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viernes, 13 de diciembre de 2024

 El río Salado.

Es el primer afluente del río Henares, al que llega por su derecha. Su nombre hace referencia a sus aguas saladas, pues circula sobre rocas en cuyos componentes se encuentran sales y sulfatos entre otros. Las aguas son dulces, pero su combinación con las materias salitrosas que atraviesa permitió desde épocas remotas la ubicación de salinas. Varias explotaciones salineras tradicionales y artesanas jalonan su curso, así como alguno de sus afluentes: Imón (grandes edificios dieciochescos), La Olmeda, Gormellón, etc.

La vegetación no es tan exuberante como en la hoz del río Dulce, destacando los encinares apretados de Santamera, así como los bosques de boj en uno de sus afluentes, el río que baja por el barranco de la Hoz desde Cirueches al Atance, cubierto en parte por las aguas del embalse. El hábitat entre acantilados resulta idóneo para las rapaces (buitre leonado, águila real, halcón peregrino), encontrándose hasta cuatro buitreras en su curso: La Riba de Santiuste, Santamera, Barranco de la Hoz y Huérmeces del Cerro. También hay aves esteparias (ortegas, sisones, alondra de Dupont), jabalí, corzo, nutria, y, en las aguas más límpidas, el desmán de los Pirineos.

La polémica sobre los embalses se desarrolló aquí por la construcción de El Atance. En su contra se adujo el excelente hábitat natural bien conservado, los valores paisajísticos y ambientales, denso manto de monte mediterráneo. Es tierra de encinas, quejigos, sabinos y enebros, con sembrados de cereales. Se inauguró en 1997. La presa, aguas abajo del pueblo, es de gravedad, de hormigón, y tiene 45 m de altura y 184 m de longitud de coronación. El embalse ocupa una superficie de 280 hectáreas y almacena 35 hm3. 


El nacimiento puede considerarse el arroyo de la Laguna, cerca de la Sierra Gorda y del límite con Soria, a unos 1.100 m de altitud, que recoge las aguas de la Cuesta de Paredes, al norte. Pasa por Paredes de Sigüenza y con un valle ancho se dirige hacia el Este, dejando a la derecha y al sur a Rienda. Al llegar a la alargada Loma de la Sierra gira hacia el Sur y baja paralelo y pegado a ella. 

Poco después, a unos 975 m de altitud, se le une por su izquierda el río del Berral, que ha nacido en la Loma del Mojonazo (pico Viña, 1.213 m) en la provincia de Soria. El valle se estrecha, con más de 100 m de desnivel, antes de Valdecubo. El curso sigue una orientación hacia el oeste. Más tarde recibe por la izquierda el río del Buitrón, que viene del límite con la provincia de Soria, a unos 1.200 m de altitud, y pasa por Sienes, con orientación oeste. También por la izquierda le llega el río de Querencia, que pasa entre Tobes y Querencia bordeando la Sierra de Pila. La orientación sigue siendo hacia el oeste.

Toda esta zona, desde el nacimiento, está rodeada por la provincia de Soria y el límite es, salvo excepciones, la divisoria de aguas. Siguiendo la orientación sur y a través de un ancho y ameno valle llega a Riba de Santiuste, pasando entre el pueblo y una pequeña colina en cuya cima se yergue altivo un castillo. Tras trazar una doble curva, donde recibe por la derecha el arroyo de Valdearcos, sigue hacia el sur, dejando la sierra de Pila, que le apunta perpendicularmente, al este, y a su derecha una gran masa arbórea en una zona muy quebrada y totalmente deshabitada. Nuevamente por la izquierda recibe un afluente, también de nombre Salado, que ha nacido en las proximidades de Torre de Valdealmendras rodeado de alturas en torno a los 1.200 m. Sigue una dirección O-NO y pasa por Villacorza y La Borbolla, antes de Imón, famoso por las salinas que deja a su izquierda. Aquí le llega otro arroyo de la Laguna, por la izquierda. La dirección cambia al SO y las lomas circundantes ya no llegan a los 1.100 m.

Por la derecha le llega el río Cercadillo o de Alcolea, unión de varios arroyos. Uno viene del oeste de la Sierra Gorda, al otro lado de donde nace el arroyo de la Laguna, al norte de Tordelrábano. A éste se le une el río de la Carderada que viene de Madrigal y pasa junto a la Sierra Mediana. Siguen al oeste y se une el río de Alcolea que viene del oeste y pasa por Cincovillas. Se unen en Alcolea de las Peñas y toman dirección sur por un valle muy estrecho y encajado en medio de una zona vacía de población. Poco antes de la desembocadura deja al oeste, a su derecha, a Cercadillo.


El valle se va estrechando rápidamente y ya metido en el estrecho se encuentra Santamera, con vegetación de ribera en el estrecho cauce. Aunque las alturas circundantes sobrepasan escasamente los 1.100 m, se forman cortados de unos 150 m. La dirección es sur y, tras la parte más estrecha en las cercanías de Santamera, el valle se va abriendo lentamente.


Un poco antes de donde estaba El Atance, por la izquierda, llega el río de la Hoz, muy encajonado en su desembocadura, pero muy abierto antes. Se ha formado por la unión de varios: el arroyo de las Cañadas que viene desde el pico Castil viejo, al sur de Imón, y pasa por el oeste de la Sierra de Bujalcayado; en las salinas de la Olmeda se une el río del Cubillo que viene desde Riosalido por el sur de la Sierra de Bujalcayado; poco después llega el río de Pozancos, que viene de Pozancos y Ures, al que se une el río del Vadillo, que viene desde las cercanías de Sigüenza y pasa por Palazuelos. El punto de unión de estos arroyos conforma una zona llana, rodeada de zonas más altas por todos los lados. Cuando se han unido todos estos arroyos, pasan por Cirueches, desde donde tienen que abrirse paso en un cortado de más de 100 m de desnivel para llegar al Salado.

El valle se ensancha progresivamente ya antes de llegar a El Atance, aunque poco después se vuelve a estrechar. Hay vegetación de ribera junto al cauce y espectaculares cortados en las cercanías. Este estrechamiento se aprovechó para construir el embalse que anegó el ensanchamiento anterior. Poco después de la presa, junto al puente de la carretera, hay un albergue en una zona de gran belleza.

Continúa en dirección SO, bastante encajado, y poco después recibe el río Regacho, que viene de Riofrío del Llano y Santiuste con orientación sur. Son tierras rojas con encinas y robles. Unas alturas de poco más de 1.000 m hacen que el valle de nuevo se vaya estrechando. Describe una curva y, con dirección SE, continúa por Huérmeces del Cerro a través de un valle ya más ancho y con muchos más cultivos, deja a la izquierda a la Sierra de la Muela y llega a Viana de Jadraque vistiéndose con mucho arbolado en las riberas. Una ancha paramera separa de Sigüenza.




Tras Viana toma dirección sur en un valle más ancho, cambia al SO poco antes de Baides y llega a la estación de Baides donde cumple su destino desembocando en el Henares. 
















    


martes, 3 de octubre de 2017

Salado IV.

En una mañana otoñal perfecta, azul y radiante, con un cielo sin nubes, con fresco a primera hora pero con la temperatura en aumento, voy a recorrer la cuarta y última etapa en el río Salado por un despejado vallecito sin nombre, avenado por arroyos tributarios suyos, que bascula hacia el Oeste. Ve sus horizontes limitados a una franja de cielo acotado al sur por una serie de lomas que van desde el Alto del Monte, 1.103 m de altitud, detrás de Palazuelos, hasta el Alto del Cerro, 1.053 m., cerca de Cirueches; al norte lo limita la Sierra de Bujalcayado, 1.123 m., y al oeste otras lomas, como Cabeza del Monte, 1.062 m., que cierran el valle.

El desagüe se produce al suroeste por donde sale el río de la Hoz que ha captado a todos los demás arroyos y que se abre paso hacia el Salado por una serie de estrechos cortados en la caliza. En medio del valle queda la loma Montellano, 1.071m., rodeada por el río del Cubillo, que viene de Riosalido, al norte, y por el río del Vadillo, que viene de detrás de Palazuelos, cerca de Sigüenza, donde se produce el cambio de vertiente, al Sur.


 Es un relieve llano en el fondo -a excepción de Montellano-, por encima de los 900 m., rodeado por un relieve arrasado, por lomas bajas de una altura muy similar. Los pueblos están situados a media ladera, en los lugares donde aparecen los manantiales por donde vierte la caliza de la parte superior: Palazuelos-973 m., Carabias-1.018, Cirueches-993, La Olmeda de Jadraque-983, Bujalcayado-950, Riosalido-1.020 m.



Inicio la ruta en Palazuelos, magnífico pueblo de traza urbanística medieval, rodeado por murallas del siglo XV conservadas casi en su totalidad, integrado en el 10º tramo de la Ruta de Don Quijote y en la Ruta del Románico Rural. Salgo por la GU-135 en dirección a Carabias y pienso tomar el camino a la derecha que va directo hasta Cirueches, pero cambio de idea y no me resisto a admirar de nuevo la Iglesia del Salvador. Tras ver un rebaño de ovejas –que comparten con los vecinos la agonía del pueblo- a la izquierda de la carretera, llego a Carabias mientras despierta al día el campo.

Un extremo de la plaza está agraciada por una fuente que exhala su perpetuo sollozo frente a la magnífica iglesia. Desde detrás, la altura del pueblo permite ver el fondo plano del valle, de amarillo de cereal cosechado y marrón, rodeado de pequeñas lomas vegetadas de un verde oscuro, con más arbusto que arbolado. Al otro lado, al norte, empequeñecido por la distancia, en el espacio claro que sobre el vallejo es el día, se ve Bujalcayado, a donde llegaré más tarde. El cielo, remoto y desierto. Los ojos abarcan un horizonte tan ancho que lo incluye todo. El sol tibio de la mañana acaricia el rostro.

Callejas en pendiente llevan a plazuelas silenciosas y al final del pueblo, donde se encuentran la calle y el camino, está el descenso perpendicular al camino que debía haber tomado. En el cruce se ve bien Carabias, completamente rodeado el pueblo de arbolado, pero no el monte. Giro al oeste, pasando por unos campos cercados con vacas a ambos lados y con el monte arbolado acercándose, hasta Cirueches, que ya se veía antes a la derecha, tras cruzar el río de la Hoz. Atravieso la vaquería y, por buen camino, sigo la ruta que marca el río. Entre cortados calizos se aprecia la diferencia de vegetación, encinas en el monte y frondosas en el cauce, junto con aneas, juncos, etc. Pedaleo al amor del sol, alzando la mirada al cielo limpio de la mañana.


Conforme el valle se estrecha, desaparece la finca ganadera y los campos de labor. El monte se espesa. El tramo es tan recóndito que parece el lugar donde debe estar escondido el secreto de la vida. De pronto, la finca ha cortado el camino, así que no puedo seguir para ver la ermita de la Virgen de la Soledad, de El Atance –puesto que el pueblo está arrasado-, que había conocido en el blog de Albanécar (Javier de Mingo, arquitecto, máster en conservación del Patrimonio) y que me interesaba porque “el auténtico pasmo es que posee una pequeña armadura de cubierta de limas mohamares, que de momento sigue en su sitio e incluso conserva un curioso almizate policromado”, en las autorizadas palabras de Javier.



En el despejado cielo de septiembre flota un pálido sol. Desde el fondo de la mañana la temperatura ha ido aumentando, pero esta mañana no arderá. Vuelvo admirando el contraste de colores, la gama de verdes. La naturaleza no muestra mucha alegría y la sequía ha desecado los arroyos, pero el otoño empieza a dar altura artística al paisaje. Desde Cirueches tomo la GU-113, Calle Real, un camino llano, ancho y bueno, arbolado y sombreado a tramos. A la izquierda hay campos hasta el monte y a la derecha hasta las salinas, que van confluyendo. En este tramo llegan al río de la Hoz el del Vadillo y el del Cubillo, además del arroyo de la Dehesa que viene del valle entre La Olmeda y Bujalcayado.



Las primeras salinas son las de La Olmeda de Jadraque, con instalaciones abandonadas y otras en uso, y las siguientes las de Bujalcayado, abandonadas. Salvando un duro repecho subo hasta La Olmeda, pueblo alargado que parece caminero, y veo la iglesia, con trazas románicas y con buenas vistas desde la barbacana, antes de dar la vuelta porque no encuentro a nadie con quien poder hablar. De nuevo veo las salinas de La Olmeda, pero han desaparecido los camiones y personas que he visto antes y tampoco hay nadie con quien hablar en esta actividad pseudoindustrial, la única en una zona totalmente agrícola y ganadera.



Por el camino que sigue al principio el arroyo de la Dehesa asciendo en dirección a Bujalcayado, refugiado en la sierra de su nombre. Al ir acercándome veo la desolación que supone siempre un pueblo abandonado, muerto, y no me decido a llegar. Me doy la vuelta, bajo hasta el camino y miro. El pueblo está como dormido en el pasado. Vive tranquilamente recostado en la ladera, ajeno a cuanto ocurre alrededor. No hay demasiados árboles, destacando las encinas con su verde oscuro de las frondosas -con colores amarillentos, ya otoñales- que indican la situación de manantiales, fuentes, etc. Sigo cruzando el río del Cubillo en medio de campos de cereal cosechado, amarillos, y otros marrones. Al fondo, a la derecha de Bujalcayado, se ve Riosalido.



En un cruce, antes de girar a la derecha, paso el río del Vadillo al que se ha unido el río de Pozancos. Es mucho decir llamarlos ríos, especialmente en este año tan seco. A la derecha, a lo lejos, se ve el gran arbolado que rodea Palazuelos. Cruzando campos inundados de luz, campos amarilleantes, con el amarillo de las tierras paniegas, salgo a la GU-135, cruzo de nuevo el Vadillo, y ya está a la vista el castillo de esta población, a donde entro por la Puerta del Cercao hasta la plaza.

Hay obras en dos edificios que miran sobre ella. Es agradable ver señales de actividad en estos pueblos pequeños, corroídos por el tiempo y el abandono, en un soñoliento silencio sin apariencia de vida. Éste, en concreto, aunque caballeresco y medieval, todavía es una presencia, no un decorado. Unas furgonetas de empresas de obras traen materiales y un operario de una de ellas fuma tranquilamente a la sombra de los árboles cerca de la fuente, que tiene detrás, todo en uno, un abrevadero, formando un bello conjunto animado por cuatro peces, dos rojos y dos amarillos, que componen una especie de bandera nacional como si quisieran expresar su opinión en estos días aciagos (es el día 29 de septiembre). Es un buen final para una bonita ruta ciclista a la que le ha faltado el calor humano.


sábado, 3 de diciembre de 2016

Salado3: El Atance-Baides.




Última etapa en el río Salado, primer afluente de importancia del río Henares por su margen derecha. Comienzo la etapa en la presa de El Atance, donde terminé en la etapa anterior. El valle tiene un fondo plano y el río va escondido entre carrizos. En este punto hay poca vegetación de ribera. Una pequeña caseta blanca es estación de aforo para la poquísima agua que baja. Mientras como y bebo tranquilamente llega un coche de la Confederación, quizá para tomar la medida.

Río abajo el valle se ensancha y aparece, impresionante, la otoñal vegetación de ribera que clarea el paisaje, contrastando con el verde muy oscuro de las encinas y carrascas de los montes que cierran el horizonte. Al fondo se ve la serrezuela que ha cortado el río para poder seguir. Al sol se está muy bien, hace buena temperatura, con el añadido de un día despejado completamente y un cielo azul, sin nubes.

A la izquierda aparecen unos grandes paredones calizos, verticales, trepados por arbustos  y llenos de hendiduras, dientes, escarpaduras, etc., la caliza erosionada en mil formas diferentes. Es el lado oscuro, frío, desolado, estático, que hace comprender cómo en el inicio el caos indiferenciado y acromático era representado por un mundo grisáceo. En algún pequeño barranco aparece alguna frondosa amarilla entre el verde oscuro, pero la explosión de amarillo se produce poco más abajo en el cauce. Es la luminosidad frente a la oscuridad. La luz es vida y movimiento, es un poder que ordena y vivifica, por eso el sol, fuente de luz y vida, era adorado por los pueblos primitivos. En medio hay otra estación de aforo, cruzada por un pequeño puente, en la que el agua no parece haber aumentado.

En el puente se ve, hacia atrás, los riscos y peñascos grises moteados de arbustos verdes y, abajo, el amarillo de los chopos. Hacia adelante, río abajo, mucha vegetación de ribera, una gran pantalla de chopos amarillos, algo anaranjados y ocres. En el camino, a la izquierda, hay un letrero indicando el albergue rural El Molino. El río nos ha abierto paso entre grandes rocas, especialmente en la margen derecha. A la izquierda queda El Molino, área de acampada y esparcimiento, en medio de una gran chopera. Aunque en el letrero ponía que estaba abierto todo el año, ahora parece cerrado, no se ve a nadie.

La aparición de una plaza de toros, solitaria en un llano, a la derecha, nos anuncia la llegada a Huérmeces del Cerro. El valle se ha abierto y el paisaje es llano hasta las lomas de la izquierda, con poca vegetación y las ruinas de dos ermitas. Aquí estuvo la torre del Lutuero, destruida por las tropas del rey Fernando I en la misma incursión en la que en 1059 conquistaron Santiuste y Santamera a la taifa de Toledo, aunque el acuerdo con Al-Mamún de Toledo hizo que las devolviera. Deben quedar vestigios, pero no encuentro a nadie a quien preguntar.

Atravieso el pueblo y paro a la salida al ver la iglesia barroca con airosa espadaña de dos vanos y con el cementerio al lado. Antes hay un curioso monumento, “Homenaje a la agricultura y albañilería” compuesto por varias figuras. El valle sigue ancho y el río se ha ido a la izquierda, pudiéndose advertir su curso por la hilera de chopos que lo señala. En el monte ha aumentado la vegetación. Un poco más adelante, al lado de la carretera, hay una fuente romana y un cartel dice que fue el primer asentamiento del pueblo y que fue reconstruida por los vecinos en el año 2008.

La carretera cruza el río por un pequeño puente. Hacia el Norte hay una gran mampara de chopos amarillentos, estando más abierto el cauce hacia el Sur, aunque el agua no se ve bajo los carrizos. El Salado está resultando un río invisible en casi todo su trayecto.

Salgo de la carretera y tomo el camino a la derecha, donde hay una explotación ganadera.  Las ovejas están a la izquierda, al fondo, en el monte. Hablo con Celestino, uno del pueblo, y con Francisco Javier, ganadero, que están con muchos perros, algunos grandes y otros cachorros juguetones. Me cuentan, mientras los perros se acercan a olerme, que antes el río llevaba más agua. Les digo que me han contado que no hicieron la presa en los cantiles antes del pueblo porque la cota hubiera podido ser más alta y hubiera inundado más pueblos. Ellos dicen que no lo hicieron aquí porque la sierra está hueca, con muchas cuevas por las que se saldría el agua. Sobre el río, el pastor me dice que habría que limpiarlo porque cuando se caen corderos se quedan atrapados, pero él limpió un trozo de carrizos y los guardas le echaron la bronca.

La conversación es agradable pero debo seguir mi pedaleo. Valle abajo aumentan los chopos al lado del río y se aprecian unos tonos cobre muy bonitos que no había visto hasta ahora. El colorido es amplio, marrones claro y oscuro, verdes claro y oscuro, amarillos, ocres, cobre, gris, etc. La luminosidad del día los realza y diferencia. El camino se va a la derecha, hacia el monte, donde hay dos tramos arados. Este abuso está posibilitado por el abandono de la zona, por la poca gente que pasará por aquí, pero no está bien.

Más adelante encuentro un gran rebaño. Las ovejas que ocupan el camino se apartan a mi paso. Poco después viene el pastor con muchos perros, blancos, grandes, preciosos, cariñosos, que se acercan para que les acaricie. El pastor es Javier y me cuenta que esto del ganado, de hacer de pastor, es muy esclavo y que se va ganando la vida pero sin más, pero que si no hiciera esto no sabría a dónde ir; que en España no tira el cordero, que ellos se salvan vendiéndolo a países árabes. Hablamos de los caminos cercanos -secos totalmente, sólo con algún charco en las hondonadas-, del tiempo y de la necesidad de la lluvia.

Otra conversación muy agradable, pero tengo que seguir. Avanzo poco pero las gentes que encuentro son muy entrañables. A la izquierda, detrás de una cortina de chopos de tonos cobre, está Viana de Jadraque, donde estuve en otra ocasión para recorrer el valle del Arroyo del Prado, el Barranco de la Hoz. Quería acercarme para ver los cangrejos de los caños de la fuente, pero, con todo lo que me he entretenido hablando, se me está haciendo tarde.

El camino gira a la derecha y se interna más en el monte. Unas encinas solitarias, restos del primitivo bosque, están en medio de un campo, como un monumento vegetal. El camino asciende y, conforme se gana altura, se ve mejor cómo el otoño adorna el llano valle, que poco a poco se va cerrando entre lomas de poca altura, boscosas, con mucho matorral. A la izquierda, al fondo, se ve Baides, detrás de los amarillos chopos, y de frente se ve la Estación. Encuentro el paso a nivel cerrado y espero. Pasan dos trenes, uno en cada sentido, los dos de mercancías, y se cruzan precisamente aquí.

Llego a la desembocadura del Salado en el Henares, poco debajo de la Estación, pero no se ve, enterrada en una zona de altas hierbas y muchos árboles. Si se ve el Salado al salir del barrio de la Estación y en Baides se ve el cercano Henares.