viernes, 14 de agosto de 2026

Carmen Laffón. Variaciones.

La primera gran exposición dedicada a la pintora y escultora sevillana Carmen Laffón (1934-2021) -segunda mujer en ingresar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid como académica de número- desde su fallecimiento se centra en las ideas o motivos que plasma en sus composiciones una y otra vez -a lo largo de más de sesenta años de carrera que desarrollará entre Madrid, Sevilla y Sanlúcar de Barrameda-, a veces como variaciones libres sobre un mismo objeto o un lugar y, solo en su etapa de madurez, a modo de modernas series en sentido estricto.

Carmen Laffón. Variaciones reúne una selección de cerca de ochenta obras entre óleos, témperas, carboncillos y esculturas que se articulan en distintas secciones dedicadas a los dos géneros artísticos más habituales en su obra, las naturalezas muertas y el paisaje, y a sus iconografías o temáticas más personales. Comienza representando objetos y paisajes desde una perspectiva realista, pero, a medida que evoluciona, se interesa más por la pintura en sí misma que por lo que representa, llegando casi a alcanzar la abstracción. Realiza sus composiciones a base de veladuras y manchas difuminadas. Su trabajo, cargado de poesía y sentimiento, sigue siendo difícil de clasificar.

Sus interiores están ocupados por objetos cotidianos como cestos, máquinas de coser y armarios, mientras que los exteriores están relacionados con su vida en Sevilla y Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) y recogen azoteas, vistas urbanas y paisajes. Sobre estos motivos, Laffón pinta a menudo variaciones con carboncillo, temple u óleo y, a partir de mediados de 1990, también esculpe. 

"Carmen Laffón dedicó la mayor parte de su vida a observar el mundo que la rodeaba, encontrando infinitas variaciones de la luz y el tiempo en el paisaje, en el valor de lo íntimo, en la belleza de lo sencillo". (Paula Luengo, Jefa de Exposiciones del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza y Comisaria de la exposición).

Marcelina viaja


LA MUÑECA Y LA CUNA.

La exposición comienza con una pequeña sección dedicada a la muñeca Marcelina, su primera serie como tal. Marcelina viaja (1965) presenta una atmósfera sombría y onírica que contrasta fuertemente con la luminosidad de la obra que cierra la secuencia dos años más tarde: Marcelina blanca. Es una imagen de reposo y bienestar que da paso a las cunas, sus dos grandes composiciones, muy separadas en el tiempo, que plasman la fragilidad y la vulnerabilidad de los recién nacidos.

Carmen Laffón, Inés Laffón en la cuna, 1995, Óleo sobre lienzo, 170 × 195,5 cm, Colección privada 


LOS BODEGONES.

El género del bodegón está muy presente en todas las etapas de la trayectoria artística de Laffón. Se trata de un tipo de composiciones que le permiten pintar en la tranquilidad de su estudio y representar objetos cotidianos, explorando sus diferentes posibilidades. Generalmente realiza cuadros con pocos elementos en los que se concentra en la atmósfera, el ambiente o la poética de las pequeñas cosas.

El formato horizontal predomina en sus naturalezas muertas más clásicas, dividiendo la estructura en dos planos, con los objetos en el plano superior. Sus pinturas, de factura etérea, están compuestas de capas de veladuras superpuestas, favoreciendo contornos borrosos, con un colorido cuidadosamente elegido y aplicado. En los años noventa introduce el paisaje en estos bodegones, como en Mesa con flores en el jardín (1991-1992) o Bodegón oscuro (1997-2000), y a finales de esta década rompe la horizontalidad atreviéndose con naturalezas muertas verticales, tanto pictóricas como escultóricas, como en Relieve del bodegón (2000), o Repisa improvisada (2000-2003).


                                                              Bodegón y alacena, 1982


LOS OBJETOS.

Ya desde los inicios de su carrera, Laffón dedica óleos y dibujos a objetos sencillos que encuentra en la casa, como cestas, mesillas de noche o máquinas de coser, sacándolos de su contexto habitual y otorgándoles nueva vida.

A lo largo del tiempo Laffón pinta y esculpe numerosas variaciones de la canasta: comienza con la cesta medio escondida o en un rincón, como en La costura o El costurero (1963) hasta ser el único objeto que ocupa todo el lienzo en Canasta con ropa blanca (1992-1996) o Canasta en el jardín (1985).

Con la máquina de coser ocurre algo similar: se convierte en el objeto central que llena ese espacio de intimidad femenina en Máquina de coser al uso (1966-1967), Máquina de coser tapada (1967) y Máquina de coser cubierta (1978-1992), en las que se puede observar el juego entre lo que se muestra y lo que se oculta. 



Carmen Laffón, La terraza. Madrid, 1973-1975, Óleo sobre lienzo, 115 × 174 cm, Colección privada 

PAISAJE URBANO.

Las azoteas de Sevilla y Madrid pintadas por Laffón en los años sesenta y setenta serían el preludio de las vistas que hará más adelante de su querido Sanlúcar de Barrameda.

Destaca La terraza, Madrid (1973-75), donde el motivo es una descuidada azotea bañada en una luz cálida y envolvente. En sus primeras panorámicas de Sanlúcar de los años setenta, la azotea ocupa un pequeño espacio en primer plano y da paso a unas amplísimas vistas de los tejados que se pierden en el horizonte. El cielo ocupa casi la mitad del lienzo, anticipando sus conocidas vistas dedicadas al Coto.



EL COTO.

El Coto de Doñana es sin duda el paraje natural por el que Laffón siente mayor apego. Lo abordará por primera vez en torno a 1979 en una serie de vistas horizontales con una clara línea divisoria entre el cielo y el mar en tonos pastel que retomará de nuevo, entre 2005 y 2014, de manera más abstracta. Los formatos y composiciones de todos estos cuadros son muy similares, pero en los tardíos, de un marcado carácter rothkiano, emplea colores más saturados en poéticas manchas de denso pigmento donde el paisaje prácticamente desaparece.




LOS ARMARIOS.

Los armarios son protagonistas de la obra de Laffón durante un largo periodo. Son variaciones que parten de una alacena de madera, pintada en blanco en los setenta, en negro en los ochenta, replicada en escultura de bronce a partir del 2000 y en vivos colores en la década de 2010. Laffón representa en estas composiciones un mueble tradicional de manera contemporánea y la contemplación de la secuencia completa permite constatar cómo la artista elige un tema, lo desarrolla y lo simplifica en estas series en cadena.

El pequeño armario es modesto, pero a la vez posee cierto misterio, sobre todo si está cerrado. La serie trata de esconder, de sugerir, de tapar y desvelar. En estas obras domina la verticalidad del mueble, que coloca sobre un fondo neutro y abstracto: armarios cerrados, semicerrados o abiertos que en algunos casos permiten entrever una carta o muestran cuencos en la parte superior.



LA CAL.

En la serie La cal la artista se deja seducir por los diversos materiales y objetos con los que trabajan los encaladores en un cortijo andaluz: bidones, un palo, la carretilla, una mesa …

Se trata de un conjunto de cuadros realizados entre 2011-2015 en grandes formatos de madera al óleo, témpera y carboncillo, incluyendo además un ready made o escultura construida con los objetos reales.

 




Salinas de Bonanza. Montaña horadada.

LA SAL.

La última de sus series, elaborada entre 2017 y 2020, es la que dedica a las blancas y frías salinas de La Algaida y de Bonanza, próximas a Sanlúcar. Tal vez sea su proyecto más ambicioso, tanto por el gran formato de las obras como por la abstracción de las composiciones. Una vez más, se muestra en ellas “la grandiosidad de la naturaleza sencilla”. Esta sección presenta también un delicado bajorrelieve en escayola de las salinas y una escultura con sal que se hallaba en el estudio de la artista a su muerte.



La Algaida


                                                     Sevilla desde el río, 1982-84/1992

Vista de la viña I, II, III y IV

Carmen Laffón. Vista de la viña I, 2006-2007, Carboncillo y témpera sobre tabla, 212 × 150 cm, Colección Centro Andaluz de Arte Contemporáneo

                                                           Orilla del coto desde Bonanza

Bajamar en La Jara

                                                             Espuertas cargadas con uvas

lunes, 10 de agosto de 2026

Eclipse

Ahora vemos el eclipse como una actividad cultural lúdica, una fiesta, que incluye viajes, turismo, etc., con lo que tiene un importante componente económico. Pero no siempre ha sido así. Los eclipses exaltaron las creencias y las cosmovisiones de muchas culturas a lo largo del tiempo, puesto que eran un símbolo cultural, al alterar en pleno día el orden visible del mundo, hacer desaparecer el Sol -fuente de vida -, provocar cambios de temperatura, luz y comportamiento animal, y terminar de forma repentina tal como comenzó. 

Un eclipse total de Sol no es más que un alineamiento muy preciso entre el Sol, la Luna y la Tierra, de muy corta duración, pero que han dejado -algunos- una huella que ha influido en decisiones políticas, ha inclinado el desenlace de una batalla, ha definido el curso de una expedición y ha ayudado a comprender mejor varios aspectos del universo. La alineación perfecta de los cuerpos celestes hace que parezcan, desde nuestra perspectiva, de igual tamaño, creando un espectáculo fascinante.  La singularidad ocurre debido a que el sol es 400 veces más grande que la Luna, pero está 400 veces más lejos de la Tierra. Antes de comprenderse su mecánica, era lógico interpretarlo como intervención divina, advertencia, castigo, etc. El miedo hacía que, para descargar la incertidumbre cuando el sol desaparecía sin saberse por qué, se buscase un culpable.

A lo largo de la historia, la reacción humana al fenómeno astronómico ha pasado por varias fases, desde la interpretación de que el astro estaba siendo atacado por dragones, lobos, serpientes o demonios, hasta la consideración de que los dioses hablaban y podían anunciar muerte, guerra, hambre o pérdida de legitimidad del gobernante. El esquema es casi universal, un ser del caos ataca al astro que mantiene el orden del mundo, y la comunidad trata de espantarlo mediante ruido, plegarias o rituales. Mas tarde, el hombre aprendió a predecirlo y sacerdotes, astrónomos y gobernantes utilizaron ese conocimiento como poder.

El asombro y miedo que provocaban los eclipses hacía que, desde tiempos inmemoriales, fueran vistos como presagios o mensajes divinos, por lo que las narrativas a su alrededor abundan en la mitología mundial.  Asirios y babilonios lo interpretaban como un mensaje funesto para el monarca, por lo que se elegía un “rey sustituto” para esos días. Cuando había pasado, se consideraba que los dioses habían descargado su ira, por lo que el sustituto era ejecutado. El que es considerado como el eclipse más importante de la historia tuvo lugar en el año 763 a.C. en Mesopotamia. Su importancia radica en que permite fechar toda la historia antigua, ya que no fechaban con números, sino con el nombre del funcionario y el eclipse se registró en un año concreto.


Uno de los grandes textos del confucionismo, el Shujing, relata un episodio en el quinto año del reinado del emperador Zhong Kang, el eclipse solar del 22 de octubre de 2136 a.C., que costó la vida a los astrónomos de la corte imperial, Hi y Ho, por no predecirlo y causar confusión en la corte. En la tradición china, el eclipse se explicaba como el ataque de un dragón que trataba de comerse el Sol o la Luna. Para ahuyentar al animal se golpeaban tambores y se producían grandes estrépitos.


Mapa chino del siglo VII que muestra las constelaciones del Polo Norte.

 





En la mitología hindú, el demonio Rahu consiguió beber fraudulentamente el néctar de la inmortalidad. El Sol y la Luna lo denunciaron y Vishnú le cortó la cabeza. Como la cabeza ya era inmortal, siguió persiguiendo a ambos astros y, cuando logra tragarlos, se produce un eclipse. Como Rahu carece de cuerpo, el Sol o la Luna reaparecen poco después. Aquí el eclipse no es solo una ocultación, es una venganza cósmica repetida.

 



En Vietnam y otras tradiciones asiáticas, los animales devoradores son un gran sapo, una rana, una serpiente o un perro celestial.

En la mitología escandinava, dos lobos persiguen por el cielo al Sol y a la Luna. Sköll corre tras el Sol y Hati tras la Luna. Un eclipse podía entenderse como el momento en que uno de ellos alcanzaba finalmente a su presa. En el Ragnarök, el orden cósmico se derrumba y los astros son devorados definitivamente.

Posible fecha calendárica donde del eclipse solar de 1508 en el valle del Mezquital, Hidalgo, México.

Para los mexicas, un eclipse significaba que el orden del universo estaba amenazado, el sol era atacado por las sombras y necesitaba fuerza para continuar su viaje por el cielo. Esa fuerza eran sacrificios humanos, que ya formaban parte central de su religión. El mundo presente era el Quinto Sol, una era destinada también a desaparecer. El eclipse podía sugerir una interrupción de la energía solar y, por tanto, el posible regreso del caos. Algunas fuentes coloniales describen miedo, llanto, sacrificios y la preocupación de que seres monstruosos descendieran durante la oscuridad.

El caso maya es especialmente interesante porque combina angustia religiosa y ciencia astronómica. Tenían tablas (Códice de Dresde) que servían para anticipar eclipses solares y lunares, considerados señales de peligro, sufrimiento o perturbación. También relacionaban los ciclos lunares con su calendario ritual. En algunas representaciones mayas, el Sol eclipsado aparece asociado a seres serpentiformes, mandíbulas, oscuridad, muerte o destrucción.

El Sol, Inti, era una divinidad central del Estado inca y estaba estrechamente ligado a la legitimidad del soberano. Un eclipse podía interpretarse como señal de que Inti estaba irritado, enfermo o amenazado. Las crónicas coloniales hablan de ayunos, lamentaciones, sacrificios de animales y consultas a adivinos. No parece que el eclipse fuera venerado en sí mismo: se trataba más bien de una crisis en la relación con la divinidad solar, que debía repararse mediante ceremonias.

No todas las culturas vieron el eclipse como catástrofe. Entre los navajos, por ejemplo, se ha interpretado tradicionalmente como un momento de recogimiento y respeto, durante el cual conviene suspender actividades y evitar mirar el fenómeno. Entre otros pueblos, el eclipse podía representar un encuentro, matrimonio o reconciliación temporal entre el Sol y la Luna.

En la mitología de África Occidental, el pueblo fon creía que la diosa creadora Mawu-Lisa se dividió en un dios Sol (Lisa) y una diosa Luna (Mawu), y explican el eclipse como un acto sexual. Los jukun pensaban que el Sol atrapaba a la Luna y tocaban tambores para la liberara.

En la Grecia arcaica, el poeta Arquíloco, probablemente impresionado por el eclipse del año 648 a. C., escribió que ya nada debía considerarse imposible después de que Zeus hubiese convertido el mediodía en noche. Heródoto cuenta además que un eclipse solar, previsto por Tales de Mileto, sucedido en el año 585 a.C., interrumpió una batalla entre medos y lidios, que habitaban en lo que hoy es Turquía e irán, respectivamente: al oscurecerse el cielo, interpretado como señal divina, ambos ejércitos dejaron de combatir e hicieron la paz. Los cálculos modernos confirman ese eclipse.

Autores romanos relacionaron fenómenos celestes -oscurecimiento, cometas y prodigios- con la muerte de Julio César. No todos ellos fueron eclipses astronómicos reales, pero en la literatura histórica romana la desaparición o alteración del Sol se convirtió en una forma de expresar que la muerte de un gran gobernante había desordenado el universo. Eran una señal de advertencia, aunque no necesariamente negativa. Plutarco asoció el nacimiento de Rómulo, la fundación de Roma y su muerte con tres eclipses solares, lo que no es posible con los cálculos astronómicos modernos.

Ilustración de las obras astronómicas de Al-Biruni, explicando las fases de la Luna en relación con la posición del Sol.

También las religiones se ocuparon del tema. En el judaísmo (Talmud) se describen como malos presagios. El cristianismo cuenta que la tierra se oscureció durante la crucifixión de Jesús, lo que se interpreta, al no poder ser un eclipse, como signo cósmico de duelo. Así se ha reflejado en las pinturas. El islam no admite la divinidad del Sol y la Luna, ni considera los eclipses como un presagio, ya que no tienen relación con la vida y muerte terrenales. Mahoma aconsejó orar durante los eclipses.

                            Cristo crucificado, José de Ribera, Museo de Bellas Artes, Vitoria.




Algunos eclipses tuvieron unas consecuencias importantes. En 1504, Colón y su tripulación, varados en Jamaica y necesitado de alimentos, sabía por sus tablas astronómicas que se produciría un eclipse lunar y lo usó para asustar a la población local y obtener lo que quería.


 

En el Libro de los Milagros de Augsburgo, una de las láminas recoge con bastante realismo el eclipse total de Sol de 1483, acompañado por la plaga de langostas que inundó Italia durante ese mismo año.

Durante siglos, los eclipses solares totales constituyeron la única oportunidad de estudiar la misteriosa corona solar. Solo la invención del coronógrafo por Bernard Lyot en 1930 permitió observarla de manera rutinaria. Se había visto en la India en 1868, con un instrumento nuevo, el espectroscopio. Cada elemento químico emite luz en longitudes de onda características y una línea amarilla debía pertenecer a un elemento desconocido. Se le llamó helio, en honor a Helios, el dios griego del Sol. En 1895 se consiguió aislar, lo que confirmó a los astrónomos.


Un ejemplo notable es el eclipse solar de 1919, que permitió confirmar la Teoría de la Relatividad General de Albert Einstein (1915), marcando un punto de inflexión en la ciencia y nuestra comprensión del universo. Este evento demostró que el campo gravitacional del Sol desvía la luz de las estrellas, un concepto revolucionario en su momento.


La importancia de los eclipses trascendió al campo del arte y la arquitectura. En distintas regiones del mundo, se construyeron monumentos que funcionaban como observatorios astronómicos. Ejemplos paradigmáticos son Stonehenge en Inglaterra y el templo de Kukulkán (Chichén Itzá), en México. A un nivel más sencillo, también se representaron en petroglifos.



                                                    Petrograbado de Aspeberget, Suecia

Historia de Eclipses Solares en España (1905-2026):

30 de agosto de 1905 (Burgos, la totalidad duró más de 3 minutos); 17 de abril de 1912 (eclipse anular en el sur); 2 de octubre de 1959 (eclipse total en Canarias); 11 de agosto de 1999 (el “casi total” europeo); 3 de octubre de 2005 (eclipse anular en Madrid y Valencia. Se vio el “anillo de fuego” durante más de 4 minutos); 20 de marzo de 2015 (eclipse parcial desde toda España); 12 de agosto de 2026 (eclipse total en el norte de España).





El del día 12 de agosto de 2026 será el primer eclipse total visible desde la península Ibérica desde 1905. La franja de totalidad pasará por el norte de la Comunidad de Madrid, y su duración será de entre 30 y 90 segundos. Inicio de la parcialidad: 19:30 h. Fase de totalidad: 20:32 h. Puesta de Sol: 21:17 h.

 



El eclipse del 12 de agosto de 2026 se prolongará en el excepcional Trío de Eclipses, con otros dos el 2 de agosto de 2027 y el 26 de enero de 2028. Cada uno tendrá características y visibilidad distintas según la fecha y la localización geográfica.


 Un eclipse total de Sol cruzará el sur de España por el estrecho de Gibraltar durante la mañana del 2 de agosto de 2027. La totalidad se verá sobre todo en zonas como Cádiz, Ceuta o Málaga, donde durará hasta casi 5 minutos. Desde la Comunidad de Madrid se podrá ver un eclipse parcial con un oscurecimiento aproximado de hasta el 70 %.





Aplicaciones interesantes:
www.trioeclipses.es (Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades).
IGN Eclipses
Solar Eclipse Timer
Eclipse Guide
Peak Finder
Stellarium y SY tonight (planetarios de bolsillo).

Los eclipses también tienen el poder de unir a las personas, recordándonos, de paso, nuestra pequeña presencia en el vasto cosmos. Disfrutemos, aunque todos no seamos umbráfilos (amantes de las sombras) o cazadores de eclipses.