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martes, 21 de octubre de 2014

Riotinto


Queríamos visitar la zona minera de Riotinto, para lo que nos dirigimos al punto de partida, el Museo Minero Ernest Lluch pasando bajo el malacate de su entrada. Recorriendo sus salas vemos datos de geología, de los poblados desaparecidos, de su historia desde el Calcolítico, de las relaciones sociales entre empresa y trabajadores, de los conflictos, de arqueología industrial, de material como vagones o locomotoras, etc. Estamos en la curiosa reproducción de una mina romana cuando la megafonía anuncia que es la hora de la salida. Nos dirigimos al exterior y todos los coches seguimos a una furgoneta del Museo que nos guía hasta la mina Peña de Hierro pasando por la población de Nerva.
Tras aparcar, el guía nos introduce en el tema mediante una exposición clara sobre la historia de la minería en la zona y de esta mina en particular. Después pasamos cerca de otro gran malacate asentado sobre unas tierras rojizas que contrastan opuestamente con el verde del arbolado, entramos en el túnel, nos ponemos el casco y vamos apreciando los distintos entibados: ladrillo (más caro), roca natural (peligro de desprendimientos), y el más moderno, el hecho con troncos pequeños de eucalipto sujetos con unos aros metálicos. Al final del túnel llegamos a un pequeño balcón que da al lago que se formó al rellenarse con agua el agujero de la mina a cielo abierto. El agua de este lago, de un rojo oscuro, que es el nacimiento freático, al filtrarse a través de la pared que hemos atravesado por el túnel, da lugar al río Tinto. Vemos la antigua mina cuyos pisos se han ido derrumbando y en algunos han crecido árboles. El colorido es extraordinario, es una explosión de color: hay rojos intensos, violetas, ocres, marrones, grises, negros, blancos, etc. Después de un tiempo, damos la vuelta y caminamos de nuevo el túnel.

Seguimos nuevamente a la furgoneta que nos lleva al Ferrocarril Minero. Esta línea transportaba el mineral hasta Huelva siguiendo el curso del río Tinto que siempre ha sabido el camino. El tren está preparado: una máquina y dos vagones, en los que todavía sobra espacio, para recorrer unos 5 km. Se inicia el trayecto y vamos mirando a la izquierda, al río. Pasamos por un tramo desarbolado como consecuencia de la lluvia ácida que originó el sistema utilizado para la extracción; posteriormente la empresa reforestó la zona, pero todavía parece un paisaje lunar atravesado por el rojizo Tinto. 
Contemplamos restos de antiguos puentes, un cementerio de material ferroviario con locomotoras y vagones de todo tipo oxidados que contrastan con tierras de color malva, con la sombra violeta de unas rocas rojas. Era una zona de gran actividad: se ven más puentes, balsas de lavado, hornos, etc., ante tierras blancas y marrones. Las zonas altas están reforestadas y contrastan con las bajas. El paisaje es de una belleza arcaica. Entre el tren y el río va un camino ancho, de tierra, que permitía el acceso a zonas como alguna presa en el río para desviar el agua. 
El colorido sigue siendo muy intenso: rojo oscuro del agua, blanco de la espuma, verde de los pinos, todo oscurecido más todavía por el cielo tan encapotado. La zona es algo quebrada pero no abrupta, y el río forma meandros y pasa por zonas más o menos abiertas. Al pasar por unos cables tendidos de orilla a orilla del río comienza a llover y poco después llegamos a la estación de Los Frailes. Aquí paramos, ya no avanzamos más. Mientras la locomotora da la vuelta para colocarse delante, damos un paseo por la orilla del río teniendo cuidado de que no salpique el agua a la ropa porque dejaría una mancha como de lejía. 
Sigue lloviendo. El Tinto ha perdido color, se ha diluido, desleído,  por la llegada, por su izquierda, de un afluente. Ahora es marrón. Emprendemos el regreso por la misma vía. Pensábamos colocarnos al otro lado, pero la mayor parte del trayecto es talud, así que seguimos mirando al río y cambiamos de lado en algún punto concreto. Es curioso ver el mismo paisaje al revés; ahora vamos a contracorriente. Nos fijamos mejor en la presa del río reventada y en la zona aterrazada de tierras negras y ocres. 
Pasamos por los soportes de hormigón de depósitos de ácido antes de llegar al cementerio de material rodante. En una zona completamente encharcada todavía hay tres vagonetas en la vía, como esperando a reanudar el trabajo. Entonces se abren, por un momento, las grises nubes ante el sol taladrante, y vemos el paisaje en todo su esplendor. Lo último que vemos es una zona de vertido de escorias, negras, en las que pueden apreciarse formas como el fondo de las vagonetas. El paisaje no termina de aceptar la vía y demás instalaciones: todavía se ven demasiado.


Se nos ha pasado la mañana y es tarde. Tenemos hambre. Nos vamos a comer puesto que hasta ahora sólo nos hemos alimentado de colores.

Doñana


Se encuentra en la desembocadura del Guadalquivir. Comenzó a configurarse a comienzos del Cuaternario, cuando debido a los vientos de componente SW que movían las arenas se originaron dunas con unas penetraciones en el interior de hasta 25 km y favorecieron el proceso de relleno del lago interior que continúa hoy día. Las marismas y el paisaje se encuentran en constante transformación.

Tras una breve visita a El Rocío y la degustación de pescaíto frito en Matalascañas, vamos a El Acebuche –olivo silvestre-, Centro de Recepción y de Interpretación. Las visitas guiadas, en vehículos todo-terreno con guía-conductor, se prolongan más de 70 km., viéndose todos los ecosistemas.

Tras circunvalar Matalascañas, se sigue por la playa, una de las costas vírgenes más amplias de Europa. Tiene un gran dinamismo, constantes modificaciones por las  progresiones y regresiones marinas. El vehículo avanza dando grandes bandazos a pesar de que vamos por las rodadas que han dejado los que nos preceden. A nuestra derecha la playa desaparecida bajo la pleamar. Después de un tiempo, giramos a nuestra izquierda, alejándonos del mar y metiéndonos en el terreno de las dunas.

Los vientos del SW originan el transporte incesante de arenas, trasladadas al interior formando los trenes de dunas móviles, sistema único en España. El vehículo para en lo alto de una duna y vemos debajo un “corral”, los árboles que desaparecerán tragados por la duna donde estamos. Pero como la siguiente duna también avanzará, se formará en medio otro corral con nueva vegetación. Hacemos una parada y caminamos por la arena observando cómo el intenso verde de los pinos emerge agonizante de entre el amarillo de la arena.

Los Cotos, arenas estabilizadas colonizadas por vegetación de tipo mediterráneo en su mayor parte, conforman el ecosistema del bosque y matorral; brezos, tojos y helechos en la zona húmeda y aulaga y romero en las partes altas.  Pinos piñoneros, alcornoques, lentiscos y ostra especies constituyen el bosque, área de cría de gran población de rapaces y otras aves. Este el hábitat preferido por linces, meloncillos, ginetas y otras especies protegidas.


La Vera, punto de encuentro haciendo frontera entre la marisma y los cotos, es una franja que se va ensanchando de sur a norte, siempre verde, debido a las filtraciones de agua de las dunas y arenas más permeables, permitiendo el crecimiento de grandes pastizales donde confluyen una gran cantidad de especies de ambos ecosistemas. Es la zona preferida para los ciervos, gamos, jabalíes, vacas y yeguas marismeñas.

Interrumpimos el camino y tomamos un desvío porque en esa zona hay una pareja de águilas anidando. Pasamos lentamente y podemos ver ciervos, gamos y jabalíes. Paramos en una zona cercana a la marisma y observamos a lo lejos a los flamencos que se distinguen perfectamente por su color. Volvemos a ver ciervos y jabalíes. Pasamos por el Palacio del Rey, donde se alojan los Presidentes del Gobierno en alguna ocasión y seguimos viendo la fauna del lugar. En una zona encharcada aparecen muchos jabalíes, garzas y cigüeñas que no se asustan. La naturaleza se muestra  indiferente a nuestro paso.

La Marisma es el ecosistema de carácter más estacional y cambiante. Durante el verano aparece como una extensa planicie arcillosa, seca y resquebrajada, mientras que en invierno el agua de lluvia convierte el paisaje en un interminable lago, refugio  invernal de innumerables anátidas y otras especies. Su mayor esplendor se produce en primavera, cubriéndose de un tapiz verde, zona de nidificación de infinidad de aves acuáticas. El ecosistema marismeño destaca por su ausencia de relieve, formado por la acumulación de arenas y limos depositados por los ríos y caños.

Así llegamos a La Plancha, y vemos los ranchos de familia, alguno todavía habitado como atestigua una antena de televisión. Paramos para ver su construcción con madera y carrizo, rodeados por una cerca de palos y ramas. El pasado parece tener más color local que el presente. La hierba brilla salpicada por flores silvestres de un color lila. Estamos en el Guadalquivir. Al fondo se ve Sanlúcar de Barrameda.

La vuelta es de nuevo por la playa, pero como hay bajamar podemos ir por la zona mojada que parece una autopista. El vehículo avanza rápidamente aunque para muchas ocasiones para ver distintas variedades de gaviotas, etc., antes de volver a El Acebuche.



Sierra de Aracena


El Parque Natural de la Sierra de Aracena y Picos de Aroche está situado al norte de la provincia de Huelva y en el extremo occidental de Sierra Morena. La especial disposición orográfica de las sierras crea una barrera a las masas de aire que penetran desde el Atlántico determinando una alta pluviosidad, lo que propicia una exuberante vegetación. El clima es idóneo para el desarrollo de especies frondosas como el castaño. El bosque original era de encinas, alcornoques y quejigos y, en el fondo de barrancos y riachuelos, hay especies adaptadas a suelos húmedos como sauces, alisos y fresnos que, a veces, constituyen verdaderos bosques de galería. La transformación del bosque autóctono en dehesas y cultivos permitió los aprovechamientos tradicionales como la saca del corcho de los alcornoques, cada 8-10 años, la recolección de setas o la explotación ganadera con el cerdo ibérico como protagonista destacado. La fauna es extraordinariamente rica, con rapaces como águila real, milanos negro y real y buitre negro; cigüeña negra; gato montés, gineta, zorro, garduña, nutria; jabalí, ciervo.
Por el centro corre la Rivera de Huelva, que da lugar a los embalses de Aracena y Zufre, y el hundimiento que provoca divide la zona en dos partes elevadas. Al N pueblos como Santa Olalla del Cala, Cala, Arroyomolinos de León, etc. Al sur, Zufre, Higuera de la Sierra, Aracena, Jabugo, etc.
Teníamos previsto un paseo por una de las rutas señalizadas de la zona que salía de Arroyomolinos de León, la del Alto del Búho, pero una intensa lluvia lo impidió. En su lugar recorrimos los alrededores del pueblo, como el monasterio de Tentudía, conjunto mudéjar del s. XIII. La montaña lo ha aceptado en su cima. Dice la leyenda que estando el Maestre Pelay combatiendo contra los moros en las estribaciones de Sierra Morena, la batalla no terminaba y la noche se venía encima. Desesperado, el Maestre invocó a la Virgen diciendo “Santa María, detén tu día”.  El crepúsculo se detuvo y Pelay Pérez Correa pudo ganar la batalla. Después ordenó la construcción de una ermita en este lugar.

El paisaje es montañoso, pero no abrupto, y el colorido cambiante según las estaciones. Junto al castañar frondoso y multicolor, la dehesa rica en Quercus, encinas y alcornoques, salpicada de olivos y monte bajo. La suave transición entre la naturaleza y estos pequeños núcleos urbanos, diseminados por el territorio, ofrece sus materiales característicos: madera, piedra, barro, cal, elementos indispensables en la arquitectura popular. Las tapias de adobe, las paredes de piedra, numerosas albercas, las “lievas” que llevan a los huertos el agua de los arroyos, las majadas, los chozos, etc., permiten apreciar la riqueza etnográfica. Es curioso ver en estos recorridos piaras de cerdos, en régimen de montanera, alimentándose de bellotas y los alcornoques, que con motivo de la saca del corcho se presentan pelados.
El siguiente día se presentó igualmente lluvioso, por lo que abandonamos la idea de andar y fuimos a la capital de la comarca, Aracena, un magnífico pueblo, donde vimos la Gruta de las Maravillas, emblema de la localidad, situada en pleno casco urbano. Aunque las primeras noticias son de 1850, fue abierta a visitas guiadas en 1914, por lo que es pionera. La acción disolutiva del agua que se filtra desde el cerro del Castillo sobre las rocas calizas de la Era Precámbrica (500 millones de años) ha dado vida a multitud de estalactitas, estalagmitas, coladas, excéntricas, cortinas, aragonitos, etc. Es un recorrido de 1200 m, divididos en dos niveles, por las entrañas de la tierra, allí donde la alianza eterna del agua y la roca ha conformado un paisaje de fantasía, destacando la majestuosidad del Gran Salón o las formas redondeadas de la Sala de los Garbanzos. La llegada de los turistas perturba el sueño eterno de la cueva y si se aguza el oído parece oírse latir el corazón de la montaña.
Sigue lloviendo pero damos una vuelta por el pueblo con la consecuencia de terminar muy mojados a pesar del paraguas. Tras la comida, sigue lloviendo, por lo que vamos al Museo del Jamón, sencillo pero ilustrativo de lo que supone el cerdo ibérico en estas tierras. A la salida ha dejado de llover momentáneamente. El sol es visible como un disco frío detrás de una capa gris de nubes invernales.


Tenemos que abandonar la zona sin haber hecho lo que vinimos a hacer. Otra vez será.