Urueña
Pequeña población de 200 habitantes (2025) situada a 830 m de altitud. Ubicada sobre una loma, en las estribaciones de los montes Torozos, constituye un mirador de amplísimas panorámicas en el paisaje de la Tierra de Campos, en la inmensa llanura castellana. Cuenta con uno de los cascos urbanos que mejor se han conservado de la provincia de Valladolid, ofreciendo en su aspecto la esencia de una pequeña ciudad medieval. Conserva sus cuidadas calles y plazas empedradas, gran parte de la muralla con dos de sus puertas, algunos lienzos del castillo, casonas de piedra de calidad y la iglesia parroquial gótico-renacentista de Santa María del Azogue.Por la
proliferación de librerías en su pequeño casco urbano tiene la etiqueta de “La
Villa del Libro”. Fuera del casco urbano, destaca la presencia de los
tradicionales palomares y, en una zona baja de vega, solitaria y rodeada
de campos de cereal, la ermita santuario de Ntra Sra de la Anunciada, el mejor
ejemplo del arte románico lombardo en la meseta castellana.
El lugar donde está ubicada la villa, dominando estratégicamente el valle, fue muy atractivo para los primeros asentamientos. La historia nos traslada hasta los asentamientos vacceos, la romanización a principios de nuestra era y la cristianización sobre el siglo X, llegando su desarrollo urbano con la Edad Media. En la ladera del cerro donde se asienta la villa existe desde la antigüedad un manantial de aguas limpias del que se fue surtiendo la población a lo largo de los siglos. Por el término pasaba una vía de unión entre Palencia y Zamora, vía de la Toresana.
En la Edad Media, con el rey Sancho II de Castilla (Sancho el Fuerte), la villa fue cabeza del Infantado de Valladolid. Su hermana Doña Urraca cuidó y habitó el feudo. Más tarde, Alfonso VII concedió a su hermana Sancha Ramírez el Infantado de Valladolid, con el dominium de las villas de Medina de Rioseco, Castromonte y Urueña, las tres en plena frontera de los reinos de León y de Castilla, que con este rey estaban unidos. En 1157 murió Alfonso VII, dividiendo de nuevo los reinos: dejó León a su hijo Fernando II y Castilla a su otro hijo Sancho III el Deseado, que fue quien fortificó la plaza de Urueña. Sancho III reinó tan sólo un año, le sucedió Alfonso VIII de Castilla que era solo un niño, pero el Infantado de Valladolid pasó a la jurisdicción de Fernando II de León que, sintiéndose perjudicado por el testamento de Alfonso VII, aprovechó la minoría de Alfonso VIII para hacerse con estas tierras.Cuando Alfonso VIII alcanzó la mayoría de edad, hizo la
guerra contra Fernando II y forzó la firma de un tratado de paz en Medina de
Rioseco, que restauraba las fronteras entre ambos reinos tal como las había
dejado Alfonso VII en su testamento. Después de este tratado volvieron las
rencillas entre ambos monarcas, que hubieron de hacer otro tratado de paz, el
llamado Tratado de Fresno-Lavandera, en el que se enumeran los lugares que
debían pertenecer a cada reino; Urueña quedó dentro del reino de Castilla
(entonces se estaba construyendo el castillo). Durante los reinados siguientes,
la villa de Urueña se mantendría como punto crucial de frontera entre los dos
reinos. En el siglo XV, el rey Juan II donó la villa a don Pedro
Girón, 1440, mayordomo y favorito del príncipe y futuro rey Enrique IV.
Muralla
La muralla que rodea la ciudad es de los siglos XII y XIII, de mampostería franqueada de trecho en trecho por cubos semicilíndricos. Se adapta al escarpado borde del páramo donde se asienta la villa. Tiene dos puertas. La principal, Puerta del Azogue, se abre al norte, y es la típica puerta construida en codo para mejor defensa de posibles invasores. La otra puerta está al sur, frontera a la anterior; es el Arco de la Villa, menos protegida desde el punto de vista arquitectónico, pues por esa parte el páramo cae de manera abrupta hasta el valle. Está toda ella almenada y recorrida por camino de adarve. Se conserva el 80% del recinto amurallado, cubriendo una superficie de casi 7 hectáreas, de forma irregular.
La muralla por
el lado norte. A la derecha, la puerta del Azogue.
Puerta de la Villa en la muralla por la parte sur.
Castillo
El castillo de Urueña dispone de torre del homenaje
cuadrada y tubos en las esquinas. Está bastante arruinado y ha servido durante
muchos años como cementerio. Cuando se edificó fue una fortaleza muy
importante, pues formaba línea fronteriza entre los reinos de Castilla y León,
división que había llevado a cabo a mediados del siglo XII el rey
Alfonso VII de Castilla. Aquí vivieron personajes importantes de la historia de
España. Fue la mansión habitual de doña María de Padilla, amante de Pedro I el
Cruel. Otros estuvieron prisioneros, como la princesa de Portugal doña Beatriz,
que más tarde casó con Pero Niño, señor de Cigales (Valladolid). El conde
de Urgel Jaime II, derrotado en el Compromiso de Caspe y militarmente en
Balaguer, fue juzgado y traído prisionero por don Fernando de Antequera. La
leyenda cuenta que el huésped prisionero más famoso fue el conde castellano
Pedro Vélez, al ser sorprendido en amoríos dentro del recinto con una prima
carnal del rey Sancho III el Deseado.
Iglesia de Santa María del Azogue
La parroquia de Santa María del Azogue es en la
actualidad la única iglesia de Urueña. Se encuentra en el interior del recinto
amurallado, junto a la "Puerta del Azogue". Construida entre los
siglos XVI y XVIII, cuenta con muestras de estilos:
gótico en su ábside, renacentista en su nave y una reforma barroca
incompleta. Construida en piedra, con contrafuertes en su exterior, cuenta con
una sola nave cubierta de madera y con un gran ábside poligonal. El interior
cuenta con un retablo de 1671, obra de Juan de Medina Argüelles, y el Cristo
atado a la columna, obra de Andrés de Solanes, discípulo de Gregorio Fernández.
Casa de la Mayorazga, sede del Centro Etnográfico Joaquín Díaz
Ermita de Nuestra Señora de la Anunciada
Nuestra Señora de la Anunciada es una de las escasísimas construcciones conservadas íntegras del primer románico, "románico lombardo", en territorio castellanoleonés; un románico habitual sobre todo en zonas pirenaicas de Aragón y Cataluña, pero totalmente residual en la Meseta. Fue construida a principios del siglo XII, en fechas anteriores al desarrollo de Urueña como villa amurallada, durante la tenencia como Señora de la Villa de Doña Sancha, hija del rey Alfonso VII ya bien entrada la duodécima centuria. En el año 954 hubo una pequeña fundación monástica mozárabe llamada San Pedro y San Pablo de Cubillas. Y es que toda la zona del Duero y los Montes de Torozos debieron tener una importante presencia de mozárabes entre los siglos IX y X, siendo testimonio localidades cercanas como Wamba, San Cebrián de Mazote o San Román de la Hornija.
La aparición en tierras castellanas de una construcción lombarda "tan catalana" fue como consecuencia del matrimonio entre María Pérez Ansúrez (hija del repoblador de Valladolid, el Conde Pedro Ansúrez) y el Conde de Urgel Armengol V. Esta "boda condal" generaría una serie de intercambios culturales entre la Corona de Castilla y los Condados Catalanes que dejó como legado esta maravillosa construcción, hermana casi gemela de iglesias y monasterios de Cataluña como Sant Jaume de Frontanyá, San Cugat del Raçó o Sant Ponç de Corbera, pertenecientes a la segunda mitad del siglo anterior, por lo que esta iglesia respondería a los primeros años del siglo XII. En el siglo XIII pudo haber desaparecido la comunidad religiosa y perdido su pujanza. Quedó reducida a ermita.
En el último cuarto del siglo XVII, Antonio de Isla,
obispo de Osma, pero natural de Urueña, quiso honrar a su patrona, la
Virgen de la Anunciada, trasladándola desde la ermita vieja hasta la ermita de
San Pedro, más cercana a la población, y reformando el edificio, muy
deteriorado, con la espadaña en el muro occidental y la construcción de la
sacristía al sur. Entonces se cambió la advocación, antes dedicada a San Pedro,
y la custodia de la imagen, para la que se construiría un camarín de planta
cuadrangular. Se mantuvo la utilidad del edificio, lo que propició su
conservación.
Se encuentra fuera del recinto amurallado, en el valle. Resulta una armónica construcción de caliza blanca muy porosa y aparejada en sillarejo desbastado a maza, con muros muy gruesos, sin contrafuertes.
Exterior
Al exterior, los ábsides despliegan la típica
articulación lombarda a base de arquillos ciegos y lesenas de poco espesor,
quedando en la actualidad el central tapado por un camarín edificado en honor a
la Virgen de la Anunciada. Los muros exteriores carecen completamente de
escultura monumental, pues no existen canecillos ni capiteles de columnas o
relieves que pudieran servirla de soporte.
Interior
Presenta una planta basilical, 16 x 14,5 m, de tres naves
de dos tramos (la central más alta y ancha), transepto no marcado en planta,
pero si en alzado y cabecera triabsidal de tambores escalonados. Justo en el
crucero se eleva un cimborrio. Las cubriciones se realizan mediante bóvedas de
horno –hemiciclo– y cañón –tramo recto– en los ábsides, cañón transversal al
eje de la iglesia en los brazos del transepto, cúpula semiesférica sobre
trompas en el tramo del crucero y cañón longitudinal reforzado con fajones en
las naves. Los pilares son cruciformes, tan sólo decorados por impostas de
perfil recto en el arranque de los arcos. En los muros se ubican pilastras
dotadas también de imposta. La iluminación la posibilitan ventanas en aspillera
abiertas en la nave central.
Destaca su limpieza y pureza de líneas, cubriéndose las tres naves mediante bóvedas de cañón reforzadas por arcos fajones apeados sobre pilares cruciformes sin semicolumnas. Por tanto, no existen pilares compuestos que pudieran ofrecer capiteles historiados. El alzado es muy sencillo. Está formado por el nivel de los arcos fajones y un piso que se puede considerar claristorio, con unos diminutos ventanales a la altura del arranque de la bóveda de medio cañón. En el crucero, la transición del cuadrado al octógono se realiza a través de trompas marcadas también al exterior, y entre ellas se abren vanos de medio punto. Un detalle curioso es que el octógono trazado ofrece una geometría bastante irregular pues los cuatro lados de las trompas tienen el doble de longitud que los cuatro restantes. El cimborrio remata en la parte superior en una cúpula sólo aproximadamente semiesférica.








































































