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jueves, 6 de agosto de 2026

El monte Abantos.

El monte Abantos es una montaña de la sierra de Guadarrama, en el sistema Central, que pertenece en su mayor parte al municipio madrileño de San Lorenzo de El Escorial y tiene una altitud de 1.753 m. El nombre le viene del ave abanto o buitre egipcio que era habitual en la época de Felipe II. También se le llamaba “Buen Monte del Oso” debido a la abundancia de especies de caza mayor. Su ladera sur fue elegida por Felipe II para construir el Monasterio de El Escorial, surgiendo alrededor el municipio de San Lorenzo de El Escorial.  

Este mes de agosto se recuerda que en agosto de 1999 se declaró un incendio forestal que calcinó 450 hectáreas de bosque de pino silvestre y resinero -unos 170.000 árboles- y destruyó los hábitats de animales y aves. En el otoño del 2000 se inició una repoblación, que fue muy criticada. Pero no es de esa repoblación de la que quiere tratar este artículo, sino de otra anterior.

En el siglo XVI, para construir el monasterio de El Escorial se necesitaron once mil toneladas de madera, por lo que hubo una tala masiva, unos 20.000 robles. Sólo se salvaron los “Bosques Reales”, que pertenecían al Monasterio. Ya en el siglo XIX, años 1862-1870, se sacaron los montes a subasta pública, y los especuladores acabaron con los árboles restantes. Quedaron La Herrería y el monte de La Jurisdicción (monte Abantos). La preocupación por los bosques no llegó hasta el siglo XVIII y no se tomaron medidas hasta bien avanzado el siglo XIX.

A mediados del siglo XIX estableció su residencia en San Lorenzo de El Escorial el naturalista Mariano de la Paz Graells, padre de la Entomología Ibérica y director del Real Museo de Ciencias Naturales y el Jardín Botánico de Madrid, que habló en el Senado sobre la urgencia de reforestar el monte Abantos.  Se encargó el proyecto al ingeniero local Miguel del Campo y Bartolomé y se estableció la Escuela Especial de Ingenieros de Montes, que se había creado en 1848 instalada en el castillo de Villaviciosa de Odón. Allí se graduó Máximo Laguna y Villanueva, precursor de los movimientos conservacionistas en lo referente a las prácticas agroforestales. En 1869 la Escuela se trasladó a San Lorenzo de El Escorial (Primera Casa de Oficios). Máximo Laguna fue director en 1871-1878 y solicitó al Ministerio de Fomento que el monte La Jurisdicción pasase a depender de la Escuela. En 1891, bajo la dirección de Miguel del Campo Bartolomé, la Escuela proyectó la reforestación del monte Abantos, solicitando el acotamiento y la suspensión del pastoreo.

El monte estaba desarbolado y con un monte bajo que acusaba la pobreza del suelo. Se construyó una red de pistas y caminos y se instalaron viveros.  En 1892 comenzó la reforestación, la primera científica, que se desarrolló durante 40 años, hasta 1911, año en que la Escuela fue trasladada a Madrid. Se habían repoblado 843 has de las 985 disponibles, con pino albar (Pinus sylvestris) y pino resinero (Pinus pinaster), acompañados de forma dispersa de abetos, pinsapos, hayas, alerces europeos, cipreses, olmos, castaños, arces. En 1961 se declaró espacio natural bajo la figura de “Paraje pintoresco”.

Si en el siglo XVI el bosque era de robles, ahora son pinares, albares de origen natural (Pinus sylvestris) por encima de los 1.500 m y el resto de repoblación. Hasta finales del siglo XIX, el monte Abantos tenía extensiones de matorral, pastos y pequeños bosquetes cerca de los arroyos. Después de la reforestación, en las laderas más bajas, entre 900 y 1.300 m de altitud, se extiende la principal masa de pino resinero o negral, que ha sufrido una importante mortalidad por la falta de suelo, pero que se regenera bien, porque se adapta a la sequía y a los suelos pobres. Puede alcanzar 40 m de altura y 300 años de edad. Su resina se usaba para fabricación de colas, disolventes, etc. Por encima de los 1.300 m domina el pino silvestre, albar o de Valsaín, reconocible por el color anaranjado de sus ramas. Es árbol adaptado al viento y al frío. A finales de la primavera sus flores masculinas diseminan el polen amarillo (“lluvia de azufre”).

El pino laricio abunda en el embalse del Romeral y Los Llanillos. Es característico su esbelto porte y el color gris plateado de su corteza. El pino piñonero, de corteza gruesa y rojiza, es común en el Tomillar.  Hay sorpresas, como los pinsapos introducidos junto al arroyo del Romeral y La Barranquilla, que han demostrado capacidad de regeneración, o las hayas que se han adueñado de la zona del Trampalón, junto a algunos alerces europeos. En Los Llanillos, junto al Arboreto Luis Ceballos, hay una buena masa de fresnos. Escondidos entre el pinar o en las quebradas de los arroyos se encuentran pequeñas masas de abedules, castaños, robles melojos o rebollos, encinas, arces de Montpellier, cedros, cipreses, chopos, etc.


Como resumen puede decirse que los trabajos incluyeron observaciones meteorológicas, estudio hidrológico, botánico y del suelo, captación de manantiales y apertura de fuentes, selección de semillas y creación de viveros, siendo el más conocido el de Los Llanillos (área recreativa), aunque también se utilizó el jardín de la Casita del Príncipe y los patios de la Escuela (Casa de Oficios).

 

Fue necesario abrir caminos, sendas y veredas, que recorrían las laderas hasta la cumbre. En total fueron 43 km. A los caminos principales les pusieron nombres vinculados con la Casa Real (Alfonso XIII, Reina María Cristina, Infanta María Teresa, Marqués de Borja) o con los parajes a los que daban servicio (Cerro del Alamillo, Arca del Helechar, Avispero, Castañar). Estaban señalizados por hitos de piedra labrada cada 100 m, y cada 10 m las veredas. Se abrieron dos grandes caminos para vertebrar la red, Camino Horizontal (monte de El Romeral) y Camino Blanco o Segunda Horizontal (monte de la Jurisdicción, acceso al Arboreto de Luis Ceballos). Los caminos necesitaron de puentes como el del Romeral (o del Plantel), el del Helechar (o del Infante), el del Cerro del Alamillo. Los caminos se han deteriorado y algunos han desaparecido. También se construyeron casas y casetas, como la de Los Llanillos (1891-1893), Pataseca (1894), La Penosilla, La Solana de En medio (o del Gurugú), La Solana de la Penosilla (o del Renegado). En algunas de ellas vivían los guardas con sus familias.

Los árboles surgieron en la Tierra hace cuatrocientos millones de años, dominaban el paisaje antes de que se modificara el territorio y su éxito evolutivo ha sido decisivo para la configuración actual de la Biosfera. Su conservación nos acerca a la naturalidad del territorio. Además de los bienes y servicios que proporcionan, son reserva de biodiversidad. La sociedad tiene una percepción favorable de las masas forestales, aunque no discrimina los ecosistemas. Para que una superficie arbolada llegue a ser bosque debe cumplir unas condiciones: que proporcione un microclima especial, tener sotobosque con especies vegetales propias, desarrollarse en un suelo originado por la interacción de todos los factores, mantener un equilibrio dinámico entre sus componentes. Una repoblación forestal no puede ser considerada "bosque" porque no tiene un cortejo florístico propio. En ocasiones sólo son monocultivos forestales, pasto de incendios y plagas. 

Recuperar un bosque maduro es tarea difícil. La reforestación debe ser planificada exclusivamente con criterios naturalistas. Para recuperar la biodiversidad debe realizarse con varias especies arbóreas que favorezcan la aparición de un nuevo complejo florístico. Los pinares de repoblación pasan por varias etapas antes de convertirse en un pinar maduro: establecimiento (25 años), exclusión del matorral (35 años), recuperación del sotobosque (80 años), madurez y equilibrio (80-100 años). El monte Abantos ha alcanzado su madurez y asegura la regeneración natural.


La situación actual del monte Abantos consiste en la repoblación de las zonas que se quemaron en 1999, pero con criterios alejados del naturalismo original. Los pinos jóvenes presentan elevada densidad y acusada mortalidad por las sequías. La escasez de suelo dificulta la regeneración natural y las sequías propician las plagas. Además, hay que prevenir las agresiones causadas por la cantidad cada vez mayor de excursionistas.

 




Para dar a conocer y valorar los trabajos que se realizaron se ha creado la Ruta de Repoblación (www.sanlorenzoturismo.es), de 10 km de recorrido y dificultad media. Se inicia (1) en el aparcamiento Euroforum Felipe II, sigue el Camino de la Fuente de la Bola y la carretera de la Presa del Romeral, construida en tiempos de Alfonso XIII. Pasa por el arca del arroyo Romeral (sistema de abastecimiento) y, entre pinos laricios, alcanza el Parque Forestal Miguel del Campo (2), (placa en la fuente de La Teja, precursor de la ingeniería ecológica), creado en 1929 para celebrar el éxito de la repoblación.


 



El itinerario sigue el agua hacia su nacimiento, hasta llegar al cordel del Valle y coger el Camino de los Gallegos, que toma su nombre de los jornaleros que bajaban desde Galicia para trabajar en las cosechas de Castilla la Nueva y Felipe II lo utilizaba para desplazarse a Segovia. Aquí, Miguel del Campo situó un importante vivero (3), que por su situación en la umbría se dedicaba a especies frondosas como fresno, aliso, chopo y sauce, mediante la siembra o la estaquilla. Encima y debajo de la fuente se aprecian restos de los bancales del antiguo vivero y de una alberca. La fuente, dedicada a Santiago Arroyo, el último guarda mayor del monte Abantos, y el abrevadero fueron construidos en 2017 por el Ayuntamiento.


Desde aquí se sube al mirador de los Alerces, (4), en el risco de gneis del Portacho, con sus pedreras y canchales. Miguel del Campo, mediante la experimentación, encontró las especies más adecuadas para cada zona. En cotas más altas plantó pino albar donde crece de manera natural. Sólo quería plantar especies autóctonas, pero se auxilió de flora exótica. Además de hayas y alerces hay pinsapos (arroyo de La Barranquilla), robles carballo (Pataseca) y cedros de Atlas (primer mirador).

 

La ruta sigue en descenso por la pista forestal hasta el Arboreto Luis Ceballos, (5), que toma su nombre del ingeniero de montes que nació en San Lorenzo en 1896, fue profesor de Botánica en la Escuela de Ingenieros de Montes, publicó estudios sobre la flora española y fue autor del Plan General de Repoblación de España, 1938, y del Mapa Forestal de España, 1966. Contiene 250 especies de árboles y arbustos autóctonos de la península Ibérica y Canarias, y realiza gran labor de educación ambiental. Tiene una superficie de 3,8 has y está situado en la vertiente sureste del monte Abantos, a 1.300 m de altitud. Fue inaugurado en 1996.

Se continúa por la pista hasta Los Llanillos, (6), el vivero más importante, con una casa que albergaba la vivienda del guarda, un despacho y almacenes para herramientas, plantas y semillas. Se edificaron dos casas similares y casetas humildes para los guardas y peones. Aquí se cultivaron plantones de pino silvestre, resinero y laricio. Al principio se compró semilla en Alemania, pero pronto se desarrollaron técnicas para la recolección, conservación, germinación y siembra de los piñones. Había dos zonas regadas desde dos riachuelos próximos y una estación meteorológica. El olmo europeo, plantado en 1891, está clasificado como árbol singular. Fue de los pocos en sobrevivir a la epidemia de grafiosis de los años ochenta.


Se vuelve al Cordel del valle, (7), desde donde se ve la cerca de Felipe II, el bosque de La Herrería, las cimas de Las Machotas, el pico del Fraile y Los Tres Ermitaños. El pastoreo había impedido la regeneración natural de la vegetación, por lo que en 1891 se prohibió la entrada de ganado en el monte, dejando 43 has para los animales de los vecinos pobres. Las vías pecuarias, caminos y servidumbres fueron un reto.  

Siguiendo el camino de Alfonso XIII se pasa el arroyo Helechal (8) y el monte Romeral. Tras su éxito en La Jurisdicción (monte Abantos), Patrimonio Real contrató a Miguel del Campo para dirigir la repoblación del monte del Romeral. Como en la Jurisdicción, en cotas más bajas y en la solana plantó pino resinero, una especie resistente que coloniza suelos pobres. Construyó caminos como el llamado de Alfonso XIII, que se hizo popular por sus vistas y falta de desnivel. La obra civil más importante fue la pista que va desde la M-600 hasta Los Llanillos y tuvo que salvar zonas accidentadas con grandes terraplenes y puentes.

Camino de La Horizontal, (9). La explanada donde se encuentra el Restaurante Horizontal fue abierta en 1904. La zona se conocía como el Trampalón, al ser cenagosa. Allí se instaló un vivero al descubrirse un manantial que dio vida a la Fuente de la Salud. En 1918 se abrió un merendero. Aquí se iniciaba originalmente el Camino Horizontal, comenzado en 1904 y terminado en 1907. Iba de E a O, desde la explanada del Trampalón hasta la carretera de Robledo, a la altura de la presa del Batán, entre el Arroyo del Avispero y el Barranco de los Castaños. Tenía 4 m de ancho y 4,7 km de longitud y estaba señalizado con hitos de piedra labrada de forma tronco-cónica cada 100m. 



A los jornaleros locales, la reforestación les dio trabajo, aunque fuera duro: tuvieron que utilizar picos para hacer los hoyos en el suelo pedregoso y se emplearon mozos para quitar las plagas de insectos de los pinos. Había que mantener una estrecha vigilancia al fuego desde garitas como la caseta en el risco de En medio e incluso llegó a haber un puesto de observación en el Cimborrio del Monasterio.

En la repoblación se plantaron distintos tipos de árboles. Pinos: pino negral o resinero (Pinus pinaster), pino silvestre o albar (Pinus sylvestris), pino laricio (Pinus nigra). Frondosas: fresno (Fraxinus excelsior), roble melojo (Quercus pirenaica), chopo negro (Populus nigra). Hay tres especies de chopo o álamo: negro (o de Lombardía), blanco y temblón. También se plantaron especies exóticas: haya (Fagus sylvatica), roble carballo (Quercus robur), falso plátano (Hacer pseudoplatanus), alerce (Larix decidua), pinsapo (Abies pinsapo), cedro del Atlas (Cedrus atlántica).

También puede visitarse la sede de la Escuela de Montes, en la primera Casa de Oficios.

 

sábado, 1 de noviembre de 2025

Somosierra

Llueve. Cuando amanezco al día, llueve. Compruebo que arrecia la lluvia en el baile desenfrenado del viento. El alba debe estar despuntando, pero, bajo las espesas y pesadas nubes, no se aprecia. Es una mañana de mal amanecer. Las previsiones, más optimistas, impiden las dudas. El objetivo de la salida es la Dehesa boyal o Bonita de Somosierra, una ruta sencilla, de unos cinco kilómetros de silencio, con un desnivel positivo de 259 m y con escasa dificultad. Aunque puede recorrerse en cualquier estación, el otoño parece la época más indicada. Salimos afrontando los kilómetros de lluvia que quedan. Es aún de noche, aunque se empieza a sentir el pesado desperezo del alba, que tiñe de gris los contornos de la carretera. Empieza a clarear. El día va naciendo entre nubes bajas, que se van aclarando hasta desaparecer. El sol dura unos cuantos kilómetros para desaparecer después bajo la niebla en lo alto del puerto.

La ruta comienza en la depuradora, antes de llegar a la población, a la izquierda de la carretera, donde puede estacionarse el coche. La niebla espesa se traga el paisaje. Tras cruzar la N-I nos detiene una puerta con un letrero que avisa de los días de cacería y del cierre de las puertas que atravesemos. Poco después llega un coche de la Guardia Civil y los agentes nos avisan de la cacería de jabalí programada para hoy, advirtiéndonos para que extrememos la precaución si oímos tiros o ladridos. Ascendemos hasta una división del camino en tres, tomando el central y siguiendo, bajo el tenaz asedio de la vegetación circundante, hasta el arroyo de la Dehesa, que hay que cruzar fácilmente por unas piedras.



El otoño emerge en medio de la densa niebla que ocupa hoy toda la zona difuminando y apagando los colores. Se siente la extraña impresión de hallarnos separados del mundo, reducidos a nosotros mismos, mientras los árboles desfilan a nuestro lado, huyen detrás de nosotros a derecha e izquierda. Hace fresco y el aliento forma pequeñas nubes.

 




Vamos por un tramo de perfecto camino limitado por paredes de piedras cubiertas de musgo, cuyo verde intenso y brillante contrasta con el marrón apagado de las hojas de roble que tapizan el suelo.


 






La vegetación se adensa con avellanos, robles, acebos y abedules, con algunos ejemplares magníficos. El ascenso nos lleva a una pista, que tomamos hacia la izquierda.



 




Como seres fantasmagóricos surgen de entre la niebla unos caballos que observan despreocupados nuestro paso silencioso mientras pastan tranquilamente. Parecen acostumbrados a ver caminantes.


 






El camino nos ha llevado sin pérdida hasta la Fuentefría.  Un letrero indica, antes de seguir, la visita al Mirador.




 



Hay que bajar en perpendicular a la pista, adivinando la dirección puesto que no hay camino, mientras un grupo más numeroso de caballos advierte nuestros medidos y cuidadosos pasos.


 

El Mirador, centrado en una enorme roca rodeada de vallas, ofrece una magnífica panorámica. El arroyo queda debajo, a cierta altura. El verde tapiza los fondos de valle y las laderas boscosas hasta que la altura lo permite. En invierno dominará el color blanco, aunque quede algo del toque cobrizo del quejigar. Pero el otoño posee una paleta de colores muy particular y distintiva: ocres, amarillos, marrones, algún rojo, se mezclan en el paisaje. Las hojas de los árboles tienen tonos mayoritariamente amarillos y naranjas en su pigmentación que se revelan durante esta época. El despliegue de colores en el otoño rinde al visitante: del amarillo al marrón del abedul, los tonos cobrizos de los avellanos, del fuego al púrpura del roble. Es el broche de oro de las estaciones, dependiendo de cada especie el momento en el que los árboles comienzan a decolorarse.




En esta ocasión al colorido otoñal le falta todavía una semana para lograr su esplendor y, además, la niebla de hoy no ayuda a valorar el cromatismo del bosque. Desplegado sobre el conjunto se ve un cielo sucio.


 



Esta fotografía, sacada de Internet, muestra la belleza posible de la zona que a nosotros no nos ha sido dado contemplar.

 






Hay que desandar el camino, en ligero ascenso, hasta la fuente, dando un pequeño rodeo para no molestar a los caballos.

 








Al lado de la fuente hay un curioso abedul con el tronco horizontal y pegado a la tierra. 




La niebla matinal va levantando conforme el sol tiene más fuerza, aunque jirones desgarrados de la gran nube quedan adheridos a la densa vegetación arbórea. El camino ha desaparecido y tenemos que cruzar el arroyo. Si giramos a la izquierda, el paso puede ofrecer alguna dificultad puesto que va más abarrancado, por lo que una buena opción, haciendo una mental labor cartográfica, es dirigirse de frente y algo a la derecha para poder cruzar a la altura que llevamos.

 

Esta zona después de la fuente está desarbolada y saturada de la apagada luz del débil sol mañanero. Hace menos frío y se está bien. Es el momento de descolgar la mochila y sacar el termo de café y un ligero tentempié mientras se piensa en el otoño, estación ambivalente como ninguna otra. La disminución de la luz influye en el estado de ánimo y alienta la necesidad de recogimiento y calma. Cuando los árboles se vuelven otoño, la vida es como el silencio otoñal, la vida habitada por el silencio hasta la llegada de la primavera. Mientras que ésta es exterior, un grito de la naturaleza, el otoño es una estación recatada, interior. Esto es lo que se dice, pero no tiene que ver con nosotros. Este maravilloso espectáculo de la naturaleza que es el otoño merece verse. No nos quedamos en casa, sino que salimos a pisar las alfombras de hojas caídas que tapizan los bosques vestidos de otoño, en una situación que no dura muchos días y que hay que aprovechar para guardar este gran cuadro en nuestras retinas. El cielo está ocupado por la niebla, muy gris, pero en esta estación se mira a la tierra, a los árboles, en los que se ve el oro del otoño. El fuego del otoño quema el bosque. Una zona de calma nos envuelve.



Tras cruzar el arroyo, un muro de piedra a modo de valla nos sirve de guía. Hay que seguirlo en descenso y otro arroyuelo -el agua es la conciencia del paisaje- nos guiará hasta una zona encharcada de prados con aterciopelado césped que se cruza con pasos cautelosos.


 



Finalmente se llega a un espacio abierto de cuya parte superior sale un camino que nos lleva, ya sin posibilidad de extravío, hasta el pueblo. Al final de este camino encontramos varios coches con remolques llenos de perros que van a empezar la cacería. Nosotros hemos podido hacer el recorrido completo sin ningún inconveniente.


 

Somosierra se encuentra al norte de la Comunidad de Madrid, situada a 1433 m de altitud, en el puerto de montaña homónimo, divisoria de las cuencas fluviales del Tajo al sur y del Duero al norte. Está situada en un entorno natural espectacular, con características de alta montaña, vegetación de prados y plantas de poco fuste que alternan con masas forestales. Cuenta con 95 habitantes (INE 2024) y es la localidad más septentrional y la de mayor altitud de la Comunidad. Su estratégica situación de paso obligado entre las dos Castillas, entre las dos mesetas, ha hecho que su vida se haya desarrollado, además de la agricultura y ganadería, gracias al comercio y los servicios a los viajeros, aunque, modernamente, también se ha dedicado al turismo rural.



El territorio fue repoblado o fundado en tiempos de la ocupación cristiana de Buitrago, dentro de la Comunidad de Villa y Tierra de Sepúlveda, y fue cobrando importancia a lo largo de la Edad Media. El hecho de mayor importancia tuvo lugar el 30 de noviembre de 1808, la batalla de Somosierra contra las fuerzas francesas de Napoleón durante la Guerra de la Independencia. Durante la Guerra Civil, aquí estuvo el frente.

 





Un paseo corto y sencillo es el que lleva hasta la Chorrera de los Litueros, la más alta de la Comunidad.

En esta pequeña población puede verse la Iglesia de Ntra Sra de las Nieves (siglo XVIII, reconstruida tras la Guerra Civil), el Monumento al Camionero, la Casa del Cura (Museo de la Batalla de Somosierra), el Parque de las Madres, el Potro de Herrar, la antigua fragua, etc. 


Sólo queda descender por el lado izquierdo de la carretera el escaso trayecto hasta la depuradora, donde hemos dejado el coche, para dar por terminado este agradable paseo. El aparcamiento está lleno y muchas personas, aquejadas de la enfermedad contagiosa del senderismo, se aprestan a iniciar la ruta. Todas estas maravillosas peculiaridades cromáticas no dejan indiferente a nadie.

El otoño es una segunda primavera, donde cada hoja es una flor(Albert Camus).

 

viernes, 20 de diciembre de 2024

 PUEBLA DE LA SIERRA.

Esta pequeña población (99 habitantes, INE 2023) está situada a 1.163 m de altitud en el Valle de la Puebla, al pie de la sierra del Lobosillo que forma parte de la Sierra del Rincón, ubicada entre las sierras de Ayllón y Guadarrama, en la Sierra Norte de la Comunidad de Madrid. La singularidad de su territorio y su naturaleza, sus excepcionales ecosistemas, llevaron a que fuera declarada Reserva de la Biosfera, englobando a seis pueblos, entre ellos Puebla de la Sierra. Toda la zona tiene clima de montaña y una elevada pluviosidad, unos 700 mm al año. El municipio está rodeado por la sierra del Lobosillo excepto en el sur, donde el valle se abre hacia el embalse del Atazar. La salida del valle por el norte se hace a través del puerto de la Puebla, a 1.636 m de altitud.

La población de la zona, Comarca de Buitrago, se comenzó de forma estable en el siglo XII por razones defensivas. A finales del siglo XIII pertenecía a un arcediano madrileño que la recibió de Sancho IV, dentro de la Villa y Tierra y con señorío jurisdiccional. Entonces se llamaba Puebla de la Mujer Muerta (forma de mujer yacente las montañas). Se convirtió en villa a finales del siglo XV gracias al marqués de Santillana, para compensar su aislamiento, reuniéndose el concejo en la iglesia. Con una economía basada en la agricultura y la ganadería, alcanzó en la segunda mitad del siglo XVIII su mayor población, 313 habitantes. Con el fin del Antiguo Régimen y la abolición de los señoríos se subastaron las tierras, permaneciendo la mayor parte en manos de los vecinos. La población había ido descendiendo de forma imparable y en 1941 se cambió el nombre antiguo por el actual. 

En un magnífico día otoñal nos animamos a visitarlo, recorriendo la zona desde el desvío de La Cabrera, por El Berrueco, embalse del Villar (1873, Canal de Isabel II), Robledillo de la Jara, Mirador del Mallorquín y Mirador de los Buitres (ausentes). Es una carretera de montaña, muy estrecha y curvilínea, pero perfectamente asfaltada, con pequeños aparcamientos para ver los profundos valles de esta zona tan fragosa, con grandes crestas rocosas y bosques de pinos de repoblación.


La primera parada es en el inicio de la Senda al antiguo corral de bueyes de Puebla de la Sierra, que discurre junto al río Puebla, con un magnífico bosque de ribera y con unos alrededores poblados de robles (melojo y albar), alisos, fresnos, álamos, serbales, avellanos, etc., y sotobosque de jaras y brezos. Del mismo modo, también la fauna es variada, con rapaces y aves abundantes. 

Esta dehesa boyal se extiende por 336 hectáreas (5,8% de la superficie del término), dividida en dos por el arroyo de la Puebla y ocupa una estratégica posición por su proximidad al casco urbano y su localización intermedia respecto a los terrenos comunales más alejados. Se compone principalmente de robles melojos (Quercus pirenaica) y desde la Edad Media han perdurado las formas de aprovechamiento hasta el siglo XX en monte hueco, es decir, con árboles sujetos a podas periódicas. Con la generalización de la ganadería ovina trashumante durante la Edad Media, y los conflictos a que dio lugar, aparecieron estos espacios forestales característicos, las dehesas (del latín defensa, defendida, acotada), lugar protegido de la entrada del ganado, estante o trashumante, que se alimentaba en los pastos comunales. Gran parte de las dehesas se dedicaban al ganado de labor (dehesas boyales) y fueron perdiendo su función por la sustitución de la tracción animal. Desde las normas más antiguas se aprecia la preocupación por el mantenimiento del bosque y su aprovechamiento. Tras la desaparición del Antiguo Régimen la regulación varió, dividiéndose la dehesa en zonas por las veredas y caminos. Se aprovechó la leña, respetando algunos de los robles y los rebrotes, y se usó para el ganado. Esta utilización ocasionó el agotamiento más rápido de las reservas hídricas y la erosión, disminuyendo la calidad del suelo, transformándose el bosque por el incremento de la superficie de las especies más tolerantes como el rebollo. En vaguadas y barrancos, donde mejor se ha conservado el suelo, predominan los robles y fresnos de avanzada edad y el sotobosque de brezo blanco. En el resto de la dehesa la vegetación predominante es el matorral. 

La siguiente parada, ya muy cerca del pueblo, es en el Área Recreativa Parque de los Avellanos. Es una zona acondicionada para el público a la orilla del río de la Puebla. Un pequeño caz, que tomaba el agua corriente arriba, nos lleva hasta el Molino de Abajo. Hubo otro, el de Arriba, que no se conserva. Los dos datan del siglo XVIII y todavía estaban en activo en 1957, perteneciendo a dos familias del pueblo que se transmitían el oficio por herencia. Prestó servicio también a pueblos de la comarca y a otros más lejanos, especialmente durante la Guerra Civil y los años de la posguerra. El molino de Abajo está rehabilitado y consiste en un edificio de dos plantas más un estanque o depósito a un nivel superior, abastecido por el caz de modo que se garantizaba el funcionamiento independientemente del caudal del río, quedando el molino también a salvo de las crecidas. El agua descendía del depósito por una tubería y accionaba unas ruedas horizontales en la planta baja que movían la maquinaria situada en la planta superior. La construcción es la característica de la zona, con muros de sillarejo de gneis, dinteles y jambas de madera, pisos de viguería de madera y tablazón y cubierta de teja árabe a cuatro aguas sobre estructura de madera apoyada en los muros, saliendo el agua por un arco de lajas de piedra muy primitivo y volviendo al río.




Antes de llegar al pueblo pueden verse a la derecha unos tinados para el ganado, construcciones mimetizadas en el paisaje al estar edificadas con los materiales del terreno. 




Por fin aparecemos por el pueblo para recorrer sus calles y sus rutas andariegas. Se puede estacionar bien pasado el pueblo, al lado del frontón. Andando, de regreso al pueblo, está, en un rincón, el lavadero, construcción de los años 70 que toma el agua de la misma fuente de la que se surtía el consumo doméstico. 


Ya en el pueblo, la amabilidad de la empleada de la Oficina de Turismo (Ayuntamiento) nos permite ver el pequeño, pero coqueto, “Museo de Interpretación Valle de los Sueños, Escultura, Obra gráfica y Pintura” (en dos plantas, museo japonés por el hermanamiento del pueblo con la ciudad de Osaka) y la fragua, de planta rectangular con muros de mampostería de piedra, que servía para fabricar y reparar elementos utilizados en la agricultura (arados, azadas), en la ganadería (carros, herraduras) y en la vida cotidiana (cocina, carpintería, etc.). El oficio de herrero era uno de los más importantes en el pueblo y lo fue desde la Antigüedad por su dominio del fuego y los metales. En todas las mitologías aparece como importante un dios herrero, como Hefestos era el dios del fuego, los metales y la metalurgia en la mitología griega. En Roma fue Vulcano (Velázquez). La fragua era propiedad del Ayuntamiento y la trabajaba una de las familias, atendiendo también a otros pueblos cercanos. 





Al lado del Ayuntamiento, en plaza, está la iglesia parroquial de la Purísima, del siglo XVII, con tres naves y una gran espadaña en la cabecera.






Todo el pueblo está muy rehabilitado, dando una muy buena sensación estética y práctica, aunque hayan quedado pocos elementos antiguos. El esquisto y el gneis del tosco sillarejo brillan a la luz clara de la mañana de Puebla. 





Desde el mismo pueblo salen otras rutas interesantes que merecen ser paseadas, como la de “Los robles centenarios” (iniciada en un gran nogal, arroyo de la Cuesta, álamos y sauces, majestuosos robles, estanque del Cerradillo, jara pringosa y brezo, 3 km, balizas con flecha verde, dificultad baja) o la de “Los linares” (2,6 km, huertos, bosque de ribera, enlace con la ruta de los robles). 


Nogal del Pradillo. Catalogado como árbol singular por su tamaño e importancia cultural.

El nogal era un árbol muy apreciado en todos los pueblos de la Sierra Norte. Es una especie que fue introducida desde antiguo por sus frutos, de gran valor nutritivo, y por su madera, de excelente calidad. No era apreciado por su sombra debido a una sustancia repelente que se encuentra en sus hojas. De ahí el refrán “la sombra del nogal trae mucho mal”. Los nogales se plantaban pare recoger su fruto y cuando eran ya viejos y no daban suficiente se plantaba otro a su lado. En cuanto se veía que el pequeño nogal conseguía agarrar se talaba el antiguo para vender la madera, muy cotizada en ebanistería y empleada para contrachapados, revestimientos, culatas de rifle y como macera maciza en muebles de lujo.


Otra ruta, corta -1.300 m.-, pero muy entretenida, es la que nos ha traído hoy aquí. En la pared del Ayuntamiento (Calle Mayor) hay un mapa con el recorrido del Itinerario Escultórico “Valle de los Sueños”, que puede escanearse, aunque en Turismo nos han dado uno desplegable. La ruta, creada por el alcalaíno Federico Eguía en 2005, se compone de 116 obras, realizadas por otros tantos artistas, que van incrementándose en bienales sucesivas. Estas obras se distribuyen por zonas del pueblo y por la carretera hacia Prádena, enmarcadas en el paisaje y la vegetación. Más alejada está la Silla gigante de Meira, de más de cinco metros de altura, colocada a 1.500 m de altitud.

"Sueño", Lola Santos

"Donde habitan las estrellas", Federico Eguía

"Por la grieta del tiempo se va...", Federico Eguía

"Un retazo de nube sobre un suspiro", Federico Eguía

"Baix l´arc", Moisés Gil

"Artemisa", Carolina Palmero

"Minotauro"

"Burka"

"Sin voz"


"Silla gigante de Meira"

En el pueblo no se ve a nadie excepto los trabajadores de unas obras en la plaza del Ayuntamiento y no hay sitio donde comer. A pesar de que Lucía Santamaría Nájara lo recomienda (“Pronto volverá a crecer la noche al antojo de la luna para revivir la mágica y misteriosa vivencia del Valle de los Sueños. … Pasea entre las esculturas al anochecer. …”) no nos quedamos y abandonamos el valle por el lado norte, por el puerto de la Puebla, de 1.636 m, que actúa de mirador y permite una buena panorámica del valle, así como de la otra vertiente, hacia Prádena del Rincón. 

Unos carteles anuncian los paisajes culturales y aprovechamientos sostenibles en la Reserva de la Biosfera Sierra del Rincón: La Hiruela (Frutales. Cultivar biodiversidad como estrategia de supervivencia), Montejo de la Sierra (Construcción con piedra en seco), Horcajuelo de la Sierra (La trashumancia y la lana), Madarcos (“Aguas que movieron piedras”: los molinos), Prádena del Rincón (La reguera y las huertas serranas) y la dehesa boyal de Puebla de la Sierra.