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miércoles, 11 de marzo de 2026

Antonio Muñoz Degrain

(Valencia, 1840 – Málaga, 1924)

Retrato de Antonio Muñoz Degrain pintado por Enrique Simonet

Inició estudios de Arquitectura, que abandonó por la pintura, siendo alumno de la Academia de Bellas Artes de San Carlos. Fue discípulo del pintor Rafael Montesinos, pero su formación fue autodidacta. Participó en Exposiciones Nacionales desde 1862 hasta 1915 con éxitos que marcaron su trayectoria. Fue a Málaga para decorar el Teatro Cervantes y se quedó, nombrado profesor de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, teniendo como alumno al jovencísimo Picasso. La medalla obtenida por el cuadro Otelo y Desdémona le propició una pensión del Gobierno para viajar a Italia, donde pintó Los amantes de Teruel. El prestigio le reportó honores y recompensas y fue profesor y director de la Academia de San Fernando de Madrid y presidente del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Participó con éxito en exposiciones internacionales de Filadelfia, Munich y Chicago.

 

Vista tomada en los Pirineos navarros, Antonio Muñoz Degrain (1840-1924). Óleo sobre lienzo, 1862

La sierra de las Agujas, tomada desde la loma del Cavall-Bernat, 1864. Óleo sobre lienzo, 144 x 217 cm.

Primer gran cuadro de paisaje realizado en su juventud, que testimonia su preferencia por este género. Concebido como una vista panorámica fue un revulsivo en el panorama del paisaje español, atreviéndose con una paleta de azules y malvas, además de las tonalidades pardas y ocres características. Los picos de la sierra se recortan en un cielo claro que contrasta con la oscuridad de las montañas modeladas con el claroscuro. No introduce figuras de personajes o animales para no distraer del paisaje, en un espíritu de ecos románticos.

Paisaje del Pardo al disiparse la niebla, Antonio Muñoz Degrain (1840-1924). Óleo sobre lienzo, 1866.

Es la obra cumbre de su producción paisajística juvenil, de proporción monumental y mayor ambición plástica. Muestra el remanso de un río al que se acerca un guarda a caballo para dar de beber al animal. Tras ellos se despliega una arboleda con un árbol de alta copa recortado sobre el fondo de nubes, con la sierra de Guadarrama al fondo. Aquí muestra su personal interpretación de la naturaleza, de planteamiento realista en origen, pero transformada por la visión exaltada del color, como el azul de las montañas o las gamas de verdes. La frondosidad exuberante empequeñece la figura del jinete. Las copas de los árboles se reflejan en la espejada superficie del agua, en la estética del paisaje japonés. Demuestra un gran sentido visual en la intensidad dramática de la luz en las densas masas de nubes que cubren el cielo.

 

                       Una umbría en Sierra Nevada. 1892. Óleo sobre lienzo, 197 x 135 cm




Vista de Granada y Sierra Nevada, Antonio Muñoz Degrain (1840-1924). Óleo sobre lienzo, c. 1915. 50 x 67 cm

Aparece el antiguo barrio del Mourón.


 


Recuerdos de 
Granada, 1881. Óleo sobre lienzo, 97 x 144,5 cm
Su interés por el paisaje incluía las vistas urbanas, de Granada en especial. No se trata de una reproducción fiel, sino de una recreación con impronta romántica, de una visión subjetiva de gran lirismo. Presta mucha atención a la descripción de los diferentes elementos como las arquitecturas, las nubes y otros detalles.

                                    Puesta de sol. Hacia 1900. Óleo sobre lienzo, 52 x 65,5 cm



La laguna de Venecia. 1886. Óleo sobre lienzo, 195 x 250 cm
Venecia le sedujo y la visitó en varias ocasiones durante su etapa de pensionado en Roma. Éste es uno de sus más ambiciosos nocturnos venecianos, en el que introduce un enigmático elemento narrativo en la góndola que surca las aguas en la oscuridad de la noche.

 



Episodio de la inundación de Murcia. 1892. Óleo sobre lienzo, 102 x 165 cm
Inundaciones producidas por el desbordamiento del río Segura en 1879.


 

Lampecia y Febe (fábula). 1920. Óleo sobre lienzo, 70 x 115 cm
En los últimos años de su vida apostó decididamente por los postulados simbolistas con la evocación de elementos literarios o mitológicos, con el paisaje boscoso como protagonista. Aquí se toma como excusa la fábula de Lampecia y su hermana, pastoras de los rebaños de su padre el Sol, quienes, tras la muerte de su hermano Faetón por los rayos de Júpiter, quedan convertidas en álamos blancos en las aguas de un pantano. Cicnos, amigo de Faetón, se transforma en cisne. Todo representado en un boscaje umbrío, de apariencia fantasmal y agobiante.

Jesús en el Tiberíades, Antonio Muñoz Degrain (1840-1924). Óleo sobre lienzo, 1909. 73 x 198 cm

La fantasía del artista descuida la ortodoxia iconográfica para mostrar una pintura sorprendente tanto por su composición como por el tratamiento estético. El formato apaisado proporciona una visión panorámica con preeminencia de los valores puramente pictóricos (luz, hogueras), iniciando planteamientos simbolistas.



La oración. 1871. Óleo sobre lienzo, 95 x 145 cm

Representa una escena de oración con varias religiosas en el interior de una iglesia.


 




El examen, 1876. Óleo sobre lienzo, 97 x 147 cm
Escena en la sacristía de la catedral de Granada.


 



Un fanfarrón
. 1880. Óleo sobre lienzo, 93 x 122 cm
En el catálogo del Salón de París se describía con un fragmento del poema Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla, de Miguel de Cervantes: “Caló el chapeo, requirió la espada / miró al soslayo, fuése y no huvo nada”.

 


Los escuchas marroquíes
, Antonio Muñoz Degrain (1840-1924). Óleo sobre lienzo, c. 1879. 80 x 90 cm

Fue pintado en un viaje a Tánger y representa el exotismo de las gentes y costumbres del norte de África. Muestra dos hombres agazapados tras unas chumberas, uno de ellos intentando escuchar el retumbe de los cascos de las cabalgaduras a las que, quizá, tiendan una emboscada.





Antes de la boda. 1882. Óleo sobre lienzo, 120 x 95 cm

Se trata de Doña Isabel de Segura, protagonista de Los amantes de Teruel, vestida con el lujoso traje nupcial, que espera su indeseado desposorio con el caballero don Rodrigo de Azara impuesto por su padre, habiendo de renunciar a su amor por don Diego de Marsilla. Muestra el estado emocional de la protagonista, la mirada baja, las manos sobre el regazo, sentada en soledad. Es una muestra de la admiración por los grandes maestros de la pintura veneciana con el exuberante colorido, libertad en el trazo, empastes en alto grado de abstracción, factura fluida.


 

Los amantes de Teruel. 1884. Óleo sobre lienzo, 330 x 516 cm

Esta famosa obra, envuelta en procedencia literaria -drama en verso de Hartzenbusch-, interpreta el tema con un romanticismo apasionado. Fue premiado con una primera medalla en la Exposición Nacional de 1884. Relata el amor imposible de doña Isabel de Segura con el empobrecido noble don Diego Juan Martínez de Marsilla por el año de 1212, la inútil espera, el desventurado matrimonio, impuesto por su padre, con don Rodrigo de Azara y el trágico final. En el oscuro interior de la iglesia turolense de San Pedro yace el cuerpo sin vida de Diego de Marsilla, amortajado con el traje de guerrero en un sencillo féretro sobre un vistoso catafalco. Isabel coloca su cabeza sobre el pecho del difunto. El resto de personajes, en penumbra. Fue una novedad en la pintura de historia, por la exaltación del colorido y la exuberancia expresionista de la materia pictórica. La escena, con un punto de vista oblicuo al espectador, acentúa la profundidad espacial, junto con la iluminación del primer término.

Desdémona, 1887. Óleo sobre lienzo, 207 x 275 cm

La admiración por Venecia hizo que sirviera de marco escénico para su interpretación de Otelo, la tragedia de Shakespeare, pintando un gran lienzo, Otelo y Desdémona, e inmortalizando después a los personajes de forma separada. Aparece Desdémona retirada en la penumbra, en un ambiente lujoso, con un lenguaje plástico personal que muestra sus especialidades como los reflejos del vestido y joyas, los objetos en penumbra. Se muestra tanto la modernidad de su arte como su deuda con la gran pintura veneciana del Cinquecento.

                               Un fuego (Batalla). Hacia 1900. Óleo sobre lienzo, 38 x 56,5 cm

Rincón de un patio toledano, Antonio Muñoz Degrain (1840-1924). Óleo sobre tabla, 1904. 48,5 x 30,5 cm 

Estudio de figuras para Los amantes de Teruel. Hacia 1884. Pluma, Lápiz compuesto, Tinta negra sobre papel avitelado, 218 x 178 mm

Interior del estudio de Muñoz Degrain en Valencia, Francisco Domingo Marqués (1842-1920). Óleo sobre tabla, 1867.

Antonio Muñoz Degrain por Miguel Blay, M. Moreno. Gelatina / Colodión. Papel fotográfico; segundo soporte: cartón. c. 1912.

 

lunes, 29 de diciembre de 2025

El Prado en femenino (III).

La reina Isabel de Farnesio (1692-1766)


En los últimos años el Museo del Prado ha manifestado un firme compromiso por visibilizar el papel de la mujer en el mundo del arte a través de exposiciones monográficas e itinerarios por su colección permanente, pero también de reuniones científicas, congresos, conferencias, etc. Bajo el título ·El Prado en femenino" se vuelve a compartir esta experiencia.



Tras mostrar la aportación de las mujeres de las casas reales europeas de los siglos XVI y XVII, el Museo Nacional del Prado propone la tercera edición del itinerario “El Prado en femenino”. Los itinerarios del Museo Nacional del Prado se conciben como una invitación a contemplarlo de manera distinta a la habitual. En esta ocasión, la propuesta se traslada al siglo XVIII para descubrir el legado de la principal promotora artística: la reina Isabel de Farnesio (1692-1766). 



 Una artista, Aurelia Navarro Moreno, 1906, Óleo sobre lienzo. 68 x 44 cm., Museo Nacional del Prado

Su legado —del que proceden cerca de quinientas obras—hizo posible la llegada de creaciones emblemáticas (el Apostolado de Rubens, San Sebastián de Guido Reni, La Virgen, el Niño y san Juan de Correggio, la Sibila de Velázquez o el Sueño de Jacob de José de Ribera), de un sobresaliente conjunto de escultura clásica reunido por la reina Cristina de Suecia (el Grupo de San Ildefonso o El fauno del cabrito), de obras de Murillo, por quien sintió predilección.

ITINERARIO EXPOSITIVO.

Retrato oficial de la reina Isabel de Farnesio (1692-1766), hija de Eduardo II, duque de Parma, y segunda esposa de Felipe V (1683-1746), con quien contrajo matrimonio en 1714.

Representada de tres cuartos, la reina gira su cuerpo hacia la izquierda y la cabeza hacia la derecha, en una pose elegante y característica de los retratos franceses del momento. Ricamente vestida, destacan la técnica y el detallismo en las joyas y en las calidades del terciopelo rojo bordado en oro y la piel que adornan el manto y el vestido, que otorgan a Isabel la presencia digna de su posición. La escena se completa con un cortinaje de terciopelo verde a la derecha y un mueble en el lado izquierdo en el que se apoya la reina. Se distingue por su elegancia, refinamiento y distinción.

La reina Isabel de Farnesio, Ranc, Jean, Montpellier, 1674-Madrid, 1735, 1723, Óleo sobre lienzo. 144 x 115 cm.


CONSTRUYENDO LA IMAGEN DE LA REINA. 

La primera sección está dedicada a mostrar la creación y evolución de la imagen de Isabel de Farnesio. Aunque destinada a ocupar un papel secundario como reina consorte, la frágil salud del rey le permitió asumir funciones de gobierno en varias ocasiones, ejerciendo una influencia directa y significativa en la política de la monarquía. Está acompañada por Luisa Isabel de Orleans, Bárbara de Braganza y María Amalia de Sajonia, quienes, como esposas de Luis I, Fernando VI y Carlos III, ejercieron como reinas consortes durante la vida de Isabel de Farnesio.

La retratada aparece representada de medio cuerpo, viste traje blanco con forro color malva y camisa con encajes; en la cabeza, lleva toca o cofia en negro y encarnado prendida al pelo mediante una joya con forma de flor; sobre los hombros porta un manto azul forrado de armiño; no luce ninguna otra joya, salvo la botonadura de perlas y zafiros que ajustan su traje a los hombros y un justillo o cinto de zafiros y diamantes que ciñe su cintura, del que se ve sólo una pequeña parte. Aparece acompañada de un cachorro de perro, que descansa adormecido sobre un cojín rojo con borlas de pasamanería dorada, al que, la todavía infanta portuguesa, le ajusta el lazo rojo que luce al cuello.

La reina Bárbara de Braganza, Domenico Duprà, Turín, Piamonte (Italia), 1689-1770, 1725, Óleo sobre lienzo. 75 x 60 cm.

  

LA COLECCIÓN DE PINTURAS DE ISABEL DE FARNESIO EN EL MUSEO DEL PRADO.



Entre 1714 y 1766, la reina Isabel de Farnesio reunió una colección pictórica cercana al millar de piezas, más de un tercio de las cuales están en el Prado, mostrando la predilección por las escuelas flamenca e italiana y por la obra de Murillo, David Teniers el Joven y Jan Brueghel el Viejo.

Murillo se identificaba con este tipo de pinturas con escenas religiosas de carácter tierno, en las que se mezcla la idealización con las referencias realistas, lo devoto con la cotidianeidad. Así es esta obra, donde confluyen algunas de las devociones más extendidas en la época como el Niño Jesús, San José (generosidad, discreción, abnegación), la vida familiar y el trabajo. El fuerte modelado de las formas, el uso de una luz selectiva y la utilización de una gama cromática con abundancia de los tonos pardos parece incluir esta obra en su producción temprana.

Sagrada Familia del pajarito, Murillo, Bartolomé Esteban, Sevilla 1617-1682, Hacia 1650, Óleo sobre lienzo. 144 x 188 cm., Museo Nacional del Prado


LA COLECCIÓN DE ESCULTURA DE ISABEL DE FARNESIO EN EL MUSEO DEL PRADO.



Uno de los encargos artísticos más destacados de Isabel de Farnesio fue la adquisición de la colección de escultura de la reina Cristina de Suecia. Aunque se trató de un proyecto conjunto con Felipe V, la reina tomó la decisión y se reservó las piezas más valiosas como El fauno del cabrito, la Clítia, el Diadúmeno, el Grupo de San Ildefonso o el conjunto de las Musas.



Afrodita agachada, Taller romano, Mediados del siglo II (Cuerpo y cabeza); Siglo XVII (Brazos), Mármol blanco. 128 x 56 x 54 cm.

 

OBRAS.

Ranc, Jean, Montpellier, 1674 - Madrid, 1735, La reina Luisa Isabel de Orléans, 1724. Óleo sobre lienzo, 127 x 98 cm

Retrato inacabado que la representa ya como reina de España, con los símbolos tradicionales de la monarquía. Luisa Isabel de Orléans (Versalles, 09/12/1709 – París, 16/06/1742), fue sobrina nieta del rey Luis XIV de Francia por parte de padre y nieta del mismo rey por parte de madre. En 1722, con apenas doce años contrajo matrimonio con el príncipe de Asturias, el futuro rey Luis I de España que contaba por entonces con quince años de edad. Desde su llegada a la Corte española, Luisa Isabel protagonizó algunos incidentes, sintomáticos de inestabilidad mental. Se convirtió en reina consorte al producirse la abdicación de su suegro, el rey Felipe V, el 15 de enero de 1724. Pocos meses después de su acceso al trono, Luis I contrajo la viruela y Luisa Isabel de Orléans cuidó del Monarca hasta su muerte, el 31 de agosto de 1724. Ella misma contrajo la viruela, pero pudo recuperarse. El matrimonio no tuvo descendencia. Luisa Isabel, ya viuda, regresó a Francia por voluntad de la reina madre Isabel Farnesio. 


Loo, Louis-Michel van, Tolón, 1707 - París, 1771, La reina Isabel de Farnesio, Hacia 1739
. Óleo sobre lienzo, 152 x 109,5 cm

La reina Isabel de Farnesio (1692-1766), segunda esposa de Felipe V (1683-1746), con quien contrajo matrimonio en 1714.

La faceta de una soberana consciente de su poder es la que queda especialmente acentuada en los retratos realizadas por Louis-Michel van Loo. Éste constituye la imagen más representativa de la autoridad de Isabel y de la firmeza de su carácter. La reina aparece ataviada con un fastuoso traje confeccionado en seda, labrada con hilos de plata dorada y con grandes flores de vivos colores. Sobre el pecho, un peto de armiño sostiene un espectacular joyel de piedras preciosas y perlas. Cada elemento del atuendo parece cuidadosamente elegido para enfatizar el rango de Isabel y proyectar una imagen majestuosa y elegante.

 



Silvestre, Louis, Sceaux, 1675 - París, 1760, La reina María Amalia de Sajonia, 1738.
Óleo sobre lienzo, 260 x 181 cm

Pintado con motivo de los esponsales con Carlos VII de Nápoles, futuro Carlos III de España, el retrato posee la elegancia y la fragilidad propias del rococó, que imperaba en la pompa cortesana oficial. La futura reina viste a la moda polaca, con un abrigo encarnado forrado de piel de armiño sobre un vestido blanco; cubre su cabeza con una gorra ribeteada en piel de visón y prendido al cabello mediante unos diamantes; en su mano diestra sostiene una miniatura con el retrato de su prometido; a sus lados, los tradicionales símbolos del retrato de aparato que acompañan a las personas regias: el cortinaje del dosel, la columna, la corona y el cetro.

 


Loo, Louis-Michel van, Tolón, 1707 - París, 1771, La Familia de Felipe V, 1743. Óleo sobre lienzo, 408 x 520 cm

Retrato familiar en el que aparecen el rey y su segunda esposa, Isabel de Farnesio, que centra la composición, rodeados por sus descendientes, los futuros Fernando VI -hijo del primer matrimonio del soberano- y Carlos III, ambos con sus esposas respectivas y todos los demás miembros de la familia real. En la asamblea familiar-dinástica se observan curiosas y contrastadas actitudes: el agotamiento de Felipe V frente a la plenitud dominante y autoritaria de su segunda esposa, Isabel de Farnesio; la presencia que pretende ser elegante y resulta desmañada del Príncipe de Asturias, futuro Fernando VI; la seguridad un poco ajena a todo, de Carlos III, entonces Rey de Nápoles y la dulzura de su esposa, la gracia de las niñas del primer término, etc. En suma, todo un conjunto de diversos caracteres, expresados de forma cortesana y refinada, que no excluye la profundidad psicológica, a pesar del esquema compositivo, de ambiente monumental y solemne. El artista ha imaginado un salón de espíritu palaciego a la manera barroca romana, abierto sobre un jardín. El centro es la Reina "que lo era también en la Corte y del Gobierno" y en torno a ella gira la composición".

 

sábado, 20 de diciembre de 2025

Antonio Raphael Mengs (1728-1779)

El Museo del Prado presenta una exposición sobre este pintor, figura clave en el nacimiento del Neoclasicismo y uno de los artistas más influyentes del siglo XVIII, con obras procedentes de instituciones internacionales, españolas y colecciones particulares y divididas en pinturas, artes decorativas, dibujos, grabados y estudios sobre papel, lo que permite explorar tanto su faceta de pintor de cámara y muralista, como su dimensión intelectual y teórica. El objetivo es ofrecer una visión completa de su obra al ser considerado uno de los grandes renovadores de la pintura europea del siglo XVIII e impulsor de lo que más tarde se conocerá como Neoclasicismo. 

La exposición se divide en diez secciones temáticas que combinan el recorrido biográfico con ámbitos dedicados a cuestiones específicas de su producción, desde su formación inicial en Dresde y Roma -fascinación por el mundo antiguo-, bajo la estricta disciplina de su padre, el pintor de corte Ismael Mengs, hasta descubrir la gran influencia que ejercieron sobre él Rafael -reto permanente- y Correggio. También se explora su relación con el arqueólogo Johann Joachim Winckelmann, una historia de amistad traicionada a raíz de la falsificación del fresco Júpiter y Ganímedes, y su faceta teórica de pintor filósofo que lo convirtió en referente intelectual del arte ilustrado.

Autorretrato, Antonio Raphael Mengs, Óleo sobre lienzo, 134 x 96 cm, h. 1760-61, Madrid, Fundación Casa de Alba, Palacio de Liria,  

Un lugar central en la muestra lo ocupa el mecenazgo de Carlos III, con retratos de la familia real y figuras de la España ilustrada, pintura mural al fresco de grandes superficies, como en el Palacio Real de Madrid. Su aportación a la pintura religiosa recoge las influencias de Rafael, Correggio, Guido Reni y Velázquez. Finalmente, se examina su proyección en generaciones posteriores y en artistas como Antonio Canova, Jacques-Louis David y Francisco de Goya.

Formación y entorno familiar.

Sus nombres, Antonio y Rafael, hacen referencia a la admiración de su padre por Correggio y Rafael de Urbino. Estuvo sometido a estricta educación artística entre Alemania y Roma, estudiando en el Vaticano. Más tarde, su trabajo le ligaría a Dresde, la corte sajona, y, desde 1761, al servicio de Carlos III, alternando su presencia en España con estancias en Italia. Tras su muerte, fue el español José Nicolás de Azara quien difundió su pensamiento artístico, presentándolo como “pintor filósofo”.


Federico Cristián, príncipe elector de Sajonia, Antonio Raphael Mengs, Óleo sobre lienzo, 155,7 x 110,8 cm, 1751, Los Ángeles, The J. Paul Getty Museum, 


 

El permanente reto a Rafael.

Rafael de Urbino, “el príncipe de los pintores”, estaba vigente como mito a mediados del siglo XVIII, y gozaba de gran prestigio tanto él como su estela (Annibale Carracci, Guido Reni, etc.), siendo Mengs heredero de esa tradición y llegando en su ambición a la intención deliberada de imitar y superar las pinturas del maestro –“Lamentación sobre Cristo muerto” en relación al “Pasmo de Sicilia” de Rafael-, lo que fue considerado irrespetuoso. 



Cabezas de Zenón y de niño, Domenico Cunego, según calcos de Antonio Raphael Mengs de La Escuela de Atenas, de Rafael Sanzio, Aguafuerte sobre papel verjurado, 551 × 423 mm (hoja); 488 × 350 mm (huella), 1785 (lámina 14), Madrid, Museo Nacional del Prado, 


Roma, caput mundi.

Roma le ofreció tres estímulos importantes, el contacto directo con las ruinas clásicas y con obras relevantes de sus más admirados pintores, la presencia de magníficos clientes como el papa, y la llegada en 1755 del arqueólogo alemán Johann Joachim Winckelmann, con el que entabló amistad que le abrió los ojos al concepto de belleza que sólo se podía encontrar en la estatuaria antigua. Estos tres factores construyeron su carrera y provocaron un cambio drástico en el devenir del arte de la pintura.


George Legge, vizcande de Lewisham, Pompeo Batoni, Óleo sobre lienzo, 127 × 100 cm, 1778, Madrid, Museo Nacional del Prado,


 

 

Roma, la fascinación del mundo antiguo.

La propuesta teórica de Mengs y su amigo arqueólogo se basaba en el convencimiento de la superioridad artística del arte clásico griego y, ante la ausencia de pinturas de la época, pusieron su atención en las esculturas, de hombres adultos preferentemente, de donde dedujeron un impreciso concepto de belleza ideal que Mengs trataría de plasmar en sus lienzos. El proceso creativo comenzaba por el dibujo, del natural o de las estatuas clásicas; éstas proporcionaban el canon formal y un catálogo de sentimientos inagotable, como la pasión o el dolor, y de características físicas, como la belleza.


Octavio y Cleopatra, Antonio Raphael Mengs, Óleo sobre lienzo, 299,7 x 212 cm, 1760, Stourton, Wiltshire, Stourhead House, The National Trust,

  


El final de la relación con Winckelmann.

La amistad entre Mengs y Winckelmann se rompió al haber pintado el primero un falso fresco, pretendidamente antiguo, y engañar al segundo, que lo consideró antiguo y llegó a publicarlo. Sin estar claras las razones del comportamiento desleal de Mengs, se apunta la falta de reconocimiento por parte del arqueólogo de la contribución del pintor a sus propuestas.



Júpiter y Ganímedes, Antonio Raphael Mengs, Falso fresco sobre lienzo moderno, 178,7 x 137,5 cm, h. 1760, Roma, Galleria Nazionale d’Arte Antica, Palazzo Barberini,

 

 

Mengs, pintor filósofo.

Mengs había publicado algunos ensayos exponiendo su pensamiento artístico y, a su muerte, José Nicolás de Azara editó esas obras, añadiendo algunos escritos inéditos -algunos eran de Azara- y una biografía. La publicación tuvo amplia difusión.



José Nicolás de azara, Antonio Raphael Mengs, Óleo sobre tabla de ¿nogal?, 77 × 61,5 cm (84 × 64 cm, con listones perimetrales), 1774, Madrid, Museo Nacional del Prado,


 

 

Pintor de Su Majestad Católica y de la corte de Madrid.

Llamado a España, participó en la decoración del Palacio Real Nuevo de Madrid. Realizó pinturas murales y, después, retratos de las personas reales, entre ellas la de Carlos III de cuerpo entero. Algunos de estos retratos se enviaban a cortes extranjeras. También pintó a diversos personajes de la corte como la manchega Isabel Parreño, marquesa de Llano. Recibió el encargo de pintar en Italia a la familia de Carlos III, la gran ducal de Florencia y la real de Nápoles.



 Carlos III, rey de España y de las Indias, Antonio Raphael Mengs, Óleo sobre lienzo, 283 x 170 cm, 1765, Copenhague, Statens Museum for Kunst; depositado en Patrimonio Nacional, Colecciones Reales, Madrid, Galería de las Colecciones Reales


 

Las grandes obras: la pintura mural.

Mengs consideraba al fresco por encima de la pintura al óleo en su escala de valores artísticos, porque su resistencia y durabilidad le garantizaban una fama más perdurable. Su técnica privilegiaba la pintura al seco -cuando el mortero ha perdido su humedad-, que utilizó en la bóveda del teatro de Aranjuez, realizada totalmente al temple. A pesar de ello, muchas de sus pinturas se han deteriorado irreversiblemente. Mengs había trabajado como muralista en Roma (iglesia de Sant´Eusebio, 1757-59, Parnaso -concepción de belleza del mundo griego-, 1760-61), pero fue en España, palacios reales de Madrid y Aranjuez, donde logró depurar su sofisticada técnica.

Diana y Proserpina, Antonio Raphael Mengs, Carboncillo, lápiz negro y clarión sobre papel verjurado preparado en gris, 393 × 534 mm, h. 1762, Madrid, Museo Nacional del Prado, 

Mengs, intérprete de la nueva devoción ilustrada.

Tras las primeras pinturas murales, Mengs realizó para Carlos III diversos cuadros religiosos para decorar el Palacio Real de Madrid y, los de pequeño formato, para la devoción privada del rey y de otros miembros de su familia (príncipe de Asturias, infante Luis de Borbón). Estos cuadros pequeños viajaban durante las “jornadas reales”, itinerantes, entre los distintos Reales Sitios (El Pardo, Aranjuez, La Granja de San Ildefonso, San Lorenzo de El Escorial y Madrid). Estas pinturas religiosas tuvieron gran protagonismo en el Palacio Real de Madrid: la Pasión de Cristo, las tablas de la Lamentación sobre Cristo muerto y El Padre Eterno -pintadas a emulación de Rafael Sanzio-. Desde Italia remitió la Anunciación y La adoración de los pastores, donde Mengs se autorretrata.

Magdalena penitente, Antonio Raphael Mengs, Óleo sobre lienzo, 110 × 89 cm, h. 1765, Madrid, Museo Nacional del Prado, 

 

El legado de Mengs.

En la década de 1740, las fórmulas pictóricas empleadas por los pintores romanos mostraban síntomas de desgaste y en la década siguiente, Mengs y Winckelmann plantearon propuestas de renovación colocando el concepto de belleza clásica en el centro del debate estético. Estas propuestas fueron asumidas por Antonio Canova, escultura, o Jacques-Louis David, pintura, incluso desbordando la intención original de Mengs, al otorgar a las obras una dimensión cívica al servicio de diferentes ideales políticos. El propio Francisco de Goya sintió esta influencia. La depuración de estas propuestas se ha denominado Neoclasicismo.


Autorretrato, Antonio Raphael Mengs, Óleo sobre tabla de caoba, 98 x 73 cm, 1773, Florencia, Gallerie degli Uffizi,

 

OBRAS.

 
La Ascensión, 1755 - 1766. Albayalde, Clarión, Lápiz negro sobre papel garbanzado, 1347 x 990 mm
Cabeza de apóstol, Hacia 1764. Óleo sobre lienzo, 63 x 50 cm

Boceto

 
Mengs, Antonio Rafael, Aussig, Bohemia, 1728 - Roma, 1779, Autorretrato, 1761 - 1769. Óleo sobre tabla, 63 x 50 cm
Mengs, Antonio Rafael, Aussig, Bohemia, 1728 - Roma, 1779, Carlos III, 1767. Óleo sobre lienzo, 151,8 x 110,3 cm

 
Castillo, José del (Retocado por Mengs, Antonio Rafael), La reina María Amalia de Sajonia, 1767. Óleo sobre lienzo sin forrar, 153,2 x 110,2 cm
Mengs, Antonio Rafael, Aussig, Bohemia, 1728 - Roma, 1779,  El Príncipe de Asturias, futuro Carlos IV, 1766, Óleo sobre lienzo, 152,5 x 111 cm

 
Mengs, Antonio Rafael, Aussig, Bohemia, 1728 - Roma, 1779, María Luisa de Parma, Princesa de Asturias, 1766. Óleo sobre lienzo, 152,1 x 110,5 cm
 Mengs, Antonio Rafael, AussigBohemia, 1728 - Roma, 1779, Archiduque Pedro Leopoldo de Austria, gran duque de Toscana, 1770. Óleo sobre lienzo, 98 x 78 cm

 
Mengs, Antonio Rafael, Aussig, Bohemia, 1728 - Roma, 1779, La infanta María Luisa de Borbón, gran duquesa de Toscana, 1770. Óleo sobre lienzo, 98 x 78 cm
Mengs, Antonio Rafael, Aussig, Bohemia, 1728 - Roma, 1779, El archiduque Francisco de Austria, como príncipe heredero de Toscana,  1770. Óleo sobre lienzo, 144 x 97 cm

 
Mengs, Antonio Rafael, Aussig, Bohemia, 1728 - Roma, 1779, La archiduquesa María Teresa de Austria, 1771. Óleo sobre lienzo, 144 x 105 cm
Mengs, Antonio Rafael, Aussig, Bohemia, 1728 - Roma, 1779, Los archiduques Fernando y María Ana de Austria, como príncipes de Toscana, 1770 - 1771. Óleo sobre lienzo, 147 x 96 cm

 
Mengs, Antonio Rafael, Aussig, Bohemia, 1728 - Roma, 1779, San Pedro predicando, 1761 - 1777. Óleo sobre lienzo, 134 x 98 cm
Mengs, Antonio Rafael, Aussig, Bohemia, 1728 - Roma, 1779, La Adoración de los pastores, 1770. Óleo sobre tabla de madera de roble, 256 x 190 cm. Se autorretrata a la izquierda