Botánica y arte.
En el palacete medieval del CaixaForum de Girona se ha inaugurado una exposición que une la botánica y el arte: "La botánica en el arte. Las plantas en las colecciones del Museo del Prado". La muestra está estructurada en cuatro secciones principales que exploran distintos ámbitos: Plantas que cuentan historias, El Prado es un jardín, El gusto por las plantas y Las emociones en el paisaje.Las especies vegetales, más allá de su papel de mero
escenario u ornamento, aportan una interpretación más profunda de las obras de
arte. La exposición pretende recuperar un lenguaje perdido, más allá del
impacto visual. Las plantas servían para una gran variedad de propósitos, como
expresar un sentimiento, mostrar el linaje de la casa noble a la que pertenecía
el retratado, resumir un ritual mitológico, enseñar alguno de los dogmas de fe
de la religión católica... También se pueden rastrear los distintos usos que se
les daban a las plantas en otros países, como en el caso de los sauces
(Salix spp.), frecuentes protagonistas en los paisajes del norte de
Europa. Además de advertir cómo se refuerzan mensajes políticos, religiosos o
históricos, se pone de manifiesto el protagonismo del mundo vegetal en grandes
obras maestras.
Una de las peculiaridades de esta iniciativa es que la gran mayoría de las piezas se muestran emparejadas, para conseguir un diálogo entre ambas que enseñan aspectos complementarios o incluso contrapuestos. Como ejemplo, el clavel (Dianthus caryophyllus) aparece con una simbología antagónica: sentimiento eterno del amor y el paso efímero por esta vida.
Para terminar, en una última sala que despide al visitante,
se lee un párrafo que ejerce de florido corolario a tanta hermosura: “La
brisa desata un murmullo entre las hojas que relata lo innegable: apreciar la
botánica en las obras de arte añade un motivo más de disfrute, como cuando se
pasea por un jardín, donde todos los sentidos se estimulan al son de las
plantas. Esta exposición ha sembrado una primera semilla que germinará y
también traerá las primeras flores”.
Jan Brueghel el Viejo; Hendrik de Clerck, La Abundancia y
los Cuatro Elementos, 1606, óleo sobre cobre. Museo Nacional del Prado
La selección de obras: una mirada transversal
La exposición reúne 53
obras que abarcan un amplio arco cronológico y una notable diversidad de
escuelas, géneros y técnicas, pero lejos de plantear un recorrido cronológico o
estilístico, la muestra adopta un criterio transversal: el elemento común que
enlaza todas las piezas es la presencia significativa de especies botánicas. En
algunos casos, incluso se han escogido piezas por sus marcos, cuando sus
motivos vegetales son relevantes, como Fiesta en un jardín, de
Charles-Joseph Flipart.
Jan van Kessel el
Viejo, Bodegón de flores, 1633-1666. Óleo sobre cobre. Museo Nacional del
Prado.
Recorrido expositivo
El itinerario se abre
con un espacio introductorio que actúa como síntesis visual y conceptual de la
exposición. Cuatro obras, procedentes de épocas y contextos distintos,
anticipan los contenidos de los cuatro ámbitos en los que se articula la
muestra.
La dimensión narrativa de las plantas se ejemplifica con la obra La Virgen con el Niño, san Juan y ángeles (1536), de Lucas Cranach el Viejo, donde un racimo de uvas simboliza la aceptación del sacrificio que Jesús asumirá en su vida adulta. El espacio dedicado a la jardinería y el goce estético se introduce con Bodegón de flores (1663-1666), obra de Jan van Kessel el Viejo, una composición repleta de tulipanes, rosas y lirios. El ámbito en el que se aborda la sensualidad de los frutos se adelanta con el bodegón del siglo XVII Mesa, de Jan Davidsz De Heem, en el que las texturas y brillos de distintas frutas cobran protagonismo. La carga emocional del paisaje, por último, se preludia con el óleo Las huertas (Cuenca) (1910), de Aureliano de Beruete, que destaca los tonos verdes de la vegetación y subraya la identidad de la ciudad, mostrando su carácter austero.
Aureliano de Beruete (Madrid, 1845 - Madrid, 1912), Las
huertas (Cuenca), 1910. Óleo sobre lienzo, 66 x 100 cm
Entre los discípulos de Carlos de Haes, introductor del realismo en el paisaje español, uno de los más destacados fue Aureliano de Beruete. Su concepto del paisajismo evolucionará desde esos postulados estéticos hacia el naturalismo e incluso hacia posiciones cercanas al impresionismo, como en esta obra. En su campaña en Cuenca optó por representarla desde abajo, desde las huertas que se forman al lado del río Huécar. La espectacularidad de la ciudad desde esta parte es mucho mayor que desde las orillas del río Júcar. Beruete consigue subrayar así la verdadera identidad de la ciudad, que se encuentra en este tipo de vista más que en un edificio civil o religioso concreto. Beruete supo captar la esencia de la ciudad, la unión entre la arquitectura y la naturaleza y su largo pasado histórico, que ahora dormía en una inevitable decadencia.
Jacopo Amigoni, La
infanta María Antonia Fernanda de Borbón, c. 1750. Óleo sobre lienzo. Museo
Nacional del Prado
Plantas que cuentan historias
El primer ámbito
temático profundiza en la capacidad narrativa del mundo vegetal. Las obras
muestran cómo, desde antiguamente, las plantas han actuado como portadoras de
significados simbólicos vinculados a lo religioso, lo mitológico, lo político o
lo sentimental.
En La infanta
María Antonia Fernanda de Borbón, de Jacopo Amigoni, c. 1750, por ejemplo,
una joven en edad casadera sostiene un clavel, que alude al compromiso afectivo
que la une, o la unirá, a otra persona en matrimonio.
Otro ejemplo se
encuentra en una Crucifixión anónima del siglo XVI en la que
aparece un gordolobo, una planta de pequeñas flores amarillas, que se utilizaba
como cirio en ceremonias como los funerales, por lo que refuerza su temática
mortuoria.
Herman van Swanevelt (Woerden (Holanda), 1603 - París,
1655), Paisaje con un cartujo (¿san Bruno?), 1636 - 1638. Óleo sobre lienzo,
158 x 234 cm
El Prado es un
jardín
La segunda sección
explora el jardín como espacio real y como construcción simbólica. A lo largo
de la historia del arte, el jardín se ha concebido como lugar de armonía, de
conocimiento, placer estético o retiro espiritual. Por este motivo el ámbito
también rinde homenaje al jardinero, figura que actúa casi como un demiurgo, ya
que da forma y armoniza ese pequeño universo con una voluntad creativa que se
asemeja a la de los artistas. Esta reverencia ante la figura del jardinero se
aprecia en pinturas como Paisaje con un cartujo, de Herman van
Swanevelt, donde un monje cuida un jardín de plantas bulbosas.
Jan Davidsz. de Heem, (Utrecht, 1606 - Amberes, 1683),
Mesa. Óleo sobre tabla de madera de
roble, 49 x 64 cm
El gusto por las
plantas
El tercer ámbito se
adentra en la dimensión sensorial del mundo vegetal. Las plantas, especialmente
las que producen frutos comestibles, estimulan varios sentidos. El bodegón,
género central en esta sección, permite apreciar la fascinación por las
texturas, los brillos y los matices cromáticos de distintas frutas. En
ocasiones, como en Placa con taza que contiene frutas y mariposa, de finales
del siglo XVII, las composiciones reúnen frutos de distintas estaciones en una
misma escena, desafiando la lógica natural en favor de una imagen de
abundancia.
Otros bodegones de
esta sección permiten adivinar los gustos y costumbres de su época. En el óleo
atribuido a Abraham Brueghel y a Guillaume Courtois titulado Bodegón. Hombre
con mono y frutas (1660-1670) aparecen dos tipos de cítricos muy
valorados en la Europa del s. XVII: el naranjo amargo variegado y el naranjo
“corniculata”, que reflejan la fascinación que despertaron los cítricos en los
jardines nobiliarios.
Simon de Vlieger (Rotterdam, 1600 - Weesp, 1653), Bosque, 1640 - 1645. Óleo sobre tabla, 61 x 61 cm
Las emociones en el paisaje
El cuarto ámbito de la exposición aborda la dimensión
expresiva del paisaje. Los bosques y jardines no son simples fondos para
decorar una escena: sirven como recursos para transmitir estados de ánimo y
construir atmósferas.
En Bosque con jinetes y perros (1625-1630), Hendrick
Cornelisz. Vroom representa un amplio camino flanqueado por robles, al fondo
del cual una cacería no altera la sensación de calma que transmite el paisaje,
marcado por la quietud de los árboles.
En contraste, Bosque (1640-1645), de Simon de
Vlieger, presenta otro roble, esta vez sacudido por el viento en plena
tormenta. Esta especie de árbol es usada para simbolizar la fortaleza y la
resiliencia necesarias para hacer frente al temporal.
Hendrick Cornelisz. Vroom (Haarlem, 1566 - Haarlem, 1640),
Bosque con jinetes y perros, 1625 - 1630. Óleo sobre tabla, 55 x 61 cm
Entre dos masas compactas de encinas discurre un camino
hacia el horizonte. Un cazador avanza entre los árboles de la izquierda
siguiendo a los dos galgos que, al fondo, cruzan el camino. Responde al tipo de
paisaje de bosque cultivado. Los árboles ocupan casi toda la superficie. Entre
los troncos y las pequeñas ramas sobresalientes se filtra la luz desde el
fondo, lo que contribuye a dar una sensación de gran profundidad espacial. El
color está aplicado con una pincelada pequeña y densa.
Escenas en un jardín, Giovanni Battista Colombo, c. 1765.
Epílogo: Un murmullo entre las hojas
En el óleo aparecen
diversos personajes elegantes en un jardín frondoso, organizado con elementos
de arquitectura clásica, esculturas y fuentes. La escena transmite un ambiente
de calma y refinamiento. Esta pintura resume la capacidad de detenerse y
atender a los distintos detalles que a menudo pasan desapercibidos.
Porcelanas inglesas.
Carlos de Haes, Un
bosque de palmeras (Elche), c. 1861. Óleo sobre papel pegado en cartón. Museo
Nacional del Prado
María Luisa de la
Riva y Callol de Muñoz, Puesto de flores, c. 1887. Óleo sobre lienzo. Museo
Nacional del Prado.
Francisco Masriera
y Manovens, Joven descansando, 1894. Óleo sobre tabla. Museo Nacional del
Prado.
Antonio Muñoz
Degrain, Los escuchas marroquíes, c. 1879. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional
del Prado.
Galleria dei Lavori, Florencia, Placa con pájaros
y collar de perles. Primer tercio del siglo XVIII. Taracea. Museo Nacional del
Prado.
La Abundancia y los Cuatro Elementos, Jan Brueghel el Viejo, (1568-1525) y Hendrik de Clerck, (ca. 1570-1630), Óleo sobre cobre, 1606, Madrid, Museo Nacional del Prado
Nicolas Poussin, Les Andelys, Normandía, 1594 - Roma, 1665, Escena báquica, 1626 - 1628. Óleo sobre lienzo, 74 x 60 cm
Este tema es frecuente en la producción de Poussin. Presenta una bacante desnuda sosteniendo un cántaro mientras que un fauno caprípedo, coronado y ceñido por hojas de yedra, bebe de un vaso que levanta un amorcillo. En esta obra, en contraposición a otras posteriores, prima el desarrollo del tema sobre el entorno paisajístico, combinando la mitología con el culto al desnudo. La técnica, rápida y poco cuidada, se combina con una composición muy sencilla donde priman los colores apagados realzados por algunos toques de rojo.
Anónimo, 1525-30, San Jerónimo penitente, 1525 - 1530. Óleo sobre tabla de roble del báltico, 73 x 54,5 cm
La obra muestra una evidente calidad y una gran originalidad en el tratamiento del tema. Debido a su formato vertical, el autor de esta tabla muestra al santo eremita, lejos del monasterio, en primer plano, en el centro de la composición. Al fondo, a la izquierda, aparece una ciudad marítima. Debe señalarse la manera poco habitual en que representa al león que constituye su atributo: el león está matando a una liebre, símbolo de la lujuria. El pintor muestra así de una manera muy gráfica cómo el santo, con su penitencia, pudo vencer las tentaciones.
Pietro Facchetti (Obra copiada de Francesco Salviati; Posiblemente retocado por Pedro Pablo Rubens), Adán recibiendo recibiendo de Eva el Fruto Prohibido, 1602. Óleo sobre lienzo, 174 x 130 cm
Andrea Belvedere (Nápoles, 1652 - Nápoles, 1732),
Florero, Hacia 1695. Óleo sobre lienzo, 77 x 65 cm
Pieter Brueghel el Joven (Obra copiada de Jan Brueghel el Viejo), El Paraíso Terrenal, Hacia 1626. Óleo sobre lámina de cobre, 57 x 88 cm
Cornelys Massys, Amberes, 1510 - Amberes, 1556, Descanso
en la Huida a Egipto. Hacia 1540. Óleo sobre tabla, 68 x 112 cm
Anónimo (Discípulo de Joachim Patinir) 1520-30, Descanso en la Huida a Egipto, 1520 - 1530. Óleo
sobre tabla, 63 x 112 cm
Taller de Pedro Pablo Rubens (Siegen, Westfalia, 1577 -
Amberes, 1640), La diosa Flora, Hacia 1625. Óleo sobre lienzo, 167 x 95 cm
Atribuido a Dirck van der Lisse (La Haya, 1607 - La Haya,
1669), Diana y sus ninfas sorprendidas en el baño por Acteón. Óleo sobre lámina de cobre, 29 x 41 cm
Cornelis van Poelenburch (Utrecht, 1594 - Utrecht, 1667),
El baño de Diana, Hacia 1624. Óleo sobre lámina de cobre, 44 x 56 cm
Charles-Joseph Flipart (París, 1721 - Madrid, 1797),
Fiesta en un jardín, Mediados del siglo XVIII. Óleo sobre lienzo, 48 x 69 cm


























































