Mostrando entradas con la etiqueta Ruta ciclista: Camino de Santiago. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ruta ciclista: Camino de Santiago. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de noviembre de 2014

9.-Melide-Santiago.

Apenas comenzó a descubrirse el día por los balcones de Oriente conseguimos arrancarnos de la cama y meternos en el maillot. La salida es por un camino muy bonito, muy arbolado, con riachuelos que cruzan la corredoira, muy duro, con fortísimas subidas. Pasamos por Castañeda, donde estaban los hornos de cal para fundir las piedras que los peregrinos traían desde Triacastela. El sol, a través de los árboles, produce trozos pecosos en el suelo. Llegamos a Arzúa y salimos a la carretera.

Volvemos pronto al camino antes de rodear el aeropuerto y pasar por Lavacolla. Los peregrinos tenían la costumbre de asearse aquí antes de ir a Santiago. Entre subidas y bajadas llegamos a las instalaciones de la Televisión Gallega y, entre un gran grupo de jóvenes peregrinos que nos abren paso y nos animan con un discorde concierto de mil voces, con una escandalosa algazara, al Monte do Gozo. Los peregrinos se postraban en señal de agradecimiento por haber llegado hasta aquí. Los que habían viajado a caballo proseguían a pie. Otros recorrían descalzos este último trayecto. Aquí paramos un poco en medio de un gran gentío y subimos al monumento que marca el punto más alto.

Sólo nos queda llegar a Santiago. Vamos en primer lugar a la estación de FFCC donde tenemos reservada una furgoneta. Nos cambiamos de ropa y comemos antes de ir al centro. Conseguimos arrastrarnos hasta la plaza del Obradoiro elevando los ojos en un éxtasis anticipado, exteriorizando todos los síntomas de una intensa emoción interior y exhalando un largo suspiro de satisfacción.
Contemplamos la majestuosa fachada barroca de la catedral, que lanza sus torres al cielo que cubre la plaza, el palacio de Rajoy, el hostal de los Reyes Católicos, el palacio de Gelmírez, el monasterio San Martín Pinario, y nos quedamos extasiados ante esta admirable decantación del paso de los siglos, ante esta sinfonía en piedra, el asombro de los siglos, que habrá visto más gente a su alrededor en otras ocasiones. El espacio como materialización del tiempo.

Los edificios modernos son el grado cero de la expresividad. Cuan poderosos deben ser los sentimientos que necesitan tanta piedra para manifestarse. Entramos en la catedral para admirar el Pórtico de la Gloria, románico, pétreo idioma que hablaba toda Europa y cuyos esplendores hemos ido contemplando en el viaje, y el botafumeiro, símbolo de renovación espiritual. El interior es como la noche del pasado, donde se espesa el velo entre lo pasado y lo presente. A la salida paseamos por las principales plazas y calles haciendo las últimas compras.

Con vigorosa firmeza terminamos este impulso errante, la errática existencia de estos días vividos desde el primer arrebol del alba hasta que cerraba el crepúsculo vespertino. Nos gustaría ir a ver cómo se hunde el sol en el último horizonte de la Tierra, el poniente definitivo, pero no puede ser. Hemos ido a saltos por el tiempo, sacados de nuestro bucle temporal, con la historia persiguiendo nuestro presente, midiendo la vida por kilómetros y no considerando que llegaríamos al final. Hemos atravesado el Camino a través de los siglos. Aquí se enlaza pasado y presente y se siente el pálpito de la eternidad. El Camino es una agregaduría de tiempos y espacios que acaban dibujando el perfil de un mito, que están en un tiempo en que ya han dejado de existir para convertirse en leyenda. Mientras los planetas sigan girando en sus órbitas el Camino no desaparecerá de la memoria de las gentes. Sólo nos queda volver a casa.

El ancho cielo se va incendiando. El paisaje se destaca envuelto en los últimos resplandores que despide el sol al morir. Las sombras del crepúsculo se van deslizando lentamente. Llegamos tarde. Y así hemos contado esta “sabrosa historia para que no quede entregada a las leyes del olvido del tiempo devorador y consumidor de todas cosas”. Otros viajes nos contemplan desde el año que viene.

8.-Sarria-Melide.

Nuestros apuntes indican que el camino es difícil pero étnicamente aconsejable, así que decidimos seguirlo. Efectivamente el camino es muy bonito pero duro. Atraviesa la Galicia profunda, el minifundio, el bosque, los prados, avanzando por una difícil corredoira en ocasiones taponada por las vacas. Se sumerge en los olores del campo y en la música de los pájaros y cruza bajo los ladridos de los perros. Es muy agradable pero se avanza muy poco porque algunas subidas hay que hacerlas andando.

Pasamos por Barbadelo, donde en el Codex Calixtinus se alertaba a los peregrinos sobre los criados de los hosteleros compostelanos, y por Vilachá, cerca de donde estuvo el monasterio de Loio en el que nació la Orden de los Caballeros de Santiago, cuando doce caballeros acordaron proteger a los cristianos de la presencia musulmana que pudiera quedar, como hacían los caballeros templarios en los Santos Lugares. Ante el avance de la Reconquista, el objetivo de la orden quedó sin fundamento, pero su intervención resultó decisiva para limpiar la ruta de bandidos.

Por fin, una bajada nos lleva hasta el Miño y el embalse de Belesar. Subimos a Portomarín, pueblo muy nuevo –reconstruido- y bonito, llegando junto a la iglesia de San Nicolás, románica y con aspecto de fortaleza. Para evitar el Monte de San Antonio salimos por la carretera en subida hasta Hospital de la Cruz y luego alternamos el camino y una carretera secundaria. El camino es muy bonito, formando los robles un túnel por el que se transita a la sombra. Vamos aislados del mundo, reducidos a nosotros mismos entre el cielo infinito y el bosque inmenso. Llevamos nuestra alegría viajera al silencio del bosque. A derecha e izquierda los árboles huyen detrás de nosotros, espíritus intrépidos.

Toda la vegetación dormita bajo el aire cálido y pesado. Así llegamos a Palas del Rey, zona de cultura castreña. En el Libro I del Codex Calixtinus se previene a los peregrinos de las prostitutas que salían a su encuentro entre Portomarín y esta villa. A la salida se encuentra el lugar Campo dos Romeiros, donde los peregrinos se reunían al salir el sol antes de iniciar la última jornada que les llevaría a Santiago.

Continuamos por un relieve muy accidentado, lentamente. Cruzamos el río Pambre. Siguiendo su curso se llega a los pazos de Ulloa. El alto de Coto marca el límite entre Lugo y La Coruña. Después sólo quedan los poblados medievales de Leboreiro y Furelos antes de llegar a Melide. Como la última etapa va a ser muy corta, paramos aquí, paraíso de la gastronomía. Comemos un delicioso churrasco en O Muiño, donde nos reencontramos con Juanjo y Juanma. Nos hemos despedido ya de Aitor y Dafne. Llamamos a unas agencias para reservar una furgoneta para el viaje de vuelta. Volvemos al alojamiento para echar una siesta.

Por la tarde, paseo por el pueblo con nuestro elegante desaliño. Vemos las calles antiguas, sus plazas, iglesias, etc., y hacemos algunas compras. Pulsamos el latido de los barrios mientras la procesión de la vida sigue su curso. En el centro se siente el clima del pasado. El resplandor dorado de la tarde estival todavía inunda las calles. Tenemos sed. En el bar perfeccionamos nuestra naturaleza física y moral mirando la jarra de cerveza con gesto de honda sabiduría.

Para la cena nos han recomendado la pulpería Ezequiel que resulta mejor de lo esperado. El cielo se va oscureciendo al otro lado de la ventana mientras hablamos. Cuerpo indolente. Sedación de nervios. Debido a la hora, y quizá al ribeiro, nos sentimos tentados a expresar algunas dulces naderías.

Hoy es viernes y se ha notado en la abundancia de peregrinos, especialmente grupos organizados de jóvenes que taponaban el camino y nos jaleaban al pasar. Descansados por la corta jornada esperamos terminar mañana sin novedad.

7.- Ponferrada-Sarria.

Aún está el cielo salpicado de estrellas cuando despertamos. Poco después el alba apenas consigue filtrarse entre las persianas y las cortinas. Empieza a alborear, la sonrosada luz del alba sale a nuestro encuentro. Vamos a cruzar el Bierzo, cuyo nombre romano es Bergidum, vergel, a pesar de lo cual los peregrinos le temían, quizá por las montañas que lo rodean que ahondan sus raíces mitológicas en la civilización céltica. Pasamos por Cacabelos y entre un bello paisaje, muy verde y arbolado, llegamos a Villafranca del Bierzo y a su castillo. En su iglesia de Santiago los peregrinos que se postraban bajo las arcadas de su puerta norte podían recibir aquí las indulgencias compostelanas si alguna enfermedad les impedía llegar hasta Santiago. Nosotros estamos algo cansados pero todavía aguantamos.

Seguimos por la antigua N-VI, llevando al lado el camino, remontando el curso del río Valcárce, entre las Sierras de Ancares y la del Caurel. Todas las montañas están cubiertas con un manto de verdor y el camino está limitado por los arborescentes helechos. A la derecha un macizo rocoso espolvoreado de coníferas. El paisaje habla. Esta visión alivia algo la subida, larga aunque no dura. Parece que estamos recorriendo con eterna bicicleta una ruta sin fin. El eco de la montaña devuelve el sonido de nuestro paso. Cada uno sondea la profundidad de su naturaleza, se domina el flujo poderoso de la vida. Vacilaremos pero no caeremos nunca. Seguimos, practicando la soledad. Por fin se divisa el alto. Un suspiro de alivio abre el pecho de los ciclistas. Con el rostro iluminado por una sonrisa la carretera nos deja en el puerto de Piedrafita y nos damos cuenta de que todavía tenemos que salvar un desnivel de doscientos metros. Se nos cae la sonrisa de la cara.

En tiempos de los bárbaros romanos el calvario terminaba en la cruz, aquí no termina nunca. Nos miramos como preguntándonos si es verdad y una expresión desencanto se dibuja en los rostros. “Estas no son aventuras de ínsulas sino de encrucijadas”. Estamos cansados, pero seguimos. Es la épica del ciclismo. Así llegamos hasta O Cebreiro, enclave mágico.

Mientras descansamos y nos refrescamos vemos las pallozas –viviendas prehistóricas con paredes de piedra y techo de paja-, y la iglesia. Aquí se cuenta un milagro: vivía en un pueblo cercano un campesino llamado Juan Santín o Santiso, muy devoto, que nunca faltaba a la misa de la iglesia del hospital. Una noche de gran tempestad llegó en el momento en que un monje consagraba el pan y el vino pensando que nadie vendría. Al verle entrar fatigado le preguntó que cómo iba para un poco de pan y vino. Ocurrió el milagro: se convirtieron en carne y sangre de Cristo.

Parece que bajamos pero de nuevo tenemos que ascender el alto del Poio a 1337 m de altitud, más que O Cebreiro. Después la bajada es más cómoda hasta Triacastela, lugar donde pernoctaron los Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II. La Guía de Peregrinos relata que “los peregrinos cogen una piedra y la llevan hasta Castañeda, para obtener cal destinada a las obras de la basílica del Apóstol”. En el Libro I del Codex se advierte que aquí y en Barbadelo actuaban emisarios de hospederos de Santiago que engañaban a los peregrinos incautos aconsejándoles alojamientos donde luego les timaban en la compra de recuerdos, en el cambio de moneda, etc. Mientras avanzamos por el Camino parece que retrocedemos en el tiempo.

Después de comer y reposar un poco seguimos el curso del río Sarria que avanza junto a nosotros y nos lleva hasta Samos, cuyo monasterio benedictino visitamos detenidamente. Para terminar la jornada seguimos hasta Sarria, de origen romano. Para la cena ya incorporamos los ingredientes gallegos como empanada, pulpo y ribeiro. La mirada amortiguada indica la necesidad del descanso.

6.- León-Ponferrada.

En el cielo se divisa el débil resplandor del cercano día. Así es como amanecemos a la primera etapa de alta montaña. Vemos San Isidoro y San Marcos. Abandonamos León por el Santuario de la Virgen del Camino y seguimos las flechas amarillas. Muchos campos han sido ya desnudados de su cosecha. Llegamos a Puente de Órbigo y su puente de origen romano que actualmente tiene diecinueve ojos. Su fama procede de los tiempos en que irrumpen en el Camino las costumbres cortesanas del Renacimiento. En 1434, don Suero de Quiñones inició las justas. Leonor de Tovar rechazó sus amores, él juró no moverse del puente hasta romper trescientas lanzas. Desafió a cuantos caballeros quieran cruzar, que debían aceptar para tener un “paso honroso”. Al cabo de un mes puso fin a los torneos y peregrinó a Compostela. Esta idea animaba a Don Quijote cuando se enfrentó a los mercaderes toledanos.

Seguimos por Hospital de Órbigo, al otro lado del río. Más adelante, el crucero de S. Toribio –gran cruz excesiva que monumentaliza el paisaje- nos pone a la vista de Astorga, capital de la Maragatería. Las montañas del fondo ponen un límite a la vista. De nuevo tenemos recuerdos de otro viaje, el de la Vía de la Plata. Entramos en el Palacio Epìscopal, Museo de los Caminos, y pasamos por la muralla y la catedral.
Órbigo
Seguimos por Castrillo de los Polvazares y en continuo ascenso llegamos a Rabanal del Camino, ambos centros templarios. Comemos junto con otros ciclistas que ya hemos visto antes. Reposamos en un prado y afrontamos las duras cuestas hasta Foncebadón con suave firmeza, con dureza robleña, con latente energía, con calma de glaciar. La soledad pedalea a nuestro lado. La monotonía del pedaleo favorece la introspección. En algún momento la desesperación nos sale a la cara ante tamaña cuesta que nos obliga a dar tan desaforadas y descomunales pedaladas. Parece que la tumba pide nuestros cuerpos y que esta cuesta es el último clavo del ataúd, pero rápidamente taponamos ese pesimista desvío del pensamiento impidiéndole que siga escurriéndose por el cerebro y seguimos. Es el dominio de la mente sobre la materia.

Los últimos repechos y llegamos a la mítica Cruz de Hierro. En la cima, un tronco de roble rematado por sencilla cruz de hierro con un montón de piedras debajo formando una colina oreada por el viento; es costumbre que el peregrino aporte su piedra. El origen se encuentra en la ocupación romana, mojones separadores de dos territorios y altar romano dedicado a Mercurio, protector de los caminantes; para otros es un milladoiro que formaban los caminantes desde época ancestral para invocar a las divinidades protectoras de los caminos. Cristianizada esta tradición, los peregrinos creían que el día del Juicio Final, “cuando las piedras hablen”, éstas testificarán que el peregrino ha cumplido. Es un espacio de belleza calma, limpio, sobado de tiempo. Son montañas del tiempo detenido.

Estamos en el techo del Camino, a 1504 m de altitud. Desde aquí un descenso vertiginoso, una orgía de velocidad hasta El Acebo, cuyo nombre evoca uno de los árboles mágicos de la mitología céltica. Muchas puertas y ventanas están cerradas, inexpresivas. Entramos a refrescarnos al albergue antes de continuar la fuerte bajada hasta Molinaseca, precioso pueblo con una gran piscina en el río, muy concurrida. El paisaje recobra de nuevo la estabilidad tras el trepidante descenso.

Visitamos la ciudad, sus plazas, la torre del Reloj y el castillo, cuyos oscuros muros lame el Sil, con pacífico apocamiento, con mirada perezosa, con voz átona, a la luz decadente del día. El cansancio resulta vago y distante pero nos invade una penosa sensación de flojedad. El crepúsculo del día coincide con el de nuestros sentidos, con el oscurecimiento de las facultades. Por las ventanas de los ojos aparece el sueño.

5.- Frómista-León.

El alba nace sobre Frómista. Saludamos a la aurora con un sentimiento de preocupación porque quedan etapas muy duras. Empieza a enrojecerse el este y afrontamos otra jornada con buen tiempo, algo de viento en contra que frena pero evita el calor, porque pronto se alza el sol en el horizonte y desparrama sus resplandores. Dejando en pequeñas lomas los abandonados palomares que tanto nos gustan, llegamos a Villalcázar de Sirga, importante centro administrativo templario donde vemos su impresionante iglesia de Santa Mª la Blanca que aparece en las Cantigas de Alfonso X el Sabio en varios milagros. Un hombre lleva un sillar labrado para la iglesia de Villasirga; una mujer, a la que este hombre ha rechazado, lo calumnia injustamente y hace que lo ahorquen; cuando van a descolgarlo el hombre está vivo, gracias a la Virgen que ha puesto bajo sus pies el sillar labrado que él llevaba al templo como ofrenda.

Por mal camino llegamos al cercano Carrión de los Condes, a orillas del Carrión, lugar del Tributo de las Cien Doncellas: el pueblo satisfacía cada año a los moros el tributo en la iglesia de Santa Mª del Camino. La leyenda añade que Santiago provocó una estampida de toros en el momento de la entrega y desde entonces lo invasores no volvieron a exigirlo. Tierras de los infantes de Carrión, yernos del Cid. Vemos el convento de Santa Clara, pasamos por las iglesias y el monasterio y salimos.
Villalcázar de Sirga
Varios topónimos “de la Cueza” nos recuerdan que estos pequeños cursos de agua que atravesamos son intermitentes. Estamos en plena Tierra de Campos, llanura de panes amarillos muy importante: “No se llame señor quien en Tierra de Campos no tenga terrón”. Con una ligera avería llegamos a Sahagún. La reparamos y vemos la población, donde la ausencia de canteras fue la causa de las edificaciones en ladrillo y adobe. Su origen se debe a que en este lugar fueron enterrados Facundo y Primitivo, cristianos hispanos martirizados en el siglo IV.

Según la leyenda de su fundación, a petición de Santiago, Carlomagno entró en España para liberarla del rey musulmán Igolando. El encuentro tuvo lugar cerca del río Cea. Algunos soldados cristianos clavaron sus lanzas en el suelo y al día siguiente vieron que habían arraigado. Las cortaron para acudir al combate, pero de las raíces crecieron árboles. Ganada la batalla, se ordenó la edificación de un monasterio junto al que se constituyó un pueblo.

Son lugares sustantivos y eternos en los que el humo del tiempo comienza a apoderarse de todo el espacio. El enigma del a existencia consiste en que el tiempo entero se acumula en el presente. Los conceptos geográficos arrastran cosmovisiones históricas, políticas, económicas, etc., de las que no podemos desprendernos.

Por un camino arbolado junto a la carretera y por una carreterita desde el Burgo Ranero llegamos a Mansilla de las Mulas en día de mercado. Pasamos por una de las puertas de sus murallas. Tras la comida reposamos en la chopera junto al Esla, escuchando el silencio a esta hora silente y apacible. Duermen hasta los ruidos. Entramos en León. Nos quedamos en la zona vieja, vemos la catedral, la casa de los Botines, etc., y cenamos en una agradable placita, muy animada.

Hemos superado la mitad del Camino y hemos recuperado un día con respecto al plan trazado. Vamos demasiado deprisa aunque aguantamos. La materia y la energía, lo inerte y lo activo, no son opuestas sino que forman una unidad. Paseo por la catedral y alrededores. La calle hierve de vida. Después se llega rápidamente a la región de los sueños, a un sueño profundo, vacío de imágenes, reparador.

4.- Belorado-Frómista.

Proverbio chino: “El viento se levantó por la noche y se llevó todos nuestros planes” Amanece con lluvia. Sin entretenernos mucho en melindres de tocador salimos por el camino pero en Villafranca-Montes de Oca nos pasamos a la carretera para ascender el puerto de La Pedraja. La niebla nos impide ver con detalle lo frondoso del magnífico bosque de robles y pinos. Toda la tierra se oculta tras la densa cortina del bosque. El sonido del viento produce un ruido como si gimiese el bosque. Miedo atávico.

En la bajada hace frío. En San Juan de Ortega –colaborador de Santo Domingo y patrono del Colegio de Aparejadores y Arquitectos Técnicos- es famoso el fenómeno que se da en su iglesia durante cinco días cercanos a los equinoccios. A las cinco, hora solar, un rayo de luz ilumina un capitel del ábside izquierdo.

El mal tiempo hace que elijamos el camino paralelo a la carretera, dejando a la derecha a Atapuerca y sus yacimientos arqueológicos, hasta Burgos. Visitamos la catedral y calles adyacentes y salimos por la puerta de Santa María y el antiguo Hospital del Rey siguiendo el Arlanzón. Conforme avanzamos va despejando el tiempo y tenemos un ligero viento a favor. Tendremos que aprovechar la ocasión porque el rayo no cae dos veces en el mismo sitio, pero el camino es duro. Letrilla: “De Rabé a Tardajos, no te faltarán trabajos. De Tardajos a Rabé, libéranos Domine”. Las subidas y bajadas son constantes. Los repechos son cortos pero muy empinados.

Con esta forma de ganar las indulgencias pasamos bajo los arcos de San Antón. El Camino pasa bajo su propia historia. Es un lugar rodeado de negras leyendas. El convento lo erigió la Orden de San Antón, fundada a raíz de la curación de un afectado por el fuego de San Antón, enfermedad gangrenosa extendida por comer cereales afectados por el cornezuelo, hongo que se desarrollaba sobre todo en el centeno.

Entramos en Castrojeriz, de plano adaptado al esquema longitudinal condicionado por el Camino. Brujuleamos por las estrechas calles. Escudos y rejas: soberbia y precaución. Comida. Continuamos por comarcas desangradas de gente aspirando la fragancia de los nombres anticuados, de los sonoros apellidos. Hacemos kilómetros de un silencio más profundo que el de la simple ausencia. Unas construcciones se desmoronan silenciosamente en la soledad del llano.

Bordeamos la meseta de Mostelares y llegamos a Itero del Castillo e Itero de la Vega que enmarcan el Pisuerga. Estos llanos cerealistas, codiciados por el expansionismo castellano, hicieron de los alrededores del puente escenario de batallas como entre Fernando I de Castilla y Bermudo III de León, o, más tarde, Alfonso VI, derrotado cerca de Carrión por su hermano Sancho II a quien ayudaba el Cid.

Tras parar en Boadilla del Camino para admirar su impresionante rollo y visitar el albergue, llegamos al Canal de Castilla, acariciado por el sol. Todo está quieto excepto el agua. Recorremos un breve tramo por el camino de sirga hasta llegar a la triple esclusa. Paramos junto a otros ciclistas y recordamos nuestro viaje por el Canal tres veranos atrás. Pensábamos llegar hasta Castrojeriz y hemos venido hasta Frómista en alas del viento. Hemos recuperado algo del tiempo perdido aunque no sabemos para qué.

Visita, especialmente a San Martín. La cámara fotográfica detiene el tiempo, pero sólo intenta lentificar la mirada. Es un islote de tiempo, de años que han ardido y se han consumido, una fecha histórica grabada en el tiempo. Leemos el folleto explicativo. La identidad es la memoria y la memoria colectiva y organizada es la Historia. Hay que evitar que la memoria muera de olvido. Al salir somos lanzados de nuevo a nuestro siglo. Durante la cena una expresión de ausencia en los ojos es la protagonista. Nos zambullimos pronto en el sueño.

3.- Logroño-Belorado.

El equilibrio entre la noche y el día es dudoso. La luz del alba penetra de puntillas por la ventana. Bajo esta precaria luz que precede al amanecer el espejo devuelve la mirada de unos ojos que lo contemplan con desgana. Ha sonado la señal de embestir el paisaje.

Abundan las vides y los colores ocres. Cruzamos el Alto de La Grajera y llegamos a Navarrete, organizado alrededor de un monte. A la salida vemos el pórtico del antiguo hospital como portada del cementerio. Nueva rotura de la cadena. Pasamos el convento de San Antón donde había un convento y cuenta la leyenda que los malhechores salían al paso de los peregrinos disfrazados de monjes para no infundirles sospechas. Poco después está el Poyo Roldán, cerro escenario de la lucha entre Roldán y el gigante sirio Ferragut, descendiente de Goliat, que aquí tenía su castillo. Guardaba prisioneros a unos caballeros cristianos y Roldán le lanzó una piedra a la frente y los liberó.

Una bajada nos deja en Nájera, antigua sede del reino de Pamplona. Sobre su origen dice la leyenda que el rey García Sánchez III, de caza, penetró en una cueva donde se le apareció la Virgen. En ese lugar se levantó el monasterio de Santa María la Real, para convertirse en panteón de los reyes. La población, de trazado medieval, alargado entre los cerros y el río, está muy animada. Pensando que desde aquí se desvía el camino para ir a San Millán de la Cogolla –leyenda de los siete infantes de Lara, Gonzalo de Berceo-, seguimos por Azofra y llegamos a Santo Domingo de la Calzada, gran constructor del Camino y patrón de los Ingenieros de caminos, canales y puertos.

Leyenda sobre el gallinero: una familia alemana llegó a Santo Domingo camino de Santiago. El hijo, Hugonell, rechazó los requerimientos de la hija del mesonero, quien, en venganza, introdujo un vaso de plata en su equipaje para acusarle de robo. El joven fue ahorcado, pues tal era la condena según el fuero de Alfonso X el Sabio. Los padres fueron a Santiago y a la vuelta pasaron a despedirse de su hijo, que todavía colgaba de la horca, y éste les habló y les contó cómo Santo Domingo le había sostenido salvándole la vida. Fueron a ver al corregidor y éste les contestó que estaba tan vivo como el gallo y la gallina que se comía en ese momento. Las aves se incorporaron y cantaron. Desde entonces un gallo y una gallina han quedado incorporados al Camino, así como al refranero: “Santo Domingo de la Calzada, que cantó la gallina después de asada”.

El sol, al rojo blanco en este enceguecedor mediodía. Los viñedos, la tierra roja y las líneas quebradas del horizonte van a desaparecer. Los calores y los colores. Las aldeas se desperdigan, parecen ser convidadas de piedra en el paisaje, quedan ancladas en el tiempo mientras los peregrinos continúan su viaje. Cerca de la salida está la Cruz de los Valientes, en recuerdo de un juicio de Dios, uno de tantos en la Edad Media, para poner fin a la disputa de unas tierras entre Santo Domingo y Grañón. El camino faldea los desniveles, inundado de sol, manchado de sol. Todos pedaleamos bajo el mismo sol.

En Redecilla del Camino, de urbanismo lineal, vemos su rollo jurisdiccional. Hace calor, como ayer. Paramos en un maizal y nos refrescamos en su riego automático. Pasamos por Viloria, cuna de Santo Domingo y, por un tramo algo más verde, llegamos a Belorado, gran centro ferial en la Edad Media. Nos detenemos para comer, pero el calor hace que decidamos terminar aquí la jornada.

El pueblo dormita apaciblemente al sol de la siesta y eso vamos a hacer nosotros. Alta la tarde, paseo perdiéndonos en el silencio de las calles. El día va envejeciendo. El cielo comienza a perder su luz y hacia el oeste unas nubecillas se tiñen de arrebol. Se abre otro silencio.

2.- Pamplona-Logroño.

Aún no ha roto el día por completo y el alba tiñe de gris la calle. El día empieza de acuerdo con sus ritos. Con ojos en los que aún se advierte el sueño salimos por la Ciudadela –ejemplar importante de la arquitectura castrense del Renacimiento- hacia Cizur entre un ondulante mar de césped. A poco se comienza la subida al Alto del Perdón, con molinos de viento, aunque no tenemos nada que hacernos perdonar. Después de Zariquiegui está la fuente de Reniega donde dice la leyenda que se apareció el demonio a un peregrino sediento y le propuso llevarle hasta donde había agua a cambio de su alma; al negarse apareció Santiago e hizo brotar la fuente.

La mañana comienza a deslizarse detrás de nosotros. En Obanos se une la ruta tolosana, la aragonesa, donde puede verse la iglesia de Stª Mª de Eunate. Poco después llegamos a Puente la Reina, de planta rectangular con el camino central que articula toda la población. Lo cruzamos hasta llegar al impresionante puente sobre el Arga. Una pequeña torreta de arco apuntado preside su entrada. En el centro existió una torre con una escultura de la Virgen del Puy; de su cuidado se encargaba un pájaro que la lavaba con agua del río. Es la leyenda del chori (pajarillo en euskera).
Puente la Reina
El sol describe su arco diurno. Seguimos, teniendo como compañeros de viaje a viñedos y olivos en medio del bárbaro resplandor del día veraniego. El Camino gira para apuntar directamente al Oeste, sólo hay que seguir la dirección del sol poniente. Pronto aparece Cirauqui que conserva su estructura de ciudadela fortificada. A la salida, los miliarios de la calzada romana y los kilómetros del Camino fueron coincidentes.

Cerca se cruzaba el río Salado en un lugar señalado por la Guía del Peregrino como muy peligroso para las caballerías. La siguiente población es Estella, aunque hasta 1090 el Camino iba por la ladera de Montejurra y llegaba al monasterio de Iratxe sin pasar por la ciudad. El apogeo llegó en el siglo XIII cuando era una ciudad de mercaderes. Llegamos al centro y en el Palacio Real un señor con amabilidad de tiempos antiguos, nos aconseja sobre el camino a seguir con gran ceremonia y prosopopeya.

Proseguimos por el monasterio benedictino de Iratxe. En su famosa fuente del vino nos encontramos muchas personas, algunas de las cuales volveremos a ver. Continuamos dejando Montejurra a nuestra izquierda y la elevada ermita de Villamayor de Monjardín a la derecha. Hace calor y nos cuesta llegar a Los Arcos para comer.

La tarde es pesada. Tras descansar bajo unos árboles vamos a Torres del Río, que posee una de las más bellas arquitecturas atribuidas a los templarios, la iglesia del Santo Sepulcro, parecida a la de Eunate. Sufrimos un pinchazo y unos austriacos nos ofrecen un recipiente para arreglarlo. Sigue el calor asfixiante y con él seguimos hasta Viana, de típica planta rectangular. Aquí se nos rompe una cadena.

El sol poniente acaba de librarse de unos árboles y cae sobre nosotros. El descendente crepúsculo forma un cielo de un azul oscuro, sin contrastes. Por un buen camino asfaltado terminamos la jornada en Logroño, ciudad hija del Camino. Cerca, en Albelda-Clavijo, los cristianos debían entregar a los musulmanes cada año el tributo de las cien doncellas y, al rebelarse, fueron vencidos hasta que Santiago les llevó a la victoria. Tras el silencio del camino, el griterío hiere nuestros oídos.

Aseo y paseo. Sigue haciendo mucho calor y comentamos que por la mañana hemos visto peregrinos, pero no por la tarde. El mundo se difumina entre luces borrosas. El largo crepúsculo se precipita hacia la noche.

1.- Roncesvalles-Pamplona.

Llegamos hasta Pamplona en autobús. A Roncesvalles nos suben el sobrino de Mª Ángeles –la mujer de Benjamín- y un compañero, taxistas, que nos cuentan los avatares de su huelga. Gracias a los dos. Por estos parajes la historia se ha ido escribiendo bajo la sangre de batallas y la leyenda de héroes. Roldán, guerrero de Carlomagno, hizo sonar su olifante al verse atrapado pero llegaron tarde a socorrerle. Era el verano del año 778. El eco de la poesía épica más conocida y escuchada de Europa, La Chanson de Roland, permanece en el alto de Ibañeta.

El primer hospital y hospedería datan del siglo XII. La joya estética es la Colegiata de Santa María, gótica, y su cripta con el sepulcro de Sancho el Fuerte. Tras breve visita salimos –y ya son las 18 h.- junto al Silo de Carlomagno o capilla de Roldán, donde enterraron a los soldados que fallecieron en la batalla de Roncesvalles y donde, durante la Edad Media, enterraban a los peregrinos que morían en el hospital. La tradición señala que en este lugar estaba la roca que Roldán partió de tres golpes con su célebre espada Durandarte.

El primer tramo se realiza, bajo un espeso y maravilloso bosque, por una estrecha senda, por un serpenteante sendero orillado por los árboles, entre florestas y despoblados. De lo profundo del bosque llega una llamada misteriosa y atractiva, estremecedora, que hace brotar el primitivismo de su ser. Escuchamos tratando de que el bosque nos revele el sentido de sus sonidos, pero el bosque guarda silencio. Pasamos bajo la verde bóveda en un encantador ensueño. La adusta soledad no es turbada por nada. Atravesamos los bellos y adornados pueblos de Burguete y Espinal. Cruzamos límpidos y parleros arroyuelos en cuyo rumor hay una melodía. Atacamos los altos de Mezquiriz y Erro, duros, por entre el espeso bosque en tramos no hechos para la bicicleta. Pinchazo en la bajada. Se nos va a hacer tarde.

En Zubiri salimos a la carretera por el puente medieval de la Rabia, sobre el Arga: según la tradición, los animales que daban una vuelta alrededor del pilar central quedaban protegidos. Cada vez hay más tráfico y así llegamos a Pamplona siguiendo el Arga y cruzando el puente de la Magdalena.
Se entra al casco viejo por el Portal de Francia, el mismo por el que salió el general carlista Zumalacárregui en 1833. Está situado en un otero que fue el origen cuando Cneo Pompeio fijó allí su campamento en el 75 a.C. aprovechando un gran meandro del Arga. Se llamó Pompaelo. Su importancia estratégica hizo que fuese muy codiciada: Carlomagno aparece como su señor en el 778. Entre los siglos X y XII se establece el reino de Navarra: tras varias crisis, el siglo XIV es de esplendor, guerras en los siglos XV y XVI ante las pretensiones francesas a su trono, lo que obligó a Felipe II a fortificarla.
Puente de la Magdalena, Pamplona
Por las murallas vamos hacia nuestro hospedaje. Después del viaje desde Alcalá sólo hemos tenido tiempo de hacer una media etapa pero ya es casi de noche. Tras el aseo y antes de la cena paseamos por la ciudad, especialmente por su zona vieja, rodeados de muchos letreros alusivos a las próximas fiestas de San Fermín. La música llena la calle. El paisaje civil, el paisanaje, forma una colorista mezcolanza humana. Vemos las calles estrechas, la magnífica plaza del Ayuntamiento, el recorrido del encierro, la plaza del Castillo, y pasamos por la Catedral, de la que únicamente vemos la fachada neoclásica, obra de Ventura Rodríguez.

Camino de Santiago en bicicleta.

Los cuatro amigos ciclistas alcalaínos – Benjamín, Julio, Eugenio y José Luis- volvemos con el verano como hacemos cada año en julio, como la primera saIida de Don Quijote. Para este año ya teníamos pensado recorrer el Camino de Santiago desde hace algún tiempo. Lo habíamos descartado en otras ocasiones por parecernos demasiado largo y no querer dividirlo, por ser año jacobeo y haber demasiada gente como fue el caso del año pasado, etc., así que tocaba éste.

Este viaje es uno de los que parece obligatorio hacer, de una u otra forma, alguna vez en la vida. Lugares de peregrinación ha habido muchos: en Grecia, Eleusis fue lugar santo por la entrega de las espigas que hizo Deméter y Delos por serla cuna de Apolo; el sepulcro y colunma de San Simeon Estilita (asceta sirio, ss.V-VI); Mathura, sagrado para los hindúes porque allí nació Krisnha;. La Meca y la tumba de Mahoma en Medina para los musulmanes; el sepulcro de Confucio para los chinos; para los cristianos, además de los santos lugares, como Roma (S. Pedro y S. Pablo) o Santiago de Compostela, también son objeto de culto las reliquias y los santos.

La historia se mezcla con la leyenda. No está demostrado que Santiago el Mayor, hermano de Juan Evangelista, predicara en España, aunque la tradición dice que la Virgen María se le apareció dos veces, una en Zaragoza y otra en Muxía. Logró pocas conversiones y volvió desanimado a Palestina donde Herodes Agripa I lo decapitó. Dos discípulos, Atanasio y Teodoro, lo trajeron hasta Padrón, territorio gobernado por la cruel reina Lupa o Loba que les cedió un lugar boscoso llamado Libredón para que lo enterraran.

Hacia el año 814 un ermitaño llamado Pelagio vio un gran resplandor sobre el lugar y lo comunicó al obispo de Iria Flavia, Teodomiro, aunque la leyenda carolingia dice que fue Carlomagno el descubridor. El lugar se llamó Compostela o Campo de la Estrella, aunque puede provenir de compositum, en latín “cementerio”.
Eugenio, Julio, Benjamín y José Luis
Muchos, como Lutero o Unamuno, no creyeron en el mito, pero lo importante es que muchas personas peregrinaron, lo que permitió decir a Goethe que “Europa nació de la peregrinación”. Dante escribió que peregrinos eran solamente los que viajaban a Santiago, porque los que iban a Jerusalén eran palmeros y romeros los que viajaban a Roma.

El Camino tomó gran importancia y fue protegido por todos los poderes. Cuenta con ocho catedrales, infinidad de iglesias, espléndidos edificios civiles, obras de ingeniería como calzadas o puentes, ciudades y villas que nacieron como hitos del camino, que es un museo de arte románico, gótico, renacentista y barroco.

Sobre el Camino se escribió la primera guía turística de Europa. El clérigo francés Aymerich Picaud, capellán de Vezelay, escribió su Liber Peregrinationis que forma parte del Codex Calixtinus, obra del siglo XII, debida al Papa Calixto II, quien la mandó compilar.

Todo esto supone una amplia variedad de motivaciones para emprender el viaje. El gran número de personas de toda condición y nacionalidad que transitan por el Camino prueba la diversidad de intenciones. Nuestra motivación es cultural en sentido amplio, incluyendo un punto aventurero. Con esta idea lo vamos a empezar tratando de encontrar un equilibrio entre las ganas de avanzar y terminar sin consumir demasiados días y las de parar y ver cosas, entre rodar rápidamente por las carreteras y pasar lentamente por los caminos y corredoiras saboreando las vivencias, las gentes y el paisaje.