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domingo, 5 de agosto de 2018


Santiago de Peñalba.

Los cristianos que conservaron su religión tras la conquista musulmana fueron llamados mozárabes, “los que adoptan las costumbres de los árabes”. Al desaparecer la permisividad y la tolerancia hacia sus cultos, algunos huyeron hacia el norte, hacia los territorios reconquistados, buscando protección. Varios de esos mozárabes estuvieron en El Bierzo, como lo atestigua, además de esta iglesia, la de Santo Tomás de las Ollas, cerca de Ponferrada.





Para ver esta joya del mozárabe leonés hay que adentrarse en lo más profundo del Valle del Silencio, escondido entre los pliegues de los Montes Aquilanos, en recóndito lugar escogido por los numerosos ermitaños que vinieron en los siglos IX y X alejándose del mundo. En este monasterio se sucedieron hasta dieciséis abades, tres de los cuales, Urbano, Fortis y Estebas, alcanzaron la santidad. A mediados del s. XII falleció el último de los abades claustrales y fue descomponiéndose el cenobio hasta desaparecer en el s. XIII, mientras que en el cercano monasterio de San Pedro de Montes, también refundado por Genadio, la vida se alargó hasta el s. XIX.

La iglesia se construía en el 937, a la vez que el primer califa de al-Andalus, Abderramán III, levantaba Medina Azahara, "la ciudad brillante". Quizá maestros mozárabes llevaron al norte esa influencia que se amalgamó con rasgos autóctonos, de los que cabe señalar la herencia visigoda/bizantina -arco de herradura y cúpula central-, romana -planta basilical- y elementos celtas -símbolos solares y astrales en el exterior-.






La iglesia es de sencilla apariencia externa, sin nada que llame la atención a primera vista, con la pared de la espadaña separada del templo y elevándose sobre los tejados de pizarra, pero ya la puerta de acceso nos pone en antecedentes de lo que nos espera en el interior. Tiene doble arco de herradura -arcos geminados- que se apoya en tres columnas de mármol rematadas por capiteles corintios.


El interior es original. Tiene planta de cruz latina, pero una nave con dos sacristías a los lados del crucero, con cúpula gallonada. Dominan los arcos de herradura, uno de los cuales divide la nave en dos partes y los otros se abren a los ábsides, de los que hay dos, o un ábside y un contraábside, aspecto poco habitual. El segundo parece seguir una antigua tradición de la arquitectura religiosa y, orientado al sol poniente, tenía una función funeraria, era un espacio dedicado a los muertos, como Genadio, aquí enterrado. Los dos ábsides refieren un ciclo de muerte y resurrección.


Durante años estuvieron ocultos por los revocos aplicados, pero se han descubierto restos de pintura mural decorativa, una interesante policromía. Del mismo modo, en el yeso hay una serie de grafitos, de arañazos, como un elefante, que suponen un mensaje de hombres de otro tiempo. Aquí estuvo la cruz de Peñalba, joya regalada al monasterio por el rey Ramiro II en el 940, que tenía los brazos de la cruz como símbolos las letras Alfa y Omega -en referencia a los conceptos de principio y fin-, que se convirtió en el símbolo de El Bierzo y que se guarda en el museo de León.


Volvemos al exterior para ver la puerta norte y la larga inscripción en una de las jambas. En el mismo lado hay un pequeño espacio cubierto con acceso de doble arco de medio punto. En el muro sur hay algo muy interesante: se trata de la "piedra de la cacería", una extraña piedra colocada sobre una ventana. Para el investigador David Gustavo López se trata "de un petroglifo con varios signos inscritos: dos antropomorfos en una escena que parece de caza, motivos vegetales, cruces y, de nuevo, un círculo solar con una cruz griega inscrita. Pero esta piedra no es el único petroglifo del templo. Dentro del suelo de la nave central hay otro más, con la forma de varios círculos concéntricos". Lo interesante de todo esto es que "el sol, el día del solsticio de invierno -alrededor del 25 de diciembre-, incide a las doce horas sobre esta "piedra de la cacería" y sus rayos atraviesan la ventana para alcanzar exactamente el petroglifo del interior, funcionando como un auténtico reloj solar que señala con total precisión el solsticio de invierno".


Las religiones emergentes, bien por influencia cultural o para facilitar la conversión, asimilaban elementos de cultos anteriores, y esta iglesia parece preservar un emplazamiento ritual relacionado con el culto al sol. Según David Gustavo López, "su promotor Salomón, discípulo de San Genadio, sin duda quiso preservar y envolver con un templo cristiano un lugar de culto al Sol, proveniente de una religión heliolátrica que él mismo profesaba". Estos petroglifos de aspecto neolítico, lo mismo que las espirales solares y símbolos astrales en el alero exterior, plantean interrogantes que no se pueden responder.

Otra curiosidad son las "piezas de San Genadio", de origen mozárabe, que datan de los siglos IX-X, y que son las piezas de ajedrez más antiguas de Europa. Al parecer, el eremita era aficionado a este juego. Se trata de cuatro piezas talladas en cuerno de cabra, con un diseño muy simple, adornadas con rayitas paralelas verticales y grupos de círculos.

jueves, 2 de agosto de 2018


El valle del Silencio. 


Los Montes de León y los Montes Aquilanos –de los que los romanos se proveían de agua para su mina de Las Médulas-, con sus picos Teleno y Aquiana respectivamente, dominan la zona. Fueron montes sagrados desde época celta, de cuando quedan trazas de cultos solares, de personificación de la montaña como divinidad solar ancestral, regidora de los ciclos de principio y fin. Ejercieron gran influencia al creer que permitían la comunicación del hombre con las fuerzas que gobernaban los ciclos y procesos del Universo. De ello quedan algunos vestigios arqueológicos: ídolo, inscripciones, petroglifos, círculo de piedra.



Desde Ponferrada sale la carretera LE-158 que se adentra, al sur del Bierzo, entre los dos montes. Se toma un desvío a San Esteban de Valdueza por una carreterita muy estrecha, por la que no pasan dos coches a la par, sumergida en el bosque, con sensación de aislamiento. Se pasa por Valdefrancos (restos de puente romano sobre el río Oza), San Clemente de Valdueza, desvío a Montes de Valdueza (monasterio de San Pedro de Montes, abandonado, comunidad monacal s. VIII) y se llega a Peñalba de Santiago.

Es un pueblo de gran belleza rural, muy característico, perfectamente adaptado a la topografía de la zona y construido con los materiales autóctonos (piedra, madera –roble, castaño- y pizarra), restaurado y convertido, como otros, en un parque temático para el turismo una vez desaparecidas las labores y usos tradicionales. Cuenta con casas rurales, restaurante y bar. Las casas son de planta cuadrangular y presentan tejados –enlosados- de pizarra, muros de piedra –caliza-, corredores de madera en voladizo –a veces con acceso por escalera exterior, algunos cerrados-, parte baja ocupada por cuadra, caballerizas, bodega, y el horno que sobresale en un lado con forma redondeada. El monumento del pueblo es su iglesia, del año 937. Todo parece quedar anclado en el tiempo y en el recuerdo de personajes que lo habitaron.

San Fructuoso, s. VII, estudió al lado del obispo de Palencia, Conancio, después marchó al Bierzo e hizo vida cenobítica en Compludo. Su fama atrajo a muchos, por lo que fundó un monasterio y redactó la primera regla. Buscando la soledad se fue al valle del Oza y erigió con sus seguidores el Monasterio de San Pedro de Montes. Fundó por toda España y fue nombrado Arzobispo de Braga donde murió en 665. El arzobispo de Compostela, Gelmirez, en el año 1102, sacó ocultamente su cuerpo y lo llevó a Santiago, enterrándolo en la cripta de la catedral. Se conoce su vida por uno de sus discípulos, San Valerio, copista y escritor, otro cenobita que vivió, también en el s. VII, retirado en el Bierzo, en el monasterio de San Pedro de Montes.

San Genadio, monje benedictino seguidor de los dos anteriores que realmente no fue santo, nació en el Bierzo en los años 860-870. En el 895 restauró San Pedro de Montes, fue abad en 898 e inició la construcción de un monasterio dedicado a Santiago, en Peñalba, del que queda la iglesia. Sus buenas relaciones con la corte de Alfonso III el Magno le llevaron a aceptar el obispado de Astorga durante unos años a principios del s. X, pero en el 920 volvió al valle del Silencio hasta su muerte en el 936, viviendo entre el monasterio y la cueva, a la que, según tradición, se retiraba cada noche en busca de sosiego y paz espiritual.

Estuvo sepultado en el monasterio, pero a principios del s. XVII se exhumaron sus restos sin autorización y quedaron divididos. Se le reconoce como el primer santo relacionado con el ajedrez (Piezas de San Genadio, origen mozárabe, ss. IX-X). Las cuevas adonde se retiró fueron objeto de veneración, recogiéndose la tierra del suelo porque creían que curaba las calenturas intermitentes. De él se cuentan leyendas como la del unicornio que se encontró en el bosque y siempre le acompañaba, o la que explica el nombre del valle: estando en la cueva, meditando, el murmullo del arroyo le perturbaba, así que con la oración logró cambiar el curso de las aguas, quedando como arroyo del Silencio.

La fama de estos santos atrajo a tantos eremitas que a la zona se la conoce como la Tebaida berciana. Del mismo modo que, en el s. IV, Pablo de Tebas buscó retiro espiritual en el desierto de La Tebaida, en Egipto, otros eremitas (en griego significaba “hombres del desierto”) hicieron aquí lo mismo. El eje lo forma el río Oza, que nace en Montes de Valdueza, en los Montes Aquilanos, y vierte sus aguas al Sil, además de otros arroyuelos como el del Silencio.

Los templos más destacados eran la iglesia de Santiago de Peñalba y el Monasterio de San Pedro de Montes, del que Enrique Gil y Carrasco, en “El Señor de Bembibre”, dijo: “La situación del monasterio, en medio de asperísimas sierras que ciñen el Bierzo por el lado del mediodía, revela bien el terrible ascetismo de sus fundadores, pues está montado sobre un precipicio que da al río Oza, y por todas partes le cercan montes altísimos, riscos inaccesibles y oscuros bosques”.

La visita a la zona debe incluir necesariamente el paseo hasta la cueva. Se sale de Peñalba por la iglesia, hacia abajo, por camino señalizado. La bajada es fuerte y se conjuga con la subida siguiente. Una hendidura de roca viva marca el comienzo del Valle del Silencio, lugar recóndito mezcla de desbordante naturaleza y misticismo. En un paredón calizo se abre la silenciosa cueva que contiene una imagen del santo, libro de firmas, papeles con ruegos de visitantes, etc. Se decía que incluso las gotas no hacían ruido al caer. Desde la entrada, se ve el pueblo. El regreso incluye una variante más alta, haciendo la ruta circular, para llegar al pueblo por el cementerio.



Volvemos a Peñalba, que se arremolina bien apretado en torno a la iglesia. Es hora de reponer fuerzas. Nos atienden muy bien en el Bar-Restaurante “Aromas del Oza”, a la entrada, regentado por Desiderio y Marjolijn, que tienen una buena carta y bodega. Desiderio nos ha explicado antes el camino a la cueva y ahora nos cuenta otros detalles. Son los sonidos en el Valle del Silencio.

viernes, 20 de julio de 2018


Las Médulas. 



Constituye un “paisaje cultural” resultado de la explotación minera de oro romana, situada en el pueblo homónimo, en El Bierzo, al NO de los montes Aquilanos y junto al valle del río Sil, en la fosa tectónica formada en el Terciario durante la Orogenia Alpina, con alteraciones que dieron lugar a la aparición de “subunidades” como esta subfosa, amplia zona sedimentaria. Los trabajos de extracción del mineral supusieron la alteración del medio ambiente que ha devenido en un paisaje de arenas rojizas miocenas, cubiertas en parte  por vegetación. El topónimo es parecido al monte Medulio, holocausto de galaicos, cántabros y astures, que prefirieron darse muerte antes que entregarse a los romanos, cuya ubicación se desconoce.

Poblado metalúrgico de Orellán
La zona estuvo ocupada por comunidades agrarias que habitaban en castros. Sociedad castreña. Cada uno, compuesto por varias familias, era independiente y autosuficiente y explotaba un territorio con una economía de tipo doméstico. La muralla que rodeaba cada asentamiento es el símbolo de la unidad de la comunidad-castro. En cada uno había una familia que se dedicaba a la producción de objetos de metal –bronce, hierro- y los suministraba a las demás familias intercambiándolos por productos agrarios. Sus conocimientos tecnológicos podían abarcar trabajos de orfebrería en oro y plata.

Los pueblos indígenas prerromanos ya explotaban el yacimiento bateando los depósitos superficiales (placeres fluviales) formados por la acumulación de minerales tras ser desmenuzados por la acción de agentes atmosféricos y arrancados y transportados por las corrientes de agua.




La Cuevona
El fin de estas comunidades y de sus relaciones sociales llegó con la conquista romana. La muralla derribada del castro de Borrenes es un ejemplo de la violencia empleada. La nueva forma de extracción de recursos reordenó el territorio, la población y la producción. La actividad agraria, predominante, quedó condicionada por las exigencias de la explotación minera. Se abandonaron los castros anteriores y surgieron nuevos asentamientos caracterizados por su jerarquización  y su diferenciación funcional, apareciendo nuevas formas de desigualdad social: el de Las Pedreiras era un núcleo residencial aristocrático de las clases dominantes locales; el de Orellán representa al grupo social mayoritario, el de los productores, y generó excedentes agrarios y artesanales además de su actividad metalúrgica.

La Encantada
Los trabajos quizá empezaron en época del emperador Octavio Augusto, quien dirigió personalmente las acciones para conquistar a los pueblos del norte de la Península entre el 26 y el 19 a.C. Quedó incluida dentro del Conventus Asturum, provincia Hispania Citerior, y fue una de las mayores minas de oro a cielo abierto del Imperio.



La mina se explotó durante unos 250 años, se removieron unos 300 millones de metros cúbicos de tierra y se extrajo gran cantidad de oro, aunque quizá menos de lo que se ha supuesto. Plinio el Viejo, que en su juventud fue administrador, da cantidades exageradas. También serían menores las cifras de trabajadores, que pudieron llegar a los 20.000.

Sobre la dureza del trabajo, Plinio, que explica los procedimientos empleados –oscuridad, turnos, derrumbes, etc.-, dijo que “es menos temerario buscar perlas y púrpura en el fondo del mar que sacar oro en estas tierras”. Floro apunta que: “…así, los astures, esforzándose en la profundidad, empezaron a conocer sus riquezas mientras las extraían para otros”.



La zona reunía una serie de circunstancias favorables para su explotación: tierras de aluvión, abundancia de agua y pendiente para usarla como fuerza, desagüe hacia el Sil. El sistema utilizado era “ruina montium”: se canalizaba el agua de los riachuelos y se embalsaba en la parte alta, soltándola a través de las galerías horadadas, de fuerte pendiente; la fuerza del agua deshacía la montaña y arrastraba las tierras a los lavaderos. Los canales tenían una longitud total de unos 300 km, con una pendiente de 0,6-1%, algunos en forma de túnel. Una de las captaciones venía desde la falda NE del monte Teleno. El trazado de los canales exigía poner en práctica una serie de conocimientos y técnicas topográficos. Era el ejército el encargado de estas tareas y del manejo de instrumentos específicos, como el coróbata y la dioptra. Sin embargo, la construcción y mantenimiento de la red hidráulica recaía sobre las poblaciones locales.



Las minas eran propiedad del Estado y estaban gestionadas directamente por el fisco imperial. Eran tierras públicas participando en la organización de los trabajos las civitates vecinas. El trabajo que las comunidades indígenas realizaban en las minas era parte del tributo que las civitates debían al fisco, haciéndolo compatible con el desarrollo de las actividades agrícolas y artesanales.

De esta explotación surgió en entorno paisajístico actual, paraje histórico-arqueológico, modelado antrópico espectacular, atormentado, con los conglomerados y arcillas del Terciario dando lugar a cárcavas y cortados en materiales de intenso color rojizo. Al abandonarse la actividad, en el s. III, la vegetación colonizó la zona, oponiendo su verde al rojo de la tierra. Al ser un clima mediterráneo con gran influencia atlántica, dentro de los ecosistemas forestales existe gran variedad, desde los bosques de ribera (sauces, alisos, álamos) a encinares y rebollares.

La gran transformación vino por la introducción –quizá por los romanos- del castaño, el árbol emblemático, convertido en cultivo, que se asienta sobre el sustrato silíceo, mientras en el calizo abundan los nogales. A consecuencia de los incendios se ha desarrollado mucho el matorral a base de aulagas, escobas, jaras, retamas, brezos, etc. Y se dice que el lago de Carucedo se formó por el estancamiento del agua utilizada. Desde sus inmediaciones puede iniciarse la visita, en dirección al pueblo de Las Médulas, lo que permite visitar las cuevas de La Encantada y La Cuevona.



Puesto que existe una senda perimetral, la visita a la explotación puede iniciarse en varios lugares, como el Mirador de Orellán, donde pueden verse unas galerías, túneles que formaban parte de la antigua red hidráulica, parte de un canal que introducía el agua en la red de minado del interior de la montaña. Este canal se iniciaba en el vecino depósito de La Horta y penetraba en la montaña de Pracias por una entrada hoy derrumbada (el acceso actual es posterior). Dentro pueden apreciarse diversos ramales o galerías que se bifurcan, hechas a mano con picos, mazos, etc., cuyas marcas persisten.


Desde cerca del Mirador puede seguirse el Camino de los Conventos con la posibilidad de ver uno de los canales (área El Valgón), una panorámica de la red hidráulica (área Jardines del Rey), depósitos, etc. Al final, en la carretera Carucedo-Las Médulas (área La Frisga), puede verse un sistema de explotación diferente de la del Mirador (ruina montium), por surcos convergentes.



Enrique Gil y Carrasco dejó esta descripción: “Esta montaña, horadada y minada por mil partes, ofrece un aspecto peregrino y fantástico por los profundos desgarrones y barrancos de barro encarnado que se han ido formando por el sucesivo hundimiento de las galerías subterráneas y la acción de las aguas invernizas, que la cruzan en direcciones inciertas y tortuosas. Está vestida de castaños bravos y matas de roble, y coronada aquí y allá de picachos rojizos y de un tono bastante crudo, que dice muy bien con lo caprichoso y extravagante de sus figuras. Su extraordinaria elevación y los infinitos montones de cantos negruzcos y musgosos que se extienden a su pie, residuo de las inmensas excavaciones romanas, acaban de revestir aquel paisaje con un aire particular de grandeza y extrañeza que causa en el ánimo una emoción misteriosa”.