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miércoles, 31 de diciembre de 2014

Pontón de la Oliva (II)

(Viene del artículo “Pontón de la Oliva (I)”). Giramos al sur en rápido descenso. En Collado Santo
(33,5 km) ya hemos descendido a 990 m., (vista del embalse de El Atazar. Ver artículo en Madrid) y en la presa o azud de la Parra (38,3 km), a 800 m, donde invadimos la soledad del río. Un pequeño tramo del camino se ha desprendido y hay que pasar con cuidado. Este azud se construyó en 1903 para eliminar la turbiedad que el arroyo Robledillo aportaba a las aguas, prolongándose el canal unos dos kms aguas arriba, desde el azud de Navarejos. El problema no desapareció hasta la construcción del canal de El Villar, momento en que este azud perdió gran parte de su operatividad.

Cruzamos la presa por una pasarela, entrando en Madrid. El río nos lleva. Seguimos el serpentear del río, que transcurre con lentitud ondulándose en el fondo llano del valle, su suave fluir, llaneando a su
orilla, entre grandes hileras de árboles, fresnos y sauces principalmente. El murmullo del viento en los árboles forma parte del lugar como los mismos árboles o las rocas. Llegamos al azud de Navarejos, construido en 1860 al darse cuenta los ingenieros de que las filtraciones del Pontón de la Oliva impedían, en el estiaje, que el agua tuviese una altura suficiente para llegar al canal. Se prolongó éste, unos seis km, aguas arriba mediante un túnel. “Los ríos no necesitan a los hombres; son éstos los que necesitan a aquéllos” (José Saramago). 

También vemos una mina de ataque, una galería horizontal hacia el canal que servía como acceso
para entrada de trabajadores y transporte de material durante su construcción. Tratamos de terminar, pero al final hay un repecho duro y que a estas alturas duele mucho. Estamos cerca de la Cueva del Reguerillo, no visitable. Es el final. Nos han salido 51 km. Comemos en el poblado al lado del Pontón y por la tarde recorremos la zona.

La presa, en desuso, es la más antigua del Canal de Isabel II, de
1857. En 1848, Juan Bravo Murillo -cartera de Obras Públicas-, ante la falta de agua en Madrid encargó un proyecto que se concretó en una presa muy cerca de la desembocadura del Lozoya en el Jarama, donde el río termina su peregrinaje tortuoso entre las peñas
que desde su nacimiento ha tenido que ir rompiendo para poder abrirse paso. En 1851 se puso la primera piedra y hubo que traer a miles de trabajadores, muchos de ellos presos de las guerras carlistas. Se inauguró en 1858, pero su vida fue corta porque el lugar tenía filtraciones y ya en 1860 hubo que prolongar el canal hasta la presa de Navarejos. Fue sustituida por el embalse de El Villar, 22 km aguas arriba, inaugurada en 1882.

Es una presa de técnica antigua, de gravedad, construida con sillería de grandes bloques de piedra unidos con mortero de cal. Mide 72,44 m de longitud y una altura de 27 m. Su sección es trapezoidal, de 39 m en la base y 6,72 en la coronación, en una cota de 726 m. Formaba un pequeño embalse de 3 hm3.

Subimos a la presa y vemos el aliviadero excavado en la roca caliza. Se ven bien las dos grandes tuberías que bajan por la izquierda y, delante, el antiguo puente, que conserva tres arcos de medio punto, ligeramente apuntados, mayor el central.  Por el lado izquierdo, pasamos por unas escaleras  y un pasillo protegido por una barandilla que recorre el cañón calizo. Aquí vemos muchos escaladores, grupos que miran cómo sube uno. Después hay unos senderos que siguen a media ladera, que enlazan con el camino a la presa de la Parra, pero nosotros nos volvemos pensando en la siguiente ruta, desde El Atazar, muy cerca de aquí, porque “el hombre es un tránsfuga de la Naturaleza” (Ortega y Gasset) y hay que volver a ella.






Pontón de la Oliva (I)

La primavera se precipita en el verano cuando vamos a hacer esta ruta preparada por Julio. Es un
buen día, despejado. Dejamos el coche en el aparcamiento cercano y bajamos en las bicis hasta el Pontón de la Oliva, inicio y final de la ruta, límite entre las provincias de Madrid y Guadalajara. La temperatura es agradable por lo que decidimos no perder tiempo y ver la presa a la vuelta.

Estamos sobre los 700 m de altitud. Salimos –entrando en Guadalajara- por un camino a la derecha, con una dura cuesta para empezar. El camino es ancho aunque algo pedregoso. El paisaje es arbustivo  con zonas donde los bosques de pinos de repoblación trepan hacia los montes.  Ahora vamos llaneando sobre los 900 m cuando, a lo lejos, se ve el único pueblo por el que vamos a pasar cerca, Alpedrete de la Sierra. Llegamos, a 875 m, cuando hemos recorrido 8,5 km. Pertenece a Valdepeñas de la Sierra, que dejamos a la derecha.

Venimos en dirección NE y vamos girando al N. Hay unos tramos curvilíneos y otros muy rectos, en los que nos entretenemos viendo la espléndida floración amarilla de las retamas o los piornos. El
Valentín y Julio
camino es bueno y poco a poco vamos ganando altura, sobrepasando los 1.000 m en dirección N. A la altura del collado de la Paranza seguimos un poco por encima de los 1.000 m.; esta última parte ha sido más llana. El suelo ha cambiado, hemos abandonado la zona caliza de la presa y hemos entrado en la zona cuarcítica.

Cruzamos zonas boscosas, donde la luz se pulveriza entre las ramas de esta exuberancia vegetal exaltando los verdes disipados, inundados por el olor balsámico de los pinos. El bosque, alegre de luces mañaneras, se abre ante nosotros y se cierra a nuestra espalda engullendo la pista. A través de las ramas de los árboles se ve el inclemente sol, pero a su
Pepe
sombra vamos bien. Las manchas de luz que filtran los pinos dibujan en el suelo complicadas figuras. En un repecho parece que el bosque se detiene, que ya no se mueve a nuestro alrededor, pero, en lo alto, reanuda la marcha deslizándose a ambos lados. El bosque observa pacientemente nuestro paso. Los árboles nos miran oscuros desde todos los lados. El bosque nos traga, pero el silencio y la tranquilidad no resultan hostiles. Se está bien sin el humo, el ruido y la fiebre de las personas, por eso el ecologismo es la religión más compartida.

Más adelante los árboles ralean y el bosque alterna con zonas de rocas puntiagudas, donde las orillas del camino están llenas de jaras pringosas con unas grandes flores blancas. El camino va enterrado en el bosque o es una cicatriz en la ladera de la montaña. Hay algún árbol seco, en medio de las rocas, como una naturaleza muerta que compone escorzos de formas atormentadas. Es necesario recordar que los bosques preceden a la civilización, los desiertos la siguen.

El desnivel aumenta. En Collado Cimero alcanzamos los 1.200 m. Giramos al NO, por debajo de la Cuerda de la Sierra Gorda, donde alcanzamos los 1.300 m y Collado Hondo, 1.350 m., cuando hemos
recorrido 24,3 km. Nos rodea el vasto oleaje petrificado de las líneas de las cumbres y un intrincamiento de repliegues, un laberinto de abruptos barrancos, quebradas erosionadas, rocas y cielo desnudos, que dan al paisaje un sentido escultórico. Silencio serrano, fragosa soledad, agreste belleza. El calor y la pendiente van aumentando. Ascendemos dejando el sudor en el suelo serrano, arrastrando el alma, entregados al presente.

Nuevo giro, al SO, pero seguimos subiendo y acercándonos al límite de Guadalajara con Madrid. En el Collado de la Palanca estamos a unos 1.420 m  (25,5 km) y en el de la Pinilla a unos 1.460 m (27,2 km). Es el techo de la etapa. Desde aquí queda un paisaje detrás y otro enfrente, esperándonos. El paisaje se precipita pendiente abajo en los dos sentidos. En lo alto hay una buena panorámica aunque el día no está claro, hay una ligera calima formada por los efluvios de la atmósfera condensada, como si el paisaje respirara.  Se ve el mundo vacío, sin poblaciones, sólo las hileras  de las repoblaciones de pinos que estrían las montañas como líneas de un mapa topográfico, pinos aislados y brezo, con sus flores rosas, cuya presencia indica el empobrecimiento del suelo. Todo da un placentero sentimiento de libertad e independencia. Dilatamos la mirada sobre las copas de los árboles, sobre las frondas de agujas, que ondean suavemente. El ligero viento pasa, palpa la tierra y la deja en silencio; las leves ráfagas de viento continúan montaña abajo dejando un sibilante susurrar de hojas. Este viento ahora agradable, será puñal en el invierno. (Sigue en el artículo “Pontón de la Oliva (II)”).