miércoles, 20 de mayo de 2026

 

Marcel Duchamp.

Marcel Duchamp (1887-1968) es uno de los artistas más famosos, pero de los menos conocidos. De él se ha dicho, destacando su importancia, que fue una de las figuras que revolucionó, desafió y transformó la definición del arte occidental, que su visión radical transformó el arte y el papel del artista. Pero también, que dedicó más de seis décadas a sacudir, desestabilizar y redefinir los fundamentos mismos de lo que llamamos "arte", que fue el gran anarquista del mundo del arte, el gran saboteador, el dinamitero del arte contemporáneo, un tipo excéntrico al que el campo de juego del dadaísmo pronto se le quedó corto para sus gamberradas y su terrorismo artístico, … Así, en el siglo XXI, su obra mantiene la vigencia y la controversia.

Con su obra desafió la propia definición de obra de arte, inaugurando una nueva era de libertad creativa. A diferencia de sus contemporáneos, Duchamp se negó a encasillarse en un solo movimiento. Experimentó con el cubismo, el surrealismo y el dadaísmo, e influyó en el pop art, sin pertenecer nunca plenamente a ninguno de ellos. Era reacio a los “-ismos” y a la lógica de los grupos artísticos. Propiciando la ruptura con la tradición, rechazó los convencionalismos artísticos y priorizó la experimentación, la ironía y el azar sobre la destreza técnica. Quiso alejarse del aspecto físico de la pintura y lo logró, haciendo que cada objeto y cada gesto fueran una provocación; fragmentó la forma humana, desafió la autoría y liberó la pintura de la tela y el muro. Su obra se caracterizó por una deliberada incoherencia y por la constante reinvención. Muchos espectadores del arte contemporáneo se preguntan: “Por qué esto es arte?” Sin hacer referencia a su obra, es imposible contestar la pregunta.

Las colaboraciones entre museos continúan moldeando la experiencia artística en 2026. En esta ocasión, el MOMA y el Museo de Arte de Filadelfia, con el respaldo del Centro Pompodou,  presentan esta retrospectiva, organizada cronológicamente para explorar su evolución artística. La muestra inicia con una selección de sus primeros dibujos y caricaturas, y el cuadro que da la bienvenida es “La partida de ajedrez” (1910), un colorido óleo con tintes fauvistas que recrea una estampa familiar en Francia y es la primera obra de Duchamp sobre el ajedrez, un juego que marcaría de manera indeleble su vida y su obra.



En 1911 pintó Sonata de Duchamp, un cuadro en su faceta más surrealista y figurativa, una obra dedicada a los miembros femeninos de su familia. Vemos a su madre en lo más alto de la composición, y bajo ella y formando un rombo están sus tres hermanas. Dos ellas tocando un instrumento en los laterales, Ivonne al piano y Madeleine con el violín, mientras que en la parte baja está sentada Suzanne, en silencio y totalmente ausente en sus pensamientos, mirando en otra dirección. Se trata de un cuadro con una estructura compositiva a base de diagonales y también de armonía de colores. Este artista tan rompedor y vanguardista también sabía hacer obras con un profundo orden compositivo.

 

Entre las más de trescientas obras presentadas —que incluyen pinturas, esculturas, ready-mades, películas, obras sobre papel y fotografías— se encuentran iconos como Desnudo bajando una escalera (n.º 2) (1912), la pintura que consagró su reputación como iconoclasta. Esta obra, que recoge las inquietudes de cubistas y futurista combinadas con su propia visión del movimiento, fue presentada en el Salón de los Independientes de París, teniendo escasa aceptación, por lo que la presentó en 1913 en el Armory Show de Nueva York donde tuvo una gran acogida con su fragmentación de la forma humana en una serie de formas geométricas superpuestas. El escándalo catapultó a Duchamp a la fama internacional. 

En la obra vemos un cuerpo que está bajando unas escaleras, presentado en sus tres dimensiones y plasmando a la vez el movimiento. La obra tiene mucho del estilo fragmentario del Cubismo, pero combinado con los planteamientos del Futurismo que pretendía representar la energía del movimiento. Con ella trasladó la idea de la exposición múltiple de la fotografía a la pintura.




Otra sección clave de la exposición destaca la invención del ready-made, que Duchamp describió en 1961 como “la idea más importante surgida de mi obra”. En 1913 presentó Rueda de bicicleta sobre un taburete de cocina. El objetivo no era el escándalo por el escándalo. Lo que Duchamp pretendía era plantear el debate sobre qué es arte y quién decide que lo sea. Y en el fondo, lo que buscaba era protestar contra el sistema que había vigente según el cual eran los críticos y los galeristas eran quiénes definían qué era una obra de arte y qué calidad tenía. Duchamp reivindicaba que la obra de arte era aquello que el artista decidía que así lo fuera.

 





Trituradora de chocolate 2 fue realizada en 1914. Es una obra elaborada con óleo y con hilo, con un dibujo muy filiforme y renunciando a cualquier tipo de claroscuro a la hora de plasmar sus colores. El resultado es un objeto frío y muy preciso, propio de un arte muy seco, y un buen ejemplo de objetos de uso ready-mades.


 

Desde 1915 cuando se había trasladado a Nueva York, esta forma de escultura, elevando objetos cotidianos extraídos de su contexto a la categoría de arte, alteró para siempre los parámetros del arte y la autoría. En 1916 fundó la Sociedad de Artistas Independientes, promoviendo exposiciones libres de jurado y premios, y en 1920 cofundó la Société Anonyme, consolidándose como crítico y promotor del arte vanguardista. El ejemplo de este periodo es su escandalosa obra Fuente (1917), un urinario de producción en masa colocado de lado y firmado con el seudónimo «R. Mutt». Este gesto planteó una pregunta profunda, aún vigente: ¿qué convierte un objeto en arte? ¿La habilidad del artista o simplemente su intención? Estos hitos reformularon los límites entre arte y vida diaria.




Otras obras suyas fueron La novia desnudada por sus solteros y El gran vidrio (1913-1923), en la que liberó a la pintura como medio tanto del lienzo como de la pared. Duchamp pinta sobre vidrio, abriendo un espacio de transparencia literal y simbólica. La obra, monumental y misteriosa, difícil de clasificar, sigue siendo una de las más comentadas del siglo XX al presentarse como una síntesis entre pintura y escultura y representar dos universos radicalmente opuestos, el femenino y el masculino.



 

Otro apartado de la exposición está dedicado a la participación transatlántica de Duchamp en el dadaísmo neoyorquino y parisino durante la década de 1920. Esta sección presentará una de las imágenes más conocidas del siglo XX: L.H.O.O.Q.  

(1919), la intervención de Duchamp en una reproducción de la Mona Lisa de Leonardo da Vinci en la que dibujó un bigote y una perilla alrededor de la sonrisa. Este ready-made se basa en una tarjeta postal barata, en la que dibujó con lápiz y le puso título. El nombre de la obra, L.H.O.O.Q. es del francés y significa «Elle a chaud au cul», traducido literalmente «Ella tiene el culo caliente», que podría traducirse como «Ella está excitada sexualmente». Duchamp realizó varias copias de L.H.O.O.Q. de diferentes tamaños y soportes. Una de ellas, es una reproducción en blanco y negro de la Mona Lisa sin bigote ni perilla que llamó L.H.O.O.Q. afeitada.



Duchamp continuó innovando de maneras inesperadas y en el corazón de la muestra se encuentra su «museo portátil», La caja en una maleta (1935-1941), en la que el artista reprodujo minuciosamente en miniatura la obra de toda su vida hasta la fecha. Este es un proyecto de identidad, en un momento de amenaza del fascismo en Europa y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, y en una situación personal tras cumplir cincuenta años y no tener obras en museos.

 




El artista vanguardista desafió la autoría y la seriedad del arte también a través de su alter ego femenino, Rrose Sélavy (que en francés se lee: «Eros, c’est la vie», un juego de palabras entre el dios griego del amor y el deseo, y la expresión francesa «así es la vida»), nombre que usó en varias de sus piezas más icónicas. 









Al posar vestido con pieles y joyas en las fotos de Man Ray en 1924, Duchamp demostró que para él la identidad misma podía ser un objeto artístico manipulable.



 


Marcel Duchamp, Los jugadores de ajedrez, 1911.

Marcel Duchamp fue un ajedrecista apasionado y consideraba el juego del ajedrez una obra de arte en marcha. Afirmó  que "todos los artistas no son jugadores de ajedez, pero todos los jugadores de ajedrez sí son artistas" y que jugar al ajedrez es una actividad íntimamente relacionada con el arte y con todo tipo de disciplinas artísticas. El componente intelectual de este juego suele ser el punto de conexión con el artista. El ajedrez ha sido un juego popular entre artistas e intelectuales, por lo que hay numerosas obras de arte con motivos ajedrecísticos. 

                Los jugadores de ajedrez, Paris Bordon (discípulo de Tiziano). Estilo manierista.


El juego del ajedrez
, Sofonisba Anguissola, 1555.

Esta obra representa a las tres hermanas de Sofonisba, Lucía, Minerva y Europa, jugando al ajedrez en medio de un paisaje boscoso. El ajedrez formaba parte de la formación humanista y estaba considerado un excelente ejercicio intelectual para una mujer.  La partida pintada por Anguissola alude a la búsqueda de primacía femenina. El tablero de ajedrez es un pretexto para sugerir a que las verdaderas reinas son las dos hermanas Anguissola, que pasan su vida virtuosamente en un ejercicio educativo. 




Los jugadores de ajedrez, Caravaggio, 1610.

Uno de sus retratos psicológicos muestra a tres figuras unidas a través del ajedrez.


 


               Marte y Venus jugando al ajedrez, Alessandro Leone Varotari, Il Padovanino, 1630. 

         Caissa (la dríade griega venerada como la musa del ajedrez), Domenico Maria Fratta, 1750.

                                       Árabes jugando al ajedrez, Eugene Delacroix, 1847.

Juan Gris. Piezas de ajedrez. 1917.

En el centro de la vanguardia europea, artistas como Piet Mondrian, Juan Gris o Fernand Léger practicaban en sus obras la confusión entre cuadro y tablero.

En 1923, Duchamp llegó a anunciar su retirada de la práctica artística convencional «para jugar al ajedrez», un ejercicio intelectual que, en último término, consideraba una forma de arte «más puro en su posición social».

Esos años de dedicación profesional al ajedrez por parte de Duchamp, coinciden con los años del triunfo del psicoanálisis y del surrealismo. Entre los surrealistas aficionados al ajedrez se contaban también René Magritte, Max Ernst y Man Ray 

                                           Composición de Kandinsky sobre el Damero. 1923 


Vestidos simultáneos
. Sonia Delaunay. 1925

La artista rusa Sonia Delaunay creó piezas de vestuario simultáneas explorando la reducción del cuerpo a formas geométricas circulares, paralelepípedas o en damero en combinaciones dinámicas de color.

 





Gran tablero de ajedrez. Paul Klee. 1928

Metáfora de la situación política de la época 









Man Ray, 1934.

Mosaico al estilo de un tablero de ajedrez con retratos (de izquierda a derecha y de arriba abajo) de: Breton, Ernst, Dalí, Arp, Tanguy, Char, Crevel, Eluard, De Chirico, Giacometti, Tzara, Picasso, Magritte, Brauner, Peret, Rosey, Miro, Mesens, Hugnet, Man Ray.




 



Las reinas del ajedrez. Muriel Streeder, 1944.

La autora se muestra a sí misma junto a la artista Dorothea Tanning, también pintora y esposa de Max Ernst. Ambas son reinas verticales en un mundo onírico sin rey. La obra ironiza sobre la posición secundaria de las mujeres, en el grupo surrealista, frente a la posición prioritaria de sus maridos y artistas masculinos.

 


La partida de ajedrez
. Maria Helena Vieira da Silva. 1944

Durante los acontecimientos bélicos que sufrió Europa durante los años treinta y cuarenta, el ajedrez se convirtió en un elemento clave para propaganda nacional, utilizado como metáfora del triunfo en la batalla. Además, las migraciones derivadas de la guerra provocaron la extensión de la cultura del ajedrez en la vanguardia internacional. Es el caso de esta autora, portuguesa afincada en París, que huyó a Brasil durante este periodo.

 


En los años cuarenta, el propio imaginario del ajedrez se convertiría en uno de los temas de trabajo de los artistas más importantes de aquel tiempo, hasta el punto de llegar a diseñar sus propios juegos y borrar, así, el límite entre el ajedrez y la obra de arte.

Aunque todos sus amigos creían que, durante, los últimos 25 años se había dedicado, solo, al juego, el artista nunca abandonó el arte del todo. Étant donnés, su última obra (1966), es una instalación, visible sólo a través de dos mirillas, una para cada ojo, colocadas en una vieja puerta de madera. Al mirar por ellas se puede contemplar un gran agujero en una pared de ladrillos y, al otro lado, el cuerpo de una mujer desnuda tumbada boca arriba sobre un montón de ramas. La base es un suelo en damero, un tablero final de ajedrez que sirve para asentar el legado final de su autor. 


Maurizio Cattelan, conocido por su arte irónico (América, un inodoro dorado funcional), creó en 2019 Comedian, una banana fresca pegada a la pared con un trozo de cinta adhesiva. El galerista dijo que era “un símbolo del comercio mundial, un doble sentido, así como un dispositivo clásico para el humor", mientras que Cattelan declaró que “se supone que el plátano es un plátano”. 


La pieza se comparó con la fruta pop art de Andy Warhol de 1967.

Después de su venta, mientras todavía estaba en exhibición, el artista David Datuna se comió la pieza, llamando a la intervención Artista Hambriento. El plátano fue reemplazado ese mismo día.

Comedian, fue subastada por 6,2 millones de dólares (5,8 millones de euros) en la casa Sotheby´s de Nueva York. El comprador recibió, junto a la obra, un certificado de autenticidad de la banana, que debe reponerse cada siete días.


El dibujante Eneko (Diario Público, 13-4-2026) dio su opinión sobre estos derroteros del arte.

sábado, 16 de mayo de 2026

Motilla de Azuer

Daimiel es un municipio de la provincia de Ciudad Real, con una población de 17.722 habitantes (INE 2025) situado en el Campo de Calatrava, comarca de La Mancha, en zona llana a 635 m de altitud. Por su término discurren los ríos Guadiana y Azuer, y cerca se encuentran las famosas Tablas y otras lagunas. De este importante enclave se tienen noticias desde el tercer milenio a.n.e., en la Edad del Bronce, época a la que pertenece la Motilla de Azuer (2200-1500), objetivo de este viaje.

Este territorio, situado entre la Carpetania y la Oretania, cruzó las épocas romana (vías) y visigoda y tomó cuerpo en la Edad Media con la fortaleza de Calatrava la Vieja erigida por los musulmanes. Tras la batalla de Las Navas de Tolosa, 1212, pasó a las Órdenes de Calatrava, San Juan y Santiago, que repoblaron. En la Edad Moderna siguió perteneciendo, como cabeza de encomienda, a la Orden de Calatrava. Ya en el siglo XIX se registraron numerosos avances, como la llegada del ferrocarril en 1860, la fundación de centros de enseñanza en 1880 y la instalación del telégrafo ese mismo año. En 1887, la reina regente María Cristina concedió a la villa el título de ciudad. Durante el periodo de la Guerra Civil del siglo XX hubo importantes colectividades agrarias. El parque nacional de las Tablas de Daimiel fue creado en 1973.

En su patrimonio destacan las iglesias de Santa María la Mayor (s. XIV) y de San Pedro Apóstol (s. XVI), la ermita de San Roque (s. XVI, artesonado mudéjar), la Venta de Borondo (s. XVI, posada). El centro de la vida urbana lo constituye la plaza de España, renacentista.

El inicio de la visita es el Museo local, con una variada colección desde la Prehistoria. En la planta semisótano se ve el paisaje encharcado -las tablas- de la zona hace 5.800 años, las primeras culturas (poblados en altura -élites- y motillas -control del agua y almacenaje de productos agrícolas-), periodo romano y Edad Media. También pueden verse dos cuevas originales, usadas como despensas, ingenios hidráulicos (coracha, noria de sangre) y el pozo de la casa.

La planta baja se dedica al coleccionista Vicente Carranza y al pintor Juan d´Opazo.

La planta alta muestra “Del mundo moderno a nuestros días”, con elementos de una vivienda del s. XVI, herramientas, arquitectura popular (casilla y quintería) y molinos hidráulicos.

Imagen generada por IA

La Edad del Bronce constituye uno de los períodos más intensos de la Prehistoria debido al conjunto de transformaciones de carácter económico y social que se generalizaron entre finales del III milenio e inicios del II a.n.e. Entre los avances destaca el desarrollo de la metalurgia del bronce que incidió en las actividades agrícolas, con la mejora del instrumental y las técnicas, el empleo de animales y la introducción del arado. Como consecuencia se generaron excedentes y almacenamiento.  También es el período de productos derivados de carácter artesanal, entre ellos el queso.

En la cultura material, hay un periodo de pervivencia del horizonte campaniforme, pero aparecen nuevas formas cerámicas y se alcanza un nivel de desarrollo que permite una utilización más diversificada del medio, configurándose una organización social más compleja con aumento demográfico y aparición de nuevos centros de población. La necesidad de acceder a fuentes de abastecimiento de materias primas, el control del territorio y el dominio de redes de intercambios significará un paulatino aumento de la conflictividad, evidenciado en la fortificación de enclaves o en la producción de armas. El ritual de enterramiento se basa en las inhumaciones individuales en las cercanías de las viviendas.

El bronce en la Mancha es una época con personalidad y entidad cultural propia, el conocido como "Bronce Manchego" (2200-1300 a.C.), con una variada tipología de asentamientos representados en morras, poblados en altura y motillas, que manifiestan el dinamismo en la ocupación de este territorio. En el Bronce Antiguo o Inicial aparecen motillas y poblados en altura. El proceso de ocupación se consolida en el Bronce Medio o Pleno, mientras que en el Bronce Tardío o Final hay cambios profundos con el abandono de alguno de los poblados anteriores, potenciándose los poblados de carácter estable como garantía de seguridad personal y el acceso a recursos básicos, entre otros aspectos. En La Mancha Occidental destacan los poblados en altura (sierras que bordean la penillanura manchega, morras o poblados fortificados) y las motillas (zonas llanas, aptas para la agricultura y la accesibilidad al nivel freático). Son las construcciones más particulares, existen poco más de treinta, ocho en el término municipal de Daimiel. Al ser construcciones monumentales denotan una organización social más compleja.



La Motilla del Azuer constituye el yacimiento más representativo de la Edad del Bronce en La Mancha (2200-1300 a.C.), dentro de una tipología de asentamiento único en la Prehistoria, las motillas. Éstas reciben su nombre porque forman una elevación artificial dentro de un espacio circundante eminentemente llano. Se encuentra emplazado en la vega del río homónimo, controlando y explotando un territorio que permitía el acceso a tierras óptimas desde el punto de vista agropecuario, abastecimiento de agua captada del nivel freático, o el control de rutas naturales, vitales para los intercambios.

 


El paisaje estaba constituido por árboles (encinas, quejigos, robles, alcornoques) y arbustos (enebros, lentiscos, madroños, jaras), alternándose con campos de cultivo o espacios abiertos. Entre la fauna abundarían los ciervos, jabalíes, liebres y conejos. Se ha documentado también la presencia de carnívoros (lince, gato montés, tejón, zorro) o aves (avutarda, perdiz, anátidas y rapaces). La cabaña ganadera se componía de ovicápridos, bóvidos, caballos, cerdos y perros.

 

El montículo de la fortificación tiene un diámetro de unos 40 m. Las actuaciones arqueológicas realizadas en el yacimiento han permitido delimitar dos espacios diferenciados. El primero corresponde con un recinto interior fortificado, integrado por una serie de murallas concéntricas en torno a una torre central cuadrangular de 10 m de altura, que protegía un conjunto de estructuras donde se gestionaba y controlaba las actividades económicas del yacimiento, entre las que destacan los grandes silos de almacenaje, con una capacidad en torno a los 6 m³, donde se conservaban productos como cereales (trigo, cebada) o leguminosas (lentejas, guisantes), así como hornos para la cocción de la cerámica, el tostado de cereales o la producción metalúrgica.


 



Especialmente significativo es el gran patio trapezoidal situado al este de la fortificación, y en cuyo interior se encuentra un pozo, la estructura hidráulica más antigua documentada en la Península Ibérica.





Imagen generada por IA



La línea de fortificación más externa, circular y concéntrica a los sistemas defensivos, presenta en su última fase de construcción un paramento de grandes bloques de caliza. El acceso al interior del área fortificada desde el poblado se realizaba a través de pasillos paralelos a las murallas.




Imagen generada por IA


Imagen generada por IA


Al exterior del núcleo fortificado se emplazaban las viviendas, en un diámetro de unos 50 metros, en el que se documentan diferentes cabañas, hogares y fosas de desperdicio. Estas casas presentan planta oval o rectangular, con zócalo de mampostería y alzado de barro, y, ocasionalmente, postes embutidos en los muros. Asociado a este espacio se localizan grandes áreas abiertas dedicadas a diferentes actividades de almacenamiento y a trabajos de producción, con presencia de fosas y restos de hogares y hornos. Se ha establecido una ocupación formada por un grupo de algo más de cien individuos.

Imagen generada por IA



La distribución de los enterramientos, la necrópolis, coincide con el área del poblado, en un ritual frecuente en la mayoría de las culturas de la Edad del Bronce en la Península. Los difuntos se inhumaban en posición lateral flexionada, dentro de fosas simples, o bien revestidas por muretes de mampostería o lajas hincadas, que en ocasiones se adosaban a los muros de las viviendas o a los paramentos exteriores de la fortificación. Algunos niños se depositaron en el interior de vasijas. Los ajuares son escasos y poco representativos.


 



El aspecto monumental de su arquitectura nos infiere la gran inversión de esfuerzos que implicó la construcción y mantenimiento de todas estas estructuras, que excedía de las necesidades vitales básicas para estas comunidades, lo que, unido a otras particularidades, como la regularidad existente en sus patrones de asentamientos, nos lleva a plantear la existencia de un sistema político con una jerarquización social por definir. 

En el periodo entre el 2200 - 1350 a.C. los habitantes de las motillas se enfrentaron a un marcado periodo de cambios climáticos y tuvieron que adaptarse al uso de los recursos hídricos del subsuelo. El pozo interior de la Motilla del Azuer, con más de 4.000 años de antigüedad es considerado el pozo más antiguo de la Península. Conforme los niveles hídricos bajaban en aquella época, los habitantes de las motillas accedieron a los niveles más bajos del agua por medios de pequeñas rampas, superando los 14 metros de profundidad. El mantenimiento del pozo de la Motilla supuso para sus habitantes un continuo esfuerzo tanto en su defensa como en el mantenimiento de la estructura hidráulica.