sábado, 7 de febrero de 2015

Aguilar de Campoo – Alar del Rey.

Nos ponemos nuestra vestimenta deportiva, que es como nuestra segunda residencia, y comenzamos
la segunda etapa desde Aguilar de Campoo en una zona donde hubo castros prerromanos, atribuidos a
los cántabros, en varios pueblos como Vallespinoso de Aguilar, donde la iglesia de Santa Cecilia, s. XII, destaca en un emplazamiento en alto con una magnífica portada y una torre cilíndrica.  Seguimos hasta Perazancas, cuya iglesia parroquial de la Asunción conserva la portada y el ábside de su origen románico, pero lo que venimos a ver, después de pedir la llave en un bar donde hay que probar el queso, es la ermita de San Pelayo, un poco alejada, de finales del s. XI, con decoración de arcos lombardos muy extraña en Palencia, restos mozárabes y con las pinturas románicas más destacables de la provincia.

Un poco antes de Olmos de Ojeda está la iglesia de Santa Eufemia de Cozollos, único resto de lo que fuera Real Monasterio de Frailas Comendadoras de Santiago, s. XII, donde destacan las bóvedas del crucero, los capiteles interiores, los canecillos, la espadaña y, especialmente, la portada Sur, con una epigrafía que dice “NICOLAO ME FESIT”, que recuerda a la que vimos ayer en Revilla de Santullán.  Desde aquí vamos a ver la maravilla de la iglesia de San Juan Bautista en Moarves (proviene de mozárabes, sus primeros pobladores) de Ojeda, que presenta una fachada meridional muy bella, en sillería rojiza, con buena portada y, por encima, un friso que ofrece la figura
del Pantocrátor con el Tetramorfos y escoltado por la comunidad apostólica en dos grupos de seis, que admite comparación con el friso de Santiago en Carrión de los Condes. También hay una buena colección de capiteles y, en el interior, una pila bautismal que reproduce los componentes del friso de la portada. El efecto que produce su visión fue definido por Unamuno como “Encendida encarnación”. Estamos en una realidad atemporal en la que el presente y el pasado se fusionan. Hemos remontado el tiempo ante la eternidad que desprende la piedra. Aquí se puede parar el reloj del tiempo. Oscar Wilde decía que la belleza está en los ojos del que mira, pero aquí se aprecia el buen gusto de los que nacen con el sentido de los materiales, de las proporciones. Las palabras que pueden pronunciarse no logran acercarse al pensamiento, a las
sensaciones.

Como no nos convence un atajo –“no hay atajo sin trabajo”-, volvemos a Olmos de Ojeda y seguimos por la P.222 para ir hasta la antigua abadía cisterciense de San Andrés de Arroyo, ss. XII-XIII, que fue modelo para muchas edificaciones y que tiene tres ábsides –el central poligonal y los laterales cuadrados-, una admirable Sala Capitular y un magnífico claustro, aunque incompleto, con sus famosas columnas angulares. Las monjas de clausura venden repostería como “raquelitos” (hojaldres), pastas, etc. Se accede, bajo un gran arco ojival, con espadaña contigua, a cuyos pies está el rollo
jurisdiccional, hasta una plazoleta rodeada de viejas casas donde residieron los colonos y criados laicos. La abadesa, al principio, era titular de privilegio de horca y cuchillo y tenía jurisdicción civil y criminal sobre un total de once villas.

Tanto arte nos ha abierto el apetito y decidimos ir a comer a Alar del Rey, nacimiento del Canal de Castilla. Después reposamos a la sombra cerca de la dársena y recordamos otro viaje anterior (ver la Ruta Ciclista: Canal de Castilla). El día es muy bueno, cielo despejado, sol y, a estas horas, calor.

Como todavía queda bastante etapa no vamos al cañón natural de la Horadada, en el Pisuerga, y
paramos en el monasterio benedictino de Santa María de Mave, de arquitectura monumental pero sobria en la decoración, con una buena portada, deudora de San Andrés de Arroyo, tres naves amplias, tres ábsides de tambor, torre-linterna con bóveda de media esfera en el crucero, todo en piedra rojiza que contrasta con el verde de la hiedra que cubre algunas paredes. Actualmente es una hospedería. Ya no tenemos tiempo para ir a Pozancos, así que seguimos hasta Olleros de Pisuerga para ver el templo atípico dedicado a los santos complutenses Justo y Pastor, ejemplo de eremitismo rupestre iniciado en los ss. X-XI por mozárabes que ampliaron la iglesia, desde la actual sacristía, con dos naves que simulan poseer bóveda apuntada e incluso están labrados los arcos fajones. Fuera del templo hay sepulcros antropomorfos tallados en la roca. Cerca hay un paraje conocido como “Las Tuerces”, pero
tampoco vamos. Nos queda una última población, Lomilla, que también tuvo un castro prerromano cántabro. Aquí visitamos brevemente su iglesia de San Esteban, s. XII, con espadaña de tres ojos en dos alturas y canecillos figurados y geométricos en el ábside.

Ya en Aguilar, y tras el aseo, ligero paseo turístico. Ya no queremos ver más edificios, así que recorremos la población viendo las puertas conservadas de la muralla (Reinosa, Paseo Real, Tobalina, Portazgo, Cascajera, San Roque) y los puentes (Mayor, Portazgo, Molino Turruntero, de la Teja, de la Cascajera, de las Tenerías).








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