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domingo, 2 de noviembre de 2014

8.- Monreal-Puente la Reina.

Última etapa. Al poco de salir nos alcanzan los alemanes, los únicos conocidos que quedan. El
Camino, una senda dificultosa, bordea la sierra de Alaiz. El paisaje está compuesto por algo de arbolado, arbustos y campos de labor. Pasamos cerca de Yárnoz, con torre fortificada del siglo XIV. Desde aquí las canteras propinan unas profundas dentelladas a la sierra que estropean el paisaje. Recordamos que los bosques preceden a la civilización y los desiertos la siguen. Por Otano se aprecia el bosque mediterráneo y a Esperun llega el canal de Navarra, con agua de Itoiz. Después atacamos un fuerte repecho, los Altos de la Cruz. A estas alturas, las cuestas no son una diversión lírica; es difícil poner esto en verso. Descendemos a Guerendiain, 590 m., con casonas engalanadas con geranios. Hemos abandonado el valle de Elorz.

Seguimos por otro duro tramo, desde el que se divisa la Cuenca de Pamplona, hasta Tiebas, 575 m. Las piedras de su arruinado castillo nos dan la bienvenida. El albergue y el restaurante
están cerrados. Los alemanes siguen y nosotros improvisamos un almuerzo con lo que nos queda. Cuanto más avanzamos más ligeras son las mochilas. Desde aquí hay dos rutas. Una sigue por Campanas, opción menos bonita en cuanto al paisaje. Nosotros seguimos hacia Muruarte de Reta y, en una fuente, encontramos a los alemanes. Paramos. Después seguimos por una carreterita hasta Oleoz. Vemos su románica iglesia de San Miguel Arcángel –cuya portada se dice que es como la de Eunate reflejada en un espejo-, casonas y un torreón.

El río Robo nos guía en este último tramo. Hace mucho calor y en el cielo no hay nubes. El sol es cegador; es un sol de hierro al rojo. El calor y el cansancio hacen que el cerebro se apague y deje al
cuerpo entregado a las meras sensaciones. Llegamos a Enériz, 425 m., cuyo restaurante está cerrado. Retrocedemos hasta el camping donde los camareros, una pareja rumana, nos ceden gratis ducha y piscina, y nos preparan unos bocadillos enormes.

Reconfortados, salimos del frescor del bar al resol metálico de la tarde. El incesante sol está en su apogeo y nos aplana sin piedad. Las piedras hierven al sol en estas horas tórridas de la tarde. Parece como si el propio sol fuera a derretirse. Andamos despacio por un camino ancho, entre campos de labor sin arbolado, hasta que un desvío sombreado nos deja en la Ermita de Nuestra Señora de Eunate, que está cerrada. Nos
extasiamos con su trazado octogonal de factura atribuida a los templarios.

Obanos está en subida. La última. Aquí se produce la unión con el camino de Roncesvalles. Parece que esta tarde el sol está en el cielo más tiempo. Llevamos en el cuerpo el sol de estos días como esa luz que los astrónomos registran en su telescopio incluso miles de años después de extinguirse. Al pasar por unos maizales sale un vaho de humedad que refresca de momento. Un último empujón y nos acercamos a Puente la Reina. Paramos en el primer albergue, Jakue, antes de llegar al pueblo, que
resulta muy cómodo. No están los alemanes; nos hemos quedado definitivamente solos.

 Hemos terminado nuestro camino. Paz de postcatarsis. Estamos en la antigua Pons Reginae, fin de la vía Tolosana, que se tiende a los dos lados de una recta calle, la Mayor. Gastamos la tarde en paseo y visitas y en añorar a los que hemos perdido. Vemos la iglesia de Santiago, con portada románica y llegamos hasta el maravilloso puente de seis arcadas, el mejor del Camino, mandado construir en el siglo XI por Doña Mayor, esposa de Sancho III el Mayor. Desde el pretil contemplamos cómo el Arga se desliza mansamente, su suave fluir. En medio de un silencio fascinado escuchamos la risa de las aguas. Para la cena, nada mejor que los restaurantes de la calle Mayor. Todo un mundo esta calle por donde resbala mansamente, como el Arga, la historia. Volvemos al albergue y pronto somos arrebatados por el sueño.



7.- Sangüesa-Monreal.

 Hoy es día de despedidas: algunos acaban su camino. Salimos por la calle Mayor y cruzamos el
puente sobre el Aragón, que nos abandona después de tanto tiempo. El río aquí ya es grande, majestuoso. Pasamos el desvío a Rocaforte, que es el Camino, y seguimos hasta Liébana, desde donde continuamos por el cauce del Irati. Vienen Vicent, Olga, a la que hemos conocido en Sangüesa, y Armando. Se nos une el de Zaragoza. Cruzamos la hoz por el trazado del antiguo ferrocarril de vía estrecha “El Irati”. La vista es espectacular. Avanzamos vigilados de cerca por multitud de buitres encaramados en las altas rocas. Pasamos dos túneles, ciego el primero, teniendo que usar las linternas. Este trazado es un poco más largo que el original, pero merece la pena. A la salida de la hoz el valle se abre en el llano. Así llegamos a Lumbier, donde almorzamos.

Las obras de la autovía no han afectado al Camino, éste sigue bien indicado y
sortea la obra pasando por debajo. No hay sombras. En Nardués, un abuelo nos indica una senda para ascender hasta la pista que viene del Alto de Aibar. Hace calor. Toda la zona está hostigada por el verano. El sol de mediodía es cegador, deslumbrante. Los campos, calentados por el sol, hacen vibrar el aire. Nuestras sombras se meten bajo las botas. Armando nos explica su filosofía sobre estas etapas resumida en la teoría de las tres fases: la primera es de optimismo, la segunda de aceptación y de sufrimiento la tercera. Cuando estamos en estas duras circunstancias Armando dice que ya estamos en la tercera fase y que hay que acabar.

Aquí aparece el arbolado. Un tramo llano nos lleva hasta el descenso a Izco, 710 m, entre campos de labor y bosque. Vamos al albergue por Armando y Olga se quedan. Vicent, que acaba su camino, se ducha y llama por teléfono para que el autobús a Pamplona entre al pueblo a recogerle. Comemos lo que llevamos: nos dejan utilizar la cocina pero la comida es sólo para los que se quedan, a pesar de que está vacío.

Nos despedimos de Olga y a Armando le dejamos unas piedras para que las lleve hasta Logroño. Seguimos aplanados por el extenuante calor. El verano elige a sus víctimas, los que se aventuran al aire libre. El calor a estas horas de la tarde es asfixiante. El sol arde sobre los peregrinos. El sol de agosto nos taladra, enturbia la mirada y
las ideas. Atravesando el mismo paisaje pasamos por Abinzano y seguimos el curso del río Elorz que forma el valle de Ibargoiti. Lo cruzamos por el magnífico puente de Salinas y paramos en una fuente. Tenemos ganas de avanzar pero estamos cansados y queremos seguir aquí. Hacer síntesis de las contradicciones es difícil. Con una mezcla de impulso arrebatado y de aplastante racionalidad nos disponemos a continuar.

La montaña, la Higa, que se divisaba desde mucho antes, se aproxima. Pasamos junto a la piscina y vemos el pueblo, 555 m, al que se accede por un bonito puente medieval. Los puentes guardan memoria en sus piedras del paso
feroz del tiempo por el paisaje. Un pequeño senado de ancianos, sentados a la sombra ante la puerta de una casa, como si formaran parte también de la fachada, está viendo pasar la vida y el tiempo. No parece que la tensión de la vida se les eche encima. Son como el paleolítico de nuestra generación, los hombres-memoria, los archivos del pueblo, los peatones de la historia, los que guardan el fuego sagrado de las esencias de una época pasada. Sólo ellos acompañan los ecos de la Historia.

Las calles trepan hacia la iglesia en lo alto y al lado está el albergue, casi lleno, aunque a última hora se llena más todavía con unos ciclistas. Estamos con los alemanes y los de Albacete. Nos queda poco tiempo libre. En estos viajes, la vida doméstica es un ejercicio de puro minimalismo. Cena. Charla, recordando que hemos dejado un mensaje a Armando en medio del bosque para que recoja un calcetín que hemos perdido. La noble abraza al pueblo. Nos sumergimos en los profundos corredores del sueño.

6.- Ruesta-Sangüesa.

Madrugamos para terminar la etapa antes de comer. Tras un buen desayuno salimos cuando todavía
es de noche. Bajamos hacia el camping, que parece una zona de acampada, cruzamos el arroyo Regal y vemos la ermita de Santiago, del siglo XI. La pista va ascendiendo mientras el día naciente ahuyenta a la noche. El cielo comienza a brillar al este pero el alba es todavía incierta. La oscuridad va cediendo el paso a la luz.

El repecho avanza hacia nosotros de modo inexorable. Es una ascensión lenta en rodeos, ganando más horizonte cada vez, viendo tenderse a nuestros pies, como un mapa, el llano. Alrededor, mansas colinas vestidas de pinos. En la subida el tiempo ya no es nuestro, dura siglos, ha dejado de fluir. Al cruzar un tramo de bosque una ligera llovizna nos inquieta. Silenciosos, con la insistencia monótona de la gota de agua, subimos como autómatas. Superado un desnivel de más de 300 m llegamos a la cima del monte Fenerol. Lo más duro de esta etapa está en el inicio. La vista de la sierra de Leyre
es buena. Queda un paisaje atrás; otro enfrente, esperándonos. El paisaje se precipita pendiente abajo en los dos sentidos.

En la parada para el almuerzo nos volvemos a cruzar con Armando. Seguimos llaneando y una senda nos marca el descenso por entre campos de labor. Así llegamos al tramo que está indicado como calzada romana, justo antes de Undués de Lerda, 663 m, último pueblo de Aragón, perteneciente a la comarca de las Cinco Villas. Aunque no nos quedamos aquí, subimos al pueblo situado en plena Sierra de Sarda. Aparecen casas con grandes dovelas, ventanas con dinteles decorados, chimeneas aragonesas, escudos, etc. Tiene muy buen aspecto. Hemos abandonado
la zona donde habita el olvido, la tierra del silencio. Al otro lado del Aragón está el monasterio de Leyre.

A partir de aquí se sigue por un camino en medio de un valle muy ancho, aburrido. Aquí el mundo yace plano. Por aquí pasa el canal de las Bardenas, que sale del embalse de Yesa. Acabamos de entrar en Navarra. En el Codex Calixtinus se achacaba a los navarros malicia, perversidad, perfidia y lujuria, aunque se decía que tenían buen pan, leche, vino y ganado. Cruzamos una carreterita que lleva a Javier, a nuestra derecha, y seguimos en medio de una sofocante solanera. El sol cegador llena el camino en estos días calcinados, polvorientos; el aire abrasador se
espesa en este agosto que arde. En este tramo llano nos adelanta un ciclista.

No se ve Sangüesa a pesar de que no estamos muy lejos. Unas nubes han ido apareciendo en el alto cielo y, al poco, notamos las primeras gotas, que se agradecen pero que se van transformando en lluvia creciente. Ponemos las fundas a las mochilas y seguimos, pero la lluvia aumenta y tenemos que ponernos las capas y chubasqueros. De repente el cielo se viene abajo. El cielo se abre y suelta un diluvio. Dejamos que la tormenta arrecie sobre nosotros y seguimos. Dura poco. Llegamos a Sangüesa y al albergue. Armando, que ha parado en Undués, llega
después. Estamos todos: los de Málaga-San Sebastián, Albacete, Armando y los alemanes, que también llegan después.

Salimos a comer –nos recomiendan el restaurante 1920- y volvemos a echar la siesta. Por la tarde, sello en la Oficina de Turismo –que invita a un vino o café- y visita turística, durante la que nos dejamos caer en el pasado sin hurgar demasiado en él. Sangüesa es otro pueblo calle, con un gran patrimonio artístico. Paseamos la calle Mayor, que termina en Santa María la Real. Este espacio es la belleza del pueblo y su función era la de impresionar. Portones antiguos y ventanas de piedras labradas rememoran grandezas pasadas en batalla contra el tiempo y los elementos.

El cielo se llena de sombra. Se abre la noche. Para la cena volvemos al 1920. Muy bien. Con el rostro contaminado de sueño volvemos al albergue y nos hundimos en un sueño profundo, vivificador, sin sueños. Nuestros sueños se realizan de día.

5.-  Arrés-Ruesta.

Los de Albacete, padre e hijo, se levantan pronto. Se han bajado a dormir del ático al suelo para no
molestar, pero todos nos despertamos. Ruidos de cremalleras y plásticos se extienden por el albergue. La cocina se llena para el desayuno. Recogemos la habitación, donde Andrea sella las credenciales y estaba el mapa, y nos disponemos a salir. Nos da pena dejar este albergue que ha propiciado la mejor situación del viaje.

Como el pueblo está en alto, salimos en descenso por una senda que desemboca en un camino ancho. Nuestro ritmo aquí es de más de cuatro km/h. El valle es ancho. Desde oriente, el amanecer se acerca. La luz del alba perfila las montañas y comienza a romper en ligerísima luz. Son las primeras palpitaciones del día. Vemos que uno de los de Albacete, el padre, vuelve sobre sus pasos. Ha olvidado su cámara fotográfica. Ha telefoneado y le ha contestado el Alcalde, porque en el albergue no hay teléfono.

Tenemos a la derecha a Berdún -hay un Verdún francés, cultura celta- cuando el camino nos deja en la carretera de Martes que seguimos un momento, pero, después de una subida, giramos a la derecha sin llegar al pueblo. Armando está parado, comiendo algo, y lo adelantamos, pero nos alcanza cuando paramos en un bosquecillo de robles cerca de Mianos. Acabamos de pasar el límite Huesca-Zaragoza y al otro lado del Aragón muere el Veral, que viene del valle de Ansó. La senda nos deja en una carretera que nos lleva a Artieda, recortado en lo alto, con la boscosa Sierra Nobla de fondo.

Seguimos por la orilla de la carretera entre areniscas grises del secundario. Hace calor. La luz es
rubia, cruda. El sol, alto en el cielo, abrumador, dispara sus certeros rayos y obliga a entornar los ojos; el fiero sol ataca de plano, brilla cruelmente, llamea. El sol es tórrido, africano. El sol endurece los colores. Una hendidura en la sierra de la margen derecha del Aragón nos indica el final del río Esca. Seguimos entre campos de labor, cosechados, por una estrecha faja de robles, un bosquecillo que nos quita el sol inclemente. A tramos divisamos las azules aguas del embalse de Yesa. Pasamos cerca de la ermita de San Juan Evangelista, cuyas pinturas vimos en el Museo Diocesano de la Catedral de Jaca, pero no la vemos. Dentro del bosque no tenemos perspectiva.

Lo primero que vemos de Ruesta son las altivas torres de su castillo, erigidas al borde del barranco que le sirve de foso natural. Las flechas nos llevan por entre la desolación del pueblo hasta el
albergue, dos grandes edificios restaurados. Compartimos habitación con Armando y los dos de Albacete. Las actividades rutinarias y la comida dan paso a una siesta reparadora. Paseamos la calurosa tarde, con la languidez vespertina habitual, en silenciosa ronda por los siglos que aquí dormitan, intentando tener una imagen ajustada del pueblo, pero unos avisos de peligro impiden el paso. El viejo pueblo, labrado por el tiempo, arrastra su soledad y su abandono, reposa para siempre en la leyenda. Los macizos torreones de piedra hablan de los días de la trabajosa fragua de la nacionalidad. La contemplación del desnudo arquitectónico, de las piedras arruinadas da una penosa
sensación. ¡Hasta las ruinas perecieron! (Virgilio). Este es uno de los pueblos que no se sabe si gira con la tierra o con la Historia.

Unos de Valencia van en coche y no respetan el código peregrino. Hoy no importa pero ayer les quitaron su plaza en el albergue a los dos de Zaragoza. Son las ovejas negras del peregrinaje. Tomamos una cerveza con Armando y con los alemanes en el albergue; no hay otro sitio. En este espacio de tiempo crepuscular y casi vacío, en este prolongado intervalo de calma y paz, de satisfecha inactividad, restablecemos la paz interior, plácidamente distraídos con los lujos de un aire suave. El día va cayendo en la noche. Cena. La luz suave de las estrellas titilantes cae sobre todos; un manto de luces parpadea en la oscuridad. El peso de la jornada aplasta. En la placentera inmovilidad de una cómoda postura sentimos que el sueño, que nos cubre como una ola, nos gana.

 4.- Santa Cruz de la Serós-Arrés.

La dureza de la etapa de ayer ha dejado huella. Hemos descansado bien, pero nos levantamos con el
día ya nacido; desayunamos muy bien, pero no salimos hasta las 9:30. Salimos en subida, entre pinos, aliaga y boj. El sol ha ido ascendiendo en su curva por el cielo. Llaneando y a ritmo lento avanzamos por una zona moteada de arbolado y con denso sotobosque. El calor empieza a apretar mientras nuestro paso asusta a un ciervo. Llegamos a Binacua, donde las caricias de Laia hacen que dos perros se quieran venir con nosotros. Llevamos mucho retraso con respecto a lo previsto.

Descendemos hasta Santa Cilia, 649 m. Nos encontramos con una pareja de Alicante y vamos juntos al albergue a sellar la credencial y reponer el agua. Tras unas fotos en el monumento al peregrino, seguimos entre el calor y tramos arbolados. En medio de un bosquecillo hay un lugar con multitud de pequeños tómbolos de piedras que quizá representen deseos y también dejamos el nuestro. Seguimos y la llegada del río Aragón Subordán por la derecha nos anuncia que estamos en Puente la
Reina. Aquí teníamos previsto comer, pero un restaurante está cerrado y en el otro hay una larga espera. Todo se ha conjurado contra nosotros. No queda más remedio que seguir hasta Arrés a pesar del intenso calor, aunque más haría después de comer si nos quedásemos.

Bordeando el monte Samitier, ascendemos por una senda desarbolada en gran parte, con mucho calor. Laia, juventud y empuje, se pone delante e imprime a la marcha un ritmo de competición. Israel, patrón del grupo, se pone detrás por si tiene que recoger algún cadáver. En Arrés nos recibe el hospitalero con una bebida fresca. Está lleno pero nos metemos. Comemos un bol de pasta rápida que llevábamos y pasamos la tarde de charla con los demás peregrinos. Sigue llegando
gente: Armando trae una chaqueta que habíamos perdido. Se dice que el buen viajero, viaja solo. Armando nos recuerda a Juan Antonio. Hacemos una visita al pequeño pueblo, donde hay algunas casas restauradas.

Todos nos vamos conociendo. Los hospitaleros cambian cada quince días. Estos son Andrea, Gabriela y Daniele, italianos de Trieste. Llega un matrimonio de Zaragoza, y los envían a la casa rural porque no quieren dormir en la ermita cerca del cementerio. Andrea avisa que la cena hay que prepararla entre todos con lo que hay en dos arcones de la cocina. Se ofrece voluntario como cocinero uno de Valencia, ayudado por varias mujeres. Otros, como Laia e Israel, cortan y pelan las verduras, etc. Los demás preparan las mesas y ponen los cubiertos, etc.

A las 19 h visitamos la iglesia conducidos por una guía del pueblo. Volvemos al albergue. El menú
consiste en pasta, verdura –picante y no picante-, ensalada, bacon y huevos duros. Somos 31 personas. Los de Mallorca –son artistas- han dejado una postal de regalo a cada uno. Hacemos un alto par air a ver la puesta de sol y volvemos a la mesa. Hay que recoger todo: uno de Albacete friega, José Luis aclara, el de Zaragoza seca y Armando coloca la vajilla. Mientras tanto, los demás van a ver las estrellas.

En la hora nocturna Andrea prepara un ejercicio de presentación. Ha sacado un mapa de Europa y nos va llamando para que nos presentemos, digamos por qué estamos allí y señalemos nuestro lugar de origen. Hay españoles, italianos, alemanes y una noruega. La motivación principal es
la cultural, aunque hay unos de Valencia que están porque lo habían prometido si el Levante subía a Primera División.

Todavía llega una pareja de Madrid. Los aceptan porque la noche está avanzada. El albergue es la exaltación de las virtudes de la amistad y sacrificio por el compañero durante el viaje; pone de manifiesto los vínculos de solidaridad entre los peregrinos. Nos preparamos para dormir. Complicación: están llenos los suelos, el ático y hasta el rellano de la escalera. Los que piensan madrugar más se colocan hacia el exterior para no molestar. Andrea prepara el desayuno y no hay forma de dormir hasta que apaga la luz. Ha sido el mejor día. 

3.- Jaca-Santa Cruz de la Serós.

Más allá de la ventana está naciendo el día. Nos despierta el callado ajetreo de los de Mallorca, que
ya se preparan, y nos levantamos. Todos llenamos la cocina para desayunar. Salimos guiados por las conchas del suelo de las calles. Los potentes conglomerados que forman la gran cornisa, desnuda de vegetación, de la peña Oroel cierran el paso hacia el Sur, lo que obliga al Aragón a girar en ángulo recto hacia el Oeste en medio de bosque de pino, abeto, roble y encina y sotobosque de aliaga y boj.
Con dirección a Pamplona, pasamos el llano de la Victoria y alcanzamos a los de Mallorca cuya hija está enferma y piensan en abandonar. Seguimos hasta la Casa del Municionero, desvío GR 65.3.2 que nos han desaconsejado, pero decidimos continuar por el Camino. Nos alcanzan los de Málaga, con los que vamos hasta un
merendero. Cruzamos un campamento militar abandonado y, cuando por la derecha desemboca el río Lubierre, que viene de Borau, seguimos a la izquierda por la carretera de Atarés.

El arroyo de Atarés le señala el camino a la carretera, muy sombreada por el bosque. En un alto aparece el castillo de los Moros y después el valle se abre, los árboles ralean, y aparecen los campos de cereal, ya cosechado, y de heno, cortado y dejado a secar. El sol empieza a demostrar su fuerza. Legamos a Atarés, 804 m de altitud, almorzamos, cogemos agua en una fuente, imagen amiga, y hablamos con unos vecinos que nos indican la ruta. Al principio es camino que se convertirá en senda, guiada por un
regato, después. Hay zonas encharcadas, muchas piedras, paredes rocosas y cada vez más desnivel.

Desde el pueblo hemos ido viendo cómo la Peña Oroel gira a nuestra vista. Seguimos subiendo con regularidad de metrónomo entre zonas de sombra y otras desarboladas, intercalando paradas para respirar. El calor endurece la subida. Por esta senda desciende el agua de lluvia, por lo que en algún momento será problemática. Tras superar un desnivel de más de 400 m llegamos a lo alto, a la carretera que va al monasterio de San Juan de la Peña, con algún tramo de sombra y franjas de sol intenso, entre los consabidos pinos y robles y el omnipresente boj.

Calor y cansancio. Llegamos al Monasterio alto, 1212 m de altitud, a la hora de la comida. Después, un vigilante nos avisa del descuento que se hace a los peregrinos en el precio de las entradas.
Visitamos el Museo del Monasterio alto y bajamos al Viejo, mucho más interesante. El pasado está escrito en sus piedras. Estos esplendores medievales, especialmente el claustro de historiados capiteles bajo el techo de roca, tienen una belleza hipnótica. Arte, historia y espiritualidad inundan estos espacios monumentales que irradian energía a nuestra alma eremita, a nuestro espíritu debilitado. Es imposible resumir la belleza y el encanto del lugar en unas fotografías, pero … Los monumentos se conservan donde los hombres han  perecido.

El día va avanzando. Reponemos el agua. No hemos terminado todavía esta etapa, la reina.
Podríamos quedarnos en la hospedería, pero seguimos hasta Santa Cruz de la Serós. El camino sube hasta enlazar con la senda que sale del Monasterio alto y sigue con una impresionante bajada, muy pendiente, entre riscos formidables. El pueblo no aparece hasta casi el final, cuando estamos encima. La mole de la iglesia destaca sobre el caserío del pueblo, 792 m de altitud. Como no hay albergue, nos alojamos en un hostal.

Es la primera etapa que no hemos llegado a la hora de comer. Cansancio. Pasamos la tarde mirando la iglesia de Santa María, único resto del antiguo monasterio, desde la terraza, bebiendo la tarde y una cerveza. La tarde se va deshaciendo imponiéndonos su calma. Tomamos unas notas mientras la tarde cae alrededor. Cae la tarde y el sol ilumina sólo la parte superior de este circo rocoso que rodea al pueblo, la aérea silueta de los picos, la cresta de los picos contra el cielo. El día se prepara para morir. Cena. Mañana no madrugaremos.

2.- Villanúa-Jaca.

Domingo, día dedicado al sol. Nos levantamos temprano, desayunamos fruta y preguntamos por el Ca

mino. En los mapas hay dos caminos, pero, aunque salimos por el de la izquierda, las flechas nos van llevando al de la derecha. Pasamos cerca de Aruej, pequeño caserío que fue señorío de origen visigótico. Quedan restos de una torre fortificada del siglo XIV y la iglesia románica de San Vicente, del siglo XI.

Algunos tramos boscosos disminuyen la luz ambiente y dan sensación de recogimiento. El suelo es pedregoso por lo que es aconsejable calzar botas. Tras uno de los cruces pasamos por un campamento salesiano. Los chicos y chicas están charlando tranquilamente y no parece que vayan a
iniciar ninguna actividad de momento.

El camino nos deja en una carretera que va al pueblo de Aratorés, situado en un altozano desde donde observa el valle del Aragón, y a Borau, donde estuvo el monasterio de San Adrián de Sasau, que guardó un tiempo el Santo Grial. Nosotros giramos en sentido contrario al pueblo para coger un nuevo camino que nos deja en Castiello de Jaca, en su parte alta. Visitamos la zona de la iglesia románica de San Miguel, donde nos habla el cura que nos pregunta por las credenciales, y descendemos por una calle paralela al arroyo Badiello que divide en dos al
pueblo. Estamos a 921 m de altitud. En el Camino se le conoce como el pueblo de las cien reliquias y hay una leyenda al respecto, pero hemos desayunado poco y el cuerpo reclama atención. En la carretera entramos en un bar y comemos tortilla y croquetas de morcilla.

Reconfortados por el almuerzo y por el sol que ya está algo alto, nos quitamos las prendas de abrigo y seguimos. El día es bueno, hay algo de viento que no ha conseguido despejar completamente de nubes el cielo. Al poco se cruza el arroyo Ijuez. Ahora hay un moderno puente, pero antes de hacía por unas piedras. Esto es el desvío al valle de la Garcipollera, donde está la iglesia de Santa María de
Iguácel, primera muestra del románico europeo en el Alto Aragón.

El día, definitivamente, ha ido mejorando. El sol empieza a calentar y, como la etapa es más corta, paramos a remojarnos los pies en el río, ahora calmo, en sus aguas sombreadas por la vegetación. En esta melancolía vegetal se aprecia el agua como conciencia del paisaje, como sangre de la tierra, como imagen de nuestra andadura renovada. Nuestras vidas son los ríos, la más antigua canción de la tierra. Paladeamos la agradable mañana escuchando el juego del agua, la llamada del río. Aquí conocemos a un matrimonio y su hija –nueve años e igual mochila que los demás- de Mallorca.

La ermita de San Cristóbal y el castillo de Rapitán son los últimos hitos antes de Jaca. Estamos a 818 m de altitud. Jaca está muy animado. Tropezamos con la multitud que sale de  misa de la Catedral. Comemos y vamos al albergue, donde coincidimos con los de Málaga-San Sebastián y con los de Mallorca. Parece una guardería, un cuento. Es una gran habitación separada por mamparas en zonas de dos camas, armario debajo de las camas y mesita en medio. Todo color naranja.

En la larga tarde, turismo. Visitas a la Catedral –siglo XII, impresionante a pesar del caos edificativo-, al Museo Diocesano –recién abierto y donde vemos pinturas de Ruesta, a donde llegaremos en la quinta etapa-, y la Ciudadela –fortaleza del siglo XVI-… Seguimos la visita por el
resto de la ciudad en relajado trasiego. La tarde va muriendo; al meterse, el sol origina cárdenos fulgores. Volvemos a cenar a donde hemos comido, pensando que hay que reorganizar la mochila y dejar algo en el coche.

Nos recogemos con horario monacal. El albergue apaga la luz y cierra a las 22 h. Al principio de la noche, en el estado brumoso que precede al sueño, se oye una sinfonía cercana de ronquidos y ruido de fiesta más lejano. Finalmente, el sueño avanza hacia nosotros por encima de los ruidos.

1.-Somport-Villanúa.

Decía el poeta que el primer verso te lo dan los dioses. A ver cómo queda esta recreación, porque
nunca se cuentan fielmente los hechos, que no son como son sino como se recuerdan. Pero no es fácil llevarlo a la práctica. No es fácil convertir el cobre del lenguaje en el oro de la literatura, máxime cuando la realidad supera al vocabulario.

Comienza el sábado. Nos disponemos a salir. Cela, en su Viaje a la Alcarria, dice que “las etapas ni cortas ni largas, es el secreto”. Esta etapa está prevista hasta Jaca, pero la vamos a dividir. Salimos envueltos en la niebla y en una ligera llovizna que apenas dejan ver las montañas circundantes. Justo delante, la Raca, se esconde tras la niebla. A la izquierda queda la estación de esquí de Astún, en las pizarras del paleozoico y con modelado glaciar, donde nace el río Aragón, al que vamos a seguir durante mucho tiempo. Quedan muchos kilómetros de río.

Iniciamos nuestra andadura por esta “Jacobsland” o tierra de Santiago. A poco de salir llegamos a las escuetas ruinas del hospital de Santa Cristina, al que el Codex Calixtinus colocaba a la par que el de Jerusalén y el del Gran San Bernardo. Aquí nos alcanza Juan Antonio, israelí, que viaja solo, como buen viajero. Dejamos a la derecha la estación de esquí de Candanchú. El descenso es rápido, con tramos mojados y algo de fresco en la joven mañana. Pasamos cerca de las ruinas del Castillo de Castellar, para el cobro del peaje, y de Rioseta, campamento
militar. Vemos la chimenea de la fundería del Anglasé, antigua mina. Alguno de estos tramos es muy boscoso y oscuro.

Conforme descendemos levanta la niebla y sale algo el sol. Hay un ligero viento y no hace calor. El fuerte Coll de Ladrones vigila nuestro paso desde lo alto a la entrada de la Canal de Izas. Así llegamos a la entrada del túnel de Somport, de unos ocho km y a Canfranc-Estación, a 1.190 m de altitud. La población está animada pero la estación expresa desolación. Esta obra faraónica, de majestuosa arquitectura, fue inaugurada en 1928 por el General Primo de Rivera. Tras la guerra civil
se reabrió en 1940 y vio el paso de trenes en los que los alemanes transportaban el oro de los judíos hacia Madrid o Lisboa. Pervivió hasta 1970. Aquí despedimos a Juan Antonio.

El día ha despejado y pueden verse bien los picos de alrededor. El dominio que la montaña ejerce sobre el paisaje ha hecho que tuviera un aire mítico y sagrado. Las civilizaciones primitivas sacralizaban sus montañas y no las escalaban. La montaña, gran balcón que propició cultos a la naturaleza desde la prehistoria, repite el eco de nuestro paso. Por tramos boscosos y umbríos, en la ladera izquierda, se sigue por la presa de Ip hasta
Canfranc, el primitivo Campus Francus para el cobro de peajes. La calle principal es el Camino, ejemplo de pueblo- camino. Está totalmente nuevo tras el grave incendio de 1944. Después, la iglesia de la Trinidad.

Poco más tarde el magnífico puente medieval traza su curva de piedra sobre el río y nos devuelve a la ladera izquierda y al bosque denso y sombreado. El bosque se espesa, se adueña de la tierra. El suelo es irregular, pedregoso, lo que hace aconsejable las botas. A la derecha vemos la torre de fusileros, pequeña fortificación del siglo XIX, y poco después se llega a Villanúa, a 959 m de altitud. El valle se ha ensanchado y está presidido por la majestuosa Collarada.
El río pierde brío, su rumor es tranquilo.

En el albergue Tritón somos bien atendidos. Nos colocan en la habitación Collarada, para nosotros solos aunque es de seis. Lo que sigue es el habitual ritual de la ducha, colada, tendedero, cremas, etc. La comida en el mismo albergue, muy bien. Por la tarde, visita a la cueva de las Güixas, paseo por el pueblo y vuelta al albergue para cenar. Coincidimos con los de Málaga y San Sebastián. Nos comentan que abren tarde por la mañana, así que no podremos desayunar.

Somport.

El sueño de toda persona es hallar un paso hasta los deseos de su corazón. Israel y Laia, jóvenes emprendedores, creadores de la empresa de seguridad informática Secura, ganadores del 2º Premio a la Mejor Iniciativa Empresarial que concede el Ayuntamiento de Alcalá, y con mucho trabajo diario, tenían previsto descansar de su dinámica agotadora. Querían vivir unos días al margen de los
vaivenes del mundo, metidos en sí mismos, experimentar esa ruptura de hábitos, ese placentero sentimiento de libertad e independencia. Para ello habían pensado, en el mes de agosto, seguir el machadiano se hace camino –y Camino- al andar y recorrer el Camino de Santiago aragonés acompañados por José Luis. El que este año fuera Jacobeo no les interesaba –lejos de ellos estas alharacas conmemorativas- pero tampoco les contrariaba.

Hasta que llega el momento de emprender el viaje lo sueñan, se nutren de imágenes literarias, oyen los tópicos, se anticipan; pero “donde hay un deseo hay siempre un camino” (dicho swahili) y un paisaje sólo se conquista con la suela de las botas. Comprenden la advertencia de Unamuno, de que, “cuando era más lento el viajar, se viajaba más de verdad, se recorría más de veras el camino, porque hoy el camino es puro medio”, y van a seguirla aunque en alguna ocasión crea problemas logísticos. También lo quieren contar a su regreso, porque “se viaja para contar. La condición imprescindible del viaje es el regreso. Por eso el viaje sin regreso es símbolo de la muerte” (Cristina Peri Rossi).

Cuando llega el día tienen preparadas las piernas y botas de siete leguas. Ninguna sombra se proyecta
sobre su viaje. Su mapa está abierto. Después de dar las últimas instrucciones a sus empleados, viajan hasta Jaca y suben en autobús hasta Somport. El autobús deja en la puerta del albergue una marabunta de peregrinos. Es el momento de registrarse y del sellado de la credencial. Les dejan en la habitación Somport, para seis personas, que comparten con un matrimonio de Málaga y una mujer de San Sebastián, a los que han conocido en el autobús.

Después de acomodarse, la cena. Desde el comedor advierten que están rodeados de montañas. Son los Pirineos. Están en Somport, el Summus Portus de la calzada romana que seguía por el valle de Aspe, a 1640 m de altitud. Es el
punto más elevado de todo el Camino, pero es más bajo que el Puerto del Palo, de 2014 m, en el valle de Hecho, por donde iba antes el Camino. Aquí llega la vía Tolosana (Toulouse), de Provenza o Arletana (Arles), que desde el siglo XII se convirtió en ruta secundaria.

Se dice que los Pirineos no habían representado una frontera, sino una espina dorsal que articulaba la zona, con un activo comercio y contrabando. Las relaciones de los valles españoles eran más fluidas con sus correspondientes franceses que con su entorno nacional. Las comunicaciones eran verticales, no horizontales. Cela decía que los caminos del río son lo que unen, puesto que las
montañas separan y, efectivamente, para los peregrinos era una muralla. El Codex Calixtinus decía, para que no desmayaran, que desde arriba parece tocarse el cielo con la mano. Ahora, estos afilados picos, esta pasión blanca, representan el pirineísmo, la afición a unas montañas que representan el adanismo, el retorno a los orígenes. Desde aquí quedan a Santiago 850 km, pero sólo quieren llegar hasta Puente la Reina de Navarra, donde se unen el Camino Aragonés y el Francés.

Este viernes se acaba. Ha sido largo y cansado, y mañana hay que madrugar. Mañana empezamos.