Peropalo
Villanueva de la Vera es una población de 2108 habitantes (INE 2025) situada, a 498 m de altitud, en la vertiente sur de la sierra de Gredos, por lo que su relieve es abrupto y de fuertes pendientes. Su geomorfología se caracteriza por grandes bloques de granito y los suelos son fundamentalmente arenosos, originados por la erosión del granito. La vegetación se establece en zonas bien diferenciadas como los espacios de ribera (alisos, sauces, fresnos), el robledal, y zonas donde aparecen el enebro, tejo, acebo y matorral de brezos, retamas, jara, etc. En suelos más desarrollados se dan los prados. La red fluvial la constituyen arroyos y gargantas (Gualtaminos, “garganta que no se seca” en árabe, -Cascada del Diablo-, Minchones) que desembocan en el río Tiétar.El territorio estuvo poblado desde la Edad del Hierro (necrópolis, lugares de hábitat), pero fue en la época medieval cuando se repobló (Plasencia, siglo XII) con abulenses en el siglo XV, fusionándose cuatro pequeños núcleos anteriores. Perteneció a Valverde y compró su independencia al Marqués de Mota en el siglo XVII. Tiene una arquitectura popular bien conservada, con un casco antiguo de calles muy estrechas surcadas por las regueras. La tipología de las casas corresponde a la arquitectura de entramado de madera, con tres plantas y voladizos para proteger de la lluvia y solanas o balcones de madera. En las portadas suele haber dinteles con textos, fechas y símbolos.
El centro de la población es la plaza Mayor o de Aniceto Marinas, amplia, poligonal irregular, porticada en su mayor parte, con columnas de cantería y madera. El edificio del poder, aunque mal situado, es el Ayuntamiento, con balconada y espadaña con campana. En el lado este aparece la antigua posada y en el centro destaca la fuente de seis caños y pilón circular, obra del siglo XIX. Al contrario que en otras poblaciones, en esta plaza no está la iglesia de Ntra Sra de la Concepción, que se ubica en la plaza de Santa Ana. Es de finales del siglo XVI y XVII, construida con mampostería de granito y sillares en esquinas y contrafuertes. La portada principal es de arco carpanel y hornacina encima. Tiene tres naves desiguales y sigue la tradición gótica con algunas formas renacentistas. Otras construcciones religiosas con las ermitas del Cristo y de San Antón.
El motivo de la visita a Villanueva es asistir al carnaval, al Peropalo, símbolo de la alegría vital y de la identidad de un pueblo, festejo de gran belleza cromática y musical. El origen es desconocido y, aunque se aducen versiones más concretas como un guerrillero de la época de la Reconquista, un malhechor que vivía en la sierra huido de la justicia, un pícaro y bandido que seducía a las mujeres, un cobrador de impuestos, parece que sería un ritual agrario de fertilidad como los que había en la Europa prerromana. José Luis Rodríguez Plasencia (De ritos y mitos agrarios) indica que deben considerarse como derivación del proceso agrícola y ganadero que surgió con el sedentarismo hacia el 8500 a.C. en Oriente Próximo, con ceremonias semejantes a las que las gentes paleolíticas llevaban a cabo en cuevas-santuarios. Se trataría de lograr la multiplicación de los ganados, de obtener cosechas abundantes y de agradecer a los dioses los beneficios recibidos. La Iglesia católica adoptó algunas ceremonias como la bendición de campos y animales en determinados días, el Domingo de Ramos, etc.
Las ceremonias en unos casos eran saltos que indicaban la altura que debía alcanzar el grano, hogueras para ayudar al sol en su recorrido, bailes anticipo de la primavera, etc. Después fueron los dioses Isis y Osiris, Démeter, etc., los que representaron la agricultura. En Extremadura había ceremonias como colocar un muñeco –“el muerto”- confeccionado con las últimas gavillas, o una rama de encina (Guijo de Coria, Baños de Montemayor, Casar de Cáceres), o de olivo (partido de Hervás).
En la fiesta se mezclan elementos realistas con otros de carácter simbólico, aunque a partir del Renacimiento se le dio una carga antijudía y ha habido algunas modificaciones. El Peropalo es un muñeco con figura humana de tamaño natural, vestido de negro, el cuerpo relleno de paja, con el típico pañuelo blanco de pico sobre los hombros, la cabeza de madera (la turra), que se conserva, y un palo que lo atraviesa por el interior y une la cabeza con la aguja. El carnaval, que simula un juicio a un malhechor, tiene una organización muy exacta. Comienza el domingo anterior al de carnaval, el “domingo de la cabeza”, con la aparición de la turra.
El lunes de carnaval se repite el ritual, orientando el muñeco en distinta dirección. El martes es el gran día. Por la mañana tiene lugar el juicio, con un grupo que acusa y otro que defiende, por sus excesos sexuales. La sentencia, condenatoria, se da a conocer por un jinete a lomos de un burro que representa al condenado y recorre las calles recibiendo las burlas de la gente, mientras los escopeteros hacen sonar sus armas. La sentencia se coloca en la espalda del Peropalo. Al Capitán se le entrega una bandera, que lleva a su casa donde invita a dulces y bebida.
Por la tarde
aparecen “los calabaceros”, con las caras tiznadas y ropas
estrafalarias, llevando palos con ristras de calabazas. En la plaza forman
pasillo por el que pasan los ofrendatarios (“Ofertorio”) a los que golpean
con las calabazas.
Una procesión laica, “el Paseo”, formada por tamborileros, el Capitán con la bandera (blanca, con puntos rojos y una media luna con cara en el centro), los alabarderos, la Capitana (lleva un palo del que cuelga unos chorizos que representa los genitales que le han cortado al Peropalo) y las gentes ataviadas con sus mejores galas, llega a la plaza. Se hace la ofrenda del chorizo y comienza la “jura de la bandera”, en la que hombres y mujeres muestran su habilidad con virtuosos movimientos de la bandera al ritmo frenético de los tambores.
Más tarde se trae en procesión el cuerpo de Peropalo, ya sin cabeza, y se cumple la sentencia, siendo manteado, fusilado, destrozado y quemado. El redoble de los tambores con una larga jota pone el broche final al festejo. Las cenizas del Peropalo, esparcidas por la plaza, tendrán el poder de revitalizar la naturaleza. Es el final, la catarsis del pueblo. Pero, la turra queda guardada y el carnaval revivirá el año próximo.

















































