lunes, 2 de febrero de 2026

Huesca (I)

La historia de las tierras de la provincia de Huesca puede ser rastreada, en parte, gracias a las manifestaciones artísticas. En las “IV Jornadas de Arqueología de Sobrarbe: Prehistoria y Arqueología del Territorio”, 2019, se dieron a conocer unas pinturas rupestres halladas en el municipio de Fanlo, que son las más altas de la Península Ibérica y quizá de Europa. El descubrimiento se produjo en la cueva Lucía y en la “mallata” de Puértolas, a 2.200 metros de altitud, al pie de Monte Perdido y cerca del refugio de Góriz. Estas pinturas se realizaron hace unos 7.000 años, son propias del Neolítico y tratan de transmitir una idea o una imagen de forma abstracta. El estilo de las pinturas es esquemático, como hay otras en la provincia. Con ayuda de la IA podemos representar una idea que nos aproxime a la realidad.

Figura antropomorfa masculina portando un arco.

 

                                                                                                            Cuadrúpedo.

Los hallazgos dan a entender que ya había domesticación de animales hace 7.000 años en el Valle de Góriz, así como prácticas de caza. En relación con esta idea está el proyecto “Arqueología del Pastoralismo”, que arrancó el año 2015 con la intención de buscar comunidades pastorales antiguas vinculadas al Pirineo. 

                                                                Ciervo de Chimiachas

Una zona en la que abundan las pinturas rupestres es el cañón del Río Vero, Parque Cultural del Río Vero, donde están representados los tres estilos clásicos del arte rupestre europeo: Paleolítico, Levantino y Esquemático. Entre las cuevas destaca la de la Fuente del Trucho, la única en Aragón con pinturas paleolíticas documentadas. Este conjunto nos transporta a los últimos periodos de la Prehistoria, ofreciendo una visión fascinante de la vida y el entorno de nuestros antepasados.
En su mayoría se trata de pintura parietal, aunque también se localizan grabados paleolíticos y esquemáticos.


                                       Escena de caza, con varios hombres y varios animales

 




Desde la prehistoria nos trasladamos al siglo XII. El rey Alfonso I de Aragón falleció en 1134 y, en su testamento, dejó el reino a las órdenes militares (Temple, Hospital y Santo Sepulcro), lo que no fue obedecido a pesar de las presiones del papa Inocencio II. El reino lo heredó su hermano Ramiro II, obispo de Roda-Barbastro, aunque los navarros aprovecharon para separarse de Aragón y elegir a García Ramírez de Pamplona. Los hechos históricos siguientes se desarrollaron entre 1135 y 1136 y los cuenta la Crónica de San Juan de la Peña, escrita en el siglo XIV.


 



Ramiro II estaba preocupado por la desobediencia de los nobles, por lo que envió un mensajero pidiendo consejo a su antiguo maestro, el abad del monasterio de San Ponce de Tomeras. Éste llevó al mensajero al huerto y con una hoz cortó las coles que sobresalían por encima de las demás, despachando al mensajero con la orden de repetir al rey lo que había visto. 




 


La misma crónica prosigue con la convocatoria a Cortes del rey, que hizo llamar a los principales nobles para que acudieran a Huesca, con el aviso de hacer una campana que se oiría en todo el reino. Cuando acudieron los quince más destacados, los decapitaron dejando para el final al obispo, y la revuelta quedó sofocada. Las cabezas de los nobles fueron colocadas en forma de círculo y la cabeza del obispo de Huesca, el más señalado de los rebeldes, fue puesta en el centro a modo de badajo de la campana. Los demás nobles escarmentaron al ver la escena. Todo esto sucedió, según se cree, en la Sala de la Campana, una sala en el antiguo palacio de los reyes de Aragón, actual Museo Provincial de Huesca.


Visión medieval naturalista

El rey Ramiro II conservó el título de rey hasta su muerte, pero abandonó el poder y se retiró al monasterio de San Pedro el Viejo de Huesca, donde falleció en 1157.

 

Pintura histórica, siglo XIX

Simbología de la campana, sin sangre.

jueves, 29 de enero de 2026

Sorolla/Vicent

El Palau Martorell de Barcelona acoge una exposición de obras de Sorolla comisariada -comisariado literario, poco habitual- y seleccionada por Manuel Vicent, que convierte la pintura de Sorolla en literatura. Se ofrece una nueva mirada al pintor de la luz con textos del escritor valenciano, que ya conocía el universo de Joaquín Sorolla mucho antes de ver sus cuadros y esa experiencia la traslada ahora a la exposición. “Esa experiencia sensorial del mar que me ha mirado tantas veces, esa luz, esa arena brillante, ese perfume de calafate, de brea, los barcos, las peleas, los gritos que se pierden en la playa, el calor... Todo eso yo lo había vivido antes y cuando vi sus cuadros, me dije: ‘Éste ha pintado lo que yo había sentido’


El luminoso mar de Sorolla es pintado con palabras por Vicent, en esta exposición que incluye obras emblemáticas como Saliendo del baño, El balandrito, Niño jugando en la playa, La llegada de las barcas o Pescadora con su hijo, debido al cierre del Museo Sorolla por obras. Los textos del escritor acompañan a los lienzos, desmontando la idea de que Sorolla fue un pintor superficial: “Él mismo era un titán, un trabajador de la pintura, y lo que le interesa es el movimiento del trabajo, los bueyes sacando las barcas, las pescadoras valientes que llevaban el pescado de la playa de la Malvarrosa al mercado central por la noche... Imagina, todo estaba lleno de blasfemias, y cada pincelada que creemos superficial incluye una enorme cantidad de dolor y de esperanzas”.


Manuel Vicent explica que a principios del siglo XX España estaba dividida entre dos maneras de mirar, la luz mediterránea de Sorolla y la visión oscura de Zuloaga. "A los valencianos se nos acusaba de vivir para la estética, como si fuera algo frívolo", explica. Sin embargo, para Vicent, esa dedicación absoluta a la belleza es una forma profunda de entender la vida. En su opinión, la pintura de Sorolla es capaz de transformar incluso el reflejo de una gota de agua sobre la piel de un niño en una experiencia casi filosófica. Sorolla fue también un pintor social, comprometido con la gente humilde del litoral, y en sus cuadros conviven los pescadores con la burguesía valenciana, los niños que juegan desnudos y la figura constante de su esposa Clotilde. 



Según el escritor, la línea azul que se funde con el horizonte, en la España gris de la posguerra, significaba la libertad. Este guía vivencial y estético ofrece un recorrido poético y visual, un relato filosófico y autobiográfico sobre el Mediterráneo y sus gentes, y aprovecha para rechazar la sentencia de Unamuno "valencianos, os pierde la estética". "Lo más profundo que hay en el ser humano es la superficie", y pocos han pintado como Sorolla la exposición del cuerpo a la luz cambiante, el sol achicharrante, el agua, el salitre.


 



A través de las obras expuestas resalta la existencia de una actitud estética y moral frente al mar, actitud compartida por Sorolla y Vicent. El escritor, “el Sorolla de nuestras letras”, practica una prosa luminosa y sensual, llena de matices, representando el mundo a través de la experiencia de los sentidos, siendo difícil comprender el alcance de su literatura sin el Mediterráneo y el Levante, sin sus gentes o sus paisajes, como en el itinerario visual acerca de la representación del mar y sus escenas en la obra de Sorolla que nos ofrece.


 

La muestra está dividida en cuatro secciones temáticas. La primera, “El subconsciente está lleno de algas”, aborda a través de cuadros playeros la relación de Vicent con el Mediterráneo desde su más tierna infancia hasta la adolescencia. “El primer verano de mi vida, con solo tres meses de edad, lo pasé junto al mar y puede que mi cerebro hubiera absorbido de forma inconsciente el resplandor ofuscante del sol en la arena, la brisa de sal que expandía el olor a algas y a calafate de las barcas de pesca varadas, el sonido rítmico del oleaje (...)”. Aquí están presentes algunas de las pinturas más luminosas de Sorolla, de niños jugando y bañándose en la playa, como Saliendo del baño, Muchacho en la orilla del mar, Valencia, El balandrito, La hora del baño, Después del baño.





La segunda sección, “Un drama naturalista bajo la luz del Mediterráneo”, se centra en los trabajadores y las trabajadoras del mar en el Cabanyal. El Sorolla luminoso, con el Mediterráneo como escenario de felicidad, da paso a la dura vida de pescadores y pescadoras, hombres y mujeres, niños y niñas en plena faena en la playa del Cabanyal.  “Del mismo modo que debajo de la felicidad anida la tragedia, en el fondo de una luz blanca deslumbrante hay una luz negra que te ciega y te obliga a entornar los párpados. Esta dialéctica estética entre contrarios me ha acompañado siempre y llegado el caso me ha servido para penetrar en el significado profundo que contiene esa lucha contra el mar que establece la pintura luminosa de Sorolla.” Para resaltar el esfuerzo y no el placer se encuentran obras tan icónicas como Las velas, La llegada de las barcas, Valencia, Repasando la vela, Cordeleros, Pescadora con su hijo.






Veraneantes burgueses en el Cabanyal” es la tercera sección, que refleja una cara temporal del Cabanyal. “A inicios del siglo XX los poblados marítimos estaban unidos a las colonias veraniegas que los burgueses de Valencia habían establecido en la playa y en ellas los felices tenderos de la ciudad y los pescadores de pasiones elementales convivían durante unos meses al año. Unos habitaban casas de estilo colonial y otros sobrevivían en miserables barracones; unos llevaban pamelas o sombreros de Panamá y vestían telas blancas de dril, otros iban descalzos y escondían una navaja en la faja”. La playa es un micromundo en el que se mezclan las clases sociales, trabajadores y burgueses, menestrales y pescadores. Sorolla retrata ese mundo burgués mediante una paleta casi bicolor: de blancos, para los vestidos, y azules, para la mar, con imágenes de familiares como su mujer Clotilde y sus hijos María, Elena y Joaquín.






La cuarta y última sección es “En el mar de Xábia”. La narración de Vicent aquí gira en torno al placer, la belleza y el mar como una forma de espiritualidad. Nos recuerda cómo los placeres sencillos se convierten en valores universales. “Cuando empecé a sentir y a navegar este mar de Denia y de Xàbia nunca dejé de imaginar que estas aguas pertenecían a Sorolla embriagado por esta luz de moscatel, como a mí me sucedió”. Esta localidad fue visitada por Sorolla por primera vez en octubre de 1896, cuando escribió a su mujer diciéndole: “: “Jávea sublime, inmensa, lo mejor que conozco para pintar. Supera a todo.” Ya no aparecen imágenes pobladas de vida y de gente, solo el silencio, la luz y la belleza de la naturaleza. Isla de Portichol, Jávea, Cabo de San Antonio, Noria, son algunas de las obras que se han incluido en este bloque temático.



 «He traducido las imágenes de Sorolla a la literatura. Cuando lo descubrí fue de joven, en el momento de llegar a Valencia. Cuando vi los cuadros tuve la sensación de que ya me los sabía de memoria porque fui ese niño que jugaba con ese barco de papel de periódico, como el de uno de sus cuadros. Tuve la impresión de estar ante algo familiar por los olores, lo sonidos, los aromas, el perfume de brea, la luz cegadora que tiene un foco negro... Todo eso lo vi. Por eso, ser comisario literario no me ha resultado difícil porque he tenido la ventaja de vivir esos cuadros»,

 

domingo, 25 de enero de 2026

Alcalá de Henares (X)

Esta ciudad de tanta historia ha sido muy estudiada. Existen muchas publicaciones que muestran algún periodo de su vida. Una de ellas es “Hitos y mitos de Alcalá. Historia ilustrada desde la prehistoria hasta nuestros días”, editada por Domiduca Libreros, con José Rubio “Malagón”, Marcos A. González López y Asela María Pérez Velayos como autores. Como su título indica, es una historia ilustrada, con unas graciosas caricaturas de personajes que recorren la fachada del Colegio Mayor de San Ildefonso. Con ayuda de la IA podemos convertir la fachada dibujada en real. 

Anton van den Wyngaerde (Amberes, ca. 1512/1525- Madrid, 1571) fue un dibujante paisajista flamenco del siglo XVI, que recorrió España a partir de 1561, dibujando una colección de sesenta y dos vistas, detalladas y meticulosas, de pueblos y ciudades, por encargo de Felipe II, a cuyo servicio estaba desde 1557. La vista de Alcalá de Henares la dibujó en 1565.


En la historia de la ciudad han aparecido multitud de personajes famosos. En 2022, V centenario de la muerte de Elio Antonio de Nebrija (1444-1522), la XXX Exposición Filatélica de Alcalá de Henares le rindió un homenaje con un logo en el que su imagen aparecía superpuesta a la vista de Alcalá de Anton van den Wyngaerde.

 



Lo mismo podemos hacer con otros personajes relacionados con nuestra ciudad, como Alonso de Covarrubias (1486-1570) o Rodrigo Gil de Hontañón (1500-1577), de la época en que se dibujaba la vista.




Uno de los principales hechos de armas del reino de Castilla tras la conquista de Granada fue la conquista de Orán, obra del cardenal Cisneros -otro personaje relacionado con la ciudad-, con el que se quiso asegurar esta ciudad estratégica para el dominio del Mediterráneo occidental y evitar la actividad de los corsarios norteafricanos sobre las costas levantinas españolas. Cisneros embarcó en 1509 en Cartagena. Al frente de las fuerzas iba Pedro Navarro, quien protagonizó una novedosa operación de desembarco que llevó a una rápida victoria. La gesta fue inmortalizada en varias pinturas. Casi inmediatamente después del hecho, en 1514, Juan de Borgoña pintó unas imágenes en la Capilla Mozárabe de la catedral de Toledo. En 1869, Francisco Jover y Casanova pintó el cuadro “Conquista de Orán”. Y en 2024 fue presentado el cuadro de Augusto Ferrer-Dalmau “La conquista de Orán”.

La capilla del Corpus Christi, o capilla Mozárabe, fue destinada en 1504 por el cardenal Cisneros para celebrar en ella el culto en rito Hispano Mozárabe, conservado dificultosamente por los mozárabes y que sólo se celebraba en Toledo desde su reconquista en 1085. Aquí se encontraba la antigua sala capitular de la que sólo se conserva un cielo estrellado. Enrique Egas trazó la capilla, cuyas obras duraron desde 1502 hasta 1510. En 1622 se incendió la linterna, reconstruida por Jorge Manuel, hijo de El Greco, finalizando las obras en 1631. Una reja labrada por Juan Francés en 1524 constituye la puerta, coronada por los escudos de Cisneros y del canónigo Diego López de Ayala. Detrás hay un trampantojo gótico en forma de portada, obra de Juan de Borgoña en 1514, con pinturas murales que ilustran el sitio y toma de Orán por el cardenal Cisneros en 1509. Con ayuda de la IA se pueden transformar estas pinturas en otras de épocas diferentes, como historicistas del siglo XIX.