lunes, 27 de octubre de 2014

Lunes. Orreaga/Roncesvalles.

            Vuelvo a Roncesvalles un lunes de agosto. Voy en coche hasta Puente la Reina, a extasiarme ante la simplicidad y belleza de las líneas del puente, el mejor del Camino. Hace calor. En los soportales de la plaza encuentro a un peregrino reparándose los pies caminadores en un acto meticuloso, rico en situaciones ceremoniales, que me cuenta que ha hecho el Camino Aragonés y que, con absoluta impermeabilidad para el escarmiento, ahora sigue hasta Lorca. En un mediodía de fuego paseo la Calle Mayor, sombreada, y como en el Restaurante La Plaza, donde la amabilidad de los dueños y la hija hace muy agradable la estancia. Quedamos en vernos de nuevo el jueves.

            Espero al autobús a Pamplona donde saco el billete para Roncesvalles. El tiempo de espera se soluciona con el e-book. Poco a poco va aumentando el número de personas mochileras, de todos los pelos y colores, con vistosas indumentarias y con una actitud alegre y animosa, que forman un caos. A Roncesvalles, sitio mágico detenido en el tiempo, llegamos a las 19 h. y vamos al albergue, con magníficas instalaciones, donde el ingreso tiene una especie de liturgia que no se da en ningún otro.

            El cielo está despejado, sin nubes, azul. La temperatura es muy agradable, no hace calor. Para la cena, a las 21 h., hay que comprar un ticket. Hasta entonces visita a la Colegiata gótica y paseo frente al Silo de Carlomagno, del s. XII, la iglesia de Santiago, del s. XIV, y otro albergue impresionante en su interior. Todo el mundo hace fotos queriendo atrapar la realidad escurridiza, momentáneamente capturada, y es que “hacer una foto es alinear la cabeza, el ojo y el corazón. Es un estilo de vida”. (Henry Cartier Bresson). Todo está más animado que en el recuerdo.

Iglesia de Santiago y Silo de Carlomagno

               ¿Qué mueve a todas estas personas hasta la tierra que nadie les ha prometido? ¿Qué motivación les impulsa a recorrer la antigua Vía de las Estrellas –que según los celtas llevaba a la sabiduría-, parando en cualquier albergue, en cualquier almohada? ¿Qué clase de templos andan necesitando, qué intercesores que los proyecten fuera o dentro de sí? ¿Qué ideales permiten que se forme este extraño mosaico de lenguas, culturas, personas de orígenes diversos, en este lugar ecuménico?

Unos luchan contra la tentación del sedentarismo y la domesticidad, contra las razones mezquinas de hormiga contra cigarra, contra el estar siempre en el mismo meridiano, pensando que la acción puede servir para darle un sentido a la vida, que la mayoría de los viajes de nuestra vida nunca se realizan o sólo los emprendemos en nuestro interior y que éste es un exceso sencillo. Otros, que quizá han encontrado en blanco los naipes de su porvenir, quieren hallar el paraíso de la soledad compartida que les deje un sedimento de paz en el corazón. Algunos quieren ver mejor dentro de sí mismos en busca de esa perfección que, dicen, otorga el sacrificio del Camino, quieren que se produzca una iluminación en su espíritu aprovechando la profundidad del silencio; su mirada marcha directamente a su meta como si fuera visible en el horizonte, aunque va más allá; quieren encontrar el horizonte que llevan dentro y quizá se sienten como si hubieran estado todo el tiempo de camino sin saberlo. Para otros, que caminan con un propósito que ya no es el camino mismo, los consuelos de la religión compensan la desolación de la vida. También hay quien se siente como si viajase al pasado.

Pero todos, con las ideas a vela impulsadas por el viento, con la venera convexa y estriada de una vieira colgada de la mochila, con los pensamientos acomodados a la situación, vamos en la misma dirección. Tardaremos lo que tengamos que tardar porque uno se acerca mejor a los demás si avanza despacio y llevaremos, según la antigua costumbre, una piedra simbólica en la mochila que deberemos arrojar cuando hayamos encontrado la solución a nuestros problemas.

            Hora de cenar. En el otro bar te traían el plato preparado para cada uno, pero en éste ponen un recipiente para varias personas y hay que repartírselo. Menú: macarrones, trucha y yogur. Está bien. Como el albergue cierra a las 22 h., no sobra mucho tiempo después de la cena, así que todo el mundo vuelve, se asea y se dispone a dormir. Mañana empezamos.

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