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sábado, 13 de septiembre de 2025

San Juan de la Peña (Huesca) (I)

El Paisaje Protegido de San Juan de la Peña y Monte Oroel es un espacio natural con una gran biodiversidad, formado por un enorme sinclinal colgado (estructura sinclinal que queda más elevada que los anticlinales contiguos, por haber sido estos sometidos a una erosión que los rebaja) de conglomerados, que atesora joyas medievales como el Monasterio Viejo de San Juan de la Peña. En el Centro de Interpretación, pradera de San Indalecio, se explica el paisaje y se organizan visitas guiadas y puede pasearse a la ermita del tozal de san Salvador (5 km, dificultad media), balconcillo de Santa Teresa (paseo corto), Balcón de los Pirineos (dificultad baja, 10 ´).

La vegetación se compone de grandes masas forestales (pino silvestre, encina o carrasca, quejigo y boj) y, en zonas con mayor humedad, el haya. Especies rupícolas como la oreja de oso o la valeriana longifolia en los acantilados. Setas.

Fauna: aves (rapaces y necrófagos, buitre común o el alimoche), fauna del bosque (jabalíes, zorros, ginetas, garduñas, corzos).

El paisaje característico de este espacio natural en las Sierras Exteriores o Prepirenaicas es el de rojizas paredes rocosas de la sierra, que debe su nombre al monasterio Viejo, al abrigo de un enorme peñasco extraplomado formado por conglomerado fluvial de cantos rodados cementados por sustrato fino de tipo carbonatado. La sierra aparece con formas redondeadas y altas paredes verticales que, como si fuera un castillo, defienden la suave plataforma superior. Como si fuera un balcón, se sitúa sobre otra formación geológica más antigua de margas azules o grises. El flysch eoceno, areniscas duras y arcillas blandas intercaladas, forma las Depresiones Medias como la canal de Berdún, que separan los Pirineos calcáreos de las Sierras Exteriores.

El sinclinal colgado es un relieve invertido de conglomerados o depósitos fluviales arrastrados por los ríos en el Oligoceno -periodo terciario, 30 millones de años- cuando los Pirineos estaban terminando de plegarse y elevarse. Estas montañas que se formaron por los arrastres no tienen equivalente en la parte norte. Son curiosas morfologías cuyo intenso color rojizo-anaranjado han sido proclives a alimentar la fantasía con leyendas, eremitorios, lugares de culto religioso. Son ejemplos Santa Orosia, la sierra de Guara (el salto de Roldán, San Cosme en los mallos de Vadiello, San Martín de la Val d´Onsera), la Peña Oroel, los Mallos de Riglos o de Agüero, Murillo de Gállego. Los peñascos y barrancos sin vegetación arbórea han formado un ecosistema difícil para las especies vegetales. Otras formaciones biológicas, como determinadas aves, han encontrado en los cortados de roca un refugio inaccesible, sirviendo las oquedades, fruto de una antigua acción erosiva fluvial, a este fin.



En la actualidad vemos así el paisaje en esta magnífica fotografía de románicoaragones.com, en la que se aprecia el monasterio Viejo en la parte baja, el monasterio Nuevo en la pradera y unas antenas en la parte más alta, a la izquierda. Si eliminamos estos elementos quizá podríamos aproximarnos a lo que fuera el paisaje original.










Un primer monasterio debió ser una construcción mucho más sencilla.



 




Y ya viendo las edificaciones actuales podemos imaginar algunas idealizaciones, especialmente en el claustro, quizá la parte más icónica del monasterio.


También podemos hacernos una idea mejor de su situación original utilizando la IA para reconstruirlo, incluso con algún pequeño cambio.









Incluso podemos imaginar alguna reconstrucción o variación sobre las distintas épocas de su construcción.




 

lunes, 24 de febrero de 2025

 Agüero

Saliendo del valle del río Aragón (Huesca) hacia el del río Gállego pasamos el puerto de Santa Bárbara, zona en la que se pasa del bosque a la estepa. Los Pirineos son una barrera climática, con la cara norte abierta a los vientos atlánticos, más húmeda, y la cara sur más seca y soleada. Desde el Cuaternario en el valle, pasamos casi directamente al Plioceno (Terciario). Después, en la zona del embalse de la Peña (río Gállego), atravesamos lo que fue un mar eoceno, con gran variedad y concentración de fósiles que permiten imaginar un fondo marino de escasa profundidad, como un mar tropical. Las rocas son calizas, formadas por la acumulación de caparazones calcáreos de organismos que vivían en el mar. Aquí también hay restos del Triásico (Secundario)

El río Gállego nos lleva hacia las Sierras Exteriores, la puerta del Pirineo. El plegamiento que las originó se produjo a la vez que se depositaron areniscas y conglomerados por la erosión de este relieve emergente. Los relieves más famosos son los Mallos de Riglos. Durante el Terciario se produjeron grandes abanicos aluviales por el desmantelamiento de las Sierras Exteriores. En el Cuaternario se erosionan estos depósitos dando lugar a unas morfologías características, los “Mallos”, gigantes de conglomerado, que tienen una morfología caracterizada por grandes desniveles debidos a un gran espesor (más de 250 m), desniveles verticales orientados hacia el Sur por cambio brusco de conglomerados a areniscas (la erosión ha desmantelado fácilmente las areniscas, dejando en relieve los conglomerados, más resistentes) y forma de pináculo derivada de la red de fracturas verticales por donde progresa la erosión. Estamos en la cercanía de Murillo de Gállego (Zaragoza).

Poco después nos desviamos a la derecha, dejando el río Gállego, hacia el pueblo de Agüero, pintoresca población emplazada al pie de otros Mallos, igualmente de rojizos conglomerados. Tiene un trazado urbano medieval con casas de fisonomía prepirenaica y un rico conjunto románico, además de vestigios de su castillo medieval. Está ubicado en las estribaciones de la sierra de Santo Domingo, que comunica las Cinco Villas con San Juan de la Peña, excelente ubicación para una defensa militar. Toda la zona fue conquistada en el año 921 por Sancho Garcés I de Pamplona y tendría importancia para los reyes de Aragón. 

En 1033 se produjo el desalojo definitivo de los musulmanes, pasando a manos de Sancho III el Mayor de Navarra y quedando Agüero de realengo, gobernado por seniores. El reino de los Mallos, de corta vida, se debió a la dote que otorgó el rey Pedro I de Aragón a su esposa doña Berta con motivo de sus esponsales en 1096. La dote comprendía también Murillo, Riglos, Marcuello, Ayerbe, y otros pueblos cerca de Huesca. Tuvo vida hasta el año 1111, en que pasó a la corona de Alfonso I el Batallador y se gobernó por tenentes. En el siglo XIV pasó de ser lugar de realengo a señorío. El castillo de Agüero en Peña Sola todavía dio noticias en el siglo XVII, igual que su iglesia de San Miguel y el monasterio contiguo de San Salvador. Eclesiásticamente dependió de la diócesis de Pamplona y en la actualidad al obispado de Jaca.

En la plaza se ubica la iglesia parroquial de San Salvador, con partes de la mitad del siglo XII y la torre de los siglos XVI-XVII. En la actualidad tiene tres naves, dos laterales góticas y una central románica tardía. Se conservan los capiteles de la fase románica. El elemento románico más destacado es la portada septentrional, bajo porche sin cubierta posterior. Está formada por cuatro arquivoltas decoradas y una chambrana de taqueado. Las arquivoltas descansan sobre pares de columnas rematadas por capiteles figurativos cuyos cimacios presentan decoración diferente a cada lado. Las mochetas se sustituyeron por capiteles y columnas para soportar el tímpano, el elemento más interesante: una Maiestas Domini sedente, en alargada mandorla, bendiciendo con la mano derecha mientras sujeta con la izquierda un libro abierto. Acompañan los símbolos del Tetramorfos, con el nombre de los evangelistas. 

La talla del tímpano presenta un tratamiento de la proporción de las figuras, de su anatomía y de los pliegues mucho más naturalista que la de los capiteles. Las piezas centrales de cada arquivolta y la chambrana han sido cortadas, al igual que impostas y basas, lo que indicaría que el tímpano se encajó después en una portada ya hecha. Quizá el tímpano fue proyectado para la iglesia de Santiago, interrumpida en su construcción, con la que tiene paralelismos, al igual que con Santo Domingo de la Calzada. 


Iglesia de Santiago



Antes de llegar al pueblo, sobre una altiplanicie con buenas vistas sobre los mallos, está la iglesia en zona explanada al efecto en colina de suave pendiente. Sorprende sus dimensiones y el estar inconclusa. No hay noticias y las marcas “ecia de aresa me fecit” y “anoll” no han aclarado nada. 



Fue proyectada como un edificio de planta basilical de tres naves y tres ábsides semicirculares que no se terminó. Los ábsides se relacionan en su lenguaje arquitectónico y escultórico con la cabecera de la catedral de Santo Domingo de la Calzada, por lo que sería comenzada por un taller de origen francés que había trabajado en ese templo riojano. Para cerrar los ábsides y terminar la decoración se recurrió al Maestro de San Juan de la Peña o de Agüero. 

Este taller llegó a concebir un estilo propio con características muy definidas visibles en el claustro de San Juan de la Peña o de San Pedro el Viejo de Huesca, así como en las portadas de San Nicolás de El Frago o San Antón de Tauste, entre otras. Sus rasgos formales más importantes son los ojos en forma de almendra, los pliegues de las ropas semicirculares o el uso de un repertorio fijo de formas vegetales. Además de las constantes iconográficas, también hay que señalar que las obras de este maestro están ligadas a cuatro marcos arquitectónicos concretos: frisos, arquerías de claustros -San Juan de la Peña-, capiteles a la altura del arranque de las bóvedas y portadas -Agüero-.


La desproporcionada planta indica un anómalo proceso edificatorio. La cabecera, románico pleno, se compone de tres ábsides -mayor el central- de planta semicircular en posición escalonada, con un presbiterio bien desarrollado en el central. 






El interior se divide en tres zonas acotadas por líneas de impostas. 

Los ábsides, que se cubren con la habitual bóveda de cuarto de esfera, presentan una variedad de soportes simples y compuestos con cierta disparidad en su disposición. En apoyo del abovedado de la cabecera aparecen dos arcos, aunque su contribución es más estética. El arco triunfal tiene una desproporcionada sección rectangular uniforme y una traza ligeramente apuntada. 



Continúa un tramo de nave en cada una de las cabeceras, sin que quede claro si hubo intención de articular un crucero. El resto de la distribución en planta resulta un ejercicio de improvisación constructiva y el cierre al fondo es fruto de urgencia por acabar, quedando piezas talladas desperdigadas. En el abovedamiento también se observa ese proceder intuitivo, cubriéndose las cabeceras mediante bóveda de cuarto de esfera y las naves con bóveda de medio cañón apuntado, alterado en las laterales. 

Las fachadas también son el exponente de las sucesivas modificaciones ajenas al programa inicial. Los vanos de la cabecera siguen modelos del proyecto inicial, pero los de la fachada oeste pertenecen a la fase de cierre. Sus características comunes son la estrechez del hueco, el derrame abocinado al interior. En el ábside central se abren tres parejas de ventanas de diseño similar a la cabecera de la catedral de Santo Domingo de la Calzada. En los absidiolos, las dimensiones son más reducidas. 


La cubierta no es nada habitual, una doble vertiente por tramo de nave diferente, formando seis volúmenes. 

Consecuencia de la composición en planta y de la orografía del entorno es la localización de la única portada en el tramo sur de la nave meridional. 

La sillería está magníficamente tallada en sus caras vistas y se compone de dos lienzos más relleno. Los paramentos presentan un aparejo de gran regularidad, con potente espesor en todo el perímetro exterior e incipientes contrafuertes.



Los trabajos se acometieron en dos etapas que se descomponen, a su vez, en diferentes fases. Llama la atención la abundancia de signos lapidarios (1532 marcas, con 52 modelos diferentes). Extraordinarias son la marca “an oll”, la llave, una cruz potenzada -la más numerosa, 390 localizaciones).


Se distinguen varios modos o estilos diferenciados. El primero se observa en las impostas a la altura de la base de las ventanas del muro exterior del ábside central y meridional (historia de Job, como en Santo Domingo de la Calzada). En los relieves de la imposta que recorre el interior del ábside meridional se narran pasajes de la infancia de Jesús, con los tres Magos a caballo. 

El tímpano de la iglesia parroquial de San Salvador quizá fue hecho para esta iglesia de Santiago, portada oeste, y al quedar descontextualizado se reutilizó. 

Otro estilo es el que se utilizó en la ornamentación del interior del ábside central. 



Lo que más llama la atención, la portada meridional (maestro de San Juan de la Peña). Cuatro arquivoltas, las dos inferiores con molduras aboceladas en las esquinas y las otras dos lisas de sección rectangular, enmarcadas por chambrana de perfil en doble bocel. Las arquivoltas rodean un tímpano deficientemente acoplado en el hueco de la primera y cuyo tamaño es pequeño en relación a las dimensiones de la portada. Está decorado con el episodio de la Adoración de los Magos, con el centro presidido por la imagen sedente de la Virgen -su cuerpo de mayor tamaño que los demás personajes- que alberga en su regazo la figura del Niño. 



La Virgen porta corona, viste toca, larga túnica y manto orlado con una bella cenefa y sujeta con ambas manos a su Hijo, el único representado con nimbo, que bendice con su mano derecha mientras con la izquierda sujeta el obsequio, un cofre que le ha entregado el primer Mago. Detrás, los otros dos Magos conversan, el primero señalando con la cabeza la estrella y el segundo mostrando la palma de la mano derecha en actitud de asombro. Se utiliza la barba para marcar la edad diferente de cada Mago. San José está en el lado oriental, absorto en sus pensamientos, sentado, con la cabeza apoyada en su mano derecha, mientras con la izquierda sujeta un bastón en forma de tau. Similares son los tímpanos de San Miguel de Biota y San Nicolás de El Frago. 


El tímpano está soportado por dos ménsulas con cabezas monstruosas en las que destacan los grandes ojos saltones. Una muerde el pie de un individuo que se defiende con una maza y clavándole un puñal en la frente, y la otra muerde los dos pies de una figura femenina desnuda. 



Capitel más occidental, dos leones devoran a un cabrito tumbado. Los dos capiteles centrales reproducen escenas de danza. En el primero, un arpista ajusta su instrumento mientras una danzarina en pie y con las manos en las caderas espera que inicie la música con el arpa-salterio. Detrás, otro músico tañe una fídula. En el siguiente ya se ha iniciado la danza y un músico con capucha toca un albogue mientras que una bailarina contorsiona su cuerpo, quizá ambos musulmanes. 

En el último, dos individuos ataviados con largas túnicas y mantos señalan la escena del otro lado, en el que dos guerreros vestidos con cota de malla combaten protegidos tras sus largos escudos y sujetan voluminosas espadas, quizá lucha entre musulmán y cristiano, oposición entre la paz de los filósofos dialogando y la guerra. 


Los capiteles del lado este se decoran con escenas zoomórficas, con seres monstruosos como dos mantícoras rampantes o esfinges, y también más comunes como dos perros sentados. 

El más oriental muestra sendos centauros sagitarios que llevan colgando el carcaj con las flechas, luchando contra un grifo y contra un guerrero con escudo y espada, respectivamente.

Los cimacios se decoran con motivos vegetales compuestos por tallos sinuosos que rodean carnosas hojas de variado diseño.


La decoración de los seis canecillos que soportan el tejaroz que corona la portada repite la temática ya vista en los capiteles: bailarina contorsionista, seres monstruosos (arpía, dos dragones) y animales (león). Es particularmente interesante el que muestra a un hombre de pie –que se sujeta un pliegue del manto con la mano de la misma forma que uno de los presuntos filósofos– junto a una mujer que apoya una mano en la cintura y eleva una hoja con la otra. Cabría plantearse si pudiera tratarse de una escena de amor cortés. 

Canecillos de izquierda a derecha: Una arpía. Un dragón que se muerde la cola. Un hombre y una mujer de pie. Un juglar contorsionado. Un león. Un dragón. 

Se ha comentado que el tímpano pudo colocarse posteriormente al levantamiento de la portada, pero la comparación estilística con los capiteles pone de manifiesto la identidad. 

El cuerpo interior de la portada, que sobresale respecto al paramento del muro sur, tiene dos parejas de columnas geminadas que flanquean el tramo abovedado en medio punto que formaliza el acceso, las cuales se rematan con sendas cestas dobles en las que se representan dos parejas mixtas de arpías con cola de escorpión, la del lado oriental, y dos combates de guerreros a caballo, en la occidental. Los capiteles y canecillos, tanto del exterior como del interior de la portada hacen referencia a la lucha entre el Bien y el Mal –representado este por el Islam–, a la tentación –personificada en los músicos y bailarinas– y a la amenaza de seres monstruosos y leones que acechan el alma del cristiano. 

Datación: escultores que trabajaron en Santo Domingo de la Calzada -cabecera entre 1158 y 1180- fueron a Agüero a realizar los frisos y algunos capiteles, entre 1170 y 1185. También hay opiniones en contrario, lo que adelantaría las fechas de Agüero entre 1155 y 1165. La portada sería de finales del siglo XII, 1185-1195 o incluso el primer tercio del siglo XIII.


jueves, 13 de febrero de 2025

Santa Cruz de la Serós (II/II)

Santa María

Esta iglesia es lo que queda de lo que fue el monasterio de las Sorores de Santa Cruz, el monasterio aragonés más antiguo dedicado a religiosas y de fundación real, junto a los otros dos más importantes, el de Sigena y el de Casbas. Los monasterios eran centros económicos, administradores y gestores de los territorios cristianos, puntos clave en el proceso de reconquista y repoblación, que procuraban avances sociales, económicos y culturales, que tuvieron su reflejo en el arte, fundiéndose en un estilo internacional, el románico. El feudalismo europeo, con estamentos sociales firmemente establecidos, posibilitó una sociedad más segura teniendo en cuenta la inestabilidad a que estaba sometida: destrucción y caos por las razzias de Almanzor (999) y su hijo Abd al-Malik (1006). Sancho Garcés III (Sancho el Mayor, 1004-1035) y sus hijos Ramiro y Gonzalo se esforzaron por crear una barrera defensiva frente a los musulmanes, constituida por fortalezas estratégicamente distribuidas de oeste a este. Esta impermeabilización permitió reorganizar el territorio con el régimen de tenencias (administración y protección) y con los monasterios (renovación espiritual), lo que permitió restaurar la vida cenobítica y propulsar la reforma benedictina por medio de clérigos provenientes de Cluny (Paterno, San Juan de la Peña, refundado en 1025). Se hace notar la influencia franca en la iglesia aragonesa.

En el monasterio de San Juan de la Peña, la pequeña iglesia mozárabe -debajo de la románica- tenía dos altares y dos espacios, para las dos comunidades, femenina y masculina. Al introducirse la regla de san Benito de Nursia, en los primeros años del siglo XI, ambas comunidades debían establecerse en cenobios diferenciados, lo que debió ser el origen del cenobio femenino de Santa Cruz. La primera modesta iglesia se construiría en los años1020-1030. 

El primer rey de Aragón, Ramiro I (1035-1063) combatió contra sus hermanos e incorporó Sobrarbe y Ribagorza, cobrando protagonismo por situar a su pequeño reino en una posición más cómoda mediante alianzas políticas y matrimoniales (casó a su hija Sancha con Ermengol III, conde de Urgel, para presionar a las taifas de Lérida y Zaragoza y frenar al conde de Barcelona Ramón Berenguer I). Tras su muerte en el sitio de Graus, en 1063, su hijo Sancho Ramírez I (1063-1094) dotará al reino de nuevas infraestructuras, potenciará el Camino de Santiago a través de las buenas relaciones con Francia, proclamará el reino como feudatario de la Santa Sede (1068) e incorporará el rito romano (opuesto al hispánico o mozárabe, 1071). Favoreció a los grandes centros monásticos mediante la anexión de otros pequeños cenobios y aumentó la base económica y demográfica del reino al anexionar el reino de Pamplona (1076). En su expansión territorial hacia el sur ocupó fortalezas (Graus, Ayerbe) y construyó castillos (Loarre, Montearagón), cercando Huesca, donde murió en 1094. La conquistaría Pedro I en 1096. 

En 1065, al morir su marido en el sitio de Barbastro, la condesa Sancha volvió a Aragón, logrando su independencia mediante su ingreso en el monasterio de Santa Cruz, como sus hermanas Teresa y Urraca. Será una época de grandes donaciones y crecimiento del monasterio, que llevó a la construcción del actual en 1095. La condesa se negó a vivir en la sombra y utilizó el monasterio como plataforma para sus ambiciones, teniendo en cuenta los objetivos del rey. No fue abadesa, pero sí protectora y dinamizadora, acrecentó enormemente sus propiedades, fue tenente desde 1074 (también de San Úrbez) y en Atarés, Siresa y de nuevo Santa Cruz en 1083, algo no habitual. Desplazó a su hermano García de la sede episcopal jaquesa, siguiendo los objetivos de su hermano, de cuyos hijos sería educadora. Su importancia se plasmará en su sarcófago, visitable en las Benitas de Jaca. En 1555 la comunidad se trasladó a las Benitas de Jaca, a instancias de Felipe II, y el monasterio sufrió decadencia y expolio, reutilizándose sus materiales por lo que faltan dependencias habituales como claustro, sala capitular, refectorio, dormitorio común, etc. 




La iglesia está construida en piedra sillar muy bien escuadrada, con un cuidado acabado, y su rotundidad parece desafiar al paisaje. Tiene una sola nave y una falsa apariencia de cruz latina mediante la incorporación de sendas capillas a ambos lados del crucero, sobre el que se halla un remate a modo de cimborrio, de aparente base cuadrada y acabado octogonal, que oculta una cámara de misteriosa función. Conectado a este espacio, destaca la esbelta torre, una de las más bellas del románico aragonés. 



La portada, a los pies del templo, es magnífica, con varias arquivoltas colocadas en forma abocinada, las dos centrales reposando sobre columnas con capiteles decorados de forma vegetal o figurada. Resalta el tímpano, muy parecido al de Jaca, colocado de forma un tanto abrupta teniendo que rellenarse el espacio hasta la arquivolta, quizá por haberse realizado en Jaca. En el centro se halla el crismón, flanqueado por dos leones como en Jaca, y con las letras x y p, alfa y omega, en alusión a Cristo. Los leones también simbolizan a Cristo. Bajo el de la derecha hay una flor de doce pétalos, una margarita, en alusión al relicario que contenía un fragmento de la cruz de Jesucristo. La simbología se completa con una inscripción del siglo XII: “Soy la puerta eterna, pasad por mí, fieles. Yo soy la fuente de la vida, deseadme más que a los vinos. Quienquiera que entres en este feliz templo de la Virgen, corrígete primero para que puedas invocar a Cristo”. 



El tímpano se protege por dos arquivoltas en bocel y una intermedia en forma de nacela decorada por bolas o perlas, una más grande en la clave que presenta un rostro. La moldura externa tiene sección rectangular y se adorna con ajedrezado jaqués. 





Bajo la línea de imposta, con decoración vegetal y rosetas, hay cuatro capiteles, dos a cada lado, flanqueando la entrada. Los de la derecha tienen decoración vegetal muy estilizada. Los de la izquierda, peor conservados, son figurados, con la escena de Daniel en el foso de los leones en el interior y con figuras de animales el otro. Las diferencias de calidad artísticas de ambos lados indican dos maestros.



Todo el conjunto está protegido por un pequeño tejadillo apoyado en canecillos con diversos temas: decoración vegetal, serpientes, figura humana, aves, cabeza de toro, rostro humano, etc. Destaca un juglar, ejemplo de la vida cotidiana. También hay rosetas, gárgolas y modillones de rollos que conservan su policromía.



En este muro norte existe una puerta actualmente tapiada. En la cabecera, centrada por magnífico ábside, hay un curioso canecillo (capilla izquierda) mezcla de hombre y animal con un aerófano. En otros hay figuras humanas, rosetas, rostros humanos, peces, serpientes, etc. Al adosarse las dos capillas parece una iglesia de tres naves, con los absidiolos con forma rectangular al exterior y semicircular al interior. Lo más importante es el ábside, con dos columnas dividiéndolo en tres paños con su correspondiente ventana de doble derrame. La bóveda de horno se cubre con tejadillo de lajas soportado por canecillos con figuras humanas, temas vegetales, animales, rollos, etc. La ventana central es la más decorada y amplia, con baquetón semicircular que apoya en columnitas con capiteles de ornamentación vegetal. Todo ello queda enmarcado por una última moldura semicircular. 











La majestuosa torre, prismática, se alza potente sobre la capilla sur, dividida en tres cuerpos, más alto el primero, y con terminación octogonal el último, con tejado a ocho vertientes. Los gruesos muros se aligeran por la rítmica serie de ventanas con el mismo diseño: doble arco de medio punto que apoya en columnas y parteluz central, aunque alguna no sigue este ritmo. En los capiteles domina la temática vegetal, aunque hay animales y humanos entrelazadas con bolas. En el segundo piso, cara oeste, aparece una ventana con parteluz de fuste retorcido y capitel con personajes con corona. La cúpula que cubre apoya sobre cuatro trompas, paso a la forma semiesférica.






En el paramento sur, entre la torre y la portada occidental, queda un antiguo acceso, comunicación de la iglesia con el claustro y el resto de las dependencias monásticas, con un crismón que lleva rosetas y labores de orfebrería como en el sarcófago de doña Sancha. Una moldura ajedrezada, a modo de arquivolta, corona el conjunto. 



El espacio interior resulta luminoso, con la amplia nave cubierta con bóveda de medio cañón reforzada con fajones y el presbiterio, rectangular, con dos pequeños nichos y sendas capillas laterales, que confieren planta de falsa cruz latina. El ábside se cubre con bóveda de cuarto de esfera. Toda la nave se halla recorrida por una imposta ajedrezada que marca el arranque de las bóvedas. Su espacialidad, su sencillez y austeridad, la limpieza de líneas y pureza de formas, envuelve al visitante.

La cabecera impresiona por su doble arco triunfal que remarca el espacio más sagrado, y por la luz de los tres ventanales, más decorado el central al igual que en el exterior, con moldura superior y dos columnas con capiteles decorados con aves y vegetación. El arco de medio punto del ventanal corona con moldura ajedrezada que hace las veces de arquivolta. 

En el muro sur está el acceso desde la iglesia a las dependencias monásticas con el crismón en el exterior y con estructura de arco de medio punto. Está cerrada.

En la zona del falso crucero abren las capillas laterales, en arco de medio punto rematados por molduras ajedrezadas como arquivolta, iluminadas por tres vanos. Están cubiertas por una temprana expresión de la bóveda de crucería, quizá de finales del siglo XI. La de la izquierda tiene un buen retablo gótico y pila bautismal.

Sobre el falso crucero se encuentra una cámara oculta, que comunica con la torre, a la que se accede por moderna escalera desde la nave. Un pasadizo hundido en el grueso muro norte lleva hasta una amplia sala de base cuadrada y remate octogonal al exterior. Tiene una curiosa forma porque los ángulos han sido sustituidos por espacios semicirculares o exedras. La escasa iluminación le llega por pequeños vanos de doble derrame. Se cubre con cúpula formada por hiladas concéntricas que apoyan sobre cuatro nervios que se unen en la clave, apoyando los extremos en columnas adosadas. El interés se centra en los capiteles, con decoración figurada y motivos vegetales. En el del muro norte, la Anunciación, aparece san José que lleva en las manos una pequeña vara florida, representación poco corriente. En la cara principal el arcángel Gabriel visita a María y el lateral describe la aceptación. El autor de este capitel, que destaca por la viveza de los gestos y escenas, es el Maestro del sarcófago de doña Sancha, que también trabajó en Jaca y Huesca (San Pedro el Viejo).




La finalidad de esta habitación oculta sigue siendo motivo de discusión. Su apariencia exterior de falso cimborrio podría indicar su uso como cámara del tesoro. También se apunta como sala capitular, aunque de difícil acceso, o como ámbito litúrgico.