo encrucijada de rutas comerciales y de invasiones, por lo que sus habitantes construyeron refugios subterráneos, ciudades en varios niveles completamente equipadas para miles de personas. Son famosas las de Kaymakli, Derinkuyu, Özkonak, Tatlarin, etc. Mañana empezaremos a ver todo esto.

Estambul (II)

(Viene del artículo “Estambul (I)” ). Estamos muy cerca de Santa Sofía –Museo Ayasofya- y ahora sí
entramos, tras hacer una larga cola y pasar el control de seguridad en el que me retienen el trípode de la cámara fotográfica, que tendré que recoger a la salida. Incomprensible. Su nombre completo es la iglesia de la Santa Sabiduría de Dios y es el resumen de la arquitectura bizantina. Fue basílica patriarcal ortodoxa desde el s. IV –Justiniano I- hasta el XV, excepto unos años en el s. XIII que fue catedral católica; después fue mezquita hasta ser secularizada y convertida en museo en 1935 durante el mandato de Mustafa Kemal Atatürk. El aspecto exterior fue modificado por los otomanos que le añadieron minaretes y grandes contrafuertes.

La planta es ligeramente rectangular, de grandes dimensiones, y su arquitectura es espacial. La cúpula de media naranja, de 31,8 m de diámetro y 56,6 m de altura, da la sensación de estar “suspendida del cielo” (Procopio) y dos semicúpulas le hacen de contrafuerte. Los diseñadores trataron de “aplicar la
geometría a la materia sólida” y, dicen, que Justininiano exclamó al verla: “Salomón, te he vencido”.  Todo da una sensación de inmensidad, los arcos, pinturas, lámparas, mosaicos, etc. Subimos por una rampa hasta el piso superior, desde donde se tiene otra visión, igualmente fascinante.

Toda esta zona, entre el Cuerno de Oro, el Bósforo y el Mar de Mármara, es muy densa en monumentos y, por tanto, están muy cerca unos de otros. Nos dirigimos, todavía impresionados por la magnificencia de Santa Sofía, al Palacio de Topkapi, que fue centro administrativo del Imperio otomano entre los ss. XV y XIX. Es un gran complejo amurallado de 700.000 m2 con un entramado de edificios unidos por patios o jardines. Se accede por la Puerta Imperial y el gran patio donde está la iglesia de Santa Irene, continuándose por la Puerta de Acogida, con dos torres octogonales adosadas, al segundo patio o de ceremonias. Estamos algo saturados de
ver tantas cosas seguidas, pero vamos admirando las puertas, los salones, azulejos, habitaciones, etc., y saliendo a la lluvia para pasar a otro edificio. El viento aúlla alrededor de la muralla y penetra hasta los huesos.  Desde una terraza se tendría una buena vista, si hiciera mejor día, del Bósforo, el puente Gálata, etc. En el recorrido también se visitan las cuatro salas del fabuloso tesoro y las salas de armas. Ya no vemos los establos ni las cocinas con una importante exposición de porcelana y cristal.

Sigue haciendo mucho frío y el viento se lleva el paraguas. Bajamos al puerto y embarcamos hasta el lado asiático del Bósforo. Damos una vuelta, pero es ciudad moderna y no hay nada que ver.
Probamos la excelente cocina turca y volvemos en un barco lleno de gente, que se traslada quizá por motivos laborales. Al acercarnos salen de entre las nubes bajas los minaretes de las mezquitas y se tiene una magnífica vista, pero no es día para fotografías.

Llegamos al Puente Gálata, que cruza el Cuerno de Oro. Es muy moderno, tiene casi 500 m de longitud –un tramo levadizo de 80 m.-, 42 m de anchura y una pasarela peatonal en cada dirección. Los bajos están llenos de tiendas y restaurantes formando un pequeño y abigarrado mundo. Al otro lado se levanta majestuosa la Torre de Gálata (llamada torre de Cristo por los genoveses o Gran Torre por los bizantinos), con 67 m de altura y 16,5 m de diámetro en la base. Tiene una planta mirador a 51 m de altura.

Desde el puente, pasando por la Torre Gálata, vamos en ascenso hasta la calle Istiklal, la principal calle comercial de la ciudad, con pintorescos callejones repletos de tiendas, cafés, restaurantes y
clubs, que se extiende hasta Taksim Square. La calle principal, por la que pasa un tranvía, da la sensación de estar en cualquier ciudad europea, por lo que no nos interesa demasiado. La recorremos un poco, paramos a merendar en una deliciosa pastelería y nos volvemos.

Estamos de nuevo en la zona de Sultanahmet, que nos gusta más, para ver otra maravilla de esta increíble ciudad: el Gran Bazar, uno de los más grandes del mundo, con 45.000 m2 de superficie, 64 calles y 4.000 tiendas. Sus comercios se agrupan como gremios, por tipo de actividad, destacando la joyería, orfebrería, especias, alfombras, pieles, telas, etc. Es un recinto cerrado al que se accede por
22 puertas y su origen está en el s. XV, con la conquista otomana, aunque ha sufrido incendios y ha necesitado reparaciones. Las grandes calles totalmente pintadas y decoradas, el abigarramiento de tiendas, la variedad de productos, la insistencia de los vendedores, los colores, los olores, todo forma un microcosmos tan atractivo como otros que hemos visto en El Cairo, Marrakesch, etc. Es una bacanal para los sentidos.

Ya es de noche. Para la cena vamos a uno de los restaurantes a la izquierda del Puente Gálata, donde degustamos una exquisita caballa a la plancha con ensalada
mientras vemos el movimiento del barco anclado al lado que sirve de cocina. El espacio de las mesas está medio rodeado por unas lonas que evitan algo el frío y el viento mientras estamos sentados. “La luna en el mar riela, / en la lona gime el viento / y alza en blando movimiento / olas de plata y azul; …”.


El lugar nos inspira los versos de la Canción del Pirata, de José de Espronceda, mientras recordamos nuestro breve paso de casi dos días por esta maravillosa ciudad a la que pensamos volver y damos el último paseo por el puente y alrededores antes de coger de nuevo el tranvía y volver al alojamiento.

Estambul (I)

Breve viaje a Turquía para detenernos en tres lugares: Estambul, Capadocia y el sur turístico. Llegamos a Istambul, la ciudad más poblada de Turquía y de Europa, urbe transcontinental con un pasado esplendoroso: fue capital del Imperio Romano, del Imperio Romano de Oriente, del Imperio Latino y del Imperio Otomano hasta 1923, y fue denominada Bizancio hasta el 330 y Constantinopla hasta 1453. Es la sede del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, cabeza de la Iglesia ortodoxa.
Nos hospedamos cerca de la ciudad antigua porque los principales lugares que queremos ver están próximos y queremos aprovechar al máximo el poco tiempo de que disponemos. Hace un día muy frío, con mucho viento y lluvia. La comunicación es buena y el tranvía que pasa por la calle Turgut Özal nos acerca en unas pocas paradas hasta la de Sultanahmet, desde donde llegamos rápidamente a la vista de la Mezquita Azul o del Sultán Ahmet, del s. XVII, la única en la ciudad que tiene seis alminares. Debido a que únicamente tenía seis minaretes la mezquita de la Kaaba, en La Meca, el sultán acalló las críticas construyendo un séptimo en aquélla.
Se construyó, mezclando elementos bizantinos e islámicos, en el lugar que ocupaba el Gran Palacio de Constantinopla, frente a Santa Sofía y el hipódromo –fachada principal- y, en el exterior, ofrece un efecto de armonía visual, un sistema ascendente de cúpulas y semicúpulas que dirige la vista hacia el remate de la cúpula central, de 23,5 m de diámetro y 43 m de altura. El patio, casi tan grande como la mezquita, está rodeado de una galería y cuenta con espacio para la ablución en ambos lados y una fuente
hexagonal en el centro. El interior es suntuoso, con una atmósfera especial debido a la sinfonía de azules de sus mosaicos, a la iluminación de las lámparas de araña y a la luz que entra por las más de 200 vidrieras, que dan, en conjunto, una mayor sensación de espacio interior. Descalzos, pisando las mullidas alfombras, nos fijamos en el mihrab, el minbar –lugar donde se coloca el imám que dirige el rezo de los viernes-, el Pabellón Real, la florida escritura arábiga –kufic-, etc., mientras sentimos la gran potencia de estas construcciones en las que la fe de los creyentes se conjuga con la perfecta geometría de la piedra. La belleza, impresiona. El arte es orden; sólo la naturaleza es más grande.

Después del impacto que causa este monumento no podemos continuar con Santa Sofía, así que, aprovechando que la lluvia nos da una tregua, nos dirigimos al lugar que ocupó el hipódromo, la Sultanahmet Meydani o Plaza del Sultán Ahmet y el Sultán Ahmet Parki, donde se conservan
monumentos que estuvieron aquí mismo instalados. Uno es el obelisco de Teodosio, el del faraón Tutmosis III en el templo de Karnak, que estaba colocado en la spina. Es de granito rojo de Asuán y parece que tuvo 30 m de altura, aunque ahora sólo mide 19 m., y en sus cuatro caras tiene inscripciones conmemorando una victoria de Tutmosis III. El pedestal de mármol presenta a Teodosio I ofreciendo la corona de la victoria al ganador de las carreras de carros. La otra gran columna es la de Constantino, del s. IV, que conmemora la declaración de Bizancio como la nueva capital del Imperio romano. Llegó a medir 50 m –actualmente 35 m- y se construyó con pórfido traído de Egipto.

Pasando más desapercibida, por sus sólo ocho metros de altura, está la Columna Serpentina o de las Serpientes, trasladada aquí por Constantino I en el s. IV. Originariamente estaba en Delfos -dedicada a Apolo- formando parte de un trípode de sacrificios que conmemoraba la victoria, s. V a.C., de las
ciudades estado griegas ante los persas. El último de los monumentos de la zona es la Fuente Alemana, una cúpula octogonal de estilo neobizantino, de finales del s. XIX.


El gélido viento del norte corta la respiración, pero nos ha despejado y ahora sí volvemos sobre nuestros pasos, pero todavía entramos, tras bajar 52 peldaños de escalera que parecen hundirnos en el abismo de los siglos, en la impresionante Cisterna de Yerebatan (en turco Palacio Sumergido o Cisterna sumergida), construida en el s. VI, durante el reinado de Justiniano I por si durante un asedio se destruía el Acueducto de Valente. La conocíamos por la película Desde Rusia con amor, de James Bond. Tiene unas dimensiones enormes, 143 x 65 m, cerca de 10.000 m2, con capacidad para más de 80.000 m3 de agua traída desde 19 km. El techo se sustenta en un bosque de 336 columnas de mármol de 9 m de altura y dos de las bases reutilizan bloques tallados con el rostro de Medusa, de origen desconocido, orientadas hacia los lados y boca abajo para anular sus poderes porque dejaba petrificado a quien la miraba. El juego de luces y reflejos en el agua da una sensación indescriptible. (Sigue en el artículo “Estambul (II)” ).