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jueves, 5 de octubre de 2023

Fisterra (Finisterre)

El cabo Finisterre es el extremo de una península rocosa de relieve accidentado (monte Facho, 247 m) que desciende bruscamente en acantilado hacia el mar, penetrando en el océano Atlántico (Costa de la Muerte). Los romanos creían que era el punto más occidental de la península Ibérica, pero el cabo Touriñán y el cabo da Roca (Portugal) están más al oeste. En época romana se creía que era el fin del mundo conocido, de ahí que su nombre derive del latín “finis terrae”, fin de la tierra.


En la cima del monte Facho se encuentra el faro, considerado el final del Camino de Santiago. Fue construido en 1853, con base octogonal y terminado en cornisa con balcón. La linterna, poligonal, mide 17 m y su luz, desde sus 143 m sobre el nivel del mar, alcanza más de 30 millas náuticas. En 1888 se le añadió una sirena (la Vaca de Fisterra) para advertir en los días de niebla.

 

 


Los orígenes están envueltos en la niebla del lugar, paraje de aura legendaria que descansa en la mitología de sus primeros pobladores. Queda cultura megalítica, “puerta de los cielos”, dólmenes como la tumba de Orcavella (la “meiga zugona”, bruja que chupaba la sangre de los niños), situada en la cumbre del monte Facho. Los dólmenes como “puertas al más allá” se vinculan a la Vía Láctea, vehículo de almas y relación con los astros, especialmente el sol. También quedan restos de la cultura del vaso campaniforme, 2600-1600 a.n.e., asociada al Calcolítico y al periodo inicial de la Edad del Bronce.



Las antiguas civilizaciones miraban al cielo, la residencia de sus dioses, a la Vía Láctea y al Círculo de Orión, dos caminos de estrellas que terminaban en la última tierra occidental. Muchos pueblos llegaron a occidente para ver el lugar desde donde partían los muertos al otro mundo, para ver donde el sol tenía su casa. Los pueblos centroeuropeos se habían fijado en que, en las noches claras, en el cielo apare­cía marcado un rumbo mediante millones de estrellas: era la Vía Láctea, el Camino de las Estrellas, señalando al occidente y debiendo significar algo.

Quizá son los ligures, pueblo navegante, los responsables de esta cultura por toda la costa occidental de Europa. Se les considera antecesores de los celtas. Hesiodo, s. VII a.n.e., denomina Ligues (Ligur) a todo el occidente europeo y Eratóstenes, s. III a.n.e., decía que a España se la conoció como “Ligustike”. Los ligures fueron matriarcales y construyeron dólmenes y megalitos. De entonces son las leyendas de Viejas o Mouras constructoras de dólmenes como el de Orcavella en Fisterra.

Los cultos litolátricos de estos pueblos no se dirigían a las piedras sino a la divinidad de la que eran residencia. El dios ligur, Lug, era una deidad solar que no tenía imagen. Lug es palabra indoeuropea que significa “el que brilla”, “luminoso”. Su animal totémico era el lobo. Al final del Arco Iris del Dios Lug, en el extremo occidental de Europa, es donde arribaron las gentes de la tribu celta de los Nerios, habitando lo que Estrabon llamaba el Promontorio Nerium en Fisterra, vecinos de los Ártabros. Más tarde Lug sería asimilado por la mitología celta.

Los celtas se impusieron a los habitantes neolíticos y de la época de Bronce, los ligures, hacia el 600 a.n.e., ocupando la primera y segunda Edad de Hierro. Fueron los que dieron nombre a Galicia, celtas gaeles, galos. Los puntos de confluencia entre los pueblos celtas están marcados por megalitos o dólmenes, que son muy anteriores a ellos. De estos tiempos de cambios debe señalarse a la reina ligur Lupa (Loba), subordinada a un rey celta invasor de Duio, a su vez sometido al Imperio Romano.

 

Las creencias hacia la existencia de una isla situada al oeste, donde se ponía el sol y a donde se iba al morir, aparecen en las leyendas celtas, que muestran héroes que hacen su último viaje a ese paraíso en una barca de piedra. Los celtas consideraban que el espíritu de los muertos partía hacia otro mundo desde Fisterra, el punto más occi­dental de Europa, considerándole un lugar sagrado, lugar donde señalaba El Camino de las Estrellas, peregrinando desde enton­ces hasta allí. Los Celtas tenían más de cien dioses: como ríos, montes, árboles, fuentes, colocando piedras altas en el cruce de los caminos donde les adoraban. La Iglesia Católica tomó este hecho para convertirlo en cruceiros.

En toda la costa hay distintas formas de pervivencia de la unión entre piedra, mar y espiritualidad. Cerca estaba el monte Pindo, el Olimpo de los celtas, que no se sabe si fue el también mítico monte Medulio, lugar de historia numantina de resistencia y muerte ante los romanos. La leyenda sitúa en él parte del tesoro de la reina Lupa. Los celtas no dominaron la escritura. No dejaron ningún texto escrito, pero sobre ellos nos hablan Ptolomeo, Avieno, Plinio y Estrabón entre otros, los geógrafos clásicos.


Posteriormente llegaron otros pueblos. Por mar lo hicie­ron los fenicios, asombrándose al ver entrar el sol en el océano. En Finisterre elevaron un altar para adorar al Sol, "El Ara Solis". Los griegos dieron el nombre de Vía Láctea a este reguero de estrellas que en latín significa camino de leche, por la apariencia de la banda de luz y así lo afirma la mitología griega explicando que se trata de leche derramada del pecho de la diosa Hera. Entre 630-570 a.C. se detecta un importante comercio griego en el sur de la Península Ibérica. La caída de Tiro llevó a que Cartago, colonia fenicia situada en Túnez, controlara a las otras colonias occidentales, justificando así el carácter imperialista y militarista que tuvo posteriormente en el siglo III a.C.

Hay presencia de navegantes y exploradores cartagineses como Himilcon, que hacia el 450 a. C. realizó un viaje por el Océano Atlántico (designado como “Oceanus Gallicus” en Plinio) para monopolizar el comercio de estaño con los celtas Oestrimnios. En el poema de Avieno, se constata que a siete días de navegación distaba el promontorio Oestrimnico (Cabo Finisterre) de las Columnas de Hércules.

 



Los griegos, guiados por la Osa Mayor, también fijaron sus derroteros por las costas occidentales de Europa. Uno de los más afamados fue Piteas, hacia el 330 a.n.e., de los primeros griegos en cruzar el estrecho de Gibraltar o Estelas de Heracles hacia el norte, por Finisterre e Islas Británicas hasta Tule, que quizá fuese Islandia. Fue el primer testimonio escrito en que se llama Hispania a la península Ibérica.


 

En el año 136 a.n.e los romanos llegaron a Galicia para buscar minerales, según los geógrafos clásicos Dión Casio y Paulo Osorio. Llegaron al Finiste­rrae, "Promontorium Nerium", donde vivía la tribu de los Nerios. Describían así la puesta de sol: "Cada día en el Noroeste de la península, el sol se mete en el océano, produciendo un ruido, un chirrido, como si metiésemos un hierro candente en el agua".

 

Aquí se encuentran los restos arqueológicos de Vilar Vello y los de la ermita de San Guillermo, relacionada con la cristianización de lugares paganos destinados a los ritos de fertilidad, especialmente la llamada “Cama de San Guillermo”, excavada en la roca, a donde acudían las mujeres, que un obispo mandó destruir en el siglo XVII por considerarla pagana. Parece ser que los romanos encontraron aquí el Ara Solis, un altar para celebrar ritos solares, y de los escritos de la época puede citarse un párrafo de Lucio Anneo Floro, de finales del siglo I, en el que afirma que Décimo Junio Bruto, vencedor en toda la costa, no regresó hasta contemplar con cierto miedo cómo el sol se hundía en el mar, del que parecía salir una llamarada. Los geógrafos Plinio y Estrabón situaron aquí el llamado Portus Artabrorum.

Según Émile Cioran lo que conocemos como “Cabo Finisterre era para los celtas «un lugar de peregrinaje y lo siguió siendo durante períodos de influencia fenicia, griega, cartaginesa y romana… donde se encontraba un adoratorio «pagano» de una divinidad anterior y un templo mistérico que eran visitados por «peregrinos» llegados de muy lejos». Los fieles iban con la esperanza de que, tras entrar en el Santuario Divino, encontrarían la salvación y la inmortalidad para la vida futura.

Los antiguos realizaban varios ritos de purificación (bañarse en la playa de Langosteira), muerte y resurrección (ver la puesta de sol). Los peregrinos lo siguieron haciendo y, según la tradición, antes de regresar, se quemaban las ropas en la orilla del mar. El Camino de Santiago, guiado por las luces de la Vía Láctea, termina aquí. Como finalización se construyó, a finales del siglo XII, la iglesia de Santa María de las Arenas, donde está el Santo Cristo de Finisterre (talla gótica, s. XIV). 

La concha de peregrino, el símbolo universal del Camino de Santiago junto con el bordón y la calabaza. Distinguía a los que habían concluido su peregrinación. A los peregrinos, en Santiago, según el Codex Calixtinus, se les entregaba un documento acreditativo y una concha de vieira. Llevarla en el sombrero o en la capa era un tributo al Apóstol. El origen es utilitarista (vaso, cuchara, recuerdo, acreditación) o puede provenir del culto pagano a la diosa Afrodita, puesto que vieira procede del latín veneriae, “cuna de Venus”. Para los renacentistas (El nacimiento de Venus, Botticelli) era una alegoría del renacimiento personal y de la vida que vuelve a empezar en sentido positivo, símbolo de fecundidad. Una interpretación pagana es la pata de la oca (símbolo de rituales iniciáticos). Ha quedado como señal de las rutas del Camino de Santiago, utilizada en los mojones.

 

Hay teorías sobre el origen de la concha como símbolo, basadas en leyendas como la del novio que se precipitó al mar con su caballo. Los caballeros debían coger en el aire, antes de que tocara el suelo, una especie de lanza. El novio persiguió la lanza cayendo al mar con su caballo. Ambos salieron sanos y salvos junto a una barca de peregrinos (la barca de piedra en la que Atanasio y Teodoro llevaron los restos de Santiago de Palestina a Galicia). El joven se dio cuenta de que su cuerpo estaba cubierto de conchas de vieira. Se entendió como un milagro de Santiago y todos se convirtieron al cristianismo. Otro milagro sucedió en el siglo XII en Apulia, cuando un caballero sanó al ser tocada su garganta enferma con la concha de un vecino que había peregrinado a Compostela.

Es lo que Mircea Eliade (1907-1986) llamó el mito del tiempo sagrado. Las tradiciones legendarias sacian la necesidad de las sociedades de creer en un tiempo iniciático, primigenio y creador. En el caso de Santiago, un tiempo que une el nacimiento de la era cristiana con la península ibérica. Miguel de Unamuno  lo dejó entrever en uno de sus versos: “Santiago peregrino, penate de esta tierra, con sus conchas marinas revestido, sonriendo contempla ese abrazo de amor que nunca acaba, mientras en él se mezclan de la madre de Cristo, su madre, a los recuerdos, los de la madre Venus”.

Gallaecia Ptolemaei según Enrique Flórez, 1787. En la ampliación destacan las islas Casitérides -Oestrímnicas- Hespérides productoras de estaño enfrente del Promontorio Nerio y Ara Solis. 

La leyenda de la Costa da Morte cuenta que, en las noches de temporal, cuando la visión era escasa debido a las fuertes lluvias o las brumas, los lugareños acudían a los límites de los cabos con sus bueyes, que portaban unos faroles encendidos en sus cuernos. El paso cansado de los animales simulaba el balanceo de una embarcación, y los barcos se acercaban para encontrar resguardo, estrellándose contra los escollos. Los lugareños saqueaban los barcos y asesinaban a los náufragos.

Esta Costa de la Muerte ha sido escenario de muchas batallas y naufragios. En 1509, la flota portuguesa de Duarte Pacheco Pereira hundió y apresó los barcos del corsario francés Pierre de Mondragón, que resultó muerto. En 1747 hubo dos victorias británicas, por los almirantes George Anson y Edward Hawke. Durante las guerras napoleónicas hubo otra batalla entre la flota británica del vicealmirante Robert Calder y la hispanofrancesa dirigida por Pierre Charles Silvestre de Villeneuve. En 1596, ocho años después del desastre de la Armada Invencible, Felipe II envió otra flota de más de cien barcos al mando de Martín Padilla para acabar con los saqueos británicos, pero un fuerte temporal hundió 25 barcos y acabó con 1.706 tripulantes. Naufragios importantes fueron la Nao Aragonés en 1345, la urca alemana de Tideman Sticker en 1378 y el barco irlandés del rey Moylurg en 1455. En 1870 hubo un gran naufragio, el del Capitán Monitor de la Royal Navy, con 482 personas, y en 1890 el Serpent, buque escuela de la Marina inglesa (cementerio de los ingleses). En 1927 naufragó el mercante Nil.

 

Detalle de la península Ibérica de la llamada Carta Pisana de 1275 que referencia “Sta. María de Finibusterra”.

Detalle de la costa noroeste de Galicia del Atlas Catalán de Abraham Cresques de 1375 donde referencia el Cap de “Finistera”.

 


Ningún lugar tiene mayor simbolismo para los peregrinos que el temible cabo Fisterra. El final de la ruta sigue envuelto en la niebla de la leyenda. Parece el fin del mundo, el último bastión que se alza al filo de un profundo abismo, el enclave en el que el continente se sumerge en el Atlántico.

sábado, 14 de julio de 2018


O Cebreiro.




Otra vez en O Cebreiro, camino trillado donde se arraciman diez siglos de peregrinaje, uniéndonos a la larga cadena humana que lo transita. Los caminos de mi vida siempre cruzan por este enclave de alma eremita, situado en Los Ancares a 1.330 m de altitud. Éste es uno de los lugares a los que la imaginación pone un halo mágico. Desde poco después de Herrerías comienza una fuerte ascensión que obliga a las bicicletas a seguir por la carretera. Paisaje espectacular de bosques y prados donde el verde lo invade todo, estallido de naturaleza.

Se pasa por La Faba y Laguna, últimos lugares de la provincia de León, y un monolito anuncia la llegada a Galicia, a la provincia de Lugo. O Cebreiro es el primer pueblo lucense, gallego, en el Camino de Santiago Francés. Un pequeño monumento, que recuerda la leyenda del peregrino alemán, y un cruceiro –con Santiago peregrino- en la llegada por carretera limitan la parte alta. Desde aquí se atalaya la geografía, el Camino de Santiago y el de cada uno. La vastedad de estos espacios impone, así como la fragosidad del terreno, lo enriscado y ceñudo del paraje, donde en otra ocasión hizo su aparición un jabalí.



Los orígenes son inciertos, envueltos en la niebla que, como hoy, se va apoderando de estas montañas y que dio origen a una leyenda: “Cuentan que un peregrino alemán, extraviado en los parajes del río Valcarce, envuelto en densas nieblas, se para y escucha a lo lejos, en lo alto, el son de una gaita. Era un “alalá” que en este lugar tañía un pastor, quien con sus notas sonoras le atrajo hasta el Santo Grial”.

Sería un poblado de pastores antes de fundarse un santuario-hospedería para dar albergue a los peregrinos, convertido en monasterio por iniciativa de Alfonso VI que cedió la administración a la Abadía de Saint-Geráud, de Aurillac. La protección real aumentó su importancia en la Edad Media. Fue visitado en 1486 por los Reyes Católicos y el s. XVI fue su momento de auge. Sufrió a principios del s. XIX, durante la guerra contra los franceses, y la Desamortización de Mendizábal fue prácticamente su fin.

El monumento más importante es la iglesia, Santa María La Real del Cebreiro. Prerrománica, fundada por monjes benedictinos en el s. IX, pasó a los monjes franceses con Alfonso VI y volvió a los benedictinos con los Reyes Católicos, abandonándose a mediados del s. XIX. Actualmente está regentada por franciscanos. En el exterior, de arquitectura angulosa y rudimentaria, destaca la torre-campanario -de planta cuadrada, con un vano en cada cara, cuyo sonido orientaba a los peregrinos en la niebla-, la cubierta a dos aguas y el macizo pórtico, todo en granito y pizarra, cuyo color ceniciento es la imagen del pueblo.

Interior: planta irregular, bóveda de medio punto en presbiterio y arco triunfal, tres naves irregulares y baptisterio. A la derecha del altar mayor está la capilla del Santo Milagro con la imagen de Santa María, el cáliz, la patena y las reliquias del milagro eucarístico. En la nave de la izquierda, de San Benito, sepultura de don Elías Valiña. La oscuridad favorece el sentimiento de recogimiento, la penumbra invade el espíritu. El baptisterio, separado del templo, contiene una pila bautismal -s. IX, una pieza, granito, gran tamaño para bautismo por inmersión- y el Cristo de San Damián, copia de un icono del s. XII, del que se dice que habló a San Francisco de Asís pidiéndole que restaurara la iglesia que amenazaba ruina.

Milagro: S. XIV, un día de invierno, nieve y frío, un campesino del pueblo de Barxamaior, Juan Santín, acude como siempre a misa, a pesar del mal tiempo. El sacerdote piensa que podría haber muerto sólo por venir a arrodillarse delante de un poco de pan y vino. En el momento de la consagración, la hostia se transformó en carne y el vino en sangre, y la Virgen inclinó la cabeza para adorar el cuerpo y la sangre de Cristo. El sacerdote y el campesino están enterrados juntos al lado del altar.



Esta historia se difundió por toda Europa y por los Reyes Católicos, que donaron el relicario, cáliz, patena. El cáliz y la hostia figuran en el escudo de Galicia. La tradición popular cuenta que la reina Isabel quiso llevarse las reliquias, pero poco más adelante los caballos se detuvieron y no quisieron avanzar. Los dejaron libres y regresaron a la iglesia, donde quedaron las reliquias.
Las leyendas inspiraron el argumento literario del Parsifal de Wagner.





Además de un monolito, al lado de la iglesia hay un pequeño monumento en recuerdo del que fue párroco, Elías Valiña Sampedro, estudioso del Camino al que dedicó su vida, recuperando la ruta, señalizándola con las famosas flechas amarillas y restaurando la pequeña población para devolverle su antiguo esplendor y acoger a los peregrinos.


El otro monumento son las pallozas, viviendas adaptadas a la montaña, de planta ovalada o circular, con un muro de piedra, pocos vanos –pequeñas ventanas y puertas- y techo alto, cónico y muy tupido, de paja cosida con retama, que aísla bien del frío y resiste el viento y el peso de la nieve. En ella convivían personas y animales y era ejemplo de austeridad en el mobiliario, reflejando el ambiente tradicional de la montaña. Su centro (Javier Ramos) era el boga, un caldero que colgaba de un gancho sobre la hoguera y proporcionaba calor, luz, alimento. Elegante austeridad. El tiempo congelado guarda el recuerdo de lo antiguo.

En una de las pallozas está el Museo Etnográfico, gestionado por la Xunta de Galicia, testimonio de la adaptación al medio de las gentes y de la conservación de las tradiciones, con un sencillo mobiliario y los útiles domésticos que reflejan las condiciones de vida y la distribución de espacios relacionados con la actividad ganadera y agrícola.


La tarde va avanzando y la niebla enseñorea los altos, diluyendo las siluetas de los montes que cortan a lo lejos el perfil del horizonte. El cielo va quedando vacío de luz y va cayendo en sombras, sin crepúsculo. En la penumbra del día declinante llega el momento de retirarse. Ya en otra ocasión disfruté del Mesón Antón. Con el padre jubilado, es el hijo, Diego, (638 350 753) quien lo regenta. En la cena hacen su aparición las maravillas gastronómicas gallegas: pulpo, embutidos, queso, etc. El producto estrella es el queso de vaca, que cuenta con Denominación de Origen.


Después de la cena, salimos a la niebla para contemplar el aspecto fantasmagórico de los pocos edificios a la escasa luz que languidece en la noche y para sentir en la cara su frescor y el de la niebla que, ya desde la tarde, se ha tragado el paisaje. Nos despedimos de Diego, al que agradecemos su amabilidad y hospitalidad, esperando que los caminos de la vida nos conduzcan de nuevo a estas alturas.


lunes, 27 de octubre de 2014

Triacastela-Sarria


Nos levantamos de noche, a las 8:00; millones de perlas cuelgan en el cielo. Desayunamos en el bar donde comimos con Benjamín y el grupo ciclista; hay otros peregrinos, apoyados en sus bastones e inclinados como torres de Pisa. Tarda en amanecer; el sol perdido tarda en aparecer. Llegamos al monolito con una cruz de Santiago; todos van por la derecha, nosotros por la izquierda, por Samos, monasterio benedictino, camino más largo aunque con menor altitud. Vamos por un andadero, al lado de una carretera con poco tráfico, escuchando el río rumoroso, el Oribio -por el monte- o Sarria.
En San Cristobo do Real dejamos la carretera y cruzamos el pueblo, documentado desde el s. XII, con unas casas curiosas y una iglesia de posible origen románico. Desde aquí seguimos una senda muy agradable por la derecha del río, a través de una decoración de sol y sombra, con zonas de umbría, rodeados por helechos y robles y entre las ondulaciones del terreno. Pasamos por Renche, Lastres y Frituxe, donde hay un gran castaño de 800 años, 2,7 m de diámetro y 8,5 m de perímetro. Las construcciones son de pizarra y madera. Tras San Martiño do Real, con una iglesia de estilo románico rural, cruzamos la carretera y volvemos al andadero, al paseo a la sombra de los árboles con la luz filtrándose  a través de las hojas.
El Monasterio de Samos aparece desde lo alto. Es difícil trasladar en una secuencia de palabras el impacto de una visión instantánea. Bajamos a visitarlo. Tiene algún resto medieval como la capilla mozárabe del Ciprés o del Salvador, ss. IX-X, y lo demás es renacentista, barroco o neoclásico. El templo es neoclásico, el claustro de las Nereidas del s. XVI  y el claustro de Feijoo del s. XVII. Hay otros elementos más recientes, de la restauración tras el incendio de los años 50, como unos frescos. En el museo hay una copia del Codex Calixtinus. A la salida vemos al americano que vimos en Cacabelos y el Portela de Valcarce; nos cuenta que su amigo ha ido por el otro camino. Antes de seguir comemos un bocadillo de tortilla con una cerveza.
Monasterio de Samos

Seguimos por el andadero al lado de la carretera bajo un sol fuerte, viendo un monumento al peregrino y un pequeño Museo de la piedra. Pasamos Foxos y Teiguín con el río al lado, en medio de un paisaje más abierto, y llegamos a un desvío que enlaza con el otro camino. Continuamos por el arcén y, en un área de descanso, vemos a dos peregrinos descansando a la sombra. Va llegando la hora de comer y no encontramos ningún lugar donde poder hacerlo. En Ayán preguntamos por algún bar y nos dicen que hay uno casi dos kilómetros más adelante. Así llegamos al Mesón A fonda, donde tienen un menú de 9€, consistente en truchas con jamón, churrasco –roxo-, pimientos, patatas, postre y café, que devoramos rápidamente. Hay que recuperar las calorías que hemos quemado.
Lo malo de una comida tan copiosa es tener que seguir andando por la tarde. Queda poco pero se hace muy pesado. Además, hace calor. Caminamos despacio y se hace largo. Los músculos se han enfriado y se notan las piernas. Así llegamos a Sarria, fin de este tramo, y el final de los 22 km consiste en una escalinata larga y pronunciada. Cuando estamos en la puerta del alojamiento pasa el americano, que se aloja en otro sitio.
Tras la rutina cotidiana, paseo por la orilla del río y por la calle Mayor. En un bar el camarero nos descubre la cerveza gallega, estupenda. Más tarde compramos algo de comida para mañana y cenamos muy bien en el restaurante de la estación de autobuses, por recomendación de un transeúnte al que abordamos en la calle. Como ya abandonamos el horario peregrino, hacemos una excepción y tomamos una copa en un pub al otro lado del río, en medio de un jolgorio futbolístico porque en la televisión juega el Depor.
Mañana volveremos a casa. Acabamos de momento, pero seguiremos. Queremos llegar a Santiago pero nunca se sabe adónde nos lleva el camino. Aunque la vida es un milagro cotidiano y cada despertar una resurrección, los recuerdos salen de su escondite y con ellos las emociones. Siempre vamos despacio, evitando la mirada miope que ignora los detalles, evitando el no encontrar nada que permita colorear los monocromos recuerdos, evitando el haber estado en todas partes y no haber visto nada en realidad. El telescopio de nuestra mente es lo bastante poderoso como para distinguir en la lejanía del tiempo, pero generaremos más recuerdos.

Sarria-Portomarín


Llegamos a Sarria la tarde anterior a nuestra salida y recorremos las calles recordando nuestra estancia anterior. No nos olvidamos, por la noche, de la cafetería al lado del río.  
Salimos a las ocho, con niebla. Ascendemos las escaleras –parece que siempre se empieza en subida-, atravesamos la Rua Maior,  y seguimos en subida dejando a la izquierda la iglesia de San Salvador, del s. XIII. Llegamos al mirador con cruceiro, ahora ciego, y a los restos fantasmagóricos del castillo, entre matorral y árboles, con una mínima capilla en un pequeño torreón esquinero. Poco después aparece el convento de la Magdalena. Aquí ya hemos dejado atrás la población y, girando a la izquierda, nos internamos en plena naturaleza. El primer obstáculo es el río Celeiro o Pequeño, afluente del Sarria, que se cruza por el Puente Aspera, casi desaparecido entre la hiedra. Después hay unos regatos que se cruzan por unas sencillas pasarelas. Añosísimos troncos vigilan el camino desde tiempos inmemoriales.
Desde el último arroyuelo hay una fuerte subida hasta que el camino llanea en lo alto, mientras unos árboles de flores blancas destacan pálidamente entre los verdes circundantes. Sigue la densa niebla y hay poca luz. La niebla estrecha por todos los lados el horizonte hasta dejar visible sólo lo que está muy cercano. Salimos a una carretera, pasamos sin parar por Vilei y llegamos a la iglesia de Santiago en Barbadelo, románica, rodeada del cementerio como es habitual por aquí. No se ve el paisaje, está disuelto en la niebla que impide ver en profundidad; el mundo parece bidimensional. Unas coles floridas y unos caballos acompañan en la niebla a los peregrinos. Cuando nos alejamos desaparecen en la niebla y parece que desaparecen para siempre. El camino es bueno y ancho hasta una fuente con el logotipo jacobeo y está asfaltado al paso por Rente y Mercado.
Vemos a otros peregrinos mientras cruzamos un arroyuelo por un paso de anchas losas de piedra. Grandes casas o pajares, con grandes lajas de pizarra en el tejado,  y pequeños hórreos nos salen al encuentro en las pequeñas aldeas olvidadas por el tiempo mismo. Los fuertes muros de piedra enmarcan el camino punteado de castaños. Así se llega al falso mojón de los 100 km, dejamos el concello de Sarria y entramos en el de Paradela.
En Ferreiros vemos la iglesia románica de Stª María y su cementerio, cuando el sol, finalmente, parece que va a vencer a la niebla. Al conseguir penetrarla aparece una zona de campos abiertos, pastizales que brillan bajo la nueva luz. Al paso por la Cansera vemos un portal con comida para los peregrinos. Después, más pastizales y vacas. No se pierde la brújula, se encuentra el camino que continúa entre recios muros de piedra a los lados y perfilado por grandes árboles. Arbustos de flores amarillas destacan entre los árboles.
En una curva del camino aparece una cruz de madera rodeada de todo tipo de vestimentas abandonadas, multicolores, llamativas.  Poco después aparece  otra cruz de madera en medio de un montón pequeño de piedras, a la manera de la Cruz de Ferro.  En Mercadorio vemos un descansadero cubierto, con fogón. No habíamos visto una instalación semejante de apoyo a los peregrinos. Paramos en un bar para comer algo. A la salida hay otro bar. Aparecen más vacas –no hemos visto muchas-, cuando iniciamos el descenso a Parrocha, dejando a la izquierda los restos del antiguo Monasterio de Loio, donde nació la Orden de los Caballeros de Santiago, los templarios de Galicia, de confusos orígenes. Fundada para la protección de los peregrinos y del sepulcro del Apóstol allá por los siglos IX-X, parece que su antecedente fueron los Caballeros Cambeadores en el s. IX.
A la altura de Vilachá el descenso se hace más brusco hasta llegar al río Miño detenido en el embalse de Belesar. Cruzamos el puente y subimos al pueblo por la carretera y no por las escaleras llegando a los pies de la Iglesia de San Nicolás, del s. XIII, trasladada aquí cuando se construyó el embalse. Sus almenas le dan aspecto de fortaleza y su gran ojo, su gran rosetón, vigila todo lo que sucede alrededor.
Ha sido una etapa de 22 km, con un perfil más elevado en el centro que en los extremos. Lo que sucede a continuación es la rutina habitual. Alojamiento, comida –muy bien en casa Pérez-, siesta, paseo vespertino hasta la ermita con elevados pinos al final. Recorrido por el pueblo –bastante desierto- hasta encontrar el sitio con ambiente adecuado, en un bar en la parte de abajo.