miércoles, 10 de junio de 2026

Botánica y arte.

En el palacete medieval del CaixaForum de Girona se ha inaugurado una exposición que une la botánica y el arte: "La botánica en el arte. Las plantas en las colecciones del Museo del Prado". La muestra está estructurada en cuatro secciones principales que exploran distintos ámbitos: Plantas que cuentan historias, El Prado es un jardín, El gusto por las plantas y Las emociones en el paisaje.

Las especies vegetales, más allá de su papel de mero escenario u ornamento, aportan una interpretación más profunda de las obras de arte. La exposición pretende recuperar un lenguaje perdido, más allá del impacto visual. Las plantas servían para una gran variedad de propósitos, como expresar un sentimiento, mostrar el linaje de la casa noble a la que pertenecía el retratado, resumir un ritual mitológico, enseñar alguno de los dogmas de fe de la religión católica... También se pueden rastrear los distintos usos que se les daban a las plantas en otros países, como en el caso de los sauces (Salix spp.), frecuentes protagonistas en los paisajes del norte de Europa. Además de advertir cómo se refuerzan mensajes políticos, religiosos o históricos, se pone de manifiesto el protagonismo del mundo vegetal en grandes obras maestras.


Una de las peculiaridades de esta iniciativa es que la gran mayoría de las piezas se muestran emparejadas, para conseguir un diálogo entre ambas que enseñan aspectos complementarios o incluso contrapuestos. Como ejemplo, el clavel (Dianthus caryophyllus) aparece con una simbología antagónica: sentimiento eterno del amor y el paso efímero por esta vida. 


Los sentidos son estimulados por la muestra, con hermosas fotos de las plantas al natural realizadas por la artista valenciana Paula Codoñer; con cinco estaciones olfativas que ofrecen fragancias de plantas que aparecen en el recorrido, como la del azahar o de la rosa de mayo; con la recreación del ambiente de un jardín pintado en 1765 por Giovanni Battista Colombo (1717-1793), con el sonido de una fuente o los cantos de mirlos y petirrojos. 

Para terminar, en una última sala que despide al visitante, se lee un párrafo que ejerce de florido corolario a tanta hermosura: “La brisa desata un murmullo entre las hojas que relata lo innegable: apreciar la botánica en las obras de arte añade un motivo más de disfrute, como cuando se pasea por un jardín, donde todos los sentidos se estimulan al son de las plantas. Esta exposición ha sembrado una primera semilla que germinará y también traerá las primeras flores”.

Jan Brueghel el Viejo; Hendrik de Clerck, La Abundancia y los Cuatro Elementos, 1606, óleo sobre cobre. Museo Nacional del Prado

La selección de obras: una mirada transversal

La exposición reúne 53 obras que abarcan un amplio arco cronológico y una notable diversidad de escuelas, géneros y técnicas, pero lejos de plantear un recorrido cronológico o estilístico, la muestra adopta un criterio transversal: el elemento común que enlaza todas las piezas es la presencia significativa de especies botánicas.  En algunos casos, incluso se han escogido piezas por sus marcos, cuando sus motivos vegetales son relevantes, como Fiesta en un jardín, de Charles-Joseph Flipart.

Jan van Kessel el Viejo, Bodegón de flores, 1633-1666. Óleo sobre cobre. Museo Nacional del Prado.

Recorrido expositivo

El itinerario se abre con un espacio introductorio que actúa como síntesis visual y conceptual de la exposición. Cuatro obras, procedentes de épocas y contextos distintos, anticipan los contenidos de los cuatro ámbitos en los que se articula la muestra.

La dimensión narrativa de las plantas se ejemplifica con la obra La Virgen con el Niño, san Juan y ángeles (1536), de Lucas Cranach el Viejo, donde un racimo de uvas simboliza la aceptación del sacrificio que Jesús asumirá en su vida adulta. El espacio dedicado a la jardinería y el goce estético se introduce con Bodegón de flores (1663-1666), obra de Jan van Kessel el Viejo, una composición repleta de tulipanes, rosas y lirios. El ámbito en el que se aborda la sensualidad de los frutos se adelanta con el bodegón del siglo XVII Mesa, de Jan Davidsz De Heem, en el que las texturas y brillos de distintas frutas cobran protagonismo. La carga emocional del paisaje, por último, se preludia con el óleo Las huertas (Cuenca) (1910), de Aureliano de Beruete, que destaca los tonos verdes de la vegetación y subraya la identidad de la ciudad, mostrando su carácter austero. 

Aureliano de Beruete (Madrid, 1845 - Madrid, 1912), Las huertas (Cuenca), 1910. Óleo sobre lienzo, 66 x 100 cm

Entre los discípulos de Carlos de Haes, introductor del realismo en el paisaje español, uno de los más destacados fue Aureliano de Beruete. Su concepto del paisajismo evolucionará desde esos postulados estéticos hacia el naturalismo e incluso hacia posiciones cercanas al impresionismo, como en esta obra. En su campaña en Cuenca optó por representarla desde abajo, desde las huertas que se forman al lado del río Huécar. La espectacularidad de la ciudad desde esta parte es mucho mayor que desde las orillas del río Júcar. Beruete consigue subrayar así la verdadera identidad de la ciudad, que se encuentra en este tipo de vista más que en un edificio civil o religioso concreto. Beruete supo captar la esencia de la ciudad, la unión entre la arquitectura y la naturaleza y su largo pasado histórico, que ahora dormía en una inevitable decadencia.

Jacopo Amigoni, La infanta María Antonia Fernanda de Borbón, c. 1750. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional del Prado

Plantas que cuentan historias

El primer ámbito temático profundiza en la capacidad narrativa del mundo vegetal. Las obras muestran cómo, desde antiguamente, las plantas han actuado como portadoras de significados simbólicos vinculados a lo religioso, lo mitológico, lo político o lo sentimental.

En La infanta María Antonia Fernanda de Borbón, de Jacopo Amigoni, c. 1750, por ejemplo, una joven en edad casadera sostiene un clavel, que alude al compromiso afectivo que la une, o la unirá, a otra persona en matrimonio.

Otro ejemplo se encuentra en una Crucifixión anónima del siglo XVI en la que aparece un gordolobo, una planta de pequeñas flores amarillas, que se utilizaba como cirio en ceremonias como los funerales, por lo que refuerza su temática mortuoria.

Herman van Swanevelt (Woerden (Holanda), 1603 - París, 1655), Paisaje con un cartujo (¿san Bruno?), 1636 - 1638. Óleo sobre lienzo, 158 x 234 cm

El Prado es un jardín

La segunda sección explora el jardín como espacio real y como construcción simbólica. A lo largo de la historia del arte, el jardín se ha concebido como lugar de armonía, de conocimiento, placer estético o retiro espiritual. Por este motivo el ámbito también rinde homenaje al jardinero, figura que actúa casi como un demiurgo, ya que da forma y armoniza ese pequeño universo con una voluntad creativa que se asemeja a la de los artistas. Esta reverencia ante la figura del jardinero se aprecia en pinturas como Paisaje con un cartujo, de Herman van Swanevelt, donde un monje cuida un jardín de plantas bulbosas.

Jan Davidsz. de Heem, (Utrecht, 1606 - Amberes, 1683), Mesa.  Óleo sobre tabla de madera de roble, 49 x 64 cm

El gusto por las plantas

El tercer ámbito se adentra en la dimensión sensorial del mundo vegetal. Las plantas, especialmente las que producen frutos comestibles, estimulan varios sentidos. El bodegón, género central en esta sección, permite apreciar la fascinación por las texturas, los brillos y los matices cromáticos de distintas frutas. En ocasiones, como en Placa con taza que contiene frutas y mariposa, de finales del siglo XVII, las composiciones reúnen frutos de distintas estaciones en una misma escena, desafiando la lógica natural en favor de una imagen de abundancia.

Otros bodegones de esta sección permiten adivinar los gustos y costumbres de su época. En el óleo atribuido a Abraham Brueghel y a Guillaume Courtois titulado Bodegón. Hombre con mono y frutas (1660-1670) aparecen dos tipos de cítricos muy valorados en la Europa del s. XVII: el naranjo amargo variegado y el naranjo “corniculata”, que reflejan la fascinación que despertaron los cítricos en los jardines nobiliarios.


 Simon de Vlieger (Rotterdam, 1600 - Weesp, 1653), Bosque, 1640 - 1645. Óleo sobre tabla, 61 x 61 cm

Las emociones en el paisaje

El cuarto ámbito de la exposición aborda la dimensión expresiva del paisaje. Los bosques y jardines no son simples fondos para decorar una escena: sirven como recursos para transmitir estados de ánimo y construir atmósferas.

En Bosque con jinetes y perros (1625-1630), Hendrick Cornelisz. Vroom representa un amplio camino flanqueado por robles, al fondo del cual una cacería no altera la sensación de calma que transmite el paisaje, marcado por la quietud de los árboles.

En contraste, Bosque (1640-1645), de Simon de Vlieger, presenta otro roble, esta vez sacudido por el viento en plena tormenta. Esta especie de árbol es usada para simbolizar la fortaleza y la resiliencia necesarias para hacer frente al temporal.

Hendrick Cornelisz. Vroom (Haarlem, 1566 - Haarlem, 1640), Bosque con jinetes y perros, 1625 - 1630. Óleo sobre tabla, 55 x 61 cm

Entre dos masas compactas de encinas discurre un camino hacia el horizonte. Un cazador avanza entre los árboles de la izquierda siguiendo a los dos galgos que, al fondo, cruzan el camino. Responde al tipo de paisaje de bosque cultivado. Los árboles ocupan casi toda la superficie. Entre los troncos y las pequeñas ramas sobresalientes se filtra la luz desde el fondo, lo que contribuye a dar una sensación de gran profundidad espacial. El color está aplicado con una pincelada pequeña y densa.

                                Escenas en un jardín, Giovanni Battista Colombo, c. 1765.

Epílogo: Un murmullo entre las hojas

En el óleo aparecen diversos personajes elegantes en un jardín frondoso, organizado con elementos de arquitectura clásica, esculturas y fuentes. La escena transmite un ambiente de calma y refinamiento. Esta pintura resume la capacidad de detenerse y atender a los distintos detalles que a menudo pasan desapercibidos.

                                                                    Porcelanas inglesas.

Carlos de Haes, Un bosque de palmeras (Elche), c. 1861. Óleo sobre papel pegado en cartón. Museo Nacional del Prado

María Luisa de la Riva y Callol de Muñoz, Puesto de flores, c. 1887. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional del Prado.

Francisco Masriera y Manovens, Joven descansando, 1894. Óleo sobre tabla. Museo Nacional del Prado.

Antonio Muñoz Degrain, Los escuchas marroquíes, c. 1879. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional del Prado.

Galleria dei Lavori, Florencia, Placa con pájaros y collar de perles. Primer tercio del siglo XVIII. Taracea. Museo Nacional del Prado.

La Abundancia y los Cuatro Elementos, Jan Brueghel el Viejo, (1568-1525) y Hendrik de Clerck, (ca. 1570-1630), Óleo sobre cobre, 1606, Madrid, Museo Nacional del Prado 

Nicolas Poussin, Les Andelys, Normandía, 1594 - Roma, 1665, Escena báquica, 1626 - 1628. Óleo sobre lienzo, 74 x 60 cm

Este tema es frecuente en la producción de Poussin. Presenta una bacante desnuda sosteniendo un cántaro mientras que un fauno caprípedo, coronado y ceñido por hojas de yedra, bebe de un vaso que levanta un amorcillo. En esta obra, en contraposición a otras posteriores, prima el desarrollo del tema sobre el entorno paisajístico, combinando la mitología con el culto al desnudo. La técnica, rápida y poco cuidada, se combina con una composición muy sencilla donde priman los colores apagados realzados por algunos toques de rojo.

Anónimo, 1525-30, San Jerónimo penitente, 1525 - 1530. Óleo sobre tabla de roble del báltico, 73 x 54,5 cm

La obra muestra una evidente calidad y una gran originalidad en el tratamiento del tema. Debido a su formato vertical, el autor de esta tabla muestra al santo eremita, lejos del monasterio, en primer plano, en el centro de la composición. Al fondo, a la izquierda, aparece una ciudad marítima. Debe señalarse la manera poco habitual en que representa al león que constituye su atributo: el león está matando a una liebre, símbolo de la lujuria. El pintor muestra así de una manera muy gráfica cómo el santo, con su penitencia, pudo vencer las tentaciones.

Pietro Facchetti (Obra copiada de Francesco Salviati; Posiblemente retocado por Pedro Pablo Rubens), Adán recibiendo recibiendo de Eva el Fruto Prohibido, 1602. Óleo sobre lienzo, 174 x 130 cm

Andrea Belvedere (Nápoles, 1652 - Nápoles, 1732), Florero, Hacia 1695. Óleo sobre lienzo, 77 x 65 cm

Pieter Brueghel el Joven (Obra copiada de Jan Brueghel el Viejo), El Paraíso Terrenal, Hacia  1626. Óleo sobre lámina de cobre, 57 x 88 cm 

Cornelys Massys, Amberes, 1510 - Amberes, 1556, Descanso en la Huida a Egipto. Hacia 1540. Óleo sobre tabla, 68 x 112 cm

Anónimo (Discípulo de Joachim Patinir) 1520-30, Descanso en la Huida a Egipto, 1520 - 1530. Óleo sobre tabla, 63 x 112 cm

Taller de Pedro Pablo Rubens (Siegen, Westfalia, 1577 - Amberes, 1640), La diosa Flora, Hacia 1625. Óleo sobre lienzo, 167 x 95 cm

Atribuido a Dirck van der Lisse (La Haya, 1607 - La Haya, 1669), Diana y sus ninfas sorprendidas en el baño por Acteón. Óleo sobre lámina de cobre, 29 x 41 cm

Cornelis van Poelenburch (Utrecht, 1594 - Utrecht, 1667), El baño de Diana, Hacia 1624. Óleo sobre lámina de cobre, 44 x 56 cm

Charles-Joseph Flipart (París, 1721 - Madrid, 1797), Fiesta en un jardín, Mediados del siglo XVIII. Óleo sobre lienzo, 48 x 69 cm

sábado, 6 de junio de 2026

Senderismo (II)

La vía Licea.

La Vía Licea por el litoral sur de Turquía transcurre por el antiguo reino de Licia durante 540 kilómetros, entre los golfos de Fethiye y Antalya, atravesando más de 25 sitios arqueológicos, entre ellos tesoros como Patara, Myra, Simena y Xanthos, incluidos en el club de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Recrea el camino que los licios recorrían con caravanas para transportar mercancías de una a otra ciudad. Marcada como Gran Ruta (dos rayitas, blanca y roja), esta ruta de senderismo por la costa turquesa se recrea en bahías y cabos, playas, patrimonio cultural. 

Su web www.trekkinginturkey.com  

Licia es una hermosa región costera montañosa del suroeste de Anatolia (actual Turquía). En la antigüedad, Licia aparece en la mitología griega;  como las Tierras de Lukka, en textos hititas y del antiguo Egipto; y como pueblo originario de Creta, en los escritos de Heródoto.  En las guerras persas, los licios lucharon a favor de los persas y más tarde cayeron bajo su dominio. En la guerra de Troya fueron aliados de los troyanos, y la Ilíada de Homero menciona a dos de sus líderes guerreros, Glauco y Sarpedón, supuestamente un hijo de Zeus. 

Fethiye.

El proceso de helenización comenzó en el siglo VII a.n.e. con la llegada de colonos griegos desde Rodas. Se dice que los licios eran un pueblo ferozmente independiente y renombrados asaltantes navales. Los textos egipcios los incluyen en una confederación de "pueblos del mar". También eran culturalmente distintos. Cualquiera que fuera su gobernante, conservaban una identidad propia con su propia lengua y escritura. Además, según Heródoto, observaban una descendencia matrilineal, a diferencia de los griegos, que descendían por vía paterna. Como muestra de su individualidad, los licios fueron el último pueblo de Asia Menor en formar parte del Imperio romano, bajo el emperador Claudio.

Por encima del valle de Janto está el pueblo de Dodurga, dentro de la antigua ciudad de Sidyma. Los edificios y tumbas son los originales, aunque modificados más tarde para incorporar adornos helenísticos y romanos. Muchos edificios incorporan piedras antiguas.

Los licios cuidaban el diseño de sus tumbas. Tenían varios tipos y las tumbas muestran con frecuencia influencias griegas, y a veces persas. Quizá las más llamativas sean las excavadas en la roca viva, como las de Pinara. Esta ciudad fue una de las seis principales de Licia, asentada desde el siglo V a.n.e. Una imponente acrópolis se eleva sobre la antigua ciudad, con su acantilado de color rojo óxido repleto de cientos de sencillas tumbas rectangulares.  “Tumba Real” (excavada en la ladera, frontón y friso, relieves en el pórtico), templo (quizá dedicado a Afrodita), calle comercial, teatro de estilo griego.




Las antiguas ruinas del teatro de Patara.

Patara nos ofrecerá la mejor playa encabezada por el inmenso teatro, mientras que ciudades antiguas como Tlos, Janto o Arykanda dibujan las antiguas civilizaciones.

 


Importante parada es Kalkan, antes de un duro ascenso hasta Berzigan, una aldea de granjeros con una hilera de pequeños graneros de madera, en los que se conservaban las manzanas de cada cosecha antes de ser transportadas a los distintos mercados.

Tras pasar Gökçeören, la senda continúa entre bosques de pinos, montañas y pequeñas colinas. Un pequeño desvío lleva a otra joya arqueológica: las ruinas de Phellos. Sarcófagos y tumbas de piedra arenisca aparecen aquí sin un aparente orden.

 

Kaş, una población costera turística.

Üçagiz

Para ver lo más tradicional de la cultura turca podremos ir hasta pueblos tan bien conservados como Üçagiz. En el camino hay playas increíbles, como la de Üzüm Iskelesi, y las ruinas de Aperlae, una antigua ciudad que fue destruida por un terremoto. Casas y tumbas ahogadas en la orilla del mar, ciudad sumergida de Kelova. Üçagiz es un pequeño pueblo que se encarama sobre una colina, siendo su castillo, Simena, el mejor mirador posible con castillo medieval. 



Podemos visitar el emplazamiento pantanoso del templo y oráculo piscícola de Apolo (en Sura), el asentamiento de Kaleköy o Kayaköy, antigua Levissi, cuyos habitantes cristianos fueron obligados a marchar a Grecia en 1922-23. Otra excursión puede ser a Fellos, alta ciudadela, con increíbles tumbas excavadas en la roca. 





La siguiente parada de interés es Demre, una ciudad en la que, debido a su proximidad a una próspera mina natural de piedra caliza, se fabricaban sarcófagos mortuorios. En las afueras de Demre, se hallan las ruinas de Myra, con una imponente fortaleza y un anfiteatro.

 

Las ruinas de Mira.

 

Entre los puntos naturales obligatorios de la Vía Licia, encontramos el cañón de Saklikent, que se puede recorrer en rafting o por una pasarela de madera, o la cala de Kaputas encajada entre acantilados.

Hacia el interior quedan las ruinas de Alakilisie, un bello templo del siglo VI al que también se le conoce con el nombre de Iglesia del Ángel Gabriel. Finike, previo paso por las extrañas tumbas licias de Belos. Aquí comienza la última parte de la Ruta Licia. Una de las mejores zonas de acampada de toda la ruta: el faro de Gelidonya. 

                        El faro de Gelidonya, una de las mejores vistas de la Ruta Licia. 

Continuando hacia el norte, la senda discurre por Adrasan antes de ascender a las magníficas ruinas del mítico Monte Olimpo. Aquí aún se pueden admirar los restos de la muralla de la ciudad, la necrópolis, los baños y un teatro. Cerca de allí, una fantástica playa es el lugar ideal para darse un baño antes de descansar en la población de Çirali. Junto a Çirali, se puede tomar un pequeño desvío para observar una rareza de la naturaleza. 



En el monte Quimera unas llamas llevan encendidas, y de forma natural, desde hace milenios. Parece que el culpable de este fenómeno es el gas metano que generan las rocas.

Las misteriosas llamas del Monte Quimera. 

 


Más adelante, cerca de la ciudad de Kemer, aguardan las últimas ruinas de la Ruta Licia. Las ruinas de Fasélide Los restos de esta poderosa ciudad, fundada por los rodios hace 2.700 años e importante centro comercial entre Grecia, Asia, Fenicia y Egipto, antes de ser arrebatada a los licios por los persas.

Las ruinas de Fasélide invadidas por la Naturaleza.

 

 

Camino de la costa de Bretaña.

La costa de la Bretaña francesa, esculpida por los embates del Atlántico, da la impresión de ser más salvaje que otros lugares. Los que conocían bien este escenario eran los aduaneros que, en 1791, crearon un sendero para vigilar la costa contra los contrabandistas. Bonaparte instauró un peaje muy oneroso para los productos importados, lo que impulsó el contrabando proveniente del mar. Para evitarlo, creó 35.000 aduaneros para vigilar todos los tramos de la costa. El sendero fue olvidado y recuperado, por lo que el GR 34 es conocido también como Sentier des Douaniers (Sendero de los Aduaneros). Son nada menos que 1.800 los kilómetros que bordean todo el litoral bretón, desde el famoso Monte Saint-Michel hasta Saint-Nazaire, cerca de Nantes, en la desembocadura del río Loira.

El trayecto está punteado por puntas rocosas, acantilados, dunas, indómitas playas y calas en lugares tan míticos como la costa Esmeralda, la costa del Granito Rosa, la península de Quiberon o el golfo de Morbihan, con sus mil y una islas. Además, típicos pueblos bretones, con sus barcas de pesca, sus restaurantes de crêpes.

El Mont-Saint-Michel, Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, es el mejor inicio. Es un lugar impactante, utilizado por tribus célticas que ocupaban el bosque de Scissy, en los alrededores, para entregarse a sus cultos druídicos a Belenus, dios galo del sol.


La Pointe du Grouin
, a 7 km -a través de bosques de aulagas y pinos- de Cancale, es un lugar ideal para descubrir la hermosa Costa Esmeralda, con sus aguas turquesas y sus bahías escondidas. Desde la punta, la vista abarca un panorama impresionante, desde Cap Fréhel hasta Granville, incluyendo la bahía de Mont Saint-Michel. Frente a la costa, aparecen las islas Chausey. La costa alterna acantilados escarpados y hermosas playas de arena encajadas entre promontorios rocosos. 


Antes de Saint-Malo, está la zona de Saint-Coulom, y la Ile du Gesclin. Después de Saint-Malo puede verse el fuerte de La Latte, castillo medieval en la comuna de Plévenon, la costa de Goëlo. Después se llega al cabo Fréhel atravesando una landa de brezo de color rosa-púrpura. Alrededor se ven acantilados, pequeñas calas y un faro con magníficas vistas. Cerca, el cap d´Erquy, con acantilados, playas salvajes y el páramo de brezo.



De Paimpol a Perros-Guirec las rocas brillan, moteadas de granito rosa. Las construcciones son del mismo color. Esta costa es inmediatamente reconocible. Es un pequeño paraíso para las aves. Los aficionados a la observación de aves y a las reservas naturales estarán encantados. El paso por la isla de Bréhat, muy cerca de Paimpol, es muy recomendable. Senderos de Ploumanac´h, islas, calas de arena fina. Playa de Port Blanc, con un arco de roca modelado por el océano.

Otro tramo va de Plougasnou a Saint Paul de Léon. Cerca de Plugasnou está la Pointe de Primel (menhir). Recorrido con muchos islotes. Reservas de ornitología y ostricultura. El contraste con la Costa de Granito Rosa es sorprendente, al perderse la presencia mineral característica. Hasta Saint Paul de Léon todo es la bahía de Morlaix, salpicada de islotes. Sendero con pendiente pronunciada. Punta de Pen al Lann (playa de Tahití, islote de Louët, castillo de Taureau). Península de Carentec, isla Callot, accesible con marea baja.




Desde la punta Saint Mathieu hay una vista de 180° desde la isla de Ouessant hasta la isla de Sein. Buen panorama al atardecer. 




Se llega a Brest. Enfrente, la península de Crozon. Escarpados promontorios naturales rodeados de aguas turquesas, entorno idílico. Desde Cap de la Chèvre, se puede admirar otra vista marítima de 180° de la bahía de Douarnenez hasta Pointe du Raz. Otro lugar ineludible es Pen-Hir, con sus rocas en forma de escalera. Entre la punta de Raz y la punta Penière las rocas son más oscuras. Hay pequeñas calas pedregosas y un faro.

 


Faro de Ploumanac´h


En la Península de Quiberon las playas son mucho más grandes. El entorno es más tranquilo, está menos expuesto al oleaje, los paisajes son más suaves. Una nueva Bretaña, más familiar. El pequeño puerto pesquero de Portivy es el lugar perfecto para disfrutar de la puesta de sol sobre el océano. Estamos más cerca del estuario del Loira y del final en Saint-Nazaire.