jueves, 19 de febrero de 2026

Peropalo

Villanueva de la Vera es una población de 2108 habitantes (INE 2025) situada, a 498 m de altitud, en la vertiente sur de la sierra de Gredos, por lo que su relieve es abrupto y de fuertes pendientes. Su geomorfología se caracteriza por grandes bloques de granito y los suelos son fundamentalmente arenosos, originados por la erosión del granito. La vegetación se establece en zonas bien diferenciadas como los espacios de ribera (alisos, sauces, fresnos), el robledal, y zonas donde aparecen el enebro, tejo, acebo y matorral de brezos, retamas, jara, etc. En suelos más desarrollados se dan los prados. La red fluvial la constituyen arroyos y gargantas (Gualtaminos, “garganta que no se seca” en árabe, -Cascada del Diablo-, Minchones) que desembocan en el río Tiétar.




El territorio estuvo poblado desde la Edad del Hierro (necrópolis, lugares de hábitat), pero fue en la época medieval cuando se repobló (Plasencia, siglo XII) con abulenses en el siglo XV, fusionándose cuatro pequeños núcleos anteriores. Perteneció a Valverde y compró su independencia al Marqués de Mota en el siglo XVII.  Tiene una arquitectura popular bien conservada, con un casco antiguo de calles muy estrechas surcadas por las regueras. La tipología de las casas corresponde a la arquitectura de entramado de madera, con tres plantas y voladizos para proteger de la lluvia y solanas o balcones de madera. En las portadas suele haber dinteles con textos, fechas y símbolos.

 




El centro de la población es la plaza Mayor o de Aniceto Marinas, amplia, poligonal irregular, porticada en su mayor parte, con columnas de cantería y madera. El edificio del poder, aunque mal situado, es el Ayuntamiento, con balconada y espadaña con campana. En el lado este aparece la antigua posada y en el centro destaca la fuente de seis caños y pilón circular, obra del siglo XIX. Al contrario que en otras poblaciones, en esta plaza no está la iglesia de Ntra Sra de la Concepción, que se ubica en la plaza de Santa Ana. Es de finales del siglo XVI y XVII, construida con mampostería de granito y sillares en esquinas y contrafuertes. La portada principal es de arco carpanel y hornacina encima. Tiene tres naves desiguales y sigue la tradición gótica con algunas formas renacentistas. Otras construcciones religiosas con las ermitas del Cristo y de San Antón. 


El motivo de la visita a Villanueva es asistir al carnaval, al Peropalo, símbolo de la alegría vital y de la identidad de un pueblo, festejo de gran belleza cromática y musical. El origen es desconocido y, aunque se aducen versiones más concretas como un guerrillero de la época de la Reconquista, un malhechor que vivía en la sierra huido de la justicia, un pícaro y bandido que seducía a las mujeres, un cobrador de impuestos, parece que sería un ritual agrario de fertilidad como los que había en la Europa prerromana. José Luis Rodríguez Plasencia (De ritos y mitos agrarios) indica que deben considerarse como derivación del proceso agrícola y ganadero que surgió con el sedentarismo hacia el 8500 a.C. en Oriente Próximo, con ceremonias semejantes a las que las gentes paleolíticas llevaban a cabo en cuevas-santuarios. Se trataría de lograr la multiplicación de los ganados, de obtener cosechas abundantes y de agradecer a los dioses los beneficios recibidos. La Iglesia católica adoptó algunas ceremonias como la bendición de campos y animales en determinados días, el Domingo de Ramos, etc.

Las ceremonias en unos casos eran saltos que indicaban la altura que debía alcanzar el grano, hogueras para ayudar al sol en su recorrido, bailes anticipo de la primavera, etc. Después fueron los dioses Isis y Osiris, Démeter, etc., los que representaron la agricultura. En Extremadura había ceremonias como colocar un muñeco –“el muerto”- confeccionado con las últimas gavillas, o una rama de encina (Guijo de Coria, Baños de Montemayor, Casar de Cáceres), o de olivo (partido de Hervás).


En la fiesta se mezclan elementos realistas con otros de carácter simbólico, aunque a partir del Renacimiento se le dio una carga antijudía y ha habido algunas modificaciones. El Peropalo es un muñeco con figura humana de tamaño natural, vestido de negro, el cuerpo relleno de paja, con el típico pañuelo blanco de pico sobre los hombros, la cabeza de madera (la turra), que se conserva, y un palo que lo atraviesa por el interior y une la cabeza con la aguja. El carnaval, que simula un juicio a un malhechor, tiene una organización muy exacta. Comienza el domingo anterior al de carnaval, el “domingo de la cabeza”, con la aparición de la turra. 



El domingo de carnaval es llevado a la plaza, donde se hace “la Judiá”, que consiste en inclinar al Peropalo hacia el suelo mientras los grupos de personas se entrecruzan varias veces al tiempo que gritan con el tambor marcando el ritmo. Después se coloca el muñeco en “la Aguja”, especie de escalera colocada al final de la plaza, frente al Ayuntamiento. Este ceremonial se repite varias veces y, al final, se Peropalo se guarda en casa del peropalero mayor.

 



El lunes de carnaval se repite el ritual, orientando el muñeco en distinta dirección. El martes es el gran día. Por la mañana tiene lugar el juicio, con un grupo que acusa y otro que defiende, por sus excesos sexuales. La sentencia, condenatoria, se da a conocer por un jinete a lomos de un burro que representa al condenado y recorre las calles recibiendo las burlas de la gente, mientras los escopeteros hacen sonar sus armas. La sentencia se coloca en la espalda del Peropalo. Al Capitán se le entrega una bandera, que lleva a su casa donde invita a dulces y bebida.







Por la tarde aparecen “los calabaceros”, con las caras tiznadas y ropas estrafalarias, llevando palos con ristras de calabazas. En la plaza forman pasillo por el que pasan los ofrendatarios (“Ofertorio”) a los que golpean con las calabazas.






Una procesión laica, “el Paseo”, formada por tamborileros, el Capitán con la bandera (blanca, con puntos rojos y una media luna con cara en el centro), los alabarderos, la Capitana (lleva un palo del que cuelga unos chorizos que representa los genitales que le han cortado al Peropalo) y las gentes ataviadas con sus mejores galas, llega a la plaza. Se hace la ofrenda del chorizo y comienza la “jura de la bandera”, en la que hombres y mujeres muestran su habilidad con virtuosos movimientos de la bandera al ritmo frenético de los tambores. 





Más tarde se trae en procesión el cuerpo de Peropalo, ya sin cabeza, y se cumple la sentencia, siendo manteado, fusilado, destrozado y quemado. El redoble de los tambores con una larga jota pone el broche final al festejo. Las cenizas del Peropalo, esparcidas por la plaza, tendrán el poder de revitalizar la naturaleza. Es el final, la catarsis del pueblo. Pero, la turra queda guardada y el carnaval revivirá el año próximo. 


Ha sido un día magnífico, con una fiesta popular espléndida. Todo el pueblo participa de la fiesta creando un ambiente único; tanto es así que los restaurantes están cerrados y hay que ir al pueblo más cercano a comer. La fiesta, estas fiestas, están organizadas, como es normal, por y para los autóctonos, no para los forasteros, a los que es imposible participar e identificarse con ella, teniendo que conformarse con ser meros espectadores. La tarde ha ido cayendo y las sombras van cubriendo el pueblo, pero, en lo alto, como un antiguo dios pagano, fantasmagórica entre las nubes, la cumbre de Gredos, después de un día nublado, nos sonríe iluminada por el último rayo del sol.



 

sábado, 14 de febrero de 2026

Alcalá de Henares (XI)


Francisco Jover y Casanova, -Muro (Alicante), 1836 - Madrid, 1890-, estudió en la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid y en el taller de Federico de Madrazo, donde se inició en la pintura de historia. Completó su formación en Roma y en el estudio de Mariano Fortuny. De su producción romana destacan los cuadros de género de pequeño formato con temas orientales y escenas de época y de historia, como La conquista de Orán. Instalado definitivamente en Madrid, compaginó sus actividades docentes con las artísticas.

La conquista de Orán es un óleo sobre lienzo de 289 x 433 cm, pintado en 1869 y expuesto en el Museo del Prado. Representa la liberación de los españoles cautivos en la ciudad tomando como fuente iconográfica la Historia general de España de Modesto Lafuente, escrita en 1850, donde se dice: "El portador de esta feliz nueva fué el Capitan Villareal. El cardenal le recibió con moderada alegría, dio gracias á Dios y al día siguiente partió en galera a Orán con los sacerdotes y religiosos que solía llevar en su compañía. El Gobernador de la Alcazaba le presentó las llaves de la fortaleza…. Lo que más lisongeó al Pontífice y general fué el gusto de abrir por si mismo los calabozos subterráneos y dar libertad á trescientos infelices cautivos que gemían allí entre cadenas." (Díez, José Luis (dir.), Pintura del Siglo XIX en el Museo del Prado: catálogo general, Madrid, Museo Nacional del Prado, 2015, p.305).

El cuadro se puede reproducir asociándolo a distintas épocas y estilos artísticos.









 




 

 

 







Otro cuadro famoso, el de Eugenio Caxés, 1605, representa al cardenal Cisneros mirando, por una abertura de las cortinas, una escena que representa el asalto a unas murallas, quizá las de Orán. Con la IA podríamos transformar este cuadro de modo que lo que mira el cardenal Cisneros sea algo más alcalaíno.