miércoles, 5 de noviembre de 2025

Los Pozos del Aljibe

El alba se desliza entre las cerradas persianas y la incipiente luz exterior del día se mezcla con las sombras. El día comienza a penetrar en el dormitorio. El oriente ha venido aclarándose de una manera paulatina, desembocando en un día gris, con niebla alta, nublado, sin tibieza aún, pero con posibilidades de llegar a ser un día agradable de otoño. El día va aclarando lentamente, retrasado de luz con relación a la hora, pero no llueve, ni lloverá según las previsiones.

Roblelacasa es una pedanía de Campillo de Ranas situada cerca del pico Ocejón, en la vertiente septentrional de la sierra de Ayllón, a 1.100 m de altitud, que cuenta con 23 habitantes -15 hombres y 8 mujeres- (INE 2024; a mediados del siglo XIX tenía unas 40 casas y ya pertenecía a Campillo de Ranas). Sus casas son ejemplos representativos de la Arquitectura Negra de la comarca. Las viviendas originales son de una planta con cámara y cubierta con los característicos faldones. En la planta baja se sitúa la cocina-hogar, recinto principal de la casa al que se abre la boca del horno, que se adosa a la fachada, formando el característico volumen de planta semicircular al exterior. Conserva los restos de una iglesia de nave única.

Las calles no vertebran, sino que el urbanismo es el resultado del agrupamiento caótico de las viviendas y otros edificios, conformando un conjunto de belleza anárquica y asimétrica, con un laberinto de calles y callejones, que dan como resultado un conjunto homogéneo de edificios de pizarra, casi siempre adosados, que definen el fuerte carácter rural, reflejo de economía humilde y autárquica. Se da el empleo masivo y homogéneo de los mismos materiales como son la pizarra y la madera. Las cubiertas y la mampostería de los muros están realizadas a base de lajas de pizarra, utilizándose las más gruesas para la construcción de los muros y las más finas y de mayor tamaño para las cubiertas, solapándose unas con otras gracias al empleo de adobe (mortero de barro y paja). Además, hay un rico patrimonio etnográfico de cercas, corrales y tainas.


Los Pozos del Aljibe son unas cascadas que forma el arroyo de Soto al salvar unos escarpes cuarcíticos en las proximidades de su confluencia con el río Jarama. La ruta discurre por jarales con pies sueltos de encinas y robles, bosquetes de rebollar y zonas de pradera. En las márgenes hay vegetación de ribera con sauces, fresnos, chopos y espinos. La zona es área de campeo de buitres leonados, águilas reales, busardos ratoneros, águilas calzadas y milanos reales y, en los bosquetes de robles, es posible avistar picos picapinos, pitos reales y pequeñas aves como carboneros o herrerillos. 


El cielo está muy nublado, aunque con nubes altas. Las previsiones no anuncian lluvia. La ruta tiene una longitud de unos seis kilómetros, ida y vuelta. Se sale de la plaza (fuente con agua potable) por un callejón a la derecha que nos lleva al camino que sale del pueblo, donde encontramos otra fuente. El sendero marca el camino, dejando el pueblo en panorámica a la izquierda. 



Hay que abrir una puerta y dejarla de nuevo cerrada; la valla metálica de alrededor ha desaparecido, por lo que la puerta ya no tiene sentido, pero, para no vulnerar el protocolo del perfecto visitante -indicado en unos carteles-, pasamos por ella y la dejamos cerrada. La mayor parte del camino se desarrolla por pista de tierra con balizas blancas y amarillas. El descenso es algo fuerte en alguno de los tramos, con una zona intermedia más suave. 


En un momento determinado ya vemos el puente de los Trillos (suelo formado por dos trillos soportados por vigas de madera) o de Matallana por debajo, pero un cartel en una bifurcación nos avisa de las cascadas hacia la izquierda. Este trayecto, abandonado el camino, se realiza por una senda estrecha, manchada de sombra, que recorre a media ladera el espacio que nos falta.

 

Llegamos a la vuelta del sendero, a un lugar tan recóndito en el que, remontando la escala del tiempo, parece estar escondido el secreto de la vida. Con la humedad del arroyo parece sentirse en esta mañana templada algo del aliento perfumado del verano, olores vegetales. Un puente de madera nos lleva al otro lado del arroyo antes de las cascadas. Un cartel informa del riesgo de caídas en la zona por resbalones, pero, con cuidado, con pasos inciertos y cautelosos, es posible acceder a un mirador vallado desde el que contemplar las cascadas a suficiente altura, con su exiguo caudal de aguas quebradas ligeramente en espumas que forman un boceto, un proyecto de cascada.


La cascada está compuesta de dos caídas sucesivas que suman doce metros de altura: la primera, de entre tres y cuatro metros y la segunda de entre siete y ocho metros. Esta escalera fluvial crea un par de balsas con forma de aljibe. La época en la que más agua tienen suele ser la primavera, sobre el mes de abril, aunque varía según la meteorología. En cualquier caso, el espectáculo es majestuoso y resulta un buen momento para descolgar la mochila, sacar el termo y tomar un café con un tentempié. 



Regresamos por el mismo sendero hasta la bifurcación con el cartel, donde nos hemos desviado antes, y ahora bajamos, en descenso pronunciado, hasta el puente, que también se llama de Matallana porque el pueblo está a unos 700 m, aunque no es visible desde aquí. El paso por el puente viejo, que está debajo del nuevo, debió ser arriesgado, pero era la única posibilidad. Debajo, el río Jarama se ha labrado un lecho profundo y duro en un valle estrecho. La idea era ir al pueblo de Matallana, pero un inicio de lluvia nos hace renunciar.




El desnivel es fuerte en este tramo más cerca del río, que discurre a menos de 940 m de altitud. En un momento se aprecia escasamente la iglesia de Matallana en la lejanía, escondida tras los árboles. Ese pueblo fue afectado por la construcción del embalse del Vado y quedó expropiado para reforestar. Continuamos por un tramo de pendiente más suave que nos permite apreciar mejor el bello colorido de los robles que puntean el paisaje, dominado por la omnipresente jara. De nuevo el camino gana altura rápidamente en otro tramo más duro, donde nos adelanta una moto que deja ruido y un tufo a gasolina impropios de este lugar.




Desde este lugar en alto, desde el que se puede pasear una larga mirada, los campos y los bloques de árboles desfilan en el paisaje, con las suaves ondulaciones de la tierra allanándose ante ellos en un horizonte huidizo. La mirada acaricia los lujosos colores de otoño y los cambios de tonalidad que producen una agradable animación visual. Dilatamos la mirada sobre la extensión del jaral y sobre las copas de los árboles, con las modulaciones del color como notas para un paisaje. Absortos, cerradas las compuertas de los demás sentidos, concentramos la vida en una percepción visual, en una melancolía vegetal en la que lo verde ha dado paso a otros colores más claros.



Más adelante el camino llanea suavemente hasta el desvío por el sendero que nos lleva directamente al pueblo. El paisaje tiene cuerpo de roca, de pizarra y cuarcita, que se aprecia en el suelo, en las paredes de valla de los lados y en las casas.




Un espléndido ejemplar de encina, la puerta por la que de nuevo pasamos y la fuente nos ponen en el pueblo, en la plaza, a 1.100 m de altitud, y donde la única apariencia de vida son unos albañiles que trabajan en una casa en construcción, cubriendo con lajas de pizarra el alma de ladrillo de la edificación. 





Recorremos el pueblo en soledad, apreciando el tipo y materiales de la construcción tradicional de una cultura que ha desaparecido. Nos queda dirigirnos hasta el aparcamiento señalizado, donde hemos dejado el coche, y marchar a otro lugar puesto que aquí no hay servicios de restauración, al menos en un día entre semana.

 





La última visión del pueblo es la curiosa parada del autobús, que tiene buzón de correos, libros y juguetes a disposición del que llegue. Magnífico ejemplo de ciudadanía.

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