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lunes, 11 de noviembre de 2024

Hayedo de la Pedrosa (Segovia)

El hayedo de la Pedrosa se sitúa en el municipio de Riofrío de Riaza, provincia de Segovia, en la vertiente norte del macizo de Ayllón (orogenia alpina, periodo Terciario), a 1430 m de altitud, extendido en 87 hectáreas de superficie. Es un indicador de lo que fue el Sistema Central en otras épocas. El haya no es el árbol más abundante, pero estos hayedos son los más meridionales de Europa y están protegidos: Tejera Negra (1.391 hectáreas), Montejo (250 has.) y La Pedrosa (87 has), el más pequeño y el único que cae hacia Castilla y León. 




La sierra tiene un cordal principal al que pertenecen el puerto de la Quesera, 1712 m, y el pico del Lobo, 2272 m. Los materiales geológicos que afloran son principalmente pizarras (pizarra arcillosa) y cuarcitas. Desde Riaza hacia el sur es zona granítica y se observan restos de actividad glaciar en las proximidades del Pico del Lobo. El río Riaza nace cerca del Puerto de la Quesera, recibiendo aguas de la sierra de Ayllón y perteneciendo a la cuenca del Duero. 


El hayedo se refugia en las laderas de umbría con un mayor grado de humedad, dentro de un clima mediterráneo oceánico, acogiendo al recién nacido río Riaza. La vegetación arbórea más madura corresponde a los rebollares, muy explotados años atrás como fuente de leña. Si hay mayor humedad aparecen los hayedos, con presencia de tejeras, acebedas, abedulares, etc. En zonas de mayor continentalidad hay pino albar. El pastoreo y la corta de leña debilitó el bosque y fomentó el matorral, principalmente de brezos en zonas más húmedas y elevadas y jarales en zonas más secas y basales. Según la altitud, la encina domina por debajo de los 1000 m (laderas sur), el roble y las hayas hasta los 2000 (laderas norte), y piornos, brezos, enebros, etc., y pastizales por encima. Las repoblaciones forestales se han realizado con pino silvestre y pino negro. 


Pese a la gran explotación por su madera, pastos y carboneo, el roble sigue siendo el árbol más extendido. El hayedo fue utilizado para hacer carbón y como materia prima para una fábrica de sillas que existió en el siglo XIX, por lo que puede apreciarse cómo han brotado ramas de los tocones de los árboles talados en una regeneración propiciada por el éxodo rural y el abandono de aquellas actividades. 



Este es el objetivo de la excursión otoñal de este año, por lo que nos dirigimos al puerto de la Quesera, inicio de la ruta. Se trata de un paso montañoso en el este del Sistema Central, en la sierra de Ayllón, que transcurre entre Riaza (Segovia) y Majaelrayo (Guadalajara). En su cima, a 1712 m de altitud, se encuentra el límite fronterizo de ambas provincias y de las comunidades autónomas de Castilla y León y Castilla-La Mancha, atravesado por las carreteras SG-112 desde Riaza y GU-186 desde Majaelrayo.

Como el aparcamiento es reducido, es conveniente llegar pronto. La previsión meteorológica es buena, pero hay una densa niebla que impide iniciar la marcha. A esta altura y a estas horas la temperatura es muy baja y hay que esperar a que se abra la niebla, que desde el sur salva la sierra y cae sobre el hayedo. En Internet hemos visto una ruta que comienza en el mismo aparcamiento, desciende hasta los 1389 m por el arroyo del Avellano y asciende por el río Riaza hasta la carretera (kilómetro 11,5), teniendo que terminar la ruta por ella hasta el aparcamiento, en una ruta circular en el sentido de las agujas del reloj. En este itinerario podemos ver el cuarto núcleo del hayedo, puesto que los otros tres están a mayor altitud, por encima de la carretera.


El sendero, estrecho y pedregoso, desciende rápidamente. Está muy marcado, con señales cada cierto tiempo, ya que se trata del Camino Viejo a Peñalba. En una zona sin arbolado, sólo con matorral, bordea una cresta rocosa en la que se abre una llamativa ventana que mira hacia el río Riaza. El rápido descenso nos lleva pronto al robledal que acoge el hayedo. El sendero, inundado en algún tramo, está tapizado de hojas mientras pasa al lado de árboles musgosos y cubiertos de líquenes, bioindicador de la calidad del aire. 


En el fondo del barranco aparece el arroyo del Avellano, ya en zona de hayas. El colorido ya es más apagado, tendríamos que haber venido la semana pasada. Los árboles han perdido gran parte de las hojas, aunque todavía se conservan algunos ejemplares con una tonalidad otoñal. El otoño da altura artística a la naturaleza y al paisaje. Aquí el descenso es más cómodo y favorece el que se pueda admirar el entorno tan maravilloso. Un ligerísimo viento, que casi no se nota en la profundidad del barranco, sigue desnudando el arbolado y provoca una lluvia que no sólo es amarilla, sino también naranja y todas las tonalidades del marrón. 



En este último tramo nos hemos desviado del arroyo, que queda a nuestra derecha, y terminamos el descenso al llegar al río Riaza, cruzado por un puentecillo de madera. Hasta aquí el sendero se ha visto muy bien, lo que no sucede en la continuación según algunas opiniones que incluso recomiendan volver por el mismo trayecto. 



Giramos a la derecha y volvemos acompañados en todo momento por el rumoroso Riaza, que recorremos a contracorriente. Salva el desnivel con pequeños saltos que acentúan el arrullo de su sonido, convirtiendo el paseo en una delicia. Aquí el sendero se desdibuja con mucha facilidad, aunque no es difícil reencontrarlo puesto que no se aleja mucho del cauce. En algún punto el paso se complica con la estrechura de la vegetación. Pronto se llega a otro puentecillo, más rústico que el anterior, mientras seguimos pisando el rojo apagado de las hojas de haya que cubren toda la zona. La luz del sol enciende las copas de los árboles, pero todavía no llega al fondo del barranco. 



Grandes rocas cubiertas de musgo jalonan algún trozo del camino y algunos canchales desprendidos de las cimas abren un hueco en la densa vegetación. Los naranjas y ocres nos rodean, nos estrechan en un mundo otoñal de colores inflamados. Quizá no debiera describirse, sino sólo sentirse. Hay que venir a experimentarlo. 



El trayecto puede hacerse algo pesado para el que no esté acostumbrado a estas rutas, pero no es duro. No obstante, es muy agradable sentarse en una piedra a escuchar el canto incesante del Riaza, fiel compañero de caminata, que va adelgazando conforme avanzamos. Este canto fluvial llena el silencio estruendoso de la zona, sólo roto por el crujir de las hojas bajo nuestras pisadas. El sendero ha seguido casi la línea recta y termina sacándonos a la carretera. Se acaba el placer de andar sobre las hojas, pero, a cambio, se tiene una buena panorámica del bosque que no se percibe desde su interior. Se ve bien el valle del Riaza, con el embalse y la población de Riaza al fondo, bajo un cielo luminoso con escasas nubes. 



De vuelta en el aparcamiento, con buena temperatura y con el calor de la caminata, sorprende la cantidad de coches y personas. Muchos se dirigen hacia el pico del Lobo, sendero señalizado, otros hacen fotografías y algunos inician la marcha que nosotros hemos terminado. Echamos una mirada hacia el bosque de la zona sur, hacia Majaelrayo, ahora visible sin niebla, antes de volver.



En el regreso hacemos una parada en Riofrío de Riaza, pequeña población a la que pertenece el hayedo, con 39 habitantes (INE 2023). Es el de mayor altitud de la provincia, con sus 1312 m. Fue pueblo de carboneros y de producción de patatas de siembra, de gran calidad, hasta el punto de que a sus vecinos se les llamara “patateros”. También tuvo tornos para transformar la madera de las hayas y robles en sillas. 

El pueblo está muy cuidado, todas las casas son nuevas. En la bonita plaza, centro del pueblo, está el Ayuntamiento y una fuente con una dedicatoria: “Fuente de la vida. A Don Antonio García Sanz “El Trues”, por su disponibilidad con los vecinos de este pueblo, 2022.”




La iglesia de San Miguel Arcángel está situada en la parte baja, al contrario de lo usual. De su origen románico queda el ábside, con unos canecillos de la cornisa, parte del atrio, la pila bautismal y una talla de Ntra Sra de la Sierra. Tiene una gran torre, con sillares en esquinas y vanos y sillarejo tosco en el resto. Se accede desde el interior y consta de tres cuerpos. En el segundo se abren dos arcos rebajados, cegados, y en el superior, los arcos que albergan las campanas. En la cabecera, más antigua, se construyó sobre el ábside un cuerpo de planta circular que se asemeja a un palomar. Dispone de un gran contrafuerte a la mitad y ménsulas de piedra, como canecillos, que sustentaban una estructura perdida. 




El acceso a la iglesia, protegido por un atrio, es por el lado sur. El interior es de planta en cruz latina, aunque antes la nave fue rectangular. Se cubre con cubierta de madera. Sus paredes se adornan con elementos del antiguo retablo barroco. En la capilla del lado del Evangelio se encuentra la pila románica; en el de la Epístola un San Roque protector de epidemias y un Cristo gótico que formaba parte de un Calvario. La cabecera es original. El arco triunfal apuntado es de piedra reforzada con ladrillos, apoya en imposta sin decoración que recorre la cabecera. El tramo recto del presbiterio cubre con bóveda de medio cañón apuntado y el ábside semicircular con bóveda de horno, apuntada. La falta de decoración es propia de la zona del románico tardío, en transición al gótico. Se conserva una “silla del francés”, fabricada por Pedro Laval, que introdujo en el pueblo la industria del torneado y la simiente de la patata.


Terminamos la visita en Riaza, cuya Plaza Mayor, un bello ejemplo de plaza porticada, es el corazón tradicional de la vida social y comercial de esta villa serrana. Su aspecto actual responde a la gran remodelación de 1873. Originalmente tuvo forma de pera, con la iglesia parroquial de Ntra Sra del Manto cerrando la parte más estrecha y la picota presidiendo el conjunto, pero la construcción del Ayuntamiento, también cárcel, alteró la disposición. Las obras se terminaron en 1728 y la plaza quedó dividida en dos ámbitos, uno más espacioso, frente al nuevo consistorio, y otro más estrecho, frente a la parroquia.

Muchas casas son también del siglo XVIII. Responden al esquema de la casa típica riazana, excepto por el soportal que se forma al avanzar la primera planta sobre estructura de madera apoyada en pilares de piedra. Este espacio, a medio camino entre lo privado y lo público, acogió a comerciantes y mercaderes, protegidos de las inclemencias del tiempo.

En 1873 se transformó la zona frente al Ayuntamiento. Se creó un coso elíptico para facilitar su uso como lugar de festejos taurinos. Para salvar el desnivel en los lados sur y oeste se construyeron gradas de piedra cerradas con balaustradas. Unos agujeros distribuidos en torno al coso servían para afianzar la estructura de madera que se disponía durante las fiestas de septiembre. A mediados del siglo XIX se descartó la construcción de una fuente en el centro. 




viernes, 29 de marzo de 2024

La Pinilla



Es un día de finales de un invierno que ha sido suave, con pocos días fríos y con pocas precipitaciones, disminuidas más todavía en forma de nieve. El día aparece muy despejado, sin nubes, pero con calima que enturbia la mirada lejana. El objetivo es la estación de esquí de La Pinilla, situada en la ladera norte de la Sierra de Ayllón (Sistema Central), término municipal de Cerezo de Arriba, provincia de Segovia, que se ubica sobre un antiguo circo glaciar y sus morrenas, las únicas formas glaciares de la zona. Su cota mínima está 1.497 m, y la cota máxima en 2.060 m. La máxima altitud es el Pico del Lobo, de 2.274 m, el más alto de Guadalajara y Castilla-La Mancha, en la frontera con Castilla-León.

 

Ha nevado algo hace unas semanas, pero la buena temperatura ha deshecho la nieve en gran parte. La estación de esquí está cerrada y vacía. Las banderas al ligero viento anunciándola, pero las instalaciones paradas, todo cerrado y los pasos cortados. Dos o tres coches más en el otro aparcamiento. Es una ciudad fantasma. La estación es pequeña, aunque cuenta con algunos servicios (hotel, restaurante, tiendas, etc.) y unas pocas viviendas, algunas de las cuales han visto tiempos mejores. En alguna ventana se ve un letrero de “Se vende” y da la sensación de que no se conservan debidamente los edificios. Si no hay nieve, no vale la pena invertir aquí, aunque el paisaje sea magnífico.

La temperatura es buena, aunque se nota el fresco de la altura. Lo previsto es una ruta con raquetas, pero la nieve se ve muy alta y es muy superficial en las pistas de esquí. Entra la duda, pero el ver a un grupo de montañeros que las llevan, se resuelve. Hay que cargar con las raquetas, que a eso hemos venido. Hay varias rutas aconsejadas en la zona, pero, en previsión de que no haya nieve, elegimos una difícil, muy dura, que nos lleve a la cima. Ruta que sale del aparcamiento, casi en línea recta ascendente bajo la aromática sombra del bosque de pinos, como si fuera una calzada romana. Sin tiempo para calentar los músculos, la senda asciende de forma muy fuerte y la respiración se altera enseguida. Sentimos la necesidad de sublimar una existencia hedonista.



La senda se sumerge en el denso bosque, muy espeso, los árboles contra el cielo, con apenas algún pequeño charco de sol entre la hierba que ilumina tenuemente la umbría. El camino es ancho, vestido de hierba y arbustos rastreros y con algunas rocas grises de granito que resaltan del verde.


 

Un pequeño monumento indica que alguien ha querido ponerle puertas al bosque, que nos engulle, se abre ante nosotros para dejarnos pasar, pero se cierra detrás, atrapándonos. El bosque innumerable oculta nuestra presencia, se adueña de la tierra. No tenemos perspectiva exterior, sólo árboles, el bosque se traga toda la visión del mundo que nos rodea. Vamos aislados del mundo con el verde invadiéndolo todo. Pasamos por una pequeña instalación que abastece de agua potable a la estación y seguimos subiendo con mucha pendiente. El manto verde asciende por las faldas de la montaña. El cansancio empieza a notarse. Mal empezamos, pero, con un poco de aplicación, conseguiremos empeorar bastante.


Para animarnos, aparece un amable cartel en un árbol que indica 4,5 km al pico del Lobo. El ritmo de marcha es lento y va a ser mucho trayecto. Las aplicaciones en el móvil nos indican lo que llevamos recorrido, poco, y lo que nos queda, mucho. Escuchando el itinerario de nuestros pasos conseguimos paciencia y autodisciplina. La subida ocupa nuestro pensamiento.

 

De improviso, como si hubiéramos alcanzado una altitud determinada, empieza a aparecer la nieve entre los pinos, pero no en el camino. Todavía se ve mucho verde entre el blanco y así seguimos subiendo. El bosque nos absorbe, nos engulle, desaparecemos en él. Vivimos en el verdor. Parece que estamos en el corazón de las tinieblas. Las veredas se desdoblan en la ladera, acosadas por el bosque. La ruta se quiebra en un bravo paisaje. La nieve va apareciendo también en tramos del embarrado camino, cada vez más densa, con un hilo de agua escurriéndose por debajo, deshaciéndose por la buena temperatura. Al aumentar el grosor de la capa de nieve nos hundimos más, por lo que es llegado el momento de ponernos las raquetas, que para eso las hemos traído. Podríamos seguir sin ellas, pero hay que estrenarlas. La colocación es fácil y rápida, a pesar de ser la primera vez que las usamos. 

La marcha era lenta por la fuerte pendiente y ahora lo sigue siendo por la pendiente y por la nieve. En algunos puntos está muy blanda y nos hundimos a pesar de las raquetas; en otros, parece estar algo helada y, para no resbalar en el lateral del camino, hay que clavar bien los pinchos pisando fuerte. Seguimos lentamente y con mucho cansancio. La senda asciende mientras se desprende de su escolta vegetal. El bosque parece que se va abriendo, va perdiendo su espesura, y entre los árboles se divisa, en medio de la calima que suaviza los colores, el paisaje llano más allá de la sierra. Los árboles ralean. El bosque se abre definitivamente y el viento nos refresca la cara. El sol brilla más, por encima de la calima, nos inunda la cara y hace brillar las raquetas. A esta altitud está todo nevado, aunque con poco espesor y más allá se ven las pistas con poca nieve, con todos sus perfiles destacados. 

En estas soledades estamos cuando, inopinadamente, aparece un atleta despojado de prendas de abrigo y con un ritmo muy alto que desaparece en un momento. Vamos parando a respirar continuamente. En el llano, a pesar de los colores descoloridos por la calima, se aprecia muy bien la diferencia entre las dos clases principales de vegetación, de bosque, el color ocre de los robles y el verde oscuro de los pinos. Pinares y robledales de roble melojo (ecosistema característico de gran valor ambiental, explotados para carbón vegetal por su capacidad para rebrotar de raíz). Tupidas robledas que se escalonan. Además, hay retamares y piornales (piornos y enebros rastreros), especialmente en la parte alta, cuando escasean los árboles. 


Los pasos marcan las pautas del tiempo. Jadeando por el esfuerzo, al tiempo que anticipamos la vista, nos entregamos al camino. Vista larga y paso corto. Estamos cerca de llegar a lo alto, a la cuerda, para seguir hasta el pico del Lobo, pero estamos muy cansados. El cuentakilómetros del cerebro se queda en blanco. Los jóvenes podrían seguir, pero, en atención a los mayores y con actitud de digna capitulación, vamos a dar la vuelta porque también se hace tarde para comer.

 

Debajo de nosotros, hundida, está la estación de donde hemos partido, y desde donde estamos se ve bien Riaza, a donde pensamos ir si es que tenemos fuerzas para salir de esta dura montaña, donde la tierra se hace nube, que limita el horizonte del valle y nos ha resultado inaccesible. La montaña achica al hombre, que sólo se engrandece cuando pisa su cumbre, que es lo que nos ha faltado hoy. En esta fragosa soledad, en este silencio serrano, con rocas y cielo desnudos, vamos leyendo entre las cumbres la lección eterna de la Naturaleza. El Lobo, testigo de tantas edades pasadas, con su aire alimenticio y su luz vivificante, nos mira desde su altura olímpica contemplando un horizonte infinito. Hay otras cimas y las montañas se comunican por ellas. La montaña domina el paisaje, lo que ha hecho que siempre tuviera un aire entre mítico y sagrado. Las civilizaciones primitivas sacralizaban sus montañas, pero no se atrevían a escalarlas. Hubo que esperar a Petrarca, Rousseau, etc., para que naciera el montañismo. 

La bajada se hace tan pesada como el ascenso, pero conseguimos volver al coche y llegar a la villa de Riaza, situada en la vertiente norte del macizo de Ayllón, provincia de Segovia, en transición ante la meseta castellana, a 1.190 m de altitud. La población se compone de 2.150 riazanos, -as (2023). La zona se pobló al consolidarse la frontera con los musulmanes en el Tajo, al final del siglo XI y principios del XII. Se trataba de pequeños asentamientos para aprovechamiento ganadero, forestal y minero, durante los reinados de Alfonso VI, Urraca I y Alfonso VII. A partir del siglo XIII se llamó Aldeaherreros. En el siglo XII pasó a manos del Cabildo Catedralicio de Segovia, en el siglo XV formó parte de los dominios del Condestable don Álvaro de Luna y, desde el siglo XVI, a los duques de Maqueda, hasta que se abolieron los señoríos en 1811. 

Aparcamos y nos dirigimos directamente a la plaza, donde hay varios restaurantes. Como hay poca gente nos atienden pronto y recuperamos algunas de las fuerzas que hemos perdido. Después nos fijamos en la plaza Mayor, de típica arquitectura con soportales. Era más grande, pero en 1873 se dividió en dos partes al colocarse el Ayuntamiento en medio. Una tiene forma de elipse y cuenta con unas gradas para salvar el desnivel separadas por barandales de hierro. Las casas solariegas, blasonadas, datan algunas del siglo XVIII. La plaza siempre es el lugar festivo donde se celebran todos los eventos lúdicos y el mercado. Esta parte de la plaza casi se cierra por el Ayuntamiento, en el que destaca su torre campanario, con la parte alta en hierro instalada a final del siglo XIX. 



Más tarde vemos el otro lado de la plaza, con la iglesia de Ntra Sra del Manto, conjunto renacentista de finales del siglo XV y principios del XVI, con planta rectangular de tres naves y un ábside. Posteriormente se le añadieron capillas, sacristía, baptisterio y la torre campanario, coronada por balaustrada de piedra y flameros.

 



Todavía vemos el aparcamiento de autocaravanas antes de salir. La hostelería está presente en cualquier momento, en cualquier casona, incluso en antiguos palacetes reconvertidos. Hoy está cerrado, pero en plena temporada tendrá mucha clientela.





 



Salimos por el parque de El Rasero, con el antiguo Vía Crucis y sus 18 cruces de piedra y la ermita de San Roque, construida tras la epidemia de finales del siglo XVI, aunque el porche de la entrada es de los años 1980.



 



A la salida nos acordamos de otra ruta cercana en años más jóvenes. Desde Riaza, cruzar el puerto de la Quesera (hayedo de la Pedrosa a nueve km, 87.000 has de extensión, altura 1.500-1.700 m, nacimiento del río Riaza) en bicicleta hasta Majaelrayo. Eran otros tiempos.

 

jueves, 28 de noviembre de 2019


Las hoces del Duratón.

Esta espectacular zona segoviana, a la que llegamos desde el fondo de la mañana, es el destino de esta salida. Toda el área pivota en torno a la población de Sepúlveda, que fue enclave arévaco en la II Edad del Hierro (ss. V-II a.C., necrópolis de La Picota), conquistado por el cónsul romano Tito Didio, que fundó Los Mercados, quizá la Confluenta de Ptolomeo. Hubo santuarios romanos hasta el s. V en que fue ocupada por los visigodos y desocupada y despoblada en el s. VIII. De este periodo histórico queda la necrópolis visigótica de “Los Mercados” en Duratón. Con posterioridad a la repoblación cristiana, hacemos referencia a la iglesia de San Salvador, en la parte más elevada de la villa, año 1093, lo que la convierte en la más antigua de la provincia.

No llegamos a Sepúlveda y vamos directamente a Duratón. Pasamos junto a un pozo romano, pero nuestro objetivo es la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, cerca de los restos de la ciudad romana de Confluenta, con una necrópolis visigoda del s. VI. Esta iglesia armoniosa y sabia en sus proporciones tiene una nave, planta basilical y galería porticada y tiene similitudes con la de San Salvador. La minuciosa labor del cantero ha arrancado el alma a las piedras de sus capiteles. La fría piedra deja de ser un material para convertirse en algo inmortal. Su restauración puede ser discutible, pero, al menos, se ha liberado su cabecera del retablo barroco que la cubría. Sopla mucho viento, aunque vivificador, y la temperatura ha bajado bastante, pero, a pesar de las previsiones, no llega a llover.

Nuestra segunda parada es Sacromenia que, como toda la zona, aparece en época cristiana a finales del s. X, cuando el conde Fernán González donó el cercano monasterio de Santa María de Cárdaba al monasterio de San Pedro de Arlanza. En el s. XII hubo permisos de pastos para sus rebaños en montes de realengo y concesión de posesiones. Nos desviamos al monasterio de Santa María la Real, abadía cisterciense de los ss. XII-XIII situada en el Coto de San Bernardo. Sus bienes fueron desamortizados y los dueños vendieron en 1925 el claustro, la sala capitular y el refectorio al magnate William Randolph Hearst, que los llevó a los EE.UU. El conjunto es de propiedad privada y visitable algunos días.

La mañana va avanzando, suavizándose la temperatura y animándose el personal. Entramos a ver la iglesia, de transición del románico al gótico. Tiene planta de cruz latina, con un transepto muy marcado y cinco ábsides. La bóveda es de cañón apuntado en el transepto y de crucería en el resto. El crucero no se cierra mediante cimborrio sino con bóveda de crucería. A los pies hay un coro que resta visibilidad desde la entrada. Los capiteles muestran motivos vegetales principalmente. La fachada es sencilla, puerta abocinada con arquivoltas sencillas en arcos de medio punto y un amplio rosetón.

La mañana sigue avanzando y la lluvia no ha aparecido. Volvemos a Sacromenia, pero no vemos la iglesia de Santa Marina, en la que durante la última restauración se descubrieron unas pinturas murales de los ss. XV-XVI en el ábside, ni la iglesia de San Miguel, en una elevación algo lejos del pueblo, sino que cambiamos las piedras por el suculento lechazo.

Confortados por la buena comida (“somos lo que comemos”), ya nadie se acuerda de la amenaza de lluvia. Nos espera nuestra tercera y última etapa, las hoces del Duratón y, en concreto, la ermita de San Frutos. El río Duratón se ha ido adaptando a los accidentes geográficos y a las fallas, encajonándose en la caliza del Mesozoico en una acción combinada, erosiva y kárstica, lo que ha producido una serie de hábitats con diferente vegetación. En el páramo, de clima extremado y suelo pedregoso, hay sabinas, enebros, tomillares y aulagares; pinos resineros en los arenales; comunidades rupícolas –zapatitos de la Virgen, cornicabra, té de roca- en los cortados; bosque de ribera –sauces, fresnos, álamos, olmos, alisos, endrinos, zarzamora- en el fondo del valle.

Desde los miradores se aprecia muy bien todo esto mientras los majestuosos buitres leonados, que nidifican en los cantiles del otro lado del río, nos sobrevuelan cortando el silencio. Ante la indiferencia del mundo natural por las construcciones del arte, la ermita se yergue airosa enfrente, ante el vértigo del abismo.


San Frutos nació en Segovia en el año 642, repartió sus bienes tras la prematura muerte de sus padres y se vino aquí buscando soledad, seguido de sus hermanos menores Valentín y Engracia, viviendo en cuevas. Aquí falleció y fue enterrado. Sobre esta ermita visigótica del s. VII se erigió el Priorato de San Frutos, románico, en el s. XII. Se accede salvando, por un pequeño puente del s. XVIII, la grieta llamada La Cuchillada, abierta, según cuenta la leyenda, por el bastón de San Frutos para detener a los musulmanes. Después hay una gran cruz de hierro que contiene las siete –número de especial relevancia- llaves de Sepúlveda. Unas tumbas antropomorfas anteceden al rotundo ábside de la ermita y a la puerta de acceso.

La iglesia fue consagrada en el año 1100 por el arzobispo de Toledo Bernardo de Sedirac, que conquistaría Alcalá de Henares en el 1118. Al exterior se aprecian, en el ábside o en los canecillos, las reformas del s. XII. Tiene una nave cubierta con bóveda de cañón a la que se accede por una sencilla puerta en el lado norte, encima de la que hay una ventana en arco de medio punto. La eterna vida del arte conservada en monumento y ruinas. En la capilla del ábside a la izquierda del altar mayor hay dos aberturas bajas por las que se accede, agachado, a un espacio con un gran bloque de piedra, quizá el pie del antiguo altar utilizado por San Frutos. La tradición cuenta que los varones que den tres vueltas alrededor de la piedra quedarán libres de padecer hernias, y si dan menos se aliviaran sus dolores.

La visita finaliza con el recuerdo de otros milagros del santo. Además de “La Cuchillada”, son muy conocidos el de “la mujer despeñada” (un marido celoso despeñó a su mujer creyendo que le engañaba, pero fue salvada por San Frutos), de la que hay una lápida con la historia, el de los toros bravos, que le prestaron para transportar piedras en lugar de bueyes, a los que hizo trabajar dócilmente o el del asno que se arrodilló ante una hostia consagrada que le habían ocultado entre la comida como demostración, ante un musulmán que no lo creía, de que contenía el cuerpo de Cristo. Volvemos atravesando el nuboso crepúsculo. La tarde se encamina hacia la noche. El cielo cae en sombras. El día se prepara para morir.