lunes, 13 de octubre de 2014

Varsovia



Tras un amplio recorrido ferroviario por Polonia hace dos veranos, la vuelta a Varsovia se hace muy agradable. El motivo es la boda de Carlos, un sobrino, que no es precisamente de los que creen que no hay mundo detrás de las montañas, y aprovechamos para escudriñar dentro de esa amalgama de recuerdos que se llama pasado.  Gusta sorprender el pasado en el fondo de cada instante, en un recorrido amable por plazas y jardines. Paseamos el casco viejo notando el aire histórico que se respira. Al final de la tarde ya han ido llegando, desde los campos de batalla de su profesión, todos los invitados. Por la noche, la madre del novio invita a cenar en el magnífico y acogedor restaurante Ale Gloria, dando inicio a una serie interminable de atentos detalles para con los invitados. Todo está pensado hasta el más mínimo detalle en una perfecta organización.
Al día siguiente, tras una visita guiada por el casco histórico de Varsovia, vamos en autobús hacia el lugar de residencia durante estos dos días. La corriente eterna del río Wisla (Vístula) nos marca el camino en medio de un paisaje monótono –no son muchos kilómetros, sino el mismo km una y otra vez-  de parches de campos verdes, de una llanura verde en la que se destaca el amarillo convertido en campos de colza. Los campos desaparecen ocupados por el bosque y en un claro, como si interrogara el curso de las estrellas, está el hotel Kawallo.
Una espléndida barbacoa bajo una carpa da paso a la tarde y a la visita a Plock, pueblo natal de la novia, Karol, donde se celebrará la ceremonia religiosa. La grisura de un día nublado se pega a los cristales de esta antigua población de importancia histórica acariciada por el Vístula. Bienaventurado el río que fluye junto a tu casa (poema medieval persa).
De vuelta al hotel, las horas se deslizan unas tras otras. La familia polaca, con sus caras iluminadas en sonrisas, despliega toda su simpatía para hacernos sentir la seguridad del que se sabe en su casa en todas partes; suscita con palabras su amistad indicando el color de sus pensamientos y haciendo oír resonar en ellos los pensamientos de uno mismo.  
El siguiente día, muy nuboso y con viento, comienza con un paseo por el bosque borracho de lluvia que crece en la llanura, envueltos en la sombra oscura de los árboles barnizados por el agua. Hendemos el bosque, el estallido de verdor de estas enormidades arboladas, inhalando la fragancia del pino y escuchando el profundo silencio del lugar. Nos hundimos en el gran silencio húmedo y el verdor de una arboleda solitaria devuelve el eco de nuestros pasos.  
La mañana se pasa con los preparativos habituales en estos casos y con una demostración práctica de cómo hacer los famosos pierogi  (especie de empanadillas) y la fabada asturiana, que es la comida. Por la tarde, fastuosa ceremonia religiosa en la catedral de Plock, cuyas torres se elevan hacia los fríos cielos como lo han hecho durante siglos.
varsovia
De nuevo en el hotel, tienen lugar ceremonias (pan y sal, etc.) según la costumbre polaca a las que siguen, mientras crecen las sombras lentamente,  varias cenas pantagruélicas. En esa hora melancólica en que la noche va llegando sin prisa, cuando la oscuridad desciende sobre el bosque, todos saludan y cantan repetidamente a los recién desposados. La luz del día no es más que un vago resplandor que desaparece por encima de la brillante y ciega línea de los árboles. Tras las largas sombras del anochecer, las estrellas, la belleza de la noche.
A la nueva pareja le brota la felicidad por todos los poros. Han arrojado al viento las cenizas de su pasado porque sólo existe el porvenir. Llenan sus sueños con imágenes de acontecimientos felices, pero no quieren perderse en el inmenso territorio de las ilusiones, porque una cosa es tener ilusión y otra vivir de ilusiones. Con este juramento de eternidad entran en el futuro. El porvenir se extiende al infinito; respiran los dos el mismo aire; el viento de la aventura matrimonial empieza a hinchar sus velas; han encontrado la brújula para su vida futura; los semáforos se ponen verdes para ellos. Su vida será lo que hagan con ella.
Por la mañana, tras una noche mal dormida, con la vacuidad que suele seguir a una emoción intensa, volviendo a la vida con el café, hacemos las maletas y nos preparamos para volver a Varsovia. Forman parte de los avatares de los viajes las amistades breves y el ligero desgarramiento de las despedidas.

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