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lunes, 13 de octubre de 2014

Comillas


Cada año, como si el tiempo fuera un continuo, volvemos al viaje anual al pasado de la XXX Promoción de Veterinarios de la Complutense que nos ha llevado a Cantabria, bajo la dirección magistral de Adolfo y Goretti  y con el centro de acción en Comillas. Estos viajes son una mezcla de actividades que son coartada –como si necesitara alguna- del principal objetivo: estar con los amigos reencontrados. Hemos contribuido a la plaga moderna del turismo con nuestras visitas a Comillas, Santillana del Mar, Potes y San Vicente de la Barquera. 

El paisaje cántabro lo hemos disfrutado en la costa, abierto y ondulado de pastos y campos de cultivo, y en la montaña, roca de aristas vivas y alma muerta. Una carretera tortuosa lleva a la cueva El Soplao, el carbonato cálcico hecho arte por el agua como escultora, y ascendiendo el río Deva, que ha definido bravamente su curso en el desfiladero de La Hermida, con el agua murmurando al pie de la vegetación de ribera, con el bosque que llena los ojos de verde, sombra y frescor, con algunas copas de los árboles que aparecen como mutiladas, ateridas de inviernos, bajo un cielo plomizo y denso, con la lluvia que en algunos momentos tamborileaba en el parabrisas del autobús, hemos pasado por el Centro de Interpretación de los Picos de Europa, excesivo, y llegado a Fuente Dé. Los Picos (el lugar del globo en que “los huesos del mundo rompieron su piel y se quedaron fuera”, José Mª Odriozola), tímidos, se esconden desde sus alturas olímpicas tras las nubes.

En el acantilado de Gerra hubo un atardecer, uno de esos momentos tranquilos en los que, mientras el cielo iba palideciendo sobre ellos, les invadía una dilatada pereza y era tiempo para sondear los corazones. La disminución de luz del día declinante escenifica la tranquilidad de las personas, que lo que antes era carrera ahora son pasos; mientras el cielo se va tiñendo de anaranjado se dramatiza, como un camino trillado, la diversión de la vida, no la vida misma.

A la vuelta de Fuente Dé, la visita a la iglesia mozárabe de Santa María de Lebeña, del siglo X, situada entre Panes y Potes (“no pasarán hambre”). No tiene reliquias pero ha recuperado la talla de la Virgen de la Buena Leche que fue robada y tiene un interior bellísimo en su sencillez. Todo nos lo cuenta con una gracia infinita la guía, Mª Luisa. Leyenda: un cristiano y una musulmana, enamorados, huyen juntos. Como ella añora las tradiciones de su pueblo, él da fe de su amor plantando un olivo junto al tejo que presidía la iglesia en un gesto que significa no sólo la relación de afecto entre dos personas, sino también la convivencia pacífica entre dos culturas enfrentadas. Este es uno de los lugares en los que permanece presente la palpitación del espléndido pasado que puede verse como compensación sobre el incierto futuro.
Durante las comidas se ha disfrutado de una gastronomía difícil de igualar. Las carnes, pescados, marisco, postres y los excelentes vinos seleccionados por Adolfo, han propiciado unos momentos sublimes, aprovechados por todos para regresar a un mundo huido colgado en un tiempo perdido, a un tiempo pasado inmutable que parece haberse detenido, a unos años poetizados en la imaginación. Se trata de atravesar una corteza de recuerdos recientes para llegar a los viejos tratando de no caer en las perspectivas engañosas de la memoria.  
Estas personas, seres de los vientos cambiantes como todos, que pasan como las aguas del río, asisten a estos encuentros con un idealismo primigenio, con una fe medieval. Son almas alegres que, aquí, viven sin tiempo, en un lugar donde viven ellos solos, pero no en el aquí y ahora. Aunque han perdido el ardor mesiánico de la juventud, son capaces de descubrir un ángulo risueño y cordial a la vida, de mirar la vida a través de una sonrisa. Hablan con miradas circulares, recluidos en los recuerdos que se convierten en una suerte de mantra interior analgésico. El viento parece arrastrarles hasta los recuerdos antiguos. Desde el presente, de pronto, como si un relámpago iluminara el fondo de su memoria, vuelven a ser lo que fueron.
En la última cena, en la penumbra del ocaso, cuando el día, apenas dorado, se extingue en la noche que se acerca, otra ceremonia para el recuerdo mientras afuera está la luna, está el silencio.
En estos escasos días, que son como instantes, vuelven la cabeza para atrapar una última imagen y guardarla en la memoria. Estos días felices están predestinados a transformarse en nostalgia. Adolfo, Goretti: ¡muchas gracias!