Somosierra
Llueve. Cuando amanezco al día, llueve. Compruebo que
arrecia la lluvia en el baile desenfrenado del viento. El alba debe estar
despuntando, pero, bajo las espesas y pesadas nubes, no se aprecia. Es una
mañana de mal amanecer. Las previsiones, más optimistas, impiden las dudas. El
objetivo de la salida es la
Dehesa boyal o Bonita de Somosierra, una
ruta sencilla, de unos cinco kilómetros de silencio, con un desnivel positivo
de 259 m y con escasa dificultad. Aunque puede recorrerse en cualquier
estación, el otoño parece la época más indicada. Salimos afrontando los kilómetros
de lluvia que quedan. Es aún de noche, aunque se empieza a sentir el pesado
desperezo del alba, que tiñe de gris los contornos de la carretera. Empieza a
clarear. El día va naciendo entre nubes bajas, que se van aclarando hasta
desaparecer. El sol dura unos cuantos kilómetros para desaparecer después bajo
la niebla en lo alto del puerto.

La ruta comienza en
la depuradora, antes de llegar a la población, a la izquierda de la carretera,
donde puede estacionarse el coche. La niebla espesa se traga el paisaje. Tras
cruzar la N-I nos detiene una puerta con un letrero que avisa de los días de
cacería y del cierre de las puertas que atravesemos. Poco después llega un
coche de la Guardia Civil y los agentes nos avisan de la cacería de jabalí
programada para hoy, advirtiéndonos para que extrememos la precaución si oímos
tiros o ladridos. Ascendemos hasta una división del camino en tres, tomando el
central y siguiendo, bajo el tenaz asedio de la vegetación circundante, hasta
el arroyo de la Dehesa, que hay que cruzar fácilmente por unas piedras.

El otoño emerge en
medio de la densa niebla que ocupa hoy toda la zona difuminando y apagando los
colores. Se siente la extraña impresión de hallarnos separados del mundo,
reducidos a nosotros mismos, mientras los árboles desfilan a nuestro lado,
huyen detrás de nosotros a derecha e izquierda. Hace fresco y el aliento forma
pequeñas nubes.
Vamos por un tramo
de perfecto camino limitado por paredes de piedras cubiertas de musgo, cuyo
verde intenso y brillante contrasta con el marrón apagado de las hojas de roble
que tapizan el suelo.
La vegetación se
adensa con avellanos, robles, acebos y abedules, con algunos ejemplares
magníficos. El ascenso nos lleva a una pista, que tomamos hacia la izquierda.
Como seres
fantasmagóricos surgen de entre la niebla unos caballos que observan
despreocupados nuestro paso silencioso mientras pastan tranquilamente. Parecen
acostumbrados a ver caminantes.
El camino nos ha
llevado sin pérdida hasta la Fuentefría.
Un letrero indica, antes de seguir, la visita al Mirador.
Hay que bajar en
perpendicular a la pista, adivinando la dirección puesto que no hay camino,
mientras un grupo más numeroso de caballos advierte nuestros medidos y
cuidadosos pasos.

El Mirador, centrado en una enorme roca rodeada de
vallas, ofrece una magnífica panorámica. El arroyo queda debajo, a cierta
altura. El verde tapiza los fondos de valle y las laderas boscosas hasta que la
altura lo permite. En invierno dominará el color blanco, aunque quede algo del
toque cobrizo del quejigar. Pero el otoño posee una paleta de colores muy
particular y distintiva: ocres, amarillos, marrones, algún rojo, se mezclan en
el paisaje. Las hojas de los árboles tienen tonos mayoritariamente amarillos y
naranjas en su pigmentación que se revelan durante esta época. El despliegue de
colores en el otoño rinde al visitante: del amarillo al marrón del abedul, los
tonos cobrizos de los avellanos, del fuego al púrpura del roble. Es el broche
de oro de las estaciones, dependiendo de cada especie el momento en el que los
árboles comienzan a decolorarse.

En esta ocasión al
colorido otoñal le falta todavía una semana para lograr su esplendor y, además,
la niebla de hoy no ayuda a valorar el cromatismo del bosque. Desplegado sobre
el conjunto se ve un cielo sucio.
Esta fotografía,
sacada de Internet, muestra la belleza posible de la zona que a nosotros no nos
ha sido dado contemplar.
Hay que desandar el
camino, en ligero ascenso, hasta la fuente, dando un pequeño rodeo para no
molestar a los caballos.
Al lado de la
fuente hay un curioso abedul con el tronco horizontal y pegado a la tierra.
La niebla matinal va levantando conforme el sol tiene más
fuerza, aunque jirones desgarrados de la gran nube quedan adheridos a la densa
vegetación arbórea. El camino ha desaparecido y tenemos que cruzar el arroyo.
Si giramos a la izquierda, el paso puede ofrecer alguna dificultad puesto que
va más abarrancado, por lo que una buena opción, haciendo una mental labor
cartográfica, es dirigirse de frente y algo a la derecha para poder cruzar a la
altura que llevamos.

Esta zona después de la fuente está desarbolada y
saturada de la apagada luz del débil sol mañanero. Hace menos frío y se está
bien. Es el momento de descolgar la mochila y sacar el termo de café y un
ligero tentempié mientras se piensa en el otoño, estación ambivalente como
ninguna otra. La disminución de la luz influye en el estado de ánimo y alienta la
necesidad de recogimiento y calma. Cuando los árboles se vuelven otoño, la vida
es como el silencio otoñal, la vida habitada por el silencio hasta la llegada
de la primavera. Mientras que ésta es exterior, un grito de la naturaleza, el
otoño es una estación recatada, interior. Esto es lo que se dice, pero no tiene
que ver con nosotros. Este maravilloso espectáculo de la naturaleza que es el
otoño merece verse. No nos quedamos en casa, sino que salimos a pisar las
alfombras de hojas caídas que tapizan los bosques vestidos de otoño, en una
situación que no dura muchos días y que hay que aprovechar para guardar este
gran cuadro en nuestras retinas. El cielo está ocupado por la niebla, muy gris,
pero en esta estación se mira a la tierra, a los árboles, en los que se ve el
oro del otoño. El fuego del otoño quema el bosque. Una zona de calma nos
envuelve.

Tras cruzar el
arroyo, un muro de piedra a modo de valla nos sirve de guía. Hay que seguirlo
en descenso y otro arroyuelo -el agua es la conciencia del paisaje- nos guiará
hasta una zona encharcada de prados con aterciopelado césped que se cruza con
pasos cautelosos.
Finalmente se llega
a un espacio abierto de cuya parte superior sale un camino que nos lleva, ya
sin posibilidad de extravío, hasta el pueblo. Al final de este camino
encontramos varios coches con remolques llenos de perros que van a empezar la
cacería. Nosotros hemos podido hacer el recorrido completo sin ningún
inconveniente.
Somosierra se encuentra al norte de la Comunidad de
Madrid, situada a 1433 m de altitud, en el puerto de montaña homónimo,
divisoria de las cuencas fluviales del Tajo al sur y del Duero al norte. Está
situada en un entorno natural espectacular, con características de alta montaña,
vegetación de prados y plantas de poco fuste que alternan con masas forestales.
Cuenta con 95 habitantes (INE 2024) y es la localidad más septentrional y la de
mayor altitud de la Comunidad. Su estratégica situación de paso obligado entre
las dos Castillas, entre las dos mesetas, ha hecho que su vida se haya
desarrollado, además de la agricultura y ganadería, gracias al comercio y los
servicios a los viajeros, aunque, modernamente, también se ha dedicado al
turismo rural.

El territorio fue repoblado o fundado en tiempos de la
ocupación cristiana de Buitrago, dentro de la Comunidad de Villa y Tierra de
Sepúlveda, y fue cobrando importancia a lo largo de la Edad Media. El hecho de
mayor importancia tuvo lugar el 30 de noviembre de 1808, la
batalla de
Somosierra contra las fuerzas francesas de Napoleón durante la Guerra de la
Independencia. Durante la Guerra Civil, aquí estuvo el frente.
Un paseo corto y sencillo es el que lleva hasta la
Chorrera de los Litueros, la más alta de la Comunidad.
En esta pequeña población puede verse la Iglesia de Ntra
Sra de las Nieves (siglo XVIII, reconstruida tras la Guerra Civil), el Monumento
al Camionero, la Casa del Cura (Museo de la Batalla de Somosierra), el Parque
de las Madres, el Potro de Herrar, la antigua fragua, etc.
Sólo queda descender por el lado izquierdo de la
carretera el escaso trayecto hasta la depuradora, donde hemos dejado el coche,
para dar por terminado este agradable paseo. El aparcamiento está lleno y
muchas personas, aquejadas de la enfermedad contagiosa del senderismo, se
aprestan a iniciar la ruta. Todas estas maravillosas peculiaridades cromáticas
no dejan indiferente a nadie.
“El otoño es una segunda primavera, donde
cada hoja es una flor” (Albert Camus).
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