1.- Cangas de Onís.
Viaje hasta Cangas de Onís en un día caluroso de verano. Nos
presentamos con el ardor de julio aunque aquí la temperatura es agradable. Había
llovido durante los días anteriores, pero cuando llegamos había sol – nos
dijeron que nosotros lo llevábamos- como pronosticaron las predicciones
meteorológicas. En la habitación de nuestro hotelito tomamos contacto con el
Sella, a donde da una pequeña terraza. Las aguas transparentes, limpias,
discurren lentamente entre la vegetación de ribera que las abraza.
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| Valentín |
La primera capital del Reino de Asturias, después de la
batalla de Covadonga en el año 722 y con Don Pelayo como su primer rey, tiene
un aspecto espléndido y está bastante animada. Recorremos un poco la población
para ver dónde comemos y, como no hace excesivo calor, hacemos honor a la
tierra y sin pérdida de tiempo nos atrevemos con unas fabes y, naturalmente,
sidra, aunque la escanciamos con un isidrín. Después, la siesta y más tarde,
paseo, tomando el pulso lento al pueblo.
Lo primero que visitamos es el puente, el Puentón para los cangueses. Es probable que la facilidad de paso del Sella en este punto condicionase la construcción del puente y el surgimiento del núcleo de
Cangas. Aunque se le llama “romano”, es altomedieval, quizá del siglo XIII, pero puede asentarse sobre otro anterior que se remontaría a la época romana, porque por aquí pasaría la calzada romana que unía Lucus Asturum (al lado de Oviedo) y Portus Victoriae (Santander). Un indicador de su importancia es el hecho de que figure en el escudo municipal. Del arco central pende una réplica de la Cruz de la Victoria, símbolo de Asturias. Originariamente tenía siete arcos que, tras muchas restauraciones, han quedado en cuatro, apuntados. Los pilares del arco central, muy alto, están anclados sólidamente
en la roca y tienen un arco de medio punto encima de los tajamares, para aligerar la construcción y como aliviadero en las avenidas grandes. Está construido en sillar y sillarejo y tiene un perfil de lomo de asno muy pronunciado.
Lo primero que visitamos es el puente, el Puentón para los cangueses. Es probable que la facilidad de paso del Sella en este punto condicionase la construcción del puente y el surgimiento del núcleo de
Cangas. Aunque se le llama “romano”, es altomedieval, quizá del siglo XIII, pero puede asentarse sobre otro anterior que se remontaría a la época romana, porque por aquí pasaría la calzada romana que unía Lucus Asturum (al lado de Oviedo) y Portus Victoriae (Santander). Un indicador de su importancia es el hecho de que figure en el escudo municipal. Del arco central pende una réplica de la Cruz de la Victoria, símbolo de Asturias. Originariamente tenía siete arcos que, tras muchas restauraciones, han quedado en cuatro, apuntados. Los pilares del arco central, muy alto, están anclados sólidamente
en la roca y tienen un arco de medio punto encima de los tajamares, para aligerar la construcción y como aliviadero en las avenidas grandes. Está construido en sillar y sillarejo y tiene un perfil de lomo de asno muy pronunciado.
En la Avenida Castilla y hacia el río Güeña vemos varias
casas de indianos, con el típico torreón esquinero, en jardines custodiados por
tapias de piedra rodeadas de grandes macizos de hortensias
rosas y azuladas. El
río Güeña, ya muy cercano a su desembocadura en el Sella, trae poca agua,
aunque transparente, y se ven las piedras del fondo. Una ligera brisa hace que
se rice de olas. Se puede cruzar hasta por unas grandes piedras colocadas en el
cauce, pero hay una estupenda pasarela muy moderna.
Al otro lado del Güeña está la ermita o capilla de Santa
Cruz, el altar de la Victoria, mandada construir por Favila, hijo de Don Pelayo,
en el año 737 para dar culto a la cruz que había utilizado su
padre en la batalla, la Cruz de la Victoria. Es un montículo artificial, levantado sobre un dolmen de, en torno a, 4000 a.C., vinculado al culto precristiano y que representa la unión entre los cultos ancestrales y el cristianismo. Quizá hubo en ese lugar un altar o pequeño templo de época romana, siglo IV, pero la sacralización del lugar es anterior. Durante años se pensó que era la tumba de Favila. Cuando se reconstruyó, tras la Guerra Civil, se dejó a la vista el monumento megalítico, con decoraciones pintadas y grabadas en la piedra principal, formando zigzags, lo que es un caso único de dolmen decorado en la prehistoria hispánica.
padre en la batalla, la Cruz de la Victoria. Es un montículo artificial, levantado sobre un dolmen de, en torno a, 4000 a.C., vinculado al culto precristiano y que representa la unión entre los cultos ancestrales y el cristianismo. Quizá hubo en ese lugar un altar o pequeño templo de época romana, siglo IV, pero la sacralización del lugar es anterior. Durante años se pensó que era la tumba de Favila. Cuando se reconstruyó, tras la Guerra Civil, se dejó a la vista el monumento megalítico, con decoraciones pintadas y grabadas en la piedra principal, formando zigzags, lo que es un caso único de dolmen decorado en la prehistoria hispánica.
Volviendo al centro una plaza se abre ante nosotros y vemos
el Ayuntamiento (clasicista, fin del siglo XIX, con un cuerpo central saliente,
pórtico en el centro sobre columnas toscanas), y después el Palacio de los Lago (1920,
oficinas del Parque Nacional de Covadonga), el Palacio Cortés (renacentista,
siglos XVI-XVII), la iglesia (siglo XV), etc. Hemos dado una vuelta completa a
la población, pero repetiremos en días sucesivos.
El sol del ocaso ilumina la animación callejera pero el
sosiego marca las horas de la tarde. El sol se repliega en el bosque sin hacer
ruido y sus últimos rayos se hunden en las aguas del río. Arropados por el
atardecer que se consume entre los árboles cenamos algo mientras disfrutamos de
la placidez de la última luz, mientras se desvanece ese resplandor. Sobre la
población cae la oscuridad, con la luna, que impregna el pueblo de un silencio
cósmico, clavada en los robles. A su luz fría, nos recogemos.




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