Etapa 3. Los Lagos.
toca la etapa reina. Van a ser 47 km., hasta una altitud de 1.135 m y con 1.375 m de desnivel, tanto positivo como negativo. Este puerto es más duro que otros que hemos subido, como El Pico, Honduras o Piornal (Ver Ruta Ciclista por el Sur del Sistema Central).
no llega al 2%, pero, cuando se inicia el Parque, a 173 m de altitud, aumenta rápidamente.
En el km 2 del puerto pasamos el Santuario de Covadonga
(247 m), aunque no paramos y giramos a la izquierda. Poco a poco las
puntiagudas torres de la iglesia van quedando abajo. Hay tramos rectos y otros
de curvas, donde la carretera serpea como nuestro estado de ánimo. Es tiempo de
pasión, el límite entre la mente y la materia. Estos primeros kilómetros son
arbolados, de sombra, y no se ve bien hacia arriba, lo que no deja de ser un
consuelo. En el km 4, a 386 m, hay una rampa del 12% antes del Mirador de los
Canónigos, seguida por otras entre el 7 y el 10 de media. El tiempo, la cuarta
dimensión, dura siglos, ha dejado de fluir, se ha detenido, ya no es nuestro.
Mientras subimos, al ver cañadas que serpentean pastos de
vacas y refugios de pastores, vamos
pensando –da tiempo para todo- que hacemos
la migración del ganado en primavera, hacia arriba, desde los pueblos. Estos
desplazamientos estacionales –desde mitad de la primavera hasta bien entrado el
otoño- en busca de los pastos de calidad de la montaña obligaron a transformar
la cubierta vegetal, ganándole terreno a los hayedos y robledales en favor de
los pastizales, y a levantar cuadras y cabañas en los asentamientos de altura.
A mitad de camino están los invernales, en terreno privado, y en la parte alta
las majadas, siempre en terrenos comunales. Son ascensiones lentas en rodeos y
vueltas, ganando más horizonte cada vez, viendo empequeñecerse lo que queda
abajo, viendo tenderse el valle a los pies.
En el km 8, a 756 m, está la temible Huesera, una recta
de casi un km cuyo desnivel llega al 15%.
Siempre hemos oído a Pedro Delgado hablar de este duro tramo, pero ahora estamos en él. Parece que no avanzamos, que la mañana se ha detenido. La dura cuesta nos deja sin pensamientos mientras el cuerpo interpreta diferentes posturas. Es la sumisión a la Naturaleza, nuestra pequeñez frente a su grandeza; no extraña que, aunque se la ame, se la vea cruel. A veces nos obcecamos en infiernarnos la vida. Seguimos y en el km 9, después de otro tramo también al 15%, llegamos al Mirador de la Reina desde el que puede verse la soledad del mundo. Panorámica grandiosa, colores un poco mates por una especie de neblina, rocas puntiagudas, verdes suaves, verdes oscuros, pueblos. El viento de los montes trae el frescor de los helechos. Vemos la ruta del primer día. Un señor nos dice si es que bajamos, porque nos ve frescos. Esto anima.
Seguimos subiendo y un pequeño declive en lo alto se convierte en nuestro horizonte. La esperanza es un viento de popa aunque no está resultando fácil atravesar la jornada. En el km 11 hay un tramo
en bajada –la primera- al 12% seguido de una subida al 13%. Seguimos con la insistencia monótona de la gota de agua, con paciencia arqueológica, más allá del cansancio. Son momentos duros, una lección de humildad y paciencia. Luchamos contra la cuesta y contra nosotros mismos y vamos de derrota en derrota hasta la victoria final. El Km 12, respirando la cercanía del objetivo, es el último duro, a más del 8%, el 13 es en bajada y tras el 5% del km 14 el lago Enol nos atraviesa los ojos reflejando el sol, que ya está muy alto en el cielo. Llegamos a lo alto. No es una alucinación producida por el calor. Ha sido un desnivel de 962 m en una longitud de 14 km, con un porcentaje medio del 6,87%.
Siempre hemos oído a Pedro Delgado hablar de este duro tramo, pero ahora estamos en él. Parece que no avanzamos, que la mañana se ha detenido. La dura cuesta nos deja sin pensamientos mientras el cuerpo interpreta diferentes posturas. Es la sumisión a la Naturaleza, nuestra pequeñez frente a su grandeza; no extraña que, aunque se la ame, se la vea cruel. A veces nos obcecamos en infiernarnos la vida. Seguimos y en el km 9, después de otro tramo también al 15%, llegamos al Mirador de la Reina desde el que puede verse la soledad del mundo. Panorámica grandiosa, colores un poco mates por una especie de neblina, rocas puntiagudas, verdes suaves, verdes oscuros, pueblos. El viento de los montes trae el frescor de los helechos. Vemos la ruta del primer día. Un señor nos dice si es que bajamos, porque nos ve frescos. Esto anima.
Seguimos subiendo y un pequeño declive en lo alto se convierte en nuestro horizonte. La esperanza es un viento de popa aunque no está resultando fácil atravesar la jornada. En el km 11 hay un tramo
en bajada –la primera- al 12% seguido de una subida al 13%. Seguimos con la insistencia monótona de la gota de agua, con paciencia arqueológica, más allá del cansancio. Son momentos duros, una lección de humildad y paciencia. Luchamos contra la cuesta y contra nosotros mismos y vamos de derrota en derrota hasta la victoria final. El Km 12, respirando la cercanía del objetivo, es el último duro, a más del 8%, el 13 es en bajada y tras el 5% del km 14 el lago Enol nos atraviesa los ojos reflejando el sol, que ya está muy alto en el cielo. Llegamos a lo alto. No es una alucinación producida por el calor. Ha sido un desnivel de 962 m en una longitud de 14 km, con un porcentaje medio del 6,87%.
Algunos días hay niebla, pero hoy hace un día espléndido,
sol, temperatura agradable. Nos
embelesamos viendo los lagos, el agua transparente, la verde pradera infectada de flores amarillas, los caminitos y una pasarela, las rocas, los matorrales y brezos, el fondo de nieve en las montañas heladas. Tratamos de imaginar este paisaje sumido en la eternidad del invierno, pero ahora la brisa trae el perfume del verano, un aire limpio que trae rumor de cencerros. Ha valido la pena la subida. En el bar comemos y bebemos algo fresco mientras vemos unas vacas dentro del agua.
embelesamos viendo los lagos, el agua transparente, la verde pradera infectada de flores amarillas, los caminitos y una pasarela, las rocas, los matorrales y brezos, el fondo de nieve en las montañas heladas. Tratamos de imaginar este paisaje sumido en la eternidad del invierno, pero ahora la brisa trae el perfume del verano, un aire limpio que trae rumor de cencerros. Ha valido la pena la subida. En el bar comemos y bebemos algo fresco mientras vemos unas vacas dentro del agua.
Bajamos deprisa pero con cuidado porque hay vacas en
medio de esta carretera de curvas que se despeña hasta Covadonga. Bajamos como
la migración de invierno, como baja el agua que horada la roca –erosión kárstica-
y forma simas, sumideros, desfiladeros, etc.
Por ejemplo, las aguas del Enol bajan por dos cauces, uno superficial y otro infiltrándose en el interior del lago y a través de la Cueva del Infierno para aparecer en Comeya y volver a desaparecer en el sumidero de las Trémonas formando la cueva del Trumbio. En la cueva de Covadonga reaparece el río de las Mestas.
Por ejemplo, las aguas del Enol bajan por dos cauces, uno superficial y otro infiltrándose en el interior del lago y a través de la Cueva del Infierno para aparecer en Comeya y volver a desaparecer en el sumidero de las Trémonas formando la cueva del Trumbio. En la cueva de Covadonga reaparece el río de las Mestas.
Ahora sí paramos en Covadonga. Pasamos bajo la Santa
Cueva (imagen de la Virgen, la Santina, y tumba de Don Pelayo que, según la
tradición, se refugió aquí con sus hombres durante la batalla) y vamos a la
basílica Santa María la Real, en piedra caliza rosa, neorrománica, de tres
naves, más alta la central, bóvedas de arista, tres ábsides y torres con
grandes agujas. También vemos la grandiosa estatua de bronce de Don Pelayo,
alta como aguja de catedral, y el monasterio de San Pedro, de época de Alfonso
I, que conserva algo románico.
Volvemos, cómodamente, a Cangas. Ha sido una etapa de 51
km, dura, pero gratificante. Aseo y comida, porque los montes dan hambre de
lobo.







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