lunes, 20 de octubre de 2014

Colmenar de Oreja

La vega de Colmenar aparece citada por los historiadores Polibio y Tito Livio a raíz de la importante Batalla del Tajo, 220 a.C., donde los carpetanos fueron derrotados por el cartaginés Aníbal Barca. Tras romanos, visigodos y musulmanes, fue conquistada por Alfonso VII en el 1139 otorgándole Fuero. En 1171 Alfonso VIII concedió el territorio a la Orden de Santiago.  En 1922 Alfonso XIII le concedió el título de ciudad.

 Está situado en la meseta entre los ríos Tajo y Tajuña, a 753 m de altitud. El relieve pasa del páramo al valle, con materiales de caliza y yesos. Paisaje calmo y próspero de viñas, algunos pinares y olivos con troncos rebosantes de tormento, que añaden contenido estético a la zona.

 En una mañana gris, con el cielo cubierto de nubes y una fina llovizna, dejando que la vida resbale sobre nuestros cuerpos, callejeamos guiados por la torre de la iglesia de Santa María la Mayor, gótica, s. XIII, modificada en el XVI, con aspecto de fortaleza y torre de 62 m con trazas de Juan de Herrera. En su interior pueden apreciarse La Anunciación y La Presentación de la Virgen en el templo, pintados por Ulpiano Checa.

 Por la Plaza del Mercado, con fuente y abrevadero, pasamos a la Plaza Mayor, iniciada en el s. XVII y terminada en el XVIII, ejemplo de plaza castellana, porticada, con el piso bajo en piedra y el alto en madera, asentada sobre un túnel. Destacan la Casa Consistorial y el Pósito. Por una esquina se baja a los Jardines de Zacatín. Pasamos de largo para ir a la Ermita del Humilladero, de los ss. XVI-XVIII, y al Parque Forestal El Cristo, cercanos. Volvemos hacia el pueblo y vemos una de las muchas fuentes y pozos públicos que hay: la Fuente del Pilarejo, bajo el puente homónimo, a mitad de camino.

 Descendemos a los Jardines de Zacatín, con abrevadero del s. XVIII. Consta de una robusta galería de cantería, cubierta por un entramado de losas apoyado sobre arcos de medio punto. El agua, algo salobre, pasa a otros dos pilones, puesto que se atendía hasta a cuatro usos simultáneos, tanto para personas como para animales. Toda la obra en caliza, muy abundante, siendo la de mejor calidad usada en los Palacios Reales de Madrid y Aranjuez. Atravesando el túnel se sale al otro lado de la plaza.


 Por la tarde, paseo viendo el convento de la Encarnación, s. XVII y el Teatro Municipal “Diéguez”, s. XIX. Hemos esperado para que el Museo Ulpiano Checa, nacido aquí en Colmenar en 1860, abriera de nuevo. A la entrada una gran tinaja nos recuerda que su fabricación era una industria característica del pueblo, que hubo muchos hornos y bastantes bodegas de vino.  

Nos atiende el guía del museo, D. Gregorio Piña, un hombre que vive apasionadamente su profesión y que nos ilustra sobre la vida y obra del pintor, y, tras esta agradabilísima conversación, comenzamos la visita envueltos en silencio y en plena soledad de los dos. La ordenación de los cuadros dibuja un mapa existencial muy preciso: históricos que sirvieron de orientación para películas, costumbristas, mitológicos, ciudades, personajes sudamericanos, África, España, Francia, hijos, etc. Además de los cuadros, pueden verse unas fotografías: obras en el túnel de Zacatín, varias personas levantando una gran tinaja, etc. Son gentes que hacían cosas grandes aunque no fueran grandes cosas. A medida que se echan años atrás en la cuenta de nuestra vida, es agradable ver estas estampas antañonas.

 Nos despedimos del amable guía del museo agradeciéndole todas sus atenciones. Los ruidos de la calle vuelven a nosotros. Salimos pensando la causa de que Ulpiano Checa no sea tan conocido como otros pintores, pero la visión de estos museos tan accesibles, de un tamaño tan adecuado y regidos por personas tan competentes como D. Gregorio, se convierte en viento para nuestras velas. La tarde sigue viva; tardará en transformarse en noche. Es Jueves Santo y todavía llegamos al espectáculo de la Pasión de Jesús en Morata de Tajuña.

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