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martes, 2 de abril de 2019


Pórtico de la Gloria

Tras reservar, por Internet, día y hora para la visita, nos disponemos a cumplir un ansiado anhelo, la visita al famoso Pórtico de la Gloria de la catedral compostelana después de su restauración. La visita está precedida por una exposición dedicada al “Mestre Mateo”, cuya figura está asociada de manera exclusiva a la catedral de Santiago de Compostela. Al menos desde 1168 se encontraba al frente de las obras del templo, cuya construcción había comenzado en 1075 y no finalizaría hasta 1211. Fue director de las obras “desde los cimientos”, como él mismo quiso dejar grabado en piedra en los dinteles del Pórtico, colocados el 1 de abril de 1188.

El Maestro Mateo y su equipo llevaron a cabo las otras en tres ámbitos: la cripta bajo el Pórtico, el propio Pórtico y la fachada occidental, desaparecida, además del coro pétreo instalado en los cuatro primeros tramos de la nave central. Originariamente el Pórtico quedaba abierto tras una fachada exterior que lo protegía creando un nártex. La portada central estaba formada por un gran arco, de unos ocho metros de luz, compuesto por tres arquivoltas, la mayor de las cuales contenía un mensaje apocalíptico a base de ángeles enmarcados por arquitos de medio punto. Este arco fue desmontado en 1521, la fachada se modificó a mediados del s. XVI y fue sustituida en el s. XVIII por la actual del Obradoiro, y el coro fue reemplazado a comienzos del s. XVII.

El Maestro Mateo siguió las pautas del Maestro de las Platerías en la conclusión de las naves, lo que las dotó de unidad desde el crucero hasta el Pórtico de la Gloria, pero en éste utilizó nuevos criterios como pilares con puntos de apoyo para los arcos, incipientemente apuntados, y bóvedas de crucería, vanos amplios, etc. El objetivo era la racionalización de las estructuras y la valoración de la luz.


En el Pórtico desarrolló un mensaje iconográfico basado en el Apocalipsis, en el que Dios no es un juez implacable, sino redentor. Esa esperanza se manifiesta, por ejemplo, en la sonrisa de Daniel, cuyas características son el optimismo y la profundidad conceptual. “Está inspirada en el pasaje bíblico en el que Daniel se echó a reír al demostrar al rey Ciro que la estatua de bronce del dios Bel no era más un ídolo inerte”. Este hito de la escultura medieval quiere representar el triunfo de la fe sobre la idolatría.

Pero hay otras versiones más populares. La leyenda cuenta que Daniel sonreía así al ver a la figura que tenía enfrente. Ésta figura, una sibila,  la reina Esther o la reina de Saba, fue esculpida con generosa voluptuosidad, lo que provocó que su vecino de enfrente sonriera al verla. Al enterarse la Iglesia de tal osadía, hizo rebajar las formas de la mujer aunque la sonrisa de Daniel, Danieliño, se mantuvo. Se dice también, que los labriegos gallegos, para mofarse de la Iglesia, inventaron un queso con forma de atributo femenino al que llamaron, tal y como hoy lo conocemos, queso de tetilla.


Otra figura importante es uno de los profetas del Antiguo Testamento. “La figura de Isaías destaca por su intensidad expresiva, incrementada por la abundante policromía que todavía conserva. Su contorsión gestual consigue transmitir la tormenta interior que define su condición de profeta visionario, erigiéndose en un digno precursor de la terribilitá del famoso Moisés de Miguel Ángel”.

La guía ya nos advierte que el Pórtico permanecerá “encapsulado”, es decir, que no se podrá ver nada más que en visitas guiadas, que no estará abierto como antes. No se puede tocar nada ni hacer fotografías. Aprovechamos, pues, su amena y clara explicación sobre la iconografía, desde el proceso bíblico a la ordenación y distribución de los personajes. El Pórtico está cerrado por unas láminas de madera para que no entre el polvo de las obras de la catedral y pueda mantenerse la limpieza actual. La gran luminosidad permite apreciar con claridad la intensidad cromática de las esculturas, los colores tan intensos en algunos puntos que parecen querer salir.

En algún momento, en el que la guía calla, nos quedamos extasiados ante tanta belleza esculpida en un material como el granito, no tan trabajable como otros. Recordamos las palabras de Rosalía de Castro: Parece que los labios mueven, que hablan quedo los unos con los otros, ¿serán de piedra esos semblantes tan reales, esos ojos de vida llenos?

Finalmente observamos la huella dejada por el paso de tantas personas anteriormente. El mármol en el que se esculpió el “árbol de Jesé”, en el parteluz, bajo la figura de Santiago, se desgastó por la costumbre de poner la mano insertando los dedos en los huecos. Detrás queda la curiosa figura del Santo dos croques, en la que, según la tradición, había que golpearse la cabeza tres veces para adquirir algo de la sabiduría del Maestro Mateo al que representa.



Otra leyenda explica que, en una ocasión en la que el Arzobispo visitó las obras, el Maestro Mateo le fue explicando el significado de las distintas figuras, excepto una, en el tímpano, por la que le preguntó el Arzobispo. El Maestro contestó que era él mismo, porque merecía esa gloria después de lo que estaba haciendo. El Arzobispo le reprendió por su falta de humildad. En la siguiente visita, esa figura había desaparecido, pero había otra detrás, sin luz, de rodillas, humilde.


Con los ojos llenos de belleza terminamos la breve visita, deseando volver de nuevo. A la salida vemos una obra excepcional del Taller del Maestro Mateo, el Palacio Gelmírez, por donde se accede a la visita. Está basado en los palacios episcopales de las principales diócesis franceses, que tenían en el salón sinodal su obra más exquisita.


Una entrada combinada permite, además, el acceso al Museo, con innumerables piezas de todas clases, incluyendo el botafumeiro, el acceso al claustro y a la galería superior desde donde se disfruta de una vista inmejorable de la Plaza del Obradoiro.






jueves, 21 de marzo de 2019


Santiago de Compostela

La vía férrea separa, como en otros lugares, distintos barrios de esta ciudad, dejando al este, en las dulces riberas del Sar, la curiosa parroquia de Santa María del Sar (románica) y los nuevos edificios de la Cidade da Cultura, en alto, y el Mutiusos Fontes do Sar. Al oeste de la vía, sale desde la estación la Rúa do Hórreo (Parlamento de Galicia) que lleva a la Rúa da Senra, circunvalación de la zona antigua. Por la Rúa das Orfas, Cantón do Toural y Plaza do Toural se llega a las rúas do Villar, Nova y do Franco, ejes aproximadamente paralelos que llevan hasta la calle Fonseca, hasta la catedral. La Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad, en 1985, a todo este conjunto de la ciudad antigua, dominado por la figura de Santiago, a pesar de que su patrón es San Roque y su patrona Santa Susana.



La toponimia del lugar es dudosa y las interpretaciones variadas, desde la latina campus stellae (campo de la estrella, descubrimiento del cuerpo en el siglo IX), pasando por compositum tellus (tierra compuesta o hermosa), hasta composita (arreglada), situándose esta última acepción en la primera mitad del s. XI, tras la destrucción de la ciudad por Almanzor. El lugar fue poblado romano abandonado en el periodo del Reino Suevo y santuario medieval destruido por Almanzor, viviendo sus momentos de mayor esplendor en la Edad Moderna, con la fundación de la Universidad (Fonseca), y en el barroco.

El centro neurálgico del óvalo de esta ciudad antigua es la Plaza del Obradoiro, cuyo nombre parece derivar del taller u obrador de canteros que existía durante la construcción de la catedral, siglo XII. El Palacio de Gelmírez, siglos XII-XIII completó ese lado. Después, la plaza fue ocupando sus restantes tres caras con el Hospital de los Reyes Católicos, de principios del s. XVI en estilo renacentista plateresco, el Colegio de San Jerónimo, del s. XVI aunque la portada es románica, perteneciente al antiguo Hospital de la Azabachería, y, finalmente, el Palacio de Rajoy en el s. XVIII. En el barroco, ss. XVII-XVIII, la plaza cambió de aspecto con la nueva fachada de la catedral.
 
Santa Susana
Adentrarse en este mundo de granito, de grandes losas, en este mundo gris de edificios imponentes, es uno de los placeres que proporciona esta ciudad. Ruar por estas callejas estrechas, apretadas, es un salto en el tiempo, aunque ahora esté todo orientado a cubrir las necesidades (y los lujos, porque hay muchas joyerías) de la enorme invasión turística. Las estrechas calles se ven iluminadas por pequeñas placitas, como la deliciosa de Fonseca, en la Rúa do Franco, frente a la Biblioteca Universitaria Fonseca. También la catedral está rodeada de plazas, más grandes, como la de Platerías, Quintana y Azabachería.



De entre la gran oferta hostelera, en algún caso muy vulgar, pueden destacarse ciertos establecimientos que resultan curiosos. Por ejemplo, en la Rúa do Villar está el café Casino, que contrasta con casi todo lo circundante por su comodidad y tranquilidad. En una ocasión vi aquí la ceremonia teatralizada de la preparación de una queimada, pero parece que ya no lo hacen. La dueña me cuenta que el “artista” (Manoliño) está menos disponible. También es muy tranquila la cafetería del Hostal de los Reyes Católicos.

Cuando llega el momento de recuperar fuerzas, tenemos otro objetivo. Atendiendo la amable sugerencia de Sussi, que nos la ha recomendado, vamos a la Taberna “O gato negro” y tardamos un poco en encontrarla. Está en la Rúa da Raíña, intercalada entre las Rúas do Villar y Franco, en un rincón. Es una deliciosa taberna, con sabor antiguo, donde lo importante no es el local, ni el mobiliario, ni la “comodidad” de los taburetes, sino el retroceder en el tiempo disfrutando de la amabilidad del dueño y las camareras y la exquisitez de su comida y bebida.



Repuestos de los largos paseos, podemos seguir recorriendo los límites de este óvalo central. Desde la Plaza del Obradoiro, pasando entre el Palacio de Gelmirez y el Hostal de los Reyes Católicos, sale la calle San Francisco (Facultad de Medicina) y se llega a la Iglesia de San Francisco (misa del peregrino ahora que la catedral está en obras) y al parque Juan XXIII. De nuevo en la plaza, se baja entre el Palacio de Rajoy el Hostal de los Reyes Católicos por la empinada calle Costa do Cristo y en la primera a la derecha, la calle Entrerríos, está el nuevo Centro de Atención a los peregrinos. También desde la plaza queda muy cerca la Plaza de la Inmaculada, frente a la fachada de la Azabachería de la Catedral, donde puede admirarse el barroco y magnífico Monasterio de San “Martiño” Pinario.



En el extremo contrario a la Catedral, al final de la Rúa do Franco, se llega, cruzando la calle de nombre tan emblemático como Campo da Estrela, a la Alameda, uno de los parques de la ciudad. En uno de los bancos está sentado, esperando entablar conversación, D. Ramón María del Valle-Inclán. Pero las protagonistas indiscutibles son las hermanas Fandiño Ricart, Maruxa y Coralia, fallecidas en los años 80 del siglo pasado, que pertenecieron a una familia numerosa, anarco-sindicalista, de Santiago y que fueron represaliadas durante la dictadura franquista. Se las conocía como “As Marías” y “As dúas en punto”, y su colorista vestimenta contrasta con lo oscuro de su vida, poniendo un agradable final a la visita a esta ciudad.



lunes, 27 de octubre de 2014

O Pedrouzo-Santiago.

                Afrontamos la última etapa, la llegada a Santiago. Queremos ver el botafumeiro, al final de la misa de las 12, así que salimos muy temprano, de noche. Con el frontal encendido atravesamos San Antón y el bosque nocturno, en el que se oyen algunos ruidos que, a estas horas, parecen extraños. Hace fresco y la sensación es muy agradable. Tras Amenal, el cruce de la carretera y Cimadevila, va amaneciendo lentamente.

                Todavía usamos el frontal cuando rodeamos el aeropuerto, en cuyas alambradas hay infinidad de cruces hechas con pequeñas ramas, igual que antes de Rabanal del Camino. Este es un tramo menos atractivo. Continuamos por San Paio, Labacolla y Vilamaior, donde paramos. Su iglesia tiene, en el cementerio, unos nichos iguales. Bajamos unas escaleras donde hay un cruceiro y llegamos a un bar. Hace fresco y queremos tomar café. Hay mucha gente que baja de un autobús y que, por lo visto, van a hacer un pequeño tramo hasta Santiago.

Seguimos por un camino entre paredes musgosas y con hiedra en los lados. En un prado hay un caballo sólo, sujeto con una cuerda a un gran clavo en el suelo, lo que le permite un radio de acción pequeño en sus movimientos.

La zona se va urbanizando progresivamente. Pasamos por la Casa do Zoqueiro antes de llegar a San Marcos, con las instalaciones de las televisiones española y gallega. El día ha empeorado. Hace viento, frío y hay niebla en la ascensión al Monto do Gozo. En lo alto arrecia el viento y el frío, y la niebla impide la visión. Hacemos unas deficientes fotos y sellamos la credencial. Aquí, donde los peregrinos se dice que veían las torres de la catedral de Santiago y se preparaban para la llegada, nosotros no podemos ver nada. No podemos parar por el frío, así que emprendemos el descenso.

Con toda la zona urbanizada, pasamos por una curiosa casa, con estatuas, grandes piedras y un cruceiro. En este descenso cruzamos el río Sar. Se tarda en llegar, se hace pesado. Ya no es bonito como andar por el monte. Tras la capilla de San Lázaro aparece una zona moderna de Santiago y un paseo con árboles de flores rosas y lilas. En esta última parte de la etapa hemos avanzado más, por el frío y porque ya no es tan agradable como la anterior. Hemos llegado con suficiente tiempo. Ha sido una etapa de 19 km., con mayor altitud en el centro que en el inicio y final.

Vamos al alojamiento, nos aseamos y nos acercamos a la catedral, erguida imponente sobre la plaza, que presenta a la luz y la gloria de poniente una fachada grandiosa.  No hay botafumeiro, así que el madrugón no nos ha servido de nada. Comida y café en el casino, donde un personaje que viste una túnica de monje, con capucha incluida, hace una queimada mientras pronuncia unos misteriosos conjuros.

Por la tarde, con aquella indolencia corporal que se apodera de los peregrinos en descanso, paseo. Santiago está tan impresionante como siempre. Por fin vemos el botafumeiro al final de la misa de la tarde. Tras la cena, en la plaza del Obradoiro, vemos la actuación de una tuna. Cuando abandonamos la plaza, la noche ha reunido por las calles su ejército de sombras. Empieza a hacer fresco cuando nos recogemos.

No ha sido un viaje utópico, sino real. Nuestros sentimientos no son frescos, como del día, sino viejos, profundos. Nuestra memoria vuela como un planeador por entre montes y valles, por el espacioso horizonte que hemos dejado atrás. Somos coleccionistas de nostalgias. Ya no vivimos en el tiempo; nosotros somos el tiempo en que vivimos. Estamos llenos de una tranquila felicidad y Kafka decía que la felicidad suprime la vejez.

Esto se ha terminado, de momento, y hemos terminado bien. Hemos visto unas camisetas con unas leyendas que dicen “Sin dolor no hay gloria”, o “El dolor es algo temporal. La gloria es para siempre”, pero nosotros no tenemos ninguna lesión, ni siquiera una pequeña ampolla. Seguiremos. Vivimos sin vivir en nosotros mismos, y a vivir que son dos días. Un proverbio persa dice que no hay mañana que deje de convertirse en ayer; sólo si se mira atrás se puede anticipar lo que vendrá. Nos espera Fisterra.

lunes, 13 de octubre de 2014

Arzúa-Arca o Pedrouzo


Después de dos etapas cortas, afrontamos otra que tampoco es larga. Como estos días está haciendo calor y esta etapa es un poco más larga salimos un poco antes.
El camino es empedrado al principio y, más tarde, hay unos tramos de corredoiras bonitas mientras va amaneciendo. Las paredes laterales están verdes de musgo y enredaderas. Vemos hórreos en las poblaciones y zonas más desarboladas, de pastos, mientras el sol va levantando.
Pasamos por Raído, Cortobe y, algo más lejos, Calzada, donde se cruza uno de los muchos regatos, esta vez por un puentecillo de piedra. El camino se colorea con flores en los lados y se ameniza con los trinos de los pájaros en esta mañana luminosa y agradable. Vemos varias lápidas dedicadas a la memoria de peregrinos muertos en el Camino. Bajo un pequeño techado, a la sombra, están juntos un gallo y un cordero.  
Llevamos mucho tiempo sin poder parar a tomar café en algún bar. Cuando llegamos a uno, nos juntamos todos los peregrinos que nos vamos viendo en estos días, por ejemplo una pareja joven, pero no vemos a los dos hombres extranjeros. Quizá la queimada de ayer les haya hecho reducir la marcha.
Tras Outeiro y Boavista el camino se acerca a la carretera y se pierde el encanto de ir por el bosque o por los campos puesto que se oye el ruido del tráfico. En Salceda hay una fuente con una hornacina, que va a ser uno de los últimos tramos sombreados pues salimos a zona abierta.
camino
Esto ya no es el concello de Arzúa, sino el de O Pino. Después de Brea, en el llano, hay un pequeño y sencillo monumento a los peregrinos identes. Es un paseo al lado de la carretera, con una parada de autobús en forma de hórreo, que continúa en ascenso hasta el Alto de Santa Irene.
Ya no queda mucho, pero paramos para comer un pincho de tortilla porque el desayuno hace tiempo que está quemado.
Pasamos por el último tramo de bosque de eucaliptos y vemos otra lápida dedicada a un peregrino que murió en el Camino. El sol es muy fuerte. Hace mucho calor.


Esta parte final es decepcionante: mucha gente, domingueros, bidones para basura en el camino;  incluso, tras el cruce de la carretera que acompaña todo el camino, megafonía anunciando un alojamiento. Aquí se ha perdido todo concepto cultural del Camino y entramos en un mundo puramente comercial.
Llegamos a O Pedrouzo, O Pino, Arca. No sabemos cómo se llama realmente esta población, ni si los nombres corresponden a parroquia, concello, etc. Le preguntamos al chico de recepción del albergue y no termina de sacarnos de dudas. Le preguntamos finalmente ¿dónde vive el Alcalde?  En Santiago, es la respuesta desmoralizadora.
Ha sido una etapa corta, de 19 km, llaneando, que termina con la rutina habitual y un paseo, por la tarde, a lo largo de la larga calle central, con un gran hórreo a las afueras. 

Melide-Arzúa


Salimos de Melide y, prácticamente por zona urbana, llegamos a un cruceiro que da paso a la iglesia románica de Santa María de Melide, del s. XII. El día, como ayer, es muy bueno. Está totalmente despejado, hay sol, y se anda muy bien porque hace algo de fresco.
En Carballal (muchos de los árboles de la zona son carballos) vemos un hórreo sobre la pared al lado del camino, y una iglesia con una curiosa portada románica.
El camino es ancho y bastante llano. En algún área más abierta se ven troncos cortados de eucaliptos, uno de los aprovechamientos económicos de la zona. Tras una pequeña bajada cruzamos un riachuelo por un puentecillo precioso a manera de varios dólmenes de poca altura seguidos. Es una arquitectura sencilla, arquitrabada, que combina muy bien con el paisaje consiguiendo un lugar con encanto en medio de la vegetación que sombrea el paso. Estos tramos son las mejores correidoras que hemos pasado, junto con las de ayer. Al salir de los regatos hay eucaliptos, carballos e incluso pinos.
Abandonamos el concello de Melide y entramos en el de Arzúa. En A Peroxa hay un pequeño puesto con comida para el peregrino: agua y fruta. Se toma lo que se necesita y se deja las monedas en una caja. Paramos junto con dos extranjeros con los que ya llevamos coincidiendo dos etapas.  Es uno de los no muy numerosos lugares que hacen pensar en lo que debería ser el Camino.
Llegamos a los Boentes, de Arriba y de Abaixo. En el primero vemos la parroquia de Santiago, con varias esculturas del apóstol en distintos hábitos. El paisaje se hace más abierto y aparecen más pastizales, con árboles marcando los perímetros. Al paso por Fraga Alta hay unos pastos de una hierba con un color verde muy brillante que se opone al mate de los árboles y de otras manchas de vegetación.

Más adelante, y tras pasar por uno de estos campos de hierba tan brillante, llegamos al río Rendal, entre los dos Ribadisos, el de Baixo primero y el de Riba al otro lado. Este puente, romano, estaba en la ruta de Lucus Augusta (Lugo) a Aseconia (Santiago). Aquí se construyó un hospital, el de San Antón, para atender a los peregrinos, administrado por las Terciarias Franciscanas del Monasterio de Santa Cristina da Pena, pasando después a la cofradía de prateiros de Santiago. Paramos en el puente, embelesándonos con el murmullo del agua, y coincidimos con una pareja: ella habla por el móvil y grita tanto que podrían oírla sin el aparato.  Nos hacemos fotos mutuamente antes de seguir.  Arzúa ya está cerca.
Tras la llegada, la rutina y, por la tarde, paseo. Vemos la placa dedicada a Ramón Franco por su vuelo a Buenos Aires, la plaza con la estatua de una abuela, etc. Cenamos queso de Arzúa, naturalmente. Después vamos a un bar, enfrente del albergue, donde iban a hacer una queimada. Como había ya muchas personas, la han hecho antes de la hora que nos habían dicho y llegamos tarde, ya no queda nada. Los dos hombres extranjeros que hemos ido viendo parecen muy contentos.
Ha sido otra etapa corta, 14 km., en ligero descenso con un ascenso final. El dividirla ha sido un acierto que nos ha permitido disfrutar más del camino. Una luna llena nos despide hasta mañana. Todo está muy quedo bajo el manto de la noche.

Palas de Rei-Melide


Esta etapa del Camino de Santiago resulta más larga según está prevista en las guías y, además, queríamos parar en Melide, así que la dividimos en dos.
Se sale por un monumento firmado por J.A. Novo, unos peregrinos bailando. Una bajada da paso a una zona llana anegada que hay que atravesar por unas piedras colocadas en  uno de los lados. Los árboles se miran en el gran charco. Una sucesión de hórreos y cruceiros nos llevan hasta San Xulián do Camiño, con iglesia románica. A continuación, después de  Pallota, se cruza el río Pambre y se llega a Casanova. Son unos tramos muy bonitos, los mejores, unas corredoiras estupendas, enmarcadas por muros con musgo.  El día es muy bueno, está despejado. Al inicio hacía algo de fresco, pero el sol ya va calentando. Siguen unas zonas más abiertas, de pastizales cruzados por pequeños regatos. Paramos para comer algo mientras escuchamos el murmullo del agua de uno de ellos. El resto es silencio de camposanto.
Una zona abierta, de pastizal, con un grupo de vacas aparece antes de llegar al límite provincial. El primer día había durante toda la etapa un fuerte olor a estiércol y el segundo un penetrante olor a vacas. Hoy, no. Dejamos Lugo y entramos en A Coruña, en el concello de Melide.  Tomamos un café en Coto y vemos, en Leboreiro, otro cabazo y la iglesia de Santa María, que conserva su ábside románico. Este tramo ya no es tan bonito como otros que hemos pasado. Un puente de un solo ojo nos sirve para pasar el río Seco. Otro río que tenemos que cruzar es el Furelos, un afluente del Ulla,  que da nombre a la población. Se cruza por un puente medieval de cuatro arcos construido en el siglo XII con sillería de granito. Tiene perfil de lomo de asno muy rebajado. El agua tiene un profundo color azul, reflejo del limpio cielo.
Camino de Santiago
Puente medieval de Furelos
Aparece alguna vaca más mientras el calor ha ido aumentando. Como la etapa es más corta, tenemos tiempo. Paramos a tomar una cerveza porque hace más calor. El sol resplandece sin que ninguna nube se interponga en su camino. Con la camarera hablamos del Cristo, con una mano descolgada, que  hay en la iglesia, pero no se puede ver porque no está el párroco nada más que en las horas de misa.  Esto mismo pasa en otros lugares del Camino. Seguimos un trecho con el murmullo del agua como compañero y llegamos a un prado donde un asno sólo lleva una apacible vida, quizá en compensación de lo que trabajó antes. Parece una buena jubilación.
Melide aparece ya cercano. Por una calle lateral, donde hay otra pulpería que no estaba la anterior vez que pasamos por aquí, llegamos a la calle principal y paramos a tomar un aperitivo  -sólo media ración- en la pulpería Ezequiel, famosa mundialmente pues viene en todas las guías (lo hemos comprobado en una japonesa, en una coreana y en una italiana).  
Tras ir al alojamiento y asearnos, comemos en O Muiño, como hicimos hace años con mis amigos ciclistas, a instancias de otro ciclista que era de aquí y a quien encontramos en el camino. Aquí se come a la parrilla.
Por la tarde, tras la siesta, paseo por el centro, por el pueblo viejo (casa do concello, capela de San Antonio, s. XVII, plaza iglesia, casonas con escudos), vuelta a la calle central, la carretera, para ver la capilla de San Roque y un cruceiro del s. XIV, el más antiguo de Galicia, y terminar de nuevo en casa Ezequiel para degustar el sabroso pulpo. Al final, quedan pocos clientes y podemos hablar con él y con su mujer de las otras veces que hemos estado aquí, y, amable como siempre, no nos deja hablar sin invitarnos a un chupito. Las veces anteriores hizo lo mismo. Un buen final para una etapa corta, descansada, de solamente 15 km con un ligero descenso.