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sábado, 8 de julio de 2017

Museos Thyssen y Picasso de Málaga.

Estando en Antequera, se hace imprescindible una visita a Málaga. Una excusa perfecta puede ser la visita a alguno de sus museos. Desde las estaciones, de Autobuses y de Renfe-María Zambrano, se sale por la Plaza de la Solidaridad hacia la Avenida de Andalucía, se cruza el río Guadalmedina (Puentes de Tetuán y de la Misericordia) y por la Alameda Principal -en obras por el Metro- se llega a la altura de la famosa  y comercial calle Larios que recorro hasta la Plaza de la Constitución.

El museo Thyssen está muy cerca, en pleno centro histórico, en el rehabilitado Palacio de Villalón, s. XVI. Su recuperación ha permitido poner en valor una parte fundamental de la arquitectura renacentista malagueña, asentada sobre la urbe romana e inserta en la trama musulmana. La portada renacentista da entrada al patio principal sobre el que se estructuran las plantas. Lo más destacado son los artesonados y armaduras de lacería de sus salones, con obras del s. XVII español.

A través de más de 250 obras ofrece un recorrido que comienza con una selección de maestros antiguos, entre los que destaca Zurbarán (Santa Marina). Siguen los principales géneros de la pintura española del s. XIX y comienzos del XX, con especial representación de la pintura andaluza decimonónica, divididos en tres apartados.







El primero es Paisaje romántico y costumbrismo. Esta sección muestra los grandes cambios que experimenta el paisaje como género pictórico durante el Romanticismo, convirtiéndose Andalucía en la quintaesencia de la imagen romántica de España, una imagen estereotipada que sugestionó a los pintores españoles deseosos de consolidar su propia identidad y de abastecer el rico mercado internacional de pinturas de tema andaluz. Hay obras de los Domínguez Bécquer, de Cabral Aguado Bejarano (En la romería de Torrijos), etc.

El segundo apartado se refiere a la Pintura naturalista. El gusto artístico se modifica, durante la segunda mitad del s. XIX, de la mano de Mariano Fortuny, que cultiva una pintura de pequeño formato, colorista, cuidadosa de los detalles y de tema amable. Es una pintura preciosista, de alta calidad técnica. Carlos de Haes reacciona frente al romanticismo e interpreta el paisaje de modo realista y del natural. También abundan las marinas. Artistas importantes son José Benlliure (El carnaval de Roma), Raimundo de Madrazo, etc.

La exposición permanente termina en el tercer apartado, Fin de siglo. El género del paisaje se renueva de la mano de Aureliano de Beruete y la escuela valenciana, con la aspiración a la modernidad, luminosa y optimista, de Joaquín Sorolla o la presencia cosmopolita de Darío de Regoyos. Gran éxito internacional alcanzan la esencialidad de las viejas almas castellanas representadas por Zuloaga o las trágicas y eróticas andaluzas de Julio Romero de Torres. Otros autores señalados son Ramón Casas (Julia), Anglada-Camarasa, etc.




También hay una exposición temporal, dedicada en este caso a “La apariencia de lo real”, en la que se aprecia el enriquecimiento de los recursos técnicos, desde el trampantojo barroco hasta el hiperrealismo, que persiguen atrapar no sólo la apariencia de lo real, sino su esencia. A través de “Naturalezas vivas” (búsqueda de sensaciones táctiles y sugerencias espaciales), “Realidad figurada” (figuras que desbordan el marco y dialogan con el espacio que les rodea), “Luces interiores” (espacios domésticos, de intimidad, representados a través de la perspectiva y la luz) y “A pleno sol” (vistas urbanas, espacios vacíos de aspecto fotográfico. Antonio López, El Campo del Moro), la exposición es un intento de capturar la luz en detalles concretos y en sorprendentes ambientes).

Vuelvo a la Plaza de la Constitución, tomo un estupendo zumo de naranja con churros, y callejeo, pasando por la monumental catedral en dirección a otro museo, Picasso, donde hay mucha gente pero la cola va rápida y me entretengo en admirar un magnífico artesonado. Este museo responde al deseo de Pablo Picasso de que su obra estuviera presente en la ciudad en la que nació en 1881 y su creación se debe a Christine y Bernard Ruiz-Picasso, nuera y nieto del artista, que donaron 233 obras que constituyen los fondos. Después de varios retrasos, fue inaugurado en 2003 en el palacio de Buenavista y en este año, 2017, se ha renovado, ganando en cercanía y conocimiento acerca de la obra.

La exposición está estructurada de forma cronológica, revelando la extensión  del trabajo del artista a lo largo del tiempo, su versatilidad y su constante vocación por explorar las posibilidades expresivas de cualquier soporte. Al nuevo recorrido se han incorporado obras como “Restaurante” (1914, óleo pegado sobre cristal), “Las Tres Gracias” (clásico y monumental), “La siesta” (1932, formas redondeadas y colores suaves característicos de los años treinta), “Cabeza de toro” (1942, realizado con el manillar y el sillín de una bicicleta).

Todo el conjunto conforma una narración expositiva que comienza por los años de su formación, pasa por los grandes momentos estilísticos y temáticos de su trayectoria –cubismo, mediterráneo, retrato, etc.- y termina con la reinterpretación de los grandes maestros. El recorrido se hace a través de obras significativas como “Retrato de Lola” (María Dolores Ruiz Picasso, 1894, Picasso tenía 13 años, sofisticación de los detalles), “Cabeza de mujer” (1906-7, poco antes de terminar Las señoritas de Aviñón, comparte rasgos con un célebre autorretrato), “Frutero” (1919, naturaleza muerta con fondo neutro como forma de crear el espacio, reproduce los procedimientos de collage que había utilizado con anterioridad).


Las tres Gracias” (1923, encarnación de belleza, amor o fertilidad, revisión de la iconografía clásica en los años 20, formato monumental), “Bañista tendida” (1931, el tema de las bañistas es habitual por su interés en el fluir y en el mar, cercanía a los principios surrealistas, ausencia de rasgos de personas específicas), “Mujer con los brazos levantados” (1936, conoce a la fotógrafa Dora Maar, que fue su compañera, es la celebración de un nuevo amor pero con una intensidad nueva, anunciando los retratos llenos de emoción de Dora llorando, debido a que el estallido de la guerra en España le afectó profundamente), “Busto de mujer con los brazos cruzados detrás de la cabeza” (1939, la pintó en Royan, costa atlántica, poco antes de iniciarse la Segunda Guerra Mundial, se la identifica con la mujer que llora en sus obras de esa época).

Cabeza de toro” (1942,  poder de transformación de dos objetos comunes, reconocibles, generando casi un poema visual), “Naturaleza muerta con gallo y cuchillo” (1947, mensaje mixto entre vulgar escena de cocina y sacrificio ritual o alegoría de la necesidad de matar, se potencia la sensación de profundidad mediante la convergencia de dos planos), “Cabeza de fauno” (1948, la cabeza ocupa todo el centro de la fuente de barro, además de los faunos también usó con estos platos temas de la primera época como la tauromaquia), “Jacqueline sentada” (1854, retrato de su esposa, homenaje a Matisse).

Después de tanto arte, paseo por el Teatro Romano, a los pies de la Alcazaba, Palacio de la Aduana, Ayuntamiento, Paseo del Parque adelante hasta el Centro Pompidou y la vista del puerto. A la vuelta, comida por el centro, fin de la visita y regreso.


jueves, 6 de julio de 2017

El Torcal de Antequera.



Este paraje natural, de protección especial, se sitúa en el municipio de Antequera, zona centro de la Provincia de Málaga, formando parte del arco calizo de las sierras subbéticas, uniéndose por el Sur a la Sierra de las Chimeneas al Oeste y a la Sierra de las Cabras al Este. El origen de este Karst se debe a la acumulación de esqueletos y caparazones de animales marinos depositados en capas horizontales en el fondo del extenso mar de Tethys, que ocupaba la región entre la Meseta Ibérica y Sierra Nevada, en el periodo Jurásico cuando los dinosaurios caminaban sobre el planeta, hace 200 millones de años.

Durante la Orogenia Alpina, estos sedimentos carbonatados acumulados en ese extenso mar, convertidos en rocas calizas que componen la naturaleza misma del Torcal, fueron comprimidos, deformados y fracturados por el descomunal empuje, dirección N-S, de la placa africana sobre la ibérica, emergiendo lentamente en un proceso continuado. A pesar de ascender más de 1.000 m sobre las aguas, conservan buena parte de su horizontalidad, pero las espectaculares formas no surgieron tal cual de las profundidades. Las calizas quedaron expuestas a los agentes atmosféricos, y la acción lenta y continuada de las aguas de lluvia, la nieve, el viento, provoca que se disuelvan y erosionen, ocasionando fracturas o fallas, grietas (diaclasas) que se transforman en callejones o corredores, formándose en su intersección hoyos o dolinas (sinónimo de Torcas).

El conjunto queda sometido a un proceso de erosión característico generando un peculiar modelado denominado Karst o paisaje kárstico, que puede ser superficial o subterráneo, por infiltración del agua, existiendo una enorme riqueza en simas, formas subterráneas y cuevas, como la del Toro. El karst se comporta como una esponja, haciendo circular el agua por su interior a través de una intrincada red de fisuras para evacuarla por su parte baja, en contacto con materiales impermeables, en forma de manantiales. La gelifracción o erosión de la roca por acción del agua helada, junto con la disolución diferencial de las distintas calizas por ataque químico del CO2 atmosférico presente en el agua de lluvia, y por la alternancia en algunos puntos de la caliza con otras capas de margas y arcillas, han modelado multitud de formas en las rocas, produciendo un museo de esculturas, como El Tornillo, logotipo del Paraje.

Este paraje, de duro aspecto mineral, ha estado poblado desde antiguo. La presencia humana está atestiguada en los restos neolíticos de varios yacimientos, el más importante la Cueva del Toro. Los restos romanos apuntan al uso en cantería de los recursos geológicos del lugar, usándose las calizas para la construcción de villas próximas (Antikaria, Osqua y Nescania). De la presencia árabe queda, además de algunas tumbas, la torre vigía en la sierra de La Chimenea. La ocupación fue permanente hasta el pasado siglo, cuando fue abandonado el único poblado conocido, denominado como Las Sepulturas, pequeños habitáculos de piedra con terrenos de cultivo y apriscos, que demostraban la habilidad de los lugareños en el trabajo de la piedra.

El auge industrial del s. XIX originó un profundo cambio. La extracción de la piedra se hizo intensa, se produjo un intenso carboneo del encinar y se masificó el pastoreo, impidiendo la regeneración natural de la vegetación, lo que se tradujo en el aspecto desolado de muchas partes de la sierra que ahora vemos. Su adquisición por la Junta de Andalucía  y los intentos de regeneración, pueden cambiar su apariencia.

Se deja el coche en el Centro de Visitantes, con área de interpretación de la naturaleza -donde se proyecta un documental-, bar-restaurante, etc. Desde aquí arrancan las sendas de dos itinerarios, ambos señalizados, para recorrer el Paraje: itinerarios Verde (1.440 m, dificultad baja-media, 45 min.) y Amarillo (dificultad media, 2 h., 2.750 m.), coincidentes en dos tramos, inicio y final. En el recorrido se pasa del Torcal Alto, al SO, la mejor zona del relieve cárstico, al Torcal Bajo, menos espectacular pero que contiene restos históricos y culturales relacionados con los poblamientos de épocas pasadas. Los dos están separados por una gran cresta rocosa, Las Vilaneras, con el punto de máxima altura, el Camorro de las Siete Mesas, de 1.336 m.

Se inicia la ruta Verde –coincidente en este tramo con la Amarilla- en el Llano de los Polvillares, junto al Centro de Visitantes y al momento pueden observarse formaciones erosivas, la acción ganadera, la fauna, etc. El sendero, que no hay que abandonar, serpentea entre amontonamientos blanquecinos de rocas por un terreno abrupto y sinuoso que puede no resultar fácil para muchas personas. Algunas formaciones, como la Esfinge, son más identificables. La roca del suelo brilla por el continuo paso y podría resbalar si estuviese mojada. La regeneración de la vegetación es evidente, pero hay más de porte arbustivo que arbóreo. La sombra no abunda y el sol calienta de firme aunque corre un ligero viento.

La llegada al arce (Hacer monspessulanum) de Montpellier constituye un acontecimiento. Este hermoso árbol, de más de 9 m de altura y un tronco de más de 1,5 m de perímetro, es una alegre rareza y está catalogado de Interés Especial. A la izquierda sigue la Ruta Verde, pero yo sigo por la Amarilla. La vegetación parece aumentar, resaltando el verde del blancogris de las rocas. La vegetación climática potencial corresponde a la de un encinar bético basófilo (básico o alcalino), con encinas, quejigos, serbales o arces, pero abundan poco. A cambio, formaciones de espinares y zarzales cubren gran parte del terreno, con madreselvas y plantas de degradación de la orla forestal (espino, zarzamora, rosal silvestre, etc.). Las comunidades vegetales de mayor importancia botánica son las rupícolas, adaptadas a las fisuras y grietas de las rocas, entre las que hay algunas endémicas. En las dolinas aparecen otras comunidades, importantes por su relación anterior con la actividad ganadera, como los pastizales. Y muy importante por su abundancia y por la bella combinación que forma con la roca es la hiedra.

En un momento, la acumulación de zarzales impide el paso. Intento cambiar el rumbo por los alrededores, pero no se puede pasar por ningún lado, por lo que tengo que retroceder sin terminar la Ruta Amarilla. Exceptuando alguna rapaz en pleno vuelo, no veo ningún animal, aunque sí se ven algunos de sus restos. Los más representativos son el zorro y la cabra montés, pero hay muchas aves (águila Real, halcón Peregrino, águila Perdicera, buitres leonados, búho real, mochuelo, cernícalo vulgar, avión roquero, chova piquirroja, etc.), protegidas por una ZEPA, reptiles (lagarto, culebra de escalera, víbora hocicuda) y otros mamíferos (topillo, tejón, comadreja, conejo).

Vuelvo hacia el Arce de Montpellier y giro a la derecha siguiendo de nuevo la Ruta Verde. Hay zonas más llanas rodeadas por vigilantes torreones y un suave descenso al fondo de un desfiladero, la falla de “Los Arregladeros”, rodeado por chimeneas de piedra. Después, tras un tramo algo más difícil, unos pequeños escalones naturales llevan hasta una pequeña explanada y el final. Antes de terminar hay que visitar el Mirador de las Ventanillas, solamente a 100 m, sobre la cabecera del río Campanillas y con una vista excepcional sobre la localidad de Villanueva de la Concepción.

Ensimismado en la vista del Mirador, recuerdo una leyenda. Cuando el infante don Fernando peleaba con los árabes para controlar este estratégico paso entre comarcas, acampó en los páramos próximos a Antequera, frente a los picachos fantasmales de El Torcal. Una noche, una joven vestida con túnica blanca y con larga cabellera se le apareció en sueños y le pidió que no dudase: “Conquista las tierras del sur y que salga el sol por Antequera”. A la mañana siguiente el rey entró en Antequera sin resistencia. Aquella joven era santa Eufemia, que desde el 16 de septiembre de 1410 fue designada patrona de la ciudad.


El viento ha hecho más llevadera la marcha, pero la escasez de arbolado-sombra aumenta la sensación de calor. Vuelvo al Centro de Visitantes, aviso en Información de que la ruta está cortada y hay que abrirla y me dispongo, después de refrescarme, a degustar la fresca porra antequerana, parecida al salmorejo cordobés pero más contundente puesto que al jamón añade atún, tomate, huevo duro, etc. A todas las excursiones hay que buscarles un final adecuado y sabroso y éste, sin duda, lo es. 

lunes, 3 de julio de 2017

Los dólmenes de Antequera.



Las primeras formas de arquitectura monumental en piedra en la Prehistoria europea son los megalitos, del periodo Neolítico, hace 6.500-7.000 años. Esta arquitectura servía a las primeras comunidades de agricultores y pastores, en su función como cámaras mortuorias o como templos y espacios rituales, para la realización de ceremonias propiciatorias relacionadas con la fertilidad de la naturaleza y la memoria de los antepasados, para fijar ideológicamente la presencia y arraigo de la sociedad en la tierra, para dar orden a la existencia frente a la imprevisible naturaleza y garantizar la cohesión social frente al conflicto.

En este viaje en el tiempo a una sociedad y forma de vida muy distintas de la actual, evocamos el pasado no sólo como rescate de la memoria frente al olvido, sino como toma de conciencia de un lugar privilegiado. Antequera cuenta con uno de los sitios prehistóricos más valiosos, un conjunto de tres monumentos culturales y dos naturales, un gran centro ritual que constituye una de las más antiguas y originales formas de monumentalización paisajística mediante la integración de la arquitectura megalítica, que parece un paisaje natural al estar enterrada bajo túmulos de tierra, y la naturaleza, cuyas dos referencias visuales tan importantes como La Peña de los Enamorados y El Torcal sirven de orientación a los monumentos.

En el Centro de Recepción puede verse interesantísimo documental “Menga: Proceso de Construcción”, en el que se aprecia el alto grado de coordinación social necesario. Al lado está el Centro Solar Michel Hoskin (Universidad de Cambridge) cuyo muro integra el perfil del horizonte oriental de la vega antequerana, con la silueta de la Peña de los Enamorados y la señalización del orto solar en cada solsticio o equinoccio. Desde aquí se sale al Campo de los Túmulos donde se comprueba la igualdad de altura entre los túmulos de Menga y Viera y el promontorio natural del Marimacho, constatando la relación entre monumentos y paisaje.

Este Sitio es especialmente singular. En las sierras de El Torcal y Mollina hay cuevas que fueron utilizadas por los primeros grupos neolíticos, como la de El Toro, en el Torcal, con una ocupación inicial del Neolítico Antiguo (5400-4700, antes de nuestra era [ANE]). Al final del Neolítico (4300-3800 ANE) se asistió a un fuerte incremento de la actividad económica, no sólo agrícola y ganadera, sino artesanal (alfarera y textil). Estas primeras comunidades serranas pueden considerarse las predecesoras de las constructoras de megalitos. En la vega de Antequera se han estudiado varios asentamientos del Neolítico Final y de la Edad del Cobre en un radio de seis kilómetros de los dólmenes o de la Peña, pero no es probable que cualquiera de estas comunidades pudiera acometer individualmente la construcción, tarea que debió requerir una estrecha cooperación entre numerosas comunidades que compartían códigos religiosos y una noción conjunta de pertenencia tribal o clánica.

En el Neolítico Final (4200-3200 ANE), periodo en el que las comunidades agrarias de las fértiles tierras del valle del Guadalhorce empezaron a experimentar un fuerte crecimiento demográfico y económico, es cuando se construyeron Menga y Viera, mientras que el tholos de El Romeral fue construido en la Edad del Cobre (3200-2200 ANE), periodo en el que se desarrolla la metalurgia y se consolidan la complejidad social y los contactos a larga distancia. Con estos monumentos megalíticos las comunidades constructoras quisieron expresar su vinculación simbólica con los elementos terrestres y con el cosmos, a través de los alineamientos que establecieron a partir de los ejes de sus corredores, basándose en dos líneas principales. Una está representada por los hitos geográficos: Menga está orientado hacia La Peña, El Romeral se situará en la trayectoria del eje Viera-Menga-La Peña y su corredor se orientará hacia otro accidente geográfico, la sierra de El Torcal. La segunda se establece mediante el alineamiento del eje del corredor de Viera hacia el orto solar de los equinoccios.

Los tres monumentos conservan todos sus elementos constitutivos y su carácter unitario y están en buen estado de conservación, con su estructura original casi intacta. Muestran una amplia diversidad de soluciones y técnicas arquitectónicas, pero se caracterizan por el uso de grandes bloques de piedra que forman cámaras y espacios techados con cubierta adintelada (dolmen, Menga y Viera), característica de la tradición cultural atlántica, o en bóveda por aproximación de hiladas en falsa cúpula (tholos, El Romeral), propia de la tradición mediterránea, siendo ambas formas utilizadas con fines rituales y funerarios y demostrando la planificación arquitectónica excepcional por parte de quienes los edificaron.

El dolmen de Menga, cumbre de la Prehistoria europea, es un megalito de galería en el que un atrio abierto al exterior da paso a un corredor de planta rectangular que sirve de acceso a la cámara, ovalada. Está construido con técnica ortostática, su longitud es de 27,50 m, la altura varía desde los 2,70 m de la entrada a los 3,50 m de la cabecera y la máxima anchura de 6 m está en el final de la cámara, donde hay un pozo excavado en la arenisca de 1,50 m de diámetro por 19,50 m de profundidad, quedando alineado con los tres pilares. Cada lateral está formado por 12 ortostatos y la cabecera por uno, y la cubierta la integran 5 losas. Pudo construirse en una fase temprana del Neolítico final, 3800-2400 ANE, y posteriormente fue utilizado como espacio sagrado o lugar funerario. El cementerio actual se ubica cerca de este lugar, lo que manifiesta la pervivencia del valor y significación cultural a lo largo de milenios.

Todo se cubre con un túmulo de 50 m de diámetro, orientado al NE (acimut de 45º), al N de la salida del sol en el solsticio de verano, orientación excepcional, explicada por el alineamiento con La Peña de los Enamorados, formación natural de gran prominencia y significación cultural en la región que recuerda por su silueta la cara de una persona durmiente. En su sector norte, que es a donde apunta el eje de Menga, se encuentra un espacio que en el Neolítico estuvo investido de un especial significado simbólico y religioso, que incluye el abrigo de Matacabras, con pinturas rupestres de estilo esquemático, que pudo ser un santuario o espacio de reunión relacionado con la montaña. Esta dimensión paisajística del Sitio, estas relaciones visuales entre Menga y La Peña son posiblemente únicas en la Prehistoria europea.  

El dolmen de Viera es un sepulcro megalítico de corredor, al final del cual se dispone una cámara cúbica a la que se accede por una puerta perforada en una gran losa de piedra. Está edificado, como Menga, con técnica ortostática y tiene un recorrido de 22 m, una anchura que oscila entre 1,30 m al principio y 1,60 al final, y su altura interior media es de poco más de 2 m. Cada lateral debió contener 16 ortostatos, la cabecera una única losa y la cubierta unas 11 cobijas, aunque no todas las piezas se conservan. El sepulcro se cubre con un túmulo de 50 m de diámetro, orientado ligeramente hacia el SE (acimut de 96º), que es lo convencional. Probablemente se construyó en una fase avanzada del Neolítico Final, con posterioridad a Menga, siendo luego utilizado como lugar de culto y enterramiento.


A unos 4 km se encuentra el tholos de El Romeral. Exteriormente el túmulo no difiere de los otros dos aunque es más grande, 85 m de diámetro, pero interiormente tiene particularidades. Un corredor de paredes de mampostería de sección trapezoidal y cubierta adintelada (conserva 11 losas) con una longitud de 26 m, una anchura media de 1,50 m y una altura media de 1,95 m, da acceso, a través de una puerta muy elaborada, a una gran cámara funeraria con cubierta abovedada por aproximación de hiladas de mampostería que terminan en una gran losa horizontal. Sus dimensiones son 5,20 m de diámetro por 3,75 m de altura. Al fondo se abre un vano de acceso a un pequeño corredor que termina en otra cámara que reproduce, a menor escala, la morfología y técnica constructiva de la anterior. La longitud total es de 34 m y sólo las puertas de acceso están construidas con técnica ortostática. Está orientado a un acimut de 199º, al S-SO, ejemplo excepcional puesto que su eje apunta a la mayor elevación de la sierra de El Torcal, conocida como Camorro de las Siete Mesas. 

domingo, 2 de julio de 2017

Antequera.

Aprovecho que voy al Caminito del Rey para ver esta importante ciudad que se define como Centro o corazón de Andalucía. Desde el altozano coronado por la alcazaba se divisa el paso natural que une hasta cuatro provincias andaluzas. Toda la comarca siente y respira a través de Antequera. La ciudad como elemento civilizador del territorio. Aunque tiene unos importantísimos restos prehistóricos, palpable demostración del poblamiento de la zona, la fundación de la ciudad va ligada a la aparición del municipio romano de Anticaria (“ciudad antigua”). Los germanos la destruyeron y los árabes la reocuparon, fortificándola con una alcazaba y muralla. Tras la conquista de la ciudad por el Infante Don Fernando en 1410, quedó como tierra fronteriza, lo que dio lugar a bellas leyendas moriscas.

Una es la historia del Abencerraje y la hermosa Jarifa, paradigma del amor y generosidad con el vencido. Después de la toma de Antequera por el infante Fernando, el moro Abindarráez va a casarse en secreto –el padre de ella no quiere- con Jarifa, pero en el camino cae prisionero de Rodrigo de Narváez al que cuenta su historia. Éste le ofrece ponerle en libertad para que pueda casarse si regresa al tercer día y así lo pactan. Jarifa intenta convencerle para que no se vaya proponiendo a cambio un rescate, pero él quiere cumplir el pacto y ella va con él. En el camino les cuentan una historia que prueba la honradez de Rodrigo -enamorado de una dama de Antequera-, que prefiere respetar la honra del marido a satisfacer sus propios deseos. Rodrigo intercede ante el padre de Jarifa y los deja marchar.

Otra leyenda cuenta el amor entre una princesa árabe y un caballero cristiano. El soldado Tello cae prisionero en la alcazaba y recibe la visita de la hija del rey moro, la bella Tazgona, que queda rendida de amor, busca excusas para verle y traman juntos el modo de escapar, siendo conscientes de las dificultades al pertenecer a culturas distintas. Huyen y son perseguidos el mismo día que los cristianos van a asediar Antequera, quedando acorralados. Suben a la cima de una afilada peña y se arrojan al vacío antes que separarse. Los reyes árabe y cristiano los ven cogidos de la mano y ensangrentados y deciden no proseguir la lucha.


Debido a la Cátedra de Gramática de la Colegiata de Santa María, el entorno de la alcazaba se convirtió en centro de poetas e historiadores, que propició con el tiempo la fundación de la Escuela Poética antequerana, precursora de Góngora. Durante el siglo XVI se fueron asentando numerosas órdenes religiosas que, con sus templos, la transformaron en la “ciudad de las iglesias”. A la construcción religiosa se unió la de los palacios de familias nobles, convirtiéndose en prototipo de ciudad barroca del sur y siendo durante el Siglo de Oro la novena ciudad de España por su población y actividad comercial.

Desde el siglo XVIII es un lugar de la Andalucía mítica, un paraje asociado, por su carácter orientalizante, al romanticismo que arrastra el sur. Incluso se dice que en la Peña de los Enamorados se halla resumido un trozo del carácter antequerano. Fue uno de los centros del nacionalismo andaluz, redactándose la Constitución Federal de Antequera en 1883 y firmándose el Pacto Autonómico en 1978.

Me alojo en el casco viejo, desde donde emprendo una visita a la ciudad que me lleva, desde el punto de Información, por la Plaza de San Sebastián (fuente del s. XVI, arco), que tiene en un lateral la Iglesia Colegial de San Sebastián (s. XVI, contraste cromático entre la caliza dorada y blanca de la portada plateresca y la torre campanario barroca de ladrillo rojo). Continúo el ascenso hacia la alcazaba pasando por la fuente del Toro (el agua sale por los belfos, pero el protagonista es un gran sol pagano), cuyo borboteo continuo y alegre parece el murmullo de una voz. Desde lo alto hay una inmejorable vista de la ciudad, con las torres de sus iglesias, y de la Peña de los Enamorados.

La entrada al recinto fortificado se realiza por el impresionante Arco de los Gigantes (sustituye a un acceso en recodo musulmán, s. XVI, con lápidas romanas procedentes del yacimiento romano de Singilia Barba y otras dedicadas a Felipe II) que da paso a la plaza de Santa María, donde asoma en su extremo la mole de la Real Colegiata de Santa María la Mayor (s. XVI, fachada de sillería construida con piedras de Singilia Barba). A uno y otro lado están las termas romanas y la alcazaba.

Ya en bajada, el paseo continúa por la Capilla Tribuna de la Virgen del Socorro (plaza del Portichuelo, s. XVIII, urbanismo castizo), la muralla, Plaza del Carmen (placa dedicada a los exiliados en 1410 que fundaron en Granada el barrio la Antequeruela, postigo de la Estrella) y Coso Viejo (palacio de Nájera –Museo de la Ciudad, el Efebo de Antequera, s. I d.C.-, s. XVIII; Convento de Santa Catalina de Siena –la visión de la vida a través de los ojos entreabiertos es clásica en las ciudades conventuales-; escultura del Infante Don Fernando; fuente de los Cuatro Elementos).

Continuando hacia el centro de la población, me detengo en la Casa-Museo de los Colarte, s. XVIII, centro cultural que muestra una exposición titulada “El puente, entre el conocimiento y la pasión” y que tiene obras de autores importantes como Andy Warhol (Vesuvius, 1985). El paseo continúa callejeando al azar y viendo infinidad de iglesias y casonas, hasta llegar a la Capilla Tribuna de la Cruz Blanca (s. XVIII, barroco tardío).


Hace mucho calor y el paseo cansa. De vuelta al alojamiento hago otra parada, esta vez en el Mesón “El Anticuario”, un B&B en la calle Encarnación –al lado del Coso Viejo-, regentado por Lola, que tiene buenas tapas a buen precio. El nombre le viene por la espléndida colección de armas que exhiben las paredes, medievales y más modernas, blancas y de fuego, europeas y africanas, entre ellas unas lanzas del África negra, una espingarda musulmana, etc. La amena conversación, la cerveza fría y las tapas, constituyen un buen punto y final para un ajetreado día cuando ya la ciudad se enciende en reflejos. 

jueves, 29 de junio de 2017

El Caminito del Rey



El nombre es un homenaje a Alfonso XIII que recorrió el Camino de los Balconcillos, como se llamaba entonces, el 21-5-1921. Pero el paso por el desfiladero, transitado antes sólo por pastores y cazadores, quedó abierto en 1865 cuando se terminó la vía férrea que, para ayudar a la industrialización, unía las cuencas mineras de Córdoba y las fábricas de Málaga. Años después, buscando alternativas al carbón para satisfacer la creciente demanda energética, el ingeniero Rafael Benjumea –que obtendría el título de Conde de Guadalhorce- recibió el encargo de aprovechar el desnivel del desfiladero para producir electricidad. La obra se terminó en 1906 y consistía en un canal que, saliendo de la entrada de Gaitanejo, circulaba durante unos tres kilómetros hasta la salida de los Gaitanes y dejaba caer el agua desde una altura de más de cien metros hasta la primitiva central del Salto del Chorro. Para su mantenimiento se construyó un camino adosado a la roca, con pequeños balcones.

En el año 2000 se prohibió el acceso por motivos de seguridad, pero se reabrió en 2015, acudiendo desde entonces tantas personas que hay que reservar las entradas por Internet con mucha antelación. Antes de llegar, hablo con un empresario de actividades acuáticas en el embalse que me cuenta la situación y la distribución de las aguas, mezcladas porque alguna es salina. Continúo hasta el restaurante El Kiosko, en la presa del embalse Conde de Guadalhorce, donde se deja el coche.

Se cruza un túnel, se aspira el aire cerrando los ojos, se llenan los pulmones de brisa mañanera y se sigue una senda indicada a la derecha, de unos dos kilómetros, muy agradable, entre el olor balsámico de los pinos, que desciende a orillas del pequeño embalse de Gaitanejo, donde está el Control de Acceso Norte, único en la actualidad. En el recorrido se ha podido apreciar la vegetación de ribera, en buen estado de conservación, formada por fresnos, tarajes, sauces, adelfas y eucaliptos. Ésta última especie, exótica, está siendo retirada y sustituida por especies autóctonas. A esa vegetación riparia le sucede un matorral de palmitos, lentiscos, algarrobos y acebuches, enmarcados en grandes masas de pino carrasco.

Nos colocamos un casco, nos dan unas indicaciones y avanzamos libremente. Muy pronto se llega a la presa del embalse de Gaitanejo, pequeña pero ruidosa. Un ensanchamiento permite ver el fondo fluvial cubierto de vegetación. El rico colorido incluye el lujuriante verde caribeño del agua, el blanco de la espuma, una gama de diferentes verdes de las plantas, el rosa de las flores de las adelfas, el grisáceo de la piedra, etc. La pasarela va anclada a la roca, con un piso de maderas ligeramente separadas y con una barandilla a la izquierda. La sensación de seguridad es absoluta y todo el recorrido está vigilado por cámaras.

Poco después se llega al primer desfiladero, Gaitanejos, muy estrecho, con el fondo umbrío, oscuro. El sol no entra todavía en la hoz lo que disminuye la temperatura. La roca caliza que nos rodea presenta dos coloraciones, blanco-gris y dorada, y, al ser un medio tan inhóspito por la carencia de suelo, no exhibe vegetación a excepción de algunas especies rupícolas en las grietas y fisuras de la roca, endemismos como los zapaticos y el escobón, e incluso helechos y acanto en zonas de umbría.

Toda la zona está incluida en el Paraje Natural del Desfiladero de los Gaitanes y, al estar regulado por embalses, este tramo del río presenta un caudal permanente. Hemos ido a bastante altura, pero, conforme se va abriendo el desfiladero, la pasarela desciende en curvas. Cruzamos el canal, ahora vacío, antes de abrirse el valle. Al otro lado se ven los túneles y los taludes protegidos para el ferrocarril, mientras en el centro hay un estrecho y profundo cortado. La vegetación cubre las laderas excepto en los riscos calizos de lo más alto.

Pasamos por un pequeño puente y entre zonas rocosas, sin vegetación. Aunque las calizas y dolomías jurásicas producen los relieves más destacados, como los Tajos de Ballesteros y Almorchón, entre los que va el Caminito, aparece otro tipo de roca, las areniscas, de color pardo, en la que los agentes erosivos han modelado oquedades características llamadas Tafonis. Esta zona, más ancha, ofrece gran diversidad de hábitats faunísticos y está catalogada como ZEPA, incluyendo algunas especies en el catálogo de las Amenazadas.

Las aves son especialmente importantes en los escarpes rocosos (buitre leonado, alimoche, águilas real y perdicera, halcón peregrino, búho real) y asociadas al cauce fluvial (cormorán, garza real), aunque también abundan otras como chova piquirroja, arrendajo, vencejo, avión, lavandera, paloma, etc. Entre los mamíferos pueden verse la cabra montés, zorro, meloncillo. En el cauce fluvial, la nutria, fauna piscícola, anfibios y reptiles.

La amplitud de esta zona también permite ver los distintos ambientes de la flora, además de los desfiladeros calizos. En las márgenes del Guadalhorce hay vegetación de ribera, destacando desde lejos las floridas adelfas. Las menores pendientes y la disponibilidad de suelo de este Valle del Hoyo, que es como se llama este tramo intermedio, favorecen la vegetación de matorral mediterráneo (romero, lentisco, albaida, mejorana) y pinar de repoblación (pino carrasco), con algarrobos y palmitos en zonas más soleadas. Por último, las laderas de la sierra de Huma muestran un sabinar (sabina caudada) de gran interés por tratarse de una especie propia de ambientes litorales y por el porte de algunos ejemplares.

Una cabra bebiendo, un rebaño de ovejas en el fondo del valle, las ruinas del Cortijo de Hoyo y una gruta refugio de murciélagos, antiguo túnel de servicio del canal, son los últimos signos de vida. El valle se vuelve a cerrar y la altura de la pasarela aumenta. Al otro lado, túneles y viaductos para el ferrocarril. Debajo de la pasarela nueva, la antigua. Los siguientes hitos son un mirador con el suelo de cristal, pero que no se ve bien, y una lápida a tres muertos en el año 2000 –quizá por esto se cerraría el Caminito-. Nos rodea el silencio. Son los momentos en que vamos a mayor altura -acentuada por la verticalidad de las calizas-, los de las sensaciones más vertiginosas. Según la información estamos a más de 100 metros de altura sobre el cauce.

El desfiladero termina. Cruzamos al otro lado por un puente-pasarela –puede ser el momento más dramático- con el canal entubado al lado, entre paredes verticales, y salimos al sol. Seguimos estando a mucha altura y ascendemos en paralelo al terreno para pasar por encima del ferrocarril y llegar al Acceso Sur, ahora sin servicio para que las personas no se crucen en el trayecto. Todavía queda un largo trecho, ahora por buen camino, hasta la estación de tren de El Chorro donde espera el bus-lanzadera que nos devuelve al punto de partida. En total han sido casi ocho kilómetros.

La unión de tres ríos, embalsados en sendos pantanos, forma el Guadalhorce en Gaitanejo. Esos ríos cortan las areniscas y conglomerados calcáreos del Mioceno, por lo que las aguas arrastran arena y cantos rodados, lo que unido al desnivel (algo más de 100 metros en poco más de 3,5 km) le da un potencial de erosión importante que ha utilizado, apoyándose en la existencia de fallas y fisuras en las calizas, y en su proceso de disolución cárstica, para excavar el Arco Calizo Central malagueño en su camino hacia el mar. Por eso este paisaje es de fuertes pendientes, tajos verticales y profundas cárcavas fluviales. El agua también lleva en suspensión arcillas y materiales provenientes de los yesos de las Comarcas del Guadalteba y Antequera, que le aportan cierta salinidad, como me han explicado antes.


El autobús se va llenando. Llega la gente trayendo en la cara todo el sol del último tramo y la satisfacción –y algunos el miedo- del trayecto. Para todos ha merecido la pena y predominan las caras intrépidas de determinación. Yo me voy con el mismo buen recuerdo que me dejaron las rutas similares de Las pasarelas del río Vero (Alquézar, Huesca) y el Congost de Mont-rebei en el río Noguera Ribagorzana (Puente de Montañana, Huesca-Lérida).