domingo, 14 de junio de 2026

Quintanilla de las Viñas

Una de las joyas de la arquitectura prerrománica española se encuentra en esta pequeña localidad de la provincia de Burgos. Se trata de la ermita de Santa María, enclavada en un paraje natural de gran belleza, entre farallones calizos, en el alfoz de Lara, una tierra rica en historia con lugares importantes cercanos como la localidad medieval de Covarrubias, el monasterio de Santo Domingo de Silos y las ruinas de San Pedro de Arlanza. Es la cuna de Castilla. Lo que hoy podemos ver no es sino una pequeña parte del templo original, la cabecera y parte del crucero. Este templo quizá formó parte del conjunto monacal de Santa María de Lara, citado en fuentes medievales, y dependió del monasterio de San Pedro de Arlanza. Después perdió importancia y cayó en el olvido. Sobre su origen hay dos teorías.

Ruinas del castillo de Lara, al fondo.

Sobre la primera teoría, la de que sea una iglesia visigótica construida antes del año 711, se argumenta la semejanza arquitectónica con otras iglesias visigóticas, detalles como el arco de herradura central, los sillares colados a hueso, sin argamasa, y el tipo de planta. También hay similitudes con el friso de la supuesta iglesia visigoda de San Pedro de la Nave (Zamora). El nombre Flámola, que aparece en la inscripción como donante, era habitual en la época. No tiene necesariamente que referirse a la Flámola, esposa del conde Gonzálo Téllez, del siglo X, y de ser esa mujer, puede no referirse a la fundación sino a una reforma posterior. Sería una de las últimas que se construyeron, junto a Santa María de Melque y San Pedro de la Nave, antes de la invasión musulmana.

La segunda teoría, iglesia prerrománica, también tiene argumentos. Es el momento en que el territorio comienza a revitalizarse, por lo que sería un templo prerrománico de repoblación. La citada como donante, Flámola, sería la esposa del conde de Lara Gonzalo (Gundisalvo) Téllez, que fundaron los monasterios de Arlanza y Lara. Los frisos, con sus figuras de animales, presentan influencia del arte persa sasánida, que solo pudo llegar a Castilla a través del Califato de Córdoba. El uso de grandes bloques prismáticos como capiteles se presenta también en la arquitectura prerrománica asturiana. Los rasgos de los personajes son comparables a los de los primeros Beatos. Se ha interpretado en los monogramas del ábside la referencia a la fecha de construcción, con Alfonso IV como rey de León y Fernán González como conde de Castilla, años 925-930.

También se ha apuntado la posibilidad de que la iglesia perteneciese a un grupo no católico, puesto que la España visigoda era muy heterogénea religiosamente y el catolicismo tenía tendencias como la arriana o las gnósticas y maniqueas orientales. Con estas últimas se relacionan la representación masculina del sol y la femenina de la luna del arco triunfal, además de las uvas y otros elementos, aunque el sol como divinidad tuvo arraigo en las religiones precristianas.

Maquetas: a la izquierda, la iglesia original; a la derecha, la iglesia actual.

La estructura varía con respecto a las iglesias anteriores y conecta la arquitectura visigoda de finales del siglo VII, San Pedro de la Nave, con las primeras iglesias asturianas (Santianes de Pravia, San Julián de los Prados). Los detalles son la existencia de una nave transversal, de la misma anchura que la nave central, en combinación con una planta basilical; naves laterales mucho más estrechas que en los monumentos anteriores, como en las iglesias asturianas; nave central y la del crucero muy altas y cubiertas posiblemente por techo de madera; pórtico con aposentos laterales, que permite pensar en la existencia encima de una tribuna, que aparece en San Giao de Nazaré y que sería habitual en la arquitectura asturiana.

Es probable que la construcción primitiva quedara inacabada por la falta de hallazgos arqueológicos y por encontrarse en el interior grandes bloques de piedra, adornados con bajorrelieves con reproducciones antropomorfas que dan la impresión de no haber sido utilizados. Están sin decorar tres de los medallones en el exterior del ábside rectangular, que parecen preparados para ser labrados con monogramas de letras enlazadas al estilo visigótico, continuando la dedicatoria de los otros tres. Así se demuestra la posibilidad de que parte de la decoración en los edificios visigóticos se esculpiera sobre los muros ya construidos, lo que explicaría la escasez de decoración de Santa María de Melque, debida, quizá, a que no fue terminada ante la invasión musulmana.

 



La iglesia funciona con dos zonas diferenciadas, cada una con su acceso propio. La occidental formada por el porche, el aula, con su sala, sus habitaciones laterales y una posible tribuna; y la oriental, de carácter monástico, por el transepto -coro y distribuidor-, las sacristías y el santuario. No hay canceles decorados, pero sí dos soportes de altar en mármol.

 

Se reutilizaron sillares de origen romano. Construida con grandes sillares de caliza gris colocados a hueso, sin argamasa, y franjas de decoración esculpida en piedra calcárea más clara. La piedra empleada es de tres tipos. Por un lado, piedra caliza amarilla y blanca, procedente de las cercanas canteras de Hontoria ( Catedral de Burgos, Arco de Santa María). También se utiliza piedra arenisca marrón y mármol para algunas columnas. Para el abovedamiento se emplea toba calcárea.

Hay sillares en ángulo, para trabar mejor los dos muros en los cuatro rincones angulares del crucero. No hay contrafuertes y no se contrarresta el peso de las bóvedas, salvo mediante el grosor de los muros, por eso éste y otros templos visigodos se han derrumbado en parte. A la entrada de la capilla mayor, las columnas son decorativas, no sustentantes.


Planta
de cruz latina, con tres naves en el brazo principal rectangular, las dos laterales divididas en tres aposentos y separadas de la central por muros con vanos de acceso. El transepto era otra nave de la misma altura que la central, con pórticos laterales que sobresalían como el ábside, rectangular tanto al interior como al exterior. A ambos lados del crucero se abrían dos estancias. A los pies había un pórtico de acceso con dos aposentos laterales. El templo era de dimensiones amplias, 23 x 21(parte más ancha) m.

La cabecera y las naves laterales estaban abovedadas. El ábside (cuadrado, lado 3,5 m) se cubría por bóveda baída (quedan los arranques) y las naves laterales y posiblemente el cimborrio central por bóveda de aristas. No han quedado indicios de las cubiertas de la nave central y el crucero. Quizá fuese totalmente abovedado.

La solución es similar a la utilizada en el grupo de iglesias cuya estructura está preparada para transepto y crucero con cimborrio abovedados: Santa Lucía de El Trampal (prov. Cáceres, incompleta), Santa María de Melque (prov. Toledo), San Pedro de La Nave (prov. Zamora, restaurada) y Santa Comba de Bande (prov. Orense, abovedada de ladrillo). En este grupo, muros corridos soportan las bóvedas del transepto de modo que, cuando el aula es de tres naves (El Trampal, La Nave y Quintanilla), los extremos orientales de sus naves laterales, que dan al transepto, se cierran por esos muros. Pese a ello, estas iglesias presentan notables diferencias entre sí.

La existencia de una bóveda en la sala central de Quintanilla se había planteado como imposible porque su luz (5 m) supera el límite que se considera normal para una bóveda de su época. Y porque sus muros y las estructuras laterales no contrarrestarían sus empujes. Pero, bien mirado, estas son las causas que podrían confirmar que la sala estaba abovedada y que sus empujes provocaron la ruina, que debió producirse enseguida dado que el solar fue ocupado por una necrópolis de plena Edad Media. En la segunda mitad del s. XIV, la ruina obligó a que Andrés, abad de Arlanza, trasladase los restos de familiares de Fernán González. La parte oeste se cerró con un muro hecho con sillares de la ruina.


En la entrada del ábside se conserva un arco toral inequívocamente visigodo, con forma de herradura que se prolonga ¼ del radio, con trasdós inferior divergente y dovelas perfectamente centradas con clave central e impostas sobre columnas. Es el arco de herradura más perfecto que queda de la arquitectura visigoda.

La iglesia posee una magnífica decoración esculpida, tanto interior como exterior, de talla a dos planos y con las figuras a bisel.

En el interior de la capilla mayor quedan fajas de hiladas de piedra resaltadas, quizá destinadas a ser decoradas, que no se terminaron, y al exterior las fajas decoradas están separadas por una hilada de piedra ancha y lisa. Las ventanas no son saeteras por fuera, pero por dentro sí tienen un fuerte derrame. 

En el exterior consiste en dos franjas decorativas, en piedra calcárea de color más claro que el resto, que recorren los muros de la cabecera y del frente del crucero, con una tercera en el testero. La cabecera tiene tres frisos corridos esculpidos (decorados con bajorrelieves, de talla plana y con fondo neutro) de parecida anchura, decorados todos con roleos, cintas entrelazadas y sogueadas que forman círculos tangentes. Los dos inferiores no sólo decoran el ábside, sino que continúan por los muros orientales de los brazos del transepto. Sin embargo, el friso superior sólo ocupa el centro del testero.




En el superior predominan los cuadrúpedos (toros, grifos, leopardos y ciervos), también aves en círculos en lazados y motivos vegetales.







En el intermedio hay medallones en los que se representan aves (quizás perdices y pavos reales -inmortalidad-), grandes flores de seis pétalos -símbolo de Cristo-, rosetas y tres misteriosos monogramas en el lado norte del testero:





El último monograma puede interpretarse como F(e)C(e)R(u)N(t). Por lo que los otros dos serían dos nombres de persona: ¿F(l)AN(o)L(a)? y ¿DAN(i)L(a)? ¿Recuerdan a los canteros o a los donantes de la iglesia? En la parte sur del propio testero, quedaron los huecos preparados para otros tres monogramas que no se llegaron a tallar.



La inferior consiste en un largo tallo ondulado con racimos o flores de cinco hojas en las inflexiones, que recuerdan a los motivos vegetales del “maestro de Nave”. Tiene como protagonistas los elementos vegetales: róleos dobles continuos que rodean hojas y racimos.

En la actualidad se penetra al templo por una pequeña puerta abierta en el lado oriental del brazo sur del transepto.




En el interior destaca el imponente arco toral, el más perfecto de la arquitectura prerrománica española. Es un arco de herradura peraltado, característico del arte visigodo). Las dovelas del arco se decoran con relieves similares a los del exterior (palmetas, racimos de uvas y aves). El arco descansa sobre dos enormes bloques trapezoidales que hacen la función de capiteles. Sus frentes están decorados con excepcionales relieves de gran belleza plástica y valor simbólico. En cada uno de los dos capiteles aparece representada una pareja de ángeles enfrentados en pleno vuelo sosteniendo un medallón circular. En el interior de los medallones, representaciones antropomorfas.


En el capitel sur, del sol radiante, un busto humano con los cabellos erizados como rayos, representado como figura masculina imberbe. Sus siluetas con trazos incisos destacan con poco relieve sobre un fondo plano. Encima de la figura tenemos su nombre en letra visigoda: SOL. En el borde superior de este sillar aparece una inscripción con el siguiente texto: "OC EXIGVVM EXIGVA OFF(ert) D(e)O FLAMMOLA VOTUM" que se traduce como "La humilde Flamola ofrece este pequeño presente como un voto a Dios", siguiendo una fórmula utilizada también por Alfonso II el Casto en San Salvador de Oviedo.

Se cree que Flammola, que era hermana de la Condesa Munia, madre de Fernán González, había ordenado restaurar este edificio. La zona de Lara sufrió sucesivas destrucciones y repoblaciones en los siglos VIII y IX y en la iglesia del monasterio fundado junto a Santa María de las Viñas se enterró a la familia de Fernán González (los restos de él probablemente se trasladaron después a San Pedro de Arlanza).



En el otro bloque, situado en la imposta izquierda, en el norte, aparece la misma composición, pero representando a la luna de forma poco habitual como un personaje masculino con barba, así como los dos ángeles sosteniendo el círculo con el nombre LUNA.

Por último, una pareja de columnas de mármol aparenta soportar el arco. 



Encima de la clave del arco hay otro bloque de piedra tallado. Representa a Jesucristo barbado con nimbo crucífero y en actitud de bendecir. Se especula que los dos bloques representando a los evangelistas pudieran estar situados a ambos lados de este último bloque.



 


Además, hay otros dos grandes sillares tallados descontextualizados. Pudieron formar parte de un segundo arco toral arruinado. En ambos, de nuevo, dos figuras antropomorfas rodeadas por ángeles. Una de ellas porta una cruz patada, procesional, en la mano. Seguramente, representación de Cristo. La otra tiene la mano sobre el pecho. Puede tratarse de una mujer. En ese caso, sería la Virgen María. Aunque el hecho de que no lleven nimbo podría indicar a los donantes.

 


Existe un segundo grupo de decoración formado por siete grandes bloques de piedra con relieves iconográficos, bajorrelieves que se caracterizan por su aspecto casi de grabados, inscritos en un marco de piedra; representan temas historiados y se distinguen por el expresionismo de que aparecen dotadas las proporciones de los personajes. El estilo decorativo es absolutamente lineal; las figuras están de frente y recortadas en un solo plano sobre un fondo profundo, pero sin planos interiores. 






El muro del testero es plano con una ventana de medio punto en el centro. La mesa del altar bajo este vano está soportada por un capitel romano de acarreo.

 











miércoles, 10 de junio de 2026

Botánica y arte.

En el palacete medieval del CaixaForum de Girona se ha inaugurado una exposición que une la botánica y el arte: "La botánica en el arte. Las plantas en las colecciones del Museo del Prado". La muestra está estructurada en cuatro secciones principales que exploran distintos ámbitos: Plantas que cuentan historias, El Prado es un jardín, El gusto por las plantas y Las emociones en el paisaje.

Las especies vegetales, más allá de su papel de mero escenario u ornamento, aportan una interpretación más profunda de las obras de arte. La exposición pretende recuperar un lenguaje perdido, más allá del impacto visual. Las plantas servían para una gran variedad de propósitos, como expresar un sentimiento, mostrar el linaje de la casa noble a la que pertenecía el retratado, resumir un ritual mitológico, enseñar alguno de los dogmas de fe de la religión católica... También se pueden rastrear los distintos usos que se les daban a las plantas en otros países, como en el caso de los sauces (Salix spp.), frecuentes protagonistas en los paisajes del norte de Europa. Además de advertir cómo se refuerzan mensajes políticos, religiosos o históricos, se pone de manifiesto el protagonismo del mundo vegetal en grandes obras maestras.


Una de las peculiaridades de esta iniciativa es que la gran mayoría de las piezas se muestran emparejadas, para conseguir un diálogo entre ambas que enseñan aspectos complementarios o incluso contrapuestos. Como ejemplo, el clavel (Dianthus caryophyllus) aparece con una simbología antagónica: sentimiento eterno del amor y el paso efímero por esta vida. 


Los sentidos son estimulados por la muestra, con hermosas fotos de las plantas al natural realizadas por la artista valenciana Paula Codoñer; con cinco estaciones olfativas que ofrecen fragancias de plantas que aparecen en el recorrido, como la del azahar o de la rosa de mayo; con la recreación del ambiente de un jardín pintado en 1765 por Giovanni Battista Colombo (1717-1793), con el sonido de una fuente o los cantos de mirlos y petirrojos. 

Para terminar, en una última sala que despide al visitante, se lee un párrafo que ejerce de florido corolario a tanta hermosura: “La brisa desata un murmullo entre las hojas que relata lo innegable: apreciar la botánica en las obras de arte añade un motivo más de disfrute, como cuando se pasea por un jardín, donde todos los sentidos se estimulan al son de las plantas. Esta exposición ha sembrado una primera semilla que germinará y también traerá las primeras flores”.

Jan Brueghel el Viejo; Hendrik de Clerck, La Abundancia y los Cuatro Elementos, 1606, óleo sobre cobre. Museo Nacional del Prado

La selección de obras: una mirada transversal

La exposición reúne 53 obras que abarcan un amplio arco cronológico y una notable diversidad de escuelas, géneros y técnicas, pero lejos de plantear un recorrido cronológico o estilístico, la muestra adopta un criterio transversal: el elemento común que enlaza todas las piezas es la presencia significativa de especies botánicas.  En algunos casos, incluso se han escogido piezas por sus marcos, cuando sus motivos vegetales son relevantes, como Fiesta en un jardín, de Charles-Joseph Flipart.

Jan van Kessel el Viejo, Bodegón de flores, 1633-1666. Óleo sobre cobre. Museo Nacional del Prado.

Recorrido expositivo

El itinerario se abre con un espacio introductorio que actúa como síntesis visual y conceptual de la exposición. Cuatro obras, procedentes de épocas y contextos distintos, anticipan los contenidos de los cuatro ámbitos en los que se articula la muestra.

La dimensión narrativa de las plantas se ejemplifica con la obra La Virgen con el Niño, san Juan y ángeles (1536), de Lucas Cranach el Viejo, donde un racimo de uvas simboliza la aceptación del sacrificio que Jesús asumirá en su vida adulta. El espacio dedicado a la jardinería y el goce estético se introduce con Bodegón de flores (1663-1666), obra de Jan van Kessel el Viejo, una composición repleta de tulipanes, rosas y lirios. El ámbito en el que se aborda la sensualidad de los frutos se adelanta con el bodegón del siglo XVII Mesa, de Jan Davidsz De Heem, en el que las texturas y brillos de distintas frutas cobran protagonismo. La carga emocional del paisaje, por último, se preludia con el óleo Las huertas (Cuenca) (1910), de Aureliano de Beruete, que destaca los tonos verdes de la vegetación y subraya la identidad de la ciudad, mostrando su carácter austero. 

Aureliano de Beruete (Madrid, 1845 - Madrid, 1912), Las huertas (Cuenca), 1910. Óleo sobre lienzo, 66 x 100 cm

Entre los discípulos de Carlos de Haes, introductor del realismo en el paisaje español, uno de los más destacados fue Aureliano de Beruete. Su concepto del paisajismo evolucionará desde esos postulados estéticos hacia el naturalismo e incluso hacia posiciones cercanas al impresionismo, como en esta obra. En su campaña en Cuenca optó por representarla desde abajo, desde las huertas que se forman al lado del río Huécar. La espectacularidad de la ciudad desde esta parte es mucho mayor que desde las orillas del río Júcar. Beruete consigue subrayar así la verdadera identidad de la ciudad, que se encuentra en este tipo de vista más que en un edificio civil o religioso concreto. Beruete supo captar la esencia de la ciudad, la unión entre la arquitectura y la naturaleza y su largo pasado histórico, que ahora dormía en una inevitable decadencia.

Jacopo Amigoni, La infanta María Antonia Fernanda de Borbón, c. 1750. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional del Prado

Plantas que cuentan historias

El primer ámbito temático profundiza en la capacidad narrativa del mundo vegetal. Las obras muestran cómo, desde antiguamente, las plantas han actuado como portadoras de significados simbólicos vinculados a lo religioso, lo mitológico, lo político o lo sentimental.

En La infanta María Antonia Fernanda de Borbón, de Jacopo Amigoni, c. 1750, por ejemplo, una joven en edad casadera sostiene un clavel, que alude al compromiso afectivo que la une, o la unirá, a otra persona en matrimonio.

Otro ejemplo se encuentra en una Crucifixión anónima del siglo XVI en la que aparece un gordolobo, una planta de pequeñas flores amarillas, que se utilizaba como cirio en ceremonias como los funerales, por lo que refuerza su temática mortuoria.

Herman van Swanevelt (Woerden (Holanda), 1603 - París, 1655), Paisaje con un cartujo (¿san Bruno?), 1636 - 1638. Óleo sobre lienzo, 158 x 234 cm

El Prado es un jardín

La segunda sección explora el jardín como espacio real y como construcción simbólica. A lo largo de la historia del arte, el jardín se ha concebido como lugar de armonía, de conocimiento, placer estético o retiro espiritual. Por este motivo el ámbito también rinde homenaje al jardinero, figura que actúa casi como un demiurgo, ya que da forma y armoniza ese pequeño universo con una voluntad creativa que se asemeja a la de los artistas. Esta reverencia ante la figura del jardinero se aprecia en pinturas como Paisaje con un cartujo, de Herman van Swanevelt, donde un monje cuida un jardín de plantas bulbosas.

Jan Davidsz. de Heem, (Utrecht, 1606 - Amberes, 1683), Mesa.  Óleo sobre tabla de madera de roble, 49 x 64 cm

El gusto por las plantas

El tercer ámbito se adentra en la dimensión sensorial del mundo vegetal. Las plantas, especialmente las que producen frutos comestibles, estimulan varios sentidos. El bodegón, género central en esta sección, permite apreciar la fascinación por las texturas, los brillos y los matices cromáticos de distintas frutas. En ocasiones, como en Placa con taza que contiene frutas y mariposa, de finales del siglo XVII, las composiciones reúnen frutos de distintas estaciones en una misma escena, desafiando la lógica natural en favor de una imagen de abundancia.

Otros bodegones de esta sección permiten adivinar los gustos y costumbres de su época. En el óleo atribuido a Abraham Brueghel y a Guillaume Courtois titulado Bodegón. Hombre con mono y frutas (1660-1670) aparecen dos tipos de cítricos muy valorados en la Europa del s. XVII: el naranjo amargo variegado y el naranjo “corniculata”, que reflejan la fascinación que despertaron los cítricos en los jardines nobiliarios.


 Simon de Vlieger (Rotterdam, 1600 - Weesp, 1653), Bosque, 1640 - 1645. Óleo sobre tabla, 61 x 61 cm

Las emociones en el paisaje

El cuarto ámbito de la exposición aborda la dimensión expresiva del paisaje. Los bosques y jardines no son simples fondos para decorar una escena: sirven como recursos para transmitir estados de ánimo y construir atmósferas.

En Bosque con jinetes y perros (1625-1630), Hendrick Cornelisz. Vroom representa un amplio camino flanqueado por robles, al fondo del cual una cacería no altera la sensación de calma que transmite el paisaje, marcado por la quietud de los árboles.

En contraste, Bosque (1640-1645), de Simon de Vlieger, presenta otro roble, esta vez sacudido por el viento en plena tormenta. Esta especie de árbol es usada para simbolizar la fortaleza y la resiliencia necesarias para hacer frente al temporal.

Hendrick Cornelisz. Vroom (Haarlem, 1566 - Haarlem, 1640), Bosque con jinetes y perros, 1625 - 1630. Óleo sobre tabla, 55 x 61 cm

Entre dos masas compactas de encinas discurre un camino hacia el horizonte. Un cazador avanza entre los árboles de la izquierda siguiendo a los dos galgos que, al fondo, cruzan el camino. Responde al tipo de paisaje de bosque cultivado. Los árboles ocupan casi toda la superficie. Entre los troncos y las pequeñas ramas sobresalientes se filtra la luz desde el fondo, lo que contribuye a dar una sensación de gran profundidad espacial. El color está aplicado con una pincelada pequeña y densa.

                                Escenas en un jardín, Giovanni Battista Colombo, c. 1765.

Epílogo: Un murmullo entre las hojas

En el óleo aparecen diversos personajes elegantes en un jardín frondoso, organizado con elementos de arquitectura clásica, esculturas y fuentes. La escena transmite un ambiente de calma y refinamiento. Esta pintura resume la capacidad de detenerse y atender a los distintos detalles que a menudo pasan desapercibidos.

                                                                    Porcelanas inglesas.

Carlos de Haes, Un bosque de palmeras (Elche), c. 1861. Óleo sobre papel pegado en cartón. Museo Nacional del Prado

María Luisa de la Riva y Callol de Muñoz, Puesto de flores, c. 1887. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional del Prado.

Francisco Masriera y Manovens, Joven descansando, 1894. Óleo sobre tabla. Museo Nacional del Prado.

Antonio Muñoz Degrain, Los escuchas marroquíes, c. 1879. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional del Prado.

Galleria dei Lavori, Florencia, Placa con pájaros y collar de perles. Primer tercio del siglo XVIII. Taracea. Museo Nacional del Prado.

La Abundancia y los Cuatro Elementos, Jan Brueghel el Viejo, (1568-1525) y Hendrik de Clerck, (ca. 1570-1630), Óleo sobre cobre, 1606, Madrid, Museo Nacional del Prado 

Nicolas Poussin, Les Andelys, Normandía, 1594 - Roma, 1665, Escena báquica, 1626 - 1628. Óleo sobre lienzo, 74 x 60 cm

Este tema es frecuente en la producción de Poussin. Presenta una bacante desnuda sosteniendo un cántaro mientras que un fauno caprípedo, coronado y ceñido por hojas de yedra, bebe de un vaso que levanta un amorcillo. En esta obra, en contraposición a otras posteriores, prima el desarrollo del tema sobre el entorno paisajístico, combinando la mitología con el culto al desnudo. La técnica, rápida y poco cuidada, se combina con una composición muy sencilla donde priman los colores apagados realzados por algunos toques de rojo.

Anónimo, 1525-30, San Jerónimo penitente, 1525 - 1530. Óleo sobre tabla de roble del báltico, 73 x 54,5 cm

La obra muestra una evidente calidad y una gran originalidad en el tratamiento del tema. Debido a su formato vertical, el autor de esta tabla muestra al santo eremita, lejos del monasterio, en primer plano, en el centro de la composición. Al fondo, a la izquierda, aparece una ciudad marítima. Debe señalarse la manera poco habitual en que representa al león que constituye su atributo: el león está matando a una liebre, símbolo de la lujuria. El pintor muestra así de una manera muy gráfica cómo el santo, con su penitencia, pudo vencer las tentaciones.

Pietro Facchetti (Obra copiada de Francesco Salviati; Posiblemente retocado por Pedro Pablo Rubens), Adán recibiendo recibiendo de Eva el Fruto Prohibido, 1602. Óleo sobre lienzo, 174 x 130 cm

Andrea Belvedere (Nápoles, 1652 - Nápoles, 1732), Florero, Hacia 1695. Óleo sobre lienzo, 77 x 65 cm

Pieter Brueghel el Joven (Obra copiada de Jan Brueghel el Viejo), El Paraíso Terrenal, Hacia  1626. Óleo sobre lámina de cobre, 57 x 88 cm 

Cornelys Massys, Amberes, 1510 - Amberes, 1556, Descanso en la Huida a Egipto. Hacia 1540. Óleo sobre tabla, 68 x 112 cm

Anónimo (Discípulo de Joachim Patinir) 1520-30, Descanso en la Huida a Egipto, 1520 - 1530. Óleo sobre tabla, 63 x 112 cm

Taller de Pedro Pablo Rubens (Siegen, Westfalia, 1577 - Amberes, 1640), La diosa Flora, Hacia 1625. Óleo sobre lienzo, 167 x 95 cm

Atribuido a Dirck van der Lisse (La Haya, 1607 - La Haya, 1669), Diana y sus ninfas sorprendidas en el baño por Acteón. Óleo sobre lámina de cobre, 29 x 41 cm

Cornelis van Poelenburch (Utrecht, 1594 - Utrecht, 1667), El baño de Diana, Hacia 1624. Óleo sobre lámina de cobre, 44 x 56 cm

Charles-Joseph Flipart (París, 1721 - Madrid, 1797), Fiesta en un jardín, Mediados del siglo XVIII. Óleo sobre lienzo, 48 x 69 cm