martes, 23 de diciembre de 2014

Pastrana.

El motivo de este viaje es ver de nuevo los tapices, restaurados. Aparcamos frente al portal
tardogótico  -los mismos motivos que la de la Colegiata- del Palacio viejo, donde vivió Dª Ana de la Cerda, abuela de la Princesa de Éboli, mientras se construía el Palacio y entramos por un arco a la Plaza de la Hora, típico ámbito de armas despejado ante Palacio para corridas de toros, paradas
militares, recibimientos, etc., de unos 150 m aproximadamente de lado, al Norte con la mole del Palacio y abierta al Sur sobre el valle.

Aprovechamos que es la hora de la visita guiada y entramos en el Palacio, obra de Alonso de Covarrubias, con trazado renacentista español –planta cuadrada con torres esquinales y patio central-, que no llegó a terminarse. La Universidad de Alcalá, que lo compró en 1997, lo ha rehabilitado aunque parece que no tiene mucho uso. Admiramos los artesonados platerescos de Covarrubias, los zócalos de azulejería toledana de estilo mudéjar y la habitación, en la torre de levante, donde estuvo presa –silencio aletargado, sensación claustrofóbica- la Princesa de Éboli entre 1581 y 1592. Al salir, el sol
que da en la gran fachada en piedra sillar, sin ornamentación, con escasos vanos simétricos, deslumbra.

Salimos de la plaza por el arco contrario y, al introducirnos en las calles estrechas de la villa, notamos la sensación de C.J. Cela – los días 13, 14 y 15 de junio de 1946- de estar en un pueblo medieval. Se palpa la presencia de la historia. A la derecha, una calle se ensancha y llegamos a una pequeña plaza con la magnífica fuente de los Cuatro Caños –en Alcalá hay otra con ese nombre-, de 1589, ochavada, con pilar central rematado con un elemento decorativo que tiene los cuatro caños.

Desde aquí está cerca la iglesia conocida como Colegiata, aunque ya no tiene esa categoría, del siglo XIV, con añadidos en el XV (portada Norte, hoy la principal, gótica) y en el XVII (gran ampliación de las naves y el crucero, por el arzobispo González de Mendoza, hijo de los primeros duques de Pastrana). La configuración actual es de un interior amplio, de tres naves que se abren en la cabecera
en un gran crucero rematado por la capilla mayor. El guía explica la historia de la iglesia y de los personajes de la época y, por fin, nos abre el Museo, que tiene muchas y buenas obras que quedan oscurecidas por los tapices. Los mejores son cuatro, de un tamaño actual –antes eran mayores- de 11 x 4 m, que narran hechos históricos, las conquistas africanas del rey Alfonso V de Portugal, “El Africano”: en concreto el desembarco, el cerco y el asalto de Arcila (21 a 24-8-1471), los tres primeros, y la toma de Tánger (30-8-1471), el cuarto. La infinidad de maravillosos detalles que contienen daría para una visita más larga, pero salimos para ver la cripta donde está enterrada la Princesa  de Éboli.

A la salida, en la plaza, vemos la Casa del Concejo, con fachada del clásico aparejo toledano con
sillarejo alternando con anchas hiladas de ladrillo y con el antiguo escudo municipal, que sigue
manteniendo su función pues es la Casa Consistorial. Volvemos a la fuente para recorrer la calle de La Palma, cuyos edificios son en su mayoría del siglo XVII. Al principio, una casa tiene un escudo de la Inquisición. Otra fue de un caballero calatravo (la Orden desapareció de Pastrana en 1541) y tiene el típico portón adovelado en arco de medio punto. Más arriba hay otra que pudo ser sinagoga judía –antes del siglo XV cuando habían casi desaparecido- a juzgar por los detalles ornamentales de la fachada en estuco y donde aparece la estrella de David.

Siguiendo calle arriba llegamos a la antigua muralla del siglo XIV y salimos por el Arco de San Francisco, una de las puertas. Enfrente está la que fue Casa del Deán, de finales del siglo XVII, una
especie de palacio episcopal, sede del Centro Comarcal de Salud, que tiene a la derecha el oratorio de Santa Ana a modo de capilla privada, con un bonito patio interior de galerías, que se destina a centro cultural.  Los otros dos lados de la plaza están cerrados por el convento de San Francisco, del siglo XV, que presenta un atrio de cinco arcos semicirculares, una espadaña de tres huecos, un patio interior de planta cuadrada, todo en ladrillo, con sencillez franciscana.

Volviendo hacia el coche vemos la Casa de Leandro Fernández de Moratín, que llegó aquí en 1789 y donde escribió algunas de sus obras más célebres como “El sí de las niñas”. Tras la derrota de los franceses, con los que había colaborado, le fue incautada, pero se la devolvieron en 1816. Después fue convento. Este barrio es el del Albaicín, donde vivieron los moriscos, expatriados de Las Alpujarras, que Don Juan de Austria entregó al duque de Pastrana en 1570, y que se diferencia del barrio cristiano porque sus calles están mejor alineadas.

Se ha pasado el día muy rápidamente. Nos vamos sin poder ver a Juan Gabriel.

No hay comentarios:

Publicar un comentario