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viernes, 8 de octubre de 2021

 Edades del hombre 2021 (III/3)

Sahagún, provincia de León, está ubicado entre los ríos Cea y Valderaduey, en la comarca Tierra de Sahagún, a 813 m de altitud. En 2020 tenía 2477 habitantes. Nació por un santuario dedicado a los mártires Facundo y Primitivo, hermanos, legionarios romanos delatados como cristianos, martirizados y arrojados al río Cea en el año 304 (el mismo año que Justo y Pastor en Alcalá de Henares). Fue mansio romana, Camala, en la vía. El santuario fue destruido por los musulmanes, restaurado por Alfonso III el Magno y donado, año 872, a monjes procedentes de Córdoba. Se consolidó en el s. XI: Alfonso VI vistió aquí el hábito benedictino hasta que escapó a Toledo, y otorgó fuero en 1085; introducción del rito romano por la Orden de Cluny, 1081, abad Bernardo nombrado arzobispo de Toledo en 1086. Este monasterio será el Cluny español, foco cultural y comercial.

El Códice Calixtino se hace eco de la importancia de Sahagún dentro del Camino de Santiago Francés, lugar “pródigo en toda clase de bienes, y en donde se encuentra el prado de las resplandecientes lanzas de los victoriosos campeones de la gloria del Señor”, en alusión al milagro de las lanzas. El Códice alaba las aguas del Cea, “dulces y buenas”. Su importancia era tal que llegó a tener hasta cinco hospitales de peregrinos.

 

El apogeo, tanto de la villa como del monasterio, llegó en el s. XII. Situaciones conflictivas entre burgueses y artesanos -concesión de recinto amurallado y derecho a acuñar moneda- contra el abusivo poder abacial. Las rebeliones continuaron en el s. XIII. El papa Clemente VI, 1347, concedió una Universidad, que más tarde suministraría catedráticos a Alcalá, y que fue trasladada a Irache en 1569. La decadencia comenzó en 1494 al pasar al control del convento de San Benito de Valladolid, fundado un siglo antes con monjes de Sahagún.

 En consonancia con el terreno sobre el que se asienta, Sahagún es una población de barro, bien crudo (tapial o adobe) o cocido (ladrillo), y esta belleza de los materiales más humildes se detecta en los principales monumentos, en los que escasea la piedra.

“El prado de las lanzas”. Leyenda del códice calixtino con el fin de relacionar a Carlomagno con el Camino. Estaba el rey empeñado en liberar a los fieles del camino del sarraceno Aguiolando y lo encontró a orillas del Cea. Los cristianos clavaron sus lanzas junto al río, mientras preparaban la batalla y al día siguiente las lanzas habían enraizado y echado ramas. Las cortaron para la batalla, pero de las raíces nació una frondosa chopera que hay al cruzar el puente Canto.

El bandido de Sahagún”. Ginés, perteneciente a ilustre cuna por rama bastarda, es terror de caminantes y peregrinos, aunque muy devoto de la Virgen. Condenado a morir en la horca, rezó a la Virgen, que lo sostuvo por los pies. Cuando, a los tres días, fueron a descolgar el cadáver, vieron que estaba vivo, lo que fue tomado como hechicería y acordaron degollarlo. Cuando el verdugo quiso hacer su trabajo notó que una cuña se interponía entre la piel del condenado y el filo del arma, y cuatro dedos de madera policromada cayeron al suelo manchados de sangre. Eran los de la imagen de la ermita. Claro el milagro, la justicia perdonó al delincuente, que tomó el bordón del peregrino y se dirigió a Roma descalzo. Sus pies llagados dejaron rosas de sangre por los caminos, y regresó reconfortado por la bendición del Santo Padre, dedicándose en adelante al servicio de los peregrinos.



El primer juglar de España. Sahagún, escuela de juglares
. Según Menéndez Pidal, el nombre de juglar aparece en la Crónica Anónima de Sahagún, en 1116, cuando doña Urraca ha hecho la paz con los burgueses de la villa. La Crónica también dice que hubo una escuela de juglares, que fueron los que más se esforzaron en el asentamiento del romance castellano, tras no ser entendidos en latín.




Parroquia de San Lorenzo
, románico mudéjar, s. XIII, en ladrillo. Planta basilical de tres naves, con cabecera tripartita decorada con arquerías de herradura. La torre, situada sobre el ábside, es del s. XIV, tiene cuatro cuerpos: arcos ciegos el inferior, cuatro vanos con arcos doblados los dos siguientes y cinco vanos el superior.

 

Iglesia (sin culto) de San Tirso, s. XII, románico mudéjar, prototipo que sirvió para otros edificios, como San Lorenzo. Planta rectangular de tres naves rematadas por ábsides semicirculares. Cabecera decorada mediante sencillos juegos con ladrillo. El ábside central se decora, en la parte inferior, con arcos ciegos de medio punto, doblados y apeados en modillones y en columnas -piedra- alternativamente; en los ábsides laterales la tipología está invertida. El remate superior se efectúa por medio de molduras en nacela.


La torre, rectangular, se eleva sobre el tramo recto del ábside y no sobre el crucero. Tiene dos cuerpos, macizo el primero y hueco el segundo, con tres niveles que van reduciendo la amplitud de sus vanos en función de su altura. Lo que vemos es una reconstrucción, después de su derrumbe en 1948. El acceso se realiza por galería porticada de finales del s. XIX. Portada original de triple arquivolta ojival protegida por recuadro de ladrillos; actualmente cegada y hundida. En la nave central se sitúa una sillería de coro y un sepulcro.





El santuario de la Peregrina fue un convento franciscano fundado hacia 1257, románico mudéjar, con apoyo de Alfonso X el Sabio. Tiene una nave de cinco tramos, crucero destacado en planta como es habitual en las iglesias monásticas, tres capillas laterales y un ábside semicircular al interior y poligonal al exterior. Decoración de arquerías ciegas y arcos polilobulados de influencia toledana. En el lado de la Epístola está la capilla cuadrangular de don Diego Gómez de Sandoval, s. XV, con paños de yesería mudéjar. El nombre le viene por una imagen de la Virgen vestida de peregrina, s. XVII.


Está situada en el punto más alto de la localidad, a 845 m, en el extrarradio, y en la actualidad es sede del Centro de Documentación del Camino de Santiago de Sahagún. En la restauración apareció, detrás del altar mayor, una momia con un sello papal de Gregorio XI, s. XIV, correspondiente a un varón de 45-55 años, quizá un personaje relevante de la villa.

 

Leyenda del “peregrino del Camino de Santiago”. Un peregrino anciano recorría el Camino y se detuvo sin fuerzas. Una joven peregrina le animó a seguir, caminando cuando él lo hacía y si él paraba, ella también. Al llegar al final de la etapa, no la encontró, pero apareció al día siguiente repitiéndose la actuación. Al llegar a Sahagún y ver la imagen, la reconoció. Así el convento de San Francisco cambió de nombre por el de la Peregrina.

 


Real Monasterio de San Benito,
muy importante en la Edad Media, uno de los focos de la reforma de los monasterios benedictinos cuando se introdujo la regla de Cluny, liturgia romana, propiciada por Constanza de Borgoña, esposa de Alfonso VI. Éste, en 1080, nombró abad al francés don Bernardo de Aquitania y dio fueros en 1085, que permitieron el crecimiento de la villa bajo el poder de la abadía, lo que originó revueltas en los ss. XI-XII, que desembocaron en supresión de algunos monopolios, como el del horno.

Al morir Alfonso VI en 1109 fue enterrado en el monasterio, al igual que sus esposas, costumbre seguida por otros nobles como Pedro Ansúrez. En 1110, la reina Urraca se refugió en el monasterio tras discutir con su marido, Alfonso I el Batallador, a la espera de la bula que anulaba su matrimonio. Los burgueses, apoyados por Alfonso I el Batallador, saquearon la abadía en 1111. Después se nombró abad a Ramiro el Monje, hermano del Batallador, que posteriormente fue rey de Aragón (leyenda de “La campana de Huesca”).


El monasterio poseyó una rica biblioteca y un scriptorium donde se copiaban e iluminaban manuscritos. Poseía el Beato de la Biblioteca Corsiniani, s. XII, del tipo Beato de Liébana. Facsímil en la Peregrina. También el Beato de Facundo o Beato de Fernando I y doña Sancha, Biblioteca Nacional. 

Decadencia s. XV por la fundación del monasterio de San Benito de Valladolid y por la lucha con la villa por el poder sobre la población, revueltas e incendio del monasterio.



En 1837 fueron sacados a subasta pública los edificios del monasterio, excepto la Torre del Reloj que pasó al Ayuntamiento, y el Arco de San Benito porque se proyectó una carretera bajo el mismo. Se conservan del antiguo monasterio la capilla de San Mancio (s. XII, románico-mudéjar), Arco de San Benito (s. XVII), Torre del Reloj.

 




Iglesia de la Trinidad.
Templo, ss. XVI-XVII, aunque la torre es s. XIII, en ladrillo, nave única. En la actualidad es Albergue Municipal de peregrinos, Oficina de Turismo y Auditorio Municipal.

 




Ermita de la Virgen del Puente
. A 2 km de la villa, junto a un puente de origen medieval sobre el río Valderaduey. Es la primera edificación del Camino en la provincia de León. Estilo mudéjar, s. XII, ermita y hospital de peregrinos.

 



Puente Canto
. Río Cea, origen romano, reconstruido en 1085 por Alfonso VI y reformado en los siglos XVI y XIX. Cinco arcos apoyados sobre pilastras, grandes sillares de piedra.

 

martes, 21 de octubre de 2014


Hospital de Órbigo-Astorga


Fuera empieza a despuntar el alba. Nos levantamos a las seis, preparamos la mochila fuera de la habitación para no hacer ruido y desayunamos. Salimos con un fresco agradable por un camino llano y bueno y vemos el amanecer en Villares de Órbigo. El disco rojo del sol que surge lentamente entre los vapores del alba. El paisaje es diferente por la abundancia de regadío. Los aspersores esparcen agua pulverizada que se queda flotando en el aire como una fina niebla.

La luz ha ido aumentando y ya se ve bien. Atacamos con energía mañanera la subida al Santo, y tras pasar una zona arbustiva el camino baja a Santibáñez de Valdeiglesias, donde vemos alguna chimenea de barro. Vamos con unas francesas, una canadiense, etc. Algunos paran en el último bar y otros pasan de largo. Nuestra sombra nos acompaña en unos tramos de camino pedregoso y en ligero ascenso.



La subida se acentúa en medio de campos de secano, zonas de monte bajo y pequeños bosques de robles que se espesan progresivamente. Es el Monte de la Colomba, a cuya entrada hay un monumento muy raro formado por una cruz, unos montones de piedras y una estatua de un hombre con una lanza en la mano, junto a un banco bajo una encina. Desaparecemos en el verde en despreocupada soledad. Unos gritos rompen bruscamente la paz de la mañana: nos adelantan unos ciclistas brasileños que vimos ayer en el albergue y, poco después, un gran pelotón ciclista sin equipaje. Continuos repechos y bajadas, zonas de sombra, encinas y robles. El camino está abarrancado y en algunos tramos parece una senda.

Calor, buen día. Todavía se anda bien. Un lagarto se cruza en nuestro camino y no parece asustarse. El morado de las flores contrasta con el verde oscuro del arbolado. Pasamos zonas despejadas donde el cereal ha sido cosechado; en los campos quedan las pacas redondas listas para ser recogidas.

Tras el último repecho llegamos al llano, al páramo, donde pasamos la Majada de Ventura, con algo de comida y bebida a la venta. El llano sigue hasta el Crucero de San Toribio, una cruz de piedra sobre cuatro escalones, desde donde se ve bien Astorga y el monte Teleno, 2188 m, la cumbre más alta de los montes de León y montaña sagrada de los astures. En este lugar, s. V, el obispo de Astorga, tras ser expulsado de su sede profirió “De Astorga, ni el polvo” mientras se sacudía las sandalias. Paramos para contemplar la panorámica y hacer alguna foto.


Bajada fácil hasta San Justo de la Vega donde hacemos la última parada porque ya estamos muy cerca del final de la etapa. Cruzamos el río Tuerto, andamos un tramo por buen camino al lado de campos de cereal sin cosechar llenos de amapolas, cruzamos el río Jerga por su puente romano –de tres ojos desiguales y en pizarra-, y cruzamos la vía del tren por una pasarela curiosa. Estamos ya en Astorga, la Asturica Augusta romana, que bordeamos hasta el hostal pasando por la catedral de Santa María, la muralla romana y medieval, y el palacio episcopal de Gaudí (Museo de los Caminos). En un momento, los tres monumentos están alineados a nuestra vista.



Tras el aseo y la colada vamos a comer. No nos atrevemos con un cocido maragato porque hace mucho calor. Tras la siesta, paseo por la plaza del Ayuntamiento, las termas, etc. Vemos a algunos que hemos conocido en el albergue de ayer. En las calles parece haberse estancado el calor del día, que paraliza a todo ser vivo. El cielo está más nuboso, amenaza lluvia. A las 8 vemos los maragatos en el reloj del Ayuntamiento, compramos el desayuno para mañana y cenamos. Entonces empieza la lluvia; gotas pesadas y aisladas que dan paso a un aguacero. Volvemos siguiendo las flechas para ver la salida de mañana.

Después de la larga etapa de ayer, la de hoy ha resultado corta y vamos a dormir con más comodidad. De la calle llegan ruidos que atraviesan la oscuridad, aunque cada vez son más vagos, pierden su sentido.


León-Hospital de Órbigo


Volvemos de nuevo al Camino para iniciar este tramo con una etapa excesiva. Las ganas nos hacen querer avanzar demasiado. Salimos, en la atmósfera ingrávida de la mañana, cruzamos el puente sobre el Bernesga y la pasarela del ferrocarril y estamos en Trobajo del Camino. El tiempo es bueno y avanzamos bien, pasando junto a unas antiguas bodegas y por unas naves industriales, y saliendo a la carretera en la Virgen del Camino. Vemos a dos chicas extranjeras, dos ciclistas y otros tres peregrinos. Pasamos por el Real Aero Club –aquí hay un aeródromo- y cruzamos la población hasta la iglesia, con famoso apostolado modernista en la fachada: trece estatuas de bronce de 6 m de altura y 700 kg de peso, obra del escultor barcelonés Josep María Subirachs.

Continuamos por la Fuente El Cañín y tomamos un desvío a la derecha. El paisaje es algo ameno aunque rodeados de infraestructuras que parcelan el terreno. Vamos por un andadero al lado de la carretera que resulta muy incómodo, con mucho ruido del tráfico, escuchando nuestros crujientes pasos en la gravilla. La siguiente población es Valverde, cuya iglesia tiene una espadaña con cigüeñas. Seguimos por el andadero y vemos otras bodegas antes de llegar a San Miguel del Camino.



Ya se empieza a notar más calor. Continuamos un trecho más largo hasta Villadangos del Páramo y, más allá, con la monotonía del andadero en un terreno llano, hasta cruzar el Canal de la presa Cerrajera. Leyenda: en el s. XI, una mora muy bella, Zaida, se asentó en un pueblo, Villazaida (actual Villazara), El joven Aliatar se enamoró de ella y ésta para rechazarlo le propuso una prueba que juzgaba imposible: “El día que el agua del Órbigo pase por delante de mi puerta, corresponderé a tu amor”. Con ayuda de los campesinos construyó el canal y la boda se celebró poco después.

El camino está lleno de la pelusa blanca que sueltan los árboles y que origina tanta alergia. Pasamos una zona habitada por una colonia de grajas y seguimos rectos hasta San Martín del Camino en medio de cultivos de regadío. Paramos en el albergue.


El último tramo hasta Puente de Órbigo se hace muy pesado, hace mucho calor. Cerca de Puente sale un hospitalero a dar publicidad de su establecimiento. Al llegar al puente del Passo Honroso paramos para admirarlo. Origen romano, fábrica medieval y remodelado numerosas veces. En 1434 don Suero de Quiñones, con sus hombres, inició las justas tras ser rechazado por la dama Leonor o Inés de Tovar que durarían hasta romper 300 lanzas. Duró un mes, venció a 68 caballeros de varias nacionalidades y únicamente murió un aragonés. Peregrinó a Compostela donde prendió de la imagen una pulsera dorada, propiedad de su esquiva dama. Vemos que todo está adornado con banderas medievales para celebrar las fiestas que conmemoran el acontecimiento.

Vamos al Albergue parroquial, con bello patio, y hallamos en la recepción a una coreana. Es el poder amarillo: nuestra habitación está llena de coreanos y hay también una finlandesa. Escasez de españoles. Rutina de aseo y colada.



Para la comida queremos probar la especialidad de la zona: sopa de trucha. El camarero nos explica cómo comerlas: se quita la piel y las espinas, y la carne se desmenuza mezclándola con las sopas ajo hasta que no se vea. Deben quedar secas. Comentamos con él que el último tramo nos ha parecido más largo de lo que se dice en las guías, y nos responde que siempre se hace más pesado el último trozo. Ejemplifica su aserto con una anécdota: uno que bebió 15 cubatas y que al día siguiente estaba fatal decía que le habían sentado mal los dos últimos.

Por la tarde hace mucho calor, no se puede salir y no vamos al albergue con cena vegetariana. Pasamos por un estado de perezosa comodidad, sentados indolentemente en un banco, entregados al cansancio. Después, paseo por el puente. A las 10 estamos todavía en el jardín, pero poco a poco nos vamos retirando. Ha sido una etapa demasiado larga pero las siguientes serán más adecuadas. Hace fresco con la puerta de la habitación abierta y se duerme bien.
                                                                         



Mansilla de las Mulas-León.


La gente se levanta tarde porque está lloviendo muy fuerte. La noche ha sosegado los espíritus. Desayuno en la cocina: pera, café de máquina y galletas. Ha parado de llover y salimos a las 8:00, cruzamos el puente medieval y tomamos el andadero a la izquierda de la carretera dejando Villafalé a la derecha y el Monasterio de Santa María de Sandoval a la izquierda. El paisaje es igual, páramo, erial, aunque más arbolado. Vuelve a llover y tenemos que ponernos las capas.

Llegamos a Villamoros de Mansilla, que tiene a la derecha el castro romano de Lancia. El camino gira a la izquierda pero vuelve al lado de la carretera para cruzar el puente de Villarente, de origen medieval, sobre el río Porma. Como sigue lloviendo paramos a tomar café con unos dulces, nicanores de Boñar. Al salir del bar, cuando los ruidos de la carretera vuelven a nosotros, vemos llegar a la pareja de coreanos que han dormido en nuestra habitación la noche pasada. En las afueras vemos juntos dos anuncios, uno del tanatorio y otro de un club en Puente del Castro. Parece que en las poblaciones pequeñas no hay espacio para diferenciaciones.



El Camino pasa ahora a la derecha de la carretera, algo más alejado. Sigue lloviendo y el buen camino, ancho, se ha convertido en un barrizal que sorteamos con dificultad. Cruzamos el canal de Arriola y seguimos hasta Arcahuela, que tiene un área de descanso cubierta y con fuente de agua potable, del pueblo, donde paramos para descansar un poco. Llega un alemán que se sienta al lado.

La carretera está cerca, pasa por el pueblo, pero nosotros lo bordeamos por la derecha. Una ligera subida nos acerca a Valdelafuente. Como sigue lloviendo mucho, salimos del Camino y vamos al pueblo. En un bar comemos un pincho de tortilla. Llueve menos y salimos cuando llegan los coreanos del albergue como en Villarente. Seguimos la carretera porque nos han advertido que el Camino vuelve a la izquierda en la siguiente rotonda, por una pasarela. No está bien indicado pero unas peregrinas que hemos adelantado antes y que ahora están en lo alto de la pasarela nos indican que sigamos de frente. Prácticamente estamos ya en el Alto del Portillo y lo que nos queda es el descenso hasta León.


Seguimos las flechas que van al albergue municipal, en malas condiciones según nos han dicho, y después vamos en dirección a la Catedral. La última noche la pasamos en un hostal. Rutina, esta vez sin colada. Salimos a comer, muy bien, y después siesta. Por la tarde vamos a la estación del ferrocarril para comprar billetes de vuelta para mañana y visitamos San Marcos. 

Volvemos al centro y probamos de nuevo los vinos prieto picudo con unas tapas. En la Plaza de San Martín entramos en el bar La Bicha, que tiene un dueño muy curioso, muy hablador y que nos sirve morcilla y pan tostado mientras habla con los clientes que abarrotan el local y les hace reír con sus dichos e historias. Anima a la gente para que se vaya a su casa, porque dice que algunos tienen más orgasmos en el bar que en su casa, ya que aquí “Al barullo, al barullo; que todo lo que pillas es tuyo” … . Las palabras del dueño nos envuelven. Son palabras como para inscribirlas en lápidas de mármol. 



Damos una vuelta por el León nocturno antes de ir a dormir porque ya no tenemos horario peregrino. La placidez de la hora y el silencio apacible de una noche tibia actúan como sedantes de un día particularmente intenso.

Hemos cumplido otro tramo, Burgos-León, de 187 km, sin haber sufrido ningún percance y sin habernos constipado, como les ha pasado a otros, a pesar de tanta lluvia. Ha estado bien. Ha caído la cortina entre nosotros y el mundo exterior. Nuestro tiempo se ha detenido en estos lugares que dejan entrever misteriosas zonas de su pasado. Nos mantenemos emocionalmente ocupados sin alterar nuestro equilibrio interior ni agotarnos psicológicamente. La orografía física dibuja en nosotros una geografía existencial. Nos vamos con el corazón apuñalado por la añoranza de los pasados tiempos y con el alma inundada de viejos recuerdos. Terminamos, pero ya estamos pensando en el siguiente tramo. Ésta no es nuestra estación término.


El Burgo Ranero- Mansilla de las Mulas


A las 6:30 empiezan a levantarse con los ojos cargados de sueños. La pareja de franceses de la litera de al lado ha roncado mucho. Calentamos el desayuno en la cocina, preparamos la mochila y salimos a las 7:30. Amanece algo nublado, pero no parece que vaya a llover. Bordeamos la laguna, usada antiguamente como abrevadero para los animales y ahora hábitat de anátidas, y volvemos a la pista arbolada. Paseamos la mirada por el paisaje. El terreno es llano, con ligeras ondulaciones producidas por los arroyos. Es una zona casi desarbolada, a excepción de las vaguadas de los arroyos. Es el páramo leonés, alto, con zonas sin labrar, eriales, con zonas labradas sin cultivar, con cereal como en etapas anteriores, con algún cereal espigado de alguna variedad diferente que no conocemos. A lo lejos vemos algo de arbolado que parecen encinas y, en las vaguadas que atravesamos, chopos.

Llevamos la autovía a la izquierda, alejada, y la vía del tren a la derecha, cerca. Pasamos por una escuela de ultraligeros, con cursos para pilotos, y paramos en un área de descanso moderna. Comemos algo, descansamos y seguimos hasta la carretera de Villamarco. Un cartel anuncia un museo etnográfico de aperos de labranza, “Del surco a la era”, y el recorrido hasta el pueblo está sembrado de dichos aperos. El ferrocarril se acerca al andadero y hay un tramo en el que vamos en paralelo, cerca. Más tarde se cruza, atravesamos el arroyo de Valdearcos, con muchos chopos, subimos, en curva en medio de campos de cereal espigado como antes, al páramo y tras un pequeño llano, aparece agazapado en un repliegue del terreno Reliegos, que pudo ser asentamiento romano, y donde, en 1947, impactó un meteorito de casi nueve kilos de peso en la calle Real. Paramos en el albergue Piedras Blancas II, de los propietarios del de ayer. Hablamos con una alemana mayor que espera a su hermana y no sabe que hay otro albergue. Cruzamos el pueblo viendo bodegas de ladrillo y adobe y vemos a la alemana que vuelve.


“De Reliegos a Mansilla, la legua bien medida”. “La legua de Castilla, de Reliegos a Mansilla”. Los refranes establecen la distancia, menos de seis kilómetros. Seguimos por la pista, con cruces y áreas de descanso –bancos grandes, comunitarios, en piedra, y otros más pequeños en madera- cada poco tiempo. Mansilla, a lo lejos, se acerca. Se cruzan la autovía por un puente y un canal con agua del embalse de Riaño y ya estamos en las afueras de Mansilla de las Mulas



En la carretera nos dan publicidad de un albergue con restaurante privado. Entramos por la puerta del Castillo y vamos al albergue municipal que está todavía cerrado. Dejamos las mochilas y paseamos por el pueblo, tomamos una cerveza y volvemos. De nuevo somos los primeros, aunque más tarde llegan otros peregrinos. Rutina diaria. Salimos y preguntamos por algún restaurante. Nos mandan a La Curiosa donde comemos muy bien. Tomamos café en un local antiguo, El Mansillés, que expone unos aperitivos tan antiguos como el local. Volvemos al albergue y siesta.

Tomamos algunas notas en el patio del albergue, de estilo cordobés, con muchas macetas colgadas. Otros peregrinos comentan el viaje, enfermedades, etc. Recogemos la colada tendida porque parece que va a llover. Paseamos el pueblo, las murallas -algunos de cuyos torreones están en terreno privado-, las puertas –Arco de Santa María-, el puente sobre el Esla –el latino Astura-, el Museo Etnográfico provincial, la plaza de la Pícara Justina –el libro de Francisco López de Úbeda cuya acción transcurre aquí en parte-, la iglesia de San Martín, de belleza ascética, etc. 



Era entrada la tarde cuando el cielo se ha tornado negro de repente y nos hemos refugiado en La Curiosa. A la salida compramos cena, incluyendo la sabrosa cecina leonesa, en un supermercado y volvemos al albergue. Cenamos en compañía de un catalán y un pontevedrés, que cuece medio pollo pero tira el caldo. Una coreana, al lado, no para de hacer fotos a lo que comemos mientras exhibe una gran sonrisa y se atreve a probar la cecina. 

Salimos a tomar café y dar un paseo. Hay partidos de fútbol pero no se oye ruido. Volvemos. La noche se presenta bien, porque estamos en una habitación de seis. Lo peor es que el wc está en la planta baja y dormimos en el primer piso. La quietud silenciosa del dormitorio nos envuelve aunque es como un lago en el que, bajo una superficie serena, hay aguas agitadas.


Sahagún-El Burgo Ranero


Habitación sin calefacción, desayuno caro y pobre. Esta hospedería de las MM. Benedictinas es austera en todo excepto en el precio. Salimos hacia abajo y cruzamos el puente Canto, sobre el Cea. El aire puro de la mañana nos acaricia. Vamos por un andadero al lado de la carretera y dejamos a la derecha el Prado de las Lanzas –acude a nosotros otro tiempo-, donde, según la leyenda, la víspera de la batalla entre Carlomagno y el rey musulmán Igolando, unos soldados clavaron sus lanzas y al día siguiente habían arraigado. Se va bien porque no hay tráfico. 

Pronto llegamos a Calzada del Coto, citada en la documentación más antigua del monasterio de Sahagún, s. X. En el cruce de la autovía se dividen los dos caminos, pero el desvío no está bien señalizado y hay que ir con cuidado. A la derecha, por la Vía Trajana, se va, pasando el Monte de Valdelocajos, a Calzadilla de los Hermanillos y ya no hay más poblaciones hasta Mansilla.



Seguimos por la izquierda, por el andadero paralelo a la carretera, arbolado de falsos plátanos, teniendo a la derecha, aunque algo lejos, la autovía. Pasamos por las lagunas del Hito. En ligerísimo ascenso, prácticamente llano, vemos un paisaje como el de ayer: hay muchos campos labrados sin sembrar, marrón tierra, también cereal pero de verdes diferentes, distintas variedades que no diferenciamos nada más que por el color, hay más arbolado, frondosas y manchas de encinar, lomas lejanas, campos de flores amarillas que no sabemos qué son, terreno ligeramente ondulado. No se hace tan pesado a pesar de las largas rectas. También hay cruces de Santiago y un banco cada cierto tramo. La vida sigue Camino adelante, como si fuese algo que huye delante de nosotros.


A la izquierda vemos la Ermita de Nuestra Señora de Perales, la Perala, y una cruz rota en memoria de un peregrino alemán y poco después Bercianos del Real Camino, que debe su nombre a la repoblación con gentes procedentes de la comarca del Bierzo. Paramos a tomar café en un bar regentado por un croata, donde hay cuatro ciclistas. Cruzamos el pueblo y seguimos por el interminable andadero arbolado a la izquierda de la carretera. El tráfico no molesta al ser muy escaso: pasa la Guardia Civil dos veces, Jacotrans y un coche. Está resultando un día claro, con algunas nubes y sol a ratos, poco viento y una temperatura agradable para caminar, sin frío ni calor.

Tras contemplar unos curiosos detalles en una casa particular, seguimos por el andadero hasta la Fuente de los Romeros y la laguna de Bercianos donde hay un mirador de aves. La autovía se va acercando por la derecha hasta que la cruzamos por debajo y entramos en El Burgo Ranero. Lo cruzamos por la calle Real, antes llamada Camino Francés, hasta el albergue, donde somos atendidos por una empleada marroquí. Somos los primeros peregrinos en llegar. Rutina diaria. Al tender la colada vemos un amplio jardín, con césped, árboles, tumbonas, etc., que estará muy bien en verano. 



Tomamos una cerveza en un hostal del que hemos leído malas críticas y lo que vemos nos las confirman, así que vamos a comer a un bar que es de los mismos dueños del albergue. Queríamos tomar café en un local en la calle Real, que hemos visto al entrar, pero está cerrado, por lo que volvemos al hostal. Después, siesta.

Tenemos que salir a recoger la colada porque se ha puesto a llover. Hay más gente en el albergue que está casi lleno. También tiene habitaciones, pero son caras. Por la tarde, paseo: la laguna, enfrente del albergue, la iglesia de San Pedro Apóstol, la calle Real, el frontón, la estación del ferrocarril (881 m de altitud, albergue donde han mandado ayer a algunos por estar lleno el del pueblo), vuelta, compra del desayuno para mañana. Mientras volvemos de la estación nos sigue una nube hinchada y violeta que oculta el sol y que está a punto de estallar; finalmente, descarga una fuerte tromba de agua y granizo que nos obliga a refugiarnos en el bar del hostal. 

A cenar volvemos donde hemos comido. Noche tranquila, casi sin movimiento. Después, breve paseo y al albergue, donde parece que todo está tranquilo. Paz nocturna tras un día lleno de ecos.



Terradillos de los Templarios-Sahagún


Nos despertamos al rayar el alba. En prevención de males mayores decidimos hacer una etapa corta, que nos permitirá, además, parar en Sahagún, una población más grande. Nos levantamos más tarde; dejamos que los demás se vayan. Desayunamos en el albergue con los catalanes, nos despedimos y salimos despacio, envueltos en silencio. Cruzamos el pueblo, llegamos a la fuente donde hablamos con los ciclistas portugueses y seguimos un muy buen camino, una pista parcelaria con la carretera a la derecha, lejos. El paisaje es menos monótono, más alomado, con pequeñas manchas de arbolado, frondosas en los arroyos, cereal y alguna vid. Pasamos por donde estuvo el antiguo poblado medieval de Villaoreja. Por primera vez desde que salimos vemos clara nuestra sombra; todo está lleno de sol. El camino, iluminado por la brillante luz matutina, nos lleva a un breve tramo de carretera, que abandonamos pronto por la derecha para tomar otra pista que avanza entre el cereal hasta Moratinos, pueblo con casas de adobe, bodegas escavadas en las lomas circundantes, palomares y albergue.

Seguimos recto y, poco después, en la vaguada del río Sequillo, está San Nicolás del Real Camino, último pueblo palentino, que tenía en el s. XII un hospital de leprosos regido por canónigos de San Agustín. Una ligera subida nos lleva con nuestro rítmico andar a un monumento en el límite de las provincias Palencia y León, en lo alto. 



Ligera bajada, camino en curvas, y ya se ve Sahagún. El día ha estado despejado desde el principio. Se ve que no va a llover, por lo que guardamos la capa que llevábamos fuera. Hace algo más de frío: ayer la tv anunció bajada de temperaturas. El paisaje ha cambiado algo: hay campos labrados pero sin sembrar; empieza a dominar el color marrón tierra frente al verde cereal. El camino se acerca a la carretera, que seguimos para cruzar por el puente el río Valderaduey, pero la abandonamos a la derecha, siguiendo el río hasta la Ermita de la Virgen del Puente. Pasamos sobre el puente, de dos ojos, y vemos la ermita, mudéjar.

El camino sigue ahora la dirección de la carretera, pasa bajo el ferrocarril y ya estamos en Sahagún, que fue llamado el Cluny español, ya que creció al abrigo del monasterio de San Benito. Las flechas amarillas nos guían hacia el albergue municipal, en la iglesia de La Trinidad, abierto aunque no se ve a nadie. Seguimos porque, para descansar mejor, hemos reservado una habitación en la hospedería de las MM. Benedictinas. Tras la rutina diaria salimos a comer, vamos al centro y preguntamos por algún restaurante que esté bien. Nos mandan a La Codorniz, cerca del albergue, que resulta muy bien. Volvemos para la siesta.


Por la tarde nos disponemos a dejar correr las horas viendo el arco barroco de San Benito, s. XVII, que sustituyó a una puerta románica del ruinoso monasterio de San Benito. Al lado está San Tirso, comenzado a construir en sillares de piedra en estilo románico s. XII y continuado en ladrillo. Al otro lado de la plaza está San Lorenzo, s. XIII, con el sello de los alarifes mudéjares y con torre de cuatro cuerpos, planta basilical, tres ábsides y mucho ladrillo.

Cruzando el pueblo vamos al santuario de La Peregrina, también en románico mudéjar de fines del s. XIII, convertido en Centro de Documentación del Camino de Santiago. Bajamos al puente sobre el río Cea y volvemos a la plaza donde se está celebrando la romería del Pastor Bono, trasladada desde la ermita de la Virgen del Puente por la climatología adversa. Tomamos limonada, queso y exquisitas avellanas mientras escuchamos a una charanga de cuatro músicos que ataca aires patrióticos y mientras la tarde va huyendo. El sonido de la música llena todo el espacio interior. Subimos al albergue a sellar las credenciales y volvemos a la plaza donde tomamos una ligera cena en Casa Luis y probamos el vino prieto picudo, denominación de León, que no conocíamos.



En este momento el móvil sufre un traumatismo y no podemos llamar a Jacotrans; esperamos que mañana no haya ningún problema. La tarde ha pasado con amenaza de lluvia, algo de viento y fresco. Ya veremos mañana. La noche se pasa bien, aunque con fresco. Las monjas no han encendido la calefacción. Son los desperfectos del alma humana.