Colmenar de Oreja
La vega de Colmenar aparece citada por
los historiadores Polibio y Tito Livio a raíz de la importante Batalla del
Tajo, 220 a.C., donde los carpetanos fueron derrotados por el cartaginés Aníbal
Barca. Tras romanos, visigodos y musulmanes, fue conquistada por Alfonso VII en
el 1139 otorgándole Fuero. En 1171 Alfonso VIII concedió el territorio a la
Orden de Santiago. En 1922 Alfonso XIII
le concedió el título de ciudad.
Está
situado en la meseta entre los ríos Tajo y Tajuña, a 753 m de altitud. El
relieve pasa del páramo al valle, con materiales de caliza y yesos. Paisaje
calmo y próspero de viñas, algunos pinares y olivos con troncos rebosantes de
tormento, que añaden contenido estético a la zona.
En
una mañana gris, con el cielo cubierto de nubes y una fina llovizna, dejando
que la vida resbale sobre nuestros cuerpos, callejeamos guiados por la torre de
la iglesia de Santa María la Mayor, gótica, s. XIII, modificada en el XVI, con
aspecto de fortaleza y torre de 62 m con trazas de Juan de Herrera. En su
interior pueden apreciarse La Anunciación y La Presentación de la Virgen en el
templo, pintados por Ulpiano Checa.
Por
la Plaza del Mercado, con fuente y abrevadero, pasamos a la Plaza Mayor,
iniciada en el s. XVII y terminada en el XVIII, ejemplo de plaza castellana,
porticada, con el piso bajo en piedra y el alto en madera, asentada sobre un
túnel. Destacan la Casa Consistorial y el Pósito. Por una esquina se baja a los
Jardines de Zacatín. Pasamos de largo para ir a la Ermita del Humilladero, de
los ss. XVI-XVIII, y al Parque Forestal El Cristo, cercanos. Volvemos hacia el
pueblo y vemos una de las muchas fuentes y pozos públicos que hay: la Fuente
del Pilarejo, bajo el puente homónimo, a mitad de camino.
Descendemos
a los Jardines de Zacatín, con abrevadero del s. XVIII. Consta de una robusta
galería de cantería, cubierta por un entramado de losas apoyado sobre arcos de
medio punto. El agua, algo salobre, pasa a otros dos pilones, puesto que se
atendía hasta a cuatro usos simultáneos, tanto para personas como para
animales. Toda la obra en caliza, muy abundante, siendo la de mejor calidad
usada en los Palacios Reales de Madrid y Aranjuez. Atravesando el túnel se sale
al otro lado de la plaza.
Por
la tarde, paseo viendo el convento de la Encarnación, s. XVII y el Teatro
Municipal “Diéguez”, s. XIX. Hemos esperado para que el Museo Ulpiano Checa,
nacido aquí en Colmenar en 1860, abriera de nuevo. A la entrada una gran tinaja
nos recuerda que su fabricación era una industria característica del pueblo,
que hubo muchos hornos y bastantes bodegas de vino.
Nos
atiende el guía del museo, D. Gregorio Piña, un hombre que vive apasionadamente
su profesión y que nos ilustra sobre la vida y obra del pintor, y, tras esta
agradabilísima conversación, comenzamos la visita envueltos en silencio y en
plena soledad de los dos. La ordenación de los cuadros dibuja un mapa
existencial muy preciso: históricos que sirvieron de orientación para
películas, costumbristas, mitológicos, ciudades, personajes sudamericanos,
África, España, Francia, hijos, etc. Además de los cuadros, pueden verse unas
fotografías: obras en el túnel de Zacatín, varias personas levantando una gran
tinaja, etc. Son gentes que hacían cosas grandes aunque no fueran grandes
cosas. A medida que se echan años atrás en la cuenta de nuestra vida, es
agradable ver estas estampas antañonas.
Nos
despedimos del amable guía del museo agradeciéndole todas sus atenciones. Los
ruidos de la calle vuelven a nosotros. Salimos pensando la causa de que Ulpiano
Checa no sea tan conocido como otros pintores, pero la visión de estos museos
tan accesibles, de un tamaño tan adecuado y regidos por personas tan
competentes como D. Gregorio, se convierte en viento para nuestras velas. La
tarde sigue viva; tardará en transformarse en noche. Es Jueves Santo y todavía
llegamos al espectáculo de la Pasión de Jesús en Morata de Tajuña.

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