Etapa 4. Sotres - Poncebos.
Las predicciones meteorológicas anunciaron ayer que el
tiempo va a cambiar, que vuelve la lluvia, así
que, aunque hoy amanece despejado, no nos atrevemos a hacer una etapa larga como la de estos días. Como alternativa vamos a hacer una subida corta que nos aconsejó un compañero porque, en principio, la mañana es soleada y la temperatura buena.
que, aunque hoy amanece despejado, no nos atrevemos a hacer una etapa larga como la de estos días. Como alternativa vamos a hacer una subida corta que nos aconsejó un compañero porque, en principio, la mañana es soleada y la temperatura buena.
Salimos en coche por la misma carretera de todos los días
hasta Arenas de Cabrales, donde giramos a la derecha para, siguiendo la
garganta del río Cares, llegar a Puente Poncebos y girar a la izquierda, siguiendo el desfiladero del río Duje hasta Sotres. No subimos al pueblo y
aparcamos abajo en el desvío, en el lateral de una curva cerrada a la izquierda.
Cogemos las bicis y seguimos una pista de tierra que sale
en bajada, a la derecha, siguiendo el río Duje que traemos desde Poncebos. Un
kilómetro después aparecen unas cabañas, los invernales del
Texu, y un desvío a la derecha que cruza las cabañas, pasa un portillo e inicia una subida con una pendiente muy fuerte, con curvas muy cerradas aunque cementadas para evitar que los coches patinen. Al lado baja el arroyo de la Canero que atraviesa una zona de rocas y prados. Los helechos brillan bajo el sol de la mañana. La montaña repite el eco de nuestro paso mientras la ruta se quiebra en este bravo paisaje. La pista, y nosotros con ella, llega a un alto y llanea hacia un conjunto de cabañas. No cogemos un desvío a la izquierda, seguimos la pista principal que, desde las cabañas, inicia otra fuerte pendiente tras la que se llega a una zona llana donde una barrera impide el paso. Los coches están aparcados en los lados y nosotros sujetamos las bicis a un poste. Un poco antes de la
barrera, a la derecha, sube un sendero en fuerte cuesta. A esta altura ya no hay árboles, pero hay una magnífica pradera en lo alto, llano. Estamos en el collado de Pandébano, con una vista inmejorable. Han sido cinco kilómetros con un desnivel de unos 500 m.
Texu, y un desvío a la derecha que cruza las cabañas, pasa un portillo e inicia una subida con una pendiente muy fuerte, con curvas muy cerradas aunque cementadas para evitar que los coches patinen. Al lado baja el arroyo de la Canero que atraviesa una zona de rocas y prados. Los helechos brillan bajo el sol de la mañana. La montaña repite el eco de nuestro paso mientras la ruta se quiebra en este bravo paisaje. La pista, y nosotros con ella, llega a un alto y llanea hacia un conjunto de cabañas. No cogemos un desvío a la izquierda, seguimos la pista principal que, desde las cabañas, inicia otra fuerte pendiente tras la que se llega a una zona llana donde una barrera impide el paso. Los coches están aparcados en los lados y nosotros sujetamos las bicis a un poste. Un poco antes de la
barrera, a la derecha, sube un sendero en fuerte cuesta. A esta altura ya no hay árboles, pero hay una magnífica pradera en lo alto, llano. Estamos en el collado de Pandébano, con una vista inmejorable. Han sido cinco kilómetros con un desnivel de unos 500 m.
La senda sigue en esta amplia pradera llana hacia la Vega
de Urriellu, pero nosotros no vamos. Recuperamos el aliento mientras admiramos
la magnífica perspectiva, aunque las nubes que pasan a nuestra altura impiden
parte de la visión. En un momento la niebla se abre y aparece delante de
nosotros el magnífico Naranjo de Bulnes, el pico Urriellu. Es un
momento sublime. De nuevo ha valido la pena la fuerte subida. Hacia atrás la vista también es muy buena. Se ve donde hemos dejado las bicis, las curvas de la subida y Sotres al fondo, con más zona boscosa. En estas soledades se siente cómo las obras inanimadas de la Naturaleza –roca, hielo, nieve, viento, agua- en guerra unas con otras, pero concertadas contra el hombre, reinan con soberanía absoluta. Escuchamos los ecos de las montañas, que se comunican por las cumbres, leyendo en éstas, al igual que en los hundidos desfiladeros, la lección eterna de la Naturaleza. La montaña empequeñece al hombre; sólo se engrandece cuando pisa su cumbre, que nos da una lección impagable: enseñarnos a pasar sin comodidades. En la cima, silencio; el silencio casa con la majestad
de la montaña, donde se oye todo lo que la tierra calla. El tiempo parece detenido como en un encantamiento. Aunque el día es bueno notamos que el sudor se va enfriando, así que bajamos andando, cogemos las bicis y descendemos hasta Sotres.
momento sublime. De nuevo ha valido la pena la fuerte subida. Hacia atrás la vista también es muy buena. Se ve donde hemos dejado las bicis, las curvas de la subida y Sotres al fondo, con más zona boscosa. En estas soledades se siente cómo las obras inanimadas de la Naturaleza –roca, hielo, nieve, viento, agua- en guerra unas con otras, pero concertadas contra el hombre, reinan con soberanía absoluta. Escuchamos los ecos de las montañas, que se comunican por las cumbres, leyendo en éstas, al igual que en los hundidos desfiladeros, la lección eterna de la Naturaleza. La montaña empequeñece al hombre; sólo se engrandece cuando pisa su cumbre, que nos da una lección impagable: enseñarnos a pasar sin comodidades. En la cima, silencio; el silencio casa con la majestad
de la montaña, donde se oye todo lo que la tierra calla. El tiempo parece detenido como en un encantamiento. Aunque el día es bueno notamos que el sudor se va enfriando, así que bajamos andando, cogemos las bicis y descendemos hasta Sotres.
Con el coche volvemos hasta Poncebos y caminamos un tramo
del famoso desfiladero del Cares. Empezamos al nivel del agua verdosa que,
escondida entre rocas y vegetación de ribera, es casi un rumor –que parece
susurrar leyendas- en algunos puntos aunque el valle es un poco más ancho. Poco
a poco el valle se va cerrando de forma que casi no se ve el agua porque la
senda asciende entre paredes grises, calizas, con poca vegetación.
En algunas zonas más llanas hay algo de hierba, pero este es un mundo mineral. La senda sigue subiendo, sintiendo la caricia del sol, hacia unas rocas puntiagudas. Más abajo hay un camino. El día sigue siendo bueno y en esta subida vuelve el calor. Subimos hasta Los Collaos, sólo unos 2,5 km pero con un desnivel de unos 300 m. Desde aquí nos volvemos apreciando mejor la belleza del valle, por el menor esfuerzo, y pensando en la dureza del invierno, cuando el frío congele las leyendas del río.
En algunas zonas más llanas hay algo de hierba, pero este es un mundo mineral. La senda sigue subiendo, sintiendo la caricia del sol, hacia unas rocas puntiagudas. Más abajo hay un camino. El día sigue siendo bueno y en esta subida vuelve el calor. Subimos hasta Los Collaos, sólo unos 2,5 km pero con un desnivel de unos 300 m. Desde aquí nos volvemos apreciando mejor la belleza del valle, por el menor esfuerzo, y pensando en la dureza del invierno, cuando el frío congele las leyendas del río.
Volvemos a Cangas y el día sigue bueno. Rutina. Las
predicciones del telediario dicen que habrá
entre las nubes. Se forma un cielo tormentoso, las nubes se amontonan unas sobre otras, y parece notarse más la humedad, el aliento del océano. Desordenadas en el cielo las nubes de tormenta se agolpan contra las últimas luces del día. Con un cielo atravesado por los truenos, el horizonte se rinde a la oscuridad y la noche se cierra en tinieblas. Comienza a llover ligeramente mientras contemplamos el cielo sin luna. Refresca julio.
Durante la noche oímos el rumor de la lluvia y al
levantarnos al día siguiente es un diluvio. Pensábamos ir a Mieres para subir
al Angliru, pero al pasar por esa población sigue el diluvio y, ante la falta
de perspectivas, nos volvemos a casa y lo dejamos para otra ocasión porque
cuando escampe y retorne julio, ya no estaremos aquí. Han sido unas jornadas de
esfuerzo, montañas y fabes, más breves de lo pensado pero impresionantes.








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