martes, 15 de septiembre de 2026

Valeriano Bécquer.

El artista sevillano pintó ocho cuadros, entre 1866 y 1867, por encargo del antiguo Museo de la Trinidad, para retratar la idiosincrasia española, las costumbres de las provincias. Se le concedió una pensión de diez mil reales anuales con la obligación de remitir al Museo dos cuadros cada año. Se trata de uno de los mejores ejemplos de la pintura costumbrista del siglo XIX en España, por su calidad y por la objetividad, que lo convierten en un capítulo fundamental del realismo pictórico en nuestro país. El conjunto de cuadros comenzó a dispersarse en 1877, al ser depositados en diferentes instituciones. Estas obras se reúnen por primera vez en la exposición “Valeriano D. Bécquer (1834-1870): Los cuadros de costumbres”, en el Museo del Prado.

El conjunto se entregó en tres fases, correspondiendo a las distintas provincias, y presenta formatos y medidas divergentes. Las obras pertenecientes a Zaragoza y Soria fueron entregadas en 1866 —con dos y tres cuadros respectivamente— y las de Ávila en 1867, con otros tres. Durante estas campañas, Valeriano efectuó además numerosos dibujos, muchos perdidos.

Desde Vera del Moncayo envió dos obras, “Interior de una casa en un pueblo de Aragón” y “El presente. Fiesta Mayor en Moncayo (Aragón)”.

Interior de una casa en un pueblo de Aragón” está protagonizada por mujeres, algo frecuente en la obra de Bécquer, centrándose en la descripción de las indumentarias, de rico colorido. Es una escena que se daba los días de fiesta, cuando las mujeres se jugaban el chocolate a las cartas a la hora de la merienda. En una escena de interior, el ama del cura, la alcaldesa, la cirujana y alguna labradora acomodada juegan el chocolate y los esponjados al amor de la lumbre. El pintor fue muy preciso con los detalles: el peinado de la mujer recostada, el jubón de la niña, la falda y las abarcas de la anciana, las piedras o tantos en el suelo, la taza manchada de chocolate, el plato con la vianda, la ristra de ajos que cuelga de una viga, el fuego y los recipientes cerámicos, los elementos arquitectónicos, etc. Es una de las obras que presenta una composición más compleja.

El presente. Fiesta Mayor en Moncayo (Aragón)” presenta gran diversidad de tipos de trajes y de prácticas festivas, como el baile del paloteo o el convite. La comitiva ha parado en casa del alcalde, que viste la capa correspondiente al cargo y lleva el bastón de mando. Junto a la puerta ha dispuesto una mesa con jarros y ofrece uno al mayordomo de la cofradía, que es el que porta el pendón. Mientras, su hija, en el centro de la composición, ofrece los dulces; viste saya roja con cenefa inferior de color negro en forma de picos, delantal negro y pañuelo blanco, y pendientes de chispas. Se ven dos danzantes, con indumentaria diferente, uno con falda. Son particulares de la zona los adornos en rojo que rematan en pequeñas borlas o cascabeles, cosidos a una pieza de tela cuadrada sobre las medias y atada debajo de la rodilla. También aparecen otras mujeres, el gaitero o dulzainero y el tamborilero.


El conjunto de Soria, el de mayor calidad, se vincula además con la vida personal del pintor y de su hermano, el poeta Gustavo Adolfo. De sus viajes por Villaciervos y Burgo de Osma saldrían El baile, Un leñador y Una hilandera. La dureza del trabajo en los bosques es atenuada por el esmero en el tratamiento de los dos tipos individualizados, concebidos con total dignidad, y el carácter lúdico del baile, que le permite incorporar una gran diversidad de tipos humanos y de detalles.


“El baile”
es el más bello del conjunto. La escena se ambienta en el pueblo soriano de Villaciervos. Ante el tapial de una casa de leñadores está situada una carreta, tirada por bueyes, cargada con vigas de madera. En el descanso, dos parejas de campesinos y otra de niños bailan al compás del tamboril, que toca un lugareño envuelto en la capa blanca típica, junto a una mujer y una niña. Otros paisanos contemplan el baile. El cuadro es prueba de la sensibilidad de la obra del pintor, que trasciende el pintoresquismo decorativo de una escena de costumbres.





“Un leñador” se pintó como pareja de “Una hilandera” en las cercanías de Burgo de Osma. Representa a un recio leñador, de rostro joven y barbado, gesto adusto, mirada sombría y larga cabellera, que posa en pie y de cuerpo entero acodado en unas peñas mientras se apoya en su hacha, junto a un tronco recién cortado. Viste una gruesa dalmática parda con capuchón y varios remiendos, atada a la cintura por una cuerda, y calza sencillas abarcas. El personaje está captado con realismo y con respetuosa proximidad, a lo que se suma la precisión descriptiva a que obligaba el encargo. La sobriedad del personaje, su rudeza humilde, está revestida de la elegancia armónica de la estatuaria clásica mediante una iluminación intensa ante el fondo umbrío del boscaje, en una pose solemne y serena que se expresa en una monumentalidad severa.



 



“Una hilandera” describe la figura de una joven hilandera, de rostro despierto y vivaz, que posa en pie apoyada en una gran peña. Vestida con un grueso traje pardo, de corpiño ajustado, falda larga y capa arrollada a la cintura, calza humildes abarcas sobre medias negras, cubriéndose el cabello con una pañoleta roja, a juego con su collar. Con su gesto parece mostrar al espectador el arte de su oficio. Así, en el costado izquierdo sujeta la vara con el copo de vellón que retuercen sus manos hasta convertirlo en el hilo de lana que se va ovillando en el huso. La condición femenina de la modelo hace que el artista conceda una mayor complacencia decorativa a la composición, de un colorido más luminoso. La figura de la lozana campesina se recorta ante un bello celaje crepuscular de horizonte bajo, pintando con su técnica más minuciosa una pequeña golondrina posada sobre una vieja valla de madera.


 

En el envío de Ávila, Bécquer optó por representar diferentes aspectos asociados a la peregrinación a la ermita de Sonsoles, en el valle de Amblés, como los romeros descansando (La fuente de la ermita), la joven que porta una cesta con presentes para ofrendar a la Virgen o el hombre ante el despacho de vinos.

“La fuente de la ermita” (Costumbres del valle de Amblés en la provincia de Ávila) se refiere a la ermita de la Virgen de Sonsoles, cerca de la capital abulense.  Representa un grupo de lugareños deteniéndose a beber en el milagroso manantial próximo al santuario, término de su romería. Las indumentarias se han convertido en una imagen icónica de la provincia. En las mujeres se establecen diferencias en función de sus edades, como el jubón de indiana estampada que lleva la joven con el puchero en su mano. Las niñas llevan el pañuelo chichonero, puesto como si fuera una diadema; la que permanece de pie y de espaldas lleva moño con un pequeño picaporte abierto, parecido a los que se ven en el Tiétar. La mujer de primer término que se inclina a beber lleva manteo pajizo de tirana picada en rojo, con grandes castañuelas como motivo decorativo, característico de la mujer serrana. Entre los tocados femeninos destaca el sombrero de ala, con flores o plumas, típico en la provincia.




“Aldeana del valle de Amblés" es la última obra del encargo. Parece que la joven viste ropa de luto, pues su color contrasta con el de las mujeres que aparecen en La Fuente. Todas comparten el sombrero característico de Ávila, de paño de ala ancha, rematado aquí con plumas blancas; y, como alguna de las jóvenes del otro cuadro, presenta el cabello peinado por grandes rodetes. La mujer porta una gran cesta repleta de huevos. Esto quizá se deba a que los lleva para subastarlos tras alguna de las romerías que se hacen a la ermita de la Virgen de Sonsoles. Como ocurre en Soria, los tres cuadros aluden a los mismos asuntos y forman conjunto.




 






“Tipo del valle de Amblés”. La alabarda y la banda cruzada al pecho constituyen la indumentaria habitual de los miembros de las hermandades que organizan las celebraciones religiosas en diferentes localidades de España. Es el caso de este “escuadro”, que participa en la romería de la Virgen de Sonsoles. El tonel, el botillo de vino y los recipientes donde se sirve aluden al carácter lúdico de la festividad.






 

Los dibujos son otra parte del trabajo de Bécquer de estos años, muchos de los cuales fueron reproducidos en revistas a través del grabado, lo que permitió difundir la obra del artista más que sus propios cuadros.


“Baile en una taberna”.
Hacia 1872. Albúmina sobre papel fotográfico, 184 x 258 mm. Juan Laurent y Minier  -Fotógrafo- (Autor de la obra original: Valeriano Domínguez Bastida Bécquer. Esta fotografía pertenece al álbum fotográfico de obras de arte españolas y portuguesas realizado por J. Laurent y Cía., con motivo de la Exposición Nacional de 1871.


“La bendición de los alimentos”. Hacia 1872. Albúmina sobre papel fotográfico, 186 x 260 mm. Juan Laurent y Minier -Fotógrafo- (Autor de la obra original: Valeriano Domínguez Bastida Bécquer. 


Aldeanos de Fuente Toba. Tipos de Soria” y Leñador de los Pinares y pastor de Villaciervos”. Valeriano D. Bécquer (dibujante) y Bernardo Rico Ortega (grabador). La Ilustración (Madrid), nº 9. 27 de febrero de 1870. Biblioteca del Museo del Prado.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Anfiteatro romano de Mérida

El emperador Octavio Augusto ordenó fundar la colonia Augusta Emerita (Mérida) en el año 25 a.C. para que sirviera de retiro a los soldados veteranos licenciados de las legiones V Alaudae y X Gemina. La construcción del anfiteatro se planificó junto con la del teatro y se levantó poco después, inaugurándose en el año 8 a.C., conformando una gran área pública de espectáculos. Estaba destinado a las luchas entre gladiadores o fieras y, a diferencia del teatro, los hombres y las mujeres podían sentarse juntos. Los juegos duraban un día completo y eran gratuitos, financiados por los magistrados y gente importante a la que servían de propaganda política.

Tras el recorrido por la ciudad, los gladiadores (prisioneros de guerra, esclavos u hombres libres en busca de un futuro mejor) entraban por la Porta Pompae vitoreados por el público. La espada típica de los gladiadores era la gladius (gladiador proviene de gladius), espada corta derivada de las falcatas ibéricas. Hacían, en primer lugar, un simulacro con armas de madera y después llegaba el combate al toque de un cuerno. El vencedor preguntaba al público si debía matar o no al vencido. Los que morían eran sacados a rastras por los esclavos y los vencedores recibían premios, incluso dinero, y salían por la puerta triunfal. Existían escuelas de gladiadores donde se especializaban en un tipo de combate y arma. Al cabo de tres años podían licenciarse y convertirse en instructores, o continuar luchando.

El anfiteatro fue abandonado hacia el siglo IV, por la oficialización del cristianismo, sufrió el expolio de materiales y permaneció enterrado hasta principios del siglo XX.


Tiene forma elíptica (óvalo), con un eje principal de 126 m y uno menor de 102 m, mientras que la arena mide 64 m por 41 m. Dieciséis puertas (vomitorios) se abren al exterior en la fachada. Las destinadas a autoridades y organizadores eran tres, monumentales, de 3,5 m de anchura, y las trece restantes eran para el público. La principal es la que se encuentra en el extremo del eje occidental. Los anfiteatros romanos utilizaban uno de estos accesos monumentales para la entrada del desfile que inauguraba los juegos gladiatorios. Si el anfiteatro sólo disponía de dos accesos monumentales esa misma puerta se utilizaba también para la salida de los gladiadores victoriosos. En el caso de Augusta Emerita, al disponer de tres accesos monumentales, se plantea como hipótesis la utilización de una puerta distinta para cada una de estas acciones y la tercera para acceso de las autoridades.

 

Acceso principal

Gran puerta construida con fuertes muros de mampuesto y granito. La bóveda se edificó con ladrillos, un material más ligero.


Las gradas del lado este se construyeron sobre el cerro de San Albín, al igual que las del teatro adyacente. La fachada exterior tenía dos pisos, utilizaba arcos de medio punto y pilastras adosadas. Como en otros edificios romanos, las gradas o cáveas se dividen en tres sectores: ima, media y suma cavea. Augusto, bajo cuyo mandato se construyó este anfiteatro, asignó las gradas altas a los esclavos y los pobres. Un pasillo y escaleras daban acceso a las gradas media y superior. Al fondo se conserva una de las pocas ventanas originales. El uso del ladrillo facilitó su forma abocinada hacia el interior. Se conservan 28 hiladas, que alcanzan casi 2 m de altura. Al exterior del edificio sólo se apreciaría un hueco estrecho y rectangular en el muro de mampostería, en este caso sin remate de ladrillo.

 




El ladrillo se utilizó en múltiples zonas del anfiteatro, como recubriendo el muro del corredor que divide las gradas inferior y media, y pilastras a tramos regulares. Otro elemento constructivo muy fue el hormigón (opus caementicium), utilizado para edificar el núcleo del anfiteatro, por la solidez que aportaba este tipo de fábrica. Emplearon cal, cantos y arena de río, así como anfibolitas (tipo de piedra) de tamaño medio. En la parte superior se ven los grandes bloques de hormigón, desplazados de su posición original, que sirvieron como asiento de las gradas media y superior.

 

En cada extremo del eje menor había una tribuna, la del oeste reservada para las autoridades y la del este para quien financiaba el espectáculo, tribuna de editores. En los frentes de ambas había inscripciones que han permitido datar la inauguración del edificio. La inscripción escrita en latín y grabada en el dintel de granito, corresponde a la conmemoración de la construcción del anfiteatro: “AUGUST. PONTIF. MAXIM. TRIBUNIC. POTESTATE XVI” y hace referencia al emperador Augusto y a sus títulos, situando la fase inicial del edificio en torno al año 8 antes de nuestra era.

Quizá hubo otros dos palcos de honor sobre las puertas de acceso a la arena en los extremos del eje mayor, Porta Pompae y Porta Triumphalis. En los arcos de los vanos de acceso se utilizaban sillares bien trabajados, que presentan el almohadillado característico de la época.


Fresco que representa una venatio, hallado en el anfiteatro (Museo Nacional de Arte Romano). 

La arena, donde se desarrollaban los espectáculos, está separada de la cávea por un alto podio y unas redes para proteger al público. Estaba recubierto de mármol y con pinturas murales. A diferencia de otros anfiteatros como el Coliseo, carecía de hipogeos (sistema de subterráneos), pero, en el centro de la arena, había una gran fossa bestiaria, destinada a almacenar las jaulas de las fieras y material escénico, que tenía hasta 4,5 m de profundidad y estaba cubierta por un entarimado.




En los extremos del eje mayor había dos largas galerías que permitían el acceso a las gradas y la entrada de los gladiadores a la arena. A ambos lados, junto a la arena, hay habitaciones reservadas a los gladiadores o a las fieras. Alguna pudo estar dedicada al culto de la diosa Némesis, diosa de origen griego que simboliza la venganza, pero también la justicia y la fortuna. Los textos clásicos cuentan cómo los gladiadores se encomendaban a ella, antes de comenzar el combate rezándole esta oración: “A Némesis, para que salga con los mismos pies con los que he entrado”. En el siglo I, el emperador augusto prohibió la muerte en la arena, aunque después otros emperadores levantaron la prohibición.

 


Para evitar inundaciones, se construyeron unos canales perimetrales de drenaje, y, reconociendo las redes comerciales regionales, aparece el uso de mármol de Estremoz (Portugal) en los asientos principales.

La lucha de gladiadores premiaba la habilidad en los movimientos y la fuerza, pero eran frecuentes las heridas que deformaban con cicatrices el cuerpo y rostro de los luchadores. La dieta habitual la componía carne, cebada y alubias, para rendir más. Infusiones con cenizas de hueso y madera ayudaban a fortalecer los huesos. La noche antes del combate se les ofrecía una cena especial y abundante. En el siglo II se incorporaron al espectáculo gladiatorio mujeres y enanos. La doble moral romana privaba a los gladiadores del honor y otros derechos. El contacto con la sangre y la muerte los convertía en indignos. Todos los gladiadores se formaban en escuelas especiales llamadas Ludus. Allí entrenaban y vivían junto a sus familias hasta su liberación o su muerte. Los textos romanos cuentan que la vida media de un gladiador era de 17 años.

Los combates de gladiadores, en pareja o en grupo, solían realizarse por la tarde. Era habitual que un árbitro y su ayudante hicieran cumplir las reglas de la lucha mediante el uso de la vara si era necesario. La música era otro elemento fundamental para marcar las fases del espectáculo. Séneca dice que el público solía gritar: Iugula! Verbera! Missus! …¡Mátalo! ¡Azótalo! ¡Perdónalo!

Los romanos reconocían a los distintos tipos de gladiadores por sus armas.

El  MURMILLO o mirmillón llevaba una espada (gladius), un gran escudo rectangular similar al de los legionarios romanos, protecciones en los brazos y piernas y un gran casco en la cabeza con visera en forma de pez (sólo veía de frente, por pequeños orificios). Su estilo se basaba en una defensa firme y en la resistencia. Se enfrentaban normalmente a gladiadores ágiles como tracios o retiarios.

Un mirmillón representado en el cuadro Pollice Verso, por Jean-Léon Gérôme, 1872. 




El TRACIO protegía su cabeza con un gran casco adornado con plumas, ala ancha y una figura mitad águila mitad león. Atacaba con un puñal corto y curvo(sica) y se defendía con un pequeño escudo, protegía brazos y piernas con telas y tiras de cuero sobre las que coloca defensas metálicas. Llevaba una espinillera en cada pierna, que le cubrían por encima de las rodillas. Su estilo se basaba en movimientos veloces y ataques sorpresivos. Su agilidad le permitía mantener a raya a los más pesados como el murmillo.


 




El RETIARIO era uno de los gladiadores más icónicos por su estilo diferente. Se identificaba por la red que lanzaba atrapando al oponente y recuperaba gracias a la cuerda atada a su muñeca. El brazo que utilizaba para manejar esta arma lo protegía con tiras de telas y cueros sobre las que ataba placas metálicas que llegaban a cubrir el hombro y el cuello. Era el único gladiador que no se cubría con casco. Sus otras armas eran un tridente y un puñal. Su estilo era la evasión, el acoso y la captura con la red. Normalmente combatía contra el secutor.

 




El SECUTOR, nació como la némesis del retiarius. Un casco cerrado, con pequeños agujeros para evitar que la red se enganchara, protege su cabeza. Iba bien protegido con espada (Gladius) y escudo grande, espinillera y placas protectoras en el brazo. Su estilo era de presión y búsqueda del cuerpo a cuerpo, de ataques directos. El casco limitaba también su respiración, por lo que necesitaba terminar pronto el combate. 






lunes, 7 de septiembre de 2026

El valle de Benasque: La población.

Benasque es un municipio de la provincia de Huesca situado junto al río Ésera en la comarca de Ribagorza, a 1.138 m de altitud, con una población de 2.359 (2025) habitantes. Es el centro neurálgico del valle, que sobresale por sus valores paisajísticos (parque natural de Posets-Maladeta y pico Aneto). En su término están los pueblos de Cerler (pistas de esquí) y Anciles.

Quizá los baños de agua sulfurosa son romanos, pero la referencia documental más antigua data de 1006 a 1018. Desde el siglo XI perteneció al condado de Ribagorza y al Reino de Aragón. Tradicionalmente estuvo muy aislada, puesto que el congosto de Ventamillo se construyó en torno a 1916. Existe un proyecto de construcción de un túnel hacia Luchón. Las actividades tradicionales (ganadería, agricultura y silvicultura) casi han desaparecido, siendo el turismo la actividad central debido a la estación de esquí de Cerler.

El valle de Benasque es lugar de encuentro del aragonés, del catalán y del gascón, y se hablaba una lengua de transición llamado patués.

El patrimonio de la localidad está formado por la iglesia de Santa María la Mayor, por casas señoriales fortificadas (palacio de los condes de Ribagorza, casa Juste, casa Faure) y por el puente.


La iglesia de Santa María la Mayor está documentada desde el siglo XI, es en origen de estilo románico, con planta de cruz latina. La nave se cubre con bóveda de cañón apuntada y sostenida por arcos fajones. Se modificó profundamente ya en los siglos XII y XIII (elementos góticos), en el XVI, XVII y XVIII. Sufrió un incendio en 1925 y fue arrasada durante la Guerra Civil. En su interior se venera la imagen de San Marcial, Patrón de la Villa. La torre está adosada a la iglesia.

 





El palacio de los condes de Ribagorza, situado en plena calle Mayor, se construyó en piedra hacia 1560 en estilo renacentista de origen italiano, con elegantes ventanales, por el conde de Ribagorza y duque de Villahermosa, Don Martín de Aragón y su esposa Doña Luisa de Borja, a quienes pertenecen los bustos de la fachada. En el siglo XVII fue Aduana, y actualmente es centro cultural.










La casa Juste o de Justa es una de las casas fortificadas de carácter palaciego que construyeron las familias infanzonas del valle durante los siglos XV al XVII. Es una torre adosada a un cuerpo rectangular, que servían de refugio y defensa y vivienda respectivamente.

La torre es de planta casi cuadrada, en mampostería con sillares en las esquinas, remate almenado, dos cuerpos separados por arista moldurada. El primer cuerpo, de mucho mayor volumen, presenta ventanas adinteladas y molduradas y aspilleras, enmarcadas en sillar con gran derrame interior. En el segundo cuerpo se abren vanos dobles de medio punto enmarcados en sillar. El alero tiene un trazado similar a la arista, aunque de mayor empaque, apoyado sobre ménsulas decoradas.

La vivienda tiene una planta de 18 x 6 m y tres pisos (planta baja y dos pisos) en torno a un patio. Tejado de pizarra sobre ménsulas de madera molduradas. En el primer piso se sitúa la puerta, en arco de medio punto, adovelada, con escudos y la fecha de 1567. En el segundo piso se abren ventanas con vanos moldurados. En el tercero hay un matacán encima de la puerta.


La casa Faure es otro de los palacios fortificados de la población, situado en la plaza del Ayuntamiento. El edificio es del siglo XVII, construido sobre el solar de este linaje de origen francés, que ya habitaba en el 1550. La casa torreada sigue el patrón general, con un patio central rodeado de edificios auxiliares. Su fachada se orienta al este, está dividida en tres pisos, destacando su torre en el extremo sur y su portada, bajo arco carpanel apoyado en dos pilastras pequeñas con capiteles geométricos. Tiene entablamento liso bajo frontón triangular rematado por bolas y con un escudo (Azcón y Ferraz) en el tímpano. En el arco está inscrito “F.1723.F”. La torre tiene planta cuadrada, cuatro pisos y tejado de pizarra a cuatro aguas.




La Casa de la Vila es un grandioso edificio pétreo, con tejado de pizarra, partido en el centro por un pináculo triangular. La entrada tiene dos arcos de medio punto, con el escudo de Juan de Aragón, conde de Ribagorza, entre ambos. Cumple las características de este tipo de edificios, elegante y gran fachada con poco fondo. En el año 1550 ya se celebraban las reuniones del concejo en la Casa Común. Fue incendiada en 1712, durante la Guerra de Sucesión, ardiendo gran parte del archivo. Posteriormente fue reconstruido y reformado.

 







El puente sobre el río Ésera data de época medieval, siglos XIII y XIV. Está construido en piedra, con arcos de medio punto y estructura sólida.




 

Hay otros pueblos interesantes, entre ellos:

Anciles. Pertenece al municipio de Benasque y cuenta con 167 habitantes (2023). Está situado a 2 km al sur de Benasque, a 1.110 m de altitud. Es un extraordinario conjunto urbano, bien conservado, resumen de arquitectura popular, con casas solariegas de los siglos XVI y XVII. Los ganaderos de Benasque lo convirtieron en un barrio al edificar sus mansiones: Casas Barrau, Sebastián, Sort y Suprián, con robusta torre. Gruesos muros de piedra, arcos y patios interiores, junto a enormes aleros tallados, bellas puertas dinteladas, trabajos de forja. Característica: tejados en escalera.

Iglesia de origen románico dedicada a San Pedro Apóstol. La torre fue reformada en el siglo XVII y la decoración barroca del interior es del siglo XVIII. Tiene una nave rectangular dividida en tres tramos, cabecera semicircular románica y tres capillas a cada lado, se cubre con bóveda de medio cañón con dos arcos fajones de medio punto que apean en ménsulas. Tiene dos fechas esculpidas, 1657 en la ventana del muro sur de la torre y 1767 en la clave de la puerta a los pies.

Chopo centenario en la plaza de San Gregorio.

Cercana casa de Conques, con ermita lombarda de San Esteban, s. XII.





Cerler. Mirador a mitad de camino. En el pueblo, casco antiguo, casas alrededor de la iglesia. Urbanización de la estación de esquí. Hubo una antigua explotación minera de pirita.

Considerado como el pueblo más alto del Pirineo Aragonés, sus 1.540 m.

El origen de Cerler está documentado en el siglo IX, pero poco se había hablado de él antes de la década de 1970, cuando no era más que un conjunto de casas apiñadas de difícil acceso. Su antiguo núcleo histórico, perfectamente conservado, sobrevive al desarrollo que ha habido a su alrededor motivado por el gran auge que han tenido en la zona las actividades de invierno que se desarrollan en la estación de esquí de Cerler.

Iglesia de San Lorenzo. Posiblemente de origen románico, documentada en el siglo XI. Reformada en el siglo XVII. Es de nave rectangular con cabecera semicircular orientada el E. La puerta se abre al S en arco de medio punto moldurado con dos toscos baquetones.

El casco antiguo de Cerler se levanta alrededor de la parroquia de San Lorenzo y está hecho a base de forja, piedra, madera y pizarra. Cuenta con numerosas casas nobles del siglo XVI y con algunas construcciones de épocas anteriores. 

Probablemente el edificio más antiguo de Cerler es Casa Cornel, antigua residencia de Pedro Cornell, Obispo de Tarazona en el siglo XV, y vinculada a la familia con este nombre desde el siglo XII. La casa conserva la casa-patio como ejemplo casi paradigmático de planta baja protegida por un pórtico abierto al patio descubierto del interior. 

Destacan también Casa Betrán, Santa María, Pepe, Casalero, Antondos, Barbero, Marta y Caballé, que componen el itinerario obligado que repasa la austeridad formal de la arquitectura popular de la zona. La del Obispo es la principal, atraviesa el pueblo desde la entrada hasta la plaza Mayor y recibe como afluentes otras vías menores de factura impecable: La Fuente, Fuendemuro, Camino Benasque... 


Eriste. Localidad de 151 habitantes (2023) situada a 1.118 m de altitud, perteneciente al municipio de Sahún. Sus casas conservan la belleza de la arquitectura de montaña, anchos muros de piedra, tejados de pizarra, carpintería de madera. En su término aflora un manantial de aguas ferruginosas y en el pueblo se encuentra el Centro de Interpretación de los Monumentos Naturales los Glaciares del Pirineo Aragonés. La economía local se basa en el turismo.

La iglesia parroquial de San Félix es un templo románico, construido en el siglo XII, aunque remodelado posteriormente. Tiene planta rectangular con una nave, capillas laterales y cabecera recta orientada al este, con torre adosada.

En las cercanías se encuentra Casa Conques, construcción del siglo XIX sobre los restos de un edificio anterior, adosado a una torre del siglo XVI, residencia de la rama de los Bardaxí, que ostentaba el señorío de Conques. Al lado está la ermita de San Esteban de Conques, templo de finales del siglo XI en estilo románico lombardo, con modificaciones en época bajomedieval y en el siglo XIX cuando se abrió la portada actual.

El lago de Eriste o Linsoles se creó en los años 60 del pasado siglo para generar electricidad y hoy está convertido en un paraje de calma, paseo (vuelta al embalse), remo, etc. Mantiene la vegetación de ribera típica de estos espacios, que sirve de refugio a multitud de aves.