miércoles, 31 de diciembre de 2014

Pontón de la Oliva (I)

La primavera se precipita en el verano cuando vamos a hacer esta ruta preparada por Julio. Es un
buen día, despejado. Dejamos el coche en el aparcamiento cercano y bajamos en las bicis hasta el Pontón de la Oliva, inicio y final de la ruta, límite entre las provincias de Madrid y Guadalajara. La temperatura es agradable por lo que decidimos no perder tiempo y ver la presa a la vuelta.

Estamos sobre los 700 m de altitud. Salimos –entrando en Guadalajara- por un camino a la derecha, con una dura cuesta para empezar. El camino es ancho aunque algo pedregoso. El paisaje es arbustivo  con zonas donde los bosques de pinos de repoblación trepan hacia los montes.  Ahora vamos llaneando sobre los 900 m cuando, a lo lejos, se ve el único pueblo por el que vamos a pasar cerca, Alpedrete de la Sierra. Llegamos, a 875 m, cuando hemos recorrido 8,5 km. Pertenece a Valdepeñas de la Sierra, que dejamos a la derecha.

Venimos en dirección NE y vamos girando al N. Hay unos tramos curvilíneos y otros muy rectos, en los que nos entretenemos viendo la espléndida floración amarilla de las retamas o los piornos. El
Valentín y Julio
camino es bueno y poco a poco vamos ganando altura, sobrepasando los 1.000 m en dirección N. A la altura del collado de la Paranza seguimos un poco por encima de los 1.000 m.; esta última parte ha sido más llana. El suelo ha cambiado, hemos abandonado la zona caliza de la presa y hemos entrado en la zona cuarcítica.

Cruzamos zonas boscosas, donde la luz se pulveriza entre las ramas de esta exuberancia vegetal exaltando los verdes disipados, inundados por el olor balsámico de los pinos. El bosque, alegre de luces mañaneras, se abre ante nosotros y se cierra a nuestra espalda engullendo la pista. A través de las ramas de los árboles se ve el inclemente sol, pero a su
Pepe
sombra vamos bien. Las manchas de luz que filtran los pinos dibujan en el suelo complicadas figuras. En un repecho parece que el bosque se detiene, que ya no se mueve a nuestro alrededor, pero, en lo alto, reanuda la marcha deslizándose a ambos lados. El bosque observa pacientemente nuestro paso. Los árboles nos miran oscuros desde todos los lados. El bosque nos traga, pero el silencio y la tranquilidad no resultan hostiles. Se está bien sin el humo, el ruido y la fiebre de las personas, por eso el ecologismo es la religión más compartida.

Más adelante los árboles ralean y el bosque alterna con zonas de rocas puntiagudas, donde las orillas del camino están llenas de jaras pringosas con unas grandes flores blancas. El camino va enterrado en el bosque o es una cicatriz en la ladera de la montaña. Hay algún árbol seco, en medio de las rocas, como una naturaleza muerta que compone escorzos de formas atormentadas. Es necesario recordar que los bosques preceden a la civilización, los desiertos la siguen.

El desnivel aumenta. En Collado Cimero alcanzamos los 1.200 m. Giramos al NO, por debajo de la Cuerda de la Sierra Gorda, donde alcanzamos los 1.300 m y Collado Hondo, 1.350 m., cuando hemos
recorrido 24,3 km. Nos rodea el vasto oleaje petrificado de las líneas de las cumbres y un intrincamiento de repliegues, un laberinto de abruptos barrancos, quebradas erosionadas, rocas y cielo desnudos, que dan al paisaje un sentido escultórico. Silencio serrano, fragosa soledad, agreste belleza. El calor y la pendiente van aumentando. Ascendemos dejando el sudor en el suelo serrano, arrastrando el alma, entregados al presente.

Nuevo giro, al SO, pero seguimos subiendo y acercándonos al límite de Guadalajara con Madrid. En el Collado de la Palanca estamos a unos 1.420 m  (25,5 km) y en el de la Pinilla a unos 1.460 m (27,2 km). Es el techo de la etapa. Desde aquí queda un paisaje detrás y otro enfrente, esperándonos. El paisaje se precipita pendiente abajo en los dos sentidos. En lo alto hay una buena panorámica aunque el día no está claro, hay una ligera calima formada por los efluvios de la atmósfera condensada, como si el paisaje respirara.  Se ve el mundo vacío, sin poblaciones, sólo las hileras  de las repoblaciones de pinos que estrían las montañas como líneas de un mapa topográfico, pinos aislados y brezo, con sus flores rosas, cuya presencia indica el empobrecimiento del suelo. Todo da un placentero sentimiento de libertad e independencia. Dilatamos la mirada sobre las copas de los árboles, sobre las frondas de agujas, que ondean suavemente. El ligero viento pasa, palpa la tierra y la deja en silencio; las leves ráfagas de viento continúan montaña abajo dejando un sibilante susurrar de hojas. Este viento ahora agradable, será puñal en el invierno. (Sigue en el artículo “Pontón de la Oliva (II)”).


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