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domingo, 25 de noviembre de 2018


Pamplona / Iruña.

Bajando desde la selva de Irati es obligado hacer escala en Pamplona, tan maravillosa como siempre. Después del silencio de Roncesvalles, Irati, etc., pasamos al alegre jolgorio de la ciudad; después del bosque espeso de vegetación primigenia, de las perspectivas de árboles en el nemoroso valle del Irati, pasamos a los adoquines. La vastedad de esos espacios impone, pero también es gratificante la animación de la ciudad. La ciudad como elemento civilizador del territorio.



Llegamos al atardecer a la vetusta ciudad, a la ciudad vieja, que todavía está en calma. Ya de noche la ciudad se enciende en reflejos, la calle entra en movimiento y alguna en concreto hierve en multitudes.  El –también- obligado paseo por la Navarrería y la Estafeta, llenas de gente por la noche, pone un sonoro contraste con los momentos pasados en la soledad del bosque, y la informal cena a base de exquisitos pinchos, pone un sabroso contraste con la seriedad del menú de la comida.

La ciudad fundada en el año 75 a.C. por el general romano Pompeyo se situó donde había un poblado vascón. Su valor estratégico hizo que siempre contara con fortificaciones. La muralla actual es renacentista, del s. XVI, y por ella comenzamos un recorrido ciudadano a la luz de una nueva mañana resplandeciente. Hay poca gente por la calle. Desde el Caballo Blanco tenemos una buena vista sobre la vegetación ripícola del Parque fluvial del cercano río Arga. Detrás de la otoñal arboleda queda el puente de la Magdalena, s. XII, y a nuestros pies el Portal de Francia, s. XVI. Hacia la derecha queda el Fortín de San Bartolomé (Centro de Interpretación de las Fortificaciones).  Seguimos hacia la izquierda, pasando por el Palacio Real-Archivo (arquitecto Rafael Moneo) y por el Museo de Navarra (Antiguo Hospital de Nuestra Señora de la Misericordia).



Un poco de callejeo nos acerca hasta los grandiosos Jardines de la Taconera, el más antiguo y emblemático de la ciudad, asentado en torno a las murallas pero espacio verde ya desde el s. XVIII. La diversidad de especies arbóreas y florales, junto con diversos elementos escultóricos, permite realizar diferentes itinerarios. Lo más curioso es el pequeño zoo situado en el foso, conde conviven varias especies de animales. Desde lo alto de su monumento, Julián Gayarre nos mira pasar mientras a sus pies canturrea el agua en los caños de una fuente. También hay monumentos al músico Hilarión Eslava, s. XIX, y a la popular Mariblanca. El otoño se ha aposentado en parte de la vegetación, pero el verde se mantiene en otros árboles como el magnífico y retorcido ejemplar de Sófora Japónica al lado del Café Vienés. Salimos por el Portal de San Nicolás para regresar al Casco Antiguo.



El recorrido continúa por la Catedral de Santa María la Real (ss. XIV-XV, fachada neoclásica de Ventura Rodríguez, sepulcro del rey Carlos III, claustro gótico), iglesias de San Saturnino y San Nicolás (altas torres de piedra), barroca fachada del Ayuntamiento (en la plaza donde confluyen los tres burgos medievales que se unificaron en 1423), cuesta de Santo Domingo (hornacina con la imagen de San Fermín de Amiens, primer obispo de la ciudad). Instintivamente se sigue el recorrido de los encierros (las primeras corridas se celebraron en el s. XIV) que continúa por las calles Mercaderes y Estafeta hasta la plaza de toros. Delante está el monumento a Ernest Hemingway, a quien han lavado la cara, con una placa nueva.



Terminamos en el corazón de la ciudad, en la gran Plaza del Castillo, escenario que fue de mercados, torneos, desfiles, corridas de toros, etc. Ahora está vacía, como las mesas de las terrazas de los bares. Los pájaros, posados en el suelo, esperan a que alguien les eche migas de pan. Poco a poco se va animando y las terrazas de pueblan. Aquí está el Gran Hotel La Perla, donde se hospedaba Hemingway.


También en la Plaza del Castillo está el mítico y entrañable café, bar y restaurante Iruña, fundado en 1888, que sería muy frecuentado por Hemingway y que guarda su recuerdo. Tiene un buen menú y nos quedamos a comer admirando su encanto tradicional. El tiempo se ha detenido aquí, en sus lámparas de época, en sus grandes espejos, en sus policromados escudos, etc. Ha sido punto de referencia de la ciudad y se dice que “no era de extrañar que sus clientes salieran alegres e iluminados, porque fue el primer establecimiento con luz eléctrica de la ciudad”.


En espacio contiguo se encuentra “El Rincón de Hemingway”, con fotografías de época y su imagen en estatua en bronce a tamaño natural (escultor D. José Javier Doncel). Parece ser que aquí pudo empezar a escribir libros como “Fiesta”, “Adiós a las armas”, “Por quién doblan las campanas”, etc.


El ambiente es agradable. Animado, pero no ruidoso. Alegre. “La gente buena, si se piensa un poco en ello, ha sido siempre gente alegre” (Ernest Hemingway).

domingo, 11 de noviembre de 2018


RONCESVALLES / ORREAGA.

El otoño que vamos buscando en el esplendor de Irati da una imagen terminal en Roncesvalles. Esta pequeña población de 21 habitantes (2017) está vacía y las pocas personas que se ven están atareadas en obras de albañilería antes de la llegada del inminente invierno. En el albergue se ven muy pocos peregrinos y la hostelería está prácticamente cerrada. Pero este pequeño pueblo, bello paraje forestal de cerca de mil hectáreas contiguo al Valle de Aezkoa, puesto en el mapa por la histórica derrota de Carlomagno en la Batalla de Roncesvalles (778) y por el Camino de Santiago, guarda memoria de gestas y cantares, de viejas calzadas y peregrinos agotados, de reyes que alzaron hospitales e iglesias, de hospitaleros, etc.

El puerto de Roncesvalles, correspondiente al collado de Ibañeta, ha sido vía de paso natural desde la prehistoria. Por aquí penetraron celtas, bárbaros, godos, etc., y también el ejército de Carlomagno camino de Zaragoza en el s. VIII. Tras su derrota, asoló Pamplona, pero sufrió una emboscada entre el collado de Ibañeta y la hondonada de Valcarlos. Estos hechos fueron tergiversados en La Chanson de Roland, s. XI, que cambia el lugar por el llano entre Roncesvalles y Burguete, y a los atacantes vascones por sarracenos. Roncesvalles, pues, es un enclave fundamental para los peregrinos del Camino de Santiago que siguen el Camino Francés, el recorrido por Aymeric Picaud en el s. XII.

El pasado legendario se ve engrandecido por un importante conjunto monumental de la Colegiata, antiguo hospital de peregrinos fundado por el obispo de Pamplona Sancho Larrosa, en colaboración con el rey de Aragón y Pamplona Alfonso I El Batallador, y tomado por los papas bajo su protección. El edificio actual se levantó a principios del s. XIX en estilo neoclásico.


La Capilla de Sancti Spiritus es el edificio más antiguo, s. XII, y también es conocida como Silo de Carlomagno en la creencia de que allí se enterró a los caídos en el 778. Hay que considerarlo un templo funerario, donde se oficiaban misas por los peregrinos fallecidos en el hospital, cuyos restos se depositaban en el osario.





Iglesia de Santiago, gótica s. XIII, junto a la anterior. Sencilla planta rectangular, cabecera recta y bóveda de crucería simple. Portada de arco apuntado y crismón. Exterior sin contrafuertes. Figura del apóstol Santiago en el interior. En el s. XX se abrió el óculo sobre la puerta y se incorporó la mítica campana que orientaba a los peregrinos en la capilla de San Salvador, en el collado de Ibañeta.



El edificio más importante es la iglesia de Santa María, principios s. XIII, buen ejemplo del gótico francés, con una bonita imagen de la Virgen, s. XIV. Sancho el Fuerte la impulsó al elegirla como lugar de enterramiento. Tras varios incendios se reconstruyó a comienzos del s. XVII en forma barroca, aunque quedaron visibles los elementos góticos en algunos puntos. La Capilla de San Agustín (Planta cuadrada con bóveda más elaborada que la de la iglesia. Exterior con aspecto de fortaleza) contiene el sepulcro de Sancho VII el Fuerte.



Como arquitectura civil destacan el Albergue de peregrinos Itzandeguía (una nave de seis tramos sostenida por arcos apuntados apoyados en contrafuertes, con escasa iluminación por estrechas aspilleras), la Biblioteca (más de 15.000 volúmenes, obras teológica, filosóficas y de historia eclesiástica en distintas lenguas. Códice La pretiosa, s. XIV. Sección de Archivo Histórico) y el Museo (escultura -figura femenina sedente, gótica s. XIV-, pintura -tríptico de la Crucifixión, origen aparentemente flamenco- y orfebrería -arqueta de plata dorada, ss. XIII-XIV-, muebles, tapices, monedas, libros. Piezas importantes son el denominado “Ajedrez de Carlomagno” por su disposición en damero, gótico de la segunda mitad del s. XIV, la esmeralda de Miramamolín y el evangelario románico donde juraban fidelidad los reyes de Navarra).



Los pequeños pero bellos pueblos-calle cercanos también están apagados: Luzaide/Valcarlos, Auritz/Burguete y Aurizberri/Espinal. Tampoco hay peregrinos. Esperan la llegada de la primavera para celebrar sus fiestas: los Bolantes de Luzaide/Valcarlos (Domingo de Resurrección. Vistoso baile que tiene lugar en la plaza del pueblo y en el frontón. Los dantzaris, que lucen boina roja, alpargatas de esparto, camisa blanca y pantalón de algodón decorado con pasamanerías doradas, bisutería, y cintas rojas y amarillas, hacen sonar los cascabeles mientras bailan), el Mercado de ganado en Sorogain (Mayo. Espectáculo ganadero que consiste en marcar el ganado de Erro y de Baigorri para que pueda pastar en las campas comunales de Sorogain), las Romerías (Mayo y junio. Los romeros de los valles próximos de Aezkoa, Arce y Erro se acercan hasta Orreaga en romería, con trajes típicos y cruces).



Además del Camino de Santiago, pueden hacerse pequeñas y fáciles excursiones como la del Bosque de Sasajaunberro (1 h.) o la de Sorogaingo bidea (dolmen de Arregi, puente sobre la regata de Itolegi, montes de Erro, 1 h 40´), ambas de posibilidad familiar.



lunes, 27 de octubre de 2014

Lunes. Viaje de vuelta. 

La gente madruga como todos los días, pero yo no tengo prisa. Mi viaje ha terminado. Han sido 140 km en seis días, que no es mucho, pero continuaré en otro momento. Dejo que todos se levanten, llenen los servicios y preparen sus mochilas; les dejo salir a todos. Cuando la tranquilidad vuelve, me levanto y me preparo. Quedamos pocos en el albergue, entre ellos los de Palencia, que también acaban aquí.

Cuando salgo está todo cerrado, así que pienso desayunar en el bar de la estación de autobuses. Por el camino me encuentro de nuevo a Georgina, la australiana, que ya me había dicho que haría todo el camino pero saltándose algún tramo en autobús. Nos despedimos. Saco el billete, desayuno y tomo el autobús hasta Puente la Reina, donde dejé el coche aparcado. El autobús entra en todos los pueblos, por lo que tarda mucho, pero no tengo prisa.

Al llegar, cojo el coche y vuelvo sobre mis pasos para ir a Zirauqui, parar en su cooperativa vinícola y comprar vino. En Estella me habían dicho que comprara clarete. Aquí se lo digo al encargado y me dice, filosófico, que el mejor vino es el que le gusta a uno. Ante la duda, solución salomónica, compro tinto y clarete.

De nuevo vuelvo a Puente la Reina, pero ya no paro, únicamente reduzco la velocidad, aprovechando que no viene nadie detrás, al pasar por el puente para echarle una última mirada. Salgo del pueblo y me dirijo a Santa María de Eunate, donde había estado cuando hice el Camino Aragonés.

Esta iglesia, como la de Torres del Río, es un misterio, parece refugiada en otro tiempo. Es románica, del s. XII, pero sus orígenes no están claros. Pudo ser de la Orden militar y religiosa del Templo de Jerusalén, de la orden hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de la Cofradía de Santa María de Onat, etc. Su función, igualmente oscura, pudo ser la de parroquia de un despoblado, hospital de peregrinos, cementerio o lucernario. Tiene una estructura octogonal, tanto en planta como en el pórtico que la rodea. Al lado oriental, un ábside semicircular al interior y pentagonal al exterior y al N la portada principal. Está cubierta por una cúpula peraltada de ocho nervios al estilo musulmán.

Eunate

 Es un magnífico final para el viaje y no queda sino volver a casa. A los que viajan y lo cuentan se les acusa de pesados y triviales, pero yo quiero contarlo, en apretada síntesis pero procurando que no resulte una mal enhebrada retahíla de episodios, para defenderme de las evasiones de la memoria, para evitar las infinitas posibilidades del olvido.

            Se ha terminado otro viaje. He visto a muchos peregrinos, desarraigados de su tiempo actual, contaminados de ansiedad en el inicio, ansiosos de soledad algunos, órbitas aisladas aunque de cuando en cuando dos manos se estrechen, con un cansancio común que hacía que se sintieran más unidos, que pensaran juntos, que tuvieran una respiración común, con la paz de un solo enorme corazón latiendo para todos, viviendo en la salud, con energía silenciosa, con intrepidez tranquila, con el hábito convertido en segunda naturaleza.

            No han sido días perdidos, un líquido que se ha vertido en una vasija rota. Al final, todos manifestaban los primeros síntomas de resistencia a la nostalgia aunque hablaran con una sonrisa evocadora en los labios, rememorativamente, con una mirada que parecía conocer el otro lado de las cosas.

            Durante un tiempo infinito –unos pocos meses- viviremos de recuerdos, que son el idioma de los sentimientos. Recordaremos la augusta solemnidad del arte y la fraternidad de la gente. Se dice que después de los cuarenta años la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando desesperadamente para atrás, que cada vez iremos sintiendo menos y recordando más. Pero todavía no vamos por delante del cuerpo, todavía pensamos que para encontrar la verdad de la historia es necesario buscar en las sombras, todavía queremos ir alumbrando los territorios más oscuros de la imaginación. Seguiremos.

Domingo. Los Arcos-Logroño. 

Última etapa, hasta Logroño. Es más larga, 27 km. Salimos de noche y hay que  llevar encendido el frontal. El alba tardará aún en llegar. El silencio envuelve nuestro paso. El camino es bueno y atravesamos la noche, con los ojos puestos en el horizonte que ya empieza a clarear tiñendo las sombras de tonos grises, en dirección a Sansol, iluminado en lo alto. Amanece un poco antes de llegar. Se baja para cruzar el río Linares por un puente de un ojo y ascender a Torres del Río.

Paro en el albergue a comer algo y hablo con una chica que hacía dos días que no veía. Me extasío ante la armonía de proporciones de la iglesia del Santo Sepulcro, s. XII, de planta octogonal, sin pruebas para atribuirla a la Orden del Temple, y le indico su importancia a una japonesa. Se sale en bajada, atravesando campos labrados sin arbolado. Al lado del camino hay montoncitos de piedras con papeles escritos antes de ascender hasta la ermita de Ntra Sra del Poyo. Sigue una fuerte bajada al barranco de Mataburros, cuyo hilo de agua tiene plantas con flores lilas. 

El camino es llano, rodeado de vides, entre pequeñas lomas con algunos árboles. Al final del barranco aparece un puesto de comida y bebida, que atiende la concienciada Rakel Soldevilla y que acepta la voluntad, no cobra. Es otra de esas personas amables que humanizan el Camino. ¡Qué diferencia con otros sitios, cuyos precios son un asalto en despoblado! Se asciende a una zona amesetada, al lado de la carretera, que nos pone a la vista de Viana.  

Fue levantada por Navarra para hacer frente a Castilla. Tras duro ascenso, paso  por la calle Mayor y llego a la plaza del Ayuntamiento. Al lado está la iglesia de Santa María, gótica, ss. XIII-XVII, con una magnífica portada renacentista. A los pies se encuentra la tumba de César Borgia. Muchos peregrinos conocidos han parado en la plaza. Es muy pronto y hace buen día. Como fruta. Saliendo, en las ruinas desafiantes al paso del tiempo de la iglesia de San Pedro, veo a dos hermanas que han hecho el Camino Aragonés. 



En las afueras alcanzo a una australiana que no para de hablar y con la que voy un tramo en el que vemos el pantano de Cañas, que reluce como un espejo, poco antes de entrar en La Rioja. En un pinar me adelanto porque camino más deprisa, también adelanto a la asturiana con la que he coincidido en los albergues. Paso por casa Felisa y paro a comer fruta. Llega Georgina, la australiana, avistamos el Ebro, cruzamos el puente y entramos en la oficina de Información. Ella va a un albergue privado y yo me quedo en el municipal, donde coincido con los canadienses, y los de Palencia que he visto en Viana. Rutina. Se tiende en el patio y, como en Pamplona, no se secará la ropa. La de Palencia cura el pie de una japonesa, con un estilo más profesional pero menos emocionante que el peregrino de Puente la Reina.



Salgo a comer y paso por la iglesia de San Bartolomé, con portada de fin s. XIII, que tiene viñetas representando escenas del martirio del santo, al que se arrancó la piel. El templo quizá fue levantado por el gremio de curtidores del que es patrón.



Tras la comida, la siesta, y por la tarde paseo llegando a la Concatedral de Santa María de la Redonda cuyas torres del s. XVII dominan el entorno y que tiene una gran portada a la plaza. En su interior está el mausoleo de Espartero. En sentido contrario paseo hasta las murallas y el arco del Revelín y vuelta por la sede del Parlamento, antiguo convento de la Merced y fábrica de tabacos, por el Museo de la Rioja instalado en el Palacio de Espartero, y por la iglesia de Santiago, con gran portada del s. XVII donde un Santiago peregrino ecuestre -en referencia a la batalla de Clavijo- duerme con un sueño de piedra. Al lado, la fuente de los peregrinos, pero yo no bebo, me voy a una calle llena de bares y pruebo el exquisito vino con unos pinchos. Buen final para una etapa y un tramo aunque aquí, en la ciudad, no es como en los pueblos y los comerciantes se saben espectadores al margen del espectáculo.

Desde aquí seguiré en otro momento, con el sol a la espalda alargando mi sombra hacia delante, marcando el camino hacia el Oeste. Para algunos es un viaje de fe, pero, en cualquier caso, el Oeste no es un lugar, sino un estado de ánimo. 

Sábado. Estella/Lizarra- Los Arcos.

            Hay por delante una etapa cómoda de 21 km. Como siempre, salimos de noche. Tomo un desayuno completo en un bar enfrente del albergue. Se sigue calle adelante, se cruza una puerta de la muralla y se asciende por zona urbana. La luz del día nos empieza a sorprender al llegar a la vista del monasterio de Irache, en Ayegui. Antes de llegar cumplimos con el rito de la fuente de agua y de vino, de las bodegas Irache. La construcción del conjunto monumental benedictino abarca varios periodos: la iglesia románica, el claustro plateresco, la torre herreriana. Fue el primer hospital de peregrinos de Navarra -hasta un siglo más tarde no se construyó el de Roncesvalles- y  albergó una Universidad entre los ss. XVI y XIX. Seguimos adelante entre viñedos. A la izquierda queda Montejurra, lugar de celebración de las romerías anuales del Partido Carlista, debido a que fue escenario, en 1873, de una importante batalla durante la Tercera Guerra Carlista. En este tramo hablo con un matrimonio canadiense.

 Después se pasa por una urbanización y luego por una zona boscosa. Los campos de cereal cosechado indican la llegada a una población, Azqueta. He ido hablando con el que conocí en Puente la Reina, pero se queda aquí. Yo sigo entre más campos de cereal con el bosque en las lomas, en cuyas cimas se enredan las nubes. Al frente se ve el monte Monjardín y a la derecha un pueblo, Labeaga. Así se llega a la fuente medieval, con techo a dos aguas, en sillería, con dos arcos apuntados de entrada y columna en medio con capitel de motivos vegetales, techo abovedado apuntado. Detrás queda Monjardín (mons Garcini) o Deyo, un altozano en cuyo castillo de San Esteban parece que fue enterrado el monarca navarro Sancho Garcés. Ya en el pueblo, la iglesia de San Andrés, románico tardío, que conserva una portada. 

Hasta Los Arcos quedan 12 km y no hay ningún otro pueblo, así que decido ir al bar Illaria, al lado del albergue, a comer algo. Me atiende Beatriz, una joven muy simpática que me cuenta la gente que pasa, la temporalidad, etc. La conversación es agradabilísima, pero hay que seguir. Reconfortado con el café reemprendo la marcha dispuesto a llegar a Los Arcos, pero, para mi sorpresa, un tramo más adelante hay un bar ambulante, la Flecha Amarilla. Paro y como un plátano, por lo del potasio. Hay que hacer gasto en estos sitios para que no desaparezcan y además permiten conocer personas, como el mexicano Felisardo, periodista de radio.



Sigo, bajo la luz del alto cielo de sequía, por una zona de monte alto, con arbustos, zonas labradas y sin labrar y árboles en las lomas, a través de tierras que dejan amplio espacio a las miradas, por tierras antes abandonadas y heridas por la violencia, por espacios de soledad. Los colores son cálidos y el día bueno, así como el camino, llano. El verde de las vides contrasta con los rojizos y tierras de muchos campos y las sierras del fondo se ocultan tras un azul oscuro. Una bajada, el Portillo de las Cabras, y el cruce del río Cardiel anuncian la cercanía del final. Los campos cosechados y los montones de pacas de paja nos llevan hasta Los Arcos, largo, caminero. En la plaza veo al matrimonio canadiense, que me dicen que siguen hasta Torres del Río. Hay una boda y no se puede entrar en la Parroquia de Santa María, por lo que atravieso el Portal de Castilla, paso el río Odrón y voy al albergue. Rutina.

Después vuelvo al pueblo en un mediodía ardiente. El portal de Castilla, en sillería, junto a la torre parroquial, formaba parte de la muralla medieval y era la principal puerta de acceso hacia Castilla. La plaza sigue llena así que voy a comer a un restaurante donde ya estuve en otra ocasión. Vuelta al albergue y siesta.



Por la tarde hay otra boda en la parroquia. Una señora me anima a que entre y diga que voy de parte de la novia. Mi indumentaria no casa exactamente con la de los demás. Más tarde puedo entrar en este edificio en el que destaca la profusa decoración interior renacentista y barroca y el retablo mayor barroco. Tras la cena, vuelta al albergue. Algunos cuentan historias, entregándose a la añoranza. Se apaga la luz pero se oyen ruidos de alguien que busca algo sistema Braille, se ven frontales encendidos y se tarda hasta que todo queda sumergido en el sueño. 

Viernes. Puente la Reina/Gares- Estella/Lizarra

Como cada día, salimos de noche. El Camino atraviesa otro antiguo barrio y pronto abandonamos definitivamente al Arga. Llanea hasta una fuerte subida antes de Mañeru, dormido todavía aunque el resplandor del nuevo día ha dibujado su perfil en el cielo. En la plaza un japonés me pregunta el nombre del pueblo y lo mira en su guía. Ha ido amaneciendo, pero hay poca luz porque el cielo está cubierto.  

El terreno asciende algo, teniendo a la izquierda el valle de Mañeru por donde corre el hilo del río Salado. Hay muchas viñas. Veo a Eva y Lourdes que, como son de Bilbao, llevan un paso muy ágil. También veo a Eva, Gema y Rosa, de Valencia. Todos juntos subimos, con todas las velas al viento, hasta la plaza de Zirauqui. Aquí siempre me acuerdo de mi amigo Benjamín. Las valencianas se quedan aquí y los demás seguimos, descendiendo por el otro lado del pueblo, por restos de calzada y puente romanos.

El tiempo va despejando. Parece que no va a llover. Seguimos por un tramo en ligero descenso, con un paisaje igual al que llevábamos hasta aquí, con viñas y campos de cereal. Los racimos ya están gordos aunque les falta algo para madurar. El punto más bajo lo marca el río Salado, que se cruza por un puente de dos ojos apuntados, tajamares triangulares y forma de lomo de asno.

Desde aquí, de nuevo es subida, por el valle de Yerri, hasta Lorca, pueblo caminero alineado sobre la calle central. Paramos para comer algo de fruta en uno de los dos albergues, donde ya paré en otra ocasión. Lo regentaba una catalana que ahora no está porque va a dar a luz, según me cuenta otra camarera. Eva y Lourdes toman un refresco y se quedan aquí. Yo sigo porque me dan un poco de ventaja. En la lejanía, ya se ve la montaña Monjardín, por donde pasaré mañana. Se sigue por un terreno llano, por un camino bueno en medio de campos de cereal cosechado, con arbolado en las laderas de las sierras cercanas. Hay alguna nube, pero el sol castiga sin piedad. Calor.


Al fondo de la llanada está Villatuerta, donde se cruza el río Iranzu, afluente del Ega, por un puente de dos arcos de medio punto algo apuntados, tajamares triangulares y perfil de lomo de asno. Después, un tramo de ascenso lleva a la ermita de San Miguel. Formaba parte de un monasterio y conserva parte de la nave románica, aunque lo más importante son unos relieves iconográficos, once altorrelieves, que se conservan en el Museo de Navarra. Poco después se cruza el río Ega. Estella ya está cerca. El Camino pasa por delante de la fachada gótica de la Iglesia del Santo Sepulcro que demuestra cómo la piedra, que carece de la fugaz precariedad de la condición humana, puede contar historias, instruir, y que los capiteles, las esculturas, etc., son la Biblia de los no instruidos. El albergue municipal está próximo. Rutina.

Para la comida voy a la plaza pero busco en una calleja lateral y encuentro el  restaurante Casanova, que me gusta. Tomo una cerveza y hablo con unos señores simpatiquísimos, que me dicen que coma allí mismo, que es el mejor restaurante, y que pida pochas. Les hago caso, subo y me acomodan al lado de otros dos señores que comen unas pochas de aspecto inmejorable. No lo dudo. Me cuentan que si compro vino de Zirauqui que sea clarete y tinto si es de Mañeru. El menú resulta excelente.

Por la tarde, veo el Palacio de los Reyes de Navarra, la mejor muestra de románico civil de Navarra, segunda mitad s. XII. Me detengo en el famoso capitel del lado izquierdo, algo deteriorado, a la espera de que el tiempo cumpla su obra. Enfrente está San Pedro de la Rúa, con elementos desde el s. XII hasta el XVIII, que tiene en su portada tardorrománica motivos decorativos como la estrella, símbolo de la ciudad.


La población tiene mucha vida, está muy animada.  En una plaza con menos gente me siento en el silencio, disfrutando de la placidez del atardecer. El día ha pasado al mismo ritmo lento de las nubes por el cielo. Ceno unos pintxos cerca de la plaza y vuelvo al albergue pasando por el puente de la cárcel. Ha sido una etapa sin dificultades especiales, de 20 km de longitud. La noche está ocupando cada rincón pero hay una lucha de la vigilia contra el sueño. Mañana, más.

Jueves. Pamplona/Iruña-Puente la Reina/Gares.

Hasta Puente la Reina nos espera una etapa de longitud similar, 22 km. Se enciende la luz a las 6, breve aseo, desayuno y salida de noche, siguiendo las señales metálicas que brillan en el suelo. En Cizur Menor el amanecer pone un hermoso arrebol en las nubes. El alba del jueves nos sorprende a todos caminando. Comienza a hacerse la luz y los objetos se vuelven visibles.

Avanzamos a través de un creciente amanecer por camino de tierra. Saco la ropa húmeda y la cuelgo en la mochila cuando una mujer me adelanta y me cuenta que hace el camino todos los días hasta el primer pueblo. A la izquierda queda Galar, y a la derecha Guendulain, ruinas entre campos de cereal amarillos. En lo alto se ven los molinos de viento y las antenas.

Comienza la subida, por buen camino, en medio de un terreno despejado, de cereal cosechado. En Zariquiegui, se pasa por la iglesia, con portada románica, antes del albergue, donde paro. Desde aquí la subida se hace más fuerte, bajo un sol nublado a ratos, por una senda estrecha, no ciclable en algún tramo. Los ciclistas se bajan de la bici y la arrastran penosamente por entre las piedras. En algún momento se siente que el cansancio se sube a las botas, pero esto será una victoria de la voluntad.

            En el Alto del Perdón, donde se cruza el camino del viento con el de las estrellas, hay mucha gente, la mayoría extranjeros. Se descansa mientras se admira la panorámica, buena en los dos sentidos. El horizonte siempre es demasiado grande para expresarlo en palabras. Hacia atrás, Pamplona desaparece en la lejanía. Veo a las dos chicas que me han adelantado al parar y una furgoneta del albergue Santiago Apóstol.  

El descenso es muy malo; los ciclistas bajan con cuidado. Después la pendiente suaviza y desaparecen las piedras sueltas. A la derecha queda una Virgen, a la que viene una señora de Uterga que me indica una fuente en el pueblo. El camino ahora es muy bueno y así sigue hasta Muruzábal y Obanos, que queda en alto. Es una subida que hace sudar por el fuerte sol que brilla en un cielo despejado. El calor de pleno verano pesa sobre el pueblo, pero ráfagas de fiesta llegan desde la plaza. 



A la salida se produce la unión de los dos Caminos, el francés y el aragonés, que hice hace varios años. Tengo la impresión de estar caminando sobre viejas huellas. Alcanzo a tres hermanas y que se quedan en el segundo albergue. Yo sigo y paso bajo el arco que une la iglesia, s. XII,  y el convento, antiguo hospital de peregrinos, del Crucifijo, en el antiguo poblado conocido como Villa Vieja. Siguiendo de frente se llega a la Calle Mayor, eje de la población, donde destaca la Iglesia de Santiago, ss. XII-XVI, con buena portada. El espacio hasta la calle lo cierra una lonja, utilizada antaño como mercado. Frente a la iglesia se encuentra el Convento de Trinitarios.



Al final de la calle nos espera de nuevo el Arga, tocado ahora por reflejos de platino, que había girado a la derecha para evitar la Sierra del Perdón, rodeándola. Se cruza por el maravilloso puente románico, el mejor del Camino, construido en el s. XI para facilitar la peregrinación y para durar aliado al tiempo y al recuerdo. Tiene 110 m de longitud, 4 de anchura, siete arcos de medio punto, y arquitos sobre cada tajamar para aligerar el peso y servir como aliviadero. No conserva las torres en los extremos, ni la central con la capillita de la Virgen del Puy que dio origen a la leyenda del Txori.

            Una dura subida lleva al albergue. Rutina. Como novedad, un baño en la piscina antes de la comida. Por la tarde veo la Vuelta al lado de otro peregrino que tiene un estar pensativo, que escribe sus impresiones y que parece que la soledad le ha seleccionado los recuerdos. Bajo al pueblo, compruebo que el coche está donde lo dejé, hablo con los de otro albergue que han abierto en el pueblo –los otros tres están en las afueras- y veo a Eva y Lourdes, que son de Bilbao. El largo crepúsculo impregna la atmósfera de frescor tras un pesado día de calor. Ceno en el Restaurante La Plaza, cuyo dueño, como si sacudiera el polvo de nuestra vieja amistad, recuerda que estuve el lunes. Vuelvo al albergue en medio de un silencio ensordecedor y contemplo, en la subida, el pueblo plateado por la luna. 

Miércoles. Zubiri-Pamplona/Iruña.

            Hasta Pamplona es una etapa de parecida longitud -22,5 km-, pero mucho más llana. El movimiento en el albergue empieza poco después de las 6 h y todo el mundo se prepara bajo la luz escueta de los frontales hasta que alguien cae en la cuenta de que, si todos estamos despiertos, se puede encender la luz. El primer turno del estupendo desayuno, incluido en el precio, es a las 7 h.

            Salgo pronto y afronto, nada más pasar el puente, las primeras rampas hasta la fábrica de magnesitas, que emite ruidos que estropean el alba en sus primeras luces. Después hay tramos de bosque, otros donde la vegetación parece que forma un túnel, zonas empedradas con losas en las bajadas, etc. En el horizonte despunta un miércoles radiante. En el cielo hay algunas nubes que no ocultan el sol; es un buen día.

            Después de unos tramos más altos, el camino desciende hasta el Arga y atraviesa la vegetación de ribera, alargándose más que la carretera porque sube a los pueblos y va zigzagueando. Así se pasa por Ilarratz, Esquiroz, Larrasoaña, Akerreta y Zuriain. Después hay un pequeño tramo al lado de la carretera y el desvío a Irotz, para volver al Arga y cruzarlo por el puente de Iturgaiz o de Irotz –románico, s. XII, un gran arco central rebajado y tres más pequeños a los lados, todos de medio punto, realizados con piedra de mampostería suelta, 40 m de longitud y 3,6 m de anchura, dos tajamares de corte triangular-, que tuvo al lado la ermita de Montserrat, el hospital de San Miguel y el viejo molino. El agua estancada, profunda en el centro, está sombreada por la vegetación de ribera.

            Poco después una cruz negra, metálica, que indica el fin del Camino para Rosanna di Verona, año 2006, pone una nota triste en el paisaje. El paseo fluvial que aquí comienza llega hasta Pamplona, aunque el Camino continúa por una dura subida escalonada tras la que se sigue el serpenteo del Arga hasta Zabaldika, antiguo lugar de señorío nobiliario donde adquirieron heredades los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén en el s. XIII y Santa María de Roncesvalles en el s. XIV. Aquí está la parroquia de San Esteban -del s. XIII, con una pila bautismal medieval, una campana gótica del s. XIV y un retablo mayor renacentista-, que es una de las iglesias abiertas.


            El Arga sigue a la izquierda hacia el gran meandro de Huarte y el Camino gira a la derecha, hacia Arre y su puente e iglesia de la Trinidad, s. XII, donde un hospitalero extranjero explica el motivo del nombre. Cuando salgo al aire azul continúo por zona urbana pasando por Villava/ Atarrabia y Burlada/Burlata, para llegar de nuevo al parque fluvial de alto valor paisajístico –naturaleza, presas, molinos y puentes históricos- junto al Puente de la Magdalena, el más importante de los cuatro que cruzan el Arga en Pamplona -s. XII, tres grandes arcos ligeramente apuntados, tajamares triangulares y arcos de descarga de medio punto en los apoyos-, cuya entrada señala un crucero del s. XVI. Los puentes son una de las más grandes realizaciones del Camino.



            La zona arbolada del parque lleva a la monumentalidad de las murallas -uno de los conjuntos defensivos más interesantes y mejor conservados de España-, bajo la vieja ciudad de la Navarrería, cuyo origen está en el s. XVI. El acceso a la ciudad se realiza por el Portal de Francia, el mejor conservado de los seis que tenía el recinto amurallado, del s. XVI, por donde salió Zumalacárregui en 1833 para ponerse al frente de las tropas carlistas. El Camino llega a su primera ciudad, a la que se accede por la calle del Carmen, llamada en los ss. XIV y XV Rúa de los Peregrinos. Todo esto me recuerda a mi amiga Mª Ángeles.



El albergue municipal está bien aunque no permite tender la colada en al patio, lo que impide que se seque. Rutina habitual, comida en el aire soporífero de las dos de la tarde, siesta, charla con otros peregrinos que se sientan a evocar el pasado reciente y tarde de paseo –Pamplona, maravillosa como siempre- y pinchos, en el largo viaje del día hacia la noche, más larga porque el albergue cierra a las 23 h. Las nubes se van rompiendo, abriendo paso a un firmamento de estrellas. El sueño me sobreviene como si se hubiese arrojado sobre mí.

            

Martes. Orreaga/Roncesvalles-Zubiri.

            La luz se enciende a las 6 h. Otros viajes quedan relegados al desván de la memoria; ahora empezamos éste. Todos –somos mecanismos sincrónicos- preparamos la mochila y, muy importante, ajustamos el calzado porque “cuando el zapato se ajusta bien, nadie piensa en el pie” (Zhuang Zhou). Desayuno ligero y salida, de noche, por un sendero estrecho pero bien delimitado que atraviesa el bosque de Sorginaritzaga, que significa “robledal de las brujas”. Aquí se celebraron algunos de los más conocidos aquelarres del s. XVI, que motivaron una represión que llevó a la hoguera a nueve personas de la zona. El bosque calla, oculta nuestra presencia, y la espesura se traga el sendero y toda la visión del mundo que nos rodea. Es un sitio oscuro, no se ve más que la frondosidad de la arboleda. La llegada a la Cruz Blanca, símbolo de protección divina en el camino que hasta 1880 era la principal vía entre Roncesvalles y Auritz/Burguete, anuncia la llegada a esta última población mientras respiramos el amanecer tranquilo.

            Burguete tiene un magnífico aspecto. Aquí venía Ernest Hemingway a pescar truchas, descansar y disfrutar del paisaje, antes o después de las fiestas de San Fermín en Pamplona. A la salida se cruza el río Urrobi por un puente de tablas sobre piedras. Hay más luz porque vamos por una zona abierta, de gran belleza, de pastizales con ganado, aunque la niebla se cierne sobre el camino, nos envuelve cadenciosa, intercepta el horizonte, forma un extraño halo a nuestro alrededor que nos aísla del resto del mundo. El ligero viento pasa cargado con las voces de otros peregrinos. Me alcanza una que vi ayer, hablamos un poco, pero como va sin equipaje y más ligera se aleja.

            El sol, que escala el horizonte, perfora la niebla al llegar a Auritzberri/ Espinal y el día brinda los colores claros de una mañana que se promete soleada. En la subida al Alto de Mezquiriz, hay cruces hechas con palos en la alambrada. Tras un llano desde el que se ven en la hondonada las fachadas blancas y los tejados rojos de las casas de Mezquiriz envueltas en el verde oscuro del bosque y en el verde claro de los pastizales, llega la larga bajada, con algún tramo solado, hasta llegar al río Erro que se cruza por bloques de cemento altos que dejan pasar el agua entre ellos. El siguiente pueblo es Viscarret, donde desayuno.


            En todo el trayecto nos vamos viendo con otros peregrinos. Hablo con Olegario, que es corredor y que va muy ligero, sin equipaje. Tras Lintzoain, con grandes casonas de piedra -portadas doveladas, pocos vanos, galería de madera, alero saledizo- y un espléndido frontón, comienza la subida al puerto de Erro, larga, dura bajo el sol, con tramos impracticables para las bicis, antes de que el sendero se haga más ancho, llanee, pase por la antigua Venta del Puerto y baje a la carretera, donde hay un bar ambulante. A partir de aquí es un descenso malo, largo, muy malo para las bicis. Hablo con ciclistas que se han bajado de la bici y recuerdo cuando yo también lo hice.



            La bajada sigue hasta Zubiri donde se cruza el puente de la Rabia –dos ojos de medio punto iguales, torreón central a modo de tajamar poligonal, forma de lomo de asno pronunciado, piedra de sillería, restaurado-, sobre el río Arga. En la fuente está Olegario, que también va al albergue El Palo de Avellano, con buenas instalaciones y con mucho estilo, que incluye en el precio un estupendo desayuno. El año pasado también estuvimos y guardamos un buen recuerdo. Rutina y comida. Ha sido una etapa algo dura, por ser la primera, por las subidas y sobre todo por las bajadas, de 21 km y de 400 m de desnivel descendidos. Siesta.


Zubiri, en el kilómetro 21

            Por la tarde paseo por el pueblo, idealizado por la nostalgia, y tranquilidad y lectura junto al puente, donde me abandono a mis sentidos recordando a Pilar, Pepe, etc. El Arga lleva poca agua, pero es rumoroso y permite el baño en una poza. Se está bien, sin calor, salvo por el ruido que hacen los bañistas. Compro fruta, ceno. Hace más viento y hay muchas nubes en el cielo. En el albergue veo mucha gente joven, pero también algún peregrino que está doblando el último cabo de la madurez y alguno que se asoma a la vejez. Nos tumbamos y relajamos el cuerpo dispuestos a dejarnos caer en el sueño.


Lunes. Orreaga/Roncesvalles.

            Vuelvo a Roncesvalles un lunes de agosto. Voy en coche hasta Puente la Reina, a extasiarme ante la simplicidad y belleza de las líneas del puente, el mejor del Camino. Hace calor. En los soportales de la plaza encuentro a un peregrino reparándose los pies caminadores en un acto meticuloso, rico en situaciones ceremoniales, que me cuenta que ha hecho el Camino Aragonés y que, con absoluta impermeabilidad para el escarmiento, ahora sigue hasta Lorca. En un mediodía de fuego paseo la Calle Mayor, sombreada, y como en el Restaurante La Plaza, donde la amabilidad de los dueños y la hija hace muy agradable la estancia. Quedamos en vernos de nuevo el jueves.

            Espero al autobús a Pamplona donde saco el billete para Roncesvalles. El tiempo de espera se soluciona con el e-book. Poco a poco va aumentando el número de personas mochileras, de todos los pelos y colores, con vistosas indumentarias y con una actitud alegre y animosa, que forman un caos. A Roncesvalles, sitio mágico detenido en el tiempo, llegamos a las 19 h. y vamos al albergue, con magníficas instalaciones, donde el ingreso tiene una especie de liturgia que no se da en ningún otro.

            El cielo está despejado, sin nubes, azul. La temperatura es muy agradable, no hace calor. Para la cena, a las 21 h., hay que comprar un ticket. Hasta entonces visita a la Colegiata gótica y paseo frente al Silo de Carlomagno, del s. XII, la iglesia de Santiago, del s. XIV, y otro albergue impresionante en su interior. Todo el mundo hace fotos queriendo atrapar la realidad escurridiza, momentáneamente capturada, y es que “hacer una foto es alinear la cabeza, el ojo y el corazón. Es un estilo de vida”. (Henry Cartier Bresson). Todo está más animado que en el recuerdo.

Iglesia de Santiago y Silo de Carlomagno

               ¿Qué mueve a todas estas personas hasta la tierra que nadie les ha prometido? ¿Qué motivación les impulsa a recorrer la antigua Vía de las Estrellas –que según los celtas llevaba a la sabiduría-, parando en cualquier albergue, en cualquier almohada? ¿Qué clase de templos andan necesitando, qué intercesores que los proyecten fuera o dentro de sí? ¿Qué ideales permiten que se forme este extraño mosaico de lenguas, culturas, personas de orígenes diversos, en este lugar ecuménico?

Unos luchan contra la tentación del sedentarismo y la domesticidad, contra las razones mezquinas de hormiga contra cigarra, contra el estar siempre en el mismo meridiano, pensando que la acción puede servir para darle un sentido a la vida, que la mayoría de los viajes de nuestra vida nunca se realizan o sólo los emprendemos en nuestro interior y que éste es un exceso sencillo. Otros, que quizá han encontrado en blanco los naipes de su porvenir, quieren hallar el paraíso de la soledad compartida que les deje un sedimento de paz en el corazón. Algunos quieren ver mejor dentro de sí mismos en busca de esa perfección que, dicen, otorga el sacrificio del Camino, quieren que se produzca una iluminación en su espíritu aprovechando la profundidad del silencio; su mirada marcha directamente a su meta como si fuera visible en el horizonte, aunque va más allá; quieren encontrar el horizonte que llevan dentro y quizá se sienten como si hubieran estado todo el tiempo de camino sin saberlo. Para otros, que caminan con un propósito que ya no es el camino mismo, los consuelos de la religión compensan la desolación de la vida. También hay quien se siente como si viajase al pasado.

Pero todos, con las ideas a vela impulsadas por el viento, con la venera convexa y estriada de una vieira colgada de la mochila, con los pensamientos acomodados a la situación, vamos en la misma dirección. Tardaremos lo que tengamos que tardar porque uno se acerca mejor a los demás si avanza despacio y llevaremos, según la antigua costumbre, una piedra simbólica en la mochila que deberemos arrojar cuando hayamos encontrado la solución a nuestros problemas.

            Hora de cenar. En el otro bar te traían el plato preparado para cada uno, pero en éste ponen un recipiente para varias personas y hay que repartírselo. Menú: macarrones, trucha y yogur. Está bien. Como el albergue cierra a las 22 h., no sobra mucho tiempo después de la cena, así que todo el mundo vuelve, se asea y se dispone a dormir. Mañana empezamos.