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viernes, 10 de enero de 2025

 Mejorada del Campo

Es un municipio de la Comunidad de Madrid con 24.274 habitantes (INE 2023), situado en la zona este, cerca de las poblaciones de Arganda, San Fernando y Alcalá de Henares. Aquí se produce la unión de los ríos Henares y Jarama dando lugar al Parque Regional del Sureste, con relevancia en los cultivos de huerta. Esta riqueza agrícola posibilitó los asentamientos humanos desde la Prehistoria, como lo indican los hallazgos en yacimientos de la segunda Edad del Bronce. En el Museo Municipal de Madrid se conservan restos del Paleolítico y del Neolítico hallados aquí. 

De otras épocas casi no hay constancia hasta el año 1150 cuando Alfonso VII el Emperador, rey de Castilla, donó a don Juan Obispo de Segovia el castillo de Aldovea y Mejorada del Campo, lugar que repobló. A finales del siglo XIII los vecinos compraron su libertad a los obispos de Segovia y se sometieron a la Corona, pasando a llamarse Mejorada del Rey. En el siglo XVI pasó a don Francisco González de Heredia y Gante, primer señor de Mejorada. En 1672 la compró don Pedro Fernández del Campo, caballero de la Orden de Santiago y del Real Consejo de Cámaras de Indias, que obtuvo el título de Marqués de Mejorada, que pasó a llamarse Mejorada del Campo. 

Hacia 1688, el segundo Marqués mandó edificar el Ayuntamiento y la capilla de San Fausto, que sufrieron daños en la Guerra de Sucesión y en la de la Independencia. Tras 1811, abolición del régimen señorial, se eliminaron los signos de vasallaje. En 1894 se comenzó el puente, terminado en 1929, que eliminó la barca de Arrebatacardos. En 1918 se construyó un puente para el ferrocarril, propiedad de la Sociedad Azucarera de Madrid.

Durante la Guerra Civil permaneció en manos republicanas. Después continuó viviendo de la agricultura, con escasas fábricas dedicadas a conservas vegetales, cerámica, molino, almazara, etc. En los años 60 se produjo contaminación en los ríos por vertidos industriales de otras poblaciones. El despegue económico se producirá en la década de los 80, así como el vertiginoso aumento de población. 


La localidad es muy conocida por uno de sus monumentos, la catedral de Justo. Es un templo votivo construido por Justo Gallego, debido a la promesa por haber sido curado de una enfermedad por la Virgen, desde 1961 hasta su muerte en 2021, a los 96 años, cuando fue donada a Mensajeros de la Paz. Al ser expulsado del monasterio cisterciense de Santa María de Huerta (Soria) por estar enfermo de tuberculosis, se valió del patrimonio familiar y de donaciones para levantar la catedral sin planos ni proyecto oficial. Tampoco está consagrada ni reconocida por la diócesis de Alcalá de Henares. Está dedicada a la Virgen del Pilar y se construyó con materiales donados, reciclados, desechados. Ocupa un terreno de casi 5.000 metros cuadrados y tiene una altura de 35 m, contando con los elementos clásicos de cripta, claustro, escalinata, arcadas, pórticos, etc.  


Siguiendo el esquema tradicional, tiene planta basilical de tres naves, la central más ancha, cubiertas por bóvedas de medio cañón. La nave central tiene un triforio y quizá una tribuna. La cabecera se organiza en un gran ábside. En los laterales hay unos murales pintados por Carlos Romano. Al exterior hay absidiolos y torres, además de una cúpula en la parte central, con bustos alrededor. Cuenta con un patio interior desde el que puede accederse a la cripta. También hay otras dependencias en el ala derecha. 


Además de la “catedral”, Mejorada cuenta con otros edificios importantes, objeto de esta visita. La iglesia parroquial, dedicada a la Natividad de Ntra Sra, está en el centro de la villa, junto al Ayuntamiento y al palacio del Marqués, en el cruce de caminos de Arganda a Torrejón y de Vicálvaro a Loeches. Su origen quizá está en el siglo XVI, pero la austeridad de su estilo indica el siglo XVII. Tiene planta de cruz latina muy poco marcada, con cúpula sobre pechinas en el crucero y una nave cubierta con armadura de madera. En el lado del Evangelio hay una galería originariamente para uso de los marqueses y también el pasaje que comunica con la capilla de San Fausto. La puerta de acceso es de una reconstrucción del año 1909. También cuenta con una torre-campanario de planta cuadrada, encajada entre la capilla de San Fausto y la del Santísimo.




Hacia 1668 se remodelaba la iglesia parroquial en medio de una profunda crisis económica que obligó a vender el señorío. Don Pedro Fernández del Campo y Angulo se hizo con el mayorazgo en 1672, recibiendo el título de Marqués de Mejorada al año siguiente. Su hijo, Don Gaetano Fernández del Campo y Salvatierra promovió la capilla de San Fausto, aneja a la iglesia parroquial, para albergar las reliquias del Santo. 









Al exterior cuenta con tres frontones que se corresponden con tres bóvedas de cuarto de esfera al interior, que enmarcan una gran cúpula rematada con tambor y linterna. 








La capilla de San Fausto, que contrasta con la humilde construcción de la iglesia, fue proyectada y construida por Matías Román entre los años 1688 y 1691. Es una obra maestra del barroco madrileño por la técnica constructiva y la decoración.






Como se construyó para albergar las reliquias del santo, adquiridas por el primer marqués, se concibió como un gran relicario, visible en la concepción concéntrica de la capilla por la situación del altar-templete en el centro, con forma de pirámide escalonada y con representación de escenas de la vida del santo, en mármol y jaspes. 







Tiene, por lo tanto, planta central, de cruz griega. Además de relicario, su finalidad era servir oratorio privado y panteón, estando la cripta de enterramiento de la familia bajo el altar. Está dotada de un rico y suntuoso ajuar ornamental con mármol y piedras nobles en la formación de hornacinas, estatuas y pinturas. 





Los arcos se sostienen con grandes pilastras que contienen dos pisos de nichos con esculturas. Cada brazo se cubre con bóveda de cuarto de esfera y los cuatro llevan a una gran cúpula sobre pechinas ocupadas por grandes escudos policromados. 










El cenotafio incluye en sus cuatro lados escenas sobre el santo con fondo de arquitectura. Está rematado con grandes velones en las esquinas.








 




Sobre el arco de entrada, balcón corrido desde el que seguía los oficios la familia del Marqués, con acceso directo desde su vivienda, hoy desaparecida. 

 


jueves, 30 de julio de 2015

Museo del Aire.

En las cercanías de Cuatro Vientos se inauguró el Museo del Aire en mayo de 1981, aunque desde entonces se han sucedido varias ampliaciones. En la actualidad sus instalaciones cuentan con un gran
espacio al aire libre y siete hangares, que, sin embargo, se quedan pequeños para la gran cantidad de material que exponen. En un día soleado damos un paseo por este cementerio de elefantes, por entre estos monstruos metálicos muertos, donde el tiempo parece detenido como por un encantamiento.

Al lado del aparcamiento, lo primero que se ve es una colección de helicópteros, entre ellos uno soviético que utilizó Icona, otros usados por Tráfico, etc. Enfrente hay un monolito, pequeño monumento homenaje al aviador García Morato. Entrando en el
gran espacio central, abierto, vemos muchos aviones grandes de distintos tipos, de pasajeros y de carga.

Entramos en el primer hangar, el 1, donde se exponen los orígenes de la aviación y algún ejemplar único como una réplica del hidroavión Plus Ultra que realizó el primer vuelo entre España y América. En el hangar 2, dedicado a los grandes vuelos y a la Guerra Civil, está otro avión importante, el Jesús del Gran Poder que realizó la travesía Sevilla-Bahía (Brasil), de 6.550 km., el 24 de
febrero de 1929, en menos de 44 h, y fue el primer avión español que sobrevoló los Andes, volviendo después a España en barco. También hay otros tipos de aviones, bombas, diferente equipamiento, uniformes, banderas, etc.

De nuevo en el exterior, vemos una exposición de reactores de entrenamiento y combate, antes de pasar al hangar 3, donde hay unas aeronaves más pequeñas, igualmente tanto de entrenamiento
como de combate.  En el hangar 4, ya fuera del gran espacio central, pueden verse una colección de instrumentos de vuelo, paracaídas y algunos helicópteros, pero la estrella es el C-19, de 1924, diseñado por el ingeniero español Juan de la Cierva. En un rincón está el hangar 5, de contenido variado en el que destacan los aviones de acrobacia tripulados por el Capitán Castaño, cazas, paracaídas y el De Havilland Dragon Rapide, de 1934, el histórico bimotor en el que viajó Franco, en julio de 1936, para ponerse al
frente de las tropas sublevadas en Marruecos.

Alternando interior y exterior, pasamos ante una pequeña colección de cañones antiaéreos y de vehículos militares que da paso al siguiente hangar, donde pueden verse cabinas civiles, como la de los aviones DC-9 y Boeing 727, el corte de un avión, etc. También están presentes, en el exterior, los vehículos auxiliares de
aeródromo, antes de ver una colección de maquetas, un área de aeromodelismo, planeadores, y los aviones protagonistas de la Guerra Civil, el Polikarpov I-15, el “Chato”, de 1926, un biplano soviético que fue la espina dorsal de la aviación republicana, y el Fiat CR-32, “Chirri”, de 1933, usado por la Aviación legionaria y por García Morato. La interminable colección se completa con motores, hélices, simuladores de vuelo, cabinas, etc.

Es una colección amplísima, con una exposición didáctica que cuenta con unos paneles informativos al lado de cada pieza. Como el día es muy soleado, a los hangares entra mucha luz y el variado colorido de los materiales reluce. Especialmente en los hangares, el material está muy apretado, casi no se anda porque las piezas están muy cercanas unas a otras. No obstante, están expuestas como si fueran esculturas, pueden ser rodeadas para poder verse desde todas las perspectivas.

Apetece salir al exterior, a la luz ciega del mediodía, y caminar más. Encima de nosotros el azul intenso del cielo primaveral. Los aviones grandes del exterior no están tan limpios como los de dentro de los hangares, no brillan tanto aunque el sol les arranca un resol metálico, dan sensación de más vejez, de vetustez, parece imposible que estas pesadas moles, algo oxidadas, se hayan podido elevar.

Este museo, donde la Historia se acumula sobre sí misma, da una sensación magnífica. Hay muy poca gente por lo que se puede recorrer en silencio, buscando, en medio de tanta materia, cosas poco tangibles como emociones. Este territorio no es un lugar, es el pasado. El aire viene cargado de aromas de Historia. Con los ojos llenos de visiones pasadas, nos vamos de este monumento al progreso, al avance, a la evolución.


martes, 16 de diciembre de 2014

Aranjuez.

"Aranjuez en otoñio tiene un encanto que no tiene (o que tiene de otro modo) en los días claros y
espléndidos de la primavera" (Azorín, Don Juan). Volvemos a Aranjuez. Siempre se vuelve a Aranjuez. En esta ocasión queremos ver el otoño prendido en las hojas de los árboles, el estallido de color de la Naturaleza, el encanto de que habla Azorín. Buscamos cosas poco tangibles, como las emociones. Aparcamos cerca del palacio y damos una vuelta por los alrededores. En la desviación del río, donde hay muchos patos, se refleja el otoño desplegado en los árboles, el que hemos venido a buscar, porque el Jardín del Rey -cuya decoración se debe a Felipe IV-, cercano al palacio, con arbustos y otro tipo de árboles, no lo manifiesta. Los agentes de los restaurantes acosan repartiendo
folletos con los menús del día. Ya sabemos dónde ir a comer.

Antes de marcharnos de esta zona paseamos un poco los exteriores del palacio, mandado construir por Felipe II, que lo encargó a Juan Bautista de Toledo y a Juan de Herrera aunque no lo terminaron. Los reyes Borbones pasaban aquí la primavera y dejaron su impronta con nuevas obras.

Vamos al Jardín del Príncipe. Las monumentales puertas dan acceso a un jardín muy grande –siete kilómetros de perímetro y unas 150 hectáreas de extensión, 32
Benjamín, Carmela, Mª Ángeles y Marciano
hectáreas más que el Retiro-, uno de los más extensos de España, rodeado por el Tajo, que cuenta con importantes obras arquitectónicas y que se caracteriza por su riqueza botánica. Aunque en él se integran elementos anteriores, como la Huerta de la Primavera y el embarcadero de Fernando VI, fue creado por Carlos IV siendo todavía Príncipe de Asturias, y en realidad no es un jardín, sino varios. Es de tipo paisajista que sigue la moda inglesa y francesa de finales del siglo XVIII.

Lo cruzamos  y vamos viendo el embarcadero, los pabellones, el jardín donde Carlos IV pasaba largas horas, el castillo, desde donde se puede observar el río, el jardín y el soto, y el Museo de las Falúas Reales, embarcaciones que los Reyes utilizaban
para navegar por el Tajo –Fernando VI lo hacía amenizando el paseo con la música que cantaba Farinelli-, entre las que destacan la que perteneció a Carlos IV y la de Felipe V.

Los vientos del otoño tiñen de rubio esplendor los sotos. En algunas acequias, las aguas correderas avanzan parapetadas entre la vegetación, antes de que los fríos desnuden las arboledas de chopos, sauces, plátanos, y de que las orillas se tinten de los dorados y gualdas más esplendorosos. Los cambios de tonalidad en los coloridos árboles, las largas modulaciones del color, producen una agradable animación visual y caemos en un embeleso contemplativo. El murmullo del viento en los árboles forma parte del lugar
como los mismos árboles. Desde un puentecillo, dejándonos llevar por la mansedumbre del río calmo que se ondula en un paisaje llano, vemos su apacible fluir, su paso remolón, su discurrir tranquilo.

Carlos IV, siendo Príncipe de Asturias, utilizó como casa de recreo los pabellones del embarcadero de Fernando VI y creó en torno el Jardín del Príncipe, pero cuando ascendió al trono realizó en el extremo opuesto la Casa del Labrador, encargo realizado por Juan de Villanueva. Su lujoso interior guarda algunas de las ornamentaciones más bellas de la época que forman uno de los conjuntos neoclásicos más importantes de Europa.

Por la tarde vamos al Jardín de la Isla, por donde le gustaba pasear a Isabel I (Jardín de la Reina). En época de Felipe II, aún príncipe, comenzaron los plantíos y se dio una nueva forma con el trazado de Juan Bautista de Toledo, que amplió los setos, construyó acequias y plantó avenidas de chopos,
olmos negros, etc. Las presas regulaban el curso del Tajo y permitían regar -el río pasa, el agua de regar queda- los terrenos. La mayor parte de las fuentes se deben a Felipe IV. Felipe V añadió dos nuevos trazados a la francesa, el Parterre ante el palacio y el extremo final, donde instaló la Fuente de los Tritones que Isabel II hizo llevar al Campo del Moro. A diferencia del Jardín del Príncipe, destaca por su trazado.

El cambio de color da altura artística al otoño. La realidad visible es más bella que la imaginada y es difícil que esta realidad, la de estos instantes, quepa en palabras. Absortos, cerradas las compuertas de los demás sentidos, contenemos la vida en la percepción visual facilitada por la otoñada. Lo primero que se ve es el paisaje físico, los colores, las formas, los relieves, lo que puede registrar una cámara, pero la levedad de las notas cromáticas, las sugestiones del color,  componen una fluencia verbal que, huyendo de la enumeración lineal, de la sequedad estilística, cae en la espontaneidad descriptiva y en el encanto de los adjetivos.

Saliendo,  nos detenemos un momento en la magnífica fuente de Hércules e Hidra, pero, para terminar un día típicamente otoñal, comienza a llover. Bajo un cielo oscuro que ennegrece rápidamente, aunque los patos no se inmutan, nos vamos.


lunes, 20 de octubre de 2014

Colmenar de Oreja

La vega de Colmenar aparece citada por los historiadores Polibio y Tito Livio a raíz de la importante Batalla del Tajo, 220 a.C., donde los carpetanos fueron derrotados por el cartaginés Aníbal Barca. Tras romanos, visigodos y musulmanes, fue conquistada por Alfonso VII en el 1139 otorgándole Fuero. En 1171 Alfonso VIII concedió el territorio a la Orden de Santiago.  En 1922 Alfonso XIII le concedió el título de ciudad.

 Está situado en la meseta entre los ríos Tajo y Tajuña, a 753 m de altitud. El relieve pasa del páramo al valle, con materiales de caliza y yesos. Paisaje calmo y próspero de viñas, algunos pinares y olivos con troncos rebosantes de tormento, que añaden contenido estético a la zona.

 En una mañana gris, con el cielo cubierto de nubes y una fina llovizna, dejando que la vida resbale sobre nuestros cuerpos, callejeamos guiados por la torre de la iglesia de Santa María la Mayor, gótica, s. XIII, modificada en el XVI, con aspecto de fortaleza y torre de 62 m con trazas de Juan de Herrera. En su interior pueden apreciarse La Anunciación y La Presentación de la Virgen en el templo, pintados por Ulpiano Checa.

 Por la Plaza del Mercado, con fuente y abrevadero, pasamos a la Plaza Mayor, iniciada en el s. XVII y terminada en el XVIII, ejemplo de plaza castellana, porticada, con el piso bajo en piedra y el alto en madera, asentada sobre un túnel. Destacan la Casa Consistorial y el Pósito. Por una esquina se baja a los Jardines de Zacatín. Pasamos de largo para ir a la Ermita del Humilladero, de los ss. XVI-XVIII, y al Parque Forestal El Cristo, cercanos. Volvemos hacia el pueblo y vemos una de las muchas fuentes y pozos públicos que hay: la Fuente del Pilarejo, bajo el puente homónimo, a mitad de camino.

 Descendemos a los Jardines de Zacatín, con abrevadero del s. XVIII. Consta de una robusta galería de cantería, cubierta por un entramado de losas apoyado sobre arcos de medio punto. El agua, algo salobre, pasa a otros dos pilones, puesto que se atendía hasta a cuatro usos simultáneos, tanto para personas como para animales. Toda la obra en caliza, muy abundante, siendo la de mejor calidad usada en los Palacios Reales de Madrid y Aranjuez. Atravesando el túnel se sale al otro lado de la plaza.


 Por la tarde, paseo viendo el convento de la Encarnación, s. XVII y el Teatro Municipal “Diéguez”, s. XIX. Hemos esperado para que el Museo Ulpiano Checa, nacido aquí en Colmenar en 1860, abriera de nuevo. A la entrada una gran tinaja nos recuerda que su fabricación era una industria característica del pueblo, que hubo muchos hornos y bastantes bodegas de vino.  

Nos atiende el guía del museo, D. Gregorio Piña, un hombre que vive apasionadamente su profesión y que nos ilustra sobre la vida y obra del pintor, y, tras esta agradabilísima conversación, comenzamos la visita envueltos en silencio y en plena soledad de los dos. La ordenación de los cuadros dibuja un mapa existencial muy preciso: históricos que sirvieron de orientación para películas, costumbristas, mitológicos, ciudades, personajes sudamericanos, África, España, Francia, hijos, etc. Además de los cuadros, pueden verse unas fotografías: obras en el túnel de Zacatín, varias personas levantando una gran tinaja, etc. Son gentes que hacían cosas grandes aunque no fueran grandes cosas. A medida que se echan años atrás en la cuenta de nuestra vida, es agradable ver estas estampas antañonas.

 Nos despedimos del amable guía del museo agradeciéndole todas sus atenciones. Los ruidos de la calle vuelven a nosotros. Salimos pensando la causa de que Ulpiano Checa no sea tan conocido como otros pintores, pero la visión de estos museos tan accesibles, de un tamaño tan adecuado y regidos por personas tan competentes como D. Gregorio, se convierte en viento para nuestras velas. La tarde sigue viva; tardará en transformarse en noche. Es Jueves Santo y todavía llegamos al espectáculo de la Pasión de Jesús en Morata de Tajuña.