domingo, 14 de enero de 2018

Las Tetas de Viana.




Salimos de noche. El día no ha levantado todavía pero vamos avanzando hacia el alba que pronto va
tiñendo de gris la mañana. Han pasado las horas nocturnas y Eos, la diosa de la aurora, ya está aquí ahuyentando las sombras. Despierta al día el campo. Las nubes se colorean con lo que parece el resplandor de un lejano incendio y el amanecer sangriento nos sale al encuentro en Cifuentes. Con las primeras palpitaciones del día, tras el austero y pálido amanecer color lavanda, que dilata las perspectivas, llegamos a Trillo, confirmamos la inscripción y nos reunimos con nuestro guía, Dani. Estamos a 732 m de altitud.


Una antigua expresión popular, de cuando había carretas, decía que “tiran más dos tetas que dos
carretas”, pero estas dos tetas de Viana han tenido hoy poco tirón. Somos once senderistas, siete de los cuales venimos de Tórtola de Henares. Salimos a la hora indicada, en subida, por el camino de Viana, SL-1 (Sendero Local). La ruta está muy señalizada: colores verde y blanco, letreros, paneles informativos, etc. A partir del circuito de motocross se deja el asfalto y se sigue ascendiendo, algo por camino y la mayor parte por senda. El otoño ha cedido por fin paso al claro escenario del invierno, la helada nocturna ha endurecido el camino y se anda bien, entre matas de verdor y murmullos de frondas.

Pronto se llega a las rocas llamadas la Silla de Caballo, desde donde se ve el Real Balneario de Carlos
III y poco después a una grieta en la roca, la Entrepeña. La deseada lluvia de los días pasados ha lavado los árboles, las encinas –el árbol más abundante-, quejigos, enebros y sabinas que forman este magnífico bosque mediterráneo que se ha cerrado a nuestro alrededor y que acoge fauna como jabalí, corzo, gineta, gato montés, zorro, etc. Tonos del paisaje: horizontes recortados, nubes altas. Hacemos algunas paradas en las que nos reagrupamos y atendemos las explicaciones de Dani sobre las cualidades del bosque, los bioindicadores como los líquenes, etc.



En nuestro continuo ascenso, respirando la normalidad de la mañana, llegamos a una zona más
abierta. Los pinos –carrasco y negral principalmente- van sustituyendo progresivamente a las encinas y recuerdan antiguas labores como la recogida de piñones y resina y la corta de madera, transportada río abajo por los gancheros. En los claros aparecen tomillo, espliego, enebro, aliaga y, en zonas más húmedas, la gayuba, que no sólo es tapizante sino que tiene un porte más alto. Hay un control total y absoluto de este despejado escenario. A la derecha aparecen las humeantes torres gemelas de la central nuclear exhalando blanco vapor, y de frente, con la majestad de un templo antiguo, las gemelas tetas de Viana, cubiertas de apretada vegetación hasta el roquedo de la cima. En ellas se aprecia bien una parte de la opinión del dramaturgo noruego Henrik Ibsen: “las multitudes y las montañas se unen siempre por la base”.



Pasamos por una densa zona de quejigos cubiertos de líquenes que ofrece un fantasmal aspecto
mientras el día va abriendo y las nubes van disminuyendo. Vamos recorriendo el sendero que cruza por la ladera Norte de la teta más oriental hasta el collado entre ambas tetas. Este terreno arcilloso está completamente embarrado. Aprovechamos el punto de control para beber y comer mientras vemos el paso de los primeros corredores (Trail Larga Distancia 42 km, Trail Media Distancia 18 km y Trail Media Distancia por Equipos de cuatro miembros 18 km) que ascienden por el SL-2 hasta la cima de la teta occidental.



Las tetas de Viana –conocidas también con otros nombres, Alkalatem, Peñas de Braña, etc.- son dos
montañas gemelas, dos muelas, dos cerros testigo, con una base arcillosa muy erosionada por arroyos y ríos y una alta cima en la que aparece el nivel de las calizas lacustres del Terciario Superior y cuya verticalidad las hace casi inaccesibles. Su singularidad, dos juntas y de parecido tamaño, las ha llevado a ser declaradas Monumento Natural y además representan los valores geológicos y geomorfológicos de la Alcarria, siendo el centro de un paisaje muy variado que incluye páramos o “alcarrias” (llanuras altas), valles encajados surcados por los ríos Tajo y Tajuña, campiñas planas en el fondo de los valles y laderas de fuertes pendientes.

Camilo José Cela, en su “Viaje a la Alcarria” las describe así: “Al salir al terreno llamado de la fuente
de la Galinda aparecen erizadas, violentas, las Tetas de Viana … A las faldas de las Tetas de Viana hay unos prados de yerba tierna, verde, rodeados de zarzas y de espinos. … Para subir a las Tetas hay que salirse del atajo. La de allá tiene una escalera de madera hasta arriba del todo; durante la guerra fue un observatorio … Las dos Tetas son casi exactamente iguales vistas desde el norte, quizás la de poniente sea algo más alta. Tienen forma de cucurucho cortado antes de la punta y terminan, cada una, en una mesa de bordes rocosos y cortados a pico que deber ser difíciles de escalar. …”

Con el ánimo y la determinación de quienes persiguieron el vellocino de oro, con la mochila y la
felicidad al hombro, seguimos el ascenso de los corredores por un tramo rocoso muy empinado, rodeados por la caliza, atravesamos una grieta con mucho desnivel y llegamos al inicio de la escalera metálica que permite el ascenso a la teta más meridional o Teta Redonda, donde hay un gran atasco producido por el elevado número de personas que queremos subir o bajar. La marcha se ralentiza. Antes hubo otras escaleras que llevaban hasta una atalaya en lo alto debido a su importancia estratégica ya desde la Baja Edad Media. Por fin conseguimos subir y llegar a lo alto, al techo de la Alcarria -1.144 m.- de la que es referencia geográfica. La peculiar cima plana ha generado historias sobre posibles asentamientos, como el aquelarre de brujos de la comarca en las noches de plenilunio.



El campo visual se ha ampliado de manera extraordinaria. Ante nuestros ojos aparecen los pueblos de
los alrededores, incluso algunos lejanos, los meandros del Tajo, y la otra teta sobre la que se han concentrado las rapaces que anidan en los escarpes y que convierten esta zona en una ZEPA. Desde lo alto vemos la fila de corredores, como hilera de hormigas, que sigue subiendo. Aludiendo a la dificultad de la subida, que no es tanta, un refrán decía: “Tetas de Viana, muchos las ven pero pocos las maman”. Nosotros somos de los pocos.



El atasco se reproduce aumentado a la bajada y un viento adusto nos enfría antes de emprender el
regreso por el mismo camino –serán unos 15 km-, a pesar de que hay un sendero circular. La temperatura ha ido en aumento, el suelo se ha deshelado y la arcilla mojada está muy resbaladiza. Los pasos pesan. Volvemos a Trillo donde nos espera una exquisita caldereta caliente delante de un trozo de río. Quedamos un poco decepcionados. Después de la cálida hospitalidad que recibimos en Henche el día de la matanza del cerdo, todo gratis, aquí, que hemos pagado, la comida es escasa y los premios a los ganadores son escasos y raquíticos. Si se quiere organizar un evento que tenga trascendencia hay que organizarlo mejor y financiarlo más, contando con que estos municipios cercanos a la central nuclear disponen de recursos.





Tomamos café en un bar que hay enfrente de la última cascada del río Cifuentes antes de que se
cumpla su destino en el Tajo, un magnífico emplazamiento. Sobre los ríos ha caído ya una amplia capa de sombra y dentro de ella caminamos hasta el coche. En el regreso comienza a llover y la lluvia se transforma en nieve, aunque no causa ningún problema y permite terminar bien este espléndido día.

1 comentario:

  1. José Luis, una vez más te felicitamos por tu magnífica descripción. Descripción que nos regala la posibilidad de transmitirnos con tu detallada y bonita apreciación del entorno, casi, casi... como si allí os hubieramos acompañado en esa maravilla de ruta que habéis disfrutado. Muchas gracias!!!

    ResponderEliminar