Fuera empieza a despuntar
el alba. Nos levantamos a las seis, preparamos la mochila fuera de la
habitación para no hacer ruido y desayunamos. Salimos con un fresco
agradable por un camino llano y bueno y vemos el amanecer en Villares de
Órbigo. El disco rojo del sol que surge lentamente entre los vapores del
alba. El paisaje es diferente por la abundancia de regadío. Los aspersores
esparcen agua pulverizada que se queda flotando en el aire como una fina
niebla.
La luz ha ido aumentando y
ya se ve bien. Atacamos con energía mañanera la subida al Santo, y tras
pasar una zona arbustiva el camino baja a Santibáñez de Valdeiglesias,
donde vemos alguna chimenea de barro. Vamos con unas francesas, una
canadiense, etc. Algunos paran en el último bar y otros pasan de largo.
Nuestra sombra nos acompaña en unos tramos de camino pedregoso y en ligero ascenso.
La subida se acentúa en
medio de campos de secano, zonas de monte bajo y pequeños bosques de robles
que se espesan progresivamente. Es el Monte de la Colomba, a cuya entrada
hay un monumento muy raro formado por una cruz, unos montones de piedras y
una estatua de un hombre con una lanza en la mano, junto a un banco bajo
una encina. Desaparecemos en el verde en despreocupada soledad. Unos gritos
rompen bruscamente la paz de la mañana: nos adelantan unos ciclistas
brasileños que vimos ayer en el albergue y, poco después, un gran pelotón
ciclista sin equipaje. Continuos repechos y bajadas, zonas de sombra,
encinas y robles. El camino está abarrancado y en algunos tramos parece una
senda.
Calor, buen día. Todavía se
anda bien. Un lagarto se cruza en nuestro camino y no parece asustarse. El
morado de las flores contrasta con el verde oscuro del arbolado. Pasamos
zonas despejadas donde el cereal ha sido cosechado; en los campos quedan
las pacas redondas listas para ser recogidas.
Tras el último repecho llegamos
al llano, al páramo, donde pasamos la Majada de Ventura, con algo de comida
y bebida a la venta. El llano sigue hasta el Crucero de San Toribio, una
cruz de piedra sobre cuatro escalones, desde donde se ve bien Astorga y el
monte Teleno, 2188 m, la cumbre más alta de los montes de León y montaña
sagrada de los astures. En este lugar, s. V, el obispo de Astorga, tras ser
expulsado de su sede profirió “De Astorga, ni el polvo” mientras se sacudía
las sandalias. Paramos para contemplar la panorámica y hacer alguna foto.

Bajada fácil hasta San
Justo de la Vega donde hacemos la última parada porque ya estamos muy cerca
del final de la etapa. Cruzamos el río Tuerto, andamos un tramo por buen
camino al lado de campos de cereal sin cosechar llenos de amapolas,
cruzamos el río Jerga por su puente romano –de tres ojos desiguales y en
pizarra-, y cruzamos la vía del tren por una pasarela curiosa. Estamos ya
en Astorga, la Asturica Augusta romana, que bordeamos hasta el hostal
pasando por la catedral de Santa María, la muralla romana y medieval, y el
palacio episcopal de Gaudí (Museo de los Caminos). En un momento, los tres
monumentos están alineados a nuestra vista.
Tras el aseo y la colada
vamos a comer. No nos atrevemos con un cocido maragato porque hace mucho calor.
Tras la siesta, paseo por la plaza del Ayuntamiento, las termas, etc. Vemos
a algunos que hemos conocido en el albergue de ayer. En las calles parece
haberse estancado el calor del día, que paraliza a todo ser vivo. El cielo
está más nuboso, amenaza lluvia. A las 8 vemos los maragatos en el reloj
del Ayuntamiento, compramos el desayuno para mañana y cenamos. Entonces
empieza la lluvia; gotas pesadas y aisladas que dan paso a un aguacero.
Volvemos siguiendo las flechas para ver la salida de mañana.
Después de la larga etapa
de ayer, la de hoy ha resultado corta y vamos a dormir con más comodidad.
De la calle llegan ruidos que atraviesan la oscuridad, aunque cada vez son
más vagos, pierden su sentido.
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