El monasterio de Obarra
El río Isábena desemboca en el río Ésera en la localidad
de Graus (Huesca), que cuenta con una bella y armoniosa plaza.
Siguiendo el río Isábena a contracorriente encontramos
elementos de mucha importancia. El primero de ellos es el magnífico puente
medieval de Capella.
Más adelante está, en un alto, Roda de Isábena, la
población más pequeña de España que tiene catedral, aunque ahora ya no ostenta
esa categoría.
LOCALIZACIÓN
El objetivo en esta ocasión
está más arriba, más cerca del nacimiento del río. Se trata del monasterio de
Santa María de Obarra, situado en la orilla izquierda del río Isábena, en una
zona amplia después del congosto de Obarra, lo que le permitió tener campo de
cultivo, huerta y molino harinero. Pertenece a la localidad de Calvera,
municipio de Beranuy, en el extremo occidental de la sierra de Sis (peña
Obarra). El nombre, topónimo vasco, vendría a significar “
lugar bajo rodeado
de rocas”, lo que concuerda con su emplazamiento.
Desde el aparcamiento hay
unos pocos minutos de paseo hasta la zona. Se cruza el río por el puente actual
que imita al que una riada destruyó en 1963, situado unos 100 metros más
arriba. Tras el puente, el primer edificio que se ve, acondicionado ahora como
albergue para grupos juveniles, es donde estuvo el molino harinero.
HISTORIA.
El
hallazgo de una inscripción romana del siglo I d.C. prueba la romanización de
este lugar. Pudo haber, siglos VII-VIII, comunidades religiosas visigodas (los
dos capiteles de la portada sur y los cuatro que decoran el altar mayor, pila
bautismal) y carolingias, y sería refundado en el siglo IX a iniciativa de los
condes de Tolosa. Aparece citado en la documentación histórica a partir del año
874, cuando lo cita el Cartulario de Alaón.
En
el siglo X se convirtió en el principal núcleo religioso del condado de
Ribagorza,
surgido en torno a 930 tras la división del condado de Pallars-Ribagorza por
Ramón I. El monasterio contó con el patrocinio de sus condes, en particular de
Bernardo Unifredo (Bernardo I, 920-955, heredó el condado de Sobrarbe de Galindo
Aznar II de Aragón en el 916) y su esposa Toda Galíndez (hija del conde Galindo
Aznar II de Aragón), que lo restauraron y beneficiaron con diversos
privilegios, y fue su panteón. Su descendiente el conde Ramón II, erigió a Roda
de Isábena en sede episcopal siendo su hijo Odisendo el primer titular. La
familia condal tuvo una de sus moradas en el castillo situado encima del
monasterio, en las rocas de La Croqueta. En 975 adoptó la regla de San Benito.
La
razzia de Abd al-Malik en 1006 dispersó la comunidad monacal, redujo de catorce
a siete sus miembros, y destruyó el monasterio por lo que no quedan
edificaciones religiosas anteriores al siglo XI. El abad Galindo de Raluy
protagonizó la recuperación del cenobio y propició el periodo de mayor esplendor
de Obarra, iniciando las obras de la iglesia de Santa María en el primer
tercio del siglo XI, época a la que también pertenecen los templos de Roda de
Isábena, San Caprasio de la Serós, Orna de Gállego y Barós.
Obarra
fue todo un emblema de la nacionalidad ribagorzana y su destino discurrió
paralelo al del Condado independiente: decadencia tras el asesinato del conde
Guillermo Isárnez, 1016. Antes de finalizar el siglo XI, el rey Sancho Ramírez
había puesto Obarra bajo la dependencia del monasterio de San Victorián de
Sobrarbe, reduciendo su estatus a la condición de priorato, según la reforma
cluniacense.
Hubo
momentos de auge en el siglo XIII (apoyo de la nobleza, en particular de la
poderosa baronía de Espés, que levantó su panteón familiar) y a comienzos del
siglo XVI (patrocinio de los barones Mur de Pallaruelo, que proporcionaron tres
priores. Uno de ellos, Pedro Mur, emprendió la reforma del antiguo palacio
románico abacial, que reconstruyó en gótico avanzado).
El
restablecimiento del obispado de Barbastro en 1571 motivó la desaparición del
priorato. El emblemático santuario inició una decadencia de la que ya no se
recuperaría. El último párroco residente en Obarra vio hundirse las bóvedas de
los pies de la iglesia en 1872. En junio de 1931 Obarra fue declarado monumento
nacional (hoy Bien de Interés Cultural) pero las obras de restauración no
llegarían hasta la década de 1960.
EXTERIOR.
El templo, la más
importante realización del románico-lombardo primitivo aragonés, es un edificio
construido en sillarejo, de planta basilical, rectangular, de tres largas naves
de siete tramos cada una, precedidas de presbiterio, más alta la central y
rematadas en sendos ábsides de tambor. Con posterioridad se comenzó una torre adosada
a su fachada sur que solo se elevó unos tres metros. Su hechura, reforzada en
las aristas es típica del momento edificativo lombardo. Quizá quiso ser
parecida a la de Beranuy.



Al exterior, la
decoración de los ábsides es típicamente lombarda con friso de arcuaciones
ciegas y de esquinillas, así como lesenas que estructuran los ábsides en tres
paños y que pretenden verticalizar un edificio fundamentalmente horizontal
debido a su acusada longitud y modesta altura. El friso del ábside central se
halla compuesto por arquillos ciegos que enmarcan doce nichos profundos y con
marcada derrama dando la sensación de ventanales cegados. También es distinto y
excepcional el friso de celdillas romboidales que corona el anterior, creando
entre ambos una bella sensación de luces y sombras. Tiene diferencias
innovadoras como tres tejados independientes en lugar de uno (más alto el
central, parecidos los de Samitier y Santiago de Agüero) y la articulación
directa, al interior, de los ábsides y las naves, sin intermedio de arcos
principales.

Los paneles informativos
ofrecen unos datos muy interesantes: “La construcción se inició siguiendo un
sistema de proporciones basado en la geometría del triángulo equilátero. A
partir de los dos primeros tramos de la nave norte y central, este sistema fue
alterado para seguir el de la proporción doble o diapasón. El conjunto de la
iglesia se sometió a las llamadas armonías musicales, sistema proporcional arquitectónico
más usado en la Alta Edad Media. Los números 3 (Trinidad) y 7 (Espíritu Santo,
Totalidad del tiempo, Apocalipsis…) se repiten por todo el templo: tres naves
de siete tramos; tres ventanas en el ábside central y siete en los tres
ábsides. Otros números simbólicos en el edificio son el 12 (la totalidad, los
apóstoles o los jueces del Juicio Final) o el 5 (la Salvación) presentes ambos
en las series de arquillos exteriores e interiores del ábside central”.
“Del escaso mobiliario
religioso conservado destaca la hermosa talla en piedra policromada de Nuestra
Señora de Obarra, de 1,20 m de altura y fechada en el siglo XIV. El retablo
mayor era una relevante obra del gótico tardío aragonés que fue quemada en 1936
y de la que sólo se salvó una tabla de San Pablo. También era valioso el
sarcófago del barón de Espés, escultura gótica en alabastro policromado
desaparecida el pasado siglo y de la que se conservan dos leones que la
sostenían. La Virgen permanece en Obarra y la tabla y las esculturas en el
Museo Diocesano de Barbastro”.
“La ornamentación y
proporciones de Santa María de Obarra responden a un rigor numérico inusual.
Interpretado como la manifestación simbólica de un discurso teológico en el que
el edificio de la iglesia representa la Jerusalén Celeste de las Sagradas
Escrituras. Según J.F. Esteban, la arquitectura del edificio constituye además
un observatorio astronómico y un calendario cristiano perpetuo, marcado por la
entrada de la luz de la luna por la ventana central del ábside en el segundo
plenilunio de otoño, justo 21 semanas antes de la Pascua del año siguiente.
También en los meses que rodean al solsticio de verano un primer rayo de sol
ilumina el altar y el presbiterio a la hora de tercia en que se celebraba la
misa monacal. El cierre del vano con alabastro ya no permite ver estos
fenómenos”.

En el muro sur se
halla la portada original del templo. Es de arco de medio punto dovelada, con
dobladura lombarda sobre ella que enmarca a una arquivolta rehundida apeando a
través de dos capiteles que apenas resaltan del conjunto. Son de decoración muy
esquemática a base de líneas onduladas, espirales y esbozos de hojas en sus
ángulos. Pueden pertenecer a un templo visigodo previo. Sobre esta puerta hay un
bello ventanal lombardo, con arco de medio punto, por encima del cual corre el
friso de arquillos. En este costado meridional, entre el tercer y el cuarto
tramo, se encuentran los restos de la torre campanario.
El tramo correspondiente a
los pies del templo se hundió en 1872 y fue posteriormente reconstruido. Una
puerta con el escudo de armas de los Mur se abrió en el siglo XVI junto a la
sencilla portada románica que decoran dos capiteles de motivos vegetales y
geométricos, similares a los del interior del ábside. El muro norte tiene
también una puerta románica y otra del XVI.
A los pies de la basílica
están las ruinas del palacio prioral mandado construir por Pedro de Mur en los
años centrales del s. XVI siguiendo la estela del tardogótico. Su grandeza aún
puede apreciarse en los restos de la portada principal, ventanales con arcos
mixtilíneos y chimeneas. Conserva también muros de sillería, bodegas con bóveda
de cañón y portadas de arco de medio punto de una obra anterior. Tiene una
portada monumental, con un arco apuntado enmarcado por una arquivolta conopial
que remata en florón.
INTERIOR.
El interior del templo está
realizado en forma basilical, a base de tres naves cerradas al este por sus
respectivos ábsides sin intermedio de arco principal, medida innovadora. Los
tramos de las naves se definen por pilastras en los muros y seis pares de
pilares cruciformes sin columnas adosadas de donde arrancan los arcos fajones y
formeros, que forman la nave central. Algunas poseen doble esquinilla en sus ángulos
para apear arco y arista y otras una sola esquinilla, apeando la arista en el
propio muro. El piso de la nave norte está elevado unos 40 cm con respecto al
de la nave central y sur.
La nave central se cubre con bóvedas de arista en sus
tres primeros tramos; los restantes son de medio cañón. La nave sur se cubre
con bóvedas de arista en sus siete tramos, mientras que la norte solo lo hace
en los cuatro primeros. Los ábsides se cubren con medio cañón sin impostas.
El ábside central presenta la particularidad de que lleva
una arquería mural de cinco arcos de medio punto asimétricos puesto que tres de
ellos son grandes y reposan sobre columnas mientras que los dos restantes son
mucho más pequeños y se apoyan sobre un capitel ménsula. Es posible que los citados
capiteles -al igual que los de la puerta- pertenezcan al arruinado templo
hispanovisigodo o prerrománico anterior a la destrucción de los musulmanes.


La iluminación de los ábsides y del muro sur procede de
pequeñas ventanas de arcos de medio punto con doble
derrame: tres en el ábside central, dos en los laterales, y cinco en el muro
sur. Preside
la cabecera la imagen de la Virgen de Obarra, bonita talla en piedra
policromada realizada en el S. XIV. Sustituye a la románica desaparecida. Es de bulto redondo, María está de pie y lleva a su
Hijo en el brazo izquierdo al tiempo que con la mano derecha muestra una flor
de lis. Es gótica de influencia francesa. Sufrió graves daños en 1936 y fue
posteriormente restaurada.
Otra pieza de arte mueble
conservada es una pila bautismal, situada en el último tramo de la nave
occidental, que podría proceder de un edificio visigodo. Es una estructura muy
sencilla, formada por una gran piedra hueca sin decorar, con un pequeño agujero.
FENOMENOLOGÍA Y SIMBOLISMO.
Juan Francisco Esteban descubrió en 1977 un fenómeno
lumínico como los de San Juan de Ortega (Burgos) o Santa Marta de Tera
(Zamora). En el solsticio de verano, un rayo de luz matinal, pasando entre dos
montañas y con el valle en penumbra, cruza la ventana absidal e ilumina el
centro del altar coincidiendo con la “hora tercia”, comienzo de la misa de los
monjes benedictinos. Este fenómeno se puede dar en muchas iglesias románicas
porque la orientación al este tiene un claro fin simbólico: la luz es símbolo
de vida y divinidad.
Otro fenómeno lumínico, esta vez con la luz de la luna,
tiene lugar en el segundo plenilunio de otoño, 21 semanas antes de la Pascua
del año siguiente, cuando la luz entra por la ventana central del ábside.
Juan Francisco Esteban sugiere que estos fenómenos
astronómicos fueron buscados premeditadamente y que están relacionados con el
simbolismo de los elementos que más se repiten en la iglesia, que son el 3, 5 y
7.
ERMITA DE SAN PABLO.
En el siglo XII se levantó cerca de la iglesia, pero fuera
del recinto monástico, un templo románico de factura más popular y sencilla, la
ermita de San Pablo, quizá la capilla de los peregrinos. Consta de una nave y
ábside semicircular cubierto por bóveda de cuarto de esfera. Tiene pequeños
detalles interesante como sus vanos, la piedra toba utilizada en la clave de la
bóveda de cañón que cubre la nave y presbiterio o el crismón sobre la portada,
colocado invertido posteriormente. En el s. XVI tenía adosado un edificio que
se usó como residencia del beneficio de San Miguel, fundado por el prior Ramón
de Mur. En 1772 albergaba un telar y en 1978 se habilitó nuevamente para el
culto.