martes, 21 de octubre de 2014

El Burgo Ranero- Mansilla de las Mulas


A las 6:30 empiezan a levantarse con los ojos cargados de sueños. La pareja de franceses de la litera de al lado ha roncado mucho. Calentamos el desayuno en la cocina, preparamos la mochila y salimos a las 7:30. Amanece algo nublado, pero no parece que vaya a llover. Bordeamos la laguna, usada antiguamente como abrevadero para los animales y ahora hábitat de anátidas, y volvemos a la pista arbolada. Paseamos la mirada por el paisaje. El terreno es llano, con ligeras ondulaciones producidas por los arroyos. Es una zona casi desarbolada, a excepción de las vaguadas de los arroyos. Es el páramo leonés, alto, con zonas sin labrar, eriales, con zonas labradas sin cultivar, con cereal como en etapas anteriores, con algún cereal espigado de alguna variedad diferente que no conocemos. A lo lejos vemos algo de arbolado que parecen encinas y, en las vaguadas que atravesamos, chopos.

Llevamos la autovía a la izquierda, alejada, y la vía del tren a la derecha, cerca. Pasamos por una escuela de ultraligeros, con cursos para pilotos, y paramos en un área de descanso moderna. Comemos algo, descansamos y seguimos hasta la carretera de Villamarco. Un cartel anuncia un museo etnográfico de aperos de labranza, “Del surco a la era”, y el recorrido hasta el pueblo está sembrado de dichos aperos. El ferrocarril se acerca al andadero y hay un tramo en el que vamos en paralelo, cerca. Más tarde se cruza, atravesamos el arroyo de Valdearcos, con muchos chopos, subimos, en curva en medio de campos de cereal espigado como antes, al páramo y tras un pequeño llano, aparece agazapado en un repliegue del terreno Reliegos, que pudo ser asentamiento romano, y donde, en 1947, impactó un meteorito de casi nueve kilos de peso en la calle Real. Paramos en el albergue Piedras Blancas II, de los propietarios del de ayer. Hablamos con una alemana mayor que espera a su hermana y no sabe que hay otro albergue. Cruzamos el pueblo viendo bodegas de ladrillo y adobe y vemos a la alemana que vuelve.


“De Reliegos a Mansilla, la legua bien medida”. “La legua de Castilla, de Reliegos a Mansilla”. Los refranes establecen la distancia, menos de seis kilómetros. Seguimos por la pista, con cruces y áreas de descanso –bancos grandes, comunitarios, en piedra, y otros más pequeños en madera- cada poco tiempo. Mansilla, a lo lejos, se acerca. Se cruzan la autovía por un puente y un canal con agua del embalse de Riaño y ya estamos en las afueras de Mansilla de las Mulas



En la carretera nos dan publicidad de un albergue con restaurante privado. Entramos por la puerta del Castillo y vamos al albergue municipal que está todavía cerrado. Dejamos las mochilas y paseamos por el pueblo, tomamos una cerveza y volvemos. De nuevo somos los primeros, aunque más tarde llegan otros peregrinos. Rutina diaria. Salimos y preguntamos por algún restaurante. Nos mandan a La Curiosa donde comemos muy bien. Tomamos café en un local antiguo, El Mansillés, que expone unos aperitivos tan antiguos como el local. Volvemos al albergue y siesta.

Tomamos algunas notas en el patio del albergue, de estilo cordobés, con muchas macetas colgadas. Otros peregrinos comentan el viaje, enfermedades, etc. Recogemos la colada tendida porque parece que va a llover. Paseamos el pueblo, las murallas -algunos de cuyos torreones están en terreno privado-, las puertas –Arco de Santa María-, el puente sobre el Esla –el latino Astura-, el Museo Etnográfico provincial, la plaza de la Pícara Justina –el libro de Francisco López de Úbeda cuya acción transcurre aquí en parte-, la iglesia de San Martín, de belleza ascética, etc. 



Era entrada la tarde cuando el cielo se ha tornado negro de repente y nos hemos refugiado en La Curiosa. A la salida compramos cena, incluyendo la sabrosa cecina leonesa, en un supermercado y volvemos al albergue. Cenamos en compañía de un catalán y un pontevedrés, que cuece medio pollo pero tira el caldo. Una coreana, al lado, no para de hacer fotos a lo que comemos mientras exhibe una gran sonrisa y se atreve a probar la cecina. 

Salimos a tomar café y dar un paseo. Hay partidos de fútbol pero no se oye ruido. Volvemos. La noche se presenta bien, porque estamos en una habitación de seis. Lo peor es que el wc está en la planta baja y dormimos en el primer piso. La quietud silenciosa del dormitorio nos envuelve aunque es como un lago en el que, bajo una superficie serena, hay aguas agitadas.


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