domingo, 25 de octubre de 2026

El valle de Benasque: Arte.




En otros artículos sobre el valle de Benasque (Huesca) ya se ha comentado algo sobre el arte, relacionado normalmente con las iglesias de los pueblos (origen románico en muchos casos) y con casonas nobiliarias, algunas fortificadas. Muchas de las iglesias están en los pueblos, otras son ermitas.

 

Entre las primeras se encuentran san Félix de Eriste (s. XII, muy reformada) o San Pedro de Villanova. Tenemos constancia de la existencia de la población al menos desde el siglo XI. La villa se articulaba en dos barrios perteneciente cada uno de ellos a un señorío, cada uno con su propia iglesia románica: Santa María y San Pedro (finales del siglo XII), que además de ser la parroquial, es el santo patrón titular del pueblo. Es un edificio cuyo máximo interés radica en ser una muestra de la hibridación de las pervivencias lombardas y de las novedades jaquesas que se produjo en el valle de Benasque durante el siglo XII. Es la iglesia románica más grande del valle y está relacionada con el cercano monasterio de Obarra.





Es un templo construido en sillería dispuesta en hiladas regulares, salvo algún cuerpo añadido con posterioridad (como la sacristía). Presenta una sencilla planta rectangular de una nave, presbiterio muy desarrollado y cabecera semicircular orientada al este. Ante el presbiterio se abrían dos capillas cuadrangulares, aunque la situada en el costado norte fue eliminada durante la restauración. También en el costado norte, junto a la cabecera, sobresale el volumen cuadrangular de la sacristía.





La nave, dividida en dos tramos por un arco fajón de medio punto, cubre con bóveda de cañón. El presbiterio y la cabecera, de una altura muy inferior a la nave, lo hacen con cañón y cuarto de esfera, respectivamente. La capilla sur, que presenta embocadura de arco de medio punto, cubre con bóveda de cañón con lunetos. Los vanos de mayor interés son los del ábside: tres ventanas en arco de medio punto de doble derrame, correspondientes a la obra original. En el costado norte del presbiterio se abre un estrecho pasadizo abovedado que da acceso a la sacristía, que con cielo raso.

 




Es en el exterior donde resulta más patente esa hibridación de estilos, sobre todo en los elementos decorativos: arquillos de medio punto ciegos en el ábside y ménsulas molduradas soportando el alero de las naves. 






El acceso se realiza por el costado sur, a través de una puerta en arco de medio punto que presenta capiteles moldurados rematando las jambas y una gran punta de diamante tallada en la clave. Sobre ella hay un crismón trinitario, labrado en un bloque marmóreo. Presenta aro marco y tiene siete brazos y sus símbolos en posición ortodoxa. Además, los ya habituales "V" y "E" que hallamos en este valle ("Vallis Ésera" o "Victorian Eclesiae", según autores).



A los pies se eleva una espadaña de dos ojos de medio punto.

La pila benditera, semiesférica, presenta decoración de pencas en relieve y mano sujetándola en la parte inferior, como es habitual en las iglesias del valle (siglo XVII).

En fotografías antiguas conservadas en la sacristía de la iglesia, pueden verse dos elementos desaparecidos, el pequeño pórtico que protegía la portada, y el coro alto que existía a los pies, del que destacaba la balaustrada de madera, datable como muy pronto en el siglo XVI.





En el interior, el ábside dispone de un retablo gótico de principios del siglo XVI (1520-1530) que oculta parcialmente los vanos que abren al exterior.

En la capilla lateral sur se ubica la sencilla pila bautismal, que bien pudiera ser la original del templo.




 



Entre las ermitas tenemos, en las afueras de El Run, la ermita de la Virgen de Gracia, magnífico ejemplo del románico lombardo. Está situada en un paraje natural a los pies de la sierra de Chía, en un antiguo camino que salvaba el desfiladero del congosto de Ventamillo. Esta joya medieval fusiona la tradición constructiva local con la influencia del arte lombardo y fue ejecutada por canteros locales, aunque siguiendo la forma de construir y decorar lombardas.

 


Es una iglesia de nave única con cabecera semicircular orientada al este y una pequeña torre dispuesta sobre la bóveda de la nave, próxima al ábside. Está construida en piedra sillar sin desbastar, alternando con sillarejo en el ábside y el primer tramo de la nave, y de sillarejo de piedra toba en la torre. El aparejo del segundo tramo de la nave es también de sillarejo, aunque ligeramente más irregular; el muro de ese tramo tiene además menor grosor que el precedente. Llama la atención el mayor tamaño y rudeza de los situados en la porción inferior del templo, por debajo de los vanos. Todo el edificio está cubierto con tejado de losa dispuesto a dos aguas.




Muestra dos fases constructivas: una primera, con rica decoración lombarda en la fachada principal, y una posterior, de factura más sencilla. La cabecera, la primera mitad de la nave y la torre seguirían la tradición lombarda y serían más antiguas.


 




Su nave única y el ábside semicircular son características del estilo románico, visibles en otros muchos pequeños templos del valle. Desde el exterior son fácilmente identificables los elementos característicos del románico lombardo. En su ábside, sobre su zócalo, arrancan unas toscas lesenas o pilastras y una galería de arquillos ciegos recorre todo su perímetro en la parte superior. Una lesena/pilastra a mitad del muro sur delimita la porción posterior de la nave, carente ya de decoración lombarda.


 


El ábside va montado exteriormente sobre un zócalo de 1,70 m de altura en el que apean dos lesenas, de función tanto decorativa como estructural, que dividen el hemiciclo en tres bandas decoradas por arquillos ciegos (3-6-3), que se continúan en los muros de la primitiva nave. Se conservan algunos vanos originales en esta zona: uno en el centro del ábside, en arco de medio punto con doble derrame, y otro similar en el muro sur; junto a este hay una pequeña ventana aspillerada, con doble derrame, que fue abierta con posterioridad. 


La singularidad de este templo está en su pequeña torre campanario de planta cuadrada que presenta en cada paño ventanas geminadas en arco de medio punto. Las ventanas están insertas en cuadrados rehundidos decorados en su parte superior con cinco arquillos ciegos sobremontados por un friso de dientes de sierra; en los tímpanos de los arquillos del lado norte se conservan restos de una decoración románica. La torre está cubierta con una especie de bóveda esquifada y tejado de losas a cuatro vertientes.



Imagen generada por IA

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Lo que añade valor es que esta atrevida torrecilla está erigida directamente sobre la bóveda del tramo anterior de la nave. El único "refuerzo" en el primer momento edificativo fueron las lesenas/pilastras que adosadas a los muros laterales coinciden con la carga del lienzo occidental de la torrecilla. Esta torre replica en hechura al último cuerpo de la torre de San Clemente de Tahull y destaca por la cuidada factura de sus elementos edificativos. Su escorzo hacia el norte debió hacer temer su desplome, por lo que ya en el siglo XIII se edificaron los dos refuerzos al interior, arcos diafragma apuntados, afianzando la bóveda en los lugares de empuje de los lienzos este y oeste de la torre.

La puerta, adintelada, se abre hacia los pies en el lado sur, sustituyendo a la portada románica original, de medio punto dovelado -así permanece al interior-, que se encontraría en el mismo lugar. Presenta una moldura en baquetón que recorre su dintel y jambas.

Al interior consta de una nave dividida en cuatro tramos de dimensiones muy irregulares, un corto presbiterio y ábside semicircular. La nave y el presbiterio se cubren con bóveda de medio calón y el ábside con cuarto de esfera. 


Abre en este lienzo el ventanal de medio punto dovelado de similar hechura al de la cabecera. Y como al añadir al interior fajones en un momento posterior, quedara parcialmente inutilizado, se abrió en ese momento otro, adintelado, por delante del original.

El templo está dedicado a Nuestra Señora de Gracia, advocación medieval que simboliza protección, intercesión y esperanza para los fieles.

 

 

Otra ermita es San Esteban de Conques. A Conques se puede ir desde Anciles o desde Eriste, cruzando el puente en la cabecera del embalse de Linsoles (mejor indicado). Conques fue señorío perteneciente a la familia de los Bardaxí, linaje de origen medieval, cuyos miembros ocuparon a lo largo de los siglos cargos de importancia, no solo en Ribagorza sino también en Aragón. Estos Bardaxí de Conques fueron además señores de Benasque, Villanova y Ramastué. 

"Descendía esta familia de Ximeno Fortuñón, caballero que peleo junto a Alfonso I el Batallador, quien como agradecimiento y según era su costumbre, le donó el valle de Bardaxí, del cual tomó su nombre. Intervino la familia Bardaxí en distintos acontecimientos históricos, apoyando decididamente la causa de los duques de Villahermosa en la sublevación de los ribagorzanos contra Felipe II, coyuntura bien aprovechada por el monarca para recuperar las tierras de la Ribagorza e integrarlas en su corona, tierras que hasta ese momento habían sido de Martín, duque de Villahermosa. El secretario de Felipe II, Antonio Pérez, implicó en su huida a Antonio de Bardaxí enemistándolo así con el rey, que ordenó el encarcelamiento y confiscación de sus bienes en el año 1592 y la demolición de todos sus castillos, incluso el de Conques que fue arrasado. Hoy solo queda de él los restos de una torre junto al palacio edificado en el XIX." (José Luis Aramendía: El Románico en Aragón. Tomo II Cuencas del Ésera y Cinca. pág. 149). 

Idealización. Imagen generada por IA

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El despoblado de Conques es un tranquilo paraje abierto ya de antiguo entre los bosques cerrados de fresnos y abedules. A comienzos del siglo XI ya era un lugar lo suficientemente importante como para que sus propietarios promocionaran esta pequeña iglesia y recurrieran para ello a los maestros lombardos, que alrededor de estos mismos años, trabajan en Obarra, Urmella, Roda de Isábena, Villanova, etc. La ermita de San Esteban de Conques está aislada entre prados y bosque, al lado de la torre y casa de Conques. Es una de las ermitas más antiguas de Ribagorza (iniciada en el primer tercio del siglo XI), que los constructores lombardos dejaron interrumpida, al igual que otras de la zona.

Es un edificio orientado, construido en sillarejo, encalado tanto al exterior como al interior, con cubierta de pizarra a dos aguas muy pendiente.

Tiene planta rectangular con cabecera semicircular orientada al este. Al exterior los rasgos más destacados se concentran en su cabecera. Su paramento exterior está dividido por dos lesenas en tres paños coronados con cuatro arquillos lombardos por paño, perceptibles pese al inconveniente revoco que cubre los muros exteriores. En cada uno de estos tramos abre una ventana abocinada de doble derrame, cubiertas con boveditas cónicas. El actual recrecido del terreno impide constatar si existe un probable zócalo del que arrancarían las lesenas.



La portada se sitúa a los pies y es mucho más tardía. Es en arco rebajado con trasdós moldurado, que apea en jambas de piedra. En el muro norte, próxima a los pies, se advierte una portada adintelada cegada, más antigua, aunque muy probablemente tampoco es la original.


 

En el interior la nave está dividida en dos tramos por un arco diafragma apuntado que apea en pilastras. El ábside, que abarca el ancho de la nave, se cubre con bóveda de cuarto de esfera sobre la que no hay seguridad si pertenece o no a la fase lombarda. 

La cabecera es ligeramente más baja y ante ella se conservan dos pares de pilastras de esquina triple que no soportan nada. Según todos los indicios, y su parecido a soluciones en otros templos lombardos de la comarca (como Urmella) debieron de estar destinadas a soportar bóvedas de arista característicamente lombardas, que no llegaron a construirse. En su lugar, la cabecera cubre con bóveda de cuarto de esfera y la nave con bóveda de cañón.  

Tiene coro alto de madera a los pies, al que se accede mediante escalera de obra adosada al muro sur.

Idealización. Imagen generada por IA

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Es a comienzos de este siglo cuando se construye la actual cubierta y espadaña, se dispone la actual puerta de entrada. Se revocaron con mortero de cemento los paramentos exteriores de los muros y su color grisáceo se disimuló pintándolos en blanco. Se enlució el interior. La ermita, hoy abandonada, es un triste almacén de objetos abandonados. 

Son de alto interés las claras relaciones que esta iglesia presenta con las de San Caprasio (Santa Cruz de la Serós), Saint Martín de Cazarilh y Nôtre Dame de Trébons, estas dos últimas en el vecino valle francés de Larboust (Haute Garonne, Francia). Todas ellas obras lombardas construidas en el primer tercio del siglo XI, que comparten su tipología estructural y de planta.





Al lado de la ermita esta Casa Conques, con una torre defensiva mucho más reciente y un escudo de los Bardaxí.





 

miércoles, 21 de octubre de 2026

Zurbarán

La National Gallery, Londres, presentó una gran exposición sobre Zurbarán (1598-1664), rescatando su maestría innovadora más allá de la religión. El genial pintor extremeño del siglo XVII ejerció su arte a la sombra de Diego de Velázquez y Bartolomé Esteban Murillo, contemporáneos suyos, así como a la del Concilio de Trento. Para frenar la amenaza protestante se lanzó la Contrarreforma, y el pintor utilizó la belleza para transmitir visualmente los dogmas de la iglesia católica, lo que hizo que se viera arrastrado por la leyenda oscurantista que ensombreció al propio Imperio Español. Este propósito de la iglesia de utilizar el arte como vehículo para propagar la fe hizo que todos los trabajos que le encargaban fueran de motivos religiosos. Las pinturas debían ser poderosas, golpear al espectador, tener fuerza visual.

La exposición presenta casi cincuenta obras y ofrece una perspectiva justa de un artista que supo innovar y plasmar un simbolismo religioso que hoy representa una nueva dimensión artística. La pintura de Zurbarán destaca por su profunda fuerza emocional, por su vívido naturalismo, por su dramatismo, misterio y visión. Encuentra la intensidad en lo cotidiano, desde la cáscara de un limón hasta la mirada eterna de un santo. La luz intensa y las sombras profundas dan vida a rostros reales, telas suaves, frutas frescas y flores. Sus pinturas unen quietud, concentración y fe. Es el vértigo de la fe y la materia. El Museo quiere resaltar al artista que hizo de la luz, el silencio, la materia y la espiritualidad un lenguaje propio; que construyó una pintura austera, sin adornos innecesarios, capaz de emocionar desde la quietud, subrayando en cada pincelada la precisión del tejido, la gravedad de un gesto, la hondura espiritual y la forma de iluminar lo cotidiano, de mostrar lo corriente.

La muestra comienza con una pintura emblemática, El Cristo Crucificado, una obra para los dominicos del Convento de San Pablo el Real, en Sevilla, que lo consagró como el artista al que reclamaban su trabajo todas las órdenes religiosas de la ciudad, a pesar de que hizo otras muchas crucifixiones. El Cristo aparece iluminado, con una anatomía exquisitamente detallada y el rostro agonizante, sobre un fondo oscuro que resalta el contraste de luz y construye una imagen poderosamente moderna y minimalista. El cronista artístico Antonio Palomino cuenta que, al estar expuesto en el oratorio de la sacristía del convento, con escasa iluminación, llevaba a muchos a pensar que se trataba de una estatua.

Zurbarán, en sus inicios, aprendió tanto a esculpir como a pintar, por lo que dota a sus personajes de una poderosa presencia tridimensional, aunque sus críticos le reprochan la falta de dinamismo de sus composiciones. Son pinturas estáticas, elaboradas para gente que profesaba una fuerte fe católica. Aunque eso puede no corresponder con el público actual, estos cuadros monumentales, te obligan a una pausa, a un momento de silencio y paz.

El padre de Zurbarán era comerciante de telas, y su hijo pudo adquirir conocimientos sobre la textura, los colores, los bordados, los pliegues y las caídas de los tejidos que plasmó luego en sus obras de un modo exquisito, tanto en la sobriedad o pobreza de la vestimenta de santos y monjes como en el oropel de santas y princesas. 

Sus obras centrales, como las diferentes escenas de San Francisco de Asís meditando, participan de la técnica del tenebrismo italiano en la que la luz y la sombra construyen la arquitectura de la composición, por lo que ha sido llamado el “Caravaggio español”. La diferencia está en que mientras el italiano trataba de congelar escenas dinámicas, el español perseguía una belleza inmóvil, eterna. Incluso en obras que reflejan un martirio, como San Serapio -fraile mercedario, torturado en Argel a cambio de la liberación de cautivos cristianos-, huye de lo macabro, y plasma una figura pacífica de mártir, cuyas manos atadas y frente hinchada ligeramente simbolizan su tormento.

La exposición también dedica una sala a las prodigiosas naturalezas muertas de Zurbarán. Se ha tratado de buscar el simbolismo religioso que debía ocultarse en los cuadros de un pintor consagrado a propagar la fe, pero quizá, se trataba sólo de demostrar una extraordinaria habilidad técnica y artística. El propósito parece ser el de reducir la naturaleza a sus elementos más simples, lo que los críticos ya descubrieron en la década de los veinte del siglo pasado y que asociaron a las pinturas de Cézanne y Picasso.




Entre los bodegones también se incluyen las naturalezas muertas de Juan Zurbarán, hijo del pintor, que demostró su maestría en este tipo de composiciones antes de morir a los 29 años en la peste que asoló Sevilla a mediados del siglo XVII. Aparecen igualmente algunas de las obras que pintó a su paso por Madrid, para trabajar junto a Velázquez al servicio de Felipe IV, destacando la Cabeza Colosal, por el misterio que rodea su autoría.


 

Dos obras destacan en la muestra, el Agnus Dei (Cordero de Dios), la pieza elegida para el cartel de la muestra, la mejor de las siete pinturas de Zurbarán que se conocen con el mismo motivo. Un cordero merino, con las patas atadas y dispuesto para el sacrificio, representado con una precisión técnica en la textura de la lana que dan ganas de acariciarla. La otra obra a destacar es el Cristo Crucificado, un Cristo ya fallecido en la cruz, representación simbólica de su propósito de transmitir lo trascendente a través de la belleza del arte.

Francisco de Zurbarán, 'Agnus Dei', alrededor de 1635–40

Zurbarán pinta el vellón del cordero con un realismo impresionante, utilizando pinceladas pequeñas y delicadas.

 
1638, óleo sobre lienzo, barroco, 101,2 x 75,5 cm, Museo Soumaya, Ciudad de México, México

                                                                      San Francisco en meditación. National Gallery, Londres.


Francisco de Zurbarán, 'Cristo y la Virgen en la casa de Nazaret', alrededor de 1640

Al mostrar a la Virgen y al niño Cristo juntos en un entorno doméstico, Zurbarán creó un tema completamente nuevo y una nueva forma de pintarlo.

Imagen: Museo de Arte de Cleveland, Fondo Leonard C. Hanna Jr. 1960.116 © Museo de Arte de Cleveland, Cleveland, Ohio

 


Francisco de Zurbarán, 'Naturaleza muerta con limones, naranjas y una rosa', 1633

Esta pintura, la única naturaleza muerta firmada y fechada por Zurbarán, se ha convertido en un icono del arte español del siglo XVII.


 

Una taza de agua y una rosa, Francisco de Zurbarán, 1598-1664, alrededor de 1630, óleo sobre lienzo, 21,2 x 30,1 cm, National Gallery

En esta pequeña e íntima pintura, los objetos cotidianos adquieren una dimensión monumental y una intensidad mística. Sobre una mesa o repisa, una taza de cerámica con asas delicadamente curvadas reposa en el centro de un plato de plata. Una rosa sin espinas en plena floración se equilibra en el borde del plato.

Que estos objetos tuvieran un significado religioso habría sido inmediatamente obvio para los devotos españoles del siglo XVII. La copa de agua y la rosa se consideraban símbolos de la pureza de la Virgen María; el hecho de que la flor no tenga espinas podría aludir a la Inmaculada Concepción.

                                                                       Cuenco de China

 

Santa Casilda, hacia 1635, Óleo sobre lienzo. 171 x 107 cm, Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid


La circuncisión de Jesús, 1639, óleo sobre lienzo, barroco, 263 x 175 cm, Museo de Grenoble.

La circuncisión, rito de la ley mosaica, se realizaba al octavo día del nacimiento de un varón, asociado a la imposición del nombre. Sólo Lucas menciona la circuncisión de Jesús. Este ritual fue sustituido por el bautismo. El niño desnudo se representa en el centro, en medio de los personajes, cuyas cabezas forman un círculo. Está sostenido por el sumo sacerdote que viste de azul oscuro. El mohel, que lleva a cabo la intervención, lleva también un fastuoso indumento que contrasta con los sencillos vestidos de los acólitos, algunos con gorro frigio. San José está solo a la derecha, en actitud de recogimiento. Un mancebo, con una jarra en una bandeja -alusión al agua bautismal-, parece invitar al espectador a entrar en escena. El colorido es menos intenso que en otros cuadros.


 




Adoración de los Magos, 1638-1639, Museo de Grenoble, barroco, óleo sobre lienzo, 263,5 x 175 cm

Sólo Mateo, entre los evangelios, menciona la adoración de los Reyes Magos, sin concretar su número ni sus nombres y sin especificar que fueran reyes.

Según la iconografía propia de este tema en la pintura barroca de España, Zurbarán estructura el lienzo con una diagonal que separa el primer plano (Melchor, el niño y María) del segundo (resto de personajes). Las sencillas vestiduras de la Sagrada Familia contrastan con los trajes exóticos de los Reyes.


 






Virgen del Rosario con dos cartujos, 1638-1639, óleo sobre lienzo, barroco, 325 x 190, Museo Nacional de Poznan, Polonia

La Virgen del Rosario ocupa un lugar importante en la espiritualidad de los cartujos, al ser los precursores de su devoción. Composición clásica y simétrica, con clara separación entre la Virgen y los monjes. Magnífico colorido en aumento hacia la parte superior. El Niño de pie sobre las rodillas.



 



Virgen de los Cartujos.

Composición de gran simetría que sigue el modelo de las Vírgenes de la Misericordia medievales, devoción cartujana por excelencia. La Virgen en el centro acogiendo bajo su manto a unos frailes cartujos. A los pies, rosas y jazmines. El manto divide la escena en dos planos, terrenal y celestial. El Espíritu Santo en forma de paloma. Excelente trabajo colorista.



                                                   El venerable Miguel Gerónimo Carmelo. 

Para esta exposición se han traído obras de otros museos como el Louvre (San Buenaventura sobre su féretro y Santa Apolonia), del Art Institute of Chicago (La Crucifixión, San Romano de Antioquía y San Bártulo) o del Prado (Agnus Dei y Cristo crucificado con un pintor).




Exposición del cuerpo de San Buenaventura, 1629, Museo Nacional del Louvre, óleo sobre lienzo.

Al día siguiente del concilio de Lyon, convocado en 1272 por el papa Gregorio X, enfermó y murió a la semana siguiente. Se representa el velatorio, con el cuerpo del monje vestido con las ropas talares propias para celebrar la liturgia, con el sombrero de cardenal a los pies. Está colocado en una atrevida diagonal, rodeado de otros personajes, como el rey Jaime I de Aragón junto al Papa.



 

 

Santa Apolonia, años 1630, Museo del Louvre, óleo sobre lienzo, 116 x 67 cm.

San Lucas como pintor, ante Cristo en la Cruz, 1650, óleo sobre lienzo, 105 x 84 cm, Museo del Prado, Madrid.