lunes, 24 de agosto de 2026

Heroínas bíblicas

En el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza se encuentran “Las heroínas de la Biblia”, pequeña muestra de las obras pintadas por Giovanni Francesco Barbieri (Cento, 1591-Bolonia, 1666), más conocido como Il Guercino, por ser bizco. El museo define a estas todopoderosas heroínas como “robustos personajes femeninos y sus circunstancias”. Son cuadros fundamentales en el desarrollo de la pintura barroca del norte de Italia, girando en torno a “Jesús y la samaritana en el pozo” y de ahí a “Susana y los viejos”, 1616 (Madrid, Museo del Prado), “Jesús y la mujer adúltera”, hacia 1621 (Londres, Dulwich Gallery), “Sansón y Dalila”, 1654 (Estrasburgo, Musée des Beaux Arts), “Abraham repudia a Agar e Ismael”, 1657 (Milano, Pinacoteca di Brera) y “Salomé recibe la cabeza de San Juan Bautista”, 1637 (París, Musée du Louvre).

Autorretrato ante una pintura de "Amor Fedele", 1655. National Gallery of Art

La exposición permite profundizar en la importancia de la representación de la figura femenina en la producción de temática religiosa del artista, a través de obras en las que recrea pasajes bíblicos en los que es protagonista. Estos asuntos eran muy populares en el barroco italiano y Guercino los aborda a lo largo de toda su carrera, pudiendo estudiarse la evolución de su estilo a través de estas pinturas. Las obras más tempranas, como Susana y los viejos, responden a una tipología inspirada en la contemplación de la naturaleza y presentan claroscuros de gran intensidad, colores pastosos y gran plasticidad en las figuras cuyos gestos espontáneos nos hacen participar de sus emociones, todo con una factura nerviosa. Después de su viaje a Roma en 1621, su pintura evolucionó hacia un estilo clasicista, consolidado tras su traslado a Bolonia en 1642 y la influencia de Guido Reni, como se ve en Abraham repudia a Agar e Ismael, con un lenguaje más idealizado, menos libre. Las composiciones se vuelven equilibradas, los colores más luminosos y los personajes adoptan gestos codificados.

Las figuras adoptan gestos espontáneos que transmiten emociones al público gracias a la capacidad narrativa del artista. Algunas son mujeres anónimas, otras con nombre propio, que difunden mensajes de arrepentimiento, moralidad, osadía, inocencia, pasividad, crueldad, todo un gran teatro del mundo femenino en una producción de temática religiosa. Guercino fue experto en retratar la actitud sicológica de las protagonistas y tuvo mucho éxito.

Estos cuadros pintados en el siglo XVII, la Contrarreforma, están protagonizados por mujeres, aunque son minoritarios en la producción de Guercino. Todos muestran la capacidad narrativa y el dominio del lenguaje gestual en unas composiciones donde la mujer encarna a figuras bíblicas bajo una mirada personal. Algunas tienen intención moralizante, pero otras son consideradas mujer fatal por la iconografía cristiana y el artista las rescata para conferirles un nuevo papel. Dalila muestra una imagen de heroína clásica y quiere cortar ella misma los cabellos de Sansón, mientras Salomé, con la cabeza inclinada, no encarna a la joven seductora, sino a una víctima sometida a los deseos de su madre.

Todas las pinturas tienen que ver con la dialéctica de géneros. Hay un diálogo problemático entre lo masculino y lo femenino, entre pasividad o dominio. La cabeza del Bautista y la cabeza de Sansón están colocadas de la misma forma.

Hay seis pinturas y corresponden a tres tipos de heroína, cada una representada por dos pinturas. En primer lugar, la heroína pura e inocente, sin culpa, a quien maltrata el patriarcado; Susana y Agar, víctimas. Por otro lado, la mujer adúltera y la samaritana, pecadoras arrepentidas a las que Jesús salva. Finalmente, mujer fatal, Salomé la seductora y Dalila, heroína de los filisteos.




Jesús y la samaritana en el pozo, hacia 1640-1641, Museo Nacional Thyssen-Bornemisza: pasaje del Nuevo Testamento en el que Jesús, de camino a Galilea, descansa junto a un pozo y le pide agua a una mujer de Samaria con la que entabla una conversación en torno al poder purificador del agua de la vida eterna. El estilo naturalista de años anteriores ha dado paso durante el periodo de madurez a un lenguaje clasicista y a una paleta de colores más brillantes. La escena está representada fielmente, sin las libertades narrativas de su obra temprana. Resulta una composición muy equilibrada, con descripción realista de las telas, objetos y paisaje de fondo. Los personajes se expresan mediante miradas y gestos cifrados, sin dirigirse al espectador.


Susana y los viejos, 1617, Óleo sobre lienzo. 176 x 208 cm. El lienzo es un ejemplo del naturalismo de su época temprana y narra un momento de gran tensión recogido en el Antiguo Testamento en el que los ancianos jueces observan libidinosos a Susana, quien calma el calor bañándose en una fuente de su casa. Susana es pura inocencia a pesar de su semidesnudo, de la tela fina y blanca que apenas la cubre, realzada por las azucenas y la luz nacarada luz que la envuelve, en contraste con la oscuridad del cielo y la densa vegetación de tonalidad terrosa y plomiza. La composición, con el juego de gestos de los jueces que apela al espectador, nos convierte en voyeurs en esta escena de acoso a Susana, hacia la que se desvía nuestra mirada.


Jesús y la mujer adúltera. Óleo sobre lienzo. 98,2 x 122,7 cm. Dulwich Picture Gallery, Londres. Obra temprana, pintada en el tiempo de su viaje a Roma, contiene los elementos característicos de su primer estilo, capacidad narrativa y habilidad para acercarnos a los personajes mediante el tratamiento del espacio y de los gestos. En un marco angosto, las figuras de medio cuerpo invaden la superficie pictórica, en la que un tratamiento de luces y sombras perfila el tenso diálogo en el que Jesús responde con el solo gesto de su dedo al juego de manos del fariseo. Al lado, la figura de la mujer, frágil, cabizbaja, en actitud de recogimiento, en contraste con la fuerza con la que el soldado la agarra por el brazo. El milagro del perdón: “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra” (Evangelio de San Juan).


Sansón y Dalila, 1654. Óleo sobre lienzo. 176 x 223 cm. Musée des Beaux-Arts, Estrasburgo. Obra del periodo de madurez en la que se representa el momento en que Dalila, conocedora de que la fuerza de Sansón reside en sus cabellos, se dispone a cortárselo. En este pasaje del Antiguo Testamento aparece alguna licencia, como el que sea ella misma, y no un soldado, quien realice la acción. Dalila aparece como guerrera semidesnuda de perfil clásico que cumple con su misión para salvar a su pueblo. La composición se dispone como aparato escénico y muestra a los personajes que interpretan su papel en una secuencia lineal en la que se sucederán la acción de Dalila y la captura de Sansón por los filisteos ocultos tras la columna.


Abraham repudia a Agar e Ismael. Óleo sobre lienzo. 115 x 152 cm. Representa el momento en que Abraham, patriarca de Israel, acuciado por su esposa Sara, expulsa de su casa a Agar y al hijo de ambos, Ismael. Es ejemplo de las pinturas de marcado efecto teatral propias del periodo de madurez, caracterizadas por el complejo estudio de los gestos con que los personajes escenifican el melodrama. Las manos de Abraham indican distanciamiento, mientras que Agar, con lágrimas en los ojos, protege al niño con sus brazos. El tema central es la representación de los afectos, en este lienzo de composición horizontal a modo de escenario, con figuras de medio cuerpo y una paleta de colores muy vibrante con protagonismo del azul de lapislázuli. También se recuerda a las obras teatrales, a su vestuario, la descripción de las refinadas telas.


Salomé recibe la cabeza de San Juan Bautista, 1637, Óleo sobre lienzo. 139 x 175 cm. En este pasaje del Nuevo Testamento se plasma el momento en el que el verdugo deposita la cabeza de san Juan Bautista en la bandeja que sostiene Salomé antes de entregarla a su madre, Herodías. El artista aborda el tema de forma novedosa y representa una figura femenina junto a Salomé que no se menciona en la narración bíblica. Respecto a sus obras tempranas, Guercino ha dotado de más espacio a esta composición, en la que los personajes están inmersos en un claroscuro menos intenso y en la que la paleta cromática ha ganado en claridad. Una tensa calma envuelve a una Salomé arrepentida, lejos de la personificación del pecado y la venganza que se le atribuye en otras pinturas con el mismo asunto. 


Otras obras con protagonistas femeninas.

Alegoría de la Astronomía, Blanton Museum of Art, Austin, Texas, Estados Unidos.

Sibila pérsica, Museos Capitolinos

La reina Semíramis recibe la noticia de la revuelta de Babilonia, Museo de Bellas Artes de Boston

Marte, Venus y Cupido. Galería Estense de Módena.

 

 

martes, 18 de agosto de 2026

Fedra




En la mitología griega, Fedra era una princesa cretense, hija de Minos y de Pasífae y hermana de Ariadna, Deucalión y otros, y hermanastra del Minotauro. Es una heroína que aparece en la tragedia, en el Hipólito de Eurípides o la Fedra de Séneca, por el trágico amor por su hijastro.



Mosaico de Fedra e Hipólito en Pafis, Chipre.


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La leyenda cuenta que Teseo se unió a Heracles en la expedición contra las amazonas y raptó a una de sus reinas, Antíope o Hipólita, con la que tuvo un hijo, Hipólito. Después tuvo dos hijos, Acamante y Demofonte, con Fedra. Ésta se enamoró de Hipólito, que no le correspondió, por lo que, temiendo que le acusara frente a su padre, fingió que había sido agredida. Teseo la creyó y suplicó a Poseidón que Hipólito pereciese. Después Fedra se ahorcó y Odiseo se encontró con su sombra, junto a la de Ariadna y Procris, en el inframundo. Otras versiones, la Teseida, dicen que Antíope atacó a Teseo cuando se casó con Fedra, sus compañeras amazonas la defendieron y fueron muertas por Heracles. O que Teseo se llevó a la fuerza a Fedra.

Una Furia, Fedra e Hipólito


Hipólito es una tragedia clásica griega de Eurípides, escrita en el año 428 a.n.e., basada en el mito de Hipólito, hijo de Teseo. Fue estrenada en las Dionisias de Atenas de ese año y ganó el primer premio como parte de una trilogía. El tema está muy poco tratado con anterioridad a Eurípides. Se sabe que había un culto a Hipólito en la ciudad de Trecén, lugar donde transcurre la acción de la tragedia y en el que se practicaban ritos y había templos en su honor. En esa ciudad, antes de casarse, las muchachas debían ofrecer un mechón de cabello a Hipólito. El mito de Hipólito va unido al de Fedra, hermana de Ariadna y esposa de Teseo. Las tumbas de Fedra e Hipólito están en Trecén, muy cerca una de otra.


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Eurípides hizo dos tragedias sobre Hipólito. La primera de ellas fue rechazada por el público, porque en ella Fedra, de manera indecorosa, quería a toda costa poseer al casto Hipólito. Aristófanes, en su obra Las ranas, calificó a Fedra de prostituta. Cuando Fedra declara sus impúdicas intenciones a Hipólito, éste se cubre el rostro con un velo, de ahí que se conozca esta obra como Hipólito el velado.


Hipólito después de la confesión de Fedra, Étienne-Barthélémy Garnier, Musée Ingres, Montauban. 

La trama es continuación de otro mito: Teseo, hijo de Poseidón, venció al Minotauro en Creta y Ariadna, hija del rey Minos, se fugó con él, pero Teseo la abandonó en la isla de Naxos, donde Dioniso la  encontró, se enamoró de ella y se la llevó al Olimpo. Después, Teseo se casó con Fedra, hermana de Ariadna. Poseidón había dado a su hijo Teseo la posibilidad de concederle tres deseos en caso de necesidad: el primero fue en el laberinto de Creta, el segundo en un apuro camino de Trecén y le quedaba un tercero al llegar a este momento de la historia.

Eurípides indica que, tras la muerte de Hipólita, Teseo se casó con Fedra y ambos se exiliaron en Trecén, donde Hipólito era criado por Piteo como heredero al trono para evitar que surgiera rivalidad entre Hipólito y sus hermanastros por el trono de Atenas, y que fue allí cuando Fedra cayó presa del deseo por el muchacho, en las celebraciones de los misterios eleusinos, como consecuencia de un plan de Afrodita, que rivalizaba con Artemisa, a quien rendía culto Hipólito.

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Fedra contó su situación a la nodriza, que, a su vez, se la contó a Hipólito. Éste acusó a las mujeres, en realidad a Afrodita, porque le parecía indigno. La nodriza se lo contó a Fedra, que se ahorcó después de dejar una tablilla en la que acusaba a Hipólito de haberla seducido. Teseo regresó de Delfos y encontró el cadáver de su esposa y la tablilla. Acusó a su hijo, que defendió a Fedra y a sí mismo, lo desterró y pidió a Poseidón, como el tercer deseo, que acabase con él. Hipólito partió en un carro, cerca del mar se levantó una ola gigantesca con un toro que asustó a los caballos. El carro volcó y dejó moribundo a Hipólito. El cuerpo fue llevado a Teseo, que conocía la verdad gracias a Artemisa. Hipólito perdonó a su padre y murió. Artemisa instituyó el culto a Hipólito en Trecén.

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La obra contrapone la forma de entender la vida de Hipólito (casto, enemigo de las pasiones mundanas, frugal amante de la naturaleza, adorador de Artemisa) y la de Fedra (apasionada, ardiente, adoradora de Afrodita). Ambos incurren en la desmesura, la hibris, que ha de ser castigada. En el fondo hay una crítica al panteón griego, puesto que se da la paradoja de que dos amantes de los dioses, correspondidos por ellos, han de sufrir martirio. Eurípides describe la vida del hombre con desazón ante la imposibilidad de ver unas reglas claras, visión diferente de Esquilo y Sófocles. Ya no está claro que la fidelidad a los dioses traiga una vida serena. El personaje de la nodriza es el más cercano al mandato délfico de la moderación.

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En la obra aparece el conflicto entre las pasiones humanas y las leyes divinas, las consecuencias trágicas del amor y los celos, las relaciones entre dioses y mortales, los dilemas morales y éticos relacionados con el honor y la lealtad.  En el Hipólito de Eurípides, Fedra aparece como una víctima de Afrodita (llamada Cipris en la obra). Es fiel a Teseo y su repentina atracción por Hipólito le resulta una enorme carga.




 

Fedra es una tragedia romana escrita por el filósofo y dramaturgo Lucio Anneo Séneca antes del año 54. Basada en la mitología griega y en la tragedia Hipólito de Eurípides. Hipólito, hijo del rey Teseo de Atenas, sale de su palacio al amanecer para ir a cazar jabalíes. Reza a la diosa virgen Diana para tener éxito en la caza. Fedra se ha quedado sola, su marido se ha ido al inframundo. Reflexiona sobre su madre, Pasífae, nieta de Helios, que fue maldecida a enamorarse de un toro y dar a luz a un monstruo, el Minotauro. Fedra se pregunta si está tan condenada como su madre.

La anciana nodriza de Fedra interviene para que ésta controle sus pasiones. Fedra explica que está dominada por un deseo incontrolable por Hipólito, que detesta a las mujeres en general y a Fedra en particular, y declara que se suicidará. La nodriza le ruega que no lo haga y promete ayudarla. Hipólito regresa de cazar, Fedra le declara su amor y él, horrorizado, lo percibe como un terrible crimen. La nodriza y Fedra conspiran para acusar Hipólito de seducir a Fedra. Aparece Teseo y la nodriza le informa que Fedra ha decidido morir, pero que no revelará la causa. Teseo ordena que se torture a la nodriza hasta que confiese, pero Fedra interviene diciendo que ha sido violada y señala la espada que Hipólito se ha dejado. Teseo pide a su padre Neptuno que destruya a Hipólito, que muere cuando un toro monstruoso sale del océano y hace que Hipólito pierda el control de su carro. Teseo rompe a llorar. Aunque deseaba la muerte de su hijo, oírlo lo hace desesperar. Fedra condena a Teseo por su dureza y le revela que había acusado falsamente a Hipólito de su propio crimen, cae sobre su espada y muere. Teseo queda abatido.

Alexandre Cabanel, Phèdre, 1880, 225 x 314 cm, óleo sobre lienzo.

Séneca retrata a Fedra como consciente de sí misma y directa en la búsqueda de su hijastro, mientras que, en otros tratamientos del mito, es más una víctima pasiva del destino. Además de dramaturgo, Séneca fue un filósofo estoico. Los estoicos creían que la razón y las leyes de la naturaleza siempre deben regir el comportamiento humano. Al tomar la decisión consciente de perseguir su pasión pecaminosa por su hijastro, Fedra perturba las leyes de la naturaleza hasta tal punto que, según la ideología estoica de Séneca, solo su muerte puede restaurar el orden cósmico. Del mismo modo, Hipólito siente que la lujuria de Fedra lo ha contaminado y no desea vivir en un mundo que ya no está regido por la ley moral. Hipólito no representa los ideales estoicos. Niega los vínculos sociales humanos ordinarios y se aísla de la sociedad, lo que hace que su existencia moral sea inestable, especialmente frente a los avances antinaturales de su madrastra.

Entre la obra de Eurípides y la de Séneca hay claras diferencias. La Fedra de Séneca, a diferencia de la de Hipólito de Eurípides, es un personaje reflexivo e inteligente que reconoce la naturaleza impropia y amoral de sus sentimientos hacia su hijastro, pero aun así lo persigue. En la versión de Eurípides es la nodriza la que informa a Hipólito del amor de Fedra por él. En la versión de Séneca, Fedra transmite personalmente sus deseos a su hijastro. En el Hipólito de Eurípides Fedra se suicida inmediatamente después de que Hipólito la rechaza; en la Fedra de Séneca, se llena de remordimiento después de que Hipólito haya sido asesinado y se apuñala a sí misma después.

 

Edición de 1678.



Fedra es una tragedia del dramaturgo francés Jean Racine que se publicó en 1677. La obra está basada en la tragedia de Eurípides, que narra  el mito de Fedra. Sin embargo, Racine también tuvo en cuenta las aportaciones al mito de la tragedia de Séneca y Gamier.  Los personajes de Racine no son fuerzas abstractas, sino humanos, y muy emotivos.

El trágico personaje de Fedra está representado en múltiples obras como Deseo bajo los olmos (1924) del dramaturgo estadounidense Eugene O'Neill (1888-1953), la novela El toro del mar (1962) de la novelista inglesa Mary Renault (1905-1983) y Amor verdadero (2001) del dramaturgo e historiador estadounidense Charles L. Mee, que es una versión moderna del Hipólito de Eurípides. 

La muerte de Hipólito, 1715, Jean-Baptiste Lemoyne.

El Festival de Teatro Clásico de Mérida presenta “Fedra, en los infiernos”, de José María del Castillo. Siguiendo la idea de Séneca, se muestra a una Fedra consciente de sus actos: Fedra amó como sólo los locos saben hacer: sin miedo a caer, sin culpa por doler y escuchando muy poco a los demás”. Fedra, mujer hecha de fuego y de culpa, con su alma atormentada en el Inframundo ligada a su pasión incontrolada por su hijastro Hipólito, encendida por el peso de su historia, pide una segunda oportunidad a Las Moiras con el propósito de recuperar su buen nombre.

“Las tres Moiras”, relieve de Johann Gottfried Schadow. Alte Nationalgalerie, Berlín. 

Las Moiras eran las personificaciones del destino en la mitología griega y tenían sus equivalentes en otras mitologías: Parcas-mitología romana, Nornas-nórdica, Laimas-báltica. Eran tres, vestidas con túnicas blancas, con semblante imperturbable y controlaban el hilo de la vida de cada ser humano desde el nacimiento hasta la muerte.



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Tras llegar a un pacto con las Hermanas del Destino regresa para reescribir su historia y poder así encontrar la paz que nunca obtuvo en su primera vida, si ello es posible. Esta revisión del mito clásico indaga en las pasiones humanas, los deseos prohibidos, los juicios morales y la culpabilidad.