lunes, 10 de agosto de 2026

Eclipse

Ahora vemos el eclipse como una actividad cultural lúdica, una fiesta, que incluye viajes, turismo, etc., con lo que tiene un importante componente económico. Pero no siempre ha sido así. Los eclipses exaltaron las creencias y las cosmovisiones de muchas culturas a lo largo del tiempo, puesto que eran un símbolo cultural, al alterar en pleno día el orden visible del mundo, hacer desaparecer el Sol -fuente de vida -, provocar cambios de temperatura, luz y comportamiento animal, y terminar de forma repentina tal como comenzó. 

Un eclipse total de Sol no es más que un alineamiento muy preciso entre el Sol, la Luna y la Tierra, de muy corta duración, pero que han dejado -algunos- una huella que ha influido en decisiones políticas, ha inclinado el desenlace de una batalla, ha definido el curso de una expedición y ha ayudado a comprender mejor varios aspectos del universo. La alineación perfecta de los cuerpos celestes hace que parezcan, desde nuestra perspectiva, de igual tamaño, creando un espectáculo fascinante.  La singularidad ocurre debido a que el sol es 400 veces más grande que la Luna, pero está 400 veces más lejos de la Tierra. Antes de comprenderse su mecánica, era lógico interpretarlo como intervención divina, advertencia, castigo, etc. El miedo hacía que, para descargar la incertidumbre cuando el sol desaparecía sin saberse por qué, se buscase un culpable.

A lo largo de la historia, la reacción humana al fenómeno astronómico ha pasado por varias fases, desde la interpretación de que el astro estaba siendo atacado por dragones, lobos, serpientes o demonios, hasta la consideración de que los dioses hablaban y podían anunciar muerte, guerra, hambre o pérdida de legitimidad del gobernante. El esquema es casi universal, un ser del caos ataca al astro que mantiene el orden del mundo, y la comunidad trata de espantarlo mediante ruido, plegarias o rituales. Mas tarde, el hombre aprendió a predecirlo y sacerdotes, astrónomos y gobernantes utilizaron ese conocimiento como poder.

El asombro y miedo que provocaban los eclipses hacía que, desde tiempos inmemoriales, fueran vistos como presagios o mensajes divinos, por lo que las narrativas a su alrededor abundan en la mitología mundial.  Asirios y babilonios lo interpretaban como un mensaje funesto para el monarca, por lo que se elegía un “rey sustituto” para esos días. Cuando había pasado, se consideraba que los dioses habían descargado su ira, por lo que el sustituto era ejecutado. El que es considerado como el eclipse más importante de la historia tuvo lugar en el año 763 a.C. en Mesopotamia. Su importancia radica en que permite fechar toda la historia antigua, ya que no fechaban con números, sino con el nombre del funcionario y el eclipse se registró en un año concreto.


Uno de los grandes textos del confucionismo, el Shujing, relata un episodio en el quinto año del reinado del emperador Zhong Kang, el eclipse solar del 22 de octubre de 2136 a.C., que costó la vida a los astrónomos de la corte imperial, Hi y Ho, por no predecirlo y causar confusión en la corte. En la tradición china, el eclipse se explicaba como el ataque de un dragón que trataba de comerse el Sol o la Luna. Para ahuyentar al animal se golpeaban tambores y se producían grandes estrépitos.


Mapa chino del siglo VII que muestra las constelaciones del Polo Norte.

 





En la mitología hindú, el demonio Rahu consiguió beber fraudulentamente el néctar de la inmortalidad. El Sol y la Luna lo denunciaron y Vishnú le cortó la cabeza. Como la cabeza ya era inmortal, siguió persiguiendo a ambos astros y, cuando logra tragarlos, se produce un eclipse. Como Rahu carece de cuerpo, el Sol o la Luna reaparecen poco después. Aquí el eclipse no es solo una ocultación, es una venganza cósmica repetida.

 



En Vietnam y otras tradiciones asiáticas, los animales devoradores son un gran sapo, una rana, una serpiente o un perro celestial.

En la mitología escandinava, dos lobos persiguen por el cielo al Sol y a la Luna. Sköll corre tras el Sol y Hati tras la Luna. Un eclipse podía entenderse como el momento en que uno de ellos alcanzaba finalmente a su presa. En el Ragnarök, el orden cósmico se derrumba y los astros son devorados definitivamente.

Posible fecha calendárica donde del eclipse solar de 1508 en el valle del Mezquital, Hidalgo, México.

Para los mexicas, un eclipse significaba que el orden del universo estaba amenazado, el sol era atacado por las sombras y necesitaba fuerza para continuar su viaje por el cielo. Esa fuerza eran sacrificios humanos, que ya formaban parte central de su religión. El mundo presente era el Quinto Sol, una era destinada también a desaparecer. El eclipse podía sugerir una interrupción de la energía solar y, por tanto, el posible regreso del caos. Algunas fuentes coloniales describen miedo, llanto, sacrificios y la preocupación de que seres monstruosos descendieran durante la oscuridad.

El caso maya es especialmente interesante porque combina angustia religiosa y ciencia astronómica. Tenían tablas (Códice de Dresde) que servían para anticipar eclipses solares y lunares, considerados señales de peligro, sufrimiento o perturbación. También relacionaban los ciclos lunares con su calendario ritual. En algunas representaciones mayas, el Sol eclipsado aparece asociado a seres serpentiformes, mandíbulas, oscuridad, muerte o destrucción.

El Sol, Inti, era una divinidad central del Estado inca y estaba estrechamente ligado a la legitimidad del soberano. Un eclipse podía interpretarse como señal de que Inti estaba irritado, enfermo o amenazado. Las crónicas coloniales hablan de ayunos, lamentaciones, sacrificios de animales y consultas a adivinos. No parece que el eclipse fuera venerado en sí mismo: se trataba más bien de una crisis en la relación con la divinidad solar, que debía repararse mediante ceremonias.

No todas las culturas vieron el eclipse como catástrofe. Entre los navajos, por ejemplo, se ha interpretado tradicionalmente como un momento de recogimiento y respeto, durante el cual conviene suspender actividades y evitar mirar el fenómeno. Entre otros pueblos, el eclipse podía representar un encuentro, matrimonio o reconciliación temporal entre el Sol y la Luna.

En la mitología de África Occidental, el pueblo fon creía que la diosa creadora Mawu-Lisa se dividió en un dios Sol (Lisa) y una diosa Luna (Mawu), y explican el eclipse como un acto sexual. Los jukun pensaban que el Sol atrapaba a la Luna y tocaban tambores para la liberara.

En la Grecia arcaica, el poeta Arquíloco, probablemente impresionado por el eclipse del año 648 a. C., escribió que ya nada debía considerarse imposible después de que Zeus hubiese convertido el mediodía en noche. Heródoto cuenta además que un eclipse solar, previsto por Tales de Mileto, sucedido en el año 585 a.C., interrumpió una batalla entre medos y lidios, que habitaban en lo que hoy es Turquía e irán, respectivamente: al oscurecerse el cielo, interpretado como señal divina, ambos ejércitos dejaron de combatir e hicieron la paz. Los cálculos modernos confirman ese eclipse.

Autores romanos relacionaron fenómenos celestes -oscurecimiento, cometas y prodigios- con la muerte de Julio César. No todos ellos fueron eclipses astronómicos reales, pero en la literatura histórica romana la desaparición o alteración del Sol se convirtió en una forma de expresar que la muerte de un gran gobernante había desordenado el universo. Eran una señal de advertencia, aunque no necesariamente negativa. Plutarco asoció el nacimiento de Rómulo, la fundación de Roma y su muerte con tres eclipses solares, lo que no es posible con los cálculos astronómicos modernos.

Ilustración de las obras astronómicas de Al-Biruni, explicando las fases de la Luna en relación con la posición del Sol.

También las religiones se ocuparon del tema. En el judaísmo (Talmud) se describen como malos presagios. El cristianismo cuenta que la tierra se oscureció durante la crucifixión de Jesús, lo que se interpreta, al no poder ser un eclipse, como signo cósmico de duelo. Así se ha reflejado en las pinturas. El islam no admite la divinidad del Sol y la Luna, ni considera los eclipses como un presagio, ya que no tienen relación con la vida y muerte terrenales. Mahoma aconsejó orar durante los eclipses.

                            Cristo crucificado, José de Ribera, Museo de Bellas Artes, Vitoria.




Algunos eclipses tuvieron unas consecuencias importantes. En 1504, Colón y su tripulación, varados en Jamaica y necesitado de alimentos, sabía por sus tablas astronómicas que se produciría un eclipse lunar y lo usó para asustar a la población local y obtener lo que quería.


 

En el Libro de los Milagros de Augsburgo, una de las láminas recoge con bastante realismo el eclipse total de Sol de 1483, acompañado por la plaga de langostas que inundó Italia durante ese mismo año.

Durante siglos, los eclipses solares totales constituyeron la única oportunidad de estudiar la misteriosa corona solar. Solo la invención del coronógrafo por Bernard Lyot en 1930 permitió observarla de manera rutinaria. Se había visto en la India en 1868, con un instrumento nuevo, el espectroscopio. Cada elemento químico emite luz en longitudes de onda características y una línea amarilla debía pertenecer a un elemento desconocido. Se le llamó helio, en honor a Helios, el dios griego del Sol. En 1895 se consiguió aislar, lo que confirmó a los astrónomos.


Un ejemplo notable es el eclipse solar de 1919, que permitió confirmar la Teoría de la Relatividad General de Albert Einstein (1915), marcando un punto de inflexión en la ciencia y nuestra comprensión del universo. Este evento demostró que el campo gravitacional del Sol desvía la luz de las estrellas, un concepto revolucionario en su momento.


La importancia de los eclipses trascendió al campo del arte y la arquitectura. En distintas regiones del mundo, se construyeron monumentos que funcionaban como observatorios astronómicos. Ejemplos paradigmáticos son Stonehenge en Inglaterra y el templo de Kukulkán (Chichén Itzá), en México. A un nivel más sencillo, también se representaron en petroglifos.



                                                    Petrograbado de Aspeberget, Suecia

Historia de Eclipses Solares en España (1905-2026):

30 de agosto de 1905 (Burgos, la totalidad duró más de 3 minutos); 17 de abril de 1912 (eclipse anular en el sur); 2 de octubre de 1959 (eclipse total en Canarias); 11 de agosto de 1999 (el “casi total” europeo); 3 de octubre de 2005 (eclipse anular en Madrid y Valencia. Se vio el “anillo de fuego” durante más de 4 minutos); 20 de marzo de 2015 (eclipse parcial desde toda España); 12 de agosto de 2026 (eclipse total en el norte de España).





El del día 12 de agosto de 2026 será el primer eclipse total visible desde la península Ibérica desde 1905. La franja de totalidad pasará por el norte de la Comunidad de Madrid, y su duración será de entre 30 y 90 segundos. Inicio de la parcialidad: 19:30 h. Fase de totalidad: 20:32 h. Puesta de Sol: 21:17 h.

 



El eclipse del 12 de agosto de 2026 se prolongará en el excepcional Trío de Eclipses, con otros dos el 2 de agosto de 2027 y el 26 de enero de 2028. Cada uno tendrá características y visibilidad distintas según la fecha y la localización geográfica.


 Un eclipse total de Sol cruzará el sur de España por el estrecho de Gibraltar durante la mañana del 2 de agosto de 2027. La totalidad se verá sobre todo en zonas como Cádiz, Ceuta o Málaga, donde durará hasta casi 5 minutos. Desde la Comunidad de Madrid se podrá ver un eclipse parcial con un oscurecimiento aproximado de hasta el 70 %.





Aplicaciones interesantes:
www.trioeclipses.es (Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades).
IGN Eclipses
Solar Eclipse Timer
Eclipse Guide
Peak Finder
Stellarium y SY tonight (planetarios de bolsillo).

Los eclipses también tienen el poder de unir a las personas, recordándonos, de paso, nuestra pequeña presencia en el vasto cosmos. Disfrutemos, aunque todos no seamos umbráfilos (amantes de las sombras) o cazadores de eclipses.



 

 

jueves, 6 de agosto de 2026

El monte Abantos.

El monte Abantos es una montaña de la sierra de Guadarrama, en el sistema Central, que pertenece en su mayor parte al municipio madrileño de San Lorenzo de El Escorial y tiene una altitud de 1.753 m. El nombre le viene del ave abanto o buitre egipcio que era habitual en la época de Felipe II. También se le llamaba “Buen Monte del Oso” debido a la abundancia de especies de caza mayor. Su ladera sur fue elegida por Felipe II para construir el Monasterio de El Escorial, surgiendo alrededor el municipio de San Lorenzo de El Escorial.  

Este mes de agosto se recuerda que en agosto de 1999 se declaró un incendio forestal que calcinó 450 hectáreas de bosque de pino silvestre y resinero -unos 170.000 árboles- y destruyó los hábitats de animales y aves. En el otoño del 2000 se inició una repoblación, que fue muy criticada. Pero no es de esa repoblación de la que quiere tratar este artículo, sino de otra anterior.

En el siglo XVI, para construir el monasterio de El Escorial se necesitaron once mil toneladas de madera, por lo que hubo una tala masiva, unos 20.000 robles. Sólo se salvaron los “Bosques Reales”, que pertenecían al Monasterio. Ya en el siglo XIX, años 1862-1870, se sacaron los montes a subasta pública, y los especuladores acabaron con los árboles restantes. Quedaron La Herrería y el monte de La Jurisdicción (monte Abantos). La preocupación por los bosques no llegó hasta el siglo XVIII y no se tomaron medidas hasta bien avanzado el siglo XIX.

A mediados del siglo XIX estableció su residencia en San Lorenzo de El Escorial el naturalista Mariano de la Paz Graells, padre de la Entomología Ibérica y director del Real Museo de Ciencias Naturales y el Jardín Botánico de Madrid, que habló en el Senado sobre la urgencia de reforestar el monte Abantos.  Se encargó el proyecto al ingeniero local Miguel del Campo y Bartolomé y se estableció la Escuela Especial de Ingenieros de Montes, que se había creado en 1848 instalada en el castillo de Villaviciosa de Odón. Allí se graduó Máximo Laguna y Villanueva, precursor de los movimientos conservacionistas en lo referente a las prácticas agroforestales. En 1869 la Escuela se trasladó a San Lorenzo de El Escorial (Primera Casa de Oficios). Máximo Laguna fue director en 1871-1878 y solicitó al Ministerio de Fomento que el monte La Jurisdicción pasase a depender de la Escuela. En 1891, bajo la dirección de Miguel del Campo Bartolomé, la Escuela proyectó la reforestación del monte Abantos, solicitando el acotamiento y la suspensión del pastoreo.

El monte estaba desarbolado y con un monte bajo que acusaba la pobreza del suelo. Se construyó una red de pistas y caminos y se instalaron viveros.  En 1892 comenzó la reforestación, la primera científica, que se desarrolló durante 40 años, hasta 1911, año en que la Escuela fue trasladada a Madrid. Se habían repoblado 843 has de las 985 disponibles, con pino albar (Pinus sylvestris) y pino resinero (Pinus pinaster), acompañados de forma dispersa de abetos, pinsapos, hayas, alerces europeos, cipreses, olmos, castaños, arces. En 1961 se declaró espacio natural bajo la figura de “Paraje pintoresco”.

Si en el siglo XVI el bosque era de robles, ahora son pinares, albares de origen natural (Pinus sylvestris) por encima de los 1.500 m y el resto de repoblación. Hasta finales del siglo XIX, el monte Abantos tenía extensiones de matorral, pastos y pequeños bosquetes cerca de los arroyos. Después de la reforestación, en las laderas más bajas, entre 900 y 1.300 m de altitud, se extiende la principal masa de pino resinero o negral, que ha sufrido una importante mortalidad por la falta de suelo, pero que se regenera bien, porque se adapta a la sequía y a los suelos pobres. Puede alcanzar 40 m de altura y 300 años de edad. Su resina se usaba para fabricación de colas, disolventes, etc. Por encima de los 1.300 m domina el pino silvestre, albar o de Valsaín, reconocible por el color anaranjado de sus ramas. Es árbol adaptado al viento y al frío. A finales de la primavera sus flores masculinas diseminan el polen amarillo (“lluvia de azufre”).

El pino laricio abunda en el embalse del Romeral y Los Llanillos. Es característico su esbelto porte y el color gris plateado de su corteza. El pino piñonero, de corteza gruesa y rojiza, es común en el Tomillar.  Hay sorpresas, como los pinsapos introducidos junto al arroyo del Romeral y La Barranquilla, que han demostrado capacidad de regeneración, o las hayas que se han adueñado de la zona del Trampalón, junto a algunos alerces europeos. En Los Llanillos, junto al Arboreto Luis Ceballos, hay una buena masa de fresnos. Escondidos entre el pinar o en las quebradas de los arroyos se encuentran pequeñas masas de abedules, castaños, robles melojos o rebollos, encinas, arces de Montpellier, cedros, cipreses, chopos, etc.


Como resumen puede decirse que los trabajos incluyeron observaciones meteorológicas, estudio hidrológico, botánico y del suelo, captación de manantiales y apertura de fuentes, selección de semillas y creación de viveros, siendo el más conocido el de Los Llanillos (área recreativa), aunque también se utilizó el jardín de la Casita del Príncipe y los patios de la Escuela (Casa de Oficios).

 

Fue necesario abrir caminos, sendas y veredas, que recorrían las laderas hasta la cumbre. En total fueron 43 km. A los caminos principales les pusieron nombres vinculados con la Casa Real (Alfonso XIII, Reina María Cristina, Infanta María Teresa, Marqués de Borja) o con los parajes a los que daban servicio (Cerro del Alamillo, Arca del Helechar, Avispero, Castañar). Estaban señalizados por hitos de piedra labrada cada 100 m, y cada 10 m las veredas. Se abrieron dos grandes caminos para vertebrar la red, Camino Horizontal (monte de El Romeral) y Camino Blanco o Segunda Horizontal (monte de la Jurisdicción, acceso al Arboreto de Luis Ceballos). Los caminos necesitaron de puentes como el del Romeral (o del Plantel), el del Helechar (o del Infante), el del Cerro del Alamillo. Los caminos se han deteriorado y algunos han desaparecido. También se construyeron casas y casetas, como la de Los Llanillos (1891-1893), Pataseca (1894), La Penosilla, La Solana de En medio (o del Gurugú), La Solana de la Penosilla (o del Renegado). En algunas de ellas vivían los guardas con sus familias.

Los árboles surgieron en la Tierra hace cuatrocientos millones de años, dominaban el paisaje antes de que se modificara el territorio y su éxito evolutivo ha sido decisivo para la configuración actual de la Biosfera. Su conservación nos acerca a la naturalidad del territorio. Además de los bienes y servicios que proporcionan, son reserva de biodiversidad. La sociedad tiene una percepción favorable de las masas forestales, aunque no discrimina los ecosistemas. Para que una superficie arbolada llegue a ser bosque debe cumplir unas condiciones: que proporcione un microclima especial, tener sotobosque con especies vegetales propias, desarrollarse en un suelo originado por la interacción de todos los factores, mantener un equilibrio dinámico entre sus componentes. Una repoblación forestal no puede ser considerada "bosque" porque no tiene un cortejo florístico propio. En ocasiones sólo son monocultivos forestales, pasto de incendios y plagas. 

Recuperar un bosque maduro es tarea difícil. La reforestación debe ser planificada exclusivamente con criterios naturalistas. Para recuperar la biodiversidad debe realizarse con varias especies arbóreas que favorezcan la aparición de un nuevo complejo florístico. Los pinares de repoblación pasan por varias etapas antes de convertirse en un pinar maduro: establecimiento (25 años), exclusión del matorral (35 años), recuperación del sotobosque (80 años), madurez y equilibrio (80-100 años). El monte Abantos ha alcanzado su madurez y asegura la regeneración natural.


La situación actual del monte Abantos consiste en la repoblación de las zonas que se quemaron en 1999, pero con criterios alejados del naturalismo original. Los pinos jóvenes presentan elevada densidad y acusada mortalidad por las sequías. La escasez de suelo dificulta la regeneración natural y las sequías propician las plagas. Además, hay que prevenir las agresiones causadas por la cantidad cada vez mayor de excursionistas.

 




Para dar a conocer y valorar los trabajos que se realizaron se ha creado la Ruta de Repoblación (www.sanlorenzoturismo.es), de 10 km de recorrido y dificultad media. Se inicia (1) en el aparcamiento Euroforum Felipe II, sigue el Camino de la Fuente de la Bola y la carretera de la Presa del Romeral, construida en tiempos de Alfonso XIII. Pasa por el arca del arroyo Romeral (sistema de abastecimiento) y, entre pinos laricios, alcanza el Parque Forestal Miguel del Campo (2), (placa en la fuente de La Teja, precursor de la ingeniería ecológica), creado en 1929 para celebrar el éxito de la repoblación.


 



El itinerario sigue el agua hacia su nacimiento, hasta llegar al cordel del Valle y coger el Camino de los Gallegos, que toma su nombre de los jornaleros que bajaban desde Galicia para trabajar en las cosechas de Castilla la Nueva y Felipe II lo utilizaba para desplazarse a Segovia. Aquí, Miguel del Campo situó un importante vivero (3), que por su situación en la umbría se dedicaba a especies frondosas como fresno, aliso, chopo y sauce, mediante la siembra o la estaquilla. Encima y debajo de la fuente se aprecian restos de los bancales del antiguo vivero y de una alberca. La fuente, dedicada a Santiago Arroyo, el último guarda mayor del monte Abantos, y el abrevadero fueron construidos en 2017 por el Ayuntamiento.


Desde aquí se sube al mirador de los Alerces, (4), en el risco de gneis del Portacho, con sus pedreras y canchales. Miguel del Campo, mediante la experimentación, encontró las especies más adecuadas para cada zona. En cotas más altas plantó pino albar donde crece de manera natural. Sólo quería plantar especies autóctonas, pero se auxilió de flora exótica. Además de hayas y alerces hay pinsapos (arroyo de La Barranquilla), robles carballo (Pataseca) y cedros de Atlas (primer mirador).

 

La ruta sigue en descenso por la pista forestal hasta el Arboreto Luis Ceballos, (5), que toma su nombre del ingeniero de montes que nació en San Lorenzo en 1896, fue profesor de Botánica en la Escuela de Ingenieros de Montes, publicó estudios sobre la flora española y fue autor del Plan General de Repoblación de España, 1938, y del Mapa Forestal de España, 1966. Contiene 250 especies de árboles y arbustos autóctonos de la península Ibérica y Canarias, y realiza gran labor de educación ambiental. Tiene una superficie de 3,8 has y está situado en la vertiente sureste del monte Abantos, a 1.300 m de altitud. Fue inaugurado en 1996.

Se continúa por la pista hasta Los Llanillos, (6), el vivero más importante, con una casa que albergaba la vivienda del guarda, un despacho y almacenes para herramientas, plantas y semillas. Se edificaron dos casas similares y casetas humildes para los guardas y peones. Aquí se cultivaron plantones de pino silvestre, resinero y laricio. Al principio se compró semilla en Alemania, pero pronto se desarrollaron técnicas para la recolección, conservación, germinación y siembra de los piñones. Había dos zonas regadas desde dos riachuelos próximos y una estación meteorológica. El olmo europeo, plantado en 1891, está clasificado como árbol singular. Fue de los pocos en sobrevivir a la epidemia de grafiosis de los años ochenta.


Se vuelve al Cordel del valle, (7), desde donde se ve la cerca de Felipe II, el bosque de La Herrería, las cimas de Las Machotas, el pico del Fraile y Los Tres Ermitaños. El pastoreo había impedido la regeneración natural de la vegetación, por lo que en 1891 se prohibió la entrada de ganado en el monte, dejando 43 has para los animales de los vecinos pobres. Las vías pecuarias, caminos y servidumbres fueron un reto.  

Siguiendo el camino de Alfonso XIII se pasa el arroyo Helechal (8) y el monte Romeral. Tras su éxito en La Jurisdicción (monte Abantos), Patrimonio Real contrató a Miguel del Campo para dirigir la repoblación del monte del Romeral. Como en la Jurisdicción, en cotas más bajas y en la solana plantó pino resinero, una especie resistente que coloniza suelos pobres. Construyó caminos como el llamado de Alfonso XIII, que se hizo popular por sus vistas y falta de desnivel. La obra civil más importante fue la pista que va desde la M-600 hasta Los Llanillos y tuvo que salvar zonas accidentadas con grandes terraplenes y puentes.

Camino de La Horizontal, (9). La explanada donde se encuentra el Restaurante Horizontal fue abierta en 1904. La zona se conocía como el Trampalón, al ser cenagosa. Allí se instaló un vivero al descubrirse un manantial que dio vida a la Fuente de la Salud. En 1918 se abrió un merendero. Aquí se iniciaba originalmente el Camino Horizontal, comenzado en 1904 y terminado en 1907. Iba de E a O, desde la explanada del Trampalón hasta la carretera de Robledo, a la altura de la presa del Batán, entre el Arroyo del Avispero y el Barranco de los Castaños. Tenía 4 m de ancho y 4,7 km de longitud y estaba señalizado con hitos de piedra labrada de forma tronco-cónica cada 100m. 



A los jornaleros locales, la reforestación les dio trabajo, aunque fuera duro: tuvieron que utilizar picos para hacer los hoyos en el suelo pedregoso y se emplearon mozos para quitar las plagas de insectos de los pinos. Había que mantener una estrecha vigilancia al fuego desde garitas como la caseta en el risco de En medio e incluso llegó a haber un puesto de observación en el Cimborrio del Monasterio.

En la repoblación se plantaron distintos tipos de árboles. Pinos: pino negral o resinero (Pinus pinaster), pino silvestre o albar (Pinus sylvestris), pino laricio (Pinus nigra). Frondosas: fresno (Fraxinus excelsior), roble melojo (Quercus pirenaica), chopo negro (Populus nigra). Hay tres especies de chopo o álamo: negro (o de Lombardía), blanco y temblón. También se plantaron especies exóticas: haya (Fagus sylvatica), roble carballo (Quercus robur), falso plátano (Hacer pseudoplatanus), alerce (Larix decidua), pinsapo (Abies pinsapo), cedro del Atlas (Cedrus atlántica).

También puede visitarse la sede de la Escuela de Montes, en la primera Casa de Oficios.

 

domingo, 2 de agosto de 2026

Urueña

Pequeña población de 200 habitantes (2025) situada a 830 m de altitud. Ubicada sobre una loma, en las estribaciones de los montes Torozos, constituye un mirador de amplísimas panorámicas en el paisaje de la Tierra de Campos, en la inmensa llanura castellana. Cuenta con uno de los cascos urbanos que mejor se han conservado de la provincia de Valladolid, ofreciendo en su aspecto la esencia de una pequeña ciudad medieval. Conserva sus cuidadas calles y plazas empedradas, gran parte de la muralla con dos de sus puertas, algunos lienzos del castillo, casonas de piedra de calidad y la iglesia parroquial gótico-renacentista de Santa María del Azogue. 

Por la proliferación de librerías en su pequeño casco urbano tiene la etiqueta de “La Villa del Libro”. Fuera del casco urbano, destaca la presencia de los tradicionales palomares y, en una zona baja de vega, solitaria y rodeada de campos de cereal, la ermita santuario de Ntra Sra de la Anunciada, el mejor ejemplo del arte románico lombardo en la meseta castellana.

El lugar donde está ubicada la villa, dominando estratégicamente el valle, fue muy atractivo para los primeros asentamientos. La historia nos traslada hasta los asentamientos vacceos, la romanización a principios de nuestra era y la cristianización sobre el siglo X, llegando su desarrollo urbano con la Edad Media. En la ladera del cerro donde se asienta la villa existe desde la antigüedad un manantial de aguas limpias del que se fue surtiendo la población a lo largo de los siglos. Por el término pasaba una vía de unión entre Palencia y Zamora, vía de la Toresana.

En la Edad Media, con el rey Sancho II de Castilla (Sancho el Fuerte), la villa fue cabeza del Infantado de Valladolid. Su hermana Doña Urraca cuidó y habitó el feudo. Más tarde, Alfonso VII concedió a su hermana Sancha Ramírez el Infantado de Valladolid, con el dominium de las villas de Medina de Rioseco, Castromonte y Urueña, las tres en plena frontera de los reinos de León y de Castilla, que con este rey estaban unidos. En 1157 murió Alfonso VII, dividiendo de nuevo los reinos: dejó León a su hijo Fernando II y Castilla a su otro hijo Sancho III el Deseado, que fue quien fortificó la plaza de Urueña. Sancho III reinó tan sólo un año, le sucedió Alfonso VIII de Castilla que era solo un niño, pero el Infantado de Valladolid pasó a la jurisdicción de Fernando II de León que, sintiéndose perjudicado por el testamento de Alfonso VII, aprovechó la minoría de Alfonso VIII para hacerse con estas tierras. 

Cuando Alfonso VIII alcanzó la mayoría de edad, hizo la guerra contra Fernando II y forzó la firma de un tratado de paz en Medina de Rioseco, que restauraba las fronteras entre ambos reinos tal como las había dejado Alfonso VII en su testamento. Después de este tratado volvieron las rencillas entre ambos monarcas, que hubieron de hacer otro tratado de paz, el llamado Tratado de Fresno-Lavandera, en el que se enumeran los lugares que debían pertenecer a cada reino; Urueña quedó dentro del reino de Castilla (entonces se estaba construyendo el castillo). Durante los reinados siguientes, la villa de Urueña se mantendría como punto crucial de frontera entre los dos reinos. En el siglo XV, el rey Juan II donó la villa a don Pedro Girón, 1440, mayordomo y favorito del príncipe y futuro rey Enrique IV.

Muralla

La muralla que rodea la ciudad es de los siglos XII y XIII, de mampostería franqueada de trecho en trecho por cubos semicilíndricos. Se adapta al escarpado borde del páramo donde se asienta la villa. Tiene dos puertas. La principal, Puerta del Azogue, se abre al norte, y es la típica puerta construida en codo para mejor defensa de posibles invasores. La otra puerta está al sur, frontera a la anterior; es el Arco de la Villa, menos protegida desde el punto de vista arquitectónico, pues por esa parte el páramo cae de manera abrupta hasta el valle. Está toda ella almenada y recorrida por camino de adarve. Se conserva el 80% del recinto amurallado, cubriendo una superficie de casi 7 hectáreas, de forma irregular.

                               La muralla por el lado norte. A la derecha, la puerta del Azogue.


                                              Puerta de la Villa en la muralla por la parte sur. 

Imagen generada por IA

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Castillo

El castillo de Urueña dispone de torre del homenaje cuadrada y tubos en las esquinas. Está bastante arruinado y ha servido durante muchos años como cementerio. Cuando se edificó fue una fortaleza muy importante, pues formaba línea fronteriza entre los reinos de Castilla y León, división que había llevado a cabo a mediados del siglo XII el rey Alfonso VII de Castilla. Aquí vivieron personajes importantes de la historia de España. Fue la mansión habitual de doña María de Padilla, amante de Pedro I el Cruel. Otros estuvieron prisioneros, como la princesa de Portugal doña Beatriz, que más tarde casó con Pero Niño, señor de Cigales (Valladolid). El conde de Urgel Jaime II, derrotado en el Compromiso de Caspe y militarmente en Balaguer, fue juzgado y traído prisionero por don Fernando de Antequera. La leyenda cuenta que el huésped prisionero más famoso fue el conde castellano Pedro Vélez, al ser sorprendido en amoríos dentro del recinto con una prima carnal del rey Sancho III el Deseado.


Torreón de Doña Urraca

Iglesia de Santa María del Azogue

La parroquia de Santa María del Azogue es en la actualidad la única iglesia de Urueña. Se encuentra en el interior del recinto amurallado, junto a la "Puerta del Azogue". Construida entre los siglos XVI y XVIII, cuenta con muestras de estilos: gótico en su ábside, renacentista en su nave y una reforma barroca incompleta. Construida en piedra, con contrafuertes en su exterior, cuenta con una sola nave cubierta de madera y con un gran ábside poligonal. El interior cuenta con un retablo de 1671, obra de Juan de Medina Argüelles, y el Cristo atado a la columna, obra de Andrés de Solanes, discípulo de Gregorio Fernández.


                            Casa de la Mayorazga
, sede del Centro Etnográfico Joaquín Díaz 

Ermita de Nuestra Señora de la Anunciada

Nuestra Señora de la Anunciada es una de las escasísimas construcciones conservadas íntegras del primer románico, "románico lombardo", en territorio castellanoleonés; un románico habitual sobre todo en zonas pirenaicas de Aragón y Cataluña, pero totalmente residual en la Meseta. Fue construida a principios del siglo XII, en fechas anteriores al desarrollo de Urueña como villa amurallada, durante la tenencia como Señora de la Villa de Doña Sancha, hija del rey Alfonso VII ya bien entrada la duodécima centuria. En el año 954 hubo una pequeña fundación monástica mozárabe llamada San Pedro y San Pablo de Cubillas. Y es que toda la zona del Duero y los Montes de Torozos debieron tener una importante presencia de mozárabes entre los siglos IX y X, siendo testimonio localidades cercanas como Wamba, San Cebrián de Mazote o San Román de la Hornija.



La aparición en tierras castellanas de una construcción lombarda "tan catalana" fue como consecuencia del matrimonio entre María Pérez Ansúrez (hija del repoblador de Valladolid, el Conde Pedro Ansúrez) y el Conde de Urgel Armengol V. Esta "boda condal" generaría una serie de intercambios culturales entre la Corona de Castilla y los Condados Catalanes que dejó como legado esta maravillosa construcción, hermana casi gemela de iglesias y monasterios de Cataluña como Sant Jaume de Frontanyá, San Cugat del Raçó o Sant Ponç de Corbera, pertenecientes a la segunda mitad del siglo anterior, por lo que esta iglesia respondería a los primeros años del siglo XII.  En el siglo XIII pudo haber desaparecido la comunidad religiosa y perdido su pujanza. Quedó reducida a ermita.

 




En el último cuarto del siglo XVII, Antonio de Isla, obispo de Osma, pero natural de Urueña, quiso honrar a su patrona, la Virgen de la Anunciada, trasladándola desde la ermita vieja hasta la ermita de San Pedro, más cercana a la población, y reformando el edificio, muy deteriorado, con la espadaña en el muro occidental y la construcción de la sacristía al sur. Entonces se cambió la advocación, antes dedicada a San Pedro, y la custodia de la imagen, para la que se construiría un camarín de planta cuadrangular. Se mantuvo la utilidad del edificio, lo que propició su conservación.

Se encuentra fuera del recinto amurallado, en el valle. Resulta una armónica construcción de caliza blanca muy porosa y aparejada en sillarejo desbastado a maza, con muros muy gruesos, sin contrafuertes.


Exterior

Al exterior, los ábsides despliegan la típica articulación lombarda a base de arquillos ciegos y lesenas de poco espesor, quedando en la actualidad el central tapado por un camarín edificado en honor a la Virgen de la Anunciada. Los muros exteriores carecen completamente de escultura monumental, pues no existen canecillos ni capiteles de columnas o relieves que pudieran servirla de soporte.


Interior

Presenta una planta basilical, 16 x 14,5 m, de tres naves de dos tramos (la central más alta y ancha), transepto no marcado en planta, pero si en alzado y cabecera triabsidal de tambores escalonados. Justo en el crucero se eleva un cimborrio. Las cubriciones se realizan mediante bóvedas de horno –hemiciclo– y cañón –tramo recto– en los ábsides, cañón transversal al eje de la iglesia en los brazos del transepto, cúpula semiesférica sobre trompas en el tramo del crucero y cañón longitudinal reforzado con fajones en las naves. Los pilares son cruciformes, tan sólo decorados por impostas de perfil recto en el arranque de los arcos. En los muros se ubican pilastras dotadas también de imposta. La iluminación la posibilitan ventanas en aspillera abiertas en la nave central.



 

Destaca su limpieza y pureza de líneas, cubriéndose las tres naves mediante bóvedas de cañón reforzadas por arcos fajones apeados sobre pilares cruciformes sin semicolumnas. Por tanto, no existen pilares compuestos que pudieran ofrecer capiteles historiados. El alzado es muy sencillo. Está formado por el nivel de los arcos fajones y un piso que se puede considerar claristorio, con unos diminutos ventanales a la altura del arranque de la bóveda de medio cañón. En el crucero, la transición del cuadrado al octógono se realiza a través de trompas marcadas también al exterior, y entre ellas se abren vanos de medio punto. Un detalle curioso es que el octógono trazado ofrece una geometría bastante irregular pues los cuatro lados de las trompas tienen el doble de longitud que los cuatro restantes. El cimborrio remata en la parte superior en una cúpula sólo aproximadamente semiesférica.





El antiguo monasterio mozárabe de San Pedro y San Pablo de Cubillas, pudo estar cerca.

La ermita fue mandada construir por María Ansúrez y el conde Armengol V de Urgel a principios del siglo XII, y pudo quedar así. Imagen generada por IA.

Imagen generada por IA


En el siglo XVIII, Antonio de Isla, obispo de Osma, pero oriundo de Urueña, restauró la ermita y le añadió un camarín para traer la imagen de la Virgen desde otra ermita. Imagen generada por IA.

Aspecto de la ermita antes de la última restauración: