lunes, 4 de mayo de 2026

ESPLENDORES DEL BARROCO

El museo Jacquemart-André de París se ubica en un flamante palacete de los Campos Elíseos de París que cuenta con una escalera monumental y un fresco recién restaurado de Giambattista Tiepolo. En esta primavera de 2026 presenta la exposición “Esplendores del Barroco” con obras cedidas por la Hispanic Society of America (Nueva York), fundada por el filántropo Archer M. Huntington en 1904. Los retratos de Velázquez comparten espacio con los de El Greco, Zurbarán, Murillo, Luca Giordano y Mateo Cerezo. El comisario de la exposición, Pierre Curie, comenta que “los artistas españoles quisieron hacer la síntesis de las influencias flamencas e italianas, y adquirieron una personalidad extraordinaria a través de la pintura y de la literatura. Estamos en el periodo de la mayor autonomía cultural y artística de España”.


La exposición pone el Siglo de Oro en su contexto, desde la llegada de europeos a América en 1492 a la creación de la Academia de Bellas Artes en Sevilla, pasando por la construcción de El Escorial, la llegada de El Greco a Toledo, la publicación de Don Quijote, la llegada de Velázquez a Madrid, la construcción del Retiro y la muerte de Carlos II, final de la dinastía Habsburgo. Desde principios del siglo XVI hasta finales del siglo XVII, el Siglo de Oro corresponde al apogeo económico, artístico y literario de la monarquía española de los Habsburgo (1516-1700). Las cortes de los sucesivos reinados actuaron como mecenas y patrocinadores de los más grandes artistas. Entre el final del Renacimiento y el pleno florecimiento del Barroco, la producción artística española se distinguió por su intensidad expresiva, por la exaltación de la forma y por su profunda espiritualidad.



Francisco Zurbarán, Santa Emerenciana, h. 1635, Nueva York, The Hispanic Society of America

Es una de las santas suntuosamente ataviadas de Zurbarán, con esa riqueza de telas que hablan del buen conocimiento que tenía de los paños con los que comerciaba su padre, no hay más que ver la seda rosa de la capa y los brochados complejos de su túnica. Lleva un libro, quizá, porque era catecúmena, y piedras porque unos paganos la habrí9an matado a pedradas al sorprenderla rezando. Por sus claroscuros y contornos nítidos podría fecharse en la década de los treinta del siglo XVII.



El arte español del Siglo de Oro se caracteriza por una notable riqueza estética y temática. Artistas de toda Europa, como El Greco (1541-1614), contribuyeron a la renovación de la pintura española, infundiéndole innovación y vitalidad. España se convirtió así en terreno fértil para el florecimiento del estilo barroco. Francisco de Zurbarán, Juan Carreño de Miranda, Bartolomé Esteban Murillo y Matteo Cerezo figuran entre los maestros de este periodo.

Francisco de Zurbarán, Santa Lucía, 1630, óleo sobre lienzo, 183 x 111,5 cm. 

Los tres géneros por excelencia en la época eran el retrato, la pintura religiosa (impulsada por el ímpetu de la Contrarreforma, con composiciones diseñadas para impactar tanto la vista como la mente) y la naturaleza muerta. La exposición destaca estos temas predominantes a través del retrato en muchos casos, siendo Velázquez el máximo exponente del género, revitalizando fórmulas antiguas hasta revolucionar el género. Sobre su enigmático cuadro “Retrato de niña” (c. 1638-1642), que muestra su capacidad para dotar a sus modelos de una presencia impactante, se cuenta una anécdota: un grupo de escolares está visitando el museo y los profesores les piden que piensen quién puede ser esa niña, de la que se ignora su identidad. Una niña contesta que puede ser la Gioconda cuando era pequeña. Su identidad es uno de los enigmas del barroco español, habiéndose apuntado que podría ser su nieta Inés Manuela.




Diego Velázquez. Retrato de niña, c a. 1638-44, Nueva York, The Hispanic Society of America.

Es una de las pinturas más atractivas y enigmáticas de Velázquez, porque no sabemos quién fue la modelo. Las hipótesis apuntan, por el aire de intimidad del cuadro, a una familiar. Se trata de uno de los dos únicos retratos de niños no pertenecientes a la realeza que el sevillano realizó y el único individual. Sólo el brillo del cabello ya es signo de maestría. 




También de Velázquez (1599-1660) es un óleo sobre lienzo de 1617 que podría ser su obra más temprana conocida, datada en sus años de aprendizaje junto a Francisco Pacheco. Otros ejes que recorren la muestra son el papel de la monarquía, con retratos de Felipe IV de Juan Carreño de Miranda, o la pintura religiosa y humanista de El Greco como Piedad. La plenitud del barroco español queda patente con las obras de Francisco de Zurbarán o Bartolomé Esteban Murillo.


Domenikos theotokopoulos, El Greco, Piedad, 1574-1576, óleo sobre lienzo, 66 z 48,5 cm.


 

Las tres últimas salas están dedicadas al barroco americano, con obras de destacados artistas de los siglos XVII y XVIII, y se inician con la constatación de que “Cristóbal Colón abrió a la Monarquía Hispánica unos horizontes sin precedentes”. Así se establece un diálogo entre estos artistas separados por un océano, pero unidos por una misma tradición cultural matizada por un lenguaje propio de las culturas locales. Esta elección demuestra que el Barroco hispano no se limitó a Madrid o Sevilla, sino que también floreció en los territorios americanos de la monarquía española, ofreciendo una visión más amplia y rica. Interesante es el cuadro mexicano San Juan Bautista, de Baltasar de Echave Ibía, considerado la primera muestra de la influencia de Caravaggio y sus claroscuros en América Latina.









 



Retrato de Juan de Pareja (1649-50). Velázquez. Este retrato de su esclavo morisco fue expuesto en el pórtico del Panteón el día de San José. En tonos verdosos, lo representó con porte elegante y seguro de sí.



Domenikos Theotokopoulos, El Greco, San Lucas, años 1590, óleo sobre lienzo, 70,5 x 54 cm.

Nicolás de Correa, Las bodas de Cana, 1696, 58,5 x 75,5 cm, óleo y técnica mixta. The Hispanic Society of America. New York



 

jueves, 30 de abril de 2026

El nacimiento de Venus

La diosa, con feminidad de marfil, aparece con la ligereza de su cabellera encendida, mientras la ninfa se apresura a cubrirla con una manta. El suspiro del viento, determinado por el soplo de Eolo, hace que las figuras se eleven en este cuadro de Sandro Botticelli (1445-1510), El nacimiento de Venus (1485, 1485, 172,5 x 278,5 cm, témpera sobre lienzo, Gli Uffizi, Florencia, Italia). Venus presenta una expresión de pasividad extraña, una sonrisa sin terminar y una mirada incierta. El equilibrio de las formas y el gesto enigmático del personaje principal hace que el cuadro quede suspendido en un gótico que intenta ser renacentista.

Botticelli fue uno de los primeros artistas occidentales, después de la antigüedad clásica, en realizar pinturas de tema no religioso y en pintar un desnudo femenino de un personaje no bíblico, aunque la pintura no está completamente exenta de religiosidad según el ideal neoplatónico de conciliación con el cristianismo. Así se logra una imagen que podría interpretarse en clave del cristianismo de la época. Representa una escena inspirada en la narración de la mitología greco-romana que describe el origen de la diosa Venus. Según este mito, Saturno cortó los genitales de su padre Urano y los arrojó al mar. De la espuma que se formó surgió Venus, diosa del amor, quien emergió del mar e impulsada por Céfiro, llegó a las costas de la isla de Chipre o de la de Citerea sobre una concha marina.

La pintura no representa propiamente el nacimiento de la diosa Venus, sino su llegada a la tierra. En el centro del cuadro, la diosa llega a la playa sobre una venera o concha marina, símbolo de fertilidad. A la izquierda aparecen Céfiro y su esposa Cloris (Flora, en la mitología romana). Céfiro, en la mitología clásica, era el viento del oeste que anunciaba la llegada de la primavera. Su esposa, la ninfa Cloris, tenía el dominio de las flores y los jardines. Están rodeados de flores que parecen caer del cielo, son rosas, la flor del amor. En la esquina inferior izquierda hay unos juncos que no crecen en agua marina.



A la derecha, una de las Horas, seguramente la Primavera, diosa del orden de la naturaleza y de las estaciones, recibe a Venus para cubrirla con una capa roja. Su vestido está bordado con flores primaverales de prímula y lleva un collar de mirto, símbolo del amor. Detrás de la Hora, un árbol de naranjas es símbolo de la familia Médicis. El paisaje detrás de la diosa es árido mientras que, a la llegada de Venus, todo florece. 


Esta obra, inspirada en textos como La metamorfosis del poeta romano Ovidio, fue la primera realizada sobre lienzo y no sobre tabla en Florencia, y su interpretación podría ser así: Venus simbolizaría el alma humana renacida mediante el bautismo y recibida por la Iglesia. La venera es símbolo cristiano del bautismo y la usan los sacerdotes para bautizar; en la mitología grecolatina era símbolo de fertilidad y de los órganos sexuales femeninos y podría hacer alusión a la función de Venus como otorgadora de vida, interpretación reforzada por la aridez del paisaje detrás contrapuesto a las flores que aparecen a su llegada. Los personajes están asociados a la primavera, a la renovación de la vida. Los juncos a la izquierda serían una alusión a los genitales masculinos de donde proviene Venus y un símbolo de fertilidad.

Botticelli dio preponderancia al contenido simbólico sobre la representación naturalista utilizando recursos como la abstención en el uso de la perspectiva, la posición de los personajes en un mismo plano, como un friso y sin proyectar sombra, el ajustar las anatomías a la elegancia idealizante del gótico y no al modelo clásico. La piel de Venus parece mármol y no piel humana, efecto logrado al usar témpera en lugar de óleo. El paisaje del fondo es meramente decorativo, lo importante son las figuras, colocadas como un collage. 


La postura de Venus imita las de la estatuaria clásica grecorromana, un guiño a la tradición. La figura se apoya en la pierna izquierda (contrapposto), cubre sus senos con su mano derecha y con la izquierda sostiene su larga cabellera rubia con la que cubre el pubis. Para esta postura pudo tomar como modelo una escultura del periodo helenístico de la colección medicea, la Venus Medici, que, junto a otras, como la Afrodita de Cnido, la Venus Capitolina, la Afrodita de Menofanto, recuerdan la Venus Púdica. Destaca por la textura marmórea de la piel, y el rostro puede estar inspirado en Simonetta Cattaneo o Vespuci, joven de gran belleza que inspiró a poetas y pintores, y que Botticelli reproduce en otras pinturas.


Venus. Cleómenes, años 50 a.n.e., mármol, 153 cm de alto, Galería Uffizi. 


La dicotomía entre materia y espíritu en esta Venus celeste se simboliza en la contraposición entre luz y oscuridad. La parte izquierda del cuadro muestra la luz como el alba (Céfiro era hijo de Aurora, diosa del amanecer), mientras la derecha, más oscura, muestra la materia con los elementos metafóricos de la tierra y el bosque. El centro, entre el día y la noche, entre el mar y la tierra, entre lo divino y lo humano, lo ocupa Venus.


                Moneda de 10 céntimos de euro italiana con la efigie de la Venus de Botticelli.

“El nacimiento de Venus” según otros estilos.

Fresco romano

Románico

Manierismo

Barroco

Rococó

Neoclasicismo

Impresionista

Surrealista

Otras Venus de Botticelli.

Venus del taller de Botticelli (c. 1490) Bemäldegalerie de Berlín
                               
Venus del taller de Botticelli (c. 1485-1490) Galleria Sabauda de Turín

    Las dos obras.



Las dos obras más emblemáticas de Sandro Botticelli son Primavera, realizada entre 1477 y 1482, y El nacimiento de Venus, pintada en 1486. Aunque no se pintaron para ser contempladas juntas, entre ambas existen paralelismos evidentes: empleó pintura al temple, usó la misma escala y las mismas medidas. La mayor similitud entre los dos cuadros es su temática. En ambas aparece una Venus como eje central de la escena: en Primavera la postura es estática, aparece vestida y el estilo es relativamente gótico; en El nacimiento de Venus está en movimiento y desnuda, más humana.

 


Céfiro y Cloris aparecen en las dos obras, con flores flotando a su alrededor mientras vuelan y con una apariencia más luminosa y menos dramática en El nacimiento de Venus que en Primavera. La primera es más oscura que la segunda en todos los aspectos conceptuales y técnicos.

 


 


Flora es la que más similitudes presenta en las dos creaciones. Su vestido, se presenta con un estampado floral, en ambos cuadros lleva un collar con forma de corona y, en "El nacimiento de Venus", aparece cubriendo a la figura central con una capa similar a la que porta en su brazo en "Primavera".

 

sábado, 25 de abril de 2026

Asurbanipal



Hace más de 2600 años se produjo el ascenso de Asiria, en el Irak actual, y durante tres siglos crearon uno de los imperios más poderosos de la Antigüedad, en el que destacó Asurbanipal (669-631 a.n.e.). Gobernó desde Nínive, la capital, y ejerció un poder sin rival sobre un enorme territorio. Fue una figura compleja, guerrero implacable, erudito apasionado (primera gran biblioteca, La epopeya de Gilgamesh), favorecedor de la opulencia arquitectónica y artística (palacios y jardines), diplomático sofisticado. Esta exposición en CaixaForum Madrid se basa en la colección asiria del British Museum.


 



Relieve de la caza del león (Réplica, resina acrílica). Palacio norte, Nínive. 645-640 a.n.e.

Muestra al rey atravesando con su espada el pecho de un león herido, mientras detrás de él, un eunuco sujeta flechas de repuesto. Imagen de Asurbanipal como guerrero.




Nínive, una ciudad sin rival.

Los reyes asirios fueron extraordinarios constructores. Senaquerib, el abuelo de Asurbanipal, transformó Nínive asombrando a todo el Oriente Medio antiguo. Su palacio fue el asombro de todos los pueblos y sus puertas estaban flanqueadas por colosales toros alados con cabeza humana que protegían al rey frente a fuerzas sobrenaturales. Asurbanipal gobernó desde este palacio hasta que se construyó su propia residencia real, el palacio norte, decorado con paneles murales, esculpidos y pintados de vivos colores.

 



El palacio, en la colina de la ciudadela de Nínive (hoy Kuyunjik), tenía muros exteriores de ladrillos de adobe recubiertos con yeso blanco brillante y ladrillos esmaltados de vivos colores. Para los techos se utilizaron enormes vigas de madera de cedro del Líbano. El palacio se distribuía en salas dispuestas alrededor de patios pavimentados. Las salas más majestuosas estaban decoradas con escenas narrativas y figuras protectoras talladas en bajorrelieve sobre paneles de alabastro yesoso, a la vista de los miembros de la corte y visitantes. Originalmente, estas escenas estaban pintadas de colores brillantes.


 



La familia real.

Las disputas sucesorias eran habituales en Asiria, y a menudo terminaban con derramamiento de sangre. Sargón II, bisabuelo de Asurbanipal, se apoderó del trono mediante un violento golpe de Estado. El abuelo de Asurbanipal, Senaquerib, fue brutalmente asesinado por el mayor de sus hijos vivos tras haber designado príncipe heredero a un hijo menor, Asarhadón. 



La decoración de los palacios era una demostración de la riqueza y poder del rey ante su corte y ante los súbditos que lo visitaban desde todos los rincones del imperio. La refinada artesanía, los materiales preciosos y los orígenes exóticos de los muebles y otros objetos denotaban el mayor de los lujos. El palacio no solo era la sede del poder político, sino también un lugar de esparcimiento. 

Guardianes mágicos.

Los visitantes del palacio real entraban a través de majestuosas puertas flanqueadas por imágenes de guardianes mágicos que lo protegían de posibles fuerzas malignas

Panel mural en relieve con los espíritus protectores. Palacio norte, Nínive, 645-640 a.n.e., alabastro yesoso.

Aparecen tres espíritus protectores. El de la izquierda es un lahmu o “peludo”: lleva el cabello peinado en elaborados tirabuzones, lo que, junto con los flecos que cuelgan de su falda indica su estatus divino. El del centro es un ugallu o “gran león”, que blande su daga con gestos amenazadores y sostiene una maza como símbolo de autoridad. El de la derecha es un “dios de la casa”, cuyo tocado con cuernos indica su condición divina.

Jardines de recreo.

A los reyes asirios les gustaba cultivar jardines, huertos y cotos de caza, llenándolos de plantas y animales procedentes de todos los rincones del imperio. Asurbanipal organizaba en sus parques cacerías de leones, tanto a pie como a caballo, representando su triunfo sobre los elementos caóticos del mundo y la estabilidad del imperio.

Panel mural en relieve con el recinto del jardín, Palacio norte, Nínive, 645-635 a.n.e., alabastro yesoso.

En la franja superior, una procesión de músicos tocando una lira, un arpa vertical y flautas dobles avanza hacia dos cortesanos que portan varas de madera y custodian un recinto vallado. En la franja central, otros dos cortesanos custodian el mismo recinto del jardín, que protege de las miradas a la comitiva real. Debajo, un jabalí hoza entre los altos juncos. 



Panel mural en relieve con acueductos y canales. Palacio norte, Nínive, 645-640 a.n.e. Alabastro yesoso.

Senaquerib, abuelo de Asurbanipal, mandó construir una inmensa red de canales y acueductos para hacer llegar el agua desde grandes distancias hasta la nueva capital, Nínive. La escena superior muestra un frondoso parque cerca de Nínive, donde un acueducto de arcos ojivales riega los huertos y jardines. El agua fluye por varios canales que atraviesan el paisaje, y un arroyo cruza un sendero que conduce a una estela en honor al rey y a un pabellón con columnas.


 

Reconstrucción digital del panel mural en relieve con la escena del banquete de Asurbanipal. Palacio norte, Nínive. 645-635 a.n.e. Alabastro yesoso.

La fiesta en el jardín.

Tras ser designado príncipe heredero, Asurbanipal contrajo matrimonio con Libbali-sharrat, con la que aparece comiendo en el jardín. Se trata de una apacible escena en la que sirvientes y músicos atienden a la pareja real y que seguramente tiene lugar en los jardines privados de la reina, por lo que ofrece una visión íntima e inusual de la vida en la corte asiria. Libbali-sharrat, con una corona que representa la muralla y las torres de una ciudad, se lleva un cuenco a los labios. A su lado hay una mesa con unas patas de león idénticas a las de bronce halladas en las excavaciones.


La caza del león.

Los parques de Nínive eran el escenario de la caza real del león, un espectáculo público de gran teatralidad. Un conjunto de paneles murales esculpidos en relieve muestra a Asurbanipal cazando leones asiáticos, una especie más pequeña que prosperó en el antiguo Oriente Medio. Escenas como esta representan la valentía y destreza del rey, protector de Asiria por elección divina y cuyo deber era mantener el orden universal derrotando a las fuerzas del caos. Eso es lo que hacía al matar leones, los animales más peligrosos del territorio. 

Formado para ser rey.

Como hijo menor, Asurbanipal no estaba destinado a ser rey, por lo que aprendió a leer y escribir, algo inusual, pero, una vez elegido, recibió una rigurosa formación en todos los aspectos de su cargo, como liderazgo y militares. Acompañaba a su padre en la corte y actuaba como su jefe de espionaje, reuniendo datos de aliados y enemigos.

Creación de la biblioteca.

Asurbanipal heredó muchos textos de su padre. Después de que conquistara Babilonia, en el año 648 a.n.e., llegaron miles de volúmenes más. Algunas tablillas llevaban plegarias a Nabu, dios de la escritura. La biblioteca de Asurbanipal fue destruida en el año 612 a.n.e., aunque el incendio que arrasó la ciudad coció parcialmente las tablillas, contribuyendo a su conservación.

Mitos y épica.

Asurbanipal incluyó en su biblioteca la abundante literatura mesopotámica. Uno de ellos es La epopeya de Gilgamesh, la obra más famosa.

Con una elegante prosa, esta epopeya narra las aventuras del héroe Gilgamesh y su compañero Enkidu, durante las cuales Gilgamesh debe afrontar las emociones humanas más profundas, desde la amistad y el amor hasta la aflicción y el abatimiento. Cada capítulo se escribía en una tablilla diferente. Los distintos juegos están incompletos, aunque los hallazgos van completando algunos.

Asiria y el dominio del mundo.

Asurbanipal gobernó un imperio geográfica y culturalmente diverso que se extendía desde las costas del Mediterráneo oriental hasta las montañas de Irán occidental. Estaba dividido en regiones administrativas que gobernaban funcionarios leales a la corona. Junto con los embajadores reales, mantenían el control sobre los territorios vecinos, recurriendo tanto a las negociaciones como a la violencia. Los abundantes recursos llegados de todas partes enriquecieron el imperio, que colonizó territorios desolados y construyó ciudades, transformando el tejido cultural al introducir nuevas tradiciones artísticas, tecnologías, idiomas y formas de pensar.

El gobierno del imperio.

Debido a su enorme tamaño, era difícil de gestionar, lo que llevó a desarrollar la red de comunicación más eficiente de su época: un innovador sistema de calzadas reales. Los funcionarios sellaban sus cartas con un anillo grabado con el sello imperial, de modo que el rey podía delegar su poder y estar presente en todos los puntos del imperio.

Los magnates eran altos cargos administrativos, originalmente hereditarios y limitados a la nobleza. Tenían mucho poder, hasta llegar a usurpar el del rey en épocas de crisis. Después, para proteger la autoridad real, se les eligió entre un grupo de administradores formados por el Estado, muchos eunucos, que renunciaban a los vínculos familiares, lo que garantizaba que ningún cargo oficial fuese hereditario. En las representaciones artísticas, los eunucos son lampiños.

Fragmento de relieve con uno de los magnates del rey. Jorsabad, 710-705 a.n.e., alabastro yesoso.

Reproducción de un panel mural tallado en relieve. Palacio norte, Nínive, 645-635 a.n.e. Escayola.

Asurbanipal conquista Egipto.

Egipto llevaba años amenazando la frontera occidental de Asiria cuando el rey Asarhadón murió allí durante una campaña. Su hijo, el nuevo rey Asurbanipal, envió a su ejército y obtuvo una gran victoria, pero el soberano egipcio, Taharqo, logró huir. Entonces, el sobrino de Taharqo se autoproclamó rey y Asurbanipal reunió a sus tropas para el enfrentamiento decisivo: la gran ciudad egipcia de Tebas fue saqueada y su población, deportada. El botín se exhibió en Nínive y los obeliscos de metal que se habían alzado ante los templos de Tebas se fundieron para decorar los templos asirios.

Redes de control.

Los productos exóticos que engrosaban los erarios de palacio eran un reflejo de su control sobre las provincias extranjeras y del acceso a rutas comerciales remotas. El rey se aseguraba las lealtades mediante la diplomacia y la violencia, por lo que el ejército, compuesto por profesionales, reclutas y mercenarios extranjeros, era clave para la expansión y mantenimiento del imperio. En los palacios hay escenas de pagos de tributos y de victorias sobre súbditos rebeldes.

Intercambio internacional.

La expansión del Imperio reactivó la fabricación y comercio de objetos de lujo, además de propiciar el intercambio cultural, artístico, tecnológico y de personas.

Recipiente para cosméticos. Sippar, 800-600 a.n.e. Concha de Tridacna squamosa.

La tridacna estriada o almeja gigante es una especie de molusco bivalvo que vive en el océano Índico, en el mar Rojo y en el golfo Pérsico. Los artesanos, fenicios probablemente, usaban sus conchas acanaladas para fabricar recipientes de lujo para cosméticos y solíajn tallar las charnelas en forma de cabeza de sirena (criatura mitológica con cabeza de mujer y cuerpo de ave).

 

Panel mural en relieve con la ejecución de un general elamita. Palacio norte, Nínive, 645-640 a.n.e. Alabastro yesoso.

Los reyes de Elam desafiaron al gobierno asirio invadiendo su territorio. Este panel muestra el campo de batalla, donde Ituni, un general elamita, corta su arco en señal de rendición al verse rodeado de los cadáveres mutilados de su ejército. Los buitres picotean los ojos de los muertos, que yacen desnudos, y un soldado asirio está a punto de ejecutar a Ituni.

Asurbanipal en guerra.

Llevó a su ejército más lejos que ninguno de sus predecesores. Era deber suyo, como representante humano de los dioses, extender las fronteras del imperio, para lo que consideraban justificada la violencia. Durante la primera mitad del largo reinado de Asurbanipal, Asiria se expandió al oeste conquistando Egipto, y hacia el este doblegando a un rebelde usurpador elamita. A mediados de su reinado se produjo una grave crisis en Babilonia que desató un largo y violento enfrentamiento entre Asurbanipal y su hermano.

Elam.

Una de las grandes potencias del antiguo Oriente Medio fue Elam, que hacia el año 700 a.n.e. se había recuperado de la amenaza de expansión de Asiria. El reino elamita se extendía por las llanuras y montañas del suroeste del actual Irán, y sus gobernantes desafiaron al imperio asirio apoyando revueltas y ofreciendo refugio a sus enemigos. Al principio del reinado de Asurbanipal estaban en paz, pero todo cambió cuando el rey elamita invadió Babilonia.

La represalia.

Después de tomar Babilonia, Asurbanipal dirigió su atención hacia Elam, que había apoyado la rebelión de su hermano y que daba asilo a un gobernador babilonia que lo había engañado. Como la amenaza no surtió efecto, Asurbanipal descargó su furia sobre Susa, la capital de Elam. Los templos fueron destruidos y los huesos de los antiguos reyes se exhumaron para impedir que sus espíritus descansaran. El traidor babilonio, sabiendo que su arresto era inmediato, suplicó a su guardia que lo matara. Su cadáver se conservó en sal y se entregó en Nínive a Asurbanipal.

El destino de Asurbanipal.

Pese a la abundancia de información, su muerte no ha quedado registrada. Su reinado debió terminar entre los años 631 y 627 a.n.e. Quizá murió, abdicó o fue depuesto, y es posible que lo enterraran en Asur, junto a otros reyes de Asiria. El Imperio asirio empezó a desmoronarse: le sucedió brevemente uno de sus hijos, Ashur-etil-ilani, y Sin-shar-ishkun, probablemente otro hijo suyo, fue el último rey que gobernó desde Nínive. En el año 626 a.n.e., un antiguo general, Nabopolasar, reclamó el trono de Babilonia y comenzó una lucha por la independencia.

Réplica de un relieve de palacio. 635 a.n.e. Resina acrílica.

Un rey vencido.

Cuando medos y babilonios destruyeron los palacios de los grandes reyes asirios, destruyeron también las imágenes de sus antiguos señores. Aquí, el rostro de Asurbanipal aparece mutilado.

Estela de arenisca roja, con Asurbanipal transportando una cesta ritual de tierra sobre la cabeza para la reconstrucción de E-Zida, 668-655 a.n.e., templo de Nabu, Borsippa (Irak).

Leyenda, descubrimiento y resurgimiento.

Los descubrimientos arqueológicos del siglo XIX en Irak cambiaron la antigua percepción que se tenía de Asiria, a cuyos reyes se había considerado descuidados y moralmente corruptos.

La caída de Asiria fue un acontecimiento excepcional que quedó plasmado en la Biblia y en la literatura de la Grecia y la Roma antiguas: según los relatos clásicos, Asiria fue castigada a causa de la depravación de sus gobernantes, que se rodeaban de riquezas y lujos. Se decía que el libertinaje del último rey había provocado la destrucción del imperio y que, al comprender que Nínive estaba perdida, mandó construir una enorme pira en su palacio y se arrojó a las llamas junto con sus posesiones, concubinas y eunucos.

Tras los descubrimientos arqueológicos, Asiria es considerada como una de las grandes civilizaciones del mundo antiguo.


Azulejo de pared esmaltado que, originalmente, formaba parte de una escena narrativa que representaba al rey asirio, posiblemente Asurnasirpal II, 875-850 a.n.e., palacio noroeste, Nimrud (Irak).