martes, 16 de diciembre de 2014

Aranjuez.

"Aranjuez en otoñio tiene un encanto que no tiene (o que tiene de otro modo) en los días claros y
espléndidos de la primavera" (Azorín, Don Juan). Volvemos a Aranjuez. Siempre se vuelve a Aranjuez. En esta ocasión queremos ver el otoño prendido en las hojas de los árboles, el estallido de color de la Naturaleza, el encanto de que habla Azorín. Buscamos cosas poco tangibles, como las emociones. Aparcamos cerca del palacio y damos una vuelta por los alrededores. En la desviación del río, donde hay muchos patos, se refleja el otoño desplegado en los árboles, el que hemos venido a buscar, porque el Jardín del Rey -cuya decoración se debe a Felipe IV-, cercano al palacio, con arbustos y otro tipo de árboles, no lo manifiesta. Los agentes de los restaurantes acosan repartiendo
folletos con los menús del día. Ya sabemos dónde ir a comer.

Antes de marcharnos de esta zona paseamos un poco los exteriores del palacio, mandado construir por Felipe II, que lo encargó a Juan Bautista de Toledo y a Juan de Herrera aunque no lo terminaron. Los reyes Borbones pasaban aquí la primavera y dejaron su impronta con nuevas obras.

Vamos al Jardín del Príncipe. Las monumentales puertas dan acceso a un jardín muy grande –siete kilómetros de perímetro y unas 150 hectáreas de extensión, 32
Benjamín, Carmela, Mª Ángeles y Marciano
hectáreas más que el Retiro-, uno de los más extensos de España, rodeado por el Tajo, que cuenta con importantes obras arquitectónicas y que se caracteriza por su riqueza botánica. Aunque en él se integran elementos anteriores, como la Huerta de la Primavera y el embarcadero de Fernando VI, fue creado por Carlos IV siendo todavía Príncipe de Asturias, y en realidad no es un jardín, sino varios. Es de tipo paisajista que sigue la moda inglesa y francesa de finales del siglo XVIII.

Lo cruzamos  y vamos viendo el embarcadero, los pabellones, el jardín donde Carlos IV pasaba largas horas, el castillo, desde donde se puede observar el río, el jardín y el soto, y el Museo de las Falúas Reales, embarcaciones que los Reyes utilizaban
para navegar por el Tajo –Fernando VI lo hacía amenizando el paseo con la música que cantaba Farinelli-, entre las que destacan la que perteneció a Carlos IV y la de Felipe V.

Los vientos del otoño tiñen de rubio esplendor los sotos. En algunas acequias, las aguas correderas avanzan parapetadas entre la vegetación, antes de que los fríos desnuden las arboledas de chopos, sauces, plátanos, y de que las orillas se tinten de los dorados y gualdas más esplendorosos. Los cambios de tonalidad en los coloridos árboles, las largas modulaciones del color, producen una agradable animación visual y caemos en un embeleso contemplativo. El murmullo del viento en los árboles forma parte del lugar
como los mismos árboles. Desde un puentecillo, dejándonos llevar por la mansedumbre del río calmo que se ondula en un paisaje llano, vemos su apacible fluir, su paso remolón, su discurrir tranquilo.

Carlos IV, siendo Príncipe de Asturias, utilizó como casa de recreo los pabellones del embarcadero de Fernando VI y creó en torno el Jardín del Príncipe, pero cuando ascendió al trono realizó en el extremo opuesto la Casa del Labrador, encargo realizado por Juan de Villanueva. Su lujoso interior guarda algunas de las ornamentaciones más bellas de la época que forman uno de los conjuntos neoclásicos más importantes de Europa.

Por la tarde vamos al Jardín de la Isla, por donde le gustaba pasear a Isabel I (Jardín de la Reina). En época de Felipe II, aún príncipe, comenzaron los plantíos y se dio una nueva forma con el trazado de Juan Bautista de Toledo, que amplió los setos, construyó acequias y plantó avenidas de chopos,
olmos negros, etc. Las presas regulaban el curso del Tajo y permitían regar -el río pasa, el agua de regar queda- los terrenos. La mayor parte de las fuentes se deben a Felipe IV. Felipe V añadió dos nuevos trazados a la francesa, el Parterre ante el palacio y el extremo final, donde instaló la Fuente de los Tritones que Isabel II hizo llevar al Campo del Moro. A diferencia del Jardín del Príncipe, destaca por su trazado.

El cambio de color da altura artística al otoño. La realidad visible es más bella que la imaginada y es difícil que esta realidad, la de estos instantes, quepa en palabras. Absortos, cerradas las compuertas de los demás sentidos, contenemos la vida en la percepción visual facilitada por la otoñada. Lo primero que se ve es el paisaje físico, los colores, las formas, los relieves, lo que puede registrar una cámara, pero la levedad de las notas cromáticas, las sugestiones del color,  componen una fluencia verbal que, huyendo de la enumeración lineal, de la sequedad estilística, cae en la espontaneidad descriptiva y en el encanto de los adjetivos.

Saliendo,  nos detenemos un momento en la magnífica fuente de Hércules e Hidra, pero, para terminar un día típicamente otoñal, comienza a llover. Bajo un cielo oscuro que ennegrece rápidamente, aunque los patos no se inmutan, nos vamos.


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