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lunes, 13 de octubre de 2014

Vitoria


Vitoria encabeza las listas de las ciudades con mejor calidad de vida. Esto se constata al visitar esta ciudad de diseño urbanístico ejemplar, limpísima, sin pintadas -excepto unas magníficas pinturas en casas que quedan convertidas en cuadros, en historias-, con grandes zonas verdes, con muchas calles peatonales, con una gente amabilísima, etc.
Durante algunos días vivimos sin porvenir, dejándonos ir con indolencia a gustar de lo que nos gusta, así que a mediados de un mes de febrero abundante en lluvias, pero en un día en el que la primavera ha resucitado caprichosamente en medio del invierno, afrontamos, animados por el fresco viento de la mañana y con ojos que nunca se cansan de mirar, un recorrido por la ciudad, fundada a finales del s. XII, que debe incluir la zona medieval, una espina elevada rodeada por calles paralelas a distintos niveles que configuran una especie de almendra, cuyo desnivel se salva cómodamente por escaleras mecánicas cubiertas. Desde lo alto la ciudad se tiende ante nosotros como una eterna seducción. Aquí se encuentra la gótica Catedral Vieja mirando desde el fondo de los siglos, calles con nombres de gremios, palacios renacentistas, murallas y torres. Todo entre rincones encantadores y placitas a una escala muy humana, las viejas plazas doradas por el sol de los siglos. Es la ciudad como elemento civilizador del territorio.
A partir del s. XVII la ciudad comenzó a extenderse y se desarrollaron  los ensanches. En el límite con la zona medieval se encuentra la Plaza de la Virgen Blanca, centro neurálgico, con la iglesia de San Miguel y la escultura de Celedón, el espíritu de la ciudad. Al lado, Los Arquillos -paseo porticado que conecta el casco antiguo con el ensanche-, la plaza del Machete –donde juraban sus cargos los miembros del Ayuntamiento y cuyo juramento deberían asumir los políticos actuales- y la plaza de España, del s. XVIII. Para que el pasado continúe hay que alimentarlo con nostalgias.
Con tanto andar se despierta el apetito y este año, 2014, Vitoria es la Capital española de la Gastronomía. Para la comida nos han recomendado un restaurante, “El 7”, en la calle Cuchillería –la Aiztogile Kalea-, cerca de Los Arquillos. Está lleno y tenemos que mendigar una mesa en el comedor, pero el excelente menú responde a las expectativas.
Por la tarde, un recorrido más largo nos lleva, atravesando ya la Vitoria racionalista, el ensanche del s. XIX, a la neogótica Catedral Nueva, al parque de La Florida –donde los colores se han convertido en flores-  a un largo paseo hasta Armentia pasando por palacetes como el Augusti (Museo de Bellas Artes) o Ajuria Enea (Presidencia del Gobierno Vasco), o por el estadio de Mendizorrotza, todo en una orientación SO.
Los jueves por la tarde se ha instaurado la costumbre del Pintxo Pote: por 1,5-2 € se sirve un vino y una tapa. Comprobamos, mientras la tarde fluye en silencio y el tibio crepúsculo se ahonda en fresca oscuridad, que de un bar a otro hay mucha diferencia. Unos son más rústicos, medievales, como El Tulipán –chorizo y morcilla-, La Teja –mollejas-, Dakar –callos-. Otros son intermedios, como Camerino –champis en salsa-. Finalmente otros son más pijos: Perretxico (plato típico de la provincia cuyo nombre alude a un tipo de setas) –turrón de foie al curry con yogour colado y almendras tostadas-, o Saburdi, que no participa del pintxo pote.
tapita
De vuelta hacia el centro, encontramos la síntesis, la tensión de los opuestos, en el espléndido local del bar Toloño: un vino mejor, que hace percibir la eternidad de las cosas elementales, y una cuidada y original elaboración sin caer en la cursilería, sin despreciar la sustancia por la sombra. La tapa tiene una bola roja que no se ve muy bien lo que es. El camarero –que resulta ser hijo de los dueños- comenta que es un pimiento italiano, de la Toscana. La dueña, Mª Carmen, nos enseña un libro en el que aparece la noticia de que en 2006 fueron los ganadores del Primer Concurso de Pintxos de Euskal Herria junto con fotos de su marido, Enrique Fuentes, y de la tapa, “milhojas de habitas sobre pisto de verdel”, basada en una buena materia prima y en el contraste de sabores. Esta tapa, como uno de los platos típicos de la provincia, las habas a la vitoriana, es de primavera, pero Mª Carmen dice que, para que la probemos, la tendrá preparada al día siguiente.
Afuera la noche está desierta y muda. A nuestro alrededor se extiende Vitoria en medio de la noche. Pasamos por las calles dormidas y nuestros pasos turban el silencio de la calle. El mundo es sólo noche.
Al día siguiente reanudamos el recorrido para, cruzando por la Plaza de los Fueros (Eduardo Chillida) y, en una orientación NE, llegar hasta el magnífico parque Salburua que propicia la vuelta a los tiempos arcádicos, el retorno a lo bucólico y al silvanismo. Desde aquí apreciamos las impasibles montañas de color malva que cierran el horizonte, espolvoreadas de nieve y teñidas de un glaciar azul bajo el frío sol de media mañana.  
Todo está muy cuidado y con mucha sensación de amplitud en calles y plazas, sin nada que esté en desarmonía con la natura, combinando lo antiguo con lo más nuevo como el moderno Artium, con esculturas de Oteiza, Chillida, Larrea, etc. Todo se ve muy tranquilo y el tráfico no da en ningún momento sensación de agobio como en otras ciudades.
No se puede, ni se debe, rechazar la amable invitación de ayer, por lo que volvemos al Toloño para degustar, en un espacio de serenidad, la famosa tapa -este experimento nutritivo, esta alta cocina en miniatura, esta concentración de emociones exaltadas- al mismo tiempo que conocemos al dueño, a Enrique -en cuya sonrisa hay toda la sabiduría del mundo-, que cuenta sus andanzas y proyectos entre los que se cuenta el representar a Vitoria en el Certamen de Barcelona. Mª Carmen y Enrique son activos, vitales; su vida parece un gran deseo de atravesar los límites. Son personajes de acción, barojianos. Está visto que la religión de la gente civilizada es el placer creador, polifacético.
Todo nos ha gustado mucho, aunque, a veces, los análisis son a menudo resultado de las emociones y sentimientos. La visita ha sido breve, pero nos vamos con muy buen sabor de boca de esta ciudad modelo en la que el porvenir existe más que el pasado.