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martes, 1 de septiembre de 2026

Colección Gelman. México




La exposición "Relatos modernos. Obras emblemáticas de la Colección Gelman Santander" se exhibe (primavera, 2026) en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, después de casi 20 años de no estar expuesta en el país, pero la noticia de su traslado a España en otoño ha levantado suspicacias que han obligado a la presidenta mexicana a salir al paso de las críticas, comunicando que se trata de un préstamo a largo plazo para poder exhibir las obras en el extranjero, y que volverán en 2028, porque, aun estando en manos particulares, es patrimonio nacional. El acuerdo con la Fundación Banco Santander se limita a tareas de gestión, seguros y exhibición internacional. El préstamo es por cinco años, pero con regresos temporales cada dos. 




Jacques Gelman nació en San Petersburgo en 1909, creció en Berlín y llegó a México en 1938 con el oficio de productor de cine. Amasó una fortuna produciendo algunas de las películas más populares de la época e impulsando la carrera de Cantinflas. Su esposa, Natasha -emigrada checa-, comenzó a recoger obras de arte modernas y contemporáneas de un amplio espectro de estilos, principalmente arte moderno mexicano: autorretratos de Frida Kahlo, óleos y acuarelas de Diego Rivera, las formas monumentales de José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, las geometrías de Rufino Tamayo, los paisajes oníricos de Leonora Carrington y María Izquierdo, etc.


 

Diego Rivera, Retrato de Natasha Gelman, 1943, óleo sobre tela, 115 x 153 cm.

A la muerte de Jacques, 1986, la colección mexicana de los Gelman ascendía a unas trescientas obras.  La parte europea de la colección —ochenta y una obras de Picasso, Matisse, Kandinsky y otros— fue donada por Natasha al Metropolitan Museum of Art de Nueva York en 1998, año de su muerte. Para la parte mexicana de la colección, Natasha tenía otro plan: las obras debían mantenerse unidas y exhibirse en una institución privada en México. El plan no se ha cumplido. No se mantuvo unida la colección ni está en México permanentemente. 

Frida Kahlo, Retrato de Natasha Gelman, 1943, óleo sobre tela, 30 x 23 cm

Tras la muerte de Natasha, 1998, la colección pasó a manos de un albacea y fue exhibida por todo el mundo hasta que en 2008 una serie de querellas sobre la propiedad hicieron que se dejara de exhibir en México. Al parecer, antes de morir estaba enferma de Alzheimer y pudo firmar documentos que le arrebataron su patrimonio. En el año 2024 se suscitó controversia cuando el gobierno mexicano bloqueó una subasta de Sotheby´s de varias piezas de la colección para pagar intereses de un préstamo. Entonces trascendió que la colección había sido adquirida por la familia Zambrano en 2023. De las trescientas obras del conjunto, se ha podido dar cuenta sólo de ciento sesenta. En enero de 2026, Banco Santander sustituyó a Sotheby´s como prestamista, por lo que, si no se pagara el préstamo, quizá pudiera acceder a la propiedad. 

Frida Kahlo. Autorretrato con vestido rojo y dorado, 1941. Óleo sobre tela, 39 x 27,5 cm.


En México es un asunto importante por la obra de Frida Kahlo. Se considera que hay 150 óleos en el mundo, de los que sólo cuatro forman parte del patrimonio público. Contando los de titularidad privada son siete los que hay en el país, y la colección Gelman tiene 18 obras, un conjunto que cubre su trayectoria artística y que incluye diez pinturas, siete dibujos y un grabado, destacando autorretratos icónicos como Diego en mi pensamiento, Autorretrato con collar y Autorretrato con monos. Treinta de las obras tienen declaratoria de monumento artístico.


Frida Kahlo, Autorretrato con Trenza, 1941, óleo sobre tela, 51 x 38,5 cm


Frida Kahlo, Autorretrato con Collar, 1933, óleo sobre lámina, 35 x 19 cm


Frida Kahlo, Diego en mi pensamiento, 1943, óleo sobre tela, 75,9 x 61 cm


Frida Kahlo, Autorretrato con monos, 1943, óleo sobre tela, 81,5 x 63 cm

La Colección Gelman es un compendio de obras de grandes artistas y fotografías de artistas renombrados (Guillermo Kahlo, Graciela Iturbide, Manuel Álvarez Bravo), lo que la convierte en una representación única del crisol cultural mexicano.

Frida Kahlo, Retrato de Diego Rivera, 1937, óleo sobre masonite, 46 x 32 cm


La exposición reúne 68 piezas clave para comprender la historia visual del México del siglo XX, incluyendo los diez óleos de Frida Kahlo, la icónica Vendedora de alcatraces (1943, síntesis entre vanguardia y tradición), de Diego Rivera y obras de otros artistas ya citados, a los que hay que añadir a Lola Álvarez Bravo, Ángel Zárraga, Leonora Carrington, Carlos Mérida, etc. Entre las piezas destacadas están los retratos encargados por los Gelman a algunos de estos artistas y, ocupando el lugar fundamental, los autorretratos de Frida Kahlo, así como un autorretrato realizado en acuarela de José Clemente Orozco, y su obra Salón México (1940), un gouache que pertenece a una línea de trabajo en la que representó una visión sombría de la vida nocturna de Ciudad de México.

Paisaje con cactus_1931, Diego Rivera


Girasoles, Diego Rivera



Autorretrato con monos de Frida Kahlo. México 1943, y Vendedora de alcatraces de Diego Rivera, México 1943.

"El abrazo de amor del Universo, la Tierra (México), yo, Diego y el señor Xólotl", de Frida Kahlo, forma parte de la colección de Jacques y Natasha Gelman.


Frida Kahlo, La novia que se espanta de ver la vida abierta, 1943, óleo sobre tala, 63 x 81,5 cm

Frida Kahlo, El abrazo de amor del universo, la Tierra (México), Diego, Yo y el Sr. Xolotl, 1949. Óleo sobre masonite; 70 x 60,5 cm.





 

martes, 30 de junio de 2026

TRANSITAR EL SIGLO XX. DIBUJO Y ESCULTURA EN LAS COLECCIONES ICO

La escultura, a lo largo de los siglos, ha abordado fines religiosos, monumentales o fúnebres, ligados al poder institucional y a las políticas de encargos. Desde la concepción hasta la materialización se advierte un deseo de adueñarse del espacio mediante una masa de volumen cerrado. Aunque nació con vocación de eternidad, como demostraron los egipcios o los griegos, su finalidad ha evolucionado hasta que el escultor puede trabajar con una amplia variedad de materiales.

En el siglo XX ha experimentado más metamorfosis que en toda su historia anterior. Las vanguardias y los movimientos fueron responsables de profundas transformaciones. Distintas experimentaciones se produjeron desde el modernismo, el cubismo, el surrealismo, que, además de modificar el sentido de la pintura, encontraron en la escultura un soporte para sus búsquedas.

La exposición propone un recorrido por el arte del siglo XX, revelando cómo los lenguajes del trazo y el volumen han dialogado con los cambios sociales, políticos y estéticos del tiempo. Junto a las esculturas, la muestra incorpora una selección de dibujos que permite adentrarse en los procesos creativos de los artistas y establecer un diálogo entre ambos lenguajes, haciendo posible la comprensión de la evolución de la forma, el espacio y los materiales, desde la fragilidad del papel hasta la contundencia de la materia escultórica. 

 
Antoni Gaudí, Chimenea ventilador, 1909, bronce.

Manolo Hugué, Vieja catalana. La lloverá, 1910/1911, bronce patinado. Sus obras se caracterizan por su estilo noucentista, que supo acercar hasta las vanguardias.

Pablo Gargallo, Bailarina con tutú (Teresina Boronat), 1927, tinta china sobre papel. Esta obra es uno de los dibujos preparatorios para una de sus esculturas más célebres, Gran Bailarina, de la cual realizó tres versiones en hierro.

 

LAS VANGUARDIAS.

Ya en el siglo XIX, la escultura comenzó a adquirir nuevo sentido. El estudio anatómico exhaustivo, el interés por la perfección y la búsqueda de la belleza dieron paso a una nueva realidad en la que materiales y formas cambiaron radicalmente. La evolución fue más tardía porque estaba ligada a los encargos y porque los materiales (mármol, bronce, …) eran muy costosos. La capital francesa fue crucial para el arte moderno, al residir allí muchos artistas. Pablo Gargallo y Julio González utilizaron el hierro y la forja, con chapas recortadas y soldadas de vinculación cubista, para ir abandonando las referencias figurativas y adentrarse en la descomposición geométrica como un nuevo estilo. Desarrollaron un lenguaje nuevo que dio lugar a la nueva estética basada en la “ausencia de masa”. Joan Miró interpretó las formas desde postulados surrealistas.

                                  Pablo Picasso, Nu, 1934 (26 de abril), tinta china sobre papel

 

                                                        Joan Miró, Femme, 1970, bronce.

Figura orgánica, en la que con pocos elementos traza el cuerpo femenino. Esta concepción etérea es propia de los años 1920 cuando se instaló en París, donde entró en contacto con Picasso y pintores, escritores y poetas surrealistas que le influyeron para depurar su estilo.



          Salvador Dalí. Un féminin, hystérique et aérodynamique. 1934/1973, bronce pintado.

 

VOCES EN EL EXILIO.

La experiencia del exilio marcó profundamente la obra de Esteban Vicente (Nueva York, expresionismo abstracto, vínculo emocional con la luz y el color mediterráneo), Alberto Sánchez (Rusia, poética simbólica y telúrica, nostalgia de Castilla) y Eugenio Granell (América Latina, Francia y Estados Unidos, universo surrealista).

Alberto Sánchez, Campesinas bailando, 1956/1958, tinta china y acuarela sobre papel.

Alberto Sánchez, Tres mujeres paseando, 1956/1958, temple y tinta china sobre papel.

 

Alberto Sánchez, Homenaje a las mujeres, 1960-1961, chapa de hierro y remaches de aluminio.

En sus propias formas resultan evidentes las influencias del cubismo (investigación sobre el vacío activo, el hueco y la estructura por planos simples) y del surrealismo (volúmenes bulbosos y neumáticos, cierto organicismo fantástico).

 

ABSTRACCIÓN E INFORMALISMO.

Tras la Segunda Guerra Mundial, algunos artistas abandonan la figuración y cobra protagonismo la abstracción. Profundos cambios estilísticos dan lugar a la muerte de las vanguardias, que pierden su esencia revolucionaria, y surgen nuevas corrientes dominadas por lo visual o lo conceptual.

En las décadas de los 50 y 60, esta transformación se refleja en la escultura y en el mundo del arte se impone una nueva tendencia, especialmente en Francia, donde surgirá el informalismo, en paralelo al expresionismo abstracto desarrollado en Estados Unidos. Dentro del informalismo surgen corrientes como la abstracción lírica, el espacialismo o el Art Brut. El informalismo propone prescindir de la voluntad formal y crear guiándose por el instinto. En España lo desarrolló Martín Chirino, miembro del grupo El Paso.

La segunda mitad del siglo XX trae nuevas esculturas, donde el vacío adquiere un papel principal. El estudio anatómico representa el movimiento unido a la energía y puede hablarse de esculturas científicas. Las obras de Jorge Oteiza y Eduardo Chillida muestran estas innovaciones.

              Martín Chirino, Composición. Homenaje a El Lissitzky, 1957/1958, hierro forjado.

 

                                         Jorge Oteiza, Oposición de dos diedros, 1959, hierro.

 

                                         Eduardo Chillida, Sin título, 1964, tinta sobre papel.

 

LA FIGURACIÓN.

Lo conceptual nos presenta una nueva relación entre el cuerpo y el espacio, dando lugar a una tipología que anula la huella física y psicológica del escultor, pero en el ámbito visual se encuentran corrientes que trabajan usando como materia artística la realidad cotidiana. El realismo es cultivado por Julio López o Carmen Laffón, que priorizan el testimonio de la experiencia personal a la mera captación de la realidad, buscando lo cercano y lo familiar.

                                                 Carmen Laffón, Armario, 1994-95, bronce.

Aunque su pasión fueron los paisajes, en esta obra se ve la mirada tan personal a la hora de captar la belleza y la calma a través de un bodegón. Su faceta como escultora se muestra en la delicadeza y minuciosidad en la que los detalles adquieren un papel esencial.

                                      Antonio López, Calabazas, 1994/1995, lápiz sobre papel.

                                     Antoni Tápies, Rentamans i libres, 1987, bronce y pintura.

Esta escultura incorpora uno de los símbolos más reconocibles en la obra de Tápies: la cruz. A veces se convierte en equis, como coordenadas del espacio, como imagen de lo desconocido, símbolo del misterio, señal de un territorio, marca para sacralizar lugares, como signo matemático, etc. Aquí se sitúa sobre un libro, objeto que le fascinaba.

 

LOS AÑOS 80.

Con la llegada de la democracia, el panorama artístico español entró en una etapa identificada como posmodernismo, lo que llevó a experiencias multidisciplinares. Se produce un movimiento contracultural encabezado por la movida.

Ahora destaca el individualismo por encima de la agrupación en movimientos, y la pluralidad de corrientes paralelas. Los protagonistas son autores jóvenes que quieren revitalizar el panorama artístico con propuestas audaces.

La diversidad estilística es clave: se distinguen la abstracción analítica, la nueva figuración, la abstracción mística y la nueva figuración expresionista. Esta pluralidad encuentra ejemplos en artistas como Miquel Barceló o Susana Solano.

                                          Miquel Barceló, Oignon, 1988, gouache sobre papel

 

                               Juan Muñoz, Raincoat drawing, 1992-1993, tiza y óleo sobre tela.

Nos presenta el interior de un espacio, una obra en armonía con el concepto arquitectónico. En este lugar cerrado, juega con las ilusiones ópticas y nos hace plantearnos en qué plano nos encontramos. La intriga queda más patente mediante el uso de un fondo negro.


                                              Eduardo Arroyo, Mesa Tío Pepe, 1973, bronce.

Uno de los temas que lo acompañan de forma constante es el folclore español, realizado a través de identidades muy reconocibles. Tras sus obras de denuncia contra la dictadura franquista, el lenguaje se vuelve más irónico y sutil, más íntimo.

 

miércoles, 10 de junio de 2026

Botánica y arte.

En el palacete medieval del CaixaForum de Girona se ha inaugurado una exposición que une la botánica y el arte: "La botánica en el arte. Las plantas en las colecciones del Museo del Prado". La muestra está estructurada en cuatro secciones principales que exploran distintos ámbitos: Plantas que cuentan historias, El Prado es un jardín, El gusto por las plantas y Las emociones en el paisaje.

Las especies vegetales, más allá de su papel de mero escenario u ornamento, aportan una interpretación más profunda de las obras de arte. La exposición pretende recuperar un lenguaje perdido, más allá del impacto visual. Las plantas servían para una gran variedad de propósitos, como expresar un sentimiento, mostrar el linaje de la casa noble a la que pertenecía el retratado, resumir un ritual mitológico, enseñar alguno de los dogmas de fe de la religión católica... También se pueden rastrear los distintos usos que se les daban a las plantas en otros países, como en el caso de los sauces (Salix spp.), frecuentes protagonistas en los paisajes del norte de Europa. Además de advertir cómo se refuerzan mensajes políticos, religiosos o históricos, se pone de manifiesto el protagonismo del mundo vegetal en grandes obras maestras.


Una de las peculiaridades de esta iniciativa es que la gran mayoría de las piezas se muestran emparejadas, para conseguir un diálogo entre ambas que enseñan aspectos complementarios o incluso contrapuestos. Como ejemplo, el clavel (Dianthus caryophyllus) aparece con una simbología antagónica: sentimiento eterno del amor y el paso efímero por esta vida. 


Los sentidos son estimulados por la muestra, con hermosas fotos de las plantas al natural realizadas por la artista valenciana Paula Codoñer; con cinco estaciones olfativas que ofrecen fragancias de plantas que aparecen en el recorrido, como la del azahar o de la rosa de mayo; con la recreación del ambiente de un jardín pintado en 1765 por Giovanni Battista Colombo (1717-1793), con el sonido de una fuente o los cantos de mirlos y petirrojos. 

Para terminar, en una última sala que despide al visitante, se lee un párrafo que ejerce de florido corolario a tanta hermosura: “La brisa desata un murmullo entre las hojas que relata lo innegable: apreciar la botánica en las obras de arte añade un motivo más de disfrute, como cuando se pasea por un jardín, donde todos los sentidos se estimulan al son de las plantas. Esta exposición ha sembrado una primera semilla que germinará y también traerá las primeras flores”.

Jan Brueghel el Viejo; Hendrik de Clerck, La Abundancia y los Cuatro Elementos, 1606, óleo sobre cobre. Museo Nacional del Prado

La selección de obras: una mirada transversal

La exposición reúne 53 obras que abarcan un amplio arco cronológico y una notable diversidad de escuelas, géneros y técnicas, pero lejos de plantear un recorrido cronológico o estilístico, la muestra adopta un criterio transversal: el elemento común que enlaza todas las piezas es la presencia significativa de especies botánicas.  En algunos casos, incluso se han escogido piezas por sus marcos, cuando sus motivos vegetales son relevantes, como Fiesta en un jardín, de Charles-Joseph Flipart.

Jan van Kessel el Viejo, Bodegón de flores, 1633-1666. Óleo sobre cobre. Museo Nacional del Prado.

Recorrido expositivo

El itinerario se abre con un espacio introductorio que actúa como síntesis visual y conceptual de la exposición. Cuatro obras, procedentes de épocas y contextos distintos, anticipan los contenidos de los cuatro ámbitos en los que se articula la muestra.

La dimensión narrativa de las plantas se ejemplifica con la obra La Virgen con el Niño, san Juan y ángeles (1536), de Lucas Cranach el Viejo, donde un racimo de uvas simboliza la aceptación del sacrificio que Jesús asumirá en su vida adulta. El espacio dedicado a la jardinería y el goce estético se introduce con Bodegón de flores (1663-1666), obra de Jan van Kessel el Viejo, una composición repleta de tulipanes, rosas y lirios. El ámbito en el que se aborda la sensualidad de los frutos se adelanta con el bodegón del siglo XVII Mesa, de Jan Davidsz De Heem, en el que las texturas y brillos de distintas frutas cobran protagonismo. La carga emocional del paisaje, por último, se preludia con el óleo Las huertas (Cuenca) (1910), de Aureliano de Beruete, que destaca los tonos verdes de la vegetación y subraya la identidad de la ciudad, mostrando su carácter austero. 

Aureliano de Beruete (Madrid, 1845 - Madrid, 1912), Las huertas (Cuenca), 1910. Óleo sobre lienzo, 66 x 100 cm

Entre los discípulos de Carlos de Haes, introductor del realismo en el paisaje español, uno de los más destacados fue Aureliano de Beruete. Su concepto del paisajismo evolucionará desde esos postulados estéticos hacia el naturalismo e incluso hacia posiciones cercanas al impresionismo, como en esta obra. En su campaña en Cuenca optó por representarla desde abajo, desde las huertas que se forman al lado del río Huécar. La espectacularidad de la ciudad desde esta parte es mucho mayor que desde las orillas del río Júcar. Beruete consigue subrayar así la verdadera identidad de la ciudad, que se encuentra en este tipo de vista más que en un edificio civil o religioso concreto. Beruete supo captar la esencia de la ciudad, la unión entre la arquitectura y la naturaleza y su largo pasado histórico, que ahora dormía en una inevitable decadencia.

Jacopo Amigoni, La infanta María Antonia Fernanda de Borbón, c. 1750. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional del Prado

Plantas que cuentan historias

El primer ámbito temático profundiza en la capacidad narrativa del mundo vegetal. Las obras muestran cómo, desde antiguamente, las plantas han actuado como portadoras de significados simbólicos vinculados a lo religioso, lo mitológico, lo político o lo sentimental.

En La infanta María Antonia Fernanda de Borbón, de Jacopo Amigoni, c. 1750, por ejemplo, una joven en edad casadera sostiene un clavel, que alude al compromiso afectivo que la une, o la unirá, a otra persona en matrimonio.

Otro ejemplo se encuentra en una Crucifixión anónima del siglo XVI en la que aparece un gordolobo, una planta de pequeñas flores amarillas, que se utilizaba como cirio en ceremonias como los funerales, por lo que refuerza su temática mortuoria.

Herman van Swanevelt (Woerden (Holanda), 1603 - París, 1655), Paisaje con un cartujo (¿san Bruno?), 1636 - 1638. Óleo sobre lienzo, 158 x 234 cm

El Prado es un jardín

La segunda sección explora el jardín como espacio real y como construcción simbólica. A lo largo de la historia del arte, el jardín se ha concebido como lugar de armonía, de conocimiento, placer estético o retiro espiritual. Por este motivo el ámbito también rinde homenaje al jardinero, figura que actúa casi como un demiurgo, ya que da forma y armoniza ese pequeño universo con una voluntad creativa que se asemeja a la de los artistas. Esta reverencia ante la figura del jardinero se aprecia en pinturas como Paisaje con un cartujo, de Herman van Swanevelt, donde un monje cuida un jardín de plantas bulbosas.

Jan Davidsz. de Heem, (Utrecht, 1606 - Amberes, 1683), Mesa.  Óleo sobre tabla de madera de roble, 49 x 64 cm

El gusto por las plantas

El tercer ámbito se adentra en la dimensión sensorial del mundo vegetal. Las plantas, especialmente las que producen frutos comestibles, estimulan varios sentidos. El bodegón, género central en esta sección, permite apreciar la fascinación por las texturas, los brillos y los matices cromáticos de distintas frutas. En ocasiones, como en Placa con taza que contiene frutas y mariposa, de finales del siglo XVII, las composiciones reúnen frutos de distintas estaciones en una misma escena, desafiando la lógica natural en favor de una imagen de abundancia.

Otros bodegones de esta sección permiten adivinar los gustos y costumbres de su época. En el óleo atribuido a Abraham Brueghel y a Guillaume Courtois titulado Bodegón. Hombre con mono y frutas (1660-1670) aparecen dos tipos de cítricos muy valorados en la Europa del s. XVII: el naranjo amargo variegado y el naranjo “corniculata”, que reflejan la fascinación que despertaron los cítricos en los jardines nobiliarios.


 Simon de Vlieger (Rotterdam, 1600 - Weesp, 1653), Bosque, 1640 - 1645. Óleo sobre tabla, 61 x 61 cm

Las emociones en el paisaje

El cuarto ámbito de la exposición aborda la dimensión expresiva del paisaje. Los bosques y jardines no son simples fondos para decorar una escena: sirven como recursos para transmitir estados de ánimo y construir atmósferas.

En Bosque con jinetes y perros (1625-1630), Hendrick Cornelisz. Vroom representa un amplio camino flanqueado por robles, al fondo del cual una cacería no altera la sensación de calma que transmite el paisaje, marcado por la quietud de los árboles.

En contraste, Bosque (1640-1645), de Simon de Vlieger, presenta otro roble, esta vez sacudido por el viento en plena tormenta. Esta especie de árbol es usada para simbolizar la fortaleza y la resiliencia necesarias para hacer frente al temporal.

Hendrick Cornelisz. Vroom (Haarlem, 1566 - Haarlem, 1640), Bosque con jinetes y perros, 1625 - 1630. Óleo sobre tabla, 55 x 61 cm

Entre dos masas compactas de encinas discurre un camino hacia el horizonte. Un cazador avanza entre los árboles de la izquierda siguiendo a los dos galgos que, al fondo, cruzan el camino. Responde al tipo de paisaje de bosque cultivado. Los árboles ocupan casi toda la superficie. Entre los troncos y las pequeñas ramas sobresalientes se filtra la luz desde el fondo, lo que contribuye a dar una sensación de gran profundidad espacial. El color está aplicado con una pincelada pequeña y densa.

                                Escenas en un jardín, Giovanni Battista Colombo, c. 1765.

Epílogo: Un murmullo entre las hojas

En el óleo aparecen diversos personajes elegantes en un jardín frondoso, organizado con elementos de arquitectura clásica, esculturas y fuentes. La escena transmite un ambiente de calma y refinamiento. Esta pintura resume la capacidad de detenerse y atender a los distintos detalles que a menudo pasan desapercibidos.

                                                                    Porcelanas inglesas.

Carlos de Haes, Un bosque de palmeras (Elche), c. 1861. Óleo sobre papel pegado en cartón. Museo Nacional del Prado

María Luisa de la Riva y Callol de Muñoz, Puesto de flores, c. 1887. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional del Prado.

Francisco Masriera y Manovens, Joven descansando, 1894. Óleo sobre tabla. Museo Nacional del Prado.

Antonio Muñoz Degrain, Los escuchas marroquíes, c. 1879. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional del Prado.

Galleria dei Lavori, Florencia, Placa con pájaros y collar de perles. Primer tercio del siglo XVIII. Taracea. Museo Nacional del Prado.

La Abundancia y los Cuatro Elementos, Jan Brueghel el Viejo, (1568-1525) y Hendrik de Clerck, (ca. 1570-1630), Óleo sobre cobre, 1606, Madrid, Museo Nacional del Prado 

Nicolas Poussin, Les Andelys, Normandía, 1594 - Roma, 1665, Escena báquica, 1626 - 1628. Óleo sobre lienzo, 74 x 60 cm

Este tema es frecuente en la producción de Poussin. Presenta una bacante desnuda sosteniendo un cántaro mientras que un fauno caprípedo, coronado y ceñido por hojas de yedra, bebe de un vaso que levanta un amorcillo. En esta obra, en contraposición a otras posteriores, prima el desarrollo del tema sobre el entorno paisajístico, combinando la mitología con el culto al desnudo. La técnica, rápida y poco cuidada, se combina con una composición muy sencilla donde priman los colores apagados realzados por algunos toques de rojo.

Anónimo, 1525-30, San Jerónimo penitente, 1525 - 1530. Óleo sobre tabla de roble del báltico, 73 x 54,5 cm

La obra muestra una evidente calidad y una gran originalidad en el tratamiento del tema. Debido a su formato vertical, el autor de esta tabla muestra al santo eremita, lejos del monasterio, en primer plano, en el centro de la composición. Al fondo, a la izquierda, aparece una ciudad marítima. Debe señalarse la manera poco habitual en que representa al león que constituye su atributo: el león está matando a una liebre, símbolo de la lujuria. El pintor muestra así de una manera muy gráfica cómo el santo, con su penitencia, pudo vencer las tentaciones.

Pietro Facchetti (Obra copiada de Francesco Salviati; Posiblemente retocado por Pedro Pablo Rubens), Adán recibiendo recibiendo de Eva el Fruto Prohibido, 1602. Óleo sobre lienzo, 174 x 130 cm

Andrea Belvedere (Nápoles, 1652 - Nápoles, 1732), Florero, Hacia 1695. Óleo sobre lienzo, 77 x 65 cm

Pieter Brueghel el Joven (Obra copiada de Jan Brueghel el Viejo), El Paraíso Terrenal, Hacia  1626. Óleo sobre lámina de cobre, 57 x 88 cm 

Cornelys Massys, Amberes, 1510 - Amberes, 1556, Descanso en la Huida a Egipto. Hacia 1540. Óleo sobre tabla, 68 x 112 cm

Anónimo (Discípulo de Joachim Patinir) 1520-30, Descanso en la Huida a Egipto, 1520 - 1530. Óleo sobre tabla, 63 x 112 cm

Taller de Pedro Pablo Rubens (Siegen, Westfalia, 1577 - Amberes, 1640), La diosa Flora, Hacia 1625. Óleo sobre lienzo, 167 x 95 cm

Atribuido a Dirck van der Lisse (La Haya, 1607 - La Haya, 1669), Diana y sus ninfas sorprendidas en el baño por Acteón. Óleo sobre lámina de cobre, 29 x 41 cm

Cornelis van Poelenburch (Utrecht, 1594 - Utrecht, 1667), El baño de Diana, Hacia 1624. Óleo sobre lámina de cobre, 44 x 56 cm

Charles-Joseph Flipart (París, 1721 - Madrid, 1797), Fiesta en un jardín, Mediados del siglo XVIII. Óleo sobre lienzo, 48 x 69 cm