Mostrando entradas con la etiqueta Ruta ciclista: Sur del Sistema Central. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ruta ciclista: Sur del Sistema Central. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de noviembre de 2014

7.- El Tiemblo-El Escorial.

Última etapa. Esto llega a su fin. No madrugamos. Desayunamos y salimos haci Cebreros, como siempre, en cuesta. El paisaje va cogiendo color conforme el sol levanta su curso. Llegados al pueblo dudamos por dónde seguir; preguntamos a un señor y nos recomienda no ir por El Hoyo de Pinares, .porque "hay que dar zapatilla en el puerto", sino girar a la derecha. Eso hacemos, y por un magnífico bosque de pinos, entre terreno rompepiernas, vemos la gran antena de seguimiento de satélites espaciales de Cebreros y dejamos Ávila, entrando en la provincia de Madrid.

Llegamos al desvío de la carretera que viene de Navas del Rey y giramos a la izquierda para parar en Robledo de Chavela. Comemos un bocadillo y descansamos porque vamos bien de tiempo. Preguntamos a otro señor que nos anima: la subida al puerto de la Cruz Verde no es muy dura desde aquí, lo es más en cualquiera de los otros dos sentidos de ascenso, desde El Escoairla o desde la carretera de Ávila. A pesar de todo los nueve kilómetros de subida se hacen duros con lo que llevamos ya en las piernas.


Desde el alto, la bajada es rápida pero todavía no se han terminado los ascensos. Paramos para que una pareja nos haga la última fotografía todos juntos y nos desviamos a la derecha para ver la Silla de Felipe II y hay otros dos kilómetros de ascenso. Hacemos unas fotos y bajamos al pueblo, dejando el Monasterio que ya hemos visto muchas veces. Lo primero es ir a la estación para preparar el regreso a casa: preguntamos si habrá algún problema con las bicicletas y nos tranquilizan diciéndonos que podemos coger el tren que queramos.

Comemos, nos cambiamos de ropa y al tren. Nos distribuímos por varios vagones para no crear problemas en las entradas-salidas y seguimos hasta Vicálvaro donde tenemos que cambiar de tren. Sin contratiempos, estamos de nuevo en Alcalá. Última cerveza para repartir lo que queda del fondo y a casa. Y así lo hemos contado en estos microrrelatos, esta especie de literatura cuántica que necesitaría más sentido de la nitidez narrativa para expresar claramente la fugacidad de los sueños.
No nos entregamos a meditaciones proustianas sobre el paso del tiempo que lo marca todo. Perdidos en un álbum de paisajes, desde alta montaña y bosques apretados hasta cuadros de cereal, nuestra ruta ha dibujado un itinerario con zonas de gran interés superponiendo momentos de historia; al menos eso creemos, aunque nuestra mirada es pasional, con veneración faraónica. Hemos recorrido un espacio lleno de contrastes geográficos y sociales, de contradicciones visuales entre el mundo salvaje y el humanizado, entre lo agreste y lo domesticado, entre los picachos rocosos y las lomas vegetadas, entre la piedra estéril y la tierra fértil.

Han sido unos días en los que ha parecido que se congelaba el curso de la Historia, en que la mirada del tiempo se detenía. Nos hemos cansado pero hemos resistido bien en un intento permanente de invertir el giro del reloj, de que reducir los opuestos -edad y este tipo de viajes- a complementarios no esté alcanzando su límite. Esto es una inversión a fondo diluido, es uno de los asideros del tiempo, al ver cumplida la existencia arrastrada por el curso de la historia que va hundiéndose en el ayer, alejándose. Dijo el poeta: "No creas que vas a partir como llegaste; otros pensaron lo mismo, pero al marchar sus pensamientos se anclaron aquí". "Ni el futuro ni el pasado nos pertenecen" (Machado). La ceremonia del adiós exige siempre una segunda mirada. Sólo cuando algo se pierde es posible el delicioso ejercicio de la nostalgia.


Qué ver:
Cebreros: Picota, siglo XVI, iglesias (Santiago Apóstol, siglo XVI, vieja, siglo XV) puente de Valsordo, ermita de Nuestra Señora de Valsordo (a dos kilómetros, artesonado mudéjar).
Robledo de Chavela: iglesia parroquial de la Asunción, siglo XV, Vía Cruicis, siglo XVIII, Estación de seguimiento Espacial INTA-NASA.
La Silla de Felipe II
El Escorial: Monasterio (palacio, biblioteca, panteón, basílica y monasterio), Casitas del Infante y del Príncipe.

6.- Arenas de San Pedro-El Tiemblo.

La etapa de hoy va a ser más larga y dura. El grupo se subdivide en dos: uno va a seguir el curso del Tiétar para llegar a El Tiemblo desde los toros de Guisando; el otro ascenderá el puerto del Pico y seguirá después el curso del Alberche para llegar igualmente a El Tiemblo. Se describe la segunda de las rutas.

Desayunamos en la plaza y salimos hacia Mombeltrán en duro ascenso, antes de llegar se divisa la mole del castillo, que visitamos. Seguimos por unas rampas igualmente duras que llevan hasta Cuevas del Valle, donde vemos la calzada romana con la que zigzagueamos desde la carretera. El alto del puerto se ve cerca pero todavía quedan varios kilómetros y muchos metros de desnivel; no recordamos cómo es el puerto. El ascenso es la iconografía del miedo, el decorado del terror, aunque en estas ocasiones se manifiesta más claramente la energía del espíritu. Seguimos y vemos cómo la carretera sube por el lado derecho del valle, cruza al lado izquierdo y retrocede para ganar más altura y cruzar al lado derecho, para retroceder nuevamente y llegar definitivamente al alto. Hemos subido desde los 510 m de altitud de Arenas, a los 638 de Mombeltrán, a los 848 de Cuevas del Valle y a los 1.352 del Puerto.


El tiempo se ha ralentizado, ha avanzado a cámara lenta. Subimos los puertos como Sísifo alzaba sus piedras. La cima se nos aparece como un mundo inaprensible, trascendental, como una frontera moral, una ilusión, un objetivo desde el que se divisan nuevas cimas para futuras expediciones, nunca un lugar donde permanecer demasiado tiempo. Es la hipnosis de la montaña, en este grandioso paisaje de relieves verticales y en esta comarca pródiga en rincones naturales excepcionales.

Paramos en lo alto donde hay una magnífica fuente con agua muy fresca y un mirador con señalización de la calzada romana. La subida ha resultado dura: la altitud es de 1.430 m, el desnivel 873 m,, la longitud 16,9 km, el desnivel medio del 5,17% y el coeficiente 170. Queremos comer algo. El primer restaurante está cerrado y la primera venta, también. Por fin, en la segunda, Venta de la Rasca, podemos. Esta carretera sigue hasta Ávila; pasamos el desvío a la izquierda que lleva a El Barco de Ávila, seguimos hasta la Venta del Obispo y nos desviamos a la derecha. El trayecto es muy duro porque hay continuas bajadas y subidas que nos mantienen casi en la misma altitud.

Seguimos el curso del Alberche desde lo alto, pasando por Hoyocasero y Navalosa. Aquí se celebra la romería en honor de San Felipe Santiago y la anécdota es que el cura se jugó a las cartas la imagen del santo con el cura de Serranillos; la perdió, pero la gente no se la dejó arrebatar y acuden los dos pueblos unidos a celebrar la fiesta.

Los arroyos socavan las laderas de los montes regando sus frondas ribereñas ricas en sauces, alisos, álamos, etc. Desde Navatalgordo el descenso es acusado hasta Burgohondo. Paramos a beber algo fresco y nos indican que en el siguiente pueblo podremos elegir más sitios para comer. Seguimos hasta Navaluenga, comemos y vamos a descansar al puente romano, con una ribera del río planta de fresco césped. Poco después llegamos al embalse de Burguillo, muy bajo, que bordeamos entre llanos y subidas que ya se hacen duras. Salimos a la carretera que viene de El Barraco pero, como no entra a El Tiemblo, nos desviamos a la derecha y cruzamos por la presa.


En  el pueblo vamos a la tienda de Panadero que nos arregla una avería y, tras la ducha, un paseo por el pueblo. Para terminar, nos arracimamos para la cena en Casa Mariano donde nos atienden muy bien y nos ponen unas raciones pantagruélicas. No se lo pierdan si van por ahí. Se respira una atmósfera embalsamada, una quietud arraigada como hiedra a las viejas casonas señoriales; la luz dorada se desvanece y la noche cae, el cielo se descuelga en estrellas como todas estas claras noches.

Qué ver:
Mombeltrán: castillo de los Alburquerque, siglo XV, arquitectura popular (fuentes, calles estrechas, casas en puiedra, madera y adobe con teja árabe), iglesia parroquial de San Juan Bautista -gótica, siglos XIV-XV-, rollo medieval, plaza corredera, antiguo hospital de San Andrés, siglo XVI.
Cuevas del Valle: calzada romana hasta el Puerto del Pico, siglo Ii a.C.
Puerto del Pico: mirador a los cuatro puntos cardinales.
Burgohondo: puente Arco, ermita de San Roque, ermita de los judíos, Plaza Mayor.
Navaluenga: puente romano en el Alberche.
El Tiemblo: templo parroquial, siglo XVI, toros de Guisando, siglo III a.C.

5.- Jarandilla de la Vera-Arenas de San Pedro.

Hoy madrugamos algo menos porque la etapa va a ser más corta. Tras la dureza de los puertos en las anteriores hemos decidido acortarla. Seguimos atravesando La Vera y pasamos por Losar y Viandar. En Valverde entramos a ver el casco viejo, donde el agua corre por pequeños canalillos en el centro de algunas calles. Recordamos la fiesta de Los Empalaos, la penitencia de unos hombres que, con el cuerpo atado con una soga a un palo, descalzos, desnudos y con una corona de espinas en la cabeza, un velo sobre su rostro y unas enaguas, deben hacer un vía crucis por el pueblo a la luz de unos faroles.

Poco después llegamos a Villanueva, con los márgenes de la carretera convertida en calle llena de figuras vegetales recortadas que recuerdan a Manostijeras y con un centro antiguo fantástico. Estos pueblos de espléndido casco histórico y aseada fisonomía moderna son personajes decisivos en el viaje, pero deberíamos parar más. El siguiente es Madrigal, ya más cercano al Tiétar; entramos a una garganta con un puente de un alto arco anclado en unos impresionantes cimientos de roca que bordean una poza de límpidas e incitantes aguas verdosas. Volvemos al pueblo a comer un bocadillo y se aprecia la abundancia de agua en la existencia de muchas fuentes.


Entramos en la provincia de Ávila. A nuestra izquierda la montaña ha ido ganando en altura y nos encontramos bajo la mole carismática de Gredos, con la cima del pico Almanzor atravesando el cielo. Aquí la belleza no hay que buscarla, sale al encuentro. Vemos los desvíos a el Raso y llegamos a Candeleda, donde cogemos agua en la fuente de la plaza y charlamos con unos jubilados. La carretera sigue entre denso pinar y asciende. Oímos los trinos de los pájaros, rumores de vida. Poyales del Hoyo. En el camino hay varias gargantas con piscinas naturales o artificiales y saltos de agua, catedrales de agua. Bajada hasta Arenas de San pedro. Aquí paramos y terminamos la etapa, aunque estaba planeada hasta Mombeltrán. Ducha, comida y siesta.

Por la tarde, paseo. El castillo sólo se puede visitar por la mañana, así que nos conformamos con verlo por el exterior. Su gran porte domina la plaza, donde se ha producido un cambio de escala en la consideración del espacio público, es la ecuación espacio-temporalidad que lleva a estos edificios más allá de su estimulante cotidianeidad a la condición de objetos históricos. Vamos al puente romano -en realidad, del siglo XVI-, al barrio de origen árabe del Canchal, con materiales sacados de otro tiempo pero que no dejan la sensación incómoda de lo anacrónico.
Recorremos calles y plazas y terminamos en el abandonado palacio del Infante Don Luis, grande, minoico en sus pretensiones; está cerrado y en estado de abandono, pero, mientras hacemos unas fotos, llega el guía, el Sr. Gregorio Fernández, que nos abre y nos lo enseña amablemente mientras hace comentarios alusivos a la obra, al uso que se le ha dado después y a las negociaciones existentes de cara a su futuro inmediato. Le quedamos muy agradecidos. El arte como vía al conocimiento y la belleza.

Con la brisa soplando y el sol en declive, Arenas muestra su luz más auténtica. De la luz atemperada, de la monotonía del lento declinar emerge una calma plácida de propiedades terapéuticas. esto lo aprovecha el Tao, antecedente directo del quietismo, para sentenciar que "donde hay reposo hay vacío, donde hay vacío está la plenitud, que es totalidad", y lo aprovechan los que opinan que lo más urgente es esperar. Nosotros, empeñados en solemnizar nuestra condición épica, seguiremos mañana. Mientras tanto, un aura de luces y destellos envuelve la población y una confusión de músicas se disputa con furia los despojos de la noche.


Candeleda
Qué ver:
Valverde de la Vera: casas, calles, fuentes, iglesia de Santa María de Fuentes Claras.
Jaraíz de la Vera: paisaje, iglesias, ermita del Salobrar.
Candeleda: monasterio de Nuestra Señora del Rosario, ermita de San Blas, rollo, advocación ce Chilla, iglesia parroquial.
Arenas de San Pedro: puente, siglos XV-XVI, castillo del Condestable Dávalos, siglo XV, palacio del Infante don Luis de Borbón, siglo XVIII, Santuario de San Pedro de Alcántara, siglo XVIII, parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, siglo XIV, ermita del Cristo de los Regalajes, gótica, barrio árabe del Canchal.

4.- Jerte-Jarandilla de la Vera.

Nos despertamos con una de las mejores auroras posibles. Al salir vemos un pinchazo que reparamos rápidamente. Un guardia forestal nos recomienda subir el puerto por Valdestillas porque, aunque es algo más duro, es más corto y la vuelta por Casas del Castañar no vale la pena. Salimos de Jerte valle abajo; en el primer pueblo, Cabezuela del Valle, nos acordamos de Pedro Talaván que aquí escribió un libro sobre tierras extremeñas. Enseguida, Navaconcejo.

Iniciamos la subida por unas fuertes rampas que nos llevan a Valdestillas. El bosque perfuma el espíritu y refresca el cuerpo. Todavía dura el perfume de la primavera muerta. La subida, por escueta carretera, es parecida a la de Honduras: al principio arbolado tupido con madroños, naturaleza ubérrima, después más ralo y desde la mitad o al más, arbustos. El tramado de luz y sombra ayuda a embotar los sentidos. Subimos con paciencia de arqueólogo admirando las rocas esculpidas por el viento. En una parada hablamos con unos ciclistas que bajan y que nos animal. Así llegamos a Piornal, el pueblo de las nubes, donde comemos un bocadillo para mantener la panceta genética o adquirida de nuestro cuerpo.


Seguimos subiendo pero pronto llegamos a la cima. Navaconcejo está a 455 m de altitud y todavía hemos bajado más; después hemos subido a los 638 de Valdestillas, los 1.175 de Piornal y los 1.269 de la cima del puerto, en la Sierra de los Tormantos. Ha sido otro hito en el que se experimenta una sensación paradójica de poderosa ingravidez y vulnerabilidad. Son paisajes que entran por los ojos haciendo que tiemble por dentro algo confuso y arcaico. Estas etapas son ciclotímicas: se pasa de la euforia al desánimo.

Bajada vertiginosa hasta Garganta la Olla. El pueblo se ha visto precioso conforme bajamos. Bamos por el centro; como en el resto de España, si hay fiesta debe haber maltrato a animales; en la plaza hay toros. En este lugar de leyenda recordamos la del Minotauro y la importancia del dios-toro en Creta. Esta tierra es una representación de una fantasía edénica, de la felicidad; pero también es una tierra ancestral, repoblada para no dejarla inhóspita una ver recuperada, en la que se ve tiempo pretérito por donde quiera que se mire.

Es un viaje al pasado, al vano ayer, a la fascinación por seres enigmáticos, a estampas carpetovetónicas, a redescubrir leyendas que la oralidad popular ha propagado y en las que cualquier realidad cabe en el laberinto de sus metáforas. A la salida llegamos al mirador de la Serrana: leyenda, fascinación eterna. Todo lugar que se precie cuenta con su propio fantasma. La magia sigue presente. Por cada leyenda, un mundo. En el críptico despliegue de la historia es imposible seguir su etéreo rastro. La relación entre memoria e historia es conflictiva.

Vamos directamente al monasterio de Yuste a sabiendas de que ya está cerrado, pero es que nos han dicho que se puede comer, lo que no es cierto. Carlos I ejercitó su paciencia dedicando parte de su tiempo a su pasión por los relojes. Como tenemos que esperar mucho abandonamos el monasterio, pasamos por el Cementerio Alemán y vamos a Cuacos, otro de los lugares en los que el tiempo y la historia pierden sus dimensiones, donde las callejuelas están colmadas de casas típicas. El extravío es la única fórmula científica para encontrarles el halo a estos lugares.


Seguimos por Aldeanueva hasta Jarandilla, donde nos cuesta encontrar alojamiento. Lo conseguimos frente al castillo-parador, edificio reconvertido a mayor gloria del pasado. Tiene sobre sí la sombra de viejos tiempos, decadencia lánguida, decoración vetusta. Después, paseo, con el porte indolente de las tardes, antes de la cena y de admirar la caída de la noche.

Qué ver:
Cabezuela del Valle: barrio La Aldea, medieval, judería; iglesia de San Muiguel, siglos XVI-XVII, puente romano.
Garganta la Olla: pueblo-museo, iglesia de San Lorenzo, siglo XVI, Cristo del Humilladero, Museo de la Inquisición, cárcel, casas de postas y de las muñecas.
Monasterio de Yuste: dos claustros, iglesia siglo XV, edificio de dos plantas.
Cuacos ede Yueste: pueblo de interés turístico, iglesia, plazas.
Jarandilla de la Vera: castillo de los Condes de Oropesa, siglo XV, actual Parador, iglesia dee Nuestra Señora de la Torre, siglo XV, convento de San Agustín, renacentista, principios del siglo XVII, picota, monasterio de San Francisco, siglo XV.



3.- Sotoserrano-Jerte.

El límpido amanecer invita a madrugar. Salimos en descenso y sentimos la mordedura del fresco de la temprana hora. Cruzamos el Alagón y el Cuerpo de Hombre y desde aquí hay un ascenso continuado. El primer pueblo es Valdelageve, cuyo caserío se arracima a los pies de la loma por la que pasamos. Una señora, cargada con un canasto y con una buena dosis de buen humor, nos saluda diciéndonos que así madrugando vamos bien. Está en nuestra galería de personajes por derecho propio. El ascenso sigue hasta Lagunilla entre un precioso bosque. Paramos y un señor, otro de nuestros personajes, nos avisa de que, al lado de su casa, podemos coger agua en una fuente que es "la mejor de España, muchos de Extremadura vienen a coger agua aquí".

Todo el trayecto ha sido en subida y hoy nos espera un día duro. Hay una meta, pero no hay un camino; lo que llamamos camino son vacilaciones. Lo que queremos decir es que antes de El Cerro nos confundimos de carretera, perdemos altura y terminamos en Montemayor del Río, en el río Cuerpo de Hombre, con una naturaleza exuberante y un castillo en lo alto que casi no admiramos pensando en que tenemos que recuperar la altura perdida. Subimos entre un bosque de robles y castaños y en lo alto, en el cruce de la carretera por la que deberíamos haber venido, paramos y contemplamos a Lucerito, un precioso toro, un semental, que nos mira con suspicacia.


Por Peñacaballera llegamos a Puerto de Béjar. Almuerzo en la famosa casa Adriano, centro de sellado de los peregrinos que van a Santiago por la Vía de la Plata: bocadillo de tortilla de verdura y la famosa lengua, exquisita. Seguimos a Baños de Montemayor -de nuevo en Cáceres-, en el río Ambroz, y recorremos brevemente el pueblo antes de seguir a Hervás -donde se está celebrando la Fiesta de los Conversos- y pasear por la judería con el Museo de la Moto al fondo. Estas calles hacen la memoria medieval de las casas y suscitan a la vez identificaciones emotivas y emociones estéticas. Salimos pasando por el palacio de los Dávila.

Llegados a este punto se suscitan distintos comentarios; todo el andamiaje filológico tiene la intención de acortar la etapa quedándonos aquí. A pesar de esta filigrana de sentimientos o intenciones no queremos dejar pasar esta efervescente ocasión y atacamos el Puerto de Honduras, algo más tarde y con más calor. La mirada del sol, cercano a su cenit, es cálida. Ascendemos bajo la placentera sombra de robles y castaños, después sólo hay robles y desde la mitad del puerto únicamente arbustos. Hay algo de viento que nos refresca.
Con romanticismo decimonónico afrontamos este duro periplo. Hablamos siempre de las cuestas con resquemor catártico, se han convertido en un elemento perturbador, pero no concebimos un viaje sin alguna.De vez en cuando paramos para hacer fotos que después clasificaremos por sentimientos como furia, miedo, duda o apatía. el reconocimiento posterior de imágenes que recuerdan aquella naturaleza perdida en otros lugares induce a generar un sentimiento empático que se confunde con la calidad artística. Con la paciencia de la araña pasamos de los 688 m de altitud en Hervás a los 1430 del puerto en unos 14 kilómetros. 

Tras un breve llaneo nos lanzamos en vertiginoso descenso hasta el fondo del valle. Los cerezos, en terrazas, nos acompañan. Giramos en dirección a Jerte y llegamos a comer a las 16 h. Damos una vuelta y no encontramos alojamiento. Llamamos al camping y alquilamos un bungalow. Tras el laberinto de subidas y bajadas, dicha y piscina. Nos alumbra el último sol. Para lacena, cerezas de postre, naturalmente.


Qué ver
Baños de Montemayor: calzada romana de La Plata, fuentes termales.

Hervás: una de las juderías mejor conservadas de España ("En Hervás, judíos los más", por lo que se prohibió llamar judías a las alubias y se las denominó pipas), iglesias (Santa María -siglo XVII, renacentista-, San Juan -siglo XVII, barroca-). Palacio de los Dávila -siglo XVII, barroco, Museo del escultor Pérez Comendador-, Museo de la Moto clásica. 

Puerto de Honduras: vista espectacular.

Garganta de los Infiernos: desde Jerte, saltos de agua, grandes pozas, cascadas. Uno de sus enclaves más espectaculares es el de los Pilones. bosque caducifolio y de ribera.

2.- Plasencia-Sotoserrano.

La etapa de hoy va a ser más larga, así que salimos temprano por la carretera de Béjar. A la altura de Villar de Plasencia giramos a la izquierda para ir a las ruinas de Cáparra. El trabajo arquitectónico es, metafóricamente, una llave que nos abre las puertas al pasado; es una realidad compleja que implica una tarea ardua y metódica, lenta, pero se nota lo realizado en estos años. Nos extasiamos otra vez ante el magnífico arco, su exacta definición funcional y su ingrávida inserción en la naturaleza. Hablamos con un peregrino extranjero que viene andando desde Huelva -este día desde Galisteo-: estos lugares tienen una lectura universal; el arte, pasado o presente, no es finalmente sino una modulación vertebrada de un todo continuo.

Salimos a la carretera que lleva al embalse Gabriel y Galán, en el río Alagón, cerca de Guijo de Granadilla. Paramos en la presa para ver que está bastante vacío, con grandes rocas de granito al descubierto. Más adelante nos desviamos hacia Mohedas de Granadilla. En el cruce hay un monumento con las muelas de una almazara. Paramos en un bar a comer un bocadillo.


Durante los kilómetros siguientes de ven muchos olivos, el paisaje enhebra olas verdes sobre el valle del Alagón: la aceituna es aquí fuente de vida. En este tramo se ha producido un cambio de paisaje, desaparece el granito rosa y aparece la pizarra, lo que es un anuncio de la cercanía de uno de esos espacios lejanos, inaccesibles objetos de deseo, Las Hurdes. Este es un viaje a un pasado irrecuperable, a momentos desvanecidos de la Historia, aunque, en este caso, no queda un poso melancólico, una pátina nostálgica por un pasado en el que el reloj de esta zona marcaba algunos años menos que los de otras.

Bajo la luz restallante del mediodía salimos hacia la Portilla Alta, donde el bosque de pinos sustituye a la dehesa. Salvado el escollo, la bajada nos lleva al río Hurdano y a Vegas de Coria donde comemos. A la entrada hemos visto una piscina artificial en el río y allí volvemos para descansar un poco antes de seguir. En el resto del trayecto tenemos a nuestra izquierda la Peña de Francia y vemos desvíos a La Alberca, donde estuvimos hace dos años. Después de Riomalo de Abajo dejamos la provincia de Cáceres y entramos en la de Salamanca y una ligera subida nos acerca a Sotoserrano, fin de la etapa.

Vamos al alojamiento que tenemos reservado, nos aseamos y nos cambiamos de ropa. Después, cuando la tarde muere, damos un paseo por el pueblo, vemos alguna de sus casas más antiguas con balconadas de madera, pasamos por una fuente y por la bonita plaza y llegamos hasta la iglesia, en un alto. Saludamos a unas señoras y, conversando de nuestros temas recurrentes, nos sentamos en un banco bajo una higuera. Intuición, sensorialidad, conciencia de lo temporal: al otro lado hay un cerezo que todavía tiene frutas pero que parece abandonado; son de un color claro, al contrario que las del Jerte, pero están muy sabrosas.

De vuelta al hostal probamos en la cena los productos ibéricos de la zona, un placer sibarítico. Aprovechamos para preguntar a un señor y, haciendo apología de sus palabras, nos cuenta el camino de mañana. Amablemente se levanta y nos señala el trazado de la carretera hasta donde se pierde la vista, para contestarnos sobre la dureza del recorrido. Le haremos caso.

Cáparra
Qué ver:
Cáparra: ruinas de la ciudad romana con puertas, miliarios, anfiteatro, templo de Júpiter, villa urbana, foro, puente, acueducto, muralla, centro de interpretación (cerrado lunes y festivos) y especialmente el arco tetrapylon, único en la Península.

Las Hurdes: riachuelos, cascadas como el chorro de Los Ángeles cerca de Ovejujela, piscinas naturales, aula de la naturaleza y poblado antiguo en El Horcajo, convento de los Ángeles -siglo XIII, cerca de Pinofranqueado-, arte rupestre, poblaciones como Caminomorisco.

Sotoserrano: arquitectura popular típica como el Barrio del Castillo.

1.- Plasencia-Monfragüe-Plasencia.

Soñar, viajar. Ha llegado el momento. El aroma de la aventura nos invade. Estamos listos para el "machadiano" hacer camino al andar, acaso influenciados por libros de viajes que siempre tienen un toque histórico, geográfico o étnico. Para nosotros, no obstante, es un viaje sentimental; es la seducción de la vida desfilando ante los ojos porque todas las cosas pequeñas, los detalles, se despojan de su apariencia trivial y se convierten en protagonistas. Por eso no se viaje en línea recta, sino que se mira a derecha e izquierda.

Es antes del alba. Madrugamos. Tren de Cercanías hasta Atocha donde el revisor nos dice que el tren hasta Plasencia está "inútil" y, además, no admite bicicletas. Los días anteriores habíamos mirado la página web y telefoneado al Servicio de Atención al Cliente de RENFE y a la estación de Alcalá indicando el día y hora de nuestro viaje y nos habían dicho que no tendríamos ningún problema, pero ahora no podemos viajar. Esta dificultad en la información debería ser subsanada por quien corresponda. Como el tren está estropeado viene otro que, casualmente, sí admite bicicletas y salimos aunque con más de una hora de retraso.


Fieles a nuestra propia iconografía ecuestre, nos cambiamos de ropa en la estación y sin pérdida de tiempo vamos a Monfragüe. Como una premonición de lo que va a ser este viaje, la primera cuesta la tenemos nada más salir. Después un tramo llaneando y una ligera bajada nos dejan en Villarreal de San Carlos. La sensación es penosa comparándola con la primavera: el paisaje acusa la sequedad de varios años hidrológicos sucesivos. No se debe venir aquí en verano. En la pequeña población está todo cerrado y no podremos comer. Lo más cercano es Torrejón el Rubio a casi 20 kilómetros.

Tras una visita rápida decidimos dar un rodeo por el Salto de Torrejón y volver por otra ruta. Hace mucho calor. En el terreno adehesado, el verde oscuro de las encinas y alcornoques destaca fuertemente sobre el amarillo de la hierba seca. El cielo está surcado por muchas rapaces. Afortunadamente en el camino encontramos abierta una casa rural, con decoración etnográfica, donde comemos.

En el regreso cruzamos el Tiétar -que vierte al Tajo en Monfragüe-, silueteado por dos espesas líneas de vegetación de ribera, y vemos regadíos de pimentón y tabaco, aunque hay secaderos de tabaco abandonados y ruinosos. La vuelta es dura por el calor.

No compartimos la obsesión por poner barreras entre cultura y naturaleza, así que, tras Monfragüe, vemos Plasencia. La visita dibuja un itinerario con monumentos de gran interés en el crepúsculo del día. Este ciudad episcopal evoca cierta simetría con otras como Sigüenza: el principio rector es la belleza. Pasamos alrededor de los tramos sobrevivientes de la muralla, casi entera, y penetramos por la puerta de Berrozanas en un viaje en el tiempo; atravesamos un dédalo de callejuelas hasta llegar a la plaza, en el centro, lo que hace que el caserío gravite a su alrededor con una mezcla sutil, atomizada, de caprichos estéticos de todas las edades.

Plasencia

Después, descubrir la piedra oscura de la catedral, espléndida tanto en la concepción estructural como en los detalles constructivos, y de tantos otros edificios Volvemos al aplaza por calles estrechas, eludiendo la violencia monumental de la ciudad; mientras lo monumental nace gigante y pretende empequeñecernos para hacernos sentir más significativamente su poder -político, religioso-, los barrios seductores lo son para la vida. La comprobación vendrá por la noche cuando no podamos dormir bien debido a la algarabía nocturna que convive con esta solemnidad histórica.

Qué ver:
Monfragüe: Parque Natural (vegetación y fauna mediterránea), castillo (restos árabes y siglo XV), ermita (talla siglo XII), Villareal de San Carlos (siglo XVIII), puente del Cardenal (siglo XV).

Plasencia: Catedral (vieja y nueva unidas; en ésta trabajaron Alonso de Covarrubias y Gil de Hontañón, entre otros), murallas-torres-puertas (siglo XII), iglesias (San Nicolás, San Pedro, San Martín), palacios (de Monroy -siglo XIII-, Episcopal -siglo XVIII-, de los marqueses de Mirabel -siglo XVI-, de Zúñiga -siglos XIV-XV-, de las Infantas y del obispo Girón -siglo XVI-, de los Toledo Barrantes -siglo XV-, Consistorial -siglo XVI-, del Deán -siglo XVI-, hospital de Santa María -siglo XIV-.


El Sur del Sistema Central.

Al llegar el verano, como cada año, los profesores ciclistas alcalaínos hacemos acto de presencia con nuestro ansiado viaje. Llegamos vestidos de éxito tras el largo viaje del año pasado -el Camino de Santiago, 800 km-, sanos, saludables y vivideros. hemos entrenado, como cada año, durante todo el curso escolar atravesando todas las estaciones; hemos oído el crujir de la nieve bajo las ruedas, el silbido del viento mientras frenaba nuestra marcha, el golpeteo de la lluvia en nuestros cascos, el crecimiento de las flores.

Hemos mantenido vivo el fuego sagrado del descontento y de la creciente insatisfacción ante unas vidas que transcurren cotidianamente en paraísos artificiales dominados por el hormigón; desde nuestras vivencias granurbanas, apresados en el estrecho horizonte de la ciudad, hemos ejercitado a diario el músculo del esfuerzo y de la admiración por la naturaleza. Nuestro campo vital no está restringido todavía, seguimos con la intención de rebasar nuestra órbita monótona, así que aquí estamos de nuevo, como cada año, habiendo engrandecido el grupo con ciclistas de nueva cilindrada: a los veteranos Benjamín, Julio, Eugenio y José Luis, se han añadido Antonio y José Mª, que se han sumado a última hora. Bienvenidos.

Pensando qué ruta seguir este año rememoramos otros itinerarios: el de la Ruta de la Plata a su paso por el valle de Ambroz y el sur de la provincia de Salamanca, o el de Las Arribes del Duero que continuamos desde Ciudad Rodrigo por la Peña de Francia hasta Ávila. De estos recuerdos surgió la idea de recorrer el Sistema Central por el Sur puesto que, en parte, ya lo habíamos hecho por el Norte.

José Luis, Benjamín, José Mª, Julio, Eugenio y Antonio
Como punto de inicio elegimos Plasencia, por su fácil acceso para, a partir de aquí, continuar nuestra singladura que nos lleva el primer día hasta Monfragüe para regresar a Plasencia por la noche. La segunda etapa transcurre hasta Las Hurdes -ya no nos es posible llegar hasta la Sierra de Gata como queríamos en un principio y como nos aconsejaba nuestra compañera Puri a la que deseamos un rápido restablecimiento- y proseguimos hacia el Alagón en Sotoserrano. El valle de Ambroz y el paso al Jerte nos ocupa la tercera etapa. En la cuarta vamos del Jerte a la Vera. El valle del Tiétar lo recorremos en la quinta y el del Alberche en la sexta. Finalizamos en El Escorial, puesto que desde allí podemos volver en varios trenes de cercanías o incluso en uno que viene directo hasta Alcalá -el mismo que cogimos hace dos años en Ávila- y nos facilita mucho el regreso.

El recorrido puede llegar a los 550 km, con etapas desiguales: la primera y la última siempre son más cortas porque hay que hacer además el viaje de ida y regreso; la segunda y la sexta son las más largas -pudiendo acercarse a los 100 km-; el resto estarán más promediadas pero tendrán más dificultad montañosa, más desnivel acumulado.

Uno de los tópicos sobre la zona, el que describe a Extremadura como tierra seca y árida, se derrumba fácilmente. El entorno natural aquí es excepcional. El común denominador lo constituyen sus numerosos cauces de limpias y saltarinas aguas y sus frondosos bosques: el pino predomina en Las Hurdes, el cerezo en el Jerte, el roble en La Vera y el castaño en el valle de Ambroz. En el ámbito geológico, en Las Hurdes abunda la pizarra y el granito en los otros tres valles. Además, estas tierras con tanta tradición son muy ricas en historias y leyendas, mezcladas entre sí de modo que no es posible separarlas, y de las que nos empapamos.



Qué ver:
Espacios naturales como los valles de Monfragüe, Ambroz, Jerte, Tiétar y Alberche.
Comarcas de tanta personalidad como Las Hurdes o La Vera.
Puertos de montaña como Honduras, Piornal y el Pico -tras bordear Gredos-.
Poblaciones importantes como Plasencia o Arenas de San Pedro.
Pueblos tan característicos como Caminomorisco, Baños de Montemayor, Hervás, Jerte, Piornal, Garganta la Olla, Jarandilla de la Vera, Candeleda -de donde es nuestro compañero Enrique-, Mombeltrán, Burgohondo, el Tiemblo, Cebreros, etc.
Monasterios como el de Yuste y el Escorial.
Ruinas como Cáparra.
Calzada romana del puerto del Pico.
Restos como los toros de Guisando.