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martes, 8 de julio de 2025

San Vicente de Labuerda (Huesca)

Pequeña población de escasos vecinos situada a 780 m de altitud cerca del pueblo de Labuerda, al que pertenece. Inicialmente tenía bajo su jurisdicción a Labuerda, y la parroquia de san Vicente -rectoría- a la iglesia de Labuerda, situación que se invirtió en el siglo XVI. El caserío se articula alrededor de la fuente de san Visorio, nacimiento del barranco de san Vicente, que baja a Labuerda y al río Cinca, en la ladera del Pico Moro (1.323 m) y flanqueado por otros barrancos. En la documentación histórica aparece citado a partir del siglo XI con categoría de villa.

 

Las casas son ejemplo de arquitectura popular pirenaica, destacando Casa Buil, ejemplo de las Casas torreadas del Alto Aragón, del siglo XVI, con torreón adosado, que pertenecía al infanzón del lugar. Es una magnífica residencia que destacaba por su volumen sobre el conjunto, indicando poder y riqueza. La fortaleza del torreón atestigua la inseguridad de la época debido a los conflictos nobiliarios, a los fronterizos con Francia y a la existencia de bandoleros.

El origen de la familia Buil en la localidad se remonta al siglo XIII y debió tener una torre-vivienda, sustituida por la actual en el siglo XVI.


Es de planta cuadrangular y tiene cinco pisos, el inferior cubierto con bóveda. La segunda planta se utilizaba como vivienda y cuenta con una ventana ajimezada con arcos de medio punto. Otras aberturas son las aspilleras de ranura y gota central que se reparten por los distintos pisos. Una capilla a la Virgen del Rosario, dedicada al culto de la familia propietaria, se abrió al resto de la población, al estar la iglesia de San Vicente algo apartada.


 

Lo más destacado es el conjunto formado por la iglesia, la abadía y el esconjuradero, situado en un altozano separado del pueblo. Se accede por el esconjuradero, edificio de raigambre popular, religioso, construido en sillarejo, de época románica (otros en Asín de Broto, Guaso, Mediano, etc.), planta cuadrada, cubierta a cuatro aguas con lajas de piedra y cuatro grandes vanos con arcos de medio punto abiertos a los cuatro puntos cardinales. Aquí se situaba el sacerdote para rezar para que las tormentas y las plagas no arruinasen a los agricultores. Rociaba el suelo y el cielo con agua bendita para ahuyentar los fenómenos meteorológicos y las brujas, en un rito ancestral precristiano. Está situado junto al ábside de la iglesia. Estas construcciones de pequeño tamaño hablan de las viejas creencias populares de gentes en total dependencia de los avatares climatológicos. Se alzaban en puntos altos del paisaje, dominando excelentes vistas.

La iglesia de san Vicente es un templo románico de una nave orientada de planta rectangular -siguiendo el modelo de Aínsa- y bóveda apuntada de cañón, salvo la bóveda de cuarto de esfera en el ábside. La consagración de Santa María de Aínsa en 1181 da pie para fechar este templo a finales del siglo XII o principios del XIII. En el interior la nave se remata con cabecera semicircular y se cubre con cañón apuntado. En el siglo XVI se modificó su planta para darle aspecto de cruz latina, añadiéndose la sacristía en el lado del evangelio del presbiterio, dos capillas laterales y la torre campanario en el muro norte y una capilla en el muro sur.  



El ábside se estructura en tres niveles de diámetros decrecientes debidos a dos discretos retranqueos, uno bajo los ventanales (dos, con derrame) y el otro bajo las columnitas en que apean las ménsulas, que forman un friso de 19 baquetones -dos tipos, sección poligonal o redondeados- relacionados con la ornamentación del románico lombardo de la zona, aunque con diferencias.





La portada se abre en el muro sur, protegida por un arco apuntado de época posterior. Presenta arco de medio punto, sin tímpano y con cuatro arquivoltas de sección cuadrada sin ornamentar, que descansan sobre columnas circulares adosadas al muro con su parte superior tallada a modo de capitel, decorados con toscos motivos geométricos (hexapétala, función de salvaguarda), y la parte inferior tallada como basa. Estilísticamente está relacionada con la portada de Aínsa.









En el interior destaca el retablo de san Vicente mártir, dedicado a san Vicente de Huesca, discípulo de san Valero, obispo de Zaragoza, ambos martirizados en Valencia durante la persecución decretada por Diocleciano en el 303 y ejecutada en Hispania por el prefecto Publio Daciano. Tras grandes torturas, su cuerpo fue arrojado al mar atado a una rueda de molino, elemento que lo identifica iconográficamente.


 

El retablo es de madera, pintado al temple con dorados en los nimbos y adornos de las vestiduras de los santos. Se atribuye al maestro aragonés Juan de la Abadía el Viejo (retablos de santa Quiteria de Alquézar y santa Catalina de la iglesia de la Magdalena de Huesca), que trabajó en la zona a finales del siglo XV y principios del XVI. El estilo pictórico corresponde al hispano-flamenco y presenta cinco calles y dos pisos, todo protegido por un guardapolvo.

En la base aparecen san Pedro y san Pablo a escala real. En el banco están representadas santa Catalina (rueda), santa Bárbara (torre), santa María Magdalena (recipiente de perfume, sin palma de martirio) y santa Lucía (copa con sus ojos). Las tres calles centrales son mayores que las laterales. La tabla central está destinada al santo del templo, san Vicente de Huesca, con vestimenta de diácono, sentado en trono de traza gótica, con libro y palma de martirio en las manos y la piedra de molino. A la derecha, el arcángel san Miguel disputando el peso de un alma con un demonio. A la izquierda, san Lorenzo, patrono de Huesca, de pie sobre la parrilla. Sobre la tabla de san Vicente, el Calvario.

En las calles laterales figuran san Esteban (piedras de la lapidación) a la izquierda y Santiago (bastón y calabaza de peregrino) a la derecha. En el piso superior, flanqueando el Calvario, cuatro escenas del martirio de san Vicente: comparecencia maniatado, flagelación, martirio en la cruz y su cadáver arrojado al mar (recuperado en Cullera).




La capilla a la izquierda del presbiterio alberga el retablo dedicado a san Visorio, que nació en un pueblo francés a fines del siglo X y vino a situarse en las tierras que estaban siendo conquistadas a los musulmanes, que lo apresaron y decapitaron junto a sus dos discípulos, siendo enterrados por los habitantes de Labuerda. La pintura barroca representa a san Visorio compareciendo ante el gobernador musulmán, con los discípulos abajo y la representación de la decapitación arriba. Sus reliquias están en una arqueta de madera dorada, sobre el altar.



 





Junto al esconjuradero y la iglesia, el tercer elemento del conjunto es el casal del abad o párroco, del siglo XVI (1568), sobrio edificio renacentista de dos plantas. Su gran tamaño indica la importancia de las rentas que recibía la parroquia.




Fuera del pueblo hay dos ermitas importantes, la de san Miguel, situada en el viejo camino a Boltaña con bella panorámica de la Peña Montañesa, y la de san Visorio, de tradición transfronteriza. Ésta, rupestre, se sitúa en la bajante de la sierra homónima, a 1.100 m de altitud, y a ella se va en romería el primer domingo del mes de mayo. Es uno de los eremitorios del excepcional conjunto de la provincia de Huesca, emplazados en espectaculares parajes rocosos, guardianes de las tradiciones locales y ancestrales testigos del paso del tiempo. El interior es una sencilla nave con la cabecera excavada en la roca. En la decoración destacan motivos florales, geométricos y arquitectónicos, con las figuras del santo y sus dos compañeros flanqueados por ángeles e imágenes contrapuestas del sol y la luna, símbolos del día y la noche.




lunes, 30 de junio de 2025

Museo de Oficios y Artes Tradicionales de Aínsa

Situado en el casco antiguo de Aínsa (Huesca), en la espectacular Casa Latorre, contiene una interesante colección etnográfica del Pirineo, zona de aislamiento tradicional de la montaña, lo que permitió que algunos artesanos trabajaran hasta hace no muchos años, por lo que se conservan buena parte de las herramientas, así como los objetos producidos.

La casa es un edificio del siglo XVI y, en sus cuatro plantas, podemos ver el taller del herrero, el ciclo de la madera, un magnífico telar y los productos textiles elaborados, alfarería, hojalatería y cestería.

De las minas de Bielsa, que abrían sus bocas en las laderas inhóspitas de montes muy altos, extraían un mineral de excelente calidad. Lo bajaban a la villa, a Javierre o a Salinas y allí, en las antiguas fargas que se alzaban junto al río, producían un hierro muy apreciado. El hierro de Bielsa surtió durante siglos todas las fraguas del Alto Aragón.

En cada pueblo, en cada aldea, en cada casa aislada, había una herrería. Era un local oscuro, poblado de luces y de ruidos misteriosos: el aliente jadeante y acompasado del gigantesco fuelle o manchón, los golpes enérgicos que soportaba el sufrido yunque, el siseo cortante del hierro caliente cuando penetraba en el agua, la llama manuda e hiriente del carbón encendido… En el misterioso local ahumado reinaba el herrero.




Había muchos herreros en el Alto Aragón: luciaban azadas y rejas de arados; fabricaban hachas, cuchillos, bisagras, cerrojos y clavos; herraban los animales de labor… Su trabajo los hacía imprescindibles en cada comunidad.

Algunos eran muy creativos: plasmaron su afán artístico en la decoración de fallebas, de cerrojos y –sobre todo- de aldabas o llamadores magníficos para embellecer las recias puertas de las casas montañesas.




A principios del s XX la aparición de la hojalata vino a simplificar procesos de trabajo muy especializados y costosos: si el cobre por ejemplo requería de los caldereros un arduo martillado, el hojalatero cortaba sus planchas, daba forma a la pieza y después soldaba.

La hojalata se impuso en muchos objetos de uso cotidiano. Las piezas más sencillas –embudos, pozales, aceiteras- eran realizadas por artesanos ambulantes que iban vendiéndolas de pueblo en pueblo. Un caso especial fueron los recipientes para medir líquidos –vinagre, aceite, vino- que, al requerir mayor precisión, eran construidos en talleres especializados, como los que hubo en Barbastro; destacando entre ellos el de  Guatas en la calle Mayor o el de Pardina en la plaza del mercado.

En los años cincuenta comenzó a imponerse un nuevo material, el plástico. La importancia masiva de piezas industriales relegó desde entonces al olvido la profesión de hojalatero.

 

Algunos alimentos se guardaban en panzudas ollas de cerámica vidriada. En la oscuridad de sus vientres dormían, envueltos en grasa, las apetitosas conservas de la matacía: las lonchas de lomo, la longaniza, las sabrosas costillas.

El agua de la fuente o del río, que llegaba a las casas en grandes cántaros de dos asas que las mujeres llevaban apoyados en el costado o erguidos, en un equilibrio que requería oficio, sobre la cabeza. Cerca del fuego del hogar estaban las cazuelas de barro donde se cocían, lentamente los alimentos.

Había un tipo de recipiente para cada necesidad. En el Alto Aragón los cántaros se fabricaban en Tamarite, en Albelda, en Fraga y en Huesca. Antes los hicieron también en Barbastro y en otros lugares. Las grandes tinajas para almacenar el agua se producían en Abiego: los de este pueblo habían aprendido el oficio de los alfareros en Calanda en el siglo XVIII.

La cerámica vidriada se hacía en Naval. Los artesanos de esta villa surtían a todos los pueblos del Alto Aragón de ollas para guardar.

La tierra se extiende sobre el suelo al aire libre, triturándose los terrones mediante rodillos y pasando después a través de un cedazo el polvo obtenido.

La tierra se coloca en una pila grande con agua. Allí se ablanda el barro con manos y pies. Una vez líquido, se le hace pasar a otra balsa, donde pierde el agua por evaporación.

Tras extraer el barro se deja secar durante algún tiempo. Cuando se va a usar, antes de amasarlo, se divide en pedazos manejables.

Para extraer el aire del interior del barro, se amasa con las manos y los pies, moldeando así las pellas que pasaran al torno inmediatamente

Después de orearse en un lugar cerrado, el alfarero añade a las piezas diversos apéndices: por ejemplo, las asas, moldeadas a mano previamente con un barro más tierno.

Elaborados por separado en el torno, los pitorros de los botijos también son añadidos a la pieza ya hecha, horadando su cuerpo con un palo.

Según sus características, la decoración se llevaba a cabo en distintos momentos del proceso. Se hacían las incisiones mientras la pieza fresca aún giraba en el torno. Los sencillos dibujos de la cerámica pintada se realizan con óxido antes de la cocción.

Posteriormente, las piezas pasan a secarse al sol, en caso de la alfarería común, o a la sombra, si es cerámica fina. Después se almacenan para su cocción.

La carga de las piezas es una tarea delicada y lenta.

Se apilan en el horno de forma vertical, generalmente boca contra boca, o bien separadas por soportes de tres trazos hechos de barro cocido (trébedes).

Los hornos constaban de dos cámaras: una inferior para el combustible y la superior para las piezas.

La cochura de las piezas dura aproximadamente un día. El combustible se carga de manera continua y regular. Primero hay una fase de fuego moderado, en la que las piezas pierden humedad, para alcanzar después temperaturas de unos 800 o 900 grados.

Terminada la cocción, el horno se enfría entre 24 y 48 horas, tras lo cual se descarga de arriba abajo.

Las piezas se almacenan en espera de su venta, bien por parte del propio alfarero, bien a través de arrieros o de establecimientos comerciales.

 

Pocos, austeros, escasamente especializados y, casi siempre, muy rústicos: así han sido los muebles tradicionales en el Alto Aragón.

Abundaban las arcas. Cada mujer, al casarse, aportaba una con su ajuar. Solían ser cajas simples y robustas, construidas con madera de pino. Pero en ocasiones la novia llevaba un arca más rica: las hay con primorosas tallas de geometría incisa, otras con vistosas pinturas y algunas con hermosos herrajes.

En los armarios donde se guardaba la ropa –las alacenas- también se esmeró a veces la mano del artesano: se conservan algunos de nogal con buenos paneles decorados con relieves.

Pero el mobiliario del alma tradicional altoaragonés no ha de buscarse en las tallas primorosas, en los colores o en los decorados: está en los objetos prácticos, simples, elementales, realizados con herramientas muy sencillas y labrados con las maderas que brinda el entorno. Se encuentra en los robustos escaños o cadieras que rodeaban el hogar, en las cantareras donde acomodaban sus panzas frescas los cántaros, en los taburetes de tres patas, en los bancos pulidos y desgastados por el uso, en las mesas abatibles de madera blanqueada por la lejía, en los plateros del mismo tono …

El fustero hacía mesas, alacenas y ventanas. Tenía un taller, pero también iba de pueblo en pueblo, de casa en casa, con sus herramientas. Empleaba pocas: la sierra, la zuela, la garlopa, el formón y casi nada más.

Pero para que la madera llegara a manos del carpintero habían sido necesarios muchos trabajos desde que el árbol crecía en el bosque: lo cortaron los picadores en invierno, para sacarlo del bosque y conducirlo hasta un río; allí, los navateros ataron los troncos formando almadías o navatas que, flotando, descendieron río abajo. Cuando alcanzaron su destino, los cortadores, con grandes sierras que manejaban entre dos hombres, convertían los troncos en tablas.

En el Alto Aragón se usó –sobre todo- la madera del pino albar para la construcción de casas –tanto en forjados como en puertas y ventanas-, así como para cualquier tipo de obra práctica, rústica o poco costosa. El nogal se reservó para los muebles más elegantes o delicados. El roble se empleó en las tallas más lujosas y también en los forjados y en los marcos de los vanos.

Otros árboles tenían usos muy especializados: el enebro para resistir a la intemperie, al igual que el tejo; el boj para los trabajos finos y menudos como las cucharas; el mostajo para los mangos de las herramientas … Había una madera para cada necesidad.

 



En las noches de invierno, que llegan tan temprano, las  mujeres hilaban cerca del fuego. Era un trabajo lento. “Poco se gana hilando”, decían, “pero menos mirando”. Hablaban y miraban el fuego mientras hacían girar el huso. El ovillo iba creciendo en torno al eje pulido, que daba vueltas y más vueltas. Un ovillo, y otro, y otro, y otro más: hacían falta muchos para una manta, para una sábana, para una camisa.



Hilaban cáñamo y lana. Aquellas fibras sueltas, cuando llegaban a la rueca para comenzar a trenzarse bajo las órdenes de las vueltas del uso, habían dado ya mucho trabajo. Desde que se esquiló la oveja o se sembró el cáñamo en el huerto, se habían sucedido las tareas: en las balsas o en el río, con las cardas, con la gramadera…





Los ovillos –blanqueados y clasificados según el grosor del hilo- se llevaban al tejedor. Los tejedores abundaron en el Alto Aragón. Trabajaban en los viejos telares instalados en sus viviendas.  Los últimos tejedores tradicionales de la región estuvieron en activo en la comarca de Sobrarbe hasta hace algún tiempo: los afamados tejedores de Javierre de Ara produjeron mantas y colchas muy vistosas hasta los años sesenta; el tejedor de Guaso mantuvo su oficio hasta comienzos de la última década del siglo XX.



 

Cestas para todo: para transportar verduras y para la paja, para las patatas, para la hierba, para la fruta, para las uvas. Cestos pequeños y grandes, delicados, bastos… Canasticos, blancos y finos para la ropa suave y para la costura, grandes canastones, de mimbres gruesos y poderosas asas, donde se transportaba el pasto del ganado; argaderas de panzas múltiples en las que viajaban los cántaros sobre el lomo del asno; canastas siempre limpias para la colada; cestas de caña y de mimbre, recubiertas de estiércol, que forman el hogar confortable y tibio de las abejas; cuévanos, esportones…


El mundo de la cestería es humilde, resistente y frágil a la vez, versátil y variado. Hay una cesta para cada necesidad.Las técnicas de la cestería han acompañado a la humanidad desde la prehistoria más remota. El hombre fabricó cestas antes que vasijas.




En el Alto Aragón los cesteros han usado mimbres, sargas y cañas para producir una variedad enorme de cestos. Los siguen fabricando en nuestros días con los mismos materiales. Pero hay otros que ya no se emplean: la paja del centeno y la zarza con la que se hicieron las magníficas palluzas que se han empleado para guardar la sal son materiales olvidados.



La cocina.

 




Instrumentos fundamentales en la historia de la música popular en Aragón: la gaita de boto, que dejó de tocarse desde los años 60 del siglo XX. Perteneció al último gaitero de Sobrarbe y uno de los últimos de Aragón, Juan Cazcarra, de Bestué (municipio de Puértolas), que falleció en 1963. Fue adquirida por Anchel Conte, director del Instituto y concejal del Ayuntamiento de Aínsa, y por Ignacio Pardinilla, secretario del mismo Ayuntamiento.

La gaita pasó por Robres, San Sebastián, Francia, antes de volver a Aínsa.

Conserva sus clarines afinados en escalas arcaicas no temperadas (tonalidad próxima a DO), lo que hace que no pueda ser tocada con otros instrumentos que sí usan ese sistema de afinado.

Forrado con piel de serpiente, sólo en las gaitas aragonesas.

Es propiedad del Ayuntamiento de Aínsa-Sobrarbe



domingo, 22 de junio de 2025

Puyarruego

Puyarruego (Huesca) es un lugar que, tradicionalmente, tuvo 16 casas. Su nombre hace referencia a una colina entre dos ríos o a una colina roja. Las casas, agrupadas en manzanas amplias, ocupan la parte alta de una pequeña colina que se alza entre los ríos Bellos (al norte) y Yesa (al sur). Las viviendas se instalan en la parte central, limitadas, al este y al oeste, por los pajares y las eras. Si el nombre se relaciona con el color rojo es porque hace referencia al material sobre el que están construidas las casas: se trata de una formación típica –el mallacán- de todas las terrazas fluviales de la comarca de Sobrarbe, donde los cantos rodados gigantescos a veces y la argamasa que los envuelve, así como el suelo desarrollado sobre ellos presentan una coloración rojiza. Esta terraza fluvial se sitúa sobre margas de color gris. Son las mismas margas sobre las que han labrado sus cauces, al pie del pueblo, los ríos Bellos y Yesa. 

No aparece mencionado en los documentos medievales como un núcleo diferenciado en la Edad Media, era sólo un anejo al lugar del Muro de Bellos, el pueblo matriz encaramado en la montaña –al otro lado del Yesa- para defenderse frente a cualquier ataque. De aquellos tiempos oscuros procede el privilegio real que hacía infanzones a todos los vecinos del pueblo, en 1360 el rey Pedro IV reconoció la hidalguía perpetua a los habitantes. En el siglo XVI se trasladó al valle parte de la población de Muro: en aquel tiempo creció Puyarruego, se construyó la iglesia parroquial y también se levantaron las mejores casas del pueblo, así como un sólido puente sobre el río Bellos. Cerca del puente existía ya en la misma época un molino harinero que ha llegado hasta nuestros días.

Aunque Puyarruego nunca fue un lugar de señorío, residió aquí una familia que señoreó varios pueblos. Los Bardaxí, en su gran caserón del centro del pueblo tenían una capilla dedicada a San José y en la iglesia parroquial disponían de una capilla bajo la advocación de San Victorián. Allí construyeron una cripta para los curiosos enterramientos sedentes de los difuntos de la familia. Hubo entre los Bardaxí numerosos clérigos e inquisidores a lo largo de los siglos XVII y XVIII. En esta última centuria alcanzó la familia su época de mayor esplendor. Dionisio Bardaxí y Azara nació en Puyarruego el día 9 de octubre de 1760, sobrino del embajador Nicolás de Azara y del gran naturalista y explorador del Paraguay Félix de Azara, Dionisio siguió estudios eclesiásticos. Fue a Roma en 1792 como auditor del Tribunal de la Rota. Vivió en la ciudad los agitados años que llegaron tras la Revolución francesa y la entrada de Napoleón en Italia. El Papa, que el Emperador francés llevó a Fointainebleau, eligió al prelado de Puyarruego como acompañante en el destierro y al concluir éste lo hizo cardenal. Antes de morir en la Ciudad Eterna, el príncipe de la Iglesia se acordó de la aldea pirenaica donde había nacido: dejó en su testamento cien doblones para la iglesia parroquial y otros cien para que se emplearan en beneficio del pueblo.


La construcción tradicional emplea para los muros la piedra, obtenida en los lechos de los ríos que están a ambos lados del pueblo y en la propia colina donde se alza el caserío. Al proceder de cauces fluviales y de una terraza también fluvial, ofrecen formas redondeadas. Los cantos se asientan con argamasa de cal producida aquí y de arena.  Los tejados construidos con losas de arenisca calcárea se han sustituido en la mayoría de las construcciones por cubiertas de materiales industriales. Todas las casas disponen de bodegas y alguna también de horno para el pan, aunque la mayoría de los vecinos panea en hornos colectivos.

Todos los vecinos del pueblo se dedicaban a la agricultura y a la ganadería explotando patrimonios poco extensos en los que obtenían producciones de subsistencia.



En la vida de Puyarruego han tenido gran importancia los ríos. Con las aguas de los que corren a los pies del pueblo se regaban las huertas. El Cinca –al que van a parar los caudales del Bellos y de Yesa- arrastraban las nabatas camino del mar. En todos ellos abundaba la pesca. La gente conocía una gran variedad de técnicas que le permitían atrapar truchas, madrillas, barbos y anguilas en todas las épocas del año: para cada estación, para cada río, para cada especie existía una forma de pescar. 

Desde la Baja Edad Media, la madera de los valles pirenaicos era codiciada por clientes del Valle del Ebro y de Tortosa, desde donde podía ser distribuida por mar. La especie más apreciada era el pino silvestre mientras el haya y el quejigo sólo se demandaban en reducidas cantidades. Los mejores troncos se elegían para transportarlos en forma de vigas para ser usados en carpintería, en la construcción o en los astilleros. Los árboles se cortaban, “picar madera”, en invierno, sobre todo en los días de mengua de enero porque así resistían mejor el ataque de parásitos. Este trabajo lo llevaban a cabo los picadores o leñadores que actuaban en cuadrillas y se alojaban en chozas en el propio bosque. Las exiguas economías eran completadas con estos trabajos. Después de cortados, los troncos eran sacados del bosque tirando con bueyes o con mulos hasta los ríos. Ya en primavera estos maderos se arrojaban al agua y comenzaba la tarea de barranquiar: conducir los maderos sueltos por los ríos pequeños guiándolos desde la orilla, con largas pértigas, hasta alcanzar el río Cinca en cuya orilla se formarían las grandes navatas.

Puyarruego está ubicado en un cerro que domina una de estas playas fluviales, donde los navateros dedicaban cinco o seis jornadas de trabajo en formar grandes plataformas atando un tronco junto a otro. En su extremo frontal y en el posterior se ubicaban los remos, de hasta once metros de longitud, para guiar la navata por el agua. En mayo, cuando los ríos recibían las aguas del deshielo, comenzaba el viaje de las navatas. Desde Puyarruego en una jornada alcanzaban Monzón, en el segundo día llegaban a Fraga y al día siguiente ya navegaban por el Ebro. En otros cuatro días alcanzaban los aserraderos de Tortosa. Tras vender los troncos los navateros emprendían el regreso al Sobrarbe, andando o en ferrocarril. Así se ponía fin a un trabajo de meses de talar y limpiar troncos, transportarlos y formar las navatas. Un oficio que se fue abandonando en el siglo XX con la llegada de las carreteras al Pirineo. Hoy las navatas descienden una vez al año como recuerdo festivo de aquel duro trabajo. 

Otro recuerdo de aquella época es la ruta de los navateros cuyo primer punto es el puente. El actual se construyó en la década de 1980, cuando se abrió la carretera que sube hacia Buerba. Para construirla, se derribó el viejo puente, una obra excelente levantada en el siglo XVI por el cantero Pedro Pedenos de San Bobiri, autor de las iglesias de Laspuña, Labuerda y Ceresa. El punto dos es el camino del valle de Vió, camino tradicional que seguía el mismo trazado que la actual carretera. Este camino era una cabañera, por la que transitaban los grandes rebaños transhumantes. En junio subían de la Tierra Plana hacia los puertos de Góriz. En octubre descendían haciendo el recorrido inverso. 

Belsierre

El punto tres es el molino, construcción de origen medieval para moler cereal. Perteneció a la baronía de Pallaruelo, que señoreaba en el siglo XVI el lugar de Escalona. En la década de 1920 se convirtió en central eléctrica que abasteció a varios pueblos de Sobrarbe entre los que se contaba Boltaña. El punto cuatro se refiere a Monte Perdido, la cumbre más alta del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, al que da nombre, así como el macizo calcáreo más alto de Europa. El conjunto de los picos Cilindro 3328 m, Monte Perdido 3349 m y Añisclo 3263 m, es conocido como las Tres Sorores o Treserols y de él parten cuatro de los valles más bonitos del Pirineo: Ordesa, Añisclo, Escuaín y Pineta. Los puntos cinco y seis se refieren a Belsierre y a la ruta a Añisclo.

En lo alto del pueblo, en una antigua era reconvertida en coqueta plaza con mirador sobre el río Bellos, el viajero entabla conversación con un lugareño que no parece agobiado por el trabajo y que le cuenta aspectos de la vida del pueblo y del monumento al navatero, allí situado. Esa tarde habrá una caminata desde Laspuña y Escalona hasta aquí, en recuerdo de la actividad. En esa ruta se ha construido un puente tibetano para cruzar el río Yesa y, como el viajero quiere verlo, el lugareño le indica el camino que baja asfaltado hasta el cementerio, convirtiéndose en agradable senda, sombreada por el bosque en algunos tramos.


En el camino hay unos carteles informativos que hablan de la vegetación autóctona. En aragonés se denomina pocino al lado septentrional de una montaña, que es el umbroso, en tanto que solano es el lado meridional. En Puyarruego, el pocino ofrece un tapiz vegetal tupido y variado: hay aquí olmos, pinos, quejigos, fresnos, mostajos, bojes y una gran variedad de plantas que buscan la frescura de las umbrías. En el solano se ven carrascas, enebros, almeces y distintas plantas a las que gustan los ambientes luminosos y algo xerófilos. 

El quejigo es uno de los árboles más representativos de la comarca, alcanzando algunos ejemplares un porte magnífico. Se deshoja en otoño. Las bellotas y las hojas se empleaban para alimento de cerdos, cabras y ovejas, y la madera tenía varios usos, las cubas para vino y la construcción.

Las laderas xerófilas son margosas, de suelos pobres y escasos, y que sólo soportan árboles más resistentes como el enebro (hojas aguzadas y madera perfumada; se extrae aceite para curar heridas del ganado), la sabina o la aliaga. 

El bosque autóctono, el que probablemente cubría primitivamente las terrazas fluviales de los ríos Bellos y Yesa, que ahora son campos de cultivo, tiene, como árbol más abundante, la carrasca, con ejemplares de buen porte. Aparecen también enebros, quejigos y pinos y en el sotobosque abundan el boj, la aliaga y el romero. La carrasca es el árbol emblemático de Sobrarbe, del que aprovechaban las bellotas como alimento para cerdos y la madera para leña o para hacer carbón. La madera es muy pesada, con escaso uso en carpintería (mazas y ciertas partes del arado como la reja -en un capitel de San Juan de la Peña aparece el viejo arado romano-). Al pie de algunas crece la trufa, el más codiciado de los hongos.

Un arbusto interesante es el guillomo, corniera en aragonés, de flores blancas que producen unos frutos pequeños y dulces. Su madera es densa y se usaba para tres fines principales: fabricar escobas muy toscas –baleras- con las que se barría el cereal en la era; para púas en los rastrillos con los que se recogía la hierba o la mies recién segada y para fabricar brecas, unos palos aguzados usados como broche para enlazar las mantas o mandiles, de cáñamo o de lana, donde se transportaba la mies. 

La betelaina es un arbusto de hojas aterciopeladas del que se obtenían buenas varas que se usaban para colgar cosas y como bordón para andar por el monte o para guardar el ganado.  A veces se citaba en las amenazas. 

El bucho, boj, abunda mucho. Es arbusto de madera densa y fina que ha sido muy empleada tradicionalmente para fabricar cucharas, mangos de cuchillos, objetos finos con decoración –como estuches y tapones de recipientes- y varias piezas de las sogas con las que se ataba la carga sobre el lomo de las bestias.

La borraja silvestre sirve como ingrediente fundamental para un dulce típico del lugar, los crespillos, en los que la pasta envuelve una hoja de la planta.



Cuando se empezaron a cultivar parcelas en medio del bosque para sembrar cereal, fue necesario un largo trabajo de preparación: primero se talaron los árboles y los arbustos, después se arrancaron las raíces y luego se aró el terreno. Pero, al pasar la reja del arado, se levantaron muchos cantos rodados de los que forman la terraza fluvial. Estos cantos, muy grandes a veces, se iban apartando hacia los bordes de la parcela, donde se acumulaban en toscos muros que, además de proteger el campo, servían como depósito para las piedras. Por eso son tan espesas las paredes marginales.


Peña Montañesa 


El paseo por la senda solitaria es muy agradable y conforme crece la mañana se agradece la sombra de los árboles, aunque todo el trayecto no es en el interior del bosque. De pronto, el puente aparece ante la vista cruzando el río Yesa. Se ha inaugurado el día tres de mayo, después de rehabilitar y señalizar el camino navatero entre Escalona y Puyarruego, a cargo del ayuntamiento de Puértolas. La “Asociación de Nabateros de Sobrarbe” realizó un acto simbólico de cesión del testigo (un verdugo) por parte de un navatero de más edad a otros jóvenes.