martes, 21 de julio de 2026

San Pedro de la Nave

La iglesia visigoda de San Pedro de la Nave se encuentra en la localidad de El Campillo, término municipal de San Pedro de la Nave-Almendra, en la provincia de Zamora. La construcción del templo se remonta a finales del siglo VII e inicios del siglo VIII, años 680-711, es decir, en los años previos a la conquista musulmana, por lo que puede tratarse de una de las últimas obras del arte visigodo. Quizá vivió aquí el propio San Valerio y, al ser un lugar carente de riqueza, pasó desapercibido a los musulmanes y pudo sobrevivir. La primera cita documental es del 907, año en el que Alfonso III, repoblador de Zamora, le hizo donación de una villa. 

Originariamente tuvo su emplazamiento a orillas del río Esla, pero, al construirse el embalse de Ricobayo, habría quedado sumergido en sus aguas, por lo que se trasladó piedra a piedra entre los años 1930 y 1932. Que se salvase este monumento altomedieval fue debido al celo y prestigio de Manual Gómez Moreno. Hubo intentos de trasladarlo a Zamora, pero se decidió dejarlo en la zona. En el desmontaje aparecieron cuñas de atado de los muros, vigas de madera, fragmentos de ara y altares y lápidas romanas.





Para su construcción se utilizó arenisca de tonos amarillentos, de fuera de la zona. Como es característico de las construcciones visigodas, la primera hilada está colocada verticalmente. Los muros se componen de hiladas de sillares de igual altura, aunque de diferentes longitudes y anchuras. No tenía contrafuertes ni material de relleno, y debió cubrirse con bóveda, lo que provocó el desplome. 

Su estructura es claramente la de una iglesia cruciforme, del mismo tipo que las de Bande, Mata y Melque, pero de un momento posterior, cuando ya en esas iglesias se había añadido a su dedicación funeraria inicial la utilización como iglesia monástica, por lo que en este caso las dependencias laterales existen desde su diseño original en vez de ser un añadido posterior. Las distintas teorías apuntan a un edificio realizado de una sola vez en el siglo VII, a dos etapas y a dos momentos diferentes (visigoda y de repoblación, s. X).





Planta

El templo presenta la orientación litúrgica habitual con una ligera desviación. De estilo visigótico, su primera traza respondía a una planta de cruz griega, si bien luego se trazaron las dos naves laterales que le confieren el aspecto final híbrido entre la planta basilical y la cruciforme. Posee además una estancia a cada lado del presbiterio. El conjunto de todo ello viene a componer una planta rectangular de aproximadamente 16,80 m por 11,20 m del que sobresalen tres capillas: la del cabecero que forma un ábside rectangular, y otras dos en los extremos del transepto. No existió pórtico a los pies. Tiene una gran compartimentación de espacios, como era preceptivo en la liturgia hispánica antigua.




Interior

Consta de tres naves, atravesadas por la de crucero, de la misma altura que la nave central, que las divide en dos zonas muy diferentes: en la occidental las dos naves laterales están separadas de la central por arquerías de tres huecos separados por pilares unidos por arcos de herradura, lo que le confiere aspecto de iglesia basilical, con ventanas, también con forma de herradura, sobre el crucero.  

En la oriental ambas naves se continúan a los lados de la cabecera en dos aposentos comunicados cada uno de ellos con la nave central por medio de una puerta y una ventana de tres huecos, algo que no volveremos a encontrar hasta casi doscientos años después en algunas iglesias asturianas.





El ábside es cuadrado y se comunica con el resto del edificio mediante un arco triunfal de herradura de características típicamente visigodas, sostenidas por dos columnas con capiteles trapezoidales, que muestran la Jerusalén celestial mediante cuatro arquillos de medio punto, el paraíso, sobre los que hay dos serpientes, pecado, y las uvas, sangre de Cristo. Conserva el abovedamiento original en sillería.






Sobre la capilla mayor se dispondría una estancia semejante a las cámaras del tesoro de los templos asturianos, pero en este caso con ventana al interior. Desconocemos para qué se utilizaba.


 




Las cubiertas son abovedadas en medio cañón semicircular peraltado sobre arcos torales de herradura soportados por pilares cuadrados con columnas adosadas, pero mientras las del cabecero y las de los recintos laterales se conservan en su original estructura pétrea, las de los tramos occidentales de las naves son de ladrillo, sobre los primitivos arranques de sillería. Los arcos son de herradura al modo visigótico. El arco frontal del ábside es también de herradura algo más cerrado y descansa sobre columnas adosadas a las jambas.


 




El cimborrio existente en la intersección de la nave central con la del crucero, que tiene una ventana en cada uno de sus cuatro muros, estaba cubierto por bóveda de arista en piedra, que se encontró derruida y ha sido reconstruida en ladrillo.




Si la zona oriental tiene un diseño centralizado en forma de cruz, la occidental cuenta con estructura basilical de tres naves, más ancha la central que las colaterales, y separada de ellas por arcos formeros sustentados en recios pilares. Estos arcos son de medio punto, apuntados, de herradura y algunos cegados.

Llama la atención que el tramo de los laterales más próximo al transepto no se comunica diáfanamente sino mediante dos arcos pequeños. La explicación podría estar relacionada con la liturgia hispánica. 





Las dos estancias se comunican con el presbiterio mediante una puerta y un vano en forma de triple arco de medio punto con columnillas, estando iluminadas por dos vanos. Pudieron tener funciones de celdas eremíticas (ergastulae), capillas, sacristía, aulas, estancias de los monjes, etc.; en la actualidad, la del lado del Evangelio contiene la pila bautismal.


 






Los fustes de las columnas interiores son de mármol, reutilizados de época romana.




 





En el interior de la iglesia existe además un horologio en forma tabular que se puede hallar inscrito en la piedra de los sillares de la parte izquierda inmediatos al arco toral. Por el tipo de letra podría datarse entre los siglos VII y XII. Fue escrito cuando el sillar formaba parte del muro, puesto que las letras se superponen a las marcas de cantería. Solamente aparecen los meses de enero y diciembre, febrero y noviembre. Este tipo de tablas se usaban como referencia para, comparando una sombra de una persona, conocer la hora. Se encuentra a mucha altura para que pudiera ser útil.

 


La impresión de fragmentación del espacio que produce el interior es muy semejante a la que se siente al entrar en Santa Comba de Bande. Todos los arcos, excepto los de paso de los pórticos laterales al crucero que son de medio punto peraltados, son de herradura trasdosados, generalmente de un número par de dovelas, destacando el arco triunfal que existe en la entrada del ábside, sobre columnas con capiteles decorados e impostas incrustadas en los muros laterales. También son de gran interés los cuatro arcos que soportan el cimborrio.

Toda la iglesia posee una magnífica decoración en impostas y capiteles, completamente integrada en la construcción, con tres estilos perfectamente diferenciados:

– El primero, tradicional, con frisos de sencillas decoraciones geométricas en talla a bisel y tallos ondulados con racimos muy toscos:  capilla mayor, capiteles y cimacios del arco toral, fajas decoradas que recorren los muros, impostas de los arcos exteriores y columnitas de las ventanas.

– El segundo de una calidad excepcional, atribuido al llamado “Maestro de Nave”, se observa en los frisos con tallos con hojas y racimos, máscaras, cuadrúpedos y aves: impostas de arranque de las bóvedas de las naves y de los arquillos de la cabecera de las naves laterales, las cuatro columnas del crucero, y capiteles decorados con aves.

– Y, por último, quizá del mismo taller que el anterior, pero con una nueva temática, en dos de los capiteles del crucero que contienen historias religiosas como el sacrificio de Isaac, Daniel en el foso de los leones o figuras de algunos apóstoles, del mismo tipo de otros restos decorativos del siglo VII.


La escultura

La escultura más cualificada aparece en los capiteles de las cuatro columnas con basas y capiteles piramidales en los vértices del crucero. Las representaciones más importantes pertenecen a dos de ellas: Daniel confinado en el foso flanqueado por los dos leones que se someten a sus pies (se asemeja a las representaciones de miniaturas mozárabes, pero aquí los leones aparecen bebiendo agua del fondo del foso, de donde surge Daniel, lo que implica un pasaje de salvación desde el bautismo; su composición es la misma que la de los animales afrontados al árbol de la vida) y la del Sacrificio de Isaac por parte de su padre Abraham (prefigura el de Cristo y parece probable que se copiase de una miniatura).





En los cuatro laterales aparecen las figuras de San Pedro (portando una cruz en su mano derecha y un libro con la inscripción "LIBER" en la izquierda), San Pablo (que se muestra con un rollo de cartas o epístolas en su mano derecha), Santo Tomás (con un libro o inscripción que lleva el texto "EMMANUEL"), San Felipe (aparece sujetando un objeto sobre su cabeza de difícil identificación).




Capiteles de las aves del paraíso, tal vez pavos reales, picoteando vides en clara referencia al sacrificio de Cristo: las aves serían las almas de los hombres y las uvas la sangre de el Salvador. Las caras de los laterales y esquinas representan a mártires y santos.

 




El resto de las cenefas recorren los paramentos con secuencias de temas simbólicos y alegóricos como cruces patadas inscritas, racimos de uvas (Eucaristía), círculos con radios curvos, aves, etc.


 


Exterior

Fue realizada con sillería arenisca rojiza de talla regular, bien cortada y asentada en hiladas de gran regularidad, muy bien aparejadas sin uso de argamasa, a hueso. Dispone de contrafuertes únicamente en un tramo de la nave, parcialmente absorbidos por los dos pórticos añadidos.

En el exterior, fachada noroeste, hay indicios de una posible estancia monacal del tipo almacén, granero, etc. que no se ha conservado.

La iglesia tiene tres puertas al exterior, una al final de la nave central y las otras dos, una a cada extremo del crucero.

 

La decoración se limita a los brazos del crucero, subrayándose las impostas de los arcos de las puertas con símbolos cristológicos esquemáticos. El único capitel conservado en las ventanas geminadas, en el lado nordeste, se decoró con un racimo (alude a Jesús). La iconografía evoluciona desde los pies a la cabecera, de lo narrativo a lo simbólico. Se ha atribuido al trabajo de dos maestros o a dos fases, pero quizá tenga intencionalidad iconográfica: los fieles (el pueblo llano) ocupaba desde los pies de la iglesia hasta el crucero y más allá, en la zona de decoración más compleja, se situaban los clérigos. 





Bien por modificaciones o derrumbes, se realizaron diversas modificaciones a la estructura original, quedando parte del periodo visigótico (ábside, presbiterio, aulas, cubículos, dormitorios de monjes, sacristías) y parte de los periodos románico y gótico (pórticos Norte y Sur, naves y pórtico Oeste).






La leyenda de San Pedro de la Nave

Conocida como la leyenda de ‘Los Santos Barqueros’, la historia relata el origen de la iglesia de San Pedro de la Nave. La leyenda cuenta la historia de Julián, un noble extranjero que un día cuando se disponía a cazar un ciervo, éste se plantó ante él y le dijo que un día mataría a sus padres. Asustado por la predicción, se alejó de sus padres en tierras lusitanas y comenzó una nueva vida. Recompensado con tierras y cargos, tras ayudar a un príncipe, se casó con una mujer llamada Basilisa. Cegado por los celos, Julián urdió un plan para comprobar si su mujer le era fiel y fingió irse de viaje para espiarla. Llegaron sus padres de visita y Basilisa les ofreció su lecho para pasar la noche. Desconocedor de la visita, al espiar Julián el dormitorio y ver que en la cama dormían dos personas, ofuscado por los celos, los mató. Al huir del lugar, Julián se topó con Basilisa quien le relató que eran sus padres los que estaban en su lecho.

Ante tal horror, Julián vendió todos sus bienes y se fue junto a su esposa a tierras de Zamora. Asentados junto al río Esla, levantaron allí un templo en honor a San Pedro además de un hospital. Para ayudar a los peregrinos que se dirigían a Santiago de Compostela, la pareja también dispuso una barca para que pudieran cruzar el río. Hecho por el que empezó a conocerse la ermita como la de La Nave.

Cuentan que uno de estos peregrinos a los que ayudaron, un leproso, antes de irse dio un mensaje a Julián en el que le decía que Dios estaba satisfecho de su penitencia. A los pocos días, Julián y Basilisa fallecieron, y el sarcófago de piedra que está a los pies del templo sería su último lugar de reposo.





La visita se termina en el centro de interpretación, camuflado en el acceso a la iglesia, que cuenta con algunos de los hallazgos en el traslado y con unos paneles informativos.






 

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