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lunes, 29 de diciembre de 2014

Etapa 4. Sotres - Poncebos. 

Las predicciones meteorológicas anunciaron ayer que el tiempo va a cambiar, que vuelve la lluvia, así
que, aunque hoy amanece despejado, no nos atrevemos a hacer una etapa larga como la de estos días. Como alternativa vamos a hacer una subida corta que nos aconsejó un compañero porque, en principio, la mañana es soleada y la temperatura buena.

Salimos en coche por la misma carretera de todos los días hasta Arenas de Cabrales, donde giramos a la derecha para, siguiendo la garganta del río Cares, llegar a Puente Poncebos y girar a la izquierda, siguiendo el desfiladero del río Duje hasta Sotres. No subimos al pueblo y aparcamos abajo en el desvío, en el lateral de una curva cerrada a la izquierda.

Cogemos las bicis y seguimos una pista de tierra que sale en bajada, a la derecha, siguiendo el río Duje que traemos desde Poncebos. Un kilómetro después aparecen unas cabañas, los invernales del
Texu, y un desvío a la derecha que cruza las cabañas, pasa un portillo e inicia una subida con una pendiente muy fuerte, con curvas muy cerradas aunque cementadas para evitar que los coches patinen. Al lado baja el arroyo de la Canero que atraviesa una zona de rocas y prados. Los helechos brillan bajo el sol de la mañana. La montaña repite el eco de nuestro paso mientras la ruta se quiebra en este bravo paisaje. La pista, y nosotros con ella, llega a un alto y llanea hacia un conjunto de cabañas. No cogemos un desvío a la izquierda, seguimos la pista principal que, desde las cabañas, inicia otra fuerte pendiente tras la que se llega a una zona llana donde una barrera impide el paso. Los coches están aparcados en los lados y nosotros sujetamos las bicis a un poste. Un poco antes de la
barrera, a la derecha, sube un sendero en fuerte cuesta. A esta altura ya no hay árboles, pero hay una magnífica pradera en lo alto, llano. Estamos en el collado de Pandébano, con una vista inmejorable. Han sido cinco kilómetros con un desnivel de unos 500 m.

La senda sigue en esta amplia pradera llana hacia la Vega de Urriellu, pero nosotros no vamos. Recuperamos el aliento mientras admiramos la magnífica perspectiva, aunque las nubes que pasan a nuestra altura impiden parte de la visión. En un momento la niebla se abre y aparece delante de nosotros el magnífico Naranjo de Bulnes, el pico Urriellu. Es un
momento sublime. De nuevo ha valido la pena la fuerte subida. Hacia atrás la vista también es muy buena. Se ve donde hemos dejado las bicis, las curvas de la subida y Sotres al fondo, con más zona boscosa. En estas soledades se siente cómo las obras inanimadas de la Naturaleza –roca, hielo, nieve, viento, agua- en guerra unas con otras, pero concertadas contra el hombre, reinan con soberanía absoluta. Escuchamos los ecos de las montañas, que se comunican por las cumbres, leyendo en éstas, al igual que en los hundidos desfiladeros, la lección eterna de la Naturaleza. La montaña empequeñece al hombre; sólo se engrandece cuando pisa su cumbre, que nos da una lección impagable: enseñarnos a pasar sin comodidades. En la cima, silencio; el silencio casa con la majestad
de la montaña, donde se oye todo lo que la tierra calla. El tiempo parece detenido como en un encantamiento. Aunque el día es bueno notamos que el sudor se va enfriando, así que bajamos andando, cogemos las bicis y descendemos hasta Sotres.

Con el coche volvemos hasta Poncebos y caminamos un tramo del famoso desfiladero del Cares. Empezamos al nivel del agua verdosa que, escondida entre rocas y vegetación de ribera, es casi un rumor –que parece susurrar leyendas- en algunos puntos aunque el valle es un poco más ancho. Poco a poco el valle se va cerrando de forma que casi no se ve el agua porque la senda asciende entre paredes grises, calizas, con poca vegetación.
En algunas zonas más llanas hay algo de hierba, pero este es un mundo mineral. La senda sigue subiendo, sintiendo la caricia del sol, hacia unas rocas puntiagudas. Más abajo hay un camino. El día sigue siendo bueno y en esta subida vuelve el calor. Subimos hasta Los Collaos, sólo unos 2,5 km pero con un desnivel de unos 300 m. Desde aquí nos volvemos apreciando mejor la belleza del valle, por el menor esfuerzo, y pensando en la dureza del invierno, cuando el frío congele las leyendas del río.

Volvemos a Cangas y el día sigue bueno. Rutina. Las predicciones del telediario dicen que habrá
lluvia durante varios días, como sucedió antes de llegar aquí. Por la tarde el sol comienza a ocultarse
entre las nubes. Se forma un cielo tormentoso, las nubes se amontonan unas sobre otras, y parece notarse más la humedad, el aliento del océano. Desordenadas en el cielo las nubes de tormenta se agolpan contra las últimas luces del día. Con un cielo atravesado por los truenos, el horizonte se rinde a la oscuridad y la noche se cierra en tinieblas. Comienza a llover ligeramente mientras contemplamos el cielo sin luna. Refresca julio.

Durante la noche oímos el rumor de la lluvia y al levantarnos al día siguiente es un diluvio. Pensábamos ir a Mieres para subir al Angliru, pero al pasar por esa población sigue el diluvio y, ante la falta de perspectivas, nos volvemos a casa y lo dejamos para otra ocasión porque cuando escampe y retorne julio, ya no estaremos aquí. Han sido unas jornadas de esfuerzo, montañas y fabes, más breves de lo pensado pero impresionantes.



Etapa 3. Los Lagos.

 Ha llegado el gran día, el día tanto tiempo esperado. Tras dos jornadas de duro calentamiento hoy
toca la etapa reina. Van a ser 47 km., hasta una altitud de 1.135 m y con 1.375 m de desnivel, tanto positivo como negativo. Este puerto es más duro que otros que hemos subido, como El Pico, Honduras o Piornal (Ver Ruta Ciclista por el Sur del Sistema Central).

 Hace también un buen día. En las bicis estalla el último resplandor del amanecer. Salimos de Cangas (62 m) por la misma carretera de los días anteriores. En la gasolinera paramos para dar más presión a las ruedas y disminuir el rozamiento. En Soto de Cangas (90 m) nos desviamos a la derecha y seguimos hasta La Riera (113 m), donde nos detenemos para ver un puente, de un ojo y con un perfil casi llano, bajo el que corre un arroyuelo rumoroso. En esta zona el desnivel
no llega al 2%, pero, cuando se inicia el Parque, a 173 m de altitud, aumenta rápidamente.

En el km 2 del puerto pasamos el Santuario de Covadonga (247 m), aunque no paramos y giramos a la izquierda. Poco a poco las puntiagudas torres de la iglesia van quedando abajo. Hay tramos rectos y otros de curvas, donde la carretera serpea como nuestro estado de ánimo. Es tiempo de pasión, el límite entre la mente y la materia. Estos primeros kilómetros son arbolados, de sombra, y no se ve bien hacia arriba, lo que no deja de ser un consuelo. En el km 4, a 386 m, hay una rampa del 12% antes del Mirador de los Canónigos, seguida por otras entre el 7 y el 10 de media. El tiempo, la cuarta dimensión, dura siglos, ha dejado de fluir, se ha detenido, ya no es nuestro.

Mientras subimos, al ver cañadas que serpentean pastos de vacas y refugios de pastores, vamos
pensando –da tiempo para todo- que hacemos la migración del ganado en primavera, hacia arriba, desde los pueblos. Estos desplazamientos estacionales –desde mitad de la primavera hasta bien entrado el otoño- en busca de los pastos de calidad de la montaña obligaron a transformar la cubierta vegetal, ganándole terreno a los hayedos y robledales en favor de los pastizales, y a levantar cuadras y cabañas en los asentamientos de altura. A mitad de camino están los invernales, en terreno privado, y en la parte alta las majadas, siempre en terrenos comunales. Son ascensiones lentas en rodeos y vueltas, ganando más horizonte cada vez, viendo empequeñecerse lo que queda abajo, viendo tenderse el valle a los pies.

En el km 8, a 756 m, está la temible Huesera, una recta de casi un km cuyo desnivel llega al 15%.
Siempre hemos oído a Pedro Delgado hablar de este duro tramo, pero ahora estamos en él. Parece que no avanzamos, que la mañana se ha detenido. La dura cuesta nos deja sin pensamientos mientras el cuerpo interpreta diferentes posturas. Es la sumisión a la Naturaleza, nuestra pequeñez frente a su grandeza; no extraña que, aunque se la ame, se la vea cruel. A veces nos obcecamos en infiernarnos la vida. Seguimos y en el km 9, después de otro tramo también al 15%, llegamos al Mirador de la Reina desde el que puede verse la soledad del mundo. Panorámica grandiosa, colores un poco mates por una especie de neblina, rocas puntiagudas, verdes suaves, verdes oscuros, pueblos. El viento de los montes trae el frescor de los helechos. Vemos la ruta del primer día. Un señor nos dice si es que bajamos, porque nos ve frescos. Esto anima.

Seguimos subiendo y un pequeño declive en lo alto se convierte en nuestro horizonte. La esperanza es un viento de popa aunque no está resultando fácil atravesar la jornada. En el km 11 hay un tramo
en bajada –la primera- al 12% seguido de una subida al 13%. Seguimos con la insistencia monótona de la gota de agua, con paciencia arqueológica, más allá del cansancio. Son momentos duros, una lección de humildad y paciencia. Luchamos contra la cuesta y contra nosotros mismos y vamos de derrota en derrota hasta la victoria final. El Km 12, respirando la cercanía del objetivo, es el último duro, a más del 8%, el 13 es en bajada y tras el 5% del km 14 el lago Enol nos atraviesa los ojos reflejando el sol, que ya está muy alto en el cielo. Llegamos a lo alto. No es una alucinación producida por el calor. Ha sido un desnivel de 962 m en una longitud de 14 km, con un porcentaje medio del 6,87%.

Algunos días hay niebla, pero hoy hace un día espléndido, sol, temperatura agradable. Nos
embelesamos viendo los lagos, el agua transparente, la verde pradera infectada de flores amarillas, los caminitos y una pasarela, las rocas, los matorrales y brezos, el fondo de nieve en las montañas heladas. Tratamos de imaginar este paisaje sumido en la eternidad del invierno, pero ahora la brisa trae el perfume del verano, un aire limpio que trae rumor de cencerros. Ha valido la pena la subida. En el bar comemos y bebemos algo fresco mientras vemos unas vacas dentro del agua.

Bajamos deprisa pero con cuidado porque hay vacas en medio de esta carretera de curvas que se despeña hasta Covadonga. Bajamos como la migración de invierno, como baja el agua que horada la roca –erosión kárstica- y forma simas, sumideros, desfiladeros, etc.
Por ejemplo, las aguas del Enol bajan por dos cauces, uno superficial y otro infiltrándose en el interior del lago y a través de la Cueva del Infierno para aparecer en Comeya y volver a desaparecer en el sumidero de las Trémonas formando la cueva del Trumbio. En la cueva de Covadonga reaparece el río de las Mestas.

Ahora sí paramos en Covadonga. Pasamos bajo la Santa Cueva (imagen de la Virgen, la Santina, y tumba de Don Pelayo que, según la tradición, se refugió aquí con sus hombres durante la batalla) y vamos a la basílica Santa María la Real, en piedra caliza rosa, neorrománica, de tres naves, más alta la central, bóvedas de arista, tres ábsides y torres con grandes agujas. También vemos la grandiosa estatua de bronce de Don Pelayo, alta como aguja de catedral, y el monasterio de San Pedro, de época de Alfonso I, que conserva algo románico.

Volvemos, cómodamente, a Cangas. Ha sido una etapa de 51 km, dura, pero gratificante. Aseo y comida, porque los montes dan hambre de lobo. 

Etapa 2. Trésano, Arriondas, Villanueva.

El cielo aclara por el este y la tierra se hace visible. La luz de la mañana va perfilando el paisaje. Un
poco de color tiñe el cielo y la solitaria luz de la aurora aparece dando vida a los colores. Amanece pero todavía tardamos un poco en levantarnos, aunque no estamos cansados de ayer. Rutina de desayuno y preparación del escaso equipo, puesto que hoy también hacemos una etapa circular.

El pueblo ha amanecido exhalando un aliento a día de fiesta. Hace un poco de fresco en la temprana mañana pero el día está despejado. Respirando la mañana que parece recostarse en el jardín de enfrente volvemos a salir de Cangas (62 m de altitud) por la carretera de Panes, como ayer, pero nos desviamos antes a la
izquierda para llegar a Cardes (150 m). Por un camino a la izquierda se encuentra la cueva del Buxu, con interesantes pinturas rupestres, pero no nos desviamos. El paisaje es igual que el de ayer. A la izquierda de nuestra ruta, valle abajo, praderas de un verde claro; al otro lado del barranco, menos pasto y más arbolado, más oscuro, algún caserío y al fondo los picos lejanos, azulados.

Como ayer, el principio de la etapa es duro, de mucho desnivel. Seguimos subiendo hasta Onao (249 m), y, a la salida, nos desviamos a la izquierda en dirección a Tresanu (340 m), el punto más alto de la etapa. El cielo está muy azul, con muy pocas nubes y la temperatura es buena aunque el desnivel hace sudar. Pasamos
una zona muy redondeada, de lomas verdes en las que no se ve la roca, con arbolado autóctono pero también con eucaliptos. En el otro lado del barranco se ven caminos a media ladera, como el que vamos nosotros desde que se ha acabado la carretera.

En el siguiente cruce de caminos no sabemos por dónde seguir. No hay indicaciones ni nadie a quien preguntar. Extraviamos los ojos en el verde del bosque. Vemos nuestra documentación y decidimos girar a la derecha, entre otros motivos porque es en bajada y ya hemos subido mucho. En algunos momentos la vegetación forma un túnel que nos acoge, pero en otros la zona es pedregosa, más agreste, más vertical, con picos que asoman su alma caliza por
encima de la vegetación. Llegamos a un caserío y preguntamos dónde estamos: en el Molín de Mingo (270 m), que es donde queríamos llegar. Ha sido casualidad. Esto nos pasa por no llevar un GPS.

Desde aquí vuelve a haber una dura subida en un paisaje similar donde los desniveles se suceden con mucha facilidad. Al llegar a lo alto hay un tramo más llano y después vamos bajando siguiendo el río de Parda hasta llegar a Triongo, el punto más bajo, y al Sella, que seguiremos a contracorriente hasta el final de la etapa, y que en este punto lleva bastante agua, azul verdosa, con la vegetación hasta la misma orilla. Paramos, diseccionando los tonos azules y verdes.

Esta zona es muy llana. Por la carretera, viendo el serpentear del río, seguimos hasta Arriondas (40
m). Nos detenemos para ver las piraguas que hay en las piedras al lado del agua y recordamos el Descenso. El río va ancho y se ve menos agua por lo que las piraguas tienen que elegir el lugar por donde pasar. Aquí, en el fondo del valle, hace calor. Vamos empapados en un sudor de pastos, flores, montaña y sol, sufriendo el acoso del verano. Julio se pega a la piel. El paisaje sigue igual, de un verde intenso, y saboreándolo, por la carretera, seguimos hasta la última parada, el Monasterio de San Pedro de Villanueva.

Su fundación se debe, según la tradición, a Alfonso I, 739-757, casado con la hija del Rey Pelayo y sucesor de su cuñado Favila. De esa época hay restos arqueológicos que pudieron ser de un palacio anterior al monasterio, pero la primera información es
del siglo XII, perteneciente a la Orden de San Benito. Cuando se abandonó en el siglo XIX, la iglesia se convirtió en parroquial del pueblo y pudo salvarse. Es un conjunto de épocas y estilos: románico (cabecera, entrada a la iglesia y parte del claustro) y barroco (fachada del monasterio, celdas, claustro, nave de la iglesia, con pinturas del siglo XVIII y torre). Laparte más interesante es la cabecera (capiteles historiados, canecillos con sorprendente decoración) y la portada Sur, bajo la torre (decoración de rosetas, zigzag, etc., en las arquivoltas y los maravillosos capiteles del lado izquierdo, una excepcional representación narrativa en tres escenas que se identifican con la historia de Favila: la partida para la caza, la despedida de su esposa Froiluba y la lucha con el oso).

Sólo nos queda llegar a Cangas, muy cercana, donde nos engulle otra vez la algarabía. Ha sido una
etapa de 35 km, dura en la primera parte, con un desnivel, tanto positivo como negativo, de más de 800 m. Tras el aseo, relajamos el cansancio con una cerveza fría antes de comer con voracidad medieval.  Cuando la tarde se duerme, la terraza se rinde al sopor de la siesta. Después, paseo y cena mientras el crepúsculo sume el cielo, poco a poco, en una oscuridad inundada de estrellas.


Etapa 1.-  Las vegas de Güeña.

Han pasado las horas nocturnas. Eos, la diosa de la aurora, ya está aquí. El alba inunda el paisaje ahuyentando las sombras. No tenemos prisa y cuando nos levantamos el día ya ha nacido. Como
volvemos al punto de partida –va a ser una etapa circular- no llevamos mucho equipaje. Desayunamos y ya estamos listos para montar nuestra ansiedad en la bici.

 Hace un ligero fresco cuando salimos, pero pronto se entra en calor. Tenemos por delante una etapa que hemos visto en Internet, con un recorrido de 33 kilómetros, una duración de cuatro horas y una catalogación de dificultad alta. Salimos de Cangas de Onís (62 m de altitud) por la carretera a Panes, siguiendo el río Güeña, pasamos Soto de Cangas (87 m. Aquí se proclamó rey a Pelayo y le
juraron lealtad en la batalla de Covadonga) y llegamos a Corao (100 m, cuentan que allí murió el Rey Pelayo, palacio de los Noriega). Un señor nos indica la ruta y –no debemos presentar un aspecto suficiente- nos dice que nos tendremos que bajar de la bici. Efectivamente, el primer tramo es muy duro. Se trata de un km aproximadamente con un fuerte desnivel, donde la madurez de los ciclistas sufre, aunque ayuda el que es carretera asfaltada y la motivación extra del comentario del señor.

En Corao-Castillo (140 m.) vemos un hórreo con galería alrededor y un caserón con el escudo de los
Labra 
Soto. La maleza trepa por las paredes junto a la arquitectura de seda de las telarañas y la herrumbre chilla en los goznes de hierro de una puerta que da paso a una escalera de peldaños quejumbrosos. Se acumula el olvido. La continuación es complicada porque hay varios caminos sin indicación y nadie a quien preguntar. Perdemos mucho tiempo. Es un paisaje ondulado y colorista: prados verde claro, arbolado verde oscuro, algún tramo gris de roca, casas blancas de tejado rojo. Vamos por un camino de tierra no muy bueno. A la derecha, zona boscosa, no tenemos vista; a la izquierda, prados en bajada hasta el barranco, el río Chico, y, en la otra ladera, más arbolada y con menos prado, el pueblo de Labra (200 m, Casona de los González Teleña y palacio de Soto Cortés, ambos del siglo XVIII) que vemos muy abajo puesto que hemos llegado a unos 315 m. En la primavera reciente ha
explotado el verdor. En el cielo han ido apareciendo nubes como de espuma, aunque la temperatura es buena. Al fondo, unos picachos grises, calizos, destacan puntiagudos sobre el verde.

Jirones de nubes pasan a nuestra altura. Abajo queda el valle. Tras la larga y dura subida, una zona de llano y bajada nos lleva a Táranu (280 m.). Algún prado está más amarillento al estar segado; en otros la brisa mueve el heno alto, mar de verde oleaje. Una bajada nos acerca a Llenín (200 m), en el arroyo de Vega Seca, regato cantarín entre piedras musgosas, que tuvo dos molinos. El camino se adapta a la topografía, sube, baja, llanea, mientras el cielo se encapota. Volvemos a subir hasta Beceña (280 m), con buena panorámica sobre el río Güeña y con una fuente  -que interpreta una canción de agua- al pie del
camino, que baja hasta San Martín de Grazanes (200 m). El valle aquí se ha abierto al igual que las nubes y el sol aclara el paisaje destacando los altos picos del fondo y, cerca, un roble desmelenado por los siglos.

La iglesia de San Martín, del siglo XIII, es un ejemplo de románico popular, heredero del prerrománico asturiano (cabecera recta), con transformaciones en los siglos XV y XVIII. Del templo románico quedan canecillos, alguna ventana, los capiteles del arco de triunfo y una pila bautismal monolítica decorada con dientes de sierra y círculos. Destaca en el exterior una portada con alfiz (muy rara en Asturias), de finales del siglo XV o principios del XVI. En el interior hay pinturas barrocas, en la cabecera, del siglo XVIII. Cerca hay un tejo hembra que tiene un perímetro de 3,40 m.

Más cómodamente, por una carreterita asfaltada que atraviesa un terreno en bajada pero rompepiernas, llegamos a Mestas de Con (150 m). La iglesia de San Pedro, frente a San Martín,
abandonada, es del siglo XIII aunque posiblemente hubiera otra anterior. Es otro ejemplo de románico rural. Conserva de su pasado románico dos portadas, los capiteles románicos de su arco de triunfo y la pila bautismal. También tiene decoración pictórica del siglo XVIII. Por una vía secundaria nos adentramos en la fertilidad del valle, de la vega de cultivo, y vamos a Sotu la Ensertal e Intriago (127 m). Aquí hay una casona del siglo XVI, de tres pisos, con ventanas con alfiz y un sol por escudo.

Desde aquí hay dos alternativas. Salir a la carretera en La Estrada o subir a Teleña, por un camino de piedra, y bajar a Abamia para ver la iglesia de Santa Eulalia, del siglo XII posiblemente sobre otra anterior del siglo VIII, reliquia del románico, donde se dice que fue enterrado Don Pelayo. Preguntamos y nos dicen que no vayamos, que el camino está muy malo y hay un punto del que no se puede pasar. No hacemos caso y poco después tenemos que dar la vuelta y regresar a Cangas por la carretera.

Ha resultado una etapa más larga de lo pensado, 41 km, dura, con un desnivel positivo de más de 700 m y uno negativo de más de 500 m., que esperemos no pase factura en los días próximos. Un ligero viento ayuda a desprenderse del cansancio. Comida, siesta y tarde de paseo. Cena al desplomarse el sol sobre los árboles. La noche de Cangas es callada y plácida.

1.- Cangas de Onís.

Viaje hasta Cangas de Onís en un día caluroso de verano. Nos presentamos con el ardor de julio aunque aquí la temperatura es agradable. Había llovido durante los días anteriores, pero cuando llegamos había sol – nos dijeron que nosotros lo llevábamos- como pronosticaron las predicciones
Valentín
meteorológicas. En la habitación de nuestro hotelito tomamos contacto con el Sella, a donde da una pequeña terraza. Las aguas transparentes, limpias, discurren lentamente entre la vegetación de ribera que las abraza.

La primera capital del Reino de Asturias, después de la batalla de Covadonga en el año 722 y con Don Pelayo como su primer rey, tiene un aspecto espléndido y está bastante animada. Recorremos un poco la población para ver dónde comemos y, como no hace excesivo calor, hacemos honor a la tierra y sin pérdida de tiempo nos atrevemos con unas fabes y, naturalmente, sidra, aunque la escanciamos con un isidrín. Después, la siesta y más tarde, paseo, tomando el pulso lento al pueblo.

Lo primero que visitamos es el puente, el Puentón para los cangueses. Es probable que la facilidad de paso del Sella en este punto condicionase la construcción del puente y el surgimiento del núcleo de
Cangas. Aunque se le llama “romano”, es altomedieval, quizá del siglo XIII, pero puede asentarse sobre otro anterior que se remontaría a la época romana, porque por aquí pasaría la calzada romana que unía Lucus Asturum (al lado de Oviedo) y Portus Victoriae (Santander). Un indicador de su importancia es el hecho de que figure en el escudo municipal. Del arco central pende una réplica de la Cruz de la Victoria, símbolo de Asturias. Originariamente tenía siete arcos que, tras muchas restauraciones, han quedado en cuatro, apuntados. Los pilares del arco central, muy alto, están anclados sólidamente
en la roca y tienen un arco de medio punto encima de los tajamares, para aligerar la construcción y como aliviadero en las avenidas grandes. Está construido en sillar y sillarejo y tiene un perfil de lomo de asno muy pronunciado.

En la Avenida Castilla y hacia el río Güeña vemos varias casas de indianos, con el típico torreón esquinero, en jardines custodiados por tapias de piedra rodeadas de grandes macizos de hortensias
rosas y azuladas. El río Güeña, ya muy cercano a su desembocadura en el Sella, trae poca agua, aunque transparente, y se ven las piedras del fondo. Una ligera brisa hace que se rice de olas. Se puede cruzar hasta por unas grandes piedras colocadas en el cauce, pero hay una estupenda pasarela muy moderna.

Al otro lado del Güeña está la ermita o capilla de Santa Cruz, el altar de la Victoria, mandada construir por Favila, hijo de Don Pelayo, en el año 737 para dar culto a la cruz que había utilizado su
padre en la batalla, la Cruz de la Victoria. Es un montículo artificial, levantado sobre un dolmen de, en torno a, 4000 a.C., vinculado al culto precristiano y que representa la unión entre los cultos ancestrales y el cristianismo. Quizá hubo en ese lugar un altar o pequeño templo de  época romana, siglo IV, pero la sacralización del lugar es anterior. Durante años se pensó que era la tumba de Favila. Cuando se reconstruyó, tras la Guerra Civil, se dejó a la vista el monumento megalítico, con decoraciones pintadas y grabadas en la piedra principal, formando zigzags, lo que es un caso único de dolmen decorado en la prehistoria hispánica.

Volviendo al centro una plaza se abre ante nosotros y vemos el Ayuntamiento (clasicista, fin del siglo XIX, con un cuerpo central saliente, pórtico en el centro sobre columnas toscanas),  y después el Palacio de los Lago (1920, oficinas del Parque Nacional de Covadonga), el Palacio Cortés (renacentista, siglos XVI-XVII), la iglesia (siglo XV), etc. Hemos dado una vuelta completa a la población, pero repetiremos en días sucesivos.

El sol del ocaso ilumina la animación callejera pero el sosiego marca las horas de la tarde. El sol se repliega en el bosque sin hacer ruido y sus últimos rayos se hunden en las aguas del río. Arropados por el atardecer que se consume entre los árboles cenamos algo mientras disfrutamos de la placidez de la última luz, mientras se desvanece ese resplandor. Sobre la población cae la oscuridad, con la luna, que impregna el pueblo de un silencio cósmico, clavada en los robles. A su luz fría, nos recogemos.

La predicción meteorológica es buena, ninguna sombra se proyecta sobre el viaje, así que mañana empezaremos.