Volvemos
de nuevo al Camino para iniciar este tramo con una etapa excesiva. Las
ganas nos hacen querer avanzar demasiado. Salimos, en la atmósfera
ingrávida de la mañana, cruzamos el puente sobre el Bernesga y la
pasarela del ferrocarril y estamos en Trobajo del Camino. El tiempo es
bueno y avanzamos bien, pasando junto a unas antiguas bodegas y por unas
naves industriales, y saliendo a la carretera en la Virgen del Camino.
Vemos a dos chicas extranjeras, dos ciclistas y otros tres peregrinos.
Pasamos por el Real Aero Club –aquí hay un aeródromo- y cruzamos la
población hasta la iglesia, con famoso apostolado modernista en la
fachada: trece estatuas de bronce de 6 m de altura y 700 kg de peso, obra
del escultor barcelonés Josep María Subirachs.
Continuamos
por la Fuente El Cañín y tomamos un desvío a la derecha. El paisaje es
algo ameno aunque rodeados de infraestructuras que parcelan el terreno.
Vamos por un andadero al lado de la carretera que resulta muy incómodo,
con mucho ruido del tráfico, escuchando nuestros crujientes pasos en la
gravilla. La siguiente población es Valverde, cuya iglesia tiene una
espadaña con cigüeñas. Seguimos por el andadero y vemos otras bodegas
antes de llegar a San Miguel del Camino.
Ya
se empieza a notar más calor. Continuamos un trecho más largo hasta
Villadangos del Páramo y, más allá, con la monotonía del andadero en un
terreno llano, hasta cruzar el Canal de la presa Cerrajera. Leyenda: en
el s. XI, una mora muy bella, Zaida, se asentó en un pueblo, Villazaida (actual
Villazara), El joven Aliatar se enamoró de ella y ésta para rechazarlo le
propuso una prueba que juzgaba imposible: “El día que el agua del Órbigo
pase por delante de mi puerta, corresponderé a tu amor”. Con ayuda de los
campesinos construyó el canal y la boda se celebró poco después.
El
camino está lleno de la pelusa blanca que sueltan los árboles y que
origina tanta alergia. Pasamos una zona habitada por una colonia de
grajas y seguimos rectos hasta San Martín del Camino en medio de cultivos
de regadío. Paramos en el albergue.
El
último tramo hasta Puente de Órbigo se hace muy pesado, hace mucho calor.
Cerca de Puente sale un hospitalero a dar publicidad de su
establecimiento. Al llegar al puente del Passo Honroso paramos para
admirarlo. Origen romano, fábrica medieval y remodelado numerosas veces.
En 1434 don Suero de Quiñones, con sus hombres, inició las justas tras
ser rechazado por la dama Leonor o Inés de Tovar que durarían hasta
romper 300 lanzas. Duró un mes, venció a 68 caballeros de varias nacionalidades
y únicamente murió un aragonés. Peregrinó a Compostela donde prendió de
la imagen una pulsera dorada, propiedad de su esquiva dama. Vemos que
todo está adornado con banderas medievales para celebrar las fiestas que
conmemoran el acontecimiento.
Vamos
al Albergue parroquial, con bello patio, y hallamos en la recepción a una
coreana. Es el poder amarillo: nuestra habitación está llena de coreanos
y hay también una finlandesa. Escasez de españoles. Rutina de aseo y
colada.
Para
la comida queremos probar la especialidad de la zona: sopa de trucha. El
camarero nos explica cómo comerlas: se quita la piel y las espinas, y la
carne se desmenuza mezclándola con las sopas ajo hasta que no se vea.
Deben quedar secas. Comentamos con él que el último tramo nos ha parecido
más largo de lo que se dice en las guías, y nos responde que siempre se
hace más pesado el último trozo. Ejemplifica su aserto con una anécdota:
uno que bebió 15 cubatas y que al día siguiente estaba fatal decía que le
habían sentado mal los dos últimos.
Por
la tarde hace mucho calor, no se puede salir y no vamos al albergue con
cena vegetariana. Pasamos por un estado de perezosa comodidad, sentados
indolentemente en un banco, entregados al cansancio. Después, paseo por
el puente. A las 10 estamos todavía en el jardín, pero poco a poco nos
vamos retirando. Ha sido una etapa demasiado larga pero las siguientes
serán más adecuadas. Hace fresco con la puerta de la habitación abierta y
se duerme bien.
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