lunes, 27 de octubre de 2014

Martes. Orreaga/Roncesvalles-Zubiri.

            La luz se enciende a las 6 h. Otros viajes quedan relegados al desván de la memoria; ahora empezamos éste. Todos –somos mecanismos sincrónicos- preparamos la mochila y, muy importante, ajustamos el calzado porque “cuando el zapato se ajusta bien, nadie piensa en el pie” (Zhuang Zhou). Desayuno ligero y salida, de noche, por un sendero estrecho pero bien delimitado que atraviesa el bosque de Sorginaritzaga, que significa “robledal de las brujas”. Aquí se celebraron algunos de los más conocidos aquelarres del s. XVI, que motivaron una represión que llevó a la hoguera a nueve personas de la zona. El bosque calla, oculta nuestra presencia, y la espesura se traga el sendero y toda la visión del mundo que nos rodea. Es un sitio oscuro, no se ve más que la frondosidad de la arboleda. La llegada a la Cruz Blanca, símbolo de protección divina en el camino que hasta 1880 era la principal vía entre Roncesvalles y Auritz/Burguete, anuncia la llegada a esta última población mientras respiramos el amanecer tranquilo.

            Burguete tiene un magnífico aspecto. Aquí venía Ernest Hemingway a pescar truchas, descansar y disfrutar del paisaje, antes o después de las fiestas de San Fermín en Pamplona. A la salida se cruza el río Urrobi por un puente de tablas sobre piedras. Hay más luz porque vamos por una zona abierta, de gran belleza, de pastizales con ganado, aunque la niebla se cierne sobre el camino, nos envuelve cadenciosa, intercepta el horizonte, forma un extraño halo a nuestro alrededor que nos aísla del resto del mundo. El ligero viento pasa cargado con las voces de otros peregrinos. Me alcanza una que vi ayer, hablamos un poco, pero como va sin equipaje y más ligera se aleja.

            El sol, que escala el horizonte, perfora la niebla al llegar a Auritzberri/ Espinal y el día brinda los colores claros de una mañana que se promete soleada. En la subida al Alto de Mezquiriz, hay cruces hechas con palos en la alambrada. Tras un llano desde el que se ven en la hondonada las fachadas blancas y los tejados rojos de las casas de Mezquiriz envueltas en el verde oscuro del bosque y en el verde claro de los pastizales, llega la larga bajada, con algún tramo solado, hasta llegar al río Erro que se cruza por bloques de cemento altos que dejan pasar el agua entre ellos. El siguiente pueblo es Viscarret, donde desayuno.


            En todo el trayecto nos vamos viendo con otros peregrinos. Hablo con Olegario, que es corredor y que va muy ligero, sin equipaje. Tras Lintzoain, con grandes casonas de piedra -portadas doveladas, pocos vanos, galería de madera, alero saledizo- y un espléndido frontón, comienza la subida al puerto de Erro, larga, dura bajo el sol, con tramos impracticables para las bicis, antes de que el sendero se haga más ancho, llanee, pase por la antigua Venta del Puerto y baje a la carretera, donde hay un bar ambulante. A partir de aquí es un descenso malo, largo, muy malo para las bicis. Hablo con ciclistas que se han bajado de la bici y recuerdo cuando yo también lo hice.



            La bajada sigue hasta Zubiri donde se cruza el puente de la Rabia –dos ojos de medio punto iguales, torreón central a modo de tajamar poligonal, forma de lomo de asno pronunciado, piedra de sillería, restaurado-, sobre el río Arga. En la fuente está Olegario, que también va al albergue El Palo de Avellano, con buenas instalaciones y con mucho estilo, que incluye en el precio un estupendo desayuno. El año pasado también estuvimos y guardamos un buen recuerdo. Rutina y comida. Ha sido una etapa algo dura, por ser la primera, por las subidas y sobre todo por las bajadas, de 21 km y de 400 m de desnivel descendidos. Siesta.


Zubiri, en el kilómetro 21

            Por la tarde paseo por el pueblo, idealizado por la nostalgia, y tranquilidad y lectura junto al puente, donde me abandono a mis sentidos recordando a Pilar, Pepe, etc. El Arga lleva poca agua, pero es rumoroso y permite el baño en una poza. Se está bien, sin calor, salvo por el ruido que hacen los bañistas. Compro fruta, ceno. Hace más viento y hay muchas nubes en el cielo. En el albergue veo mucha gente joven, pero también algún peregrino que está doblando el último cabo de la madurez y alguno que se asoma a la vejez. Nos tumbamos y relajamos el cuerpo dispuestos a dejarnos caer en el sueño.


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