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martes, 12 de mayo de 2020


Los selfis en los museos.

La idea de la autofoto, el selfi, es muy antigua, incluso anterior a la fotografía, y ya estaba en los museos como nos cuenta Clara González Freyre en un artículo publicado en El País. Los artistas sintieron desde siempre la necesidad de dejar constancia de su existencia. Los primeros fotógrafos ya intentaron capturar su propia imagen y así se considera que, en 1839, Robert Cornelius, un pionero de la fotografía, hizo el primer selfi.



Pero los artistas ya lo habían probado con anterioridad y con otros métodos, aunque con timidez, ocultos entre el resto de personajes de alguna de sus obras. Un ejemplo es Andrea Mantegna, que se autorretrata en su Presentación en el templo como un curioso que observa la escena desde el lado derecho. Lo mismo hizo después Giovanni Bellini.



En España, El Greco se autorretrató en su obra El entierro del Conde de Orgaz, y retrató también a su propio hijo.


Una forma de camuflaje del propio retrato era la utilización de los espejos, aunque fueran de forma convexa y deformaran las imágenes. Van Eyck, en El matrimonio Arnolfini, se coloca a la altura del espectador como uno más.



Desde el Renacimiento aumentó la consideración social de los artistas y el autorretrato se convirtió en tema independiente. Los pintores protagonizaron en muchas ocasiones sus propias obras, para plasmar sus emociones, para darse a conocer e incluso por vanidad. Esto lo entendieron también los coleccionistas, como Leopoldo de Medici, que reunió una gran colección de retratos, hoy en la Galería Uffizi. El pintor que utilizó mucho el autorretrato fue Rembrandt, en más de ochenta ocasiones, utilizando diversas técnicas, lo que supone un profundo estudio psicológico que permite conocer, no sólo el avance de los años en su fisonomía, sino los cambios de su estado de ánimo.


Izquierda, el grabado “Autorretrato con los ojos abiertos” (1630). Centro, dibujo “Autorretrato” (1650). Derecha, “Autorretrato con birrete y cuello vuelto” (1659).

Artemisia Gentileschi utilizó figuras muy semejantes a sí misma en algunas de sus obras, como en Santa Catalina de Alejandría, en la que se presenta con la iconografía típica de esa mártir.



Más tarde, la aparición de la fotografía cambió la situación dado que la captación exacta de la realidad parecía estar cubierta. Pero los pintores siguieron experimentando y, en ocasiones, se aprovecharon de las fotos para su estudio de la incidencia de la luz sobre los objetos, como los impresionistas. Todo esto no eliminó la importancia del autorretrato como género pictórico. Por ejemplo, Van Gogh recurrió al autorretrato en más de treinta pinturas en apenas tres años, en las que se presenta como un hombre atormentado, solitario.



Los autorretratos de Edvard Munch, aunque menos numerosos, permiten explorar su cambio de técnica y la evolución de su ánimo hasta los tormentos que le llevarían a pintar El Grito.



Para ver la evolución estilística de un artista son un buen ejemplo los autorretratos de Pablo Picasso, fiel reflejo de su trato con los diferentes estilos por los que pasó hasta afianzarse en el cubismo.



También Frida Kahlo protagonizó gran número de sus obras para plasmar varios de sus episodios vitales y visibilizar los dolores que le producía la enfermedad que llegó a postrarla en la cama, como en “Autorretrato con collar de espinas y colibrí” (1940).



Finalmente, otros muchos pintores aparecen como protagonistas de sus obras a través de todas las épocas.

Goya
Max Beckmann

Robert Delaunay
Renoir


Cézanne



David




Leonardo da Vinci

Rivera

Monet

Regoyos


Velázquez






sábado, 9 de mayo de 2020


Homenajes y parecidos razonables en la historia del arte.

El periódico El País, en otro magnífico artículo firmado por Clara González Freyre, nos ofrece una visión de las influencias, inspiraciones, versiones y copias entre los artistas. La actividad de cada uno enriquece a los demás entrelazando sus producciones. Las referencias a otros autores sirven como camino para encontrar el propio estilo, como un homenaje y, a veces, incluso como un intento de plagio. En el segundo caso, es notoria la admiración de Rubens por Tiziano que le llevó a versionar varias de sus obras con altísima fidelidad.


Izquierda.: “Adán y Eva”, Tiziano, hacia 1550. Derecha: versión de Rubens, hacia 1628. Las dos obras están el Museo del Prado.

Tiziano también influyó en el impresionista francés, siglo XIX, Édouard Manet.  


Arriba, la Venus de Urbino de Tiziano, fechada en 1538 y expuesta en la Galería de los Ufizzi en Florencia. Abajo, la Olimpia de Manet, fechada en 1863 y expuesta en el Museo d'Orsay

Velázquez es otro de los grandes pintores que influyeron en los posteriores, como Manet.


A la izquierda, la obra 'Pablo de Valladolid', de Velázquez, fechada en 1635 y perteneciente a la colección del Museo del Prado. A la derecha, la obra El pífano, de Manet, fechada en 1866 y actualmente en el Museo d'Orsay

Velázquez influyó también otros pintores. Pablo Picasso dedicó una serie de 58 obras a la reinterpretación y estudio de Las Meninas. O Francis Bacon, irlandés, que recreó unas cuarenta veces una misma obra del pintor sevillano.


A la izquierda, Retrato de Inocencio X, de Velázquez, fechado en 1650 y expuesto en la Galería Doria Pamphili de Roma. A la derecha, el Estudio del retrato del Papa Inocencio X de Velázquez, de Francis Bacon, fechado en 1953 y expuesto en el Des Moines Art Center

La admiración puede llevar a la obsesión, como le ocurrió a Salvador Dalí con el pintor realista Jean-François Millet, en concreto, con su obra Ángelus, el retrato de dos campesinos. El propio Millet lo explicaba como un recuerdo de su infancia, de su abuela, que no tenía que ver con la oración religiosa. La obsesión de Dalí, que le llevó a escribir el ensayo titulado El mito trágico de El Ángelus de Millet, venía tras descubrir que la cesta entre ambos campesinos era en realidad un repinte, y con rayos X, se descubría lo que parecía un ataúd infantil, convirtiendo la escena en un entierro de un niño muerto antes de ser bautizado, por lo que debía ser enterrado fuera del cementerio. Esta situación del cuadro la unió a su propia biografía, a la muerte de su hermano mayor, previa a su nacimiento.


Arriba, la obra Descanso al mediodía, de Jean François Millet, fechada en 1866 y expuesta en el Museum of Fine Arts de Boston. Abajo, Descanso al mediodía (después de Millet), de Vincent Van Gogh, fechada en 1890 y expuesta en el Museo d'Orsay

También Van Gogh reinterpretó más de veinte obras del pintor francés.


A la izquierda, 'El Ángelus', de Jean-François Millet, datado en 1857-1859 y ubicado en el Museo d'Orsay. A la derecha, una de las versiones de la obra que hizo Salvador Dalí, fechada alrededor de 1934, y ubicada en The Dali Museum en Florida

miércoles, 6 de mayo de 2020


Pícnics, flores e incluso alergias.

Son obras de arte que hacen sentir la primavera, porque es posible sentir las emociones propias de la estación sin romper la cuarentena (Artículo de Clara González Freyre, en El País). Este año, con el confinamiento, no podemos acercarnos a parques y jardines para vivir las sensaciones que nos da la primavera, y no otras épocas del año, con sus cambios de temperatura, luz y color, y que provoca respuestas emocionales. Estas obras pueden hacer experimentar esas emociones.



La primavera provoca en la naturaleza muchos cambios. Es la época del sol, del buen tiempo y, sobre todo, de las flores. Muchas nacen en esta época, pero las del almendro son las primeras, incluso anticipándose a la estación, y son el anuncio de las maravillas que vendrán después. Interpretando este renacer, Van Gogh pintó, a principios de 1890, su Almendro en flor.



Otros artistas han inmortalizado el florecer primaveral a lo largo de la historia del arte. Los impresionistas, como buenos amantes de la naturaleza y el aire libre, destacaron en este tipo de obras. Claude Monet fue testigo del paso de las estaciones en su jardín oriental de Giverny, del que nos dejó varias escenas.



El arte contemporáneo no dejó atrás la representación de las flores. La artista estadounidense Georgia O´Keeffe no se limitó a pintarlas, sino que las convirtió en protagonistas de sus obras, con un estilo propio que fusionaba lo figurativo con lo abstracto. No le atraía el tema en sí, sino las formas y los colores.



La otra cara de las flores son las alergias que produce el polen. Los estornudos se vuelven cotidianos como le pasó a Andy Warhol, que se inmortalizó en 1978 en una fotografía tomada con una polaroid conocida como Andy sneezing.



El sol y la buena temperatura nos incitan a salir y realizar actividades al aire libre, como un pícnic, aunque no sea como la escena que representó Manet en Desayuno en la hierba, obra importante en el Salón de los rechazados de 1863, el salón contiguo al oficial que acogía las obras de los artistas que no superaban las expectativas de la Academia. Esta obra fue considerada una obscenidad, por la representación de un desnudo femenino sin buscar amparo en la mitología.



La idea de felicidad primaveral no está sólo en la naturaleza, sino también en la ciudad, en una terraza, como en la obra Plein Air, del pintor catalán Ramón Casas, en la que se consigue captar el ambiente real de la tranquilidad de tomar algo en plena ciudad, incluso respetando las actuales normas de distanciamiento social.



La obra Triunfo de Baco, de Velázquez –su primera representación mitológica-, bautizada por el pueblo madrileño como Los Borrachos, representa el momento en el que Baco regala a los humanos una sustancia con la que evadirse de los problemas y la vida cotidiana: el vino. En estos momentos, el comer o el beber no deben solucionar nuestras preocupaciones.



El dicho “La primavera la sangre altera” tiene visos de ser verdad. La primavera supone un despertar a la vida y, por lo visto, aumentan las hormonas relacionadas con el deseo sexual, como parece sugerir la escena captada por Courbet en El sueño.



Otros artistas, como Rodin, fueron conscientes de la carga erótica de la primavera y eligieron nombres adecuados para sus obras: La eterna primavera, concebida junto con el El Pensador para un grupo escultórico aunque, finalmente, no formó parte de él. Es una variante de El Beso, pero con más carga sensual, plasmando el deseo y la tensión sexual contenida.



Otro artista francés, Pierre-Auguste Cot, que seguía los pasos clasicistas de Bouguereau y Cabanel, hizo lo mismo en su obra La primavera, aunque de forma mucho más sutil.



domingo, 3 de mayo de 2020


Cuadros en los que podemos vernos reflejados durante el confinamiento.

En estas semanas de confinamiento, los museos y los periódicos –como El País, en artículo firmado por Clara González Freyre- nos ofrecen actividades para entretenernos. Lo que sentimos en espacios interiores mientras las ciudades están desiertas ya lo anticiparon, aunque fuera sin proponérselo, algunos autores.



Antonio López, el pintor hiperrealista, inmortalizó la ciudad de Madrid desde puntos de vista diversos, captando la capital bajo la luz del amanecer y centrando la mirada en lo inerte. Pero sus obras han resultado ser una premonición de las consecuencias que está teniendo el estado de alarma. Nadie imaginaba ver así la Gran Vía.



Este encanto por las ciudades vacías también lo experimentó, a principios del siglo XX, Giorgio de Chirico, cuyas composiciones precedieron al surrealismo. En su pintura metafísica experimentó con la soledad y los monumentos del norte de Italia, con el aislamiento como protagonista, como en Plazas de Italia, obras que le hicieron pasar como pintor de un mundo solitario, de ensueño y con perspectivas infinitas, prácticamente imposibles. Este paisaje, que parece irreal, se parece al que estamos viviendo.

En las zonas más rurales la escena no cambia mucho, el paisaje solitario se mantiene, aunque las vistas son más cercanas a las captadas en las obras románticas de Caspar David Friedrich, en las que el hombre solitario se siente diminuto ante la inmensidad de la naturaleza. En esta obra transforma la ruina en un paisaje cargado de melancolía y de añoranza del pasado, que se acerca a nuestras actuales sensaciones.



La vida no deja de sorprendernos. Las calles están vacías pero la vida sigue, aunque sea en espacio tan reducido como la casa, a donde hemos trasladado nuestras rutinas. Para muchos, el teletrabajo se ha convertido en una realidad. El geógrafo inmortalizado en el siglo XVI por Vermeer, solitario, intenta centrarse en sus estudios para acabar mirando a través de su ventana, tal vez añorando el mundo exterior, objeto de sus estudios.



Cada uno encuentra en estos días su forma favorita de ocupar el tiempo y, entre ellas, leer es todo un clásico. Ahora se encuentra el tiempo que antes faltó para devorar sus títulos pendientes, tal como Fragonard, el pintor rococó, retrato a la Muchacha leyendo, obra que oculta un arrepentimiento: otro rostro de mujer que mira al espectador.



Entre las actividades familiares, las cartas son todo un clásico, como en la obra Los jugadores de cartas, de Cézanne, construidos con las formas geométricas que llamaron la atención de los cubistas. Esta obra, aparentemente sencilla, es una de las más importantes de la historia del arte y coronó a su autor como padre de la pintura moderna.



El estado de alarma ha traído consigo el aislamiento. Echamos de menos el contacto humano y los detalles nimios de la vida anterior. Las obras de Edward Hopper, el pintor de la soledad, captan a personas aisladas, solitarias y melancólicas, inmersas en sus propios pensamientos.



El aura melancólica de Hopper desaparece casi por completo en la obra de Berthe Morisot, la pintora impresionista por excelencia, que retrata el aislamiento pero acompañado de sensaciones mucho más cálidas, como en La hermana de la artista en la ventana, donde la joven aparece ensimismada observando el abanico que sujeta entre sus manos.

Esta pandemia no ha inventado la soledad. No dejemos que el distanciamiento físico afecte a nuestras relaciones emocionales.