Alcalá de Henares (VI)
Ignacio de Loyola (Íñigo López de Loyola) llegó a Alcalá en 1526, residió primero en el hospital de Santa María la Rica y, más tarde, en el hospital de Antezana, donde cocinaba para los enfermos a cambio de techo y comida. En la ermita del Cristo de los Doctrinos impartía doctrina cristiana en el patio donde también lo hicieron otros profesores ilustres como San Juan de la Cruz o San José de Calasanz. Se marchó de la ciudad al año siguiente de su llegada porque la Inquisición le prohibió que predicara sin titulación ni licencia, lo que hacía también en el patio del hospital de Antezana. Apenas veinte años después de su llegada, los Jesuitas fundaron su primer colegio universitario en Alcalá, cerca de la ermita donde se erige un monumento en su honor, trasladado ya en el siglo XVII a la calle Libreros, donde se erigió el Colegio Máximo en la iglesia de Santa María la Mayor.El primer propietario y autor del proyecto de este palacio fue personaje destacado en Alcalá, alcalde entre 1891 y 1893. Trabajó con restaurador, constructor y pintor, en la rehabilitación del palacio Arzobispal. Destacó en pintura decorativa y escenográfica y fue miembro de la Real Academia de San Fernando.
El Colegio Menor de San Ciriaco y Santa Paula (patronos de Málaga) es conocido como Colegio de Málaga al ser fundado en 1611 por Juan Alonso de Moscoso, obispo sucesivamente de Guadiz-Baza, León y Málaga. Había estudiado en el Colegio Menor de la Madre de Dios y fue catedrático del Colegio Mayor de San Ildefonso. La construcción se inició hacia 1523 bajo la dirección de Juan Gómez de Mora, con Sebastián de la Plaza como maestro de obras, y fue acabado casi a finales de siglo por otros dos alarifes. Es el más grandioso de los colegios menores y modelo de la arquitectura barroca madrileña. Es edificio de dos alturas rematado por dos torreones, en fábrica de ladrillo, organizado en torno a dos patios separados por espléndida escalera de estilo imperio rematada con cúpula ovalada.
En uno de los patios del Colegio de Málaga se encuentra
una gran fuente, obra de Miguel de Arteaga (1769), decorada con una cabeza de
león con sus fauces abiertas. Una antigua costumbre alcalaína, cuando una dama
dudaba de la fidelidad de su enamorado, era llevarle ante la fuente y obligarle
a jurar sobre su fidelidad metiendo la mano derecha en la boca del león.


















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