Aguilar de Campoo - Barruelo de Santullán.
Tras dos etapas a partir de Cervera de Pisuerga, vamos a
hacer otras dos, también circulares, pero a partir de Aguilar de Campoo, que van
a estar dedicadas al románico. La primera, después de una etapa larga como la
de ayer, corta y llana, rodeando el embalse de Aguilar (247 hm3, el más grande
de la provincia, que en 1963 engulló a los pueblos Quintanilla y Frontada).
Las dos primeras paradas son breves porque tanto la
iglesia del Salvador de Foldada, como la de San Andrés de Barrio de San Pedro,
conservan pocos restos románicos. Muy cerca está Barrio de Santa María, donde
ya encontramos Románico con mayúsculas además de casonas hidalgas. En su
iglesia
parroquial de la Asunción interesa el ábside románico del s. XII, pero
lo que venimos a ver es la ermita de Santa Eulalia, ss. XII-XIII, a un km del
pueblo, templo pequeño pero de proporciones muy equilibradas, que fue parroquia
de una aldea desaparecida y que tiene capiteles muy interesantes (Pecado
Original) y pinturas murales.
Hace un buen día, soleado y con más calor que ayer,
adecuado para recorrer estos verdes y encantadores valles rodeados de suaves
lomas. Seguimos por Salinas de Pisuerga, que conserva una pila bautismal
románica en la iglesia de San Pelayo. En todos los pueblos la gente es amabilísima para dar
indicaciones y para abrir las iglesias. No hace falta ir a pedir la llave; sólo
con parar delante de la iglesia aparece alguna señora. Esto nos sucede también
en Villanueva de la Torre donde, entre sus costumbres –igual que en Verbios-,
figura la chorizada, una merienda que las mujeres dan a los hombres el día de
fin de año en pago por haberles
limpiado las pozas de lavar en el río. Aquí
vemos la iglesia de Santa Marina, fin s. XII, que tiene torre campanario en una
zona donde predominan las espadañas y algunos canecillos obscenos, como en
otros pueblos.
En
Verbios –“bosque junto a la ribera”, en lengua cántabra-, vemos el ábside y la
espadaña románicos de su iglesia de San Pedro, pero seguimos porque la joya de
este día está en el siguiente pueblo, Revilla de Santullán, en su iglesia de
los Santos Cornelio y Cipriano. Su estructura es igual, tiene pila bautismal
románica y buenos canecillos, pero destaca su magnífica portada que incluye a
un maestro constructor que firma su labor en una época en que las
firmas son
escasas y menos apareciendo el propio autor. En lo alto del cielo el sol
alumbra el mediodía. Vamos a comer a Barruelo de Santullán. Después, la terraza
se rinde al sopor de la siesta.
En
la iglesia de Santa María la Real de Cillamayor lo más conocido es su colección
de canecillos, algunos con personajes en postura sexual. En la de San Juan
Bautista de Villavega de Aguilar, destaca la aparición del “glouton” que
engulle una columna del ábside y unos canecillos historiados. En la de San Juan
Bautista de Matamorisca deben señalarse sus avanzadas pinturas murales. En la
de San Martín de Matalbaniega (“Mata Lebaniega”, procedentes de
Liébana),
antiguo monasterio –quedan todavía las ménsulas que sustentaban un lado del
claustro- , hay una buena colección de canecillos. Y en la de Santa Juliana de
Corvio de nuevo vemos torre campanario en lugar de espadaña. Y todavía nos
hemos dejado, en el centro de nuestro recorrido de hoy, a Matamorisca.
De
vuelta a Aguilar de Campoo, la capital del románico palentino, vemos la
elegante ermita de Santa Cecilia, con gran torre de tres pisos, y el Monasterio
de Santa María la Real, Sede del Centro de Estudios del Románico, donde destaca
la gran espadaña. Pero como pensamos que ya vale de románico por hoy, volvemos
al centro viendo en lo alto el castillo medieval
edificado sobre un castro
celtibérico. Paramos a recuperar líquidos en la espléndida Plaza Mayor, grande,
porticada, de influencias castellana y marinera –galerías acristaladas-,
presidida por la Colegiata de San Miguel, imponente edificio gótico edificado
sobre un templo románico del que quedan portadas, ventanales, esculturas
(incluyendo un precioso tímpano empotrado en lo alto del muro de su fachada
occidental).
La
brisa continúa trayendo el perfume del verano. Después de la cena, un recorrido
nocturno por las calles –con la despreocupación adivinándose en cada uno de los
movimientos- nos permite ver palacios como el de los Manrique, en la Plaza
Mayor, el de los Villalobos Solórzano, de los Marqueses de Villatorre, y
casonas como la de Santa María la Real, de Marcos Gutiérrez, de los VII Linajes
(Plaza Mayor), de los Velarde, de Juan de Mier y Terán, etc., antes del
merecido descanso.







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