Miércoles. Zubiri-Pamplona/Iruña.
Hasta Pamplona es una etapa de
parecida longitud -22,5 km-, pero mucho más llana. El movimiento en el albergue
empieza poco después de las 6 h y todo el mundo se prepara bajo la luz escueta
de los frontales hasta que alguien cae en la cuenta de que, si todos estamos
despiertos, se puede encender la luz. El primer turno del estupendo desayuno,
incluido en el precio, es a las 7 h.
Salgo pronto y afronto, nada más
pasar el puente, las primeras rampas hasta la fábrica de magnesitas, que emite
ruidos que estropean el alba en sus primeras luces. Después hay tramos de
bosque, otros donde la vegetación parece que forma un túnel, zonas empedradas
con losas en las bajadas, etc. En el horizonte despunta un miércoles radiante. En
el cielo hay algunas nubes que no ocultan el sol; es un buen día.
Después de unos tramos más altos, el
camino desciende hasta el Arga y atraviesa la vegetación de ribera, alargándose
más que la carretera porque sube a los pueblos y va zigzagueando. Así se pasa
por Ilarratz, Esquiroz, Larrasoaña, Akerreta y Zuriain. Después hay un pequeño
tramo al lado de la carretera y el desvío a Irotz, para volver al Arga y
cruzarlo por el puente de Iturgaiz o de Irotz –románico, s. XII, un gran arco
central rebajado y tres más pequeños a los lados, todos de medio punto,
realizados con piedra de mampostería suelta, 40 m de longitud y 3,6 m de
anchura, dos tajamares de corte triangular-, que tuvo al lado la ermita de
Montserrat, el hospital de San Miguel y el viejo molino. El agua estancada,
profunda en el centro, está sombreada por la vegetación de ribera.
Poco después una cruz negra,
metálica, que indica el fin del Camino para Rosanna di Verona, año 2006, pone
una nota triste en el paisaje. El paseo fluvial que aquí comienza llega hasta
Pamplona, aunque el Camino continúa por una dura subida escalonada tras la que
se sigue el serpenteo del Arga hasta Zabaldika, antiguo lugar de señorío
nobiliario donde adquirieron heredades los Hospitalarios de San Juan de
Jerusalén en el s. XIII y Santa María de Roncesvalles en el s. XIV. Aquí está
la parroquia de San Esteban -del s. XIII, con una pila bautismal medieval, una
campana gótica del s. XIV y un retablo mayor renacentista-, que es una de las iglesias
abiertas.
El Arga sigue a la izquierda hacia
el gran meandro de Huarte y el Camino gira a la derecha, hacia Arre y su puente
e iglesia de la Trinidad, s. XII, donde un hospitalero extranjero explica el
motivo del nombre. Cuando salgo al aire azul continúo por zona urbana pasando
por Villava/ Atarrabia y Burlada/Burlata, para llegar de nuevo al parque fluvial
de alto valor paisajístico –naturaleza, presas, molinos y puentes históricos-
junto al Puente de la Magdalena, el más importante de los cuatro que cruzan el
Arga en Pamplona -s. XII, tres grandes arcos ligeramente apuntados, tajamares
triangulares y arcos de descarga de medio punto en los apoyos-, cuya entrada
señala un crucero del s. XVI. Los puentes son una de las más grandes
realizaciones del Camino.
La zona arbolada del parque lleva a
la monumentalidad de las murallas -uno de los conjuntos defensivos más
interesantes y mejor conservados de España-, bajo la vieja ciudad de la
Navarrería, cuyo origen está en el s. XVI. El acceso a la ciudad se realiza por
el Portal de Francia, el mejor conservado de los seis que tenía el recinto
amurallado, del s. XVI, por donde salió Zumalacárregui en 1833 para ponerse al
frente de las tropas carlistas. El Camino llega a su primera ciudad, a la que
se accede por la calle del Carmen, llamada en los ss. XIV y XV Rúa de los
Peregrinos. Todo esto me recuerda a mi amiga Mª Ángeles.
El albergue municipal está bien aunque no
permite tender la colada en al patio, lo que impide que se seque. Rutina
habitual, comida en el aire soporífero de las dos de la tarde, siesta, charla
con otros peregrinos que se sientan a evocar el pasado reciente y tarde de
paseo –Pamplona, maravillosa como siempre- y pinchos, en el largo viaje del día
hacia la noche, más larga porque el albergue cierra a las 23 h. Las nubes se
van rompiendo, abriendo paso a un firmamento de estrellas. El sueño me
sobreviene como si se hubiese arrojado sobre mí.


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