La Constante.
Antes de 1844 Hiendelaencina era una pequeña y
desconocida población de menos de 200 habitantes que vivían en unas 50 casas de
piedra amasada con barro y techadas de pizarra, en tres barrios sin mucho orden
y con un marcado carácter rural. Se dedicaban a la agricultura de centeno y al
pastoreo. Comerciaban en los mercados de Jadraque, Atienza y Cogolludo.
Don Pedro Esteban Górriz, topógrafo navarro, trabajó para
medir los montes de Robledo y Aldeanueva, por lo que estuvo en Hiendelaencina
en 1840 y debió ver el crestón donde afloraba el mineral en Cantoblanco. Un
proceso judicial le llevó a la cárcel y al destierro, pero volvió y encontró
apoyo para su proyecto en las gentes de la sierra. Buscó socios, entre ellos
Don Antonio Orfila, administrador del duque del Infantado, y empezaron con las
minas Santa Cecilia, Suerte y Fortuna. La actividad minera era febril, pero los
escasos recursos y las atrasadas técnicas hacían que el mineral se acumulase
sin salida.
El ingeniero inglés John Taylor estaba en las minas de
Linares (Jaén) y vino a Hiendelaencina para comprobar el descubrimiento. Sus
ensayos debieron ser positivos porque presentó una proposición para abrir una
fábrica de beneficio que daría salida al material acumulado. Con ese objeto, el
de producir lingotes de plata, surgió La Constante. La fábrica necesitaba para
su funcionamiento una fuerza motriz que sólo podía darle el agua. Localizaron
el emplazamiento de La Vega del Molino de los Ratones, término de Gascueña de Bornova,
donde la pendiente del río alcanza el 6% y se construyó una presa, con sección
en forma de trapecio, un canal hasta los edificios industriales y otros para
evacuar el agua utilizada. Al instalarse aquí evitaban la alta fiscalidad que
como distrito minero existía en Hiendelaencina.
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Producción durante el periodo de los ingleses (p. 194) |
En Londres fundaron la compañía La Bella Raquel,
estableciendo una sociedad de accionistas. En 1845 se realizó el primer
contrato de arriendo con la sociedad Santa Cecilia. Siguió una época
floreciente. El negocio funcionó porque compraban barato y vendían más caro.
Además, como había mucho material extraído, no recibían minerales de menos de
1,5-2 onzas por quintal. La Constante era un pueblo lleno de vida, de aspecto
inglés y de escrupulosa higiene. No faltaba nada: había escuelas, hospital,
casino, teatro, comercios, etc. La urbanización del conjunto industrial se hizo
mediante un trazado en retícula, con seis calles que desembocaban en plazas
(principal, de las Caballerías, de los Talleres).
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Plaza de las Caballerías a finales de los años 20 ( p. 198) |
Los habitantes eran 70-100 vecinos, ingleses la mayoría,
incluso carpinteros, herreros, etc., quedando los españoles como guarda,
jornalero, sirvientas. También venían diariamente obreros de Gascueña y Robledo,
por caminos de herradura y sendas rurales, porque la carretera sin pavimentar
venía de Hiendelaencina. El nivel de vida era alto y las clases sociales se
manifestaban en las viviendas: las de los “amos” tenían acabados de calidad.
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Reconstrucción virtual. Vista frontal (p. 213) |
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Subida al barrio Cimero a finales de los años 20 (p. 200) |
La mayor parte del mineral beneficiado se vendía a la
Casa de la Moneda de Madrid, aunque en épocas de mayor auge se embarcaba desde
Cartagena hasta Inglaterra. El valor de la mercancía hizo extremar las medidas
de seguridad en el transporte y en el trabajo: los trabajadores eran
registrados a la entrada y salida de sus turnos. Como las instalaciones no eran
suficientes, se ampliaron en 1850, aunque el mineral disminuyó en 1855 y hasta
1860 fue un periodo de decadencia. Después volvió a aumentar la producción,
pero desde 1866 se produjo un gran descenso hasta 1879, momento en que la
producción dejó de ser rentable y los ingleses decidieron vender la fábrica.
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1924 (p. 201) |
Quedó en manos de tres trabajadores españoles, uno de
ellos Juan Arroyo García, natural de Humanes (Guadalajara), momento en que la
población no llegaba a 80 personas. La situación era mala porque apenas se
extraía mineral y los beneficiados procedían de escombreras. A principios de
los años 80 llegó Don Benito Ibave Cortázar, involucrado con el pueblo de
Gascueña, donde está enterrado. Parte del poblado estaba en ruinas, por lo que
solicitó el cambio de clasificación de la finca para pagar menos impuestos.
Continuó el periodo de decadencia.
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2010 (p. 201) |
En 1892, la llegada del banquero francés Monsieur
Bontoux, famoso por una quiebra, revitalizó la extracción, manteniéndose hasta
1917, cuando comenzó la decadencia final que concluyó con el cese en 1926.
Siguió funcionando únicamente como molino harinero y se mantuvo la vida con
labores de cultivo, ganadería y molienda de trigo y cebada. Durante la Guerra
Civil fue saqueada y la maquinaria de producción eléctrica resultó destruida.
Después volvió la actividad pero el régimen franquista limitó la molienda e
impuso multas.
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Plano. Verde: zona industrial; rojo: zona residencial; morado: zona de servicios; gris: antiguos barrios desaparecidos con la marcha de los ingleses. |
En 1957 se realizó la última venta, a Gregorio
Pérez-Lobo, desguazándose lo que resultaba útil y quedando la finca como
residencia esporádica en periodos de vacaciones. Se plantaron chopos que
cubrieron la superficie del poblado y, al crecer, degradaron más los restos
arquitectónicos. Actualmente está ruinoso y abandonado, asilvestrado, salvaje.
Imagen desoladora para el brillante pasado de estos restos.
Los
datos de este artículo y muchas de las fotografías están extraídos del libro
“Minas de plata de Hiendelaencina. Territorio, Patrimonio y Paisaje. Ángeles
Layuno (dir.) UAH. Artículo nº 7. La Constante, fábrica de beneficio de
minerales de plata. Ana Parra y Gloria Viejo, pp.183-213.
Gracias José Luis por el relato tan agradable que has hecho después de visitar Hiendelaencina y el Centro de interpretación El país de la plata, una forma de difundir nuestro patrimonio y animar a visitarlo.
ResponderEliminarTe invitamos a las X Jornadas mineras que se celebrarán el día 21 de septiembre.
Un saludo.