Riotinto
Queríamos visitar la zona minera de Riotinto,
para lo que nos dirigimos al punto de partida, el Museo Minero Ernest Lluch
pasando bajo el malacate de su entrada. Recorriendo sus salas vemos datos de
geología, de los poblados desaparecidos, de su historia desde el Calcolítico,
de las relaciones sociales entre empresa y trabajadores, de los conflictos, de
arqueología industrial, de material como vagones o locomotoras, etc. Estamos en
la curiosa reproducción de una mina romana cuando la megafonía anuncia que es
la hora de la salida. Nos dirigimos al exterior y todos los coches seguimos a
una furgoneta del Museo que nos guía hasta la mina Peña de Hierro pasando por
la población de Nerva.
Tras aparcar, el guía nos introduce en el tema mediante una exposición clara
sobre la historia de la minería en la zona y de esta mina en particular.
Después pasamos cerca de otro gran malacate asentado sobre unas tierras rojizas
que contrastan opuestamente con el verde del arbolado, entramos en el túnel,
nos ponemos el casco y vamos apreciando los distintos entibados: ladrillo (más
caro), roca natural (peligro de desprendimientos), y el más moderno, el hecho
con troncos pequeños de eucalipto sujetos con unos aros metálicos. Al final del
túnel llegamos a un pequeño balcón que da al lago que se formó al rellenarse
con agua el agujero de la mina a cielo abierto. El agua de este lago, de un
rojo oscuro, que es el nacimiento freático, al filtrarse a través de la pared
que hemos atravesado por el túnel, da lugar al río Tinto. Vemos la antigua mina
cuyos pisos se han ido derrumbando y en algunos han crecido árboles. El
colorido es extraordinario, es una explosión de color: hay rojos intensos,
violetas, ocres, marrones, grises, negros, blancos, etc. Después de un tiempo,
damos la vuelta y caminamos de nuevo el túnel.
Seguimos nuevamente a la furgoneta que nos lleva al Ferrocarril Minero. Esta línea transportaba el mineral hasta Huelva siguiendo el curso del río Tinto que siempre ha sabido el camino. El tren está preparado: una máquina y dos vagones, en los que todavía sobra espacio, para recorrer unos 5 km. Se inicia el trayecto y vamos mirando a la izquierda, al río. Pasamos por un tramo desarbolado como consecuencia de la lluvia ácida que originó el sistema utilizado para la extracción; posteriormente la empresa reforestó la zona, pero todavía parece un paisaje lunar atravesado por el rojizo Tinto.
Contemplamos
restos de antiguos puentes, un cementerio de material ferroviario con
locomotoras y vagones de todo tipo oxidados que contrastan con tierras de color
malva, con la sombra violeta de unas rocas rojas. Era una zona de gran
actividad: se ven más puentes, balsas de lavado, hornos, etc., ante tierras
blancas y marrones. Las zonas altas están reforestadas y contrastan con las
bajas. El paisaje es de una belleza arcaica. Entre el tren y el río va un camino
ancho, de tierra, que permitía el acceso a zonas como alguna presa en el río
para desviar el agua.
El colorido sigue siendo muy intenso: rojo oscuro del
agua, blanco de la espuma, verde de los pinos, todo oscurecido más todavía por
el cielo tan encapotado. La zona es algo quebrada pero no abrupta, y el río
forma meandros y pasa por zonas más o menos abiertas. Al pasar por unos cables
tendidos de orilla a orilla del río comienza a llover y poco después llegamos a
la estación de Los Frailes. Aquí paramos, ya no avanzamos más. Mientras la
locomotora da la vuelta para colocarse delante, damos un paseo por la orilla
del río teniendo cuidado de que no salpique el agua a la ropa porque dejaría
una mancha como de lejía.
Sigue lloviendo. El Tinto ha perdido color, se ha
diluido, desleído, por la llegada, por su izquierda, de un afluente.
Ahora es marrón. Emprendemos el regreso por la misma vía. Pensábamos colocarnos
al otro lado, pero la mayor parte del trayecto es talud, así que seguimos
mirando al río y cambiamos de lado en algún punto concreto. Es curioso ver el
mismo paisaje al revés; ahora vamos a contracorriente. Nos fijamos mejor en la
presa del río reventada y en la zona aterrazada de tierras negras y ocres.
Pasamos por los soportes de hormigón de depósitos de ácido antes de llegar al
cementerio de material rodante. En una zona completamente encharcada todavía
hay tres vagonetas en la vía, como esperando a reanudar el trabajo. Entonces se
abren, por un momento, las grises nubes ante el sol taladrante, y vemos el
paisaje en todo su esplendor. Lo último que vemos es una zona de vertido de
escorias, negras, en las que pueden apreciarse formas como el fondo de las
vagonetas. El paisaje no termina de aceptar la vía y demás instalaciones:
todavía se ven demasiado.
Se nos ha pasado la mañana y es tarde. Tenemos hambre. Nos vamos a
comer puesto que hasta ahora sólo nos hemos alimentado de colores.


