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miércoles, 16 de julio de 2025

Brihuega




Es una población de la provincia de Guadalajara, situada en el río Tajuña -comarca de La Alcarria- a 876 m de altitud, que cuenta con 2816 habitantes (INE 2024). El origen del nombre está en el poblado celtibérico llamado Brioca. De sus históricos bosques de encina y roble quedan los Quejigares de Barriopedro y Brihuega, zonas de cazaderos apreciados por el rey Al-Mamún de la taifa de Toledo, que alojó a su amigo Alfonso, rey de León, derrotado en 1072 en la batalla de Golpejera por su hermano Sancho II de Castilla y expulsado de su reino.



En 1085, año de la conquista de Toledo por Alfonso VI, todo el valle del Tajuña cayó en su poder y fue cedido, en 1086, al arzobispo de Toledo Bernardo de Sedirac, primer constructor de la fortaleza. Las murallas se concluyeron en el siglo XIII, por el arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada, que concedió fuero a la población en 1242, momento de su mayor esplendor. Después de siglos de menor importancia, saltó a la historia en 1710 por la guerra de Sucesión -batallas de Brihuega y Villaviciosa- favorable a Felipe V. A mitad de ese mismo siglo XVIII se fundó la Real Fábrica de Paños, prestigiosa instalación industrial, que perduró hasta 1835, aunque continuó en manos privadas hasta la guerra civil. En el siglo XIX llegó a pretender la capitalidad provincial, frente a Guadalajara, con una población de casi 4.500 habitantes en la mitad del siglo. En el siglo XX de nuevo la guerra volvió a llamar a sus puertas, participando en la batalla de Guadalajara, marzo de 1937.

 



















El rico patrimonio que atesora la población hizo que fuera declarada conjunto histórico-artístico. Los principales monumentos religiosos son las iglesias de san Felipe, san Miguel y Santa María de la Peña. Además, la iglesia de san Simón y el antiguo convento de san José.



San Felipe es construcción iniciada en el primer cuarto del siglo XIII, en tiempos del arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada), de estilo progótico o románico de transición y características basilicales. En la fachada occidental está la portada principal entre dos contrafuertes, coronada por tres rosetones. Al sur hay una puerta más sencilla. El elegante interior es de tres naves, más alta la central, separadas por cinco arcos sostenidos por columnas con capiteles florales. El presbiterio es rectangular y el ábside semicircular, con cúpula de cuarto de esfera. La torre, octogonal, no está unida al templo al ser construida aprovechando uno de los torreones de la muralla. El arco de acceso conserva el escudo de Ximénez de Rada.


 

San Miguel es de la misma época que san Felipe, salvo la torre, de base cuadrada, levantada en los siglos XV-XVI. Estilo progótico con reminiscencias del mudéjar toledano. La portada en el muro de poniente es estilo románico de transición, con sencillos capiteles y arquivoltas apuntadas. Hay otra puerta más sencilla en la fachada meridional. El ábside es poligonal, de traza mudéjar, en ladrillo descubierto, con contrafuertes y sin ventanas. El interior consta de tres naves separadas por arcos apuntados de ladrillo, de decoración simple. La nave central tiene los muros de aparejo perforados por vanos y decorados con elementos de ladrillo. El acceso a la cabecera es por arco triunfal apoyado en columnas con capiteles de decoración vegetal. El ábside está cubierto por bellísima bóveda nervada de ladrillo, con forma de estrella de seis puntas, al igual que el tramo recto del presbiterio. Durante la guerra civil, siglo XX, desapareció su retablo renacentista.

Parroquial de Santa María de la Peña, proto-gótico cisterciense. Se inició a finales s XII y terminó en la primera mitad s XIII, arzobispo toledano Rodrigo Ximénez de Rada. Destaca la belleza de la puerta principal, al norte, bajo atrio porticado. Es portón abocinado con varios arcos en degradación adornados con puntas de diamante y motivos vegetales y capiteles con hojas de acanto y escenas marianas. La puerta occidental, siglo XVI, tiene el escudo del cardenal Tavera. La torre es del siglo XVI. El ábside es semicircular, exterior con contrafuertes y ventanas con arcos decorados con puntas de diamante. Al interior, belleza y armonía. Tres naves separadas por pilastras con capiteles de escenas medievales, religiosas y mitológicas. Capilla mayor con retablo del siglo XVI y nervaduras góticas. Por sus dimensiones supera lo tradicional en la zona en el s XIII.

Leyenda. En el último tercio del siglo XI, viajaba Al-Mamún a Hita y la princesa Elima, de delicada salud, quedó en Brihuega. Ponce un servidor cristiano le instruyó en la religión cuando ella se enteró de que su madre había sido cristiana y tuvo un inmenso deseo de ver a la Virgen. Se le apareció en la base del castillo, entre los olmos, en medio de un resplandor. Llamó a Ponce que, escondida en una gruta, halló la imagen de la Virgen de la Peña. La subieron a la base del castillo, donde se erigió la iglesia. Desde el templo se puede bajar a la gruta.

Iglesia de san Simón. Quizá levantada sobre lo que fue mezquita. Era un pequeño templo mudéjar, de estilo toledano, de los siglos XIII y XIV, con una nave de ábside semicircular. En el acceso incorpora un arco apuntado polilobulado y un rosetón encima. Tras la desamortización de Mendizábal pasó a manos particulares y perdió su estructura original. El ábside presenta un zócalo de mampostería de unos tres metros de altura, sobre el que se dispone un paramento de aparejo toledano, mampostería y ladrillo, y cinco ventanas construidas con cuatro arcos concéntricos de ladrillo ligeramente apuntados. Al interior, bóveda de cascarón reforzada por seis nervios que se unen en clave común.



Antiguo convento de san José. Franciscano, fundado en 1619 anejo a la muralla. En 1835 se instaló el hospital y también fue cárcel, colegio y escuela taller. En la actualidad es sala de exposiciones y museo.



 





De la actividad militar quedan tramos de la antigua muralla y dos de sus puertas, el arco de Cozagón (al sur, una de las principales entradas, construido en piedra de sillería) y la puerta de la Cadena, además del castillo de Peña Bermeja.




 



Puerta de la Cadena o puerta de Valdeatienza, una de las cinco puertas, al norte. Tiene arco de medio punto rematado con almenas, placa conmemorativa del asalto de las tropas de Felipe V en 1710 y otra de conmemoración dos siglos después. Talla de la Inmaculada en hornacina, porque fue ese día el asalto.


El castillo de Peña Bermeja, al sur del núcleo urbano. Fue alcazaba musulmana de los siglos X y XI, aislado en lo alto de roca rojiza, de donde deriva su nombre. Estaba separado de la población por un foso y disponía en su costado occidental de muralla propia. En sus lados oriental y meridional se abría al valle del Tajuña. Tenía varias partes, pero unificadas en un solo elemento. La parte más antigua es la central, planta cuadrangular y patio central rodeado de estancias de una planta. A nivel más bajo se añadió un paseo de ronda con un gran espacio abierto a levante, actual cementerio. Muros de sillarejo, muy gruesos, almenados. En el siglo XIII pasó al señorío de los obispos toledanos, se amplió y modificó pasando a ser palacio-fortaleza, con usos residencial y religioso. Al costado norte se edificó un ala de dos pisos y múltiples salas que culminan en la capilla, gótica, del segundo cuarto del siglo XIII, en estilo nórdico reflejo de la cultura de Ximénez de Rada. Puerta de arco apuntado, bóveda de medio punto con nervaduras que arrancan de capiteles con motivos vegetales. Cuatro ventanas de arco de medio punto, muros con pinturas mudéjares. Bajo esta ala norte se construyó una cripta alargada destinada a caballerizas, hoy conocida como Capilla de la Vera Cruz. El castillo se abandonó por los obispos desde el s XVI, fue muy dañado en 1710 y se destinó a cementerio a mediados s XIX. Rehabilitado en 2017.




La identidad de la población al recibir el fuero en 1212 se manifiesta en el rollo, del siglo XVI. Correspondía a los lugares que tenían el título de villa, poder ejercido en nombre del rey, administración de justicia, independencia territorial respecto a los territorios bajo jurisdicción de la nobleza. Está labrado en granito con fuste alto y cilíndrico, rematado en pequeño cuerpo adornado con franjas verticales y otro encima coronado por cuerpo cónico. Es rollo y no picota -se ajusticiaba a los reos-, porque no tiene los cuatro brazos orientados a los puntos cardinales.




En las afueras quedan restos del palacio de Ibarra, del siglo XVII, barroco, con esquinas de sillar y el resto en ladrillo. Tenía una crujía principal con dos torres en los extremos, cerrado el muro norte y abierto frente a su costado meridional, donde estaría la portada principal. En el interior se abría un patio. Se hizo conocido por ser el escenario de parte de la batalla de Guadalajara en 1937.

 

La Real Fábrica de Paños, al este del núcleo urbano, es un ejemplo relevante de arquitectura industrial del siglo XVIII. Ya en los siglos XII y XIV hubo batanes y procesos de tinte, aunque las actividades textiles eran artesanales y basadas en mujeres tejiendo con sus manos, sin máquinas. En 1750 se fundó la Real Fábrica, por Fernando VI, que se construyó dentro del recinto amurallado, en el lugar de la ermita de santa Lucía. En 1717 había aparecido la Fábrica de Paños de Guadalajara, pionera en el país, y la de Brihuega se estableció como sucursal, aumentando su producción en los años sucesivos. Hasta 1757 produjo telas de calidad, pero escasa producción debido a que no se podían comprar más telares. La fábrica era deficitaria y se arrendó a los Cinco Gremios Mayores de Madrid, aceptando la Hacienda Real con la condición de la permanencia de la maquinaria e infraestructura. El intento de racionalizar el trabajo no gustó en la villa y en 1767, al finalizar el contrato, la Real fábrica volvió a la Hacienda Real.

En 1768, mandato de Carlos III, quizá por una epidemia de peste, la Real Fábrica de San Fernando se trasladó a Brihuega, unificándose ambas, aunque por poco tiempo, puesto que en 1789 se trasladó la Fábrica de San Fernando a la de Guadalajara. Estos años fueron de expansión demográfica por la llegada de trabajadores y sus familias, la instalación de escuelas de hilazas en la villa y en pueblos cercanos. En 1784, Carlos IV, se unificó las tres fábricas en dos, trabajando en Guadalajara lo superfino y en Brihuega lo fino, reduciendo la variedad de tejidos. En esta época de esplendor, la importancia de la fábrica hizo que otras organizaciones se interesaran por ella queriendo comprarla, como la Compañía de Ganaderos de Soria, no concretándose debido a la negativa del Rey. La calidad mejoró por la introducción de la hiladura catalana, de reciente desarrollo, pero los operarios y obreros seguían trabajando en pésimas condiciones.

Durante la guerra de la Independencia fue ocupada por los franceses -cuartel del general Hugo, padre del poeta Víctor Hugo- y sufrió expolios tanto por éstos como por los guerrilleros del Empecinado. El caos y la desorganización provocó aumento de la deuda y ruina de los edificios, cerrando sus puertas en 1835. Un particular adquirió el edificio industrial para fabricar pañolería y mantones en 1840 y continuó en poder de su familia hasta 1936, fabricando telas y mantas para el ejército.


El edificio tiene puerta barroca de 1810, que da acceso al patio y al cuerpo principal o rotonda, de planta circular, donde estaban instalados los telares. Alrededor de dos patios se construyeron otros edificios funcionales. La Rotonda tiene muros de mampostería y cubierta de madera apoyada sobre pilares. En 1840 se crearon los jardines.




El rico patrimonio de la población muestra otros elementos señalados.




Puerta de la Guía. Torreón de la vieja muralla del castillo. Se abrió en 1812 por el general Hugo, para cuartel de los franceses. El torreón formaba parte del sistema defensivo del patio de armas del castillo en su lado norte, antaño protegido por un foso. Planta cuadrangular, sillares en las esquinas y mampuesto de roca caliza en los paños. Disposición en espiga de pez de las piedras en la parte alta de los muros. Hoy tiene tejado a dos aguas. Doselete de madera con imagen de la Inmaculada en recuerdo del asalto a la ciudad.


 

Fuente de los Doce Caños o Fuente Blanquina, mencionada en el siglo XVI. Antes las mujeres lavaban la ropa y fregaban los cacharros en Los Pilancos, junto a las Eras del Agua, aprovechando el barranco de Valdeatienza. El lavadero está formado por tres pilones de piedra. Fue construido sobre uno anterior, La Boquera, e inaugurado en 1905, sin techar, se podía lavar de pie en vez de rodillas. El agua viene de un manantial. Tradición: la moza que beba de todos ellos encontrará novio. Antes hubo doce fuentes en el casco urbano y cinco en las afueras. Los manantiales eran utilizados como fuentes y abrevaderos. En la Edad Media abastecían los baños públicos, con normas de utilización en el fuero de 1242. 

Plaza del Coso. Plaza mayor, lugar de encuentro, Ayuntamiento de 1975 que sustituyó a otro anterior del siglo XVIII. Aquí se ubicó antiguamente la carnicería y la pescadería, en el siglo XVIII estaban las principales pensiones u hospederías, una de las monjas bernardas. Contiene la Cárcel de Carlos III y las Fuentes del Coso. Frente al Ayuntamiento están las Cuevas Árabes, grutas inmemoriales para conservar aceite, vino, alimentos, etc. Se la conoce como El Coso desde el siglo XVI, quizá derivando del árabe Zoco. Se celebraban mercados y corridas de toros.



Cárcel de Carlos III. Situada en el costado oriental de la Plaza del Coso, es un pequeño caserón neoclásico destinado a prisión municipal. Los Borbones favorecieron a Brihuega modificando la calle Mayor y la Plaza del coso. En la antigua plaza renacentista existía una cárcel de tiempos de Felipe II, en mal estado. Proyecto desestimado por Ventura Rodríguez, que había diseñado el Ayuntamiento, aunque finalmente se hizo. Tiene tres plantas, muros de piedra y forjados de madera. Vanos recercados de buenos sillares. Verjas de forja en ventanas. Puerta de acceso, cartela. Planta baja, estancias originales con arcos de piedra, calabozos, vieja cocina. Otros usos escuela de música, almacén, biblioteca, oficina de Turismo.


 

Brihuega es conocida por otro motivo en el mes de julio, por la floración de la lavanda, que no florece en febrero como los almendros, o en primavera -marzo, abril- como los cerezos en el valle del Jerte, o los frutales de Aitona (Lleida) o en Cieza (Murcia). La lavanda, arbusto aromático con flores de color lila azulado con forma de espiga, florece en julio. Su esencia se utiliza en la producción de perfumes y en Brihuega hay muchas hectáreas plantadas y una planta de tratamiento y producción de perfumes.












 

 

lunes, 26 de febrero de 2018


Tendilla: Feria de las Mercaderías.



Tendilla es una población alcarreña “larga como una longaniza” (C.J.Cela) situada a 789 m de altitud, en un alargado y estrecho vallecito entre pequeñas montañas de terreno áspero, cerros pedregosos por donde trepan rebaños de pinos, pero con vega junto al arroyo. Las casas están arracimadas en el fondo del barranco, ocultas entre los pliegues de las montañas, viendo limitados sus horizontes a una franja de cielo. En 2017 tenía 329 habitantes, lejos de los 2.800 (600 casas) que tuvo en el s. XVI. Disminuyó en el s. XVIII hasta los 752 (165 casas. Tomás de Uriarte la describió en 1781 como “mediana villa con una gran arboleda”), se recuperó hasta los 1.048 de 1900 y decayó hasta los 907 en 1956 y hasta la actualidad. Una de las causas de que la población parezca haberse desvanecido fue la gran fragmentación de la propiedad por divisiones sucesivas.

En la Edad Media perteneció al Común de Villa y Tierra de Guadalajara hasta finales del s. XIV. Enrique III de Castilla la elevó a Villa en 1394 y la donó en señorío a su Almirante Mayor don Diego Hurtado de Mendoza. Su hijo Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana (poemas, Señor del Real de Manzanares), mandó construir el castillo y su segundo hijo, Íñigo López de Mendoza y Figueroa, primer conde de Tendilla, fundó el monasterio jerónimo de Santa Ana en 1473. El momento de mayor esplendor de la villa llegó con el segundo conde de Tendilla y primer marqués de Mondéjar, Íñigo López de Mendoza y Quiñones, Capitán General del reino de Granada tras su reconquista.

La pujanza económica tenía su origen en la Feria. En el s. XV existieron dos, la de San Mateo (local, ganadera, final de septiembre) y la de San Matías (finales de febrero), la más importante, quizá creada en tiempos de Juan II y confirmada por los Reyes Católicos en 1484. Eran ferias francas, en las que los comerciantes pagaban pocos impuestos, como en Medina o Valladolid. El s. XVI fue de gran desarrollo debido al aumento de población y negocios, según las Relaciones Topográficas de Felipe II en 1580 (paños, terciopelos, lana, joyería, mercería, lienzos, especias, cera, pescado, etc.), por estar situada en el camino de Castilla a Valencia pasando por Cuenca. Al ser en invierno (refrán: “San Blas malo, Feria buena”) eran necesarios los soportales de la Calle Mayor: muchas casas tenían la vivienda en el primer piso, siendo la planta baja cuadra que se alquilaba durante la Feria.

En el s. XVIII habían decaído, en 1752 había desaparecido la de San Mateo, las ganancias eran mucho menores y la de San Matías evolucionó hacia la ganadería mular y caballar. En los ss. XIX y XX (mulas viejas, “muletas”, “muleteros”) se hacían en la salida hacia Sacedón, registrándose los movimientos mercantiles en el Libro de Ferias. Julio Caro Baroja las menciona en “Los Baroja” y describe Tendilla en 1948 diciendo que “las Ferias no son ya ni sombra de lo que fueron”. Desaparecieron en 1967 pero fueron recuperadas en 1993. En el cancionero popular han quedado recuerdos de ella: “No compres mula en Tendilla / ni en Brihuega compres paño / ni te cases en Cifuentes / ni amistes en Marchamalo. / La mula te saldrá falsa, / el paño te saldrá malo, / la mujer te saldrá tuna / y los amigos contrarios”. Variantes: palabras más fuertes que “tuna”. “Mula de Tendilla, amistad de Alcocer y mujer de Hita, no me la des”. Seguidilla erótica del s. XVII: “A Tendilla se parte / la niña bella / y el galán no a Tendilla, / sino a tendella”.

Camilo José Cela estuvo aquí el 13 de junio de 1946 cuando se dirigía a Pastrana. En “Viaje a la Alcarria” cuenta que al pueblo “se entra por una alameda muy bonita y bastante frondosa”, que es “estirado todo lo largo de la carretera” y que “en este pueblo es donde tiene un olivar el escritor don Pío Baroja, para poder tener aceite todo el año”, que “está dando con el del tío Pierdecarros”. En el Parador Antiguo de Juan Nuevo quiere morderle un perro y no le dan de comer, y en la fonda un pato le da un picotazo. Antes de marcharse dio un paseo hasta las ruinas del convento.



La Feria de San Matías 2018 se celebra del 24 al 26 de febrero, con un marcado carácter turístico y promocional. Los vecinos se implican engalanando los balcones para crear ambientación de tiempos pasados. La calle se llena de gran variedad de puestos y acontecimientos festivos. Tras la apertura del viernes, el sábado se preparan migas, se exhiben trabajos del Taller de Artes y Oficios, actúa el grupo de dulzainas “Dulzanares Folk” (con participación de Félix, hombre polifacético y músico polivalente), se reparten dulces (“Siendo dulces de Tendilla, lo que me den”, C.J.Cela) y así se llega al momento cumbre del Torneo Medieval “Condes de Tendilla. También hay visitas guiadas a la iglesia de Ntra. Sra. de la Asunción y al Museo Etnológico, bueyada infantil y presentación de Los Zíngaros. El domingo termina la Feria con un Certamen de Música Folk, entrega de premios del concurso de Trajes Medievales y exhibición de aves rapaces.


La villa es conjunto Histórico-Artístico desde 1968. En este recorrido por la Feria, con el sol alto en el cielo despejado infundiendo una tibieza precursora de la primavera, pueden verse sus elementos más importantes, comenzando por los restos de la muralla medieval y el Palacio barroco de Juan de la Plaza Solano, Secretario Real y de Hacienda de Felipe V, o Palacio de los López Cogolludo (fachada principal almohadillada con balcón central en primer piso y frontón con escudo, capilla rococó). Poco después se encuentra la inacabada Iglesia de la Asunción pensada como Colegiata y empequeñecida en su ejecución (s. XVI, portada norte renacentista, retablo mayor ss. XVII y XVIII, templete del relicario de la Virgen de la Salceda –se encontró dentro de un sauce-, torre de tres cuerpos separado del templo a sus pies).



Lo más llamativo es el conjunto urbano con los soportales –con columnas de piedra- de su larga Calle Mayor que ahora se ven difícilmente. Tras cruzar el arroyo está la Fuente Vieja (s. XV, restos del escudo de los condes de Tendilla), cuyas aguas cautivas exhalan su perpetuo sollozo y caen con un rumor eterno y monótono. Alguna casa del s. XVIII nos acerca hacia lo alto, donde, en medio del pinar, se ubican las ruinas del monasterio jerónimo de Santa Ana, ruina vasta y amenazadora, que representaba algo grande en lo pasado, pero en la actualidad se desmorona a toda prisa, aunque el lugar posee toda la prestancia y solemnidad que corresponde a un mito.



De todas las actividades queda el buen regusto de la visita a la iglesia guiada por el sacerdote, D. Jesús, que nos cuenta bajo la torre lanzada al cielo, con la sonrisa dibujada en sus labios, con su mirada que perfora el tiempo, con un gracejo poco habitual distintas anécdotas, todas muy sabrosas, referentes al convento de Santa Ana -cuyo retablo está “guardado” en EE.UU.-, al convento de la Salceda, s. XIV, -mayoritariamente en el término de Peñalver, “de los mieleros”- donde profesaron personajes que iluminaron la historia como Francisco Ximénez de Cisneros –pasó de Gonzalo a Francisco- y Diego de Alcalá, que se ocupaba de las mulas, como “Morita”, a la que vendió en la Feria por indomable y que regresó antes que él al convento. En la iglesia nos enseña el retablo –dialéctica sobre si el que está arriba a la derecha es San Juan-, la cripta y la magnífica escalera.



La Feria es una vida casi enterrada en el olvido que trata de desenterrar recuerdos, pero la pervivencia de la historia se nutre más de crepúsculos que de éxitos y estas celebraciones resultan lentejuelas históricas. Pero constituyen un símbolo y la Historia está hecha de símbolos. Por eso gustan aunque hayan degenerado en una simple actividad turística, por eso la población está a rebosar y los puestos y la hostelería hacen negocio, que es de lo que se trata. Olvidándonos de lo que fue, viendo simplemente lo que es, da gusto ver el pueblo tan animado y solamente por esto ya vale la pena, a pesar de ser un fugaz espejismo en el que la gente del pueblo se viste de época tratando de contextualizar la fiesta.
 
Sofía, Judith, Raquel
Una media luna diurna, que ha ido remontándose con lentitud y está inmóvil como suspendida en la mitad del cielo, sobre el palenque del torneo, nos despide.