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viernes, 2 de enero de 2015

El Atazar (III)

 (Viene de “El Atazar (II)”). Dejamos los pinos y, en una zona más abierta, aparecen los robles entre las rocas de un paisaje abrupto. Árboles hijos de la roca. La mañana avanza sobre la montaña y el
calor ha ido aumentando. En otra dirección unas nubes gigantes asedian el cielo, pero aquí el sol da con entusiasmo en las cabezas de todos nosotros. El final de junio devora el valle. Bordeando la Garganta del Portillo bajamos a los 1.400 m, faldeamos Peña Centenera (1.810 m) y cambiamos la orientación de nuestra marcha al SO. Un nuevo ascenso nos eleva a los 1.500, descendemos a los 1.400 a la altura del Collado del Tomillo y volvemos a ascender a los 1.500 en el Collado de la Palanca o Paranza, como pone en otros mapas. A nuestra izquierda queda ahora, al otro lado de la loma, el camino por donde fuimos en la otra excursión (ver Ruta ciclista El Pontón de la Oliva), en el punto más al N.

A partir de aquí hay una fuerte bajada que obliga a ir con cuidado en algún punto porque el camino es pedregoso. El paisaje es muy escarpado, con la red de drenaje profundamente encajada. Vamos al
lado de profundos barrancos y puntiagudas pizarras, con zonas más abiertas de pinos sueltos y mucho brezo. En el Collado de la Pinilla, 1.347 m, llega por nuestra derecha el GR-88, que baja de la Puebla de la Sierra. Al fondo, muy abajo, se ve el embalse mientras cruzamos otra zona de pinos clareados y brezos. En la otra ladera se ve algún camino como el que vamos. Como seguimos con dirección SO nos vamos alejando del camino de la otra excursión. En el Collado del Torrejón, 1.100 m, el GR se va a la derecha mientras nuestro camino baja por el arroyo de la Pasada hasta los 900 m y obliga a una fuerte subida para terminar en El Atazar, entre agua y montaña, después de 54 km. A pesar del sol, llegamos pálidos como personajes del Greco.

Mientras hacemos hora para comer damos un paseo por el pueblo, que tiene una zona central
compacta en torno a la iglesia de Santa Catalina (mampostería de pizarra, barroca, del siglo XVII con el presbiterio del siglo XVI) y el resto diseminado. Se conservan, aunque en muy mal estado, algunas construcciones dedicadas a uso mixto, residencial-agropecuario, rodeadas de cercas de piedra, y en el paisaje se aprecian los antiguos aterrazamientos, testigos del antiguo cultivo del cereal (trigo, centeno, cebada) que, junto con la ganadería, eran los medios de vida del pueblo. El paisaje se vincula con la tradición. La tierra siempre es el recuerdo de todas las pisadas. En el monte se ve el paisaje escabroso y árido, con escaso arbolado, excepto en las zonas de repoblación. Hay bosque de ribera en los arroyos y robles y quejigos en la dehesa, pero el resto del territorio lo ocupa el monte bajo, de jara principalmente, romero y tomillo. De forma dispersa hay encinas.

Después de comer nos da pereza levantarnos de la mesa, parece que las piernas no responden. Cuando hacemos intención vamos a ver el embalse, “el mar de Madrid”, con capacidad total de 426 hm3 (el 45% de todo el abastecimiento de la CAM), que ocupa una superficie de 1.070 has. Los
terrenos en los que se asienta –sobre pizarras, esquistos y cuarcitas- no tienen relieves de mucha altitud pero son muy agrestes, con profundos valles y pendientes acusadas, lo que dificulta las comunicaciones. La zona está muy deforestada desde el siglo XVI debido al uso de la madera como combustible, construcción naval, clareo con fines agrícolas y creación de zonas de pasto para la ganadería. Actualmente la vista es otra: además de las repoblaciones, la ausencia de ganadería extensiva permite una reforestación natural y es posible ver cómo pies de enebro colonizan los jarales. Además de la práctica del senderismo por toda la zona, en el embalse se pueden
practicar deportes náuticos.

Las obras terminaron en 1972. Se trata de una presa de doble bóveda, en hormigón, de 134 m de altura y 484 m de longitud, con una cota de cauce de 745 m y de coronación a 873,4 m., y con un espesor de 45 m en la base y 7 en la coronación. Tiene una minicentral eléctrica. En el mismo año de construcción, al subir el nivel del agua apareció una fisura que se trató, pero volvió a abrirse en 1977 y se extendió en 1978 por las fuertes lluvias. Se bajó el nivel, estabilizándolo a 864 m, con lo que conservaba 364 hm3 y se intentó su costosa reparación, pero la limitación se ha mantenido.

Hemos respirado el paisaje como un perfume, en una soledad de lobos. Estamos poseídos por la presencia rocosa en una experiencia mística, arrebatadora. Hemos recorrido la zona en dos duras excursiones y seguiremos haciéndolo mientras el tiempo, verdugo de la vida, nos lo permita.





El Atazar (II)

 (Viene de “El Atazar (I)”). El camino hace una curva a derecha muy pronunciada y sigue en
dirección E, pero nosotros nos desviamos por otro  para continuar al NE en otra curva pronunciada, con la Peña La Cabra (1.834 m.) a la derecha. El horizonte no puede ser más recortado. Avanzamos
en el sufrimiento con la figura cincelada por el poder de las sierras. Ascendemos hasta los 1.500 m. Las palabras forman un discurso débil que surgen desde el cansancio. El infierno no está en la otra vida, está aquí. Llegamos a los 1.600 m y salimos de la hondonada por el Collado de la Tiesa. Ha sido la zona de mayor pendiente. El alto nos ofrece una buena panorámica y, rodeados de pinar, desde el vértice geodésico vemos a lo lejos el embalse de El Villar. Llegamos a la carretera M-130 y estamos prácticamente en el Puerto de La Puebla, a 1.636 m de altitud, con una buena vista sobre el valle. Toda la zona se vive en las hondonadas pero se mira desde las alturas.

La carretera es la mejor comunicación que tiene Puebla de la Sierra y antes era el único acceso, por lo
que algunas veces quedaba incomunicada en invierno. Atraviesa la Sierra del Lobosillo para desembocar en el Valle de la Puebla y bajar a Puebla de la Sierra, en un descenso de más de 500 m. Desde aquí se ve bien el circo que forma la sierra, comprendido entre los picos Peña La Cabra, por el que hemos pasado, el pico Porrejón, a nuestra izquierda, y La Tornera, enfrente, por donde pasaremos más tarde, y también se tiene buena vista sobre la Reserva Nacional de Caza de la Sierra del Sonsaz. Los materiales que forman la sierra no son de origen metamórfico, gneis y micacitas, sino materiales menos transformados como cuarcitas en las cumbres y pizarras en las zonas bajas.

Desde lo alto se aprecia una gran diversidad en la gama de los verdes debida a las distintas especies arbóreas. En los años 50-80 del siglo XX hubo repoblaciones mayoritariamente con pino silvestre
(pinus sylvestris) y alguna zona con pino resinero (pinus pinaster), y aunque en otras zonas la gestión de los pinares de repoblación impide frecuentemente la colonización por otras especies, aquí se observan zonas de robledales autóctonos como el rebollo (quercus pirenaica), que son las manchas de color verde intenso, con presencia puntual del escaso y protegido roble albar (quercus petraea). En las orillas del arroyo o río de la Puebla se ve vegetación caducifolia de ribera: sauces, fresnos e incluso chopos temblones. En las partes bajas de solana se encuentran los encinares y, más al fondo, el sucesivo abandono de la actividad agrícola y ganadera ha producido la ocupación de prados por un monte bajo de jaras, brezos y pequeñas matas de rebollo.

Esta zona, la Puebla de la Sierra incluida, pertenece a la comarca de la Sierra del Rincón, declarada en 2005 Reserva de la Biosfera por la UNESCO, al igual que pueblos como La Hiruela (Ver otro
artículo), al N del pico Porrejón. Hemos descansado mientras admirábamos el valle desde el balcón del puerto;  ahora hay que seguir, animados por el hecho de que hemos hecho lo más duro de la etapa. Desde aquí se puede continuar también por el norte del pico Porrejón (1.827 m), pero nosotros vamos a ir por el sur.

Desde el puerto de La Puebla, en dirección SE, emprendemos un descenso vertiginoso por la carretera que va a La Puebla, con varias curvas muy fuertes en la zona donde nace el río de la Puebla. Nos quitamos las ganas de velocidad y pronto nos desviamos a la izquierda por un camino que, en dirección E y siempre por encima de los 1.500 m, llega debajo del Collado de las Palomas y se encuentra con el que traeríamos si hubiéramos ido por el otro lado. Desde aquí iremos muy cerca del límite con Guadalajara. Seguimos en dirección SE –en la dirección
de la Sierra del Lobosillo o Sierra de la Puebla- por un camino de tierra, bastante bueno,  entre frondosos bosques de pinos y paramos un momento en una fuente rodeada de helechos, un lugar muy bucólico, con una calma propicia para quien pretenda desnudar los misterios del mundo y también los propios. Toda la restante belleza es superflua.

Los árboles susurrantes dejan pasar pequeñas motas y esquirlas de luz en medio de la sombra. El camino tiene charcos amarillos de luz brillante entre las sombras. Los árboles se suceden monótonamente como los días de la vida. Hileras, galerías, perspectivas de árboles. La vastedad de estos espacios impone. Bordeando barrancos  y torrenteras, que forman un paisaje enriscado y ceñudo, todavía nos mantenemos a una altitud superior a 1.500 m. A la altura de Puebla de la Sierra (1.161 m, antes se llamó Puebla de la Mujer Muerta), pueblo enroscado entre heladas y montes, bajamos de los 1.500 m mientras vamos cambiando la orientación de la ladera, en unas zonas es solana y en otras umbría. A la izquierda queda el pico La Tornera (1.866 m). Sobre el camino los árboles cruzan sus ramas, se entretejen formando una masa casi única. Avanzamos en sombra con la apariencia de ir furtivamente. Pasamos quebrando los silencios por entre la densidad abrumadora de los árboles. El bosque innumerable, idéntico a sí, da una idea de eternidad. Esto parece cien años de soledad.  (Continúa en “El Atazar (III)”).


El Atazar (I)

Pepe, Valentín y Cándido
En una mañana de junio llegamos a El Atazar (en el Libro de la Montería de Alfonso XI se le llama
Latazar), a 995 m de altitud. Está situado en una zona de relieve muy accidentado, con una gran variedad forestal –pinos, enebros, arces, quejigos, castaños, encinas, etc.- y jarales que recuerdan su pasado agrícola y ganadero. Aparcamos junto a las Eras, situadas de forma escalonada en la ladera del monte, en el límite NE. Su origen se remonta al siglo XVII, están formadas por enlosados de pizarra y cuarcitas y ahora están musealizadas para que se entienda el duro trabajo del campo. Preparamos el material y estamos listos para afrontar esta dura etapa.

Salimos del pueblo en dirección al embalse y nos desviamos a la derecha por el camino forestal a Robledillo de la Jara, a cuya entrada hay un cartel señalizador de la Ruta al molino harinero del Riato (muñeco azul de la ruta El Genaro). Es una dirección NO. Al principio hay una fuerte bajada seguida de una fuerte subida, y una curva a
la derecha –donde hay un mirador- para ir rodeando el pico Cabeza Antón, de 1.396 m. Vamos en paralelo a esta cola del embalse, que está bastante lleno, por una pista rodeada de matas de jara pringosa y de afilados peñones de pizarra. Los colores inundan la vista: el azul intenso de las aguas, el más suave del cielo, el verde intenso de los arbustos y el verde más mate del arbolado.

A la izquierda quedan caminos que van a los antiguos tinados de cabras. Son de pizarra y se cubren la mitad con teja, paja y jaras secas sobre vigas de madera, quedando el exterior a modo de corral, y servían para guardar los rebaños durante la noche en los meses de verano cuando pastaban lejos del pueblo. Nosotros seguimos por el camino principal, ancho, bueno, con poca piedra suelta, pudiendo apreciar la variedad de verdes del
arbolado, puesto que, además de pinos, hay fresnos y alisos más cerca del agua. En los lados del camino, lavanda, romero y tomillo comparten espacio con la jara pringosa y con pizarras puntiagudas. Llegamos al puente –es la cota mínima, 880 m.- a los cinco kilómetros.
 Girando a la izquierda por el borde del agua se llega a donde estaba el molino harinero -cuyas ruinas pueden verse cuando el nivel de las aguas es bajo-, que era compartido por Robledillo de la Jara y El
Atazar y que quedó anegado por la construcción del embalse. También pueden verse los restos del antiguo puente. Hasta aquí llega la excursión señalizada y ahora tocaría la vuelta.

Nosotros seguimos, alejándonos del embalse a contracorriente del río Riato,  girando al O y  ganando altura hasta llegar a los 1.000 m., momento aproximado en que el bosque, antes espeso, empieza a clarear y disfrutamos de un mayor panorama de montañas verdosas cerca y azuladas más lejos.
Después pasamos por zonas de pinares separadas por otras de hierbas altas, de un color ámbar semejante a los otoños de hayas,  y giramos al S, llegando a los 1.100 m y ascendiendo hasta los 1.141 m del Alto de Matachines, con sus antenas.

Desde aquí se sale, en dirección N y en ligero ascenso, por la carretera M-130, que lleva a Puebla de la Sierra. A poca distancia nos desviamos por un camino a la izquierda, a 1.200 m., todo el tiempo en subida, entre pinos y brezos en los claros. A nuestra izquierda queda Robledillo de la Jara. Poco después, a 1.250 m, bordeamos la ladera del pico El Picazo (1.392 m.), dejando a la izquierda Berzosa del Lozoya y a la derecha las hoces del Riato. Al ganar altura aparecen más rocas y vemos por encima del bosque las montañas que nos rodean, mientras pasamos a la altura del Collado de la Fuente y del Collado de Matalinares. En este tramo
más abierto se nota bien el sol de este día despejado y hace calor. En el cielo sólo hay alguna nube. El buen camino que llevamos cruza ahora unas masas densas de pinar. El bosque nos absorbe, nos engulle; desaparecemos en él. Vamos a vivir en el verdor. Parece que entramos en el corazón de las tinieblas. Nos cobijamos en su sombra antes de salir de nuevo a zonas despejadas, llenas de jaras floridas en el borde de los barrancos de este relieve tan accidentado en el que hay algunas rocas sueltas verticales como monolitos.

Al pasar a la altura del Collado de Peñaparda hay una pared rocosa completamente lisa a la izquierda, alta, rodeada de jarales por abajo y de pinos por arriba. El paisaje, sostenido por la osamenta de las rocas, no puede ser más agreste. El paisaje tiene cuerpo de roca y el eco de nuestro paso rebota en la dura piedra. Estamos a 1.300 m, aislados por la geografía en estos parajes remotos, y la subida se acentúa, llegando rápidamente a los 1.400 m en una zona muy boscosa. Enorme perspectiva de bosque. Estos mudos seres vegetales forman un mundo dormido, un conjunto anónimo. La vegetación estalla sobre la tierra. El bosque se espesa y se adueña de la tierra. Los árboles pasan pero el panorama no cambia; nos adentramos más en el denso reino del bosque, del paciente bosque de sombría uniformidad, con los árboles agolpados en apretadas filas.  (Continúa en “El Atazar (II)”).