sábado, 19 de septiembre de 2026

 

El valle de Benasque: Parque Natural Posets Maladeta.

La riqueza geológica, la biodiversidad y el gran valor paisajístico del Valle de Benasque (Huesca) hacen merecer a este territorio una protección específica que permite la conservación de los ecosistemas y la supervivencia de las especies. Todo el norte de la Ribagorza, más de 33.000 hectáreas pertenecientes a los municipios de Benasque, Sahún y Montanuy, son una reserva que fue declarada Parque Natural en el año 1994. 

Hace más de 300 millones de años, durante la era Paleozoica o Primaria, esta zona formaba parte de una gran cuenca marina. Debido al plegamiento Hercínico, los materiales sedimentarios de su fondo dieron lugar a una primitiva cordillera de la que quedan esquistos, pizarras, cuarcitas y calizas. A la vez que estos sedimentos se elevaron, por debajo de ellos se inyectó magma desde el interior de la Tierra, que poco a poco fue enfriándose y solidificándose en forma de granito, los macizos más altos. Un nuevo plegamiento, orogenia Alpina, tuvo lugar hace unos 60 millones de años, ya durante el Cenozoico o era Terciaria. Fue la responsable de la formación, entre otras, de la cordillera pirenaica. Las recientes glaciaciones del periodo Cuaternario terminaron por esculpir los grandes rasgos de este territorio.

En este tramo de auténtico Pirineo, que va desde el Macizo Perdiguero, al oeste, hasta la localidad de Aneto, al este, se concentran más de cuarenta y cinco picos que superan los tres mil metros, entre los que se encuentra el techo de los Pirineos, el Aneto (3.404 m) o el Posets (3.375 m). Un ecosistema de alta montaña cuyo paisaje aún alberga trece glaciares milenarios - declarados Monumentos Naturales en 1990 –, testigos de las eras glaciares que tuvieron lugar hace más de 45.000 años y conservados en los Macizos de Posets, de Perdiguero y de la Maladeta. Los glaciares cuaternarios fueron los principales agentes erosivos que dieron forma al paisaje del Parque Natural. Esculpieron sobre granitos, calizas y pizarras, largos valles en forma de U, afiladas crestas, impresionantes circos y bellos lagos de alta montaña: los ibones.

Lago de Escarpinosa. Valle de Estós


Los ibones constituyen uno de los ecosistemas de agua dulce más frágiles y singulares. Debido a su aislamiento, cada ibón es único y sus sedimentos atesoran una gran información sobre la evolución del clima. Casi un centenar de lagos de origen glaciar salpican el territorio del Parque. Cuando estos ibones se colmatan debido al relleno por sedimentos y por la acumulación de restos vegetales, surgen las turberas (“mollars” en la zona), que son terrenos musgosos y anegados con un mosaico de islotes, canalillos fangosos y orillas arenosas.

 

Hace unos 50.000 años los glaciares alcanzaron su máxima extensión. El del valle del río Ésera llegó a tener 36 km de longitud y un espesor en torno a 500 m. Hoy queda poco. Los últimos glaciares se encuentran en regresión. Componentes de la geomorfología glaciar que encontramos en el paisaje. En estos picos detrás de Eriste nacía un glaciar que bajaba por el valle de Eriste y se unía al gran glaciar del Ésera o del valle de Benasque. La cabecera de los valles glaciares está formada por circos glaciares. Al retirarse los hielos, su carga quedó esparcida por el terreno, dando lugar a las morrenas. 




Son también importantes los fenómenos kársticos, destacando la sima del Forau de Aigualluts, por donde desaparecen las aguas del glaciar del Aneto y, tras discurrir unos 4 km subterráneamente, reaparecen para alimentar al río Garona en el vecino valle de Arán.

 

Los cauces fluviales principales que se encuentran en el Parque son el río Cinqueta que drena el Valle de Chistau (sector occidental), la cabecera del río Ésera que drena el Valle de Benasque (sector central) y por el Este, ya fuera del Parque, el Noguera Ribagorzana drena el Valle de Barrabés. Además, cabe destacar por su importancia hidrológica y geomorfológica numerosos cauces y barrancos transversales como el de Salenques y Llauset en el Noguera Ribagorzana; Ballibierna, Estós y Eriste, afluentes del Ésera; y los barrancos de Cinqueta de la Pez y Cinqueta de Añes Cruces que se unen para dar origen al río Cinqueta.

Del centenar aproximado de ibones, algunos pueden permanecer helados más de seis meses al año. Son importantes Bachimala, Millares, El Sen, Barbarisa, Perramó, Batisielles, Coronas, Llosás, Ballibierna, Cregüeña, etc. Otros ibones, como Billamuerta, Paderna o La Escarpinosa son de aguas someras, verdosas, casi pantanosos debido al relleno de sedimentos y están rodeados de vegetación. 

El régimen fluvial de la zona se caracteriza por caudales altos durante los meses de primavera hasta principios de verano como resultado del deshielo y de las lluvias primaverales y por caudales bajos durante el invierno y comienzo de la primavera.

Plan d´Estan

En la zona se encuentra una gran diversidad favorecida por los fuertes desniveles y por la heterogeneidad topográfica y litológica. Desde los ambientes glaciares y de tundra de las zonas culminales, se produce la siguiente secuencia de vegetación: pastos alpinos y subalpinos (perdiz nival, marmota, armiño), abetales, bosques mixtos, pinares de pino silvestre y robledales con boj.

 





En las cotas altas encontramos pinos negros y enebros y, a medida que vamos descendiendo, hayas, abetos, abedules, avellanos y bojes, que cobijan a perdices nivales, tritones pirenaicos, marmotas, víboras, sarrios, buitres leonados, quebrantahuesos y águilas reales. En los valles merodean ardillas, topos, corzos y gran variedad de aves. Especies protegidas son el mochuelo boreal, urogallo, etc.


 



El Parque es un mundo de roca, nieve, hielo glaciar, con más del 70% de su superficie por encima de los 1.800 m, y los glaciares más meridionales de Europa. La fauna y flora, la vida, se escalona según la altura y las condiciones ambientales y tres grandes valles (Gistaín, Benasque y Barrabés) acogen la población. Durante años, las montañas han sido el medio de vida de los habitantes de estos valles. A pesar de la orografía tan complicada, han sobrevivido gracias a la agricultura (bancales, campos de cereal convertidos en prados de siega), la ganadería (trashumancia, cubils en alta montaña, invernales, hospitales), la explotación forestal (boalares, pastos entre el bosque aclarado) y, en ocasiones, la minería.

 




Uno de los ecosistemas más valiosos y mejor conservados son los prados de siega, en las partes bajas de las laderas de los valles. Están rodeados de setos con fresnos, abedules, avellanos o majuelos y su importancia radica, además de su interés paisajístico, ganadero y etnológico, en que albergan numerosas especies de animales y vegetales que dependen de la presencia de zonas despejadas de árboles.



 

Los bosques mixtos colonizan los fondos de valle o ladera baja y media. El abeto alcanza hasta los 1.700-2.000 m de altitud, en Vallibierna y valle de Estós. Suele ir acompañado del tejo y del serbal de los cazadores, y a su sombra aparece una orquídea de flor láctea. La única masa de hayas se encuentra en el valle de Estós. A partir de los 1.700 m de altitud es el territorio del pino negro que se adapta a las zonas más inhóspitas. A sus pies aparece otra orquídea y especies como la sabina rastrera, la gayuba, etc. 



En los bosques abundan los pájaros carpinteros, que oyen a los insectos que viven debajo de la corteza, la levantan con el pico y atrapan su alimento. Su función es muy importante, ya que ayudan a mantener el bosque en buen estado evitando las plagas. Son aves especializadas, con un pico largo y fuerte, una lengua larga y retráctil, patas que le permiten agarrarse a los troncos y cola dura y fuerte. Su cráneo está reforzado para absorber los impactos de sus golpes, como un casco de motorista. En el Parque hay tres especies: En los pinares, el pico picapinos; en los hayedos, el pito negro (el más grande, casi 45 cm, cuerpo negro y cabeza roja); en las riberas de los ríos o barrancos, el pito real.

 

Centro de Interpretación. Benasque.

Los animales más icónicos son el urogallo (aurón en aragonés) y el rebeco (sarrio).


El urogallo es una reliquia de la era glaciar, que quedó aislado en diferentes poblaciones, dominando aquí la subespecie aquitánica. Dominaba los bosques subalpinos pirenaicos, de pino negro, abeto y pino royo. Es un gran gallo salvaje de entre 3 y 5 kg de peso los machos y la mitad las hembras. Los machos son oscuros, y las hembras pardas, virando al dorado. Cuando están en celo, los machos abren la cola en abanico. Está en una situación muy frágil. En invierno, como tantos habitantes de la alta montaña, vive de no gastar. Por ello, cuando es molestado, el esfuerzo de volar y huir, repetido, acaba con sus reservas y con su posibilidad de sobrevivir. Está amenazado por la actividad humana, por la depredación animal y por el cambio climático.

El rebeco es un bóvido de pequeño tamaño con una altura a la cruz de 70-80 cm, peso 22-28 kg, cuernos en forma de gancho (15 cm, sin ramificar, les duran toda la vida), cabeza y garganta claras, mancha oscura que cubre el ojo, color del cuerpo casi uniforme. Los machos son algo más pesados que las hembras, aunque disminuyen con el empobrecimiento del hábitat y el aumento de la densidad.

Sus pezuñas son finas y altamente versátiles (rocas, hielo). Tiene dos pelajes, verano e invierno, más oscuro y denso. Forman manadas compuestas por hembras y crías, y quizá algún macho joven. En la época de celo, cada macho busca controlar un grupo de hembras y un territorio y luchan entre ellos.

En los bosques principalmente hay otros seres que desempeñan un papel fundamental en el equilibrio de la naturaleza: Producen unas sustancias para defenderse de las bacterias: los antibióticos.  Son los hongos, que contribuyen al desarrollo de los bosques por su función recicladora de la materia orgánica.

 

Según las estaciones, pueden recolectarse distintas especies.

En primavera, Hygrophorus marzuolus (bosques mixtos y abetales, comestible), Boletus pinophilus (pinares de pino royo y negro, comestible), Morchellas vulgaris (junto a los fresnos, pinos y prados, comestible si se deshidrata primero), Lyophylumk gambosum (prados, comestible), Marasminus oreades (prados, comestible).

Durante el verano, Cantharellus cibarius (todo tipo de bosques, comestible y perfecta para secar y conservar), Agaricus campestis (prados, láminas rosadas, si están negras ya no es comestible, no confundir con Agaricus santoderma, sus láminas son rojizas y es muy tóxica), Amanita cesarea (bosques de hayas, comestible), Boletus edulis (entre pinos y abetos, comestible).

En otoño, Lactarius deliciosus (pino royo y negro, comestible), Lactarius salmonicolor (abetos, comestible), Lactarius torminosos (abedul, tóxica), Sparasis crispa (seta de coliflor. Muy comestible cuando joven, tóxica cuando madura).

En invierno, Craterellus lutescens (bosques mixtos, hayedos, en zonas húmedas, comestible), Craterellus tubaeformis (muy parecida a la anterior, aunque ésta es más oscura).

 

Siguiendo las preceptivas normas de conservación se pueden realizar gran cantidad de actividades al aire libre.



 

martes, 15 de septiembre de 2026

Valeriano Bécquer.

El artista sevillano pintó ocho cuadros, entre 1866 y 1867, por encargo del antiguo Museo de la Trinidad, para retratar la idiosincrasia española, las costumbres de las provincias. Se le concedió una pensión de diez mil reales anuales con la obligación de remitir al Museo dos cuadros cada año. Se trata de uno de los mejores ejemplos de la pintura costumbrista del siglo XIX en España, por su calidad y por la objetividad, que lo convierten en un capítulo fundamental del realismo pictórico en nuestro país. El conjunto de cuadros comenzó a dispersarse en 1877, al ser depositados en diferentes instituciones. Estas obras se reúnen por primera vez en la exposición “Valeriano D. Bécquer (1834-1870): Los cuadros de costumbres”, en el Museo del Prado.

El conjunto se entregó en tres fases, correspondiendo a las distintas provincias, y presenta formatos y medidas divergentes. Las obras pertenecientes a Zaragoza y Soria fueron entregadas en 1866 —con dos y tres cuadros respectivamente— y las de Ávila en 1867, con otros tres. Durante estas campañas, Valeriano efectuó además numerosos dibujos, muchos perdidos.

Desde Vera del Moncayo envió dos obras, “Interior de una casa en un pueblo de Aragón” y “El presente. Fiesta Mayor en Moncayo (Aragón)”.

Interior de una casa en un pueblo de Aragón” está protagonizada por mujeres, algo frecuente en la obra de Bécquer, centrándose en la descripción de las indumentarias, de rico colorido. Es una escena que se daba los días de fiesta, cuando las mujeres se jugaban el chocolate a las cartas a la hora de la merienda. En una escena de interior, el ama del cura, la alcaldesa, la cirujana y alguna labradora acomodada juegan el chocolate y los esponjados al amor de la lumbre. El pintor fue muy preciso con los detalles: el peinado de la mujer recostada, el jubón de la niña, la falda y las abarcas de la anciana, las piedras o tantos en el suelo, la taza manchada de chocolate, el plato con la vianda, la ristra de ajos que cuelga de una viga, el fuego y los recipientes cerámicos, los elementos arquitectónicos, etc. Es una de las obras que presenta una composición más compleja.

El presente. Fiesta Mayor en Moncayo (Aragón)” presenta gran diversidad de tipos de trajes y de prácticas festivas, como el baile del paloteo o el convite. La comitiva ha parado en casa del alcalde, que viste la capa correspondiente al cargo y lleva el bastón de mando. Junto a la puerta ha dispuesto una mesa con jarros y ofrece uno al mayordomo de la cofradía, que es el que porta el pendón. Mientras, su hija, en el centro de la composición, ofrece los dulces; viste saya roja con cenefa inferior de color negro en forma de picos, delantal negro y pañuelo blanco, y pendientes de chispas. Se ven dos danzantes, con indumentaria diferente, uno con falda. Son particulares de la zona los adornos en rojo que rematan en pequeñas borlas o cascabeles, cosidos a una pieza de tela cuadrada sobre las medias y atada debajo de la rodilla. También aparecen otras mujeres, el gaitero o dulzainero y el tamborilero.


El conjunto de Soria, el de mayor calidad, se vincula además con la vida personal del pintor y de su hermano, el poeta Gustavo Adolfo. De sus viajes por Villaciervos y Burgo de Osma saldrían El baile, Un leñador y Una hilandera. La dureza del trabajo en los bosques es atenuada por el esmero en el tratamiento de los dos tipos individualizados, concebidos con total dignidad, y el carácter lúdico del baile, que le permite incorporar una gran diversidad de tipos humanos y de detalles.


“El baile”
es el más bello del conjunto. La escena se ambienta en el pueblo soriano de Villaciervos. Ante el tapial de una casa de leñadores está situada una carreta, tirada por bueyes, cargada con vigas de madera. En el descanso, dos parejas de campesinos y otra de niños bailan al compás del tamboril, que toca un lugareño envuelto en la capa blanca típica, junto a una mujer y una niña. Otros paisanos contemplan el baile. El cuadro es prueba de la sensibilidad de la obra del pintor, que trasciende el pintoresquismo decorativo de una escena de costumbres.





“Un leñador” se pintó como pareja de “Una hilandera” en las cercanías de Burgo de Osma. Representa a un recio leñador, de rostro joven y barbado, gesto adusto, mirada sombría y larga cabellera, que posa en pie y de cuerpo entero acodado en unas peñas mientras se apoya en su hacha, junto a un tronco recién cortado. Viste una gruesa dalmática parda con capuchón y varios remiendos, atada a la cintura por una cuerda, y calza sencillas abarcas. El personaje está captado con realismo y con respetuosa proximidad, a lo que se suma la precisión descriptiva a que obligaba el encargo. La sobriedad del personaje, su rudeza humilde, está revestida de la elegancia armónica de la estatuaria clásica mediante una iluminación intensa ante el fondo umbrío del boscaje, en una pose solemne y serena que se expresa en una monumentalidad severa.



 



“Una hilandera” describe la figura de una joven hilandera, de rostro despierto y vivaz, que posa en pie apoyada en una gran peña. Vestida con un grueso traje pardo, de corpiño ajustado, falda larga y capa arrollada a la cintura, calza humildes abarcas sobre medias negras, cubriéndose el cabello con una pañoleta roja, a juego con su collar. Con su gesto parece mostrar al espectador el arte de su oficio. Así, en el costado izquierdo sujeta la vara con el copo de vellón que retuercen sus manos hasta convertirlo en el hilo de lana que se va ovillando en el huso. La condición femenina de la modelo hace que el artista conceda una mayor complacencia decorativa a la composición, de un colorido más luminoso. La figura de la lozana campesina se recorta ante un bello celaje crepuscular de horizonte bajo, pintando con su técnica más minuciosa una pequeña golondrina posada sobre una vieja valla de madera.


 

En el envío de Ávila, Bécquer optó por representar diferentes aspectos asociados a la peregrinación a la ermita de Sonsoles, en el valle de Amblés, como los romeros descansando (La fuente de la ermita), la joven que porta una cesta con presentes para ofrendar a la Virgen o el hombre ante el despacho de vinos.

“La fuente de la ermita” (Costumbres del valle de Amblés en la provincia de Ávila) se refiere a la ermita de la Virgen de Sonsoles, cerca de la capital abulense.  Representa un grupo de lugareños deteniéndose a beber en el milagroso manantial próximo al santuario, término de su romería. Las indumentarias se han convertido en una imagen icónica de la provincia. En las mujeres se establecen diferencias en función de sus edades, como el jubón de indiana estampada que lleva la joven con el puchero en su mano. Las niñas llevan el pañuelo chichonero, puesto como si fuera una diadema; la que permanece de pie y de espaldas lleva moño con un pequeño picaporte abierto, parecido a los que se ven en el Tiétar. La mujer de primer término que se inclina a beber lleva manteo pajizo de tirana picada en rojo, con grandes castañuelas como motivo decorativo, característico de la mujer serrana. Entre los tocados femeninos destaca el sombrero de ala, con flores o plumas, típico en la provincia.




“Aldeana del valle de Amblés" es la última obra del encargo. Parece que la joven viste ropa de luto, pues su color contrasta con el de las mujeres que aparecen en La Fuente. Todas comparten el sombrero característico de Ávila, de paño de ala ancha, rematado aquí con plumas blancas; y, como alguna de las jóvenes del otro cuadro, presenta el cabello peinado por grandes rodetes. La mujer porta una gran cesta repleta de huevos. Esto quizá se deba a que los lleva para subastarlos tras alguna de las romerías que se hacen a la ermita de la Virgen de Sonsoles. Como ocurre en Soria, los tres cuadros aluden a los mismos asuntos y forman conjunto.




 






“Tipo del valle de Amblés”. La alabarda y la banda cruzada al pecho constituyen la indumentaria habitual de los miembros de las hermandades que organizan las celebraciones religiosas en diferentes localidades de España. Es el caso de este “escuadro”, que participa en la romería de la Virgen de Sonsoles. El tonel, el botillo de vino y los recipientes donde se sirve aluden al carácter lúdico de la festividad.






 

Los dibujos son otra parte del trabajo de Bécquer de estos años, muchos de los cuales fueron reproducidos en revistas a través del grabado, lo que permitió difundir la obra del artista más que sus propios cuadros.


“Baile en una taberna”.
Hacia 1872. Albúmina sobre papel fotográfico, 184 x 258 mm. Juan Laurent y Minier  -Fotógrafo- (Autor de la obra original: Valeriano Domínguez Bastida Bécquer. Esta fotografía pertenece al álbum fotográfico de obras de arte españolas y portuguesas realizado por J. Laurent y Cía., con motivo de la Exposición Nacional de 1871.


“La bendición de los alimentos”. Hacia 1872. Albúmina sobre papel fotográfico, 186 x 260 mm. Juan Laurent y Minier -Fotógrafo- (Autor de la obra original: Valeriano Domínguez Bastida Bécquer. 


Aldeanos de Fuente Toba. Tipos de Soria” y Leñador de los Pinares y pastor de Villaciervos”. Valeriano D. Bécquer (dibujante) y Bernardo Rico Ortega (grabador). La Ilustración (Madrid), nº 9. 27 de febrero de 1870. Biblioteca del Museo del Prado.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Anfiteatro romano de Mérida

El emperador Octavio Augusto ordenó fundar la colonia Augusta Emerita (Mérida) en el año 25 a.C. para que sirviera de retiro a los soldados veteranos licenciados de las legiones V Alaudae y X Gemina. La construcción del anfiteatro se planificó junto con la del teatro y se levantó poco después, inaugurándose en el año 8 a.C., conformando una gran área pública de espectáculos. Estaba destinado a las luchas entre gladiadores o fieras y, a diferencia del teatro, los hombres y las mujeres podían sentarse juntos. Los juegos duraban un día completo y eran gratuitos, financiados por los magistrados y gente importante a la que servían de propaganda política.

Tras el recorrido por la ciudad, los gladiadores (prisioneros de guerra, esclavos u hombres libres en busca de un futuro mejor) entraban por la Porta Pompae vitoreados por el público. La espada típica de los gladiadores era la gladius (gladiador proviene de gladius), espada corta derivada de las falcatas ibéricas. Hacían, en primer lugar, un simulacro con armas de madera y después llegaba el combate al toque de un cuerno. El vencedor preguntaba al público si debía matar o no al vencido. Los que morían eran sacados a rastras por los esclavos y los vencedores recibían premios, incluso dinero, y salían por la puerta triunfal. Existían escuelas de gladiadores donde se especializaban en un tipo de combate y arma. Al cabo de tres años podían licenciarse y convertirse en instructores, o continuar luchando.

El anfiteatro fue abandonado hacia el siglo IV, por la oficialización del cristianismo, sufrió el expolio de materiales y permaneció enterrado hasta principios del siglo XX.


Tiene forma elíptica (óvalo), con un eje principal de 126 m y uno menor de 102 m, mientras que la arena mide 64 m por 41 m. Dieciséis puertas (vomitorios) se abren al exterior en la fachada. Las destinadas a autoridades y organizadores eran tres, monumentales, de 3,5 m de anchura, y las trece restantes eran para el público. La principal es la que se encuentra en el extremo del eje occidental. Los anfiteatros romanos utilizaban uno de estos accesos monumentales para la entrada del desfile que inauguraba los juegos gladiatorios. Si el anfiteatro sólo disponía de dos accesos monumentales esa misma puerta se utilizaba también para la salida de los gladiadores victoriosos. En el caso de Augusta Emerita, al disponer de tres accesos monumentales, se plantea como hipótesis la utilización de una puerta distinta para cada una de estas acciones y la tercera para acceso de las autoridades.

 

Acceso principal

Gran puerta construida con fuertes muros de mampuesto y granito. La bóveda se edificó con ladrillos, un material más ligero.


Las gradas del lado este se construyeron sobre el cerro de San Albín, al igual que las del teatro adyacente. La fachada exterior tenía dos pisos, utilizaba arcos de medio punto y pilastras adosadas. Como en otros edificios romanos, las gradas o cáveas se dividen en tres sectores: ima, media y suma cavea. Augusto, bajo cuyo mandato se construyó este anfiteatro, asignó las gradas altas a los esclavos y los pobres. Un pasillo y escaleras daban acceso a las gradas media y superior. Al fondo se conserva una de las pocas ventanas originales. El uso del ladrillo facilitó su forma abocinada hacia el interior. Se conservan 28 hiladas, que alcanzan casi 2 m de altura. Al exterior del edificio sólo se apreciaría un hueco estrecho y rectangular en el muro de mampostería, en este caso sin remate de ladrillo.

 




El ladrillo se utilizó en múltiples zonas del anfiteatro, como recubriendo el muro del corredor que divide las gradas inferior y media, y pilastras a tramos regulares. Otro elemento constructivo muy fue el hormigón (opus caementicium), utilizado para edificar el núcleo del anfiteatro, por la solidez que aportaba este tipo de fábrica. Emplearon cal, cantos y arena de río, así como anfibolitas (tipo de piedra) de tamaño medio. En la parte superior se ven los grandes bloques de hormigón, desplazados de su posición original, que sirvieron como asiento de las gradas media y superior.

 

En cada extremo del eje menor había una tribuna, la del oeste reservada para las autoridades y la del este para quien financiaba el espectáculo, tribuna de editores. En los frentes de ambas había inscripciones que han permitido datar la inauguración del edificio. La inscripción escrita en latín y grabada en el dintel de granito, corresponde a la conmemoración de la construcción del anfiteatro: “AUGUST. PONTIF. MAXIM. TRIBUNIC. POTESTATE XVI” y hace referencia al emperador Augusto y a sus títulos, situando la fase inicial del edificio en torno al año 8 antes de nuestra era.

Quizá hubo otros dos palcos de honor sobre las puertas de acceso a la arena en los extremos del eje mayor, Porta Pompae y Porta Triumphalis. En los arcos de los vanos de acceso se utilizaban sillares bien trabajados, que presentan el almohadillado característico de la época.


Fresco que representa una venatio, hallado en el anfiteatro (Museo Nacional de Arte Romano). 

La arena, donde se desarrollaban los espectáculos, está separada de la cávea por un alto podio y unas redes para proteger al público. Estaba recubierto de mármol y con pinturas murales. A diferencia de otros anfiteatros como el Coliseo, carecía de hipogeos (sistema de subterráneos), pero, en el centro de la arena, había una gran fossa bestiaria, destinada a almacenar las jaulas de las fieras y material escénico, que tenía hasta 4,5 m de profundidad y estaba cubierta por un entarimado.




En los extremos del eje mayor había dos largas galerías que permitían el acceso a las gradas y la entrada de los gladiadores a la arena. A ambos lados, junto a la arena, hay habitaciones reservadas a los gladiadores o a las fieras. Alguna pudo estar dedicada al culto de la diosa Némesis, diosa de origen griego que simboliza la venganza, pero también la justicia y la fortuna. Los textos clásicos cuentan cómo los gladiadores se encomendaban a ella, antes de comenzar el combate rezándole esta oración: “A Némesis, para que salga con los mismos pies con los que he entrado”. En el siglo I, el emperador augusto prohibió la muerte en la arena, aunque después otros emperadores levantaron la prohibición.

 


Para evitar inundaciones, se construyeron unos canales perimetrales de drenaje, y, reconociendo las redes comerciales regionales, aparece el uso de mármol de Estremoz (Portugal) en los asientos principales.

La lucha de gladiadores premiaba la habilidad en los movimientos y la fuerza, pero eran frecuentes las heridas que deformaban con cicatrices el cuerpo y rostro de los luchadores. La dieta habitual la componía carne, cebada y alubias, para rendir más. Infusiones con cenizas de hueso y madera ayudaban a fortalecer los huesos. La noche antes del combate se les ofrecía una cena especial y abundante. En el siglo II se incorporaron al espectáculo gladiatorio mujeres y enanos. La doble moral romana privaba a los gladiadores del honor y otros derechos. El contacto con la sangre y la muerte los convertía en indignos. Todos los gladiadores se formaban en escuelas especiales llamadas Ludus. Allí entrenaban y vivían junto a sus familias hasta su liberación o su muerte. Los textos romanos cuentan que la vida media de un gladiador era de 17 años.

Los combates de gladiadores, en pareja o en grupo, solían realizarse por la tarde. Era habitual que un árbitro y su ayudante hicieran cumplir las reglas de la lucha mediante el uso de la vara si era necesario. La música era otro elemento fundamental para marcar las fases del espectáculo. Séneca dice que el público solía gritar: Iugula! Verbera! Missus! …¡Mátalo! ¡Azótalo! ¡Perdónalo!

Los romanos reconocían a los distintos tipos de gladiadores por sus armas.

El  MURMILLO o mirmillón llevaba una espada (gladius), un gran escudo rectangular similar al de los legionarios romanos, protecciones en los brazos y piernas y un gran casco en la cabeza con visera en forma de pez (sólo veía de frente, por pequeños orificios). Su estilo se basaba en una defensa firme y en la resistencia. Se enfrentaban normalmente a gladiadores ágiles como tracios o retiarios.

Un mirmillón representado en el cuadro Pollice Verso, por Jean-Léon Gérôme, 1872. 




El TRACIO protegía su cabeza con un gran casco adornado con plumas, ala ancha y una figura mitad águila mitad león. Atacaba con un puñal corto y curvo(sica) y se defendía con un pequeño escudo, protegía brazos y piernas con telas y tiras de cuero sobre las que coloca defensas metálicas. Llevaba una espinillera en cada pierna, que le cubrían por encima de las rodillas. Su estilo se basaba en movimientos veloces y ataques sorpresivos. Su agilidad le permitía mantener a raya a los más pesados como el murmillo.


 




El RETIARIO era uno de los gladiadores más icónicos por su estilo diferente. Se identificaba por la red que lanzaba atrapando al oponente y recuperaba gracias a la cuerda atada a su muñeca. El brazo que utilizaba para manejar esta arma lo protegía con tiras de telas y cueros sobre las que ataba placas metálicas que llegaban a cubrir el hombro y el cuello. Era el único gladiador que no se cubría con casco. Sus otras armas eran un tridente y un puñal. Su estilo era la evasión, el acoso y la captura con la red. Normalmente combatía contra el secutor.

 




El SECUTOR, nació como la némesis del retiarius. Un casco cerrado, con pequeños agujeros para evitar que la red se enganchara, protege su cabeza. Iba bien protegido con espada (Gladius) y escudo grande, espinillera y placas protectoras en el brazo. Su estilo era de presión y búsqueda del cuerpo a cuerpo, de ataques directos. El casco limitaba también su respiración, por lo que necesitaba terminar pronto el combate.